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XVIII

DONDE MENOS SE PIENSA, SALTA LA RES



Durante el día habían tenido lugar estos acontecimientos.

Serían las siete de la mañana cuando dos mujeres bebían aguardiente en una venta situada por la |Mano de Zabaleta. En un rincón de la tienda, sentado frente a una mesita, había un hombre que a la sazón tomaba chocolate, al parecer indiferente a lo que las mujeres decían.

- El sí tiene plata todavía -dijo una de ellas apurando su vaso-. Tengo idea de haberle visto un rollo de billetes de banco.

- Ese no tiene nada. ¿Qué había de quedarle? El pobre ha gastado cuanto tenía en estos días. A mí me gusta el muchacho porque es generoso y gastador.

-Yo creo que se va cuando menos lo pensemos; lo tiene muy chocado el encierro en que se halla, y lo peor de todo, el no poder salir a |parrandear de noche a la sala con los que llegan. La otra noche, cuando aquellos congresistas mandaron llevar tan buena cena y tantos licores, y que luégo bailamos, me decía que él sí salía adonde sus amigos, aunque se lo llevara el diablo. Dios y ayuda me costó detenerlo, gracias a que cada rato le llevaba tragos hasta que lo acosté.

Estas mujeres, jóvenes y de buena fisonomía, tenían todas las señales de haber pasado la noche en orgía. Ojos irritados, cabello en desorden, trajes a medio poner o como vestidas a la ligera, calzado roto y con los pies sin medias, no daban a conocer sino que acababan de dejar la cama después de una noche de borrasca, para ir a desayunarse con aguardiente o a espantar al diablo, como ellas decían. Después de haber bebido varios tragos, se fueron abrazadas y cantando. ¡Cuán alegres son las hijas de la alegría!

El hombre que estaba sentado en el rincón de la tienda tomando chocolate, y que llevaba un espadín al cinto, pagó y salió sin perderlas de vista, hasta que vio dónde entraron.

Algún movimiento de gentes se notaba en los corredores de la alcaldía; curiosos que al ver traer a un hombre acompañado por los agentes de policía, querían saber a todo trance quién era y por qué lo habían traído ante la autoridad.

Cerradas las puertas de la oficina, el alcalde tomó a Fideligno Escobero su confesión indagatoria, y por ella se supo cuántas cantidades habían jugado él y su socio Cruz Madero, pertenecientes a sus respectivos padres; que durante las fiestas ellos habían tomado como queridas a dos mujeres, conocida la una por el sobrenombre de la Caricortada, y a una compañera de ella. Que como se les había acabado el dinero, ellas los habían inducido a ejecutar el robo donde Rodríguez, les habían aconsejado el medio de practicarlo, y que, como aquella noche misma habían sido denunciados, dieron cien pesos al jefe de la policía que debía ponerlos presos, a fin de que les permitiese jugar hasta las seis de la mañana, y que de eso fueron testigos las mujeres mentadas ya. Dijo que cuando venía el día se separó de Cruz, quien le dijo que iba a esconderse, y que a esa misma hora lo había llevado a esconder a casa de unas amigas, en donde llaman |Colegio de las hijas de María, y que a su vuelta a la plaza las habían llevado al retén. Supo allí, por ellas mismas, que se habían robado a una niña que pasaba por la puerta de su casa llorando sola, y que efectivamente allá la vio él.

Preguntado si él sabía algo acerca de la desaparición de la señorita Dolores, su novia, puesto que le había propuesto matrimonio, según dijo el padre de ella, contestó que, cuando él fue a esconderse, Dolores había quedado aún en la cantina y no había vuelto a saber de ella, pero que al presente caía en la cuenta de que le había oído decir a la Caricortada que Adriana aún no había vuelto de su comisión, y que ésa sí las valía para todo, porque había podido sacarse a la cachaca, la había metido en un coche y habían partido para la quinta, donde la había entregado mansita.

El alcalde hizo venir a un gendarme y le dio orden para que inmediatamente fuera a todas las agencias de coches y preguntase quién había tomado carruaje el jueves en la noche, y qué cochero lo había conducido.

En este acto se suspendió la confesión, y Escobero fue conducido a una pieza separada.

La puerta se abrió y dio entrada a la Caricortada, que, altanera, saludó al alcalde y al secretario.

- Diga usted lo que sabe -dijo el alcalde con gravedad-, acerca de la desaparición de una señorita que asistía una cantina en la plaza.

- Pues yo sí denuncio -dijo con desfachatez- a ese bandido jefe de la policía, que después de haber estado en el |Colegio emborrachándose y haciendo lo que le da la gana, nos llevó al retén una mañana, como si nosotras fuéramos de esas, y ahora ni paga, ni nada, de lo que ha ofrecido.

- Bien -interrumpió la autoridad-; concretémonos: ¿qué sabe usted acerca de esa desaparición?

