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XVI

EL REVERSO DE LA MEDALLA



Cuan distinto era al presente el aspecto de la plaza: los tres órdenes de palcos que rodeaban el contorno, empavesados con tan distintas telas y de colores tan variados; las banderas que flotaban constantemente alegrando, todo había desaparecido, y en vez de tanta pompa no se veía sino un gran de esqueleto de altos maderámenes, semejantes a las arboladuras de los buques en los puertos, vistos a la claridad de la luna, o los troncos deshojados de los bosques de la Noruega en la época del invierno.

Allí donde estaba el palco que había albergado tanto lujo y tanta belleza, no se veían sino unas toscas tablas desligadas de los travesaños que las habían soportado; donde estuvo la cantina bulliciosa y alegre hasta la liviandad, no quedaban si no las piedras de los fogones y los desechos que formaban una sentina, foco de matadores contagios; los muros vecinos, que fueron convertidos en cloacas, infestaban la atmósfera, que más y más se cargaba con el humo de las hogueras que los muchachos hacían con las ramas secas que adornaron los tendidos y las basuras recogidas en donde estaban las cantinas. Pedazos de trajes, trastos y botellas rotas, tiras de cuero que habían servido de ataderos en los andamios y que ahora se disputaban los perros; limosneros asquerosos esculcando toda basura, y gentes tendidas sobre cueros o sobre toldos, que dormían al sol con sus caras demacradas por la constante embriaguez, son el reverso de aquella medalla que tanto nos llamó la atención por su riqueza.

Cuando las enormes vigas caían dando sonidos huecos como los que las olas producen en las reventazones de las rocas horadadas; cuando los carros que atestaban las calles circunvecinas y la plaza arrastraban maderas y trastos, como si se estuviese incendiando todo aquello; cuando todo el polvo amarillento con que habían cubierto las piedras se alzaba en torbellinos como símbolo de tanta grandeza; cuando, en vez de músicas, gritos frenéticos de alegría, relinchos de caballos, ruido de cohetes y algazara infinita, no se palpaba sino la miseria y la desilusión, no pudimos menos de exclamar con Rodrigo Caro:


"Estos, Fabio, ay dolor, que ves ahora

campos de soledad, mustio collado. . ." etc.


Pero, ¿qué leen allí con tanta avidez?

Es un papel mugroso, escrito con letra casi ininteligible y con peor ortografía, que dice:

" ¡POR AMOR DE DIOS!

"Se ha perdido una niña de 3 años que se llama Narcisa; es catire, ojos azules y con un camisoncito de listas coloradas; su madre ruega por amor de Dios a las personas caritativas que si la encuentran la entreguen en la policía o en la tienda del señor Juan Garzón".

- ¡Pobre madre! -decían algunos.

- A ésa ya la tienen lejos. Se las llevan a las estancias para criarlas, como a marranos, y después las venden a algún extranjero o a los congresistas, que también traen encargo de llevarse alguna -decía otro.

- Aquí no más las guardan -dijo un tercero-; yo sé de una niña que tuvieron unas mujeres encerrada hasta que estuvo grandecita. Le hicieron creer que una de ellas era su madre y la hicieron servir de criada, tratándola inicuamente como a esclava, hasta que, viendo que ya podía serles útil, la sacaron. Todavía anda por ahí la mujer paseando a la jovencita.

- ¡Santa Quiteria bendita! -exclamó el más escandalizado, y partió santiguándose.

- No, señor don Laurencio, no se desespere. Yo tengo tomadas mis providencias y es seguro que pronto sabremos el paradero de la señorita -le decía nuestro jefe de la policía al desgraciado padre que también había perdido a su hija idolatrada.

- Eso me ha estado diciendo, y soy testigo de lo que ha hecho; pero yo no puedo conformarme con que me hayan robado a mi hija, tan inocente que es y tan buena. ¿Qué dirá |Cleotilde? Esa se muere de la pesadumbre y yo no le sobrevivo. Pero esto fue en un abrir y cerrar de ojos, señor. Me pidió licencia para ir a pasear con una amiga una noche, y fue el jueves, y no volvieron. Pero como si se las hubiera tragado la tierra, señor -y empezó a llorar como un niño.

- ¿Y no conocen a la amiga que la llevó? -preguntó el jefe perverso.

- ¡Qué!, si con aquel |volate que había en la casa, con el novenario del niño, ni se supo.

- Pero es buen primor que la dejara salir con la primera que llegó.

