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III

LA CASA DEL ALCALDE



No bien han quedado a la espalda del viajero las últimas casas de uno de los pueblos templados que demoran en las cercanías de Bogotá, se empieza a bajar por una suave pendiente hasta llegar al río. Allí se pasa por un puente formado de gruesas vigas, y luego por entre una vereda entapizada de gramas y cercada de un lado y de otro con cañas, nacederos y jazmines se llega a un patiecito, tan barrido, limpio y alegre como la casa que está al frente. Tiene ésta ancho corredor por el lado del río, de tal suerte situado, que desde allí se divisan las aguas ya mansas y azuladas al correr tranquilas, ya espumosas y revueltas al quebrantarse contra las murallas del puente o las piedras de la orilla. Luégo la vista ociosa se entretiene en seguir las vueltas del camino que, entre arbustos medio escondidas, conducen a las primeras casas del pueblo con su blanca torre, sus alegres huertas y sus columnas de humo, que siempre dejan adivinar algo del bienestar misterioso que todo el mundo quiere hallar en una casa de campo. Pero si cansada la vista de mirar todas estas bellezas, quiere darse al vagar a que una imaginación contemplativa suele inducirla, entonces no tiene más que volver a la izquierda y entretenerse en repasar las colinas que gradualmente van alzándose como orgullosa cada cual con sus plantíos de caña de azúcar, sus platanares, sus trapiches y pastales.

Quisimos describir la casa y, sin la menor intención de engañar al lector, nos ocupamos en los alrededores; procuraremos, pues, no desviarnos en adelante. Pasado el corredor, hay una salita con dos puertas, la una en frente de la otra; a los lados hay alcobas, y pasada la sala hay otro corredor que en cierra un patiecito cubierto de flores. Las piezas que rodean este patio no merecen especial mención, por que ya supondrá el lector que serán los graneros, cuartos para el amasijo, depósitos de aperos, despensa, cocina y la ramada del horno. Detrás de la cocina hay un corral para gallinas, y un chiquero para los marranos y después está la manga donde se dejan las mulas que han de servir al día siguiente para la molienda en el trapiche, que no estará muy lejos de casa, porque desde allí se oye el continuo melancólico chirrido del mayal, el canto de la muchacha mete la caña y el silbo del que arrea la mula para dar vuelta al trapiche.

Los que por primera vez atraviesan uno de estos páramos y luégo descienden a una tierra templada, qué de emociones tan nuevas las que sienten, qué de admiraciones con todo esto de ver los ríos, que invitan a refrescar el calor incesante del fatigado viajero. Qué no cansarse de contemplar los chirimoyos de perfumadoras flores, los guayabos con su abundante fruto, los cañaverales tupidos, el platanar de sombra incitante, y, en fin, los trapiches que como el que tenemos entre manos, están en medio de caña en sazón, puesto que ya se arrastra con gruesos cañutos; trapiches con alta ramada, masas de dinde, gran pozuelo donde se recoge el zumo, y reverberante hornilla con un fondo y su falca para que el guarapo, por más que hierva y hierva hasta espesarse, no encuentre por dónde salirse.

No olvide el lector que hacia la derecha de la casa y casi unida a ella hay un platanar adonde no debe asomarse quien no tenga resolución de pasearlo, por que no se sabe qué hay debajo de sus hojas y en medio de sus vástagos, que mientras más se camina hacia adentro, más llama cierto misterio que medio asusta y atrae como si se fuera a una cita. Así se va ya contemplando los largos manojos de blancas flores que las abejas explotan con su eterno ruido, o ya viendo los amarillos racimos de maduros plátanos que los pájaros se disputan con grande algarabía, hasta que se da con el río, el río que allí resbala manso y oscuro para amedrentar al forastero que no sabe nadar y que ignora que son nacederos, cámbulos y cauchos, los que desde las orillas lo cubren para darle sombra eterna y comunicarle ese aspecto mechoso, pues si no fuera así, podría deleitarse en contarle hasta las últimas arenas de su fondo.

