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IV

LA HIJA DEL CARPINTERO



Mal contados, en aquel día completaba la joven diez y seis años. No era su tipo el de una mujer aristocrática; pero jugaba en su fisonomía con tanta inquietud, cierto airecillo de felicidad y candor, que causaba envidia al mismo tiempo que se hacía amar. Cara redonda, ojos grandes, negros, cejas arqueadas, nariz ligeramente recortada, labios levantados y risueños aun cuando estuviera sola; barba pronunciada, frente limpia (aun no se había atrevido a usar |capul), cabello corto pero abundoso y crespo, garganta, pecho y cintura en consonancia con su fisonomía, hacían de la muchacha un ser inquietador. Cuando decimos que era guapa la chica! Y para colmo de felicidades tenía genio tan dulce como pocas. Siempre estaba sonriendo, siempre estaba contenta y chancera.

Y la querían los padres, ¡válganos Dios! Aquello era no pensar sino en darle gusto; y no les faltaba razón.

Mauricio Flórez tenía su taller de carpintería y Casa de habitación por el barrio de San Victorino. Hábil en su oficio, honrado y cumplido, había logrado hacerse a buenos apoyos, de manera que al presente tenía obras para varias casas en construcción y últimamente había hecho un contrato con el gobierno para construir unas cuantas puertas y ventanas para el Capitolio. Firmado el contrato, recibió adelantada una regular suma para comprar maderas, y comoquiera que pensaba hacer un buen negocio en las fiestas, remató unos cuantos metros del área de la plaza para hacer tablados, poner cantina y una mesa de juego. Al hacer estos gastos, sacó del Banco el dinero de sus ahorros, hipotecó la suma que le quedaba del contrato con el gobierno, y tomó a rédito crecido otras sumas, empeñando algunas obras de su taller, y aun parte de sus herramientas.

Como era natural, la esposa, mujer honradota, sencilla y de buenas prendas, quiso también adelantar sus ahorros y para esto se hizo cargo de asistir por su cuenta la cantina.

Carmen (y se nos había olvidado decir cómo se llamaba la muchacha) fue la única que se opuso a entrar en tal negocio, pues le daba vergüenza y se le ajaba cierto orgullito al pensar que a su novio le desagradaría verla entre ese bullicio, y, además, como ella decía, no sentaba muy bien el que una joven decente fuese a oír galanterías y cosas... de cualquiera que llegase. Pero no hubo remedio, los padres y las amigas la convencieron y al fin entró de buen grado en el negocio. Se convino, pues, en que con el dinero que ella tenía, con el que obtuviese en el Banco Popular dando en prenda algunas de sus joyas, su máquina de costura y un espejo, compraría los licores, negocio cuya cuenta se llevaría por separado, pues con las ganancias pensaba hacer un depósito en el Banco para cuando llegara la fecha de su matrimonio.

 

Como día de Nuestra Señora del Carmen, madre e hija se hicieron el deber de concurrir a la misa solemne que en aquel día se cantaba en Santo Donigo.

Más de veinte señoras y señoritas de lo más notable de la ciudad cantaron la misa, obra de nuestro músico, el más filósofo y profundo que cuenta hoy Colombia. La música religiosa del maestro Quevedo eleva el alma a tal grado de misticismo que la asimila a la Divinidad. Recordamos de esta misa cantada por voces angelicales, acompañada por una excelente orquesta en la que tocaban grandes músicos y que era dirigida por el mismo señor Quevedo, que oímos con suprema delicia el |agnus Dei. Pareciónos que los espíritus de los oyentes formaban en aquellos momentos uno solo, que era alzado por el genio del autor, como en vago movimiento, hasta donde nos imaginamos que se halla el ordenador de esta sintaxis sublime que se llama el universo. Esa música persistente en un tema, parece va meciendo el alma lentamente, como los soplos de la montaña mueven el nido de la oropéndola. Feliz quien con su genio arranca de quien lo oye ese ululato íntimo, que sólo Dios oye y que sólo él comprende...

Divagábamos; perdónesenos.

Terminada la misa, vemos a Carmen en San Victorino que se dirige a su casa con su madre y amigas.

Un incidente nos llama la atención. Al pie de un coche cubierto hay varias personas que visten de luto; entre ellas hay una señorita que parece esperar con inquietud y que habla al oído a una criada dándole alguna cosa en sigilo. A este tiempo pasa por cerca Carmen y se fija en la señorita, quien entra en el coche y parte, no sin que los ojos se le agüen mirando hacia la ciudad. Era la señorita Carmen, a quien conocimos en el teatro y que por causa de la muerte del tío ha tenido que retirarse a una hacienda vecina. He ahí dos seres con un mismo nombre, dignos de ser felices, ¿Lo serán? ¿Quién se atreve a escudriñar los secretos del destino voltario?

