VI
SIGUEN LAS FIESTAS
La mañana del día 21 fue de mucha animación: un gran concurso se
puso en movimiento hacia San Diego, en donde estaba el local de la
Exposición Agrícola. En coches, a caballo y a pie, colmaban los
camellones de San Victorino y Las Nieves los curiosos de la ciudad
y los de las poblaciones de fuera.
El antiguo convento de recoletos de San Diego, cuya primera
parte sirve de asilo a los dementes, ofreció sus grandes solares y
huertas para locales de la exposición. Las dos entradas,
convenientemente dispuestas, daban a las avenidas del uno y otro
camellón; y es aquí, en este edificio, en donde estaremos por
algunos instantes.
Un lujoso coche descubierto y guiado por su cochero, llevaba
cuatro personajes, que lo eran: dos señoritas y dos caballeros
decentemente vestidos. Los dos caballos blancos que tiran el
carruaje pararon, después de pasar por un pequeño puente que hay en
el parque y por en frente del atrio de la iglesia, cerca de la
puerta oriental del edificio.
Flores de diversas clases, entre las cuales figuraban una
multitud de parásitas raras, plantas bien cultivadas, en seguida
departamentos con los frutos que los expositores presentaron y que
pertenecían a los distintos climas de nuestra privilegiada zona;
artefactos, modelos de máquinas para la agricultura, aparatos y
máquinas europeas y norteamericanas, y cuanto en tan corto tiempo
se puede obtener, colmaban los primeros departamentos.
En establos cómodos y adecuados estaban los animales de la clase
bovina y caballar, y en otros las ovejas y demás muestras. Las aves
tenían también sus separaciones.
No pretendemos hacer una minuciosa reseña: el lujo de
descripción a que el asunto se presta es ajeno de este trabajo,
pues, además de la variedad de objetos y animales que llamaron la
atención por su rareza unos, por su gran desarrollo otros, hay que
admirar la asiduidad y celo con que los expositores ocurrieron al
llamamiento. Muy corto fue el tiempo que se les dio y mucho fue lo
obtenido hasta de puntos muy distantes de la capital.
El esfuerzo no ha sido inútil, y si hemos de dar nuestra opinión
con ingenuidad, fue ésta la única fiesta civilizada y digna de un
pueblo culto con que se solemnizó el aniversario glorioso de
nuestra independencia. Al gobierno y a la no fatigable constancia
del señor doctor Salvador Camacho Roldán, quien ha ido a la cabeza
siempre que se trata del adelanto de nuestro país, se debe en
especialidad lo que conseguimos, casi puede decirse,
milagrosamente. Sus colaboradores deben estar satisfechos; quienes
saben apreciar tan loables esfuerzos, no los olvidarán, y la nación
pagará con su agradecimiento tan útil y benéfico trabajo.
Pasada la ceremonia oficial de la apertura de la exposición, en
la cual se oyeron con placer el notable discurso del señor doctor
Camacho Roldán y el del señor presidente de la Unión, quien, con
algunos miembros del ministerio, gobernador del Estado y otros
empleados más, solemnizó la verdadera fiesta, el público se entregó
a admirar lo que en los diversos departamentos se veía.
- No, mi Eloísa -decía Eudoro-, yo jamás he pensado en tal cosa.
Caprichos injustificables, acaso exaltación producida por el vino,
fue lo que me indujo a acompañar a Reinaldo a la mesa de juego.
Usted sabe que en las fiestas todo es excusable.
- Sí -contestó Eloísa-: en fiestas se olvida todo, hasta la
dignidad; ¿qué digo? Hasta los afectos íntimos del alma. En esa
noche ignoró Reinaldo que Carmen estaba de duelo y tú me olvidaste
y olvidaste los deberes que la amistad jamás excusa.
- ¡Perdón, Eloísa!
- Tú me conoces; mi amor nada excusa para ser digna del hombre a
quien he preferido. Yo no comprendo la vida sino al lado de quien
se asimile a mi propio ser. Lo heterogéneo no se concibe en amor;
es tan egoísta y tan caprichoso al mismo tiempo, que ¡cuántas veces
no hace su ideal eterno de quien menos lo juzga el público
exigente!
- Comprendo todo el bien que me has hecho, y sería un ingrato si
no me hiciera digno de ti.