En este momento se presentó Tíbulo, quien saludó muy de prisa y dijo:

- Yo creo que es inútil buscarla más en la ciudad.

- ¿Por qué? -preguntaron ambos.

- Según los datos que he obtenido, el jueves en la noche, como a las diez, poco más o menos, salió de San Victorino un coche que tomó la vía del norte.

- ¿Y bien? -preguntó el jefe.

Pues que en ese coche iban un hombre y una mujer, y llevaban el caballo a trote muy largo.

- Entonces es fácil -volvió a decir el jefe- hacer la averiguación en todas las agencias de coches. Allí se puede saber quién lo tomó.

- ¿Y si era coche de algún particular, como parece que lo era, según me dijo quien lo vio pasar por Chapinero? Esto es vicio, don Laurencio; Dolores a estas horas, y por muy poco que hayan caminado, vaya, por lo menos, por Chiquinquirá.

- ¿Cómo puede ser eso? -exclamó airado el ofendido padre-. ¿Es decir que Dolores se ha ido por su gusto? Esa no la creo, aunque me la juraran con tres mil demonios.

Tíbulo comprimió los labios, abrió bien los ojos y dejó caer la cabeza sobre el hombro izquierdo.

- ¿Es decir que a la desgracia me agregan la infamia? Malditas sean sus fiestas -dijo, dando un zapatazo, y partió por en medio de los carros, de las maderas y de la multitud desocupada.

Solos ya los dos amigos, dijo Tíbulo a su galeoto, poniéndole la mano en el hombro:

- Se tragó el anzuelo el viejo.

- ¿Y quién no cae contigo cuando eres tan pícaro? ¿Y qué tal va la chica?

-Bien -contestó con indiferencia-. No deja de lloriquear cuando puede por su |taita y su mamita, pero yo procuro distraerla, llevándole láminas y libros, que aunque no lea, les ve las pinturas, como dice ella. Vistas, paisajes y cuanto la fotografía ha dado lo tiene a la mano. Luégo vamos al baño, que la quinta lo tiene bello, entramos a los jardines, pero lo que más le encanta son los trajes que le he hecho llevar. Conseguí una modista francesa recién llegada y que no entiende el castellano, ni lo que pasa.

- Bueno, ¿y el novio?

- Ese es el que más me ha mortificado; no habla sino de su Antonio y no piensa sino en qué dirá cuando llegue y no la encuentre. Y tenemos unas comidas admirables. Pienso llevarte allá.

- Ni pensado. ¿No ves que fui yo quien las tuvo en el retén? En lo que yo estoy pensando es en que esto puede salirnos por un ojo de la cara. Cuando el pastel se descubra, yo veré cómo haces para salir del barrizal.

- No temas; entonces ya ella no querrá irse para su casa y preferirá esta vida de la corte a la de la estancia.

- ¡Quién sabe!... Entre el viejo, don Mauricio y el Antonio pueden hacernos una, y buena. Yo le siento ya las pisadas al novio.

- ¿Qué pueden hacer? A don Mauricio y a don Laurencio los tengo asegurados de ambos cuernos; si chistan tanto así, los ejecuto y los entierro. ¿Cómo me pagan ahora? El viejo tiene que ir a empeñar su estancia para conseguir el dinero, y don Mauricio quedó limpio con las fiestas y debiendo las orejas.

- ¿De suerte que ellos te deben? ¿Y de qué?

- En un día de apuros les di $ 500.00 y tengo el documento arreglado. No tarda en cumplírseles el plazo.

- Con razón que estés tan tranquilo.

* * *

Había en la sala una multitud de objetos botados sin orden alguno: botellas de licores de distintas clases, muchas de ellas empezadas, cajas de lata con salmón, muchas de sardinas y mortadela, docenas de cajetillas de cigarrillos, muchas botellas de champaña y de brandy vacías, paquetes de triquitraques chinescos, botellones rotos, con aguas frescas otros y algunos tabacos de distintas clases, rodando en diversos cajones.

Era ésta la primera partida de derrotados que llegaba después de la desgraciada refriega. Estaban en la despensa y en la cocina como lo más grueso de1 ejército, esperando todavía, a pesar de tanto infortunio, las cabezas de cordero con sus risitas como de quien está estrenando dentadura, las gallinas y los pavos pasando, al revés de las frutas, de maduros a verdes, las carnes frías, más frías que las de los que van a fusilar, los chorizos y los jamones tomaban ya, no el color verde de los pavos, sino el blanco de la nieve, y, por último, en la cocina y en un desorden de Congreso, estaban los platos y demás trastos de loza que no había quedado rota; cubiertos desencuernados unos, rotos por completo otros; ítem más, las ollas, ures y vasijas de grueso calibre sin fondo y arrimadas a un rincón.

