XVII
LOS DOS VIAJEROS
Una hora faltaría para que el sol empezase a ocultarse, rojo como
visto al través de un incendio. El camino que habían traído estaba
solo, excepto uno que otro leñador que se dirigía a Bogotá cargando
a la espalda sus largas y delgadas varas, cogidas en los raquíticos
montecillos que suele haber entre las quiebras de los páramos.
De nuestros viajeros que a esa hora atravesaban tales soledades,
venia el uno en un arrogante caballo castaño oscuro, macizo y
brioso, a pesar de que la jornada lo había hecho sudar en extremo
Por su vestido y aun por su porte se podía conocer la calidad del
personaje.
Procurando hombreársele, aunque con trabajo, por la calidad de
la bestia, venia otro sujeto, ataviado en un todo como los hombres
del campo, bien que todos sus adherentes eran nuevos y aun parecía
que estrenaba ruana forrada en bayeta y sombrero de jipijapa.
El tercero, y que venía detrás de los dos, montaba un macho
negro retinto y muy alzado de estatura; caminaba con la elegancia
de cualquier caballo, y en verdad que bríos más bien le sobraban
que le faltaban en la mejor ocasión. Este sujeto, a quien en el
título del capítulo suprimimos, acaso por ser criado y no tener que
ver gran cosa en nuestra historia, traía del diestro otro caballo
bayo, retozón y travieso, que así ramoneaba los cogollos de chite o
de árnica que hallaba al paso, como relinchaba alzando la cabeza,
para poner la atención al oír cualquier ruido lejano de aquellas
yermas soledades.
- Yo no creí alcanzarlo ya -dijo uno de ellos-; cuando salí de
allá me llevaría lo menos hora y media de camino, según me dijeron.
Y como me vine arreando las bestias, que ahora vienen atrás con un
peón, pues mucho más fue mi tardanza.
- Sí; yo salí a las ocho, poco más o menos, y me detuve después
en una casa de la orilla del camino mientras me calentaban el
fiambre que me dio la señora Clotilde, y en eso consistió mi
detención. Además, quiero llegar de noche.
- Pero usted vendrá muy maltratado. ¿No se 1e quemó?
- Una que otra chispa me cayó en la cara, el cuello y las manos,
pero no me causaron daño.
- ¿Y a qué horas principiaría?
- Como a la una y media de la mañana sentí los gritos y los
golpes de los que venían a llamar. Cuando abrí la puerta, vi todo
tan alumbrado como si estuviera de día. Sabedor de que lo que ardía
era el trapiche, golpeé en todas las puertas del interior de la
casa y ordené que sacasen todas las vasijas para llevar agua del
río. Entre Pedro, mi criado, y yo, sacamos una escalera que había
en una ramada y la arrimamos a la casa por el lado donde a llegar
el fuego y corrimos inmediatamente a el trapiche.
En este momento empezaron las campanas a tocar a fuego, y las
gentes del lugar llegaron a prestar sus servicios.
Los estragos causados por el fuego ya no daban esperanza de
salvar el resto, así fue que me propuse desbaratar las falcas y
hacer sacar los fondos de cobre que aun podían salvarse, pues el
fuego no había llegado a aquel extremo de la ramada. Como la gente
se había subido a desempajar y cortar el
|enchuclado, me
propuse con mi criado y algunas gentes que quisieron acompañarme,
cortar la caña que había alrededor y que casi llegaba, como usted
sabe, hasta cerca de la casa Lo conseguimos en gran trecho y la
hicimos trasladar a la orilla del río. Por fortuna mis mandatos
eran obedecidos y pude hacerme jefe de operaciones de aquel
enjambre de gentes que daban órdenes en desacuerdo, que nos habrían
perjudicado si se hubiesen obedecido Lo que importaba era salvar la
casa.
Cuando llegué, las gentes sacaban ya, como hormigas, un grande
escaparate para llevarlo al platanar.
En estos momentos la señora no sabía de nada y no hacía sino
llorar y llamar a los santos.
- De aquí nadie saca nada -dije-, y cerré las puertas. Que se
queme todo más bien que se lo roben.
