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II

LA TORRE DE MALAKOFF



La elegante casa que desde hace algunos años lleva este nombre y que está situada en la acera norte de la plaza de Bolívar, acababa de ser abierta nuevamente al público. La multitud ansiosa la colmó, y desde esa noche se hizo el centro principal de reunión, de placer, de lucro y de desesperación.

El propietario, sin ahorrar gasto alguno, exhibió en aquel recinto cuanto en esta capital puede desearse como casa de juego, restaurante y lugar de distracción. Las tres galerías que la casa tiene, se ha puesto al servicio del público y en ellas se encuentra decencia, lujo, comodidad y orden.

Los dos patios, que se hallan cubiertos con cristales para que den luz, no son sino elegantes salones en donde se hallan cuatro espaciosas mesas de monte de dado que alzan y abaten fortunas como se alzan las pajas en la era por agosto. Cantina y comedor vecinos, aquélla surtida de licores, éste aseado y bien servido, y piezas separadas en donde puede jugar dado, ajedrez, etc., completan el primer tramo y ofrecen escaleras por distintos puntos para conducir al segundo piso. Allí, un corredor rodea y domina el primer salón y pone bajo las miradas ansiosas o indiferentes aquellas mesas con torres de fuertes en el centro y docenas de concurrentes, que desde sus al rededores intentan tomarlas por asalto. ¡Cuántos caen a los tiros de los dados traicioneros!

El espectador, colocado allí entonces, no es otra cosa que Jesús alzado a la montaña para ser tentado por el diablo de la codicia: todo aquel dinero será tuyo, con sólo unos pocos minutos de audacia y buena suerte. ¡Vé, y juega!

Pero sigamos nuestra descripción... Cinco comedores hay alrededor, y uno de ellos tiene una cantina asistida con cuanto puede desearse. Servidumbre lista, lujo y alimentos escogidos, telégrafo para llamar a los criados en cualquier lugar en donde uno se encuentre, asientos cómodos y mesas para juegos en los salones, completan la parte alta en su primer tramo, pues en el segundo están la cocina y repostería y alguna que otra pieza con mesas de juego. Las lámparas alumbradas con gas son tan abundantes, que no hay un solo punto oscuro, y si a esto se agrega que grandes espejos la devuelven por dondequiera, se echará de ver que nada falta para estar allí con toda comodidad.

Entre tanta gente que hormiguea por dondequiera, entre tanto grupo maldiciente o placentero, uno hay por ahora que nos llama la atención. Compónenlo dos jóvenes, de los cuales el uno acaba de hacer apuntes acertados, y pronto, no hay duda, desbancará el monte. El otro, con un codo fijo sobre la mesa y la cabeza inclinada, medita probablemente en la suma que acaba de perder sin esperanza de desquite. Rodean al primero muchos compañeros que lo adulan, en tanto al segundo apenas si el concurso lo mira con aire compasivo.

-Eudoro, no juegues más; retírate, el monte tiene ya muy poco que ganarle. Dame esos billetes para guardártelos.

-Toma -contestó Reinaldo-, pero déjame hacer este apunte a los ases; y diciendo esto, arrojó quinientos pesos en billetes y en fuertes.

- ¡Ases! - dijo el tallador-, y pagó el dinero.

- No juegues más; ahora sí conténtate con esta ganancia.

Eudoro cedió a la súplica de su amigo y partieron, rodeados de una multitud de merodeadores que a cual más asediaban al joven ganancioso. En la cantina se distribuyó el brandy, el vino, la cerveza y las viandas con profusión. ¡Con cuánto gusto bota el ganancioso el dinero!

-He perdido cuanto mi padre me mandó para hacer un pago en el Banco. No sé qué haga; estoy desesperado, quisiera darme un balazo -decía el joven aquel a quien hemos visto, a otro que se le acercó.

-No seas torpe, no te desesperes; yo tengo aquí un dinero que mi madre me mandó cobrar y con él podemos hacer algo. Ven, nos tomamos un trago y volveremos a desbancar un monte. Mira, tengo cuatro cientos pesos en billetes, te doy doscientos prestados para que hagamos una vaca.

- ¡Cuán bueno eres! Tú vas a salvarme de un conflicto.

