XIX
¡CUANTA SOLEDAD EN TANTO BULLICIO!
El esquilón de la Catedral golpeaba lentamente las siete, y a esta
hora estaba Eudoro recostado en un diván, descansando de la
trasnochada anterior. Ya casi lo rendía el sueño cuando una criada
entró y le dijo:
- Un señor pregunta por usted.
- ¿Quién es? ¿No lo conoces?
- No, señor, pero dice que lo necesita con urgencia.
- Dile que entre.
- ¡Oh, señor don Eudoro! ¡Cuánto gusto tengo de verlo! -le dijo,
y alargó la mano para estrechársela.
- Señor don Laurencio, tengo el mayor placer en saludar a usted.
Siéntese.
- Yo no vengo a quitarle tiempo, y si vine aquí fue porque en su
casa me dijeron que era donde podía encontrarlo. Pero, primero que
todo, ¿qué tal sigue la señorita?
- Mal, señor don Laurencio. Hemos perdido casi toda
esperanza.
- ¡Cuánto lo siento! Dios y la Virgen Santísima han de permitir
que vuelva a su salud. Y tan gallarda que pasaba al palco en las
fiestas, porque eso sí se diga hermosura. Pero bien, yo vengo a
traerle mis agradecimientos y los de mi familia por el bien tan
grande que ha hecho salvándonos nuestra casita. Si no hubiera sido
por la bondad de su buen corazón, hoy no tendríamos una sombra para
ampararnos. Dios me lo bendiga. Dios le acreciente sus bienes y le
dé felicidad en la vida.
Eudoro suspiró al pensar en ese imposible, y luégo le
interrumpió:
- Usted no tiene qué agradecerme, señor don Laurencio; lo mismo
habría hecho cualquiera otra persona en iguales circunstancias.
- Usted no sabe cómo quedará depositado en nuestros
corazones.
- ¿Y cuándo se va? -preguntó Eudoro para cortar esa conversación
tan molesta para él, que no gustaba de ser alabado en su
presencia.
- Nos iríamos mañana, porque ya pareció la niña. ¿Sí sabía? ¡Y
llegamos tan a tiempo!...
- Sí, señor, anoche mismo lo supimos, y me he alegrado mucho de
tal suceso.
- Gracias, señor don Eudoro. Pues como le iba diciendo, nos
iríamos mañana, pero se me presenta un inconveniente que hoy vamos
a ver con mi compadre Mauricio cómo lo allanamos.
- ¿Y es cuál? -preguntó el joven distraídamente.
- Pues es el caso que en las fiestas tomamos prestados $ 500.00
y ya se cumplió el plazo, y un sujeto que compró el documento se
nos presentó ahora a cobrarnos, sin dar más plazo, y dice que nos
ejecutará.
- Ya sé cuál es el documento; pero, mire, don Laurencio: ni don
Mauricio ni usted deben dejarse ejecutar por tal acreedor. Ustedes
pagarán ahora mismo, yo les doy el dinero y me lo devolverán cuando
gusten.
- ¡Pero señor! -dijo don Laurencio poniéndose de pie-. Cómo es
posible que...
- Yo confió en la honradez de ustedes y sé que no se harán
esperar demasiado. Esto dicho, se acercó a un escritorio, giró
contra un banco, desprendió el cheque y lo alcanzó al abismado
visitante.
- Bueno -dijo tomándolo-; pero nosotros le haremos un documento
que lo ponga en cubierto, por lo que tenemos de mortales.
- Como guste, don Laurencio.
Y se despidió el hombre dando gracias a Dios y bendiciendo el
buen corazón de tan generoso joven. Eudoro, por su parte, pensó:
algo le compenso a don Mauricio la pérdida de su hijo.
A esa hora la casa parecía un campo después de la batalla. La
agitación de la enferma había cesado con la venida del día y
dormitaba; los demás, sentados o reclinados en distintas partes,
hacían grupos más o menos interesantes. Nadie había cerrado los
ojos en toda la noche; los braseros, trastos y adminículos estaban
botados por todas partes; en el corredor se notaba el desorden en
que, como si fuera aquello una fonda, habían quedado las vajillas;
los criados, por su parte, dormían tronchados en dondequiera que
les había cogido el sueño; las flores parecían mustias, las aguas
del hermoso surtidor eran ahora impertinentes con su eterno
charlar; los canarios y turpiales se agitaban hambrientos en sus
jaulas, y el esquilón de la cercana torre hacía a cada instante
caer en la cuenta de que el tiempo pasaba, y su voz aguda comprimía
hoy tristemente el alma cuando antes nadie se fijaba en él. Ninguna
voz había vuelto a alzarse en tono natural, ningún pie había pisado
la alfombra sino con cautela, ninguna palabra había salido temerosa
sino para lamentar, ni los labios se habían plegado para simular
una sonrisa.
Un perrillo faldero, que parecía un copo, dormitaba hecho una
rosca en una butaca, y desde que su señora había enfermado no
quería aceptar alimento. Varias veces se le había oído como
sollozar, y al parecer daba quejas, pues fue castigado a causa de
que la noche anterior salió a un recinto de cristales que da vista
a la sabana, y allí aulló como cuando ellos guardan la tumba del
amo.
Los salones no habían vuelto a abrirse, como las puertas de
Marte en la paz; los relojes movían sus péndolas como palpita el
corazón de quien pasa ya la vida sin objeto, y los espejos, símiles
de algunas existencias, copiaban los mismos adornos de ayer, sin
movimiento, sin luz, sin vida. ¡Cuánta soledad suele sentirse en
medio del bullicio de un mundo indiferente!...