Ordené cortar cuantas matas de plátano y ramas pudiesen, para
cubrir la cepa de caña cortada, y el extremo de la casa por donde
se temía el fuego, y en poco tiempo tuvimos ya rama y hojas en
abundancia para ponerlo todo al abrigo.
Pero no siempre las órdenes se cumplen, y menos con voluntarios
y gente gregaria, como uno lo desea. Había dicho que la palmicha y
la madera que quitaran de la cubierta del trapiche la llevasen a la
orilla del río para evitar combustible a las llamas, pero no fue
así; se contentaron con echarle bastante agua, y creyéndose ya
fuera de este riesgo, se entretenían en rezar a los santos, cuando
una gran llamarada se alzó con tanta fuerza que nos puso en
consternación a todos. No valió el agua ni valieron las ramas
arrojadas encima; el viento soplaba en dirección de la casa y, por
tanto, nuestro punto objetivo estaba allá.
Hice subir a cuantos pude, y entonces mi lucha fue terrible
contra los que querían desempajar. Impedido esto, Pedro, yo y otros
nos situamos del lado del peligro armados de machetes y ramas. Las
chispas que llegaban parecían una lluvia, pues esas benditas gentes
empezaban a azotar con ramas el incendio, que parecía
ensoberbecerse más y más.
De repente, con un fuerte soplo del viento se alzó como una
bomba que lanzaba lenguas voraces; vino y nos cubrió a todos, y el
incendio se declaró por el caballete, que fue el punto que encontró
más débil. ¡Qué afanes, Dios mío! Yo no podía subir, porque el
calzado me lo impedía, pero me deshice de él y llegamos. Ya
empezaban a arrancar tejas y paja incendiada para botar, cuando
llegamos Pedro y yo con grandes ramas de árboles del río; las
arrojamos sobre las llamas y a nuestro ejemplo llegaron más.
Entonces nos sentamos encima para impedir que el viento penetrara.
Pronto sentimos, en vez del calor que nos asaba, la impresión de un
humo denso que quiso asfixiarnos. Habíamos, pues, conseguido matar
la llama en su cuna y salvar la casa, a no ser que del trapiche nos
viniese otro nuevo ataque.
Conseguido esto, bajé inmediatamente e hice retirar todo
combustible que pudiera reanimar el fuego, así fue que el bagazo,
que ya empezaba a arder, fue llevado muy lejos, y, una vez en más
quietud, arrojamos agua a todo cuanto brillaba y a los estantillos
que aun despedían llamas como las grandes columnas de un templo
indígena incendiado.
Cuando la aurora empezó a venir, pude contemplar las ruinas y
los grandes estragos hechos por todas partes para salvar la
casa.
- ¡Dios lo bendiga! - dijo Antonio -; si no hubiera sido por
usted, esa familia habría quedado más arruinada.
- ¿Y cómo sería para incendiarse la ramada?
- Parece que una de las muchachas que meten cañas prendió un haz
de bagazo para salir y no vio, hasta que la llama estuvo alta, que
en un descuido había prendido fuego.
- Pues gracias al señor don Eudoro; Dios lo pre mie por esa obra
que ha hecho.
- Nada tienen que agradecerme; yo no he hecho más que cumplir
con mi deber. ¿Y usted cuándo lo supo, Antonio?
- Esa misma madrugada, pero como mi estancia está lejos, llegué
cuando usted ya se había venido.
-Yo me hubiera quedado un día más para acompañar a la señora
Clotilde, pero a las siete me llegó un muchacho de Bogotá y hube de
venirme inmediatamente. ¿Lleva usted las bestias para que se venga
don Laurencio?
- Sí, señor, así lo determinó esta mañana la
|señoa
Clotilde y por eso me vine.
- ¿Y cree que se vendrán pronto?
- Mañana mismo. ¿Qué tiene que hacer más en Bogotá? Ya las
fiestas se acabaron, ¿qué más quieren?
- ¿Y para cuándo tiene su matrimonio arreglado, Antonio? -le
dijo con cariño Eudoro.
- Pues si Dios quiere y su Divina Majestad, se hará en el mes de
nochebuena. ¡Cuánto gusto tendríamos en ver al caballero por allá!
