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V

VISPERA DE NADA, DIA DE MUCHO



El movimiento se siente por todas partes; la plaza y sus cercanías son un hervidero; los obreros trabajan con precipitación en los andamios, que aun van atrasados; en otras partes adornan con laurel y cortinas las columnas, se empavesa por todas partes con gallardetes tricolores que empiezan a moverse con los soplos de las brisas, y por fin, llegada la noche, aparece la iluminación general, semejando con su bellísimo aspecto una Venecia en la época del carnaval.

El gentío, ansioso, colma todos los lugares, entra a todas las cantinas, llena los salones de juego, rodea las ruletas, los montes, las |cachimonas y demás juegos; sólo se espera la hora de empezar los fuegos artificiales, que viejos y muchachos desean con ansiedad y que no tardarán, pues los relojes públicos dan las siete.

A esta hora cruzan las calles un hombre y una mujer a paso cansado, en caballo la una y en mula el otro. Un arriero con dos cargas los sigue, animando sus bestias con silbos, imprecaciones, súplicas y azotes. Pasaron por la calle de las Aguilas, cruzaron hacia la plaza de los Mártires por el camellón, y luégo tomaron hacia San Victorino, hasta llegar a la casa de don Mauricio, en donde se les esperaba con ansiedad. Antiguos compadres y amigos con el alcalde en cuya casa estuvimos, nada más natural que ofrecer la hospitalidad durante las fiestas, ya que todos los años la familia de don Mauricio pasaba los diciembres en aquella encantadora estancia, en donde nada faltaba y más bien sobraba el cariño, el obsequio y la buena voluntad. El tiempo va corriendo y ya no queda sino el suficiente para arreglarse de carrera, disponer de las bestias e ir a la plaza, en donde el palco primero, y luégo la cantina, esperan a los huéspedes y a los de casa.

Nos da pena sacar de entre el bullicio al lector para llevarlo a otra parte; pero también es cierto que la descripción de unos fuegos artificiales nada encierra de novedad; los cohetes, castillos y globos son hoy, cual más, cual menos, los mismos que años há vimos en igual época.

Así, pues, iluminación, concurso, silbos, gritos, cohetes, ruedas chinescas, alboroto, música, murmullo sordo, repiques, cantos, loterías y cuanto en tales noches pueda oírse, tenemos que abandonarlo por ahora para entrar en un gabinete o cuarto de estudio de hombre. El lujoso aposento estaba a medio alumbrar por un quinqué que se halla sobre la mesa del escritorio. El velador en forma de campana transparente apenas da un círculo de luz sobre la carpeta de la mesa, y el resto, amortiguada, deja la pieza envuelta en el misterio.

Un joven está sentado cerca del escritorio, y como se halla junto a la lámpara, se conocen y demarcan las facciones de Reinaldo, quien lee por centésima vez un billete. Por muy poco maliciosos que seamos, es el que la señorita Carmen le dio a la criada a la hora de partir en el coche para la hacienda.

Como tiene la persuasión de hallarse solo, lee nuevamente el contenido, con tal ternura, como si fuese la vez primera que pasase la vista por él. Esto le oímos.

"Mi Reinaldo:

"No sé lo que pasa por mí en estos momentos de angustia. Siento que la desgracia ha llegado a mis puertas, trato de detenerla, pero inútilmente; mis fuerzas se rinden y el valor me falta para rechazarla, al ver que me hallo sola en la lucha. Cuando ya el porvenir me sonría la mano negra y nervuda del destino oscureció el cielo apagó los crepúsculos, y preparó la tempestad que ya ruge violenta sobre mí.

"¿Qué tenía yo que temer, Reinaldo? Si alguna tenía derecho para ser feliz, era yo; tú lo sabes, pues conoces bien el fondo de mi corazón. Yo vivía por ti y para ti; mi existencia, como la sombra, no hacía sino seguir un cuerpo alumbrado por el sol de la esperanza.

"Mucho he llorado al verme abandonada por el hombre a quien había hecho mi yo, porque eras tú quien vivía dentro de mí, haciéndome obedecer, como si tú fueses mi voluntad. Yo no comprendo lo que pasa, pero sí siento que mi ser se ha refundido en otro, que se ha asimilado, como dos gotas al ponerse en contacto, como dos rayos de luz al pasar por un prisma, como dos veces unísonas al escapar se de las cuerdas de una lira.

"Y, sin embargo, ese ser que formaba parte de mí misma, me abandona; y cuando la muerte toca a la puerta de uno de los míos, en vez de llegar para hacer mi dolor el suyo, me abandona por una mesa de juego! Mi llanto fue enjugado por manos extrañas, y los consuelos dados por voces diferentes que mentían el sentimiento y ultrajaban más bien que aliviaban mi justa pena.

"Yo ni sé lo que estoy escribiendo. Dios mío; mi pluma corre como la de los poseídos por algún diabólico espíritu.