Había llegado la hora de hacer las cuentas, como quien dice, de hacer el escalafón para saber cuántos muertos, heridos y dispersos había de menos, y fueron muchos.

Hace días que a Carmen no se le ve sino la punta de las narices y los ojos hinchados por el llanto y el insomnio; tan rebujada así estaba en su pañolón. ¡Pobre joven! Era mucho infortunio para sufrirlo ella sola: la pérdida trágica de su novio, la pérdida trágica de su hermanito, la pérdida trágica de su amiga, la pérdida trágica de sus ahorros...

Está la madre como sólo Dios lo sabe y el lector puede adivinar, y así fue a hacer las cuentas con su hija y los que habían ayudado en la venta. De aquel exámen resultó un déficit abrumador: debían el brandy donde los Valenzuela, el rancho donde Agustín Nieto, la cristalería y loza, la mayor parte rota, donde Medrano, y así de lo demás, sin que apareciese en caja sino una existencia muy pequeña, comparada con lo que debían. Por otra parte, mucho del menaje que hubieron de pedir prestado estaba roto o había desaparecido, y por lo que hace a lo que les quedaba, ¿quién los compraría por bajo precio siquiera todo aquello? Carmen recordó entonces que pronto tendría que sacar del empeño su máquina de costura y las joyas dadas al banco.

Dejemos a esas pobres arruinadas, porque hoy es día de pasar visita a las cajas y don Mauricio y don Laurencio nos esperan en un cuarto separado, en donde están encerrados para que no los perturben.

Cuando don Mauricio comprometió a su huésped para que entrase en compañía a poner la mesa de |Monte, presentándole las ventajas que los talladores llevan y la probable ganancia que habían de hacer en pocos días, convinieron en poner cada uno la suma de $ 200.00, que era lo que el alcalde había traído a fin de comprar algunas herramientas que necesitaba, para los encargos del señor cura, los de Cleotilde y los gastos que hubiera de hacer en las fiestas. Todo esto se fue en un abrir y cerrar de ojos, y entonces apelaron a pedir prestado lo que había vendido las mujeres en la cantina, donde el aliciente de las dos muchachas hizo muy notable la concurrencia de gentes gastadoras, y, por último, apelaron al préstamo hecho a Tíbulo. En suma, habían perdido algo más de $ 900.00.

Pero don Mauricio había perdido mucho más, y fue el dinero adelantado por el contrato hecho con el gobierno para la fabricación de puertas y ventanas; y como no tenía cómo cumplir su compromiso, el resto del dinero hipotecado en el banco se perdería, más lo que había tomado de sus ahorros, y, más aún, los alquileres de maderas para los palcos, que ofreció pagar cuando terminaran las fiestas.

He ahí un hogar minado por su base: aparte de la herida causada en el alma con la muerte del hijo idolatrado, los padres tenían que lamentar otras desgracias propias y ajenas.

Quien entrase allí tendría que echar de menos la animación de los talleres, ahora inactivos, y la tranquila alegría que da el trabajo a todo hogar. Del día 16 a la fecha, día en que cumplió los diez y seis años la hermosa Carmen, ¡cuánta diferencia, producida por la desgracia que las fiestas atrajeron!

- He dicho que no recibo, déjenme sola. ¿Quién pretendía verme? -preguntó Eloísa a su camarera.

- Un señor a quien no conozco y que estuvo varias veces en el palco.

- ¿El antipático Tíbulo?

- Nó, señorita.

- Que mi papá o mamita reciban, pero que no dejen entrar aquí a quien no quiero ver.

Estaba reclinada en una silla poltrona. Un traje de lana la abrigaba, dejando ver en sus aristocráticos pies unas suaves y ricas pantuflas acolchonadas de seda. El aire de morbidez que se notaba en su fisonomía la hacía aparecer simpática, y hasta la laxitud y abandono la hacían perder el aire imperativo tan característico en ella. Un pañolón color de café le encuadraba la fisonomía, dejando apenas ver el nacimiento del cabello, y luégo se cruzaba por debajo de la barba. Algo habían palidecido las mejillas; un cerco azul rodeaba los ojos brillantes, como los halos alrededor de los astros, y daba señal de algún sufrimiento íntimo. Un pintor italiano la hubiera tomado como modelo para una madona, por su belleza melancólica, por la corrección en las líneas.