Lo esperamos precisamente.
- Pueda ser. Yo iría con muchísimo gusto.
Esto decían al llegar a las primeras calles de la ciudad. Cuando
cada cual tomó, después de la despedida, para su casa, Eudoro
pensó: "Reinaldo me dice que tanto Eloísa como sus padres
me llaman, que su existencia depende de mí. ¡Angel mío, volveré a
verte!"
Antonio decía: "Por fin se acabaron estas fiestas,
volveré a ver a mi
|Dolorcitas".
Las pisadas de una bestia en casa de don Mauricio sorprendieron,
y cuando supieron que era Antonio, se ocultaron todos, excepto don
Laurencio, que no tuvo dónde hacerlo. Sin embargo, lo recibió con
tal cariño, que provocaba ser el futuro yerno de un hombre tan
amable.
Puestos frente a frente en la sala, preguntó don Laurencio, como
en las visitas que hacen en sus juegos los niños.
- Conque, ¿qué tal y cómo están por allá? Antonio pasó saliva y
dijo:
- Buenos todos. Memorias. ¿Y la niña Dolorcitas?
Don Laurencio pasó entonces saliva y contestó:
-Buena, por ahí está.
Los dos quedaron mirándose las caras y cada cual penso: ¿cómo
hago para darle la noticia?
- ¿Y mucho se divirtieron en las fiestas?
- No mucho. ¿Qué mandaron decir?
- Que lo esperan pasado mañana, porque quieren ver a la
niña.
Don Laurencio se frunció.
- Y que aquí le manda la
|señoa Clotilde esta cartica.
El hombre la recibió temblando, se acercó y leyó lo
siguiente:
"Laurencio de mi alma.
"No tengo tiempo de escribirles, pero Antonio, que es
carta viva, les dirá todo. Tuya,
|Cleotilde".
"Adición. A Lolita, que no olvide los escapularios de
mi Señora de las Angustias que le encargué. No le vayas a decir a
Antonio que jugaste y perdiste. ¡Qué dirá!"
- Con que buenos, ¡eh! Ella me dice que usted es carta viva y
que nos dirá todo.
- Pues yo le dijera, pero...
- ¡Qué! ¿Se robaron a mi mujer como a...?
- No, señor, ¡a ella quién había de robársela!
- ¿Entonces qué? ¡Diga, por Dios, porque me ardo!
- Que se ardió el trapiche y antes...
- ¡Bendito sea mi Dios! -dijo cogiéndose la cabeza con las
manos-. ¿Qué más me querrá quitar? Se quemó el trapiche, me robaron
mi plata, me robaron a... ¿Y no quedó nada, ¿Los fondos? ¿La
hornilla? ¿El trapiche?
- De eso no quedó nada. Los fondos sí se salvaron.
- ¿Y cuándo se quemó?
- Anoche a la madrugada. ¿Y dónde estará la niña Dolores? Quiero
entregarle un encarguito que la
|señoa Clotilde le mandó.
- Está en una visita y como que no vendrá esta noche. Está en
casa de unas amigas y me dijeron que talvez no la dejaban
venir.
Antonio se tragó la píldora y. maldijo de su suerte. Ya tenía
que esperar, para verla, hasta el día siguiente.
Pero don Laurencio estaba como una brasa de candela con su
secreto. No pudiendo sufrir ya más, miró para todas partes, como si
en la casa nadie lo supiera, se acercó bien a Antonio y le dijo en
el oído:
- ¿Se robaron a Dolores!
Saltó como si lo hubiese mordido una serpiente, y exclamó:
- ¡Santo Dios bendito! -y se quedó en el asiento, inmóvil-. ¿Y
eso cómo? -preguntó sollozando.
- Yo no sé -contestó don Laurencio, volviendo a su llanto,
suspendido ya-; una que se le metió de amiga la sacó a pasear y no
ha vuelto. Como si se la hubiera tragado la tierra.
Antonio, entonces, cogió la punta de la ruana, se cubrió con
ella la cara y empezó a llorar también.
- Estas no son horas de llanto -entró diciendo don Mauricio-; a
lo hecho, pecho.