"Por fortuna, mañana habré de partir adonde pueda llorar, lo que aun me queda; ya serán lágrimas de sangre, arrancadas al corazón, lo que mis ojos viertan.

"Nadie se burlará de mi tristeza; estaré sola, con mi dolor, ya que me han abandonado.

"Quédate, Reinaldo: desecha mis súplicas; tus amigos valen más que quien no tiene derecho alguno para hacer una exigencia. Sé feliz en tanto que quien juró ser la compañera de tu vida se retira a verter su llanto en medio del silencio, único testigo del dolor que me envenena lentamente el alma, sin fuerzas ya para sufrir los desengaños que me ofrece quien nunca me ha comprendido, |-Carmen".

Concluida la lectura, no sin muchas interrupciones en que las lágrimas se escapaban sin que él tratase de enjugarlas, dobla el billete, lo guarda en su bolsillo de pecho y empieza a pasear la pieza con precipitación. Alguno que otro suspiro desahogaba el pecho agitado, mientras que la mano levantaba el cabello por la frente, refrescaba la cabeza acalorada con tantas emociones.

El movimiento en la plaza, hoteles, tiendas y cantinas, duró hasta venir el día 20, cuya aurora fue saludada con salvas de artillería acompañadas de músicas militares.

Cuando la luna cedía de su brillo melancólico, a pesar de hallarse aun en el espacio, a causa de los albores que por detrás de los cerros se derramaban en el azul turquí; cuando las brisas corren afanosas, como sirvientes a quienes ha detenido el sueño en el lecho; cuando todas las alas se sacuden anhelosas, las voces se escapan de las gargantas, los arroyos murmuran, los llanos blanquean, los nevados se enrosan, las flores perfuman y las almas se elevan; cuando el espíritu sintético, formado por todos los espíritus, alza en unión del de la naturaleza un himno al Dios de las naciones el día en que conmemora su gloriosa regeneración, entonces Reinaldo, solo y envuelto en su abrigo de lana, subía en un coche para seguir camino de la hacienda en donde estaba su prometida. Pudo más el amor que la vanidad de brillar en una fiesta.

Tarde, muy tarde, volvieron de la plaza los que habitan en la casa del carpintero; ya se supondrá que él y su esposa no pegaron los ojos, ella asistiendo la cantina, él tallando en la mesa del monte que se halla al lado. El día los sorprendió, así como a don Laurencio Pabón, nombre que llevaba nuestro alcalde con orgullo; lo hizo saltar de la cama, pues bien sabido es que el hombre de campo no ajongea el sueño, por muy tarde que se haya acostado. Mientras Dolores y Carmen dormían, él se afeitó los abultados y rojos carrillos, vistió su mole cilíndrica con su mejor ropa de paño, se acomodó una muy buena ruana, se caló un sombrero de felpa color carmelita, y, para no dejar el otro extremo sin descripción, diremos que con trabajo se calzó unos botines de tan alarmante tamaño que bien pudieran servir de cuna al más robusto recién nacido.

Al verse en un espejo de la sala, se siente orondo, tose con orgullo y va a llamar a Dolores, pues quiere ir a la iglesia con ella. Si el hombre no se engañara a sí mismo, ¡cuántos no nos habríamos suprimido para no servir de hazmerreír de la sociedad! En la escala social ningún peldaño es el último, siempre hay modo de mirar otro más abajo.

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La iglesia hizo también su manifestación en día tan solemne, y la catedral, una de las mejores, sin duda, de Sur América, se colmó con una lujosa concurrencia. El primer magistrado de la república, su ministerio, el cuerpo diplomático y consular, las autoridades del Estado y municipales, los empleados de todos los ramos y un gentío escogido, oyeron el |Te Deum con que el primer prelado y el clero daban las gracias al Todopoderoso en el día del septuagésimo año de nuestra emancipación política.

La música pobló las bóvedas del templo con la solemnidad de un himno que se entonara sobre el campo humeante de la batalla después de la victoria. En aquellas voces trementes creíamos oír un eco de fragor de Boyacá o de la voz estentórea del cañón del imperecedero Ayacucho. ¡Cuán grande se vería Moisés delante de su pueblo libertado, al entonar el himno de gracias a la Divinidad en las orillas del Mar Rojo!

Después de la recepción en el palacio presidencial, en que desde el cuerpo diplomático hasta la última de las autoridades felicitaron al presidente de la república en nombre de la patria, a esa misma hora circulaba la "Revista de los mártires" con que nuestro historiador entusiasta, y fervoroso y ameno escritor, el señor José M. Quijano Otero, obsequia cada año y día por día a sus conciudadanos. Con hombres como Quijano Otero nuestros héroes no quedarán en el olvido. ¡Bendito sea!