Hay quien crea que hay más tentación en una mano de mujer diseñada por un artista intencionado, que en la redondez de otra parte cualquiera de las que enloquecen a quien las contemple; lo creemos; porque si esa mano es la de una joven a quien una enfermedad empieza a aniquilar, entonces, la blancura cuasi transparente, la exactitud en los delineamientos, lo aristocrático de aquellos pedazos de mármol a los cuales parece que el estatuario acabara de dar forma; mano que termina por un encaje que confunde su blancura con la mano misma, entonces, decimos, más vale callar, no sea que afirmemos algún despropósito. Pero así son los caprichos de los hombres.

Leonor entró algún tiempo después diciendo:

- Mi señorita Carmen manda a saludarla, y dice que ahora acaba de llegar de la hacienda y que en el momento en que se vista se vendrá para acá.

- ¿Ya está aquí Carmen? ¡Cuánto me alegro! Ella será mi consuelo y en quien puedo depositar mis amarguras. Mándale decir que la espero con anhelo, que no tarde, que es mi chinita y que no sea más ingrata haciéndose desear tanto.

- La misma criada trae este periódico que le manda el señor don Reinaldo.

- ¿Y él quedó de venir? ¿Te dijo algo la criada? Dí que los espero, que vengan, pero pronto. Espera, Leonor. Mándale dar las gracias a Reinaldo por el periódico

- Si, señorita

En el acto en que estuvo sola, paso precipitadamente la vista por las columnas de un periódico que a la sazón se publicaba en la ciudad. Busco con ansia sin saber qué, y halló una composición poética titulada |¡Perdón! Fue a buscar la firma, pero no halló sino un seudónimo que sólo ella conocía.

Como en una llamarada súbita subió la sangre a las mejillas y en un arranque de disgusto apartó el papel con desprecio. Pero esto no era bastante para calmar la agitación, y dio un paseo por la recámara. Al volver a sentarse en la silla halló de nuevo el papel. Quizá no sean los versos de él y otro haya tomado su seudónimo, pensó, y empezó a leer:
 

¡PERDON!

Perdóname, mi bien, que quien perdona

es más grande que aquel que le ofendió,

me hice indigno de ti, mas tú no sabes

cuánto he sufrido y sufro en mi expiación.

Por tu amor, sin el cual me moriría,

¡perdona al desgraciado, vida mía!

Si no quieres, amante, que me abata,

ni quieres que me postre ante tus pies,

olvida entonces tan funesta falta,

no más me ultrajes con tu frío desdén.

Devuélveme, por Dios, a mi alegría,

¡perdona al desgraciado, vida mía!

¿Qué habré de hacer, mi bien, para que olvides?

¿Cómo moviera yo tu corazón?

No escuches más lo que el pesar te dice,

deja que me hable tu precioso amor.

Olvida, olvida tan infausto día,

¡perdona al desgraciado, vida mía!

¿Cómo es posible borrar en el momento

tanto episodio que el amor grabó?

Tú no puedes vivir sin el recuerdo

de quien pudo mover tu corazón

Si me has amado y me amas todavía

¡perdona al desgraciado, vida mía!

No; tú no eres cruel, bajo tus alas,

ángel divino, vuélveme a guardar,

a tu sombra estaré; alma de mi alma,

no me desdeñes, ni me apartes más.

Recuerda que he sufrido noche y día,

¡perdona al desgraciado vida mía!


Al terminar la lectura suspiró fuertemente, dejó caer la cabeza como abandonada hacia un lado, soltó la mano derecha sin aliento sobre el brazo de la silla, pero sin soltar el papel; con la otra se oprimió de nuevo el pecho y así quedó, inmóvil, acaso sin pensar en que las lágrimas, interpretándola sin su voluntad, rodaban hasta ir a impregnarse en el traje.

Un poco más repuesta ya, volvió a incorporarse, enjugó el llanto y leyó nuevamente. ¡Qué lucha tan terrible la que se efectuaba en aquellos momentos entre el amor y el orgullo! El recuerdo de la ofensa la hería en lo íntimo, la ternura con que él pedía perdón y su conducta después de cometida la falta, por otra parte, la excitaban al olvido, tanto más cuanto que se manifestaba digno, pues no se abatía hasta la vulgaridad. Si Eudoro hubiese entrado en aquel instante, habría sido perdonado sin oír una sola palabra de reconvención; ése era el carácter de Eloísa, y hasta allá habría llegado su orgullo bien entendido.