El lector habrá notado que paseamos toda la casa y no tocamos con las personas que allí viven; pero eso es porque estamos en domingo y todos ellos están en el pueblo, donde, además del mercado y la misa, a que hay que ir en ese día, el señor alcalde que es el dueño y habitador de la estancia donde hemos estado, tiene necesidad de hacer leer en voz alta en las cuatro esquinas de la plaza, un papelón amarillo en que se halla el programa de las fiestas nacionales que deben tener lugar en la capital de la república.

Este señor alcalde es uno de aquellos hombres formalotes y honrados que saben tanto de las leyes y acuerdos como de lo que habrá de sucederles; él opina que la vara de la justicia, con la que da golpecitos en el suelo, ha de ser medida para chico y grande, y que la justicia ha de empezar por casa, porque es hija de Dios. Ah! y cuenta con hacerle hervir la sangre, porque ese día oyen lo que es bueno y aquello de que "yo no me ahorro con nadie, y si no se enmienda lo soplo en un presidio". No obstante todo esto, don Laurencio, después de que por no desobedecer las órdenes del señor gobernador ha mandado a los alguaciles a que recluten cuatro hombres para el servicio, consiente en que su esposa, que es otra bonaza, vaya a ciencia y paciencia suya y, la víspera de mandarlos para la capital, engañe al carcelero y los ponga en libertad.

Estamos, pues, como se ha visto, en un domingo de julio. La misa ha concluído, y a la hora en que el mercado está más concurrido se oyen unos golpes de bombo en el corredor del cabildo.

- ¡Santa Bárbara! -dice uno de los que están vendiendo-, si será alguna |contraución que nos querrán soplar.

- ¡Bando! ¡Que todas las mujeres se vayan casando! -dice un muchacho que con sombrero en manó emprende carrera.

-A mí se me antoja que eso es lo del puente.

- ¡Qué!

- Pus no ves que se está |errumbando y tenemos el trabajo |sucindario?

- ¡Verdá! ¿Vamos a escuchar?

- |¡Caminá!

Después de que el bombo tocado por el alguacil paró en las esquinas, el más sabido del lugar, acompañado del alcalde, leyó el programa que todos oyeron con la mayor atención, no sin producir en cada esquina uno que otro diálogo de la clase siguiente:

- ¡Valiente!, yo creí que |juera pa darnos algo.

- Puf, con eso tenías.

- ¿Vamos a fiestas a Santafé,. niña María?

- |Enque estuviera |uno de balde como estas |ti. Yo no voy |po allá. |Pal papel que uno hace entre los cachacos; |¡humju!

- Yo si voy a cargar mi maleta de maduros y hago una vida y dos |mandaos, vendo mis |plátanos, |tuno |tantico y de ahí me vengo otra vez.

- ¿Y si te coge alguna cachaca y te enamora?

- Le hago la |sanajoria mientras le acomodo lo plátanos y salgo corriendo. A mí quien me mete funes.

- Ja! ja! ja! -prorrumpieron los del corrillo plena boca abierta.

***

Del lado del pueblo y en dirección hacia el puente viene uno acompañando con el tiple un sentido bambuco. La voz sonora del cantor medio se apaga, medio se oye cuando se oculta o cuando sale de algunas de las revueltas del camino. Por fin, en una de esas revueltas pudo oírse desde el corredor de la casa de don Laurencio este estribillo, que fue repetido con el dejo melancólico que tanto realce da a esta música popular:

No llores, vida mía,

porque me vaya,

que si el cuerpo se aleja,

te queda mi alma.

La voz del cantor y el sonido del tiple callaron después.

Un bulto atravesó entonces el corredor con cautela y entró al platanar por la vereda que conduce al río. Mucho cuidado llevaría, cuando apenas se notaba de cerca el ruido que el pie producía al tropezar con los vástagos o al pisar las hojas secas que sirven de alfombra en estos sitios. Si alguien hubiese ido detrás, habría oído distintamente el sonido que produce una agitada respiración el avanzar o detenerse cautelosamente a la idea dé cualquier peligro imaginario. La clara luz de las estrellas, el revolotear de los cocuyos y de las candelillas cuya luz rojiza o amarillenta casi alumbraban aquel sitio; el chillido de innumerables insectos que en las tierras templadas puebla el silencio de la noche; el ruido incansable y perenne del río, que en la noche cambia sus atractivos por un misterio que sobrecoge el espíritu; y, más que todo, la ocasión, aumentaban más y más la zozobra de quien atravesaba en dirección al río por debajo de los árboles a tales horas.