Después de haber saludado a Antonio, continuó diciendo:
- En estos casos lo que se necesita es obrar con actividad;
movámonos, porque si nos sentamos a llorar, llorando nos quedamos.
Y usted, Antonio, ha llegado muy a tiempo. El señor alcalde, que es
a quien hemos dado la queja, pues a ese otro no le tengo confianza
desde que encerró a las muchachas, me dice que tiene datos muy
seguros de sus polizontes y que esta noche no más la
encontrará.
- ¿Sí? interrumpieron con alegría los otros dos.
- Sí, señores, pero debemos ir a buscar un coche como para... a
ver: aquí somos tres, el alcalde cuatro, dos policías son seis, y
siete Dolores.
- Sí, por los siete dolores de María Santísima, vámonos.
- Vámonos, porque tardarán en llegar las bestias y el alcalde
nos espera en San Victorino a las nueve.
Don Laurencio dio orden para que llevasen las bestias al
potrero, puesto que ya debían llegar con ellas, y partieron.
* * *
A las siete y media de la noche entraba Eudoro a casa de Eloísa.
Apenas se supo su llegada, fue la casa toda animación y la alegría
se notó hasta en la servidumbre. Las salas, los corredores y demás
departamentos estaban atestados de gentes que habían venido a
visitar a la enferma las unas, y otras a velar para aplicar los
medicamentos y para acompañar a los dueños de casa.
Quienes primero salieron a recibirlo fueron los padres de la
enferma y Carmen y Reinaldo, éstos con alegría, aquéllos con
reposada complacencia.
Los cinco entraron en una pieza, que cerraron inmediatamente
para poder hablar sin ser oídos de nadie.
- Por Dios -le dijo la madre acercándosele cuanto más pudo, y en
señal de súplica-; por Dios, le suplico que procure que entre
ustedes dos no vaya a haber el menor motivo de disgusto. Usted
conoce su carácter, así es que está en sus manos la sa1vación de mi
hija y de su futura esposa. ¡ay, hijo mío, cuánto he sufrido! Usted
sabe cómo ha de tratarla; ¡ella es tan buena y lo quiere tanto!
- Sí -dijo el padre con ternura-; sólo de usted depende el que
nuestra hija se salve. Nosotros la hemos convencido de que lo que
pasó no fue sino una locura de joven, pero que de ninguna manera lo
pensaba usted así.
- Y, sobre todo -dijo Reinaldo-, ella sabe ya que tú fuiste
inducido por un perverso que quiere perderte. Todos lo sabemos, y
Eloísa te dirá lo que con ella hizo.
¡Ah Con razón -dijo Eudoro-, que esa carta que él me
mandó...
- Ya te contaremos todo lo que ese pícaro ha hecho. Hoy está
perdido para siempre; ése es un malvado. Pero lo que ahora importa
es que entres donde Eloísa, que te espera por momentos.
- Pero, espérenme -dijo la madre-, voy a prevenirla de manera
que no se sorprenda. El médico dice que una conmoción fuerte puede
matarla en el acto.
Algunos momentos después volvió a salir la señora, y dijo
paso:
- Eudoro, entre
La puerta volvió a cerrarse y el joven avanzó. La recámara
estaba alumbrada escasamente, pues las pantallas apenas daban un
círculo de luz en donde las lámparas estaban colocadas.
La atmósfera de que se sintió rodeado casi lo embriagó, pero esa
embriaguez no era la que embota los sentidos, era la que exhala la
mujer amada y adormece el espíritu para llevarlo a regiones que lo
humano no puede concebir; eso es como la anticipación de un cielo,
como la realización de un sueño oriental. Los más ricos perfumes de
la Arabia, los que embalsaman los baños de las odaliscas, nada
tendrían de comparable con este hálito, suspiro de todas las
flores, esencia de lo voluptuoso, embebido en un ser divino. Allí
el alma reverencia y el cuerpo se anonada.
Pisó sobre la alfombra con tanto cuidado como si temiese
despertar a un niño, abrió una cortina transparente y
- ¡Eloísa mía! -exclamó.
- ¡Eudoro de mi alma! -fue lo que se dijeron al caer en los
brazos, que mutuamente se abrieron...