En un momento de éstos, la joven fue a su escritorio, abrió una gaveta, sacó un pliego de papel de billetes y probablemente iba a escribir, cuando la camarera dijo, sorprendiéndola:

- El doctor.

- Que siga -dijo con disgusto-, y fue a sentarse en la silla poltrona.

El médico la auscultó nuevamente, tomó el pulso e hizo varias preguntas que fueron contestadas como con desgano. Entonces sintió opresión y volvió a inspirar con ansiedad el aire.

- ¿Ha vuelto a sentir esas llamaradas en las mejillas?

- Sí, doctor.

- ¿Los suspiros son muy frecuentes?

- Sí lo son, pero los atribuyo a la falta de aire respirable que a veces siento. Me parece que me ahogo.

- ¿Las cucharadas que dejé ayer le han hecho algún efecto?

- Ninguno; hoy me siento más débil, más destroncada que ayer; las noches son de grande agitación y los sueños intranquilos.

- ¿Tiene tendencia a llorar? ¿Lo triste, lo melancólico, los recuerdos ingratos la conmueven?

La joven se puso roja hasta la frente y miró con fijeza al médico, como para averiguar si él pudiera estar en su secreto, y contestó para dar una evasiva:

- No siempre.

El médico se retiró recomendando quietud y sosiego. En la antecámara, donde esperaban los padres, escribió la receta y luégo les preguntó si la joven había sufrido alguna contrariedad que la mortificase y hubiese puesto en tal estado.

- Esto, como ustedes comprenden -les dijo-, puede dar luz al médico, que de otra manera anda a tientas.

- Pues sí, doctor -contestó la madre-; la pobre de mi hija ha sufrido una contrariedad horrorosa.

- ¿Y no se podrían poner los medios de remediar eso?

- Yo creo que sí: en cambio de tener a mi hija buena, yo haría cualquier sacrificio, siempre que lo permitan el honor y la dignidad.

- Pues yo me atrevo a aconsejar que de cualquier manera arreglen eso en el sentido de que la señorita Eloísa sufra moralmente lo menos posible. Y si he de decir la verdad, yo la veo muy grave; la enfermedad toma cada día proporciones alarmantes. Este mal debe atacarse más por el espíritu que por la materia.

Se despedía el médico, cuando entraron Carmen, sus padres y Reinaldo.

* * *

No era el aspecto exterior de la quinta algo que siquiera llamase la atención. Una puerta como la de cualquiera otra habitación daba entrada a una vereda que por entre un jardín abandonado conducía a una casa de teja y que tenía un corredor que daba vista al lado del camino. Un canapé desvencijado ofrecía descanso al visitante, y las paredes cubiertas de fechas y nombres, además de los versos, daban cuenta y razón de las efemérides de todos los sucesos que allí habían tenido lugar. Había una sala y dos alcobas. Al frente, y después de un patio anegadizo, cubierto de malvas y con piedras para caminar a saltos, había un comedor que tuvo cristales de colores, según las muestras que quedaban; en el papel de las paredes todavía se adivinaba a Telémaco, Mentor y Calipso, que |ne pouvé se consoler de la partie de Ulises, según dice Fenelón; una mesa, cuatro taburetes, muchas botellas vacías por todas partes, loza y cristalería rota, aparadores donde jugaban los ratones a las escondidas a sus anchas y... nada más.

Pero la cocina sí que daba grima verla: hornillas caídas, ollas rotas y ausencia completa hasta de ceniza, daban tal idea del desamparo, que causaba hasta hambre entrar allí. Propiamente, en aquella casa no había hogar; el calor, el humo, habían desaparecido como las flores en las tumbas solitarias; sólo la soledad reinaba allí.

Pero pasábamos por la sala sin fijarnos en nada de lo que había. El suelo que sirve de éra en los campos después de haber levantado la parva del día, está menos traqueado y tiene menos pajas molidas que la estera. El baile había sido allí perenne. En el centro hay una mesa redonda que tiene manteles, cubiertos y viandas frías como para una cena; pero como si hubiera temblado en el momento de sentarse a la mesa, nadie había tocado aquellos manjares. Los vasos de vino estaban servidos y las demás botellas como esperando órdenes para dejarse sacrificar.

Había consolas y cuatro canapés gastados, más quizá por el abuso que por el buen uso que hubiesen hecho de ellos. De los tales, algunos tenían patas puestas con cuidado, como para que cayera el primero que fuera a sentarse, confiado en la seguridad que bridaban. En un espejo, al que parecía le hubiesen vuelto el vidrio al revés, nadie podía verse; estaba como si lo hubiesen barnizado con sebo.

