VII
CALMA
Entre las posesiones rurales de la sabana y que rodean a Bogotá,
hay una que se distingue por lo umbrío de sus arboledas, por sus
aguas, su posición y su temperatura. En la prominencia de una
colina suave y afelpada de grama que tachona como con clavos de oro
la achicoria, se halla la espaciosa y elegante casa de habitación
de los señores dueños de la hacienda de X...
Partiendo del camino público se pasa por una gran portada en
donde principian dos hileras de sición y su temperatura. En la
prominencia de coposos sauces amparadores de los rosales que al pie
tupen y enredan sus florecidos ramos. El ancho y arenoso camino que
en el centro queda, lleva a una verja que guarda un jardín
perfectamente cultivado; de ahí empieza una suave escalinata que
conduce a los corredores; estos circuyen aquel pequeño palacio y
luego sigue el cerro con sus bosquecillos, sus grutas y las veredas
por donde pasan diariamente las manadas de ovejas a buscar su
abrevadero. En las alturas de las colinas más elevadas están las
casuchas de los arrendatarios, cada una de ellas con su sembrado de
maíz, papas o arvejas. Estas casas coronando las alturas se nos
parecen a los monasterios de la Edad Media, a donde sólo se iba a
buscar el recogimiento, la quietud y la soledad.
Pero el misterio atraedor, la belleza humilde al par que
incitativa de aquellos lugares, está en la quiebra que forman dos
abras del cerro y que por entre una especie de templo de piedras y
de verdura deja pasar las aguas de un arroyo que desde arriba, muy
arriba, viene saltando de escalón en escalón por entre matorrales
hasta estrellarse en la cuenca a la altura de unas ocho varas,
formando al caer como el cendal de una virgen que se oculta a las
miradas de algún impertinente. Este altar, este tabernáculo, este
hilo misterioso formado por el agua, que se convierte en espuma al
caer como en una taza de piedra, está rodeado en forma oval por
paredes cubiertas de húmedos líquenes, de pequeñas gramíneas que
balancean sus plumajes, de hierbecillas florecidas y de musgos que
lloran gota a gota la humedad que allí se recoge. Salida el agua de
entre aquel tazón que parece labrado como para que las hadas hagan
su ablusión matinal, vuelve a tomar su curso y sigue, haciendo
remansos aquí, tropezando allá, siempre por entre el bosque, hasta
que al fin sale a la llanura.
Las dehesas con ganados, potros, ovejas y los grandes sembrados
de papas y de trigo ocupan una muy grande extensión de terrenos que
hacen la riqueza de aquella hacienda y forman el fondo sobre el que
se destaca la casa a la cual intencionalmente no hemos querido
entrar.
Como un manto que abriga la espalda de una hermosa, así los
cedros, los nogales, los cerezos y los pinos rodean la casa, dan
frescura y dejan descansar la vista con agrado, formando contraste
con la igualdad que se nota en la sabana.
Los anchos corredores que circuyen la casa, adornados con
magníficos paisajes, dan entrada por distintos puntos al interior,
en donde hay tanto o más lujo que en cualquiera de las casas de la
ciudad. Espléndidos salones, lujosos departamentos, retretes de
estudio, comedor elegante, jardines con fuentes que levantan el
agua a grande altura, y cuanto la comodidad puede desear, se halla
en aquel recinto tan rico y tan tranquilo. Si no fuese por el canto
de los canarios y jilgueros, el ruido de las fuentes y la algarabía
de los niños que juegan en los jardines, el viajero que se acerca
creería que allí nadie habita, pues los departamentos frecuentados
eran los interiores, en donde se hallan los gabinetes que dan vista
a toda la hacienda.
Sin embargo, a la hora que tomamos para abrir esta escena, y que
sería la de la una del día, en que precisamente en la ciudad pasaba
lo que hemos referido, se oían en uno de los salones que dan frente
a la sabana las voces de un piano que vibraban con la solemnidad de
un órgano pulsado en un monasterio solitario.
Alguien tocaba la Serenata de Schubert, especie de quejido o
¡ay!, doloroso que un alma arranca en sus momentos de suprema
congoja o de grave melancolía, gritando así la suprema aflicción de
su alma adolorida.
Con cuánta expresión, con cuánto sentimiento salían aquellas
notas que, no cabiendo en el recinto, iban a buscar en donde
espaciarse, ya entre las hojas de la arboleda vecina, en las alas
de los vientos inconstantes o en los limbos del éter sin barreras.
Aquella cadencia como de un alma fatigada, aquel aire a veces
fugitivo, a veces fuerte pero siempre preciso en su intención,
estaban tan bien interpretados, que no parecía sino que quien tales
notas arrancaba sufría lo que el inmortal Schubert cuando, en sus
momentos de sagrada melancolía, lanzó aquel gemido inmortal.
- Carmen, bien mío - dijo una voz a la espalda de la
pianista.