- ¿De esa desaparición? -dijo con voz aflautada y echándose el manto al hombro-. Pues que el jefe de policía me llamó y contrató conmigo una muchacha para que sonsacase a esa |mosquita muerta, que bastaba con ser calentana, y que |trasteara con ella para la quinta de... que había tomado don Tíbulo en arrendamiento por ocho días. Adriana se portó como quien es, aunque me pese el decirlo, y allá tiene don Tíbulo lo que quería! Pero ese diablo, a quien he de ver bien sobado por la suerte, no me ha pagado lo que ofreció por la |sonsacadura y la llevada. A la muchacha no le faltará nada allá, por que don Tíbulo es gastador como el que más, sea lo que fuere.

- ¿Y cuánto debe darle por su servicio ese señor? - preguntó el alcalde.

- Pues son veinte pesos, diez para ella y diez para la casa.

- ¡Veinte pesos!

- |Ajá. ¿Entonces con qué se paga el arrendamiento del establecimiento y la mantención y vestido, y tanto como hay que gastar en sostener con decencia una de esas casas? Y de nosotras, bendito sea Dios, hasta ahora nadie de los que concurren ha tenido la menor queja, en tanto así, y si no ahí está el señor...

- Usted no acaba, habla como si leyera en un libro. Diga ahora: ¿presenció usted el acto en que ese joven Cruz Madero diera al jefe de policía los cien pesos de que se ha hecho mención por otro individuo?

- Sí, señor alcalde, y aquí están dos muchachas que conmigo vieron...

- Yo también -exclamó la otra, y desde entonces, como todas hablaban gritando, fue imposible entender nada.

El alcalde las hizo callar.

- Pero es que hay una cosa -dijo la Caricortada-: nosotras sí fuimos las que aconsejamos a esos dos muchachos para que le robaran a Rodríguez, porque, ladrón que roba a ladrón, tiene cien días de perdón. Cruz (pobrecito, Dios lo haya perdonado) fue quien se sacó la plata y el reloj, pero, eso sí, nosotras seremos malas, pero a honradas no nos gana ni la más encopetada. De esa plata no cogimos sino lo que ellos quisieron gastar con nosotras, y por lo que hace al reloj, ése lo tiene don Tíbulo, |esque para dárselo al amigo dueño de él y hacer que Rodríguez se |lo haga bueno. Hoy mismo va el dueño a devolverle la plata que pidió sobre él y a que se lo devuelva; y como tienen quienes declaren que el reloj vale cuatrocientos pesos, pues se pegan a Rodríguez. Bien hecho, con harto mío se ha quedado el miserable.

- ¿Y sabe usted o ha oído decir en donde se halla una niña, como de tres años, rubia, de ojos azules....?

- ¿Y que tiene un camison de listas coloradas? -interrumpió la interpelada.

- Sí, la misma.

- Será una |patoja que está en casa y que metimos una tarde que pasaba sola y llorando. |Por cierto sí su andrajo.

- ¿Y no sabe que la madre anda desesperada buscándola?

- ¿Y la madre para qué la quiere? ¡Qué ocurrencias! Nosotras siquiera la cuidamos y la enseñamos a ser gente, no como ésas que se crían por ahí. Usted sabe, señor...

- Basta por hoy -dijo el instructor de este sumario, que poco a poco se iba complicando-. Lleven al retén a las señoras, hasta nueva orden. Y usted, señor secretario, ponga boletas de comparendo para todas aquellas personas que han de rendir su confesión indagatoria o da declaración. Pero antes que todo, que vayan un jefe y dos agentes de policía más a la casa en donde estuvieron esta mañana y traigan a la niña perdida, que debe estar alla.

* * *

- Son ya las nueve y cuarto -dijo el cochero-, y no parecen.

- No tenga usted cuidado -dijo otro de los que esperaban al pie del coche-; ellos no tardan en venir Y si hubiere tardanza, nosotros arreglaremos esa cuenta.

- No lo digo por eso, sino porque, si es lejos adonde vamos, puede oscurecerse la noche y entonces es difícil manejar el carruaje.

- Creo que no será muy lejos. Pero allí vienen ya. Me parece que son ellos.

- Efectivamente -dijo el cochero.

- Buenas noches, caballeros -dijo un sujeto que venía abrigado con un gran gabán y que llevaba una cachucha de pieles.

- Buenas noches, señor alcalde -contestaron los que habían estado esperando.

- ¿Me he hecho desear mucho?

- No, señor -dijo el cochero.

- ¿Cuántos cabemos?

- Caben ocho, y hubiere necesidad, en el pescante puedo llevar o otro.

- ¿Trajeron armas? -preguntó a los dos gendarmes que habían venido con él.

- Si, señor; llevamos peinillas y revólveres.

- Bueno, pues; adelante y mucha prudencia cuando lleguemos allá. Al tiempo de subir se acercó al cochero y le dijo paso:

- En la quinta de ... pare, y al llegar procure no hacer ruido.