Sin posición elevada y sin más mérito que mi Consagración y
estímulo al trabajo, sostenido por tu amor, he logrado el
consentimiento de tus padres para que nos unamos. Cuán dulce me es
pensar en que seré tuyo toda mi vida y que tú...
Así decían los dos amantes internándose en un jardín, y
olvidando que atrás dejaban a sus dos compañeros que en el coche
habían venido con ellos.
Es Eudoro un joven de veintisiete años e hijo de una familia de
uno de los Estados, que, aunque de buena sangre, no tenía con qué
darle lustre a su nombre. Enviado por sus padres a un colegio,
pronto tuvo que verse en la precisión de buscar recursos para
continuar su educación, pues su familia vino a quedar en
imposibilidad de auxiliarlo. No faltaron bríos al joven, quien
buscó ocupación con su pluma y pudo así, trabajando aquí y allá,
concluir provechosamente su carrera de ingeniero. Su protector, que
en los últimos años lo fue un acaudalado comerciante de esta
ciudad, lo puso al frente de sus haberes y descansó en la actividad
y talento para los negocios del interesante joven. Sus relaciones
fueron poniéndose al nivel de las cualidades que lo adornaban, y
pudo bien pronto ser admitido en los círculos aristocráticos de la
ciudad.
Una circunstancia influyó poderosamente en el curso de su
juventud. Eloísa pudo comprender el alma del joven, y bajo su
mirada, aquel ser que hubiera desviado por el sendero de la
corrupción a que la edad y los recursos conducen generalmente, vino
a ser un dechado de honradez y moralidad ejemplares. ¡Cuánto puede
el amor de una mujer que sepa comprender todo aquello de que es
capaz un alma verdaderamente enamorada!
Toda la fortaleza de espíritu de aquella joven inculcó calor a
Eudoro, y como la cera se ablanda ante la llama, así él se hizo
digno de su amada, de sí mismo y de la sociedad.
Consentido el matrimonio por los padres de Eloísa, se dispuso al
mismo tiempo el viaje de la pareja a Europa, en donde el joven
debía hacerse centro de una casa sucursal para recibir y expender
quina y enviar, en cambio, mercancías para la capital.
No faltan en tales reuniones agudezas a las que se prestan los
objetos mismos que a otros sirven de motivo de admiración. Un
curioso habría sacado vientre del mal año apuntando las ocurrencias
de las gentes delante de algunos animales notables por su tamaño o
particularidad.
Un sujeto a quien le dijeron que había un ternero no nato, pues
había sido extraído por los ijares, creyó que se le había hecho una
ofensa al santo de su nombre: se llamaba Ramón Nonato. Un señor de
apellido Toro recibió quejas de su esposa porque dizque no concebía
la ventaja que hubiera en cultivar la raza de toros sin cuernos.
Probablemente a ella no le faltaba razón. En presencia de un gran
burro oímos este epigrama:
Marta, este asno fue nacido
en mi hacienda de Canturro
y criado por mi marido.
- ¿Tu marido? ¡Ay, qué burro!
No pretendemos escribir una historia sucinta de todos los días
de fiestas, ni de los diferentes alferazgos. Tomaremos únicamente
lo que nos convenga para seguir nuestra narración.
La felicidad produce cierta embriaguez que hace olvidar de todo
cuanto en circunstancias normales hubiera de aterrarnos. Eudoro
había oído una vez más de los labios de Eloísa las promesas que
servían de base para una felicidad que él creía perdurable, y ésta
la causa de su locura.
Cuando la plaza radiaba de luz y de animación; cuando en cada
palco había un cúmulo de sentimientos producidos por el orgullo, la
satisfacción, las ansiedades que hacían latir los corazones en una
delicia suprema; cuando los más apuestos jóvenes recorrían las
calles por en frente de los andamios en briosos caballos; cuando el
champaña, el brandy y demás licores se derramaban con profusión por
todas partes, y cuando entre el polvo amarillento se formaba un
torbellino intrincado de caballeros y de pedestres, la bella, la
elegante Eloísa, con sus padres y amigas, lucía no tanto lo
espléndido de su traje ni de sus joyas, cuanto sus miradas
altaneras e inquietas, que siempre perseguían entre la multitud a
un jinete.