- ¡Ah! - contestó levantando las manos y alzando a mirar con
sorpresa a Reinaldo -. Me has sorprendido, estaba tan distraída,
tan lejos de todo... Pero ven y siéntate cerca. ¿En dónde habías
estado? Saliste con papá a pasear después de almuerzo?
- Sí, mi bien, pero estuve desesperado por volverme; me hacías
falta, yo no puedo ya vivir sino al lado tuyo.
Una mirada de aquellas en que se recoge todo el amor que se
halla concentrado en un alma apasionada, bañó a Reinaldo como con
un efluvio celestial que nadie explica, pero que todos adivinamos.
Pasado un ligero rubor que cubrió las mejillas de Carmen, acaso
producido por ese esfuerzo comprimido de pasión, le dijo con
dulzura.
-Ya estaba desesperada; el tiempo ha sido muy largo, me parecía
todo desierto; fui a los jardines, intenté leer, pero ni siquiera
supe qué libro había tomado; subí al mirador por ver si con el
anteojo los divisaba, pero nada hallé, y hastiada con mi orfandad,
ocurrí a mi consuelo favorito, el piano.
Me abstraigo tanto tocando y cantando, que sin olvidarme de ti
me parece trasladarme a otros mundos en donde...
- Lo comprendo, pero dime: ¿por qué esa tendencia a lo
melancólico? ¿Qué te encanta tanto de esa Serenata? ¿No eres
feliz?
- Lo soy, sí, Reinaldo, como ninguna mujer en la tierra. Estoy
orgullosa con tu amor y creo que si alguna vez alguien ha podido
envidiarme, es ahora. Pero mira: hay algo en el fondo de mi alma
que me acerca mucho a lo melancólico, a lo vano, a lo solitario. La
música de Weber o de Schubert me satisface; en la lectura querría
hallar siempre temas como el de Saint Pierre, mi primera lectura, y
que nunca olvidaré; gozo leyendo a Musset, Lamartine, Heine o
Beker. Cuando me propongo realizar en la imaginación nuestro
idilio, nuestra vida futura, no la concibo en el bullicio de la
ciudad; querría que estuviésemos solos, sin más testigos que
nuestros amor y Dios. No sé por qué le tengo miedo al mundo; ni sé,
te lo confieso, cómo hubiera podido concurrir a esas fiestas y
parecer contenta en ellas; tú maldecirás mi exigencia de no
concurrir, pero debes perdonarme, ya que lo he hecho en bien tuyo y
por el mío. Soy muy egoísta, ¿no es así Reinaldo?
- No; no interpretes así a quien no quiere hacer otra cosa que
tu voluntad. Soy tuyo, haz de mí lo que quieras. ¿Qué aliciente
podría yo tener lejos de ti, bien mío? Viviremos como tú lo deseas,
apartados del bullicio, y como dijo el infortunado Poeta
mexicano:
Los dos unidos siempre
y amándonos los dos;
tú siempre enamorada,
yo siempre satisfecho,
los dos una sola alma,
los dos un solo pecho,
y en medio de nosotros
mi madre como un Dios!
|
*
- Gracias, Reinaldo. No sé cómo bendecir a Dios cuando veo que
ha destinado para compañero de mi vida a un hombre tan fino, tan
cariñoso y lleno de generosidad.
-Mis amos esperan para ir al baño -interrumpió un criado desde
la puerta.
- Vámonos, Reinaldo -dijo Carmen tomándolo por la mano-; papá y
mamita nos esperan.
Poco tiempo después salían a la llanura dos niños que
correteaban por una angosta vereda señalada en la grama, y
jugueteaban con un perro de noble casta; iba en seguida Carmen,
apoyada en el brazo de Reinaldo; detrás los padres de aquella y
luego los criados con canastas llenas de colaciones y fiambres, y
otros con alfombras y ropas para el baño.
Carmen tiene apenas diez y seis años. Lleva un sombrerillo de
paja amarilla de anchas alas, colocado con cierta coquetería no
estudiada; un ramo de guindas entreverado con flores blancas,
parece detiene un lazo de cintas flotantes color de cereza que dan
hasta la espalda, las que algunas veces la halagan movidas por la
brisa, o se alzan hasta besar los rizos de la cabeza de Reinaldo y
que luego vuelven a enredarse en las negras trenzas de la dama, que
con descuido caen hasta la cintura, terminando en bucles
tembladores y brillantes. Lleva un ligero traje negro de gaselina
que cierra en la garganta con un calado cuello, al que sujeta un
pequeño prendedor de camafeo. Unos chapines carmelitas con bordados
de sedas calzan sus diminutos pies, y, por último, un ligero chal
llevado sobre el brazo izquierdo, completa el elegante y sencillo
traje de aquella simpática y modesta criatura.