- ¿Hasta allá no más vamos?

- Hasta allá, no más.

El coche partió. Después de pasar algunas calles, salieron al camellón y siguieron a trote largo.

La brisa fresca y perfumada con las rosas y las flores de borrachero los refrescó a todos, pero no les soltó las lenguas, pues cada cual iba absorto en sus propias meditaciones.

El coche empezó a caminar poco, a pesar de la fogosidad de los caballos, que iban ansiosos de seguir camino.

Al frente de una puerta grande, a la cual se llegaba por un puente, paró el carruaje. Fue el alcalde quien primero bajó y se dirigió a la puerta, que halló cerrada. Entonces golpeó, pero sin suceso alguno, pues nadie contestó. Golpeó más fuerte segunda vez; el mismo silencio.

- Si no abren -dijo-, escalaremos la pared, que no es muy alta por fortuna.

Al tercer golpe contestó una voz de hombre que preguntó:

- ¿Quién es?

- Abra usted -contestó imperativamente el alcalde.

- Pero si no dice quién es, no abro -volvió a decir la voz.

- ¡Abra usted, o echamos la puerta abajo! Es la autoridad.

- Van, señor -contestó la misma voz-, voy a traer la llave.

Vino al fin, le dio vuelta a la llave, en la cerradura, y volvió a darle vuelta nuevamente, y luego sacudió la puerta fuertemente, hasta que, exacerbada la cólera de los que esperaban, empujaron tan fuertemente que las dos abras giraron con grande estrépito.

Todos se dirigieron a la sala inmediatamente, pero a nadie hallaron.

Allí no había sino algunas bujías encendidas, y sobre la mesa de centro algunas viandas, varias latas sin abrir y botellas con brandy y vinos de diversas clases.

Empujaron la puerta de una de las alcobas, pero estaba cerrada. Después de muchos esfuerzos consiguieron que algo cediera, y al fin un empuje uniforme hizo saltar el pestillo, y la puerta cedió con estrépito. Pero a nadie hallaron; una cama que tenía en desorden los cobertores, atestiguaba que alguien se había acostado allí; había algunos otros muebles distribuidos en la alcoba, pero nada más.

- No hay remedio -dijo el alcalde--, se la llevaron. No irán muy lejos; que los dos agentes vayan inmediatamente en su alcance. ¡Pero pronto!

-Yo también voy -dijo Antonio-, y marchó con los policías.

Pasaron a la puerta de la otra alcoba y allí trataron de hacer la misma operación con la puerta, pero no pudieron hacerla ceder. Al fin uno salió al corredor del patio, y al ver algo, dijo:

- ¡Una luz! Aquí hay mucha tierra. Fueron a ver, y era una ventana acabada de arrancar y que sólo se sostenía ya del dintel por los clavos; un pequeño esfuerzo la habría hecho caer. Una barra también había en el suelo. Quien primero se metió por entre el hueco, después de quitada la ventana, fue don Mauricio, que luégo que pasó la vista por todas partes exclamó:

- ¡Se la llevaron!

Los otros dos entraron en seguida y vieron que la cama estaba tendida y los muebles arrimados contra la puerta. Daba don Laurencio alaridos, cuando el alcalde dijo:

- ¡Mírenla!

- Dolorcitas! -exclamó el padre, lleno de júbilo, y levantó una colcha con que al rebujarse contra la caja que había ella puesto de muro, se había cubierto

Probablemente la aterrada joven, en su desesperación y al sentirse desfalleciente, escondía su vergüenza ante el hombre que había de entrar a mancillar su honor.

Trataron de levantarla, pero estaba sin sentido. La movieron, pero, descoyuntada, cedía a cualquier esfuerzo, como si fuese una madeja de seda. ¡Estaba narcotizada! En el agua, única cosa que ella solía pedir, le propinaron el narcótico.

Mientras la levantaban para llevarla al coche, registraron las paredes de la parte interior y hallaron un portillo y del lado de adentro, una pantufla de mujer. Por allí habían escapado Tíbulo y Adriana.

Levantaron a la joven del rincón en donde se creyó, en su desesperación, que estaría segura, y la llevaron al coche. Como quedaba hueco para tres personas, la colocaron allí, sostenida por el padre.

El cochero dijo que inmediatamente que habían entrado, el sirviente había montado para llevar el caballo a su patrón.

- ¿Por que no llamaste?

- ¿Cuándo más? Pero ustedes no oyeron, y como no podía dejar el coche solo...

- Ahora es otro el perdido -dijo don Mauricio.

- ¿Quién? -preguntó el alcalde con curiosidad.

- Pues Antonio. El no conoce a Bogotá lo suficiente para que esta noche no se quede contando estrellas hasta dar mañana con la casa.

- Así son las cosas de este mundo - dijo sentenciosamente el alcalde -; el que con mas ahinco deseaba ver a la señorita, vendrá a ser el último.

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