Las lágrimas de uno y otro, derramadas en silencio, purificaron
aquella unión en que dos almas se refundían en una sola. Hubo un
deliquio delicioso en que más se dijeron cuanto más callaron.
- ¿Sí me amas? ¿Soy tuya? ¿Eres mío? -preguntó ella con los ojos
cuajados de lágrimas, que no quiso contener y que él enjugaba con
sus labios.
- ¡Sí, alma mía! ¿Cómo no he de amarte, si eres mi ángel, mi
esperanza? ¡Cómo he sufrido!
- Sí, lo creo, pobre de mi Eudoro. Mucho hemos sufrido, pero en
adelante seremos felices, ¿no es verdad?
- Sí, mi Eloísa, el porvenir nos sonríe.
- El porvenir -dijo con tristeza-. Yo no soy sino una cadáver,
me siento muy mal, pero lo que me resta de vida lo consagro a
ti.
- No digas eso; tú estarás buena pronto, confío en ello, y
entonces realizaremos nuestro idilio formado tanto tiempo há.
- Siéntate en esta silla, porque puede entrar mi mamá; pero dame
tu mano para conservarla cerca de mi pecho.
Aquella era la estancia y el lecho mismo en que ella estuvo
privada cuando le sobrevino el primer ataque. Esa la puerta por
donde él entró después de haber pasado por la oscura sala; sala por
donde salió para no volver, según él lo creyó, después de la
aspereza de los padres y el grito de horror que ella lanzó cuando
alcanzó a verlo por encima del doloroso grupo que a la orilla de
esa cama había.
Al presente todo esto quedó ahogado en un estrecho abrazo y un
raudal de lágrimas. ¿No será éste el último? ¿El raudal de lágrimas
no vendrá a ser perenne en alguno de los dos?
- Mi hija -entró diciendo la madre con maternal solicitud-.
¿Está contenta? ¿Se siente mejor? ¿Le ha calmado la agitación que
tenía?
- Sí, mamila; ahora me siento perfectamente buena.
- ¿Y está contenta?
- Cómo no, ahora soy feliz.
- Pobres de mis hijos, así quiero verlos siempre.
El padre entró y tomó asiento cerca de la cama.
- Papacito -dijo ya con animación-, y sí me aliento...
- ¿Cómo es eso de si me aliento? -interrumpió él.
- Cuando esté buena, ¿para cuándo señala el día de nuestro
matrimonio? Yo quisiera que fuese lo más pronto posible. ¿No piensa
así, Eudoro?
- Pues cuando mi hija quiera -se adelantó a decir el padre-.
Nosotros estamos dispuestos a lo que ustedes digan.
- Por supuesto -dijo la madre cariñosamente.
- Nosotros habíamos resuelto -volvió a decir el futuro suegro,
dirigiéndose a Eudoro-, que sería conveniente sacarla apenas se
pueda, a mudar de clima, pues tal es la opinión del médico. ¿Qué
dicen ustedes?
- Yo soy de opinión que nos casemos aquí, sin aparato ninguno y
sin más concurrencia que los de la familia, y entonces sí que nos
fuésemos a pasar la luna de miel a un pueblo vecino. ¡Pero ay -dijo
la interesante enferma, inspirando el aire con inquietud-, qué
ilusiones las que me formo! Yo me siento…
- E1 doctor - dijo una criada en la puerta-. ¿Le mando
entrar?
- Que éntre -contestó el padre-. Salgámonos, porque la pieza se
está acalorando mucho ya.
El médico quedó solo con ella.
Fue Eudoro entonces recibido por todos con atenciones, sabiendo
que dentro de poco pertenecería a tan estimable familia. Desde que
corrió en la ciudad la noticia de la gravedad del mal de Eloísa,
aquella casa no se vaciaba de visitantes, sobre todo por las
noches; y como sucede en las visitas de los monumentos de Semana
Santa, así entraban unos y salían otros incesantemente. Todo era
secreto, todo silencio, todo cuchicheos y todo risas mal
comprimidas.
¡Qué comedia la que se representa en la casa de un enfermo! Con
razón que algunos deseen morir repentinamente.