A la una del día las galerías altas y bajas del jardín de Santo Domingo fueron ocupadas por el señorío más escogido, y allí, acompañadas por la orquesta, cantaron las alumnas de las escuelas normales un himno patriótico compuesto por el presidente, señor Rafael Núñez, y con música del maestro Sindici. Al pie de la estatua del Libertador los niños de las escuelas, decorados con bandas tricolores, alzaron sus voces en honor de la patria que sus abuelos les dejaron.

Para un corazón sensible, cuánto de tierno no tienen estas manifestaciones. Si nuestros padres pudieran levantar la cabeza entre sus tumbas para oír las ovaciones hechas por los niños al pie de los altares de la patria, que ellos amasaron con su sangre y con sus lágrimas, una vez más, estamos seguros, bendecirían a Dios por haberlos destinado al Sacrificio de una causa tan santa.

¡Cuán grato es pensar en que en este día todos los corazones forman uno solo en el vasto campo de la nación, sin odios y sin venganzas, para levantarlo al Todopoderoso, en señal de gratitud! Un solo corazón, una sola alma, un solo sentimiento, una sola voz glorificando su libertad, es espectáculo no sólo digno de la humanidad, sino del que todo lo rige: de Dios.

A las cuatro de la tarde los tres órdenes de palcos estaban colmados de gentes de todas jerarquías; las barreras se veían atestadas, las calles que las rodeaban se veían colmadas de viandantes, que se movían como las figuras que cruzan por la imaginación de un febriciente. Con impaciencia se esperaban los cuerpos de la guardia que habían de evolucionar en la plaza.

Mientras que llegan, podremos dar un paseo. Hay en derredor y debajo de los tablados cerca de treinta cantinas y mesas de juego. Pinturas grotescas y nombres de los más curiosos las señalaban. Nombrábanse, que recordemos, "Liberpool", "El canal interoceánico", "Jockey popular", "La Fama", "Fraun", "Aquí, que la baten buena".

Las cantinas que en el atrio, los portales y cercanías había, llevaban nombres tales como "La botella de oro", "El sol de oro", "La copa de oro", "La fuente castalia", "El Niágara", "Restaurante Lesseps", "Todo es igual", "Excelsior", y qué sabemos cuántos más, fuera de que todas las casas que rodean la plaza y aun las de las calles vecinas eran de juego, con sus respectivas cantinas.

En todos esos huecos, en todas esas tiendas, en todos esos salones, se agolpaba la gente afanosa para jugar, para comer, para beber, para chancear, para reír, para petardear, para ver, para ser vistos y para ver cómo se podía infringir alguno de los mandamientos de la ley de Dios. Hemos llegado a pensar en nuestras lucubraciones filosóficas, que unas fiestas no tienen más objeto que el pretexto de poder hacer lo que en otro tiempo ni a oscuras se haría sin causar rabia o risa a cualquier fiel cristiano.

Pero los soldados ya vienen, corramos a la plaza, que por ahora está despejada de gente. La tropa, vestida de gala, entra hasta el pie de la estatua de Bolívar, que hoy se encuentra rodeada con todos los trofeos de la independencia, tales como las banderas ibéricas tomadas en las batallas, lanzas, cañones y arcabuces. Una vez situada la tropa allí, saluda al presidente de la nación, y las evoluciones, bien combinadas, admiran al público por la ciencia, estudio y disciplina que revelan.

Debemos advertir que sólo por una casualidad nuestros personajes, o la mayor parte de ellos, están en una serie desde el suelo para arriba. Véase si no en el primer piso la cantina de la familia de don Mauricio y al lado la mesa de juego; encima, y en la primera fila, la familia de la señorita Eloísa; en el siguiente está el palco destinado para Carmen, Dolores y don Laurencio, y el último claro está tomado por unos jóvenes que acaso hayamos visto ya en una casa de juego.

Llamó la atención aquella tarde la señorita Eloísa: su elegante y lujoso vestido color de lila realzaba, si cabe, el porte majestuoso que la distingue. Se difunde en su fisonomía algo como de desdén sin fatuidad; pudiera decirse que más bien es un destello prematuro de una amargura desconocida. Sus labios, que sólo se pliegan a la sonrisa forzada por la galantería, y sus ojos de mirada indagadora, cuando no severa, dan, para quien no la trate, desconfianza y aun temor. A esto se une su andar garboso y mesurado y su busto erguido como el del palomo celoso de su amada. Al verla cruzar el salón pudiéramos decir con Guido y Spano:

"Su andar se ajusta al ritmo de la lira,

hay en su voz la suavidad de un ruego".

Ella es de esos seres que parecen predestinados para dominar la vulgaridad de la vida y colocarse en el más alto peldaño de la felicidad. Le oímos decir a un poeta viéndola atravesar por entre la multitud que le abría paso: las flores no se hicieron para adorno de esta mujer: deben servirle de alfombra.

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