I
EN EL TEATRO
Se representaba la última función de beneficio de la compañía
Duclós.
"Las riendas del gobierno", que tal es el
nombre de la comedia, arrancó aplausos hasta la saciedad en honor
del simpático beneficiado, quien había conseguido colmar los palcos
y la platea de una escogida y entusiasta concurrencia.
Si el lector, por algún antojo, quiere seguirnos a un palco del
centro, oirá el siguiente diálogo entre dos señoritas de lo más
notable de la ciudad, no solo por su alcurnia sino por su belleza y
posición pecuniaria.
-Qué bien trabajan estos actores, ¿no es cierto?
-Divinamente; es lástima que la primera dama, actriz de
poderosos recursos, no tenga una voz más simpática. Con eso sería
inmejorable. ¿Es cierto, Carmen, que llega para el 20 de julio una
compañía de ópera y baile?
-Es cierto; están al llegar, así es que esta compañía trabajará
mañana por última vez.
-Es de sentirse, porque trabajan muy bien y casi todos los
miembros de ella han logrado hacérsenos Simpáticos.
-Dime, Eloísa, ¿muy preparada estás para las fiestas?
-Como no puedes imaginarte. Mi papá ha tomado dos palcos
seguidos, que ha comprado a ochenta pesos cada uno.
- ¿Están del lado de la municipalidad?
-Sí.
- ¡Ah! qué felices fuéramos si nos quedasen unidos. Voy a
preguntarle a papá cuál es el número, para que si algún amigo
quedare cerca de los tuyos, lo cambiemos, aunque sea dándole más
precio.
-Qué fortuna fuera para nosotras, Eloisita de mi alma, estar
unidas para compartir nuestras dichas. ¿Reinaldo corre en las
carreras?
-Sí, y ha comprado un caballo blanco magnífico. ¡Qué animal tan
esbelto! Ayer tarde pasó en él, y si lo hubieras visto cuán
elegante iba, me habrías envidiado.
-Yo no te envidio.
-Ya lo sé, pues tú eres muy feliz en ser amada por Eudoro.
-No precisamente por eso, sino porque puedo tener envidia del
bien que goce una tan querida como tú.
- Cuán generosa eres -dijo enternecida Eloísa- ¿Es cierto que
Eudoro será el capitán de una cuadrilla?
-Se han empeñado para que dirija la de los caballos blancos;
pero, según me dijo anoche, está indeciso.
-Elegante quedaría vestido de caballero cruzado. Pocos le
aventajarán, te lo aseguro.
-No me hagas poner celosa, mi bien.
-No tengas cuidado, solo quiero lisonjearte.
-Gracia ladina- ¿Sabes lo que me está mortificando?
- ¿Qué?
- Que no hay modista que me concluya todos los trajes.
-Ni a mí tampoco: he mandado a todos los talleres de modas y en
ninguno se han comprometido a trabajar, aun pagando lo que pidan.
Tengo esperanza de que donde Sofía me hagan unos seis, si quiera.
Suponte que papá me ha llevado una provisión como para dos
semanas.
-Yo recorrí todos los almacenes y compré telas lindas, de las
cuales me han hecho algunos trajes; pero el que más interés tengo
de que me trabajen es uno de moiré, color de aurora, para
baile.
- ¿Habrá por fin el baile en el Jockey-Club?
-Quién sabe; estaban en duda, sin embargo de haberlo anunciado
en el programa.
-Mira: allá están juntos; acaban de entrar. Nos han puesto los
binóculos. ¿No vendrán a visitarnos? Es extraño.
-Querrán aprovechar el otro entreacto para venir.
En este momento calló la orquesta, y el telón se alzó.
Entre estrepitosos aplausos concluyó el primer acto, y pasado
algún tiempo dos jóvenes se presentaron en el palco indicado, y,
después de los saludos de costumbre, tomaron asiento, y uno de los
visitantes preguntó:
- ¿Qué les ha parecido la representación?
-Magnífica, Eudoro, y la pieza no puede ser más chistosa y
satírica.
-Sí; decíamos aquí -exclamó Carmen-, que parece hecha para
nuestros gobernantes.
-Yo no conocía la pieza, pero sí creo que mucho de lo aplaudido
por oportuno no sea obra del autor
-dijo Reinaldo.
-Indudablemente que no; eso es acomodado por los actores, de
ello estoy segura. Ya lo habíamos dicho con Carmen.
-Y en verdad que yo no sé si hasta allá llegue la libertad de
los actores. Adulterar una pieza literaria es cosa grave.
- ¿Han empezado a ensayar las carreras? -preguntó Eloísa a
Eudoro.
-Sí, hemos hecho algunos ensayos pedestres, como algún gracioso
los ha llamado.
-Sin embargo -dijo Reinaldo-, pensamos montar una de estas
tardes.
-Costosos serán los vestidos, ¿no? -preguntó Carmen a
Eudoro.
-No lo serán mucho, pues no todos quieren o pueden hacer un
gasto exorbitante para sólo una tarde. Algo más de un centenar de
pesos vendrá a costar todo.
-Yo, por mí, digo que el mérito de unas fiestas está en las
carreras. Me siento transportada a la época de la Edad Media, creo
estar leyendo a don Angel Saavedra, me imagino soy la dama que haya
de ser poseedora de alguna banda o de algún anillo ganado en la
justa por mi galán caballero. ¿La obtendré?
-preguntó Carmen, sonriendo, a Reinaldo.
-Al menos así se lo promete el galán -contestó con orgullo el
futuro cuadrillero.
-Estas fiestas han empezado con mucha anticipación: ya ven
ustedes, mañana habrá función mixta de teatro y prestidigitación, y
el 16 tendremos gran fiesta en casa de Carmen, a consecuencia de su
cumpleaños. ¿Muy preparada estás?
-Mi papá no ha ahorrado gasto para hacer gran baile. Pienso que
estaremos allí muy contentos; ¿no es así?
-Desde luego -contestaron los demás.
-No es corto el programa: nos va a faltar tiempo para cumplirlo
en estas dos semanas -agregó Reinaldo-. ¿No lo cree así,
Eloísa?
-Ciertamente. Pero, díganme, señores, he oído decir a alguno que
no habrá carreras
|charras; ¿es cierto? sería una
lástima.
-Sí, señorita -contestó Eduardo-: se han presentado dificultades
que no han podido vencerse; pero, en cambio, habrá muchas cosas que
no están anunciadas.
-Ya lo creo -exclamó riendo Eloísa-, lo que no se ve y lo que no
se ha previsto.
-Es tal el deseo de gozar en mi cumpleaños y en las fiestas, que
me parece no llegará el día. Tengo desconfianza, trato de realizar
en la imaginación todo ese porvenir y se me oscurece como con la
sombra de una nube lo brillante de un espléndido día.
-No alcanzo a ver el motivo para tal presentimiento -le contestó
Eloísa-; el porvenir es nuestro; ¿no es cierto, señores?
- ¡Oh, sin duda! -dijeron a tiempo en que se despedían para
volver a sus lunetas.