En esa hora rayada el circo en locura; la atención aun del más
indiferente o atento no alcanzaba para fijarla en esa Babilonia
incomprensible. Las varas de premio, embadurdanas de sebo y jabón,
y en cuyo elevado extremo ondeaban algunos pañuelos, golosinas u
otros objetos, y a las cuales trataban de subir los muchachos, pero
inútilmente, pues llegaban a cierto punto, y rendidos con el
esfuerzo descendían sin aliento para emprender una nueva ascensión,
así como en la carrera política sucede a los candidatos para la
presidencia de la república; los cilindros en donde, por muchas
habilidades que tuvieran para sostenerse en el puesto como varios
que conocemos, no les era posible seguir medrando sin venir a
tierra entre la risa y la rechifla de la multitud; los marranos
rasurados y enjabonados corriendo por entre la multitud para ser
cedidos a quien pudiese hacerse a ellos; el potro indómito
atropellando la multitud para no dejarse detener por las manos de
tantos como lo deseaban; las maromas y equilibrios de hombres que
más parecían volar que otra cosa; las fuentes de licores populares,
que nunca saciaban la sed del pueblo agitado y delirante; el
repartimiento de pan hasta la saciedad, pues allí era dado hasta
servir para apedrearse en guerrillas; las carreras de innumerables
jinetes de todas clases; los cohetes lanzados con profusión el
ruido ensordecedor de la música; la voz inmensa, confusa,
indescriptible, de aquel conjunto que se escapa como la del mar
agitado, compuesta de todas las voces de las olas embravecidas, se
estrellan, se destruyen; la esplendorosa luz del sol iluminando
aquel maremagnum revuelto entre nubes de humo y polvo amarillento,
no son para describirse por una pluma como la nuestra. Sin embargo,
a este cuadro de locuras y de vértigo falta aún el marco que debe
encerrarlo. Pasan por las calles que circuyen, carros adornados
lujosamente y tirados por hermosos bueyes que tienen los cuernos
dorados; carros que conducen a jóvenes que van repartiendo en los
palcos, por medio de largas varillas con canastas, ramilletes
lujosos, cucuruchos llenos de dulces, y botellas de champaña; en
otros de esos mismos carros van disfrazados jóvenes que cantan,
acompañados de tiples y guitarras, nuestros inimitables bambucos y
demás tonadas populares; por aquí pasan enmascarados a caballo con
vestidos elegantes, satíricos o burlones; por allí disfrazados, que
representan a nuestros indios, con sus rudas maneras, su traje
burdo y sus destempladas sonatas, y luego, en los palcos,
movimiento de luz, de colores, de ansiedad y de alegría. ¡Cuánta
pasión agitada! ¡Cuántas esperanzas idas! ¡Cuánta ilusión
acariciada! ¡Cuánto desengaño triste y cuánta soledad, habitada
únicamente por los recuerdos, habría en aquellos pechos
sobreexcitados por la pasión o torturados por los tristes recuerdos
de un bien perdido!
Al toque de una corneta acaban de soltar un animal furioso que
sale del toril embistiendo aquí a un toreador que cae, allá a un
espantajo que a su paso encuentra y lo levanta en los cuernos,
rabioso, y que, por último, corre tras de los jinetes que apenas,
en remolinos alrededor de la plaza, pueden escaparle.
-Allá va Eudoro entre los jinetes -decía Eloísa, queriendo
apartar del peligro con la vista a su prometido-; temo por él,
papá; ¡cómo se expone, Dios mío! Ese hombre ha perdido el juicio.
Vámonos de aquí, no puedo resistir más esta situación tan violenta.
Vámonos.
-No temas, él es gran jinete y tendrá buen cuidado en no
exponerse.
Monta el joven un alazán de Sogamoso, acaso de los más esbeltos
que recorren la plaza en las fiestas. Animal orgulloso, pero noble,
cede a la rienda con tal suavidad que puede manejarse con una hebra
de seda; al menor impulso, a la más leve intención indicada por el
jinete, se lanza, salvando el peligro que se le opone, con una
audacia tal que parece estar poseído de ese sentimiento que anima
al héroe en el momento del peligro. Gallardo y suave en sus
movimientos, apuesto en sus actitudes, vivo en la mirada, suspicaz
en el oído, cede, soberbio o sumiso, al mandato de su señor que lo
luce.