-Pero te impongo una condición.

-La que quieras.

-Que yo juego, porque tú estás muy de malas.

-Haz lo que gustes.

-Mira: es necesario ser previsivos; compremos una botella de brandy por todo evento.

Con tal resolución y con tal avío se acercaron a una mesa de juego. Que la suerte les sea propicia.

Los planes de Eudoro, Reinaldo y demás compañeros para pasar las fiestas contentos al favor de mil y tantos pesos ganados, eran brillantes. La cena, el vino, los puscafés, los habanos, dieron expansión; y el chiste, el buen humor, fueron salsa con que se condimentó aquel rato tan agradable.

-Oyeme, Eudoro -dijo uno-: ¿quieres que hagamos una vaca de cien pesos cada uno y vamos a desbancar otro monté?

-Corriente -dijo el ganancioso joven-, y en medio de aplausos partieron para un salón de juego. ¡Que la suerte no les vuelva la espalda!

-Mira qué bien van los de aquella vaca -dijo un curioso al ver a nuestros dos jóvenes que habían prometido no sólo desquitar la pérdida hecha sino hacer una regular ganancia con qué poder pasar las fiestas cómodamente.

La una de la mañana señalaba el reloj, y los salones, así como los comedores y cantinas, estaban colmados de hombres que poco más o menos maldecían en el mismo tono. Como es sabido, el dinero que se adquiere en el juego dura poco en el bolsillo; el que no se pierde, en seguida se regala, se bota ó malbarata de cualquier modo. Parece que esto sea una compensación, pues así como se obtiene con la vuelta de un dado, del mismo modo se escapa de las manos.

-Maldita sea mi suerte -decía uno-: lo que tenía para los botincitos de la niña, más lo del arrendamiento del cuarto, se fue en este maldito monte.

- ¿Qué hacemos ahora? Tú perdiste el dinero de tu madre y yo el que mi papá me mandó para cubrir la obligación en el banco.

-Algún día nos desquitaremos, por ahora vamos a bebemos lo que nos queda.

- ¿No sería mejor apuntar esos cuatro reales? Nada tiene de extraño que con eso nos desquitemos aunque sea de algo.

-Apuntémoslos, pues, a los ases; ¡si es que estamos tan de malas!

En este momento una gritería inmensa se oyó en el salón vecino, a causa de que Eudoro acababa de ganar todo el dinero de una mesa. Parientes, amigos conocidos, pobres y ricos cayeron sobre el joven, que no sabía cómo salir de su dinero para no sufrir tanta exigencia. Idos todos en coro a la cantina, se sirvieron los licores con la profusión del caso.

Tenían todos las copas en alto para apurar un trago, cuando entró rápidamente un joven que llamó con misterio a Reinaldo.

- ¿No sabes lo que ha pasado?

- ¡Qué!

-El padre de Carmen recibió un telegrama en que le anuncian la muerte de su hermano, quien temperaba en Tocaima.

- ¿Don Francisco ha muerto?

-Sí; esta tarde.

-Y yo aquí, en vez de estar al lado de Carmen. ¡Maldito sea el juego!

-Yo estuve allá esta noche. Creí encontrarte al lado de ella, que está inconsolable. Como tú sabes, era una persona muy querida.

- ¿Y qué te dijo?

-Está muy sentida, y con razón, contigo.

- ¡Pobre Carmen! ¡Quién hubiera estado a su lado para consolarla! ¡Es tan buena conmigo!

- ¿Qué misterio tienen entre manos? -interrumpió Eudoro, acercándose.

- ¡ Murió don Francisco en Tocaima!

- ¿El tío de Carmen?

-Sí.

- ¡Cuánto lo siento! Se acabaron las fiestas para ti.

-No hay duda, y lo peor es que muchas familias tendrán que guardar el duelo. Son tan extensas las relaciones de esa casa, que medio Bogotá vestirá luto por mucho tiempo.

- ¿Sabes que ahora caigo en la cuenta de que algún presentimiento tenía ella de que no concurriría a las fiestas?

-Ciertamente, porque en el teatro dijo que aun cuando trataba de realizar en su imaginación porvenir, tan brillante, se le oscurecía todo. Algo le decía el corazón.

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