Un ruido le hizo contener el paso y poner atención; pero, como nada volvió a oírse, continuó hasta dar con un grueso árbol que estaba inclinado sobre el río. Allí esperó. ¡Qué largos son los instantes en estos casos! Ya no viene, murmuró, y pensaba en volverse cuando percibió el ruido como de una rama tronchada por la fuerza; entonces, incorporándose, puso de nuevo atención y procuró contener la respiración que casi ahogaba.

- ¡María! ¡María! -se oyó decir entre las matas con una voz apenas perceptible.

- ¿Quién es? ¿Antonio? -preguntó quien esperaba.

- Sí, yo soy.

- Creí que ya no venía. ¡Sí que lo he esperado! ¿Por qué se tardó tanto?

La respuesta quedó ahogada entre un abrazo.

- ¿ |Esque se va mañana de veras?

- Pero es |todito.

- ¡Y |ora! Es decir, que me quedo yo aquí... Pero amo mío y Señor, que pueda ser que algún día...

- ¿Luégo no se va |busté pa fiestas a Santafé. pues?

- Sí, nos vamos, pero es en la otra semana de arriba.

- Ah! eso es! y yo me quedaba aquí esperando a quien...

- ¿Luego no va con nosotros?

- Yo no voy; ¿no ve mi chinita que hay que desherbar y mientras que está uno |po allá se pasa la labranza?

- Deje quien lo haga y vamos. Yo si no fuera por que mi taita ha |agarrao tanto empeño, ni |pensao que yo me huyera; a buen seguro.

Antonio quedó pensativo.

- ¿En qué piensa? -le dijo María, poniéndole una mano en un hombro y moviéndolo como para que despertara.

- No hay como su corazón de uno -contestó Antonio con tono sentencioso-. ¡Quién sabe esas fiestas! Anoche no pude pegar mis ojos desde la madrugada grande, y fue dar y cavilar hasta que Dios echó su luz.

- Pero esas sí que son ganas de mortificar. Ahí sí que como dice el dicho, |amoedecir: no la debas, no la temas. De buena gana me quedaría |pa que no tuviera |busté que decir ni tanto así.

- ¿Pero no me olvida? -preguntó con amorosa solicitud Antonio.

- De dónde va |uno a olvidar a lo que más quiere

-respondió María estrechándole una mano.

En este momento se oyó el ladrido de un perro en el patio.

- ¡Mi taita viene ya del pueblo! - dijo María con precipitación -; adiós, me voy, mi hijito.

- ¿Pero no me olvida? -volvió a preguntar Antonio, dándole un abrazo.

- ¡Nunca! - contestó María estrechándolo-; adiós.

- ¡Adiós!

Una vez más se dieron las manos para separarse. La voz del cantor volvió a oírse por las revueltas del camino. Cuando el que tan bien golpeaba él bámbuco en el tiple y modulaba la voz para dar sentimiento a sus coplas, volvió a llegar a una pequeña prominencia, entonó este verso como última despedida:

Te vas por no mirarme,

negrita ingrata;

pero por más que me huyas

te llevas mi alma.

Después nada volvió a interrumpir el misterio de la noche. Siguió el río murmurando al golpearse contra las piedras o rozarse contra las gramas de la orilla; siguieron las tibias brisas circulando agobiadas con tantos perfumes que les confiaban los naranjos, jazmines y chirimoyos, para que, como mensaje amoroso, los llevasen a otras flores más distantes; siguieron las luciérnagas trazando con su vuelo luminoso revueltas y giros caprichosos a primera vista, pero que acaso sean para una imaginación contemplativa los diversos caracteres con que la creación escribe un nombre; siguieron las estrellas enviando su reflejo dudoso, y siguió la calma dando al tiempo la lentitud con que parece correr la noche para el que vela y cuenta las horas.

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