Quien haya manejado un buen caballo comprende el frenesí que
este placer causa. El hombre se siente tantas veces duplicado
cuanto más es el brío y la fortaleza del animal que lo soporta.
Saltando aquí, volteando allá, lanzábase luégo Eudoro tendido sobre
el cuello como una flecha, tan pronto sigue a la fiera para asirla
por la cola, como la llama con su pañuelo o esquiva con una
revuelta la cornada violenta que asesta al ijar del noble bruto que
lo conduce.
Nada de esto ha sido perdido por Eloísa, quien maldice los
triunfos de su amante, que tan sin gloria expone la vida. No
sabemos si por causa de un pañuelo blanco agitado en un palco por
una mujer que en pie se estremece con desesperación, o por las
palabras de alguien que se le acerca, el joven sale de la plaza en
unión de otros compañeros.
La cabalgata llega al pie del palco en donde la señorita espera
anhelosa, de pie, con la mirada húmeda y la desesperación pintada
en sus facciones.
- ¡Eudoro!, por Dios, por mí: no entres más a la plaza; no
expongas tu vida, que no te pertenece. Papá, mamita, suplíquenle
ustedes, que acaso les obedezca.
- ¡No, Eloísa mía! Te obedezco de todo corazón. Ahora mismo voy
a desmontarme y volveré a estar a tu lado.
¡Cuánto puede el amor! Aquella mujer, que había nacido para
mandar y cuya arrogante hermosura parecía que nunca hubiera de
abatirse ante nadie, suplica llorosa hoy, en medio de un público
que la contempla compasivo o indiferente.
Al pasar por delante de una cantina, Eudoro es detenido por una
partida de amigos que lo hacen desmontar, tanto a él como a sus
compañeros, y desde entonces el champaña rueda espumoso como en
cascadas para los alegres fiesteros.
- Por Eloísa, por tu preciosa Eloísa -dice uno poniendo la copa
en alto y dirigiéndose a Eudoro.
- Por tu futura, por la mujer más bella y virtuosa del mundo
-dice otro-, y así los brindis van repitiéndose hasta el punto de
proponer que monten todos nuevamente para pasar por delante del
palco de la escogida y saludarla victoriándola por su próximo
enlace.
Dicho y hecho, los jóvenes parten con tal precipitación como si
estuviesen apostando una partida. Ante aquel tumulto, la gente
corre en distintas direcciones abriendo paso a la desaforada
cabalgata. Eudoro es quien, tendido sobre el cuello de su alazán,
lleva la delantera. Al pasar por el frente del palco en donde
Eloísa asoma para ver quiénes pasan, un niño que sale de la cantina
que hay debajo, es llevado por delante con el pecho del caballo, y
rueda ensangrentado. Imposible es ya detener la carrera, y a pocos
pasos, al voltear la esquina para no estrellarse en el tablado del
frente, resbalan las herraduras y el caballo cae, dejando al jinete
preso por una pierna. Los que vienen detrás, saltan unos por encima
y otros pasan de largo.
En estos momentos rápidos, un grito unísono se oye en la
cantina, en el palco de primera fila y en el del medio. La madre,
la amante, la hermana, lanzan el alarido por el hijo, el prometido,
el hermanito. El niño atropellado es uno de los hijos de don
Mauricio, el carpintero.
Sin amo y sin rienda que maneje el caballo, éste se levanta y
parte de nuevo, pero Eudoro está enredado en uno de los estribos y
va a ser vuelto pedazos. ¡Cuánta desesperación para un solo
instante! Por fortuna, a pocos pasos de arrastrado, la bota se zafa
y el jinete se salva. Con la agilidad de un funámbulo se pone en
pie y vuelve a montar en el caballo que sus amigos acaban de
detener a corta distancia, y se presenta al frente del palco con el
vestido y sombrero sucios, el semblante cadavérico y el caballo
cubierto de sudor y tembloroso como delante de un gran peligro.
El alma de la joven toma su puesto y en vez de una palabra de
alivio o de reconvención, baña al caído con una mirada profunda de
desprecio, vuelve la espalda y parte.
En este mismo instante la cantina está colmada de gentes, en
donde los padres, hermana, allegados y curiosos tratan de volver a
la vida al niño atropellado por el caballo.
Algo menos de una hora ha sido suficiente para llenar de
amargura a tantos corazones que esperaban en la felicidad que
pudiera producirles aquella fiesta.