Ya tenemos descritos los trastos pequeños, ahora vamos tras de los más ordinarios: éstos son una mujer joven pero muy abandonada, sus formas parecían henchidas, como los vestidos de las mujeres del teatro cuando hacen papeles de hombre. Y no era feas por el contrario, su fisonomía siempre alegre desprevenía lo que cualquiera llevara en el ánimo en contra de ella. Tenía timbre de voz muy dulce y sus maneras eran aseñoradas. Era el otro un mozo moreno y que no podía negar que fuese costeño, según su acento.

Dobladillaba la una un pañuelo de seda y afilaba el otro, en una de las piedras del jardín, un cuchillo, cuando se oyó en la alcoba un quejido. La mujer fue en el acto a asomarse por la ventana queda de una de las alcobas al patio interior.

- ¿Qué quiere, mi señora |Dolorcitas, qué desea la señorita? -preguntó con cariño a la persona que había adentro.

- Nada -contestó aquélla-. Vea si puede meterme por entre los balaustres un vaso de agua. Me muero de sed.

- Pero ¿por qué no abre para llevarle el agua? ¿Qué es ese capricho de estarse encerrada sin querer comer nada? Anoche ya vio lo que pasó: estuvo preparada la cena, pero como usted no quiso salir a acompañarlo, le dio rabia y se fue. ¿Por qué no lo quiere? Ya ve cuánto hace por tenerla contenta.

- De aquí no saldré sino muerta, si es que mi padre no viene a sacarme.

- Pero esta noche sí le rompe la puerta; dice que ya no sufre más.

- Que entre - dijo con un valor inusitado en ella-: lo paso con este puñal que encontré debajo de la almohada de esta cama.

El mundo entero sabe de lo que es capaz una mujer, y es verdad que aquellos caracteres más suaves son los que llegan hasta el sacrificio cuando se imbuyen en lo digno de una causa. Fue una mujer la que le atravesó las sienes con un clavo a un rey; fue Judith quien degolló a Holofernes; fue Lucrecia, casi niña aún, quien se dio muerte para no vivir deshonrada; fue Carlota Corday quien dio muerte a Marat creyendo matar en él la tiranía; y fue Policarpa Salavarrieta quien se dejó sacrificar por el bien de su patria. Y han sido tantas otras mujeres las que cometieron acciones en que nada les ha importado dar o quitarse la vida.

Dolores al fin fue engañada por la mujer que le servía de cancerbero, y una vez esa noche en la calle, la indujo a entrar en un coche que las condujo adonde ya sabemos. Aquélla, al decir de la mujer, era su casa, adonde la invitó a entrar mientras volvían. Fue obsequiada, sobre todo, con mucho vino, pero la imprudencia de la seductora la hizo venir en la cuenta de lo que realmente pasaba. Entonces intentó salir al jardín, pero notó que su compañera había cerrado las puertas con llave.

- ¡Estoy perdida! -exclamó interiormente.

Entró entonces en una alcoba que tenía una cama magnífica y los muebles necesarios. Una inspiración la alumbró entonces: vio que la puerta tenía la llave por dentro, y en el acto cerró y la guardó entre su bolsillo.

En este momento golpeó alguien en la puerta exterior; el criado fue a abrir y ató la bestia en que llegaba el recién venido. Era Tíbulo, quien se dirigió a la sala.

- ¿Dolores? -preguntó al no verla allí.

- Está en aquella alcoba.

Se dirigió impaciente hacia allá y llamó con cariño. Nadie le contestó. Empujó en seguida, pero el mismo silencio le respondió.

- ¿Cómo es esto? - dijo airado -, ¿es decir que no abre los labios ni la puerta? Pues yo la abriré echándola abajo.

La joven vio entonces una gran caja, y como pudo la arrimó a la puerta.

Un envión hizo estremecer hasta el tabique, pero la puerta, por fortuna, era bien fuerte y no cedió.

- ¿Abre o no? -gritó con imperio.

- Esta noche no abro -contestó Dolores con resolución.

- ¿Entonces, hasta cuando?

- Hasta mañana. Estoy muriéndome.

- Pero mire usted que me dejaré de consideraciones si vuelve a portarse como esta noche.

Tomó un trago grande del brandy que había sobre la mesa, dio repetidas instrucciones a la guardadora, otro tanto hizo con el sirviente al salir y partió.

- Si abre, quítenle la llave -fue lo último que se le oyó decir.

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