La enferma despertó tosiendo y llamó.
- Mamita -dijo con aire de conformidad y súplica-, no permita
que me quiten mi argolla matrimonial, quiero llevarla a la
tumba...
- Pero, mi hija, ¿por qué tiene gusto en mortificarse y en
mortificarnos? Usted está hoy muy repuesta, tiene otro semblante y
más animación, ya verá cómo el doctor va a estar muy contento hoy
de usted. Se le nota tanta reposición, que me da placer verla; ¡voy
a llamar a Eudoro para que la vea así!
La enferma sonrió como quien celebra las frases con que están
engañando a quien tiene la persuación de un próximo tormento.
- La mejoría de la muerte es fatal en ciertas enfermedades.
Parece -continuó-, que la naturaleza se detuviera a contemplar la
profundidad del abismo que va a salvar.
- ¿No te parece, Eudoro -le dijo cuando se le acercaba a su
cama-, que hay veces en que la muerte se halla como indecisa? ¿Que
no se atreve a dar el golpe de gracia?
El médico fue anunciado.
* * *
En la alcaldía habían obrado con una actividad prodigiosa; el
sumario que debía poner en claro aquel enmarañamiento de crímenes
estaba muy adelantado, y la mayor parte de los culpables habían
sido aprehendidos. Por medio de las mujeres de la casa de
prostitución se descubrieron unos cuantos crímenes que el público
ignoraba y de que las autoridades no tenían conocimiento. No podía
negarse que la semana de las fiestas fue fecundada, y que el
perverso, el ladrón, el bandido, tuvieron campo abierto en donde
ejercer sus instintos infernales. Pero nuestra independencia y la
libertad se habían festejado como lo hacen los pueblos cultos, y
eso era lo suficiente para cualquier sacrificio hecho a costa de la
moral, y era excusable ante los ojos de una sociedad embriagada en
su propia deshonra.
Las alas más blancas se quemaron en fuego libidinoso; las
conciencias más puras se derritieron al calor del lucro incitativo;
las reputaciones acrisoladas perdieron su brillo al grosero
contacto de la broza sin pulimento, y hoy los ojos jamás empañados
por el llanto, acaso desde la niñez, derraman y derramarán lágrimas
que nadie enjuga en las soledades del infortunio o que la tierra no
alcanza a absorber en lo misterioso de la tumba...
* * *
Queremos echar un velo sobre lo que pasó.
Por fortuna para el narrador, y por desgracia para la humanidad,
todos sabemos lo que es perder a una persona querida.
Bienaventurados los que mueren en la niñez, porque no ablandan
durante la vida con pedazos del corazón lo duro de la tumba en la
cual habrán de descansar.
Renueva el árbol sus hojas en la primavera, repone el ave las
plumas caídas en su viaje, y hasta la serpiente se viste de nuevo
después de haber perdido la escama; pero la flor no restituye el
perfume que ha exhalado de su seno, ni el hombre puede siquiera
sondear la eternidad adonde partieron los suyos para no volver.
¡Misterios insondables, apartad!...
La una de la tarde del día siguiente sonreía, cuando de la
iglesia de San Carlos salía un escogido y numeroso concurso que
apenas cabía en el atrio y en la calle, para después derramarse en
la plaza de Bolívar. Un lujoso coche mortuorio, tirado por caballos
con grandes caparazones y penachos de plumas, abría paso al
cortejo; luégo seguían los parientes y amigos que conducían en
hombros un lujosísimo ataúd cubierto con coronas de botones de
rosas blancas y pensamientos, y luégo lo más selecto de la sociedad
pasó por el pie de las gradas del atrio de la Catedral y siguió
para la Calle Real, seguido de numerosos coches. Y pasaron aquel
cadáver por en frente de donde estuvo la cantina y el lugar del
juego, en donde estuvieron los palcos de Eloísa, de la familia de
don Mauricio y de los jóvenes huídos de los colegios. Y cada cual
tuvo ante la muerte su representante. Prodigioso misterio. ¡Quién
de ellos habría de imaginarlo cuando se preparaba para pasar unos
días de felicidad!...
Pero en la plaza había al mismo tiempo otro grupo de curiosos
que llamaba la atención. Era compuesto de los que veían llevar al
panóptico al exjefe de la policía, a Fideligno Escobero, a otros
culpables de distintos delitos y a unas cuantas mujeres que iban
camino del divorcio.
De Tíbulo decían que se había ocultado o que se había marchado
fuera de la capital.
Las puertas del cementerio se abrieron una vez más; aquel mar
insaciable recibía, sin darse cuenta de ello, uno de tantos
tributarios que en nada aumentaba sus aguas abismadoras, y la
sociedad perdía en la bella Eloísa uno de sus mejores adornos, y
sus padres, sus deudos, sus amigos y su desposado, a un pedazo del
alma.
Era ella el orgullo de la sociedad bogotana; ahora con su pureza
irá a serlo de los cielos, adonde habrá llegado con sus alas tan
blancas como los lampos con que la nieve en los nevados eternos se
defiende de las miradas pertinaces del sol.
Cruz Madero, el niño Carlos, la señorita Eloísa, he ahí unas de
tantas víctimas ofrendadas a la muerte por los que promueven y
patrocinan esas bacanales llamadas
|Las fiestas de
Bogotá.