Por exigencia de Eloísa, Eudoro no volvió a separarse de la
cabecera de su cama, aunque el médico había prohibido que nadie
entrase sino para lo puramente necesario.
Poco hablaron con el médico, pues ella cayó en una fiebre
letárgica que la rindió sin alientos. Eudoro levantó entonces la
cortina y la vio como abandonada sobre los almohadones de plumas.
Debido a la fiebre, la tez había cambiado la palidez por un color
más rosáceo. Entre los labios entreabiertos parecía que aún
permanecía anhelosa la última palabra de cariño que pensó decir a
su amante; los cabellos abiertos por el centro caían a un lado y al
otro en guedejas, y una se realzaba sobre el olán de la almohada y
la otra fue a esconderse detrás del manto que le servía de abrigo.
Era la respiración anhelante, desigual, y tan fatigosa como la de
quien sube una pendiente. Los dos brazos cubiertos con las mangas
de lino hasta el puño, estaban el uno abandonado sobre la colcha y
el otro iba hasta la mano de Eudoro, que aún la retenía, aunque sin
alientos ya.
Algo como un incendio interior le enrojeció la fisonomía
instantáneamente; entonces se incorporó, abrió la cortina, extendió
los brazos como para buscar aire, y después de una larga
inspiración, dijo como ahogándose:
- ¡El éter, Eudoro! ¡Me ahogo! ¡El corazón me salta! Abran uno
de los balcones.
El joven en ese momento se apresuró a darle a respirar el pomo,
y como cayese en un desmayo, le tomó la mano derecha para
sostenerla y con el otro brazo la apoyó por la espalda. En tal
situación se rindió nuevamente sobre los almohadones. Poco a poco
fue declinando la cabeza hasta que quedó apoyada en el pecho de
Eudoro. Un suspiro largo y tan profundo como si hubiese sido
arrancado del fondo del alma, vino a estremecer al afligido joven,
a quien ya el dolor había atormentado tanto y en tantas horas.
Al ver esa cabeza sobre su pecho, al sentir el peso de tan suave
carga sobre su brazo, pensó:
- ¿Vendré yo a ser la causa de la muerte de esta víctima
inocente? ¿Será ésta la última vez que la estreche contra mi
corazón? ¿Habrá de castigar el cielo con tanto rigor mi
imprudencia?... ¡Alma mía! -dijo en un rapto de ternura, y sintió
salir involuntariamente un raudal de lágrimas que cayeron sobre la
frente de la bella enferma y luégo fueron a ocultarse entre las
ropas que le cubrían el pecho. ¡Qué momentos tan supremos tiene la
vida! ¡Cuánto misterio indescifrable hay en una lágrima!...
- ¿Qué tal está? -dijo la madre alzando la cortina.
- Mal, muy mal, se ha desmayado ya dos veces.
- ¿Qué haremos? -dijo con desconsuelo-. Esta noche nos dijo el
doctor a la salida que era bueno llamásemos a otros dos
facultativos para oír la opinión de ellos, pues, según él la ve,
cada día toma el mal aspecto más alarmante. Hemos mandado llamar a
dos de nuestros amigos. El médico, desde el primer examen que hizo,
ha temido un derrame súbito al corazón.
- ¡Dios mío, sálvala! -dijo Eudoro con desesperación cuando la
enferma volvió en sí.
En el acto retiró la cabeza y se movió para que sacara el brazo
su adorado enfermero.
- Muy cansado lo tendría ya de soportarme, ¿no es así? -le dijo,
bañándolo con una mirada de cariño y de ternura.
La noche fue de agitación para las personas que lidiaban de
cerca a la enferma. Carmen y Reinaldo, la madre de Eloísa y Eudoro,
asociados de las camareras, no se separaron un momento, haciendo
las aplicaciones ordenadas por el médico.
Allí estaban las dos parejas que vimos por la primera vez en el
teatro y que no pensaban sino en el más lisonjero porvenir. Y razón
había para ello, ambas de nobles familias, ambas compuestas de
jóvenes interesantes y una y otra poseedoras de cuantioso caudal, y
hoy, sin embargo...
Pero en la vida, ¿qué no cambia?