Están reunidas en la sala de la casa de nuestro carpintero muchas personas que parecen rebosar de una alegría ingenua. Sobre las mesas hay muchos ramilletes de flores bien trabajados, cajas con regalos consistentes en telas, cajetillas con algunas joyas, y por fin, azafates con gelatinas, bandejas con arequipe labrado a pellizcos y la consabida pila de alfeñique con agua de caramelo para poner en el centro de la mesa del comedor.

Se esperaba con impaciencia a don Mauricio, quien desde por la mañana estaba en la plaza dirigiendo la obra de los tablados. Por fortuna no se hizo esperar mucho y desde entonces la casa se convirtió en un hormiguero tal que nadie se entendía.

Después del trago ordinario, se dio la orden de "¡a la mesa, señores!" Rompieron la marcha don Mauricio con Carmen, quien estrenaba el traje de gaselina dado por su padre, el aderezo dado por la mamá, el prendedor con retrato obsequiado por el tío y el anillo con guardapelo, cuyo obsequiante era un misterio para los padres, pero no para ella ni los concurrentes.

Como hubo que llevar los asientos de la sala al comedor, los tropezones y codazos se distribuyeron sin reserva.

- Siéntese aquí, niña Tomasa.

- No, estése quieto, que yo me acomodo en cualquier rinconcito.

- Sin cumplimientos; ya saben que están en su casa.

- Sí, ¿pero usted cómo se ha de quedar de pie?

- Yo quedo bien en esta petaca; no se moleste.

- Que coman los niños en aquella mesita. Arrodillados, eso sí, porque no hay asientos.

- Pero me da de esto, ¿no mamita? -dijo uno de esos angelitos hincándole el dedo hasta la cuarta coyuntura a un pastel de hojaldre.

Después de mil trabajos y necias etiquetas, siendo de advertir que a las cabeceras de la mesa les tenían más miedo que a un banquillo, sirvieron la sopa en platos de distintas nacionalidades y fábricas, según el servicio de las distintas vecindades de donde los habían pedido prestados en unión de los cubiertos, palanganas y demás adminículos.

Dado este primer paso, se presentó otra dificultad no menos insuperable, y era que nadie se atrevía a ser el primero en probar la sopa. Cada cual miraba al soslayo al otro para ver cómo tomaba la cuchara, si con la mano por debajo o por encima, si con sólo dos dedos o con tres; si se podía soplar o había que abrasarse la boca con la sopa de fideos, que se defendía ella sola.

- Prosigan sin cumplimientos -dijo el dueño de casa- y dio el ejemplo de probar y quemarse él primero.

Bien o mal, ardidos o no, las operaciones se abrieron en un silencio profundo.

Una mesa de esta clase es indescriptible. El orgullo de quien invita está en presentar a un golpe de vista, como quien dice a vuelo de pájaro, todo lo que hay para comer y beber, y que generalmente se sirve como para un ejército. Había sobre la mesa pavo, gallinas, pollos, capones, postas de res, costillas y cabezas de cordero, lechón relleno, fuentes con zanahorias, remolachas, rábanos, frutas y canastillas de dulces hechos donde el francés (para tales cosas nunca ha habido más que un francés). Los vinos estaban allí en la anarquía más grande: el blanco, el tinto, de distintas clases, el jerez, el madera, pajarete y de consagrar, formaban un ejército que tenía asustados a los sitiadores de tal fortaleza.

Entre gente de valor no hay como recibir la orden de ataque; cada cual cree ser un héroe y la primera refriega decide, por lo general, del triunfo. Allí no quedó en menos de nada botella en pie, y por tanto hubo que apelar a la que baten en la esquina y que, a prevención, esperaba su turno en damajuanas y barriletes.

El más audaz tomó la palabra y brindó por la felicidad de la niña Carmen y por el contento y la satisfacción y para que en las fiestas estuvieran los concurrentes a la altura de su dignidad y su satisfacción. Un aguacero de aplausos coronó los esfuerzos del orador, a quien secundaron uno y otro hasta que, a las siete de la noche, ya aquello era un campo de Agramante. El tema principal de los discursos fue siempre, eso sí, la salud de los dueños de casa y que hicieran muchas ganancias en las fiestas.

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