Algo hay en su fisonomía que recuerda a las hijas de los
patriarcas de Israel. En su frente alta y ebúrnea, a la que corona
negra, luciente y abundosa cabellera, no se adivina una sombra, una
inquietud; su nariz recta, delicada y aristocrática, parece que
sostiene, como la columna de un templo gótico, sus dos arqueadas
cejas negras y delgadas que hacen juego con las pestañas. Quien
contemplase aquellos ojos cerrados, creería ver un fleco de negra
seda sobre un pedazo de marfil: tales eran lo oscuro y brillante de
las pestañas, lo blanco y limpio de su hermosa tez. El globo de sus
ojos es una maravilla por lo blanco casi azul de la córnea, en
contraste con lo oscuro y extendido de la pupila. Y, sin embargo,
en aquellos ojos así formados no ha cabido la audacia de que
pudieran estar armados. La mirada de Carmen es dulce, apacible y
benévola, como la de las aves que arrullan a sus polluelos, como la
de los niños a quienes la madre acaricia después del llanto. Hay no
sabemos qué especie de excesiva modestia que no permite a esos ojos
mirar por mucho tiempo fijamente y que, como arrepentidos por su
audacia, se cierran con suavidad, ya sea que den señal de
asentimiento, de compasión o de contrariedad.
No hay en su boca de formas distinguidas una línea incorrecta,
un gesto de desagrado; lo purpúreo y fresco de ella se aviene con
esa sonrisa propia solamente de quienes no llevan amarguras en el
alma, de quienes han nacido para servir de consuelo a los que las
traten. Y qué dentadura tan pulida y blanca se entreveía por en
medio de aquellos pedacitos de coral, al parecer acabado de romper
en un descuido, como dijo Lamartine. Aun nos falta un retoque, que
será el último en aquella fisonomía de ángel. En su barba redonda y
suavemente pronunciada hay un ligero y tentador hoyuelo, y en su
cuello, al parecer modelado como para alguna estatua griega, puede
verse con placer el contraste o especie de lucha entre lo negro y
crespo del nacimiento de sus cabellos y lo blanco y terso de su
sedosa piel. Digamos que "hay en su voz la suavidad de un
ruego" y en su cuerpo la esbeltez de una mujer bíblica, y
habremos terminado el boceto, aunque imperfecto, de mujer tan digna
de admiración.
Los dos amantes cogieron mutuamente las florecillas que a su
paso entre la grama hallaban, y con ellas Reinaldo formó un
ramillete que con delicadeza colocó sobre la bata de Carmen, quien,
con una mirada cariñosa, recompensó tan galante obsequio. No
tardaron mucho en llegar a la arboleda que cubre el arroyo que
después de salir de la gruta tuerce jugueteando por la llanura,
abrigado por los arbustos que le dan sombra misteriosa a su
paso.
Sentados allí, en tanto que los padres tomaron puesto unos pasos
más adelante, Reinaldo, estrechando una de las manos de Carmen,
preguntaba con ternura:
- ¿Es cierto que me amas, bien mío?
- ¿Lo dudas aún? ¿No son bastantes las pruebas que te he dado?
Este anhelo constante de estar cerca de ti; la inquietud que me
mortifica cuando, siquiera un instante, te me separas; mis
promesas, ¿nada valen para que dudes todavía?
- No, Carmen mía. Tú sabes que hay orgullo en oír de los labios
de quien uno ama, esas palabras que forman el encanto de quien las
oye y que nunca cansan el oído. Lo sé, sí, eres mía, como yo soy
tuyo, y lo seré toda mi vida.
Y al decir esto con su mirada fija en los ojos de la joven,
ella, que lo oía con ternura, al sentir estrechada su mano por la
de su prometido, bajó los ojos, se inundó de rubor, y una vez más
se dijeron en aquel contacto de las manos cuanto se halla en lo
íntimo de un alma poseída de tan casto amor.
- Somos felices, ¿no es verdad?, - dijo alzando su mirada
cariñosa para fijarla en su amante. ¿Serás siempre conmigo así? ¿No
tendré motivo de queja jamás? ¡Cómo no ser siempre bueno con quien
en nada habrá de ofenderte!
Nada tuvo que contestar Reinaldo, nada tuvo que reprochar ella,
pero en aquel instante mútuamente se apoyaron y la cabeza de ambos
en un ligero contacto lanzó algo eléctrico que hizo estremecer
aquellas almas.
Y así apoyados, callaron. Qué torpes son las palabras para
expresar lo que en el mundo no tiene traducción, lo que sólo en el
cielo comprenderán los que gozan del amor infinito hacia un Ser
inefable.
Entre tanto las aguas, al tropezar en las guijas, murmuraron;
los helechos, como chanceando, se inclinaron para dejarse mojar y
luego levantarse y volver a tocar de nuevo la linfa juguetona, las
hiedras flotantes de los troncos se balancearon como con desgano;
las brisas retozonas se entretuvieron en hacer temblar las hojas
ahora, en rizar las aguas de un remanso después, en levantar el
plumaje de alguna avecilla que no muy lejos calienta su nido al
vaivén de la rama que la misma brisa parece arrullar como si fuese
una cuna que contuviese el fruto de un primer amor …
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Manuel Acuña, quien se suicidó a los 22 años de edad por causa
de un amor imposible.
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