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XV


MY SOUL IS DARK



Desde la hora del alba estaba despierto, y no pudiendo resistir el calor de la cama, salió al corredor, se sentó en una silla y esperó la llegada de la aurora, aunque la luna parecía insistir en no abandonar su quieto y pacífico reinado. Pero al fin tuvo que ceder como avergonzada, al ver los albores que asomaban por detrás de la montaña y avanzaban poco a poco a tomar posesión de los cielos. Esta lucha entre dos luces, mortecina la una, riente la otra, no sabemos qué trae al alma de indefinible y vago, como esa luz de que nos habla Ovidio: "Quod tu nec tenebras, nec possis discere lucem".

La naturaleza a esa hora se cubre como con un cendal de leve gasa para que la luna pueda ocultarse en su ocaso, para que las estrellas puedan retirarse con su luz titilante a los antros infinitos de un espacio sin límites. Todo aquello parece entonces como la lucha entre la esperanza que abre horizontes y el desengaño que sepulta y anonada al que sufre, por muy fuerte que sea.

Pero esta indecisión pasó prontamente y los cielos abrieron paso a las primeras rientes luces, como si dijéramos a los primeros sonrojos de una virgen que se acerca pudorosa al dueño amado.

Y con qué pudor realmente asoma la aurora que tímidamente anuncia la llegada del gran soberano de la luz. Entonces todo sonríe, todo renace, todo despide luz de sí mismo. La claridad nacarada asoma y se disuelve en color alimonado y ambarino que al fin se confunde con el azul limpio y profundo del espacio. Las nubes bañadas en rosicler se retiran ante tanta luz y se desvanecen y se pierden como retira la vista ofuscada quien contempla el sol de hito en hito. Abren sus áureas o níveas copas las flores como búcaros colmados de esencias para perfumar el templo en que se rinde culto al rey de la creación. Sacuden las alas las aves en sus plumosos nidos y saltan a la rama vecina para cantar eso no aprendido como el lenguaje inimitable del niño que apenas modula y empieza a articular su angelical algarabía. Nada hay inarmónico: el ruido sonoro de las aguas que se atropellan por llegar a su término, como el hombre que se anticipa a buscar la tumba, concuerda con el suspiro quejumbroso de las brisas que arrugan las aguas tranquilas, que vociferan en las guedejudas e intrincadas ramos de los árboles, que chancean con las flores complacientes, que silban en los picos de las desnudas rocas. El múltiple canto de los pájaros se aúna melódicamente con el grito del gallo en la alquería, con las voces de las reses en los campos, y, en fin, con las voces misteriosas de una creación que se prosterna y adora.

¡Con cuánta ternura no vio Eudoro este espectáculo tan maravilloso! ¡Cómo se le estremeció el alma hasta derramar lágrimas de ternura que no pudo contener y que no quiso enjugar! En verdad que todas estas bellezas llegan a ser un sarcasmo para quien tiene el alma transida de dolor, es entonces toda felicidad ajena un motivo de envidia, toda alegría un ultraje que ofende y que irrita.

La casa empezó a ponerse en movimiento. Fue la señora quien primero estuvo en pie, haciendo levantar a los perezosos y dando órdenes por todas partes. ¡Cuánto complace ver un hogar en el que todo es actividad y trabajo!

En tanto sonó la campana en el pueblo vecino, campana que llamaba a los niños a la escuela; luego doblaron llamando a misa de ánimas y dieron tres toques en seguida. No sabemos por qué ciertas ideas, por heterogéneas que sean, despiertan otras que parecían dormidas.

En un rincón de la memoria echadas,

como dice Zorrilla; lo cierto fue que Eudoro pensó en Cruz Madero, en el niño atropellado, y a todo esto se unió el recuerdo inseparable de Eloísa, que lo odiaba.

¡En qué tristeza tan profunda se hallaba sumida el alma de aquel desgraciado joven!

- Pero ¿qué es esto, cristiano? -dijo la señora, ahorrando todo saludo-. Usted se va a jubilar si sigue en esa vida. Cuando no es en la orilla del río, debajo de los árboles, o en esa silla de mis pecados, se acuesta en la hamaca, y, ¿quién lo arranca de ahí, y quién le saca palabra chica ni grande? ¿Qué le pasó en esas fiestas de mi Dios, que tan pensativo lo tiene?

- Nada, mi señora -contestó fingiendo una sonrisa de agrado.

- Venga se desayuna y luego váyase al pueblo y allá se distrae con las muchachas bonitas y con las bogotanas que se vinieron huyéndoles a las fiestas.

Eudoro había llegado al pueblo cuando ya teñía la noche, y en vano buscaba posada, cuando una señora le dijo con una franqueza envidiable:

- Caballero, déjese de tontear y vámonos para la estancia, que no está lejos de aquí. Allá, mire, se alcanzan a ver los cámbulos que hay en la orilla del río. Mal lo pasará, pero buena voluntad no falta en casa.

No le desagradó la invitación tan espontánea, y después de dar las gracias, siguieron amo y criado tras de la señora, que tomó la delantera a pie.

- Mis gentes -volvió a decirle a su futuro huésped-, se fueron para Bogotá a fiestas. Antes, usted me acompaña mientras que llegan ellos, que no tardarán en pedir bestias.

¿Y calcula el lector adonde fuera a parar Eudoro? Pues a la casa de don Laurencio y de Dolores, y esta que vemos no es otra que doña Clotilde, la esposa del señor alcalde y la madre de la joven a quien dejamos en Bogotá.

No describimos la estancia, porque ya el lector la conoce hasta en sus interioridades.

Sigamos a Eudoro, que por ahora es nuestro punto objetivo.

Tan luego como terminó el desayuno, tomó la vereda que por entre el platanar conduce al río. Vagó después por debajo de los árboles que dan sombra a la ribera, y fue a sentarse sobre una piedra cubierta por los brazos ramosos de un frondoso payandé. La tendencia del desgraciado al aislamiento es irresistible, porque toda mirada ofende, toda palabra ultraja, todo alivio atormenta. El hombre se hace egoísta y quisiera que nadie entrara en el santuario donde guarda la pena que abriga y acaricia como la madre al hijo que lleva en su seno. Cuán necesario es entonces el silencio humano; la voz de las aguas, la de las aves, la de los vientos, la de los árboles, hablan un lenguaje que él traduce y que le sirve de bálsamo reparador.

Un soplo arrancó una lluvia de hojas secas, que cayeron remolineando en las aguas y fueron arrastradas como a su pesar, para perderse en los turbiones formados por las piedras que detenían la corriente. El poeta no pudo menos de recitar estas estrofas a media voz, como lamentando la suerte de esos seres que indudablemente sufren como nosotros:


"Al desprenderse la hoja amarillenta,

cadáver con que arrastra la corriente,

hay una lucha en que la planta siente

algo que nadie aquí comprenderá.

Tal, en mis tristes noches se desprenden

a la vez que las gotas de mi llanto,

tanta ilusión que me sirvió de encanto,

y que hoy no son sino hojarascas ya".


J. J. Rousseau ha dicho:

"Cuando el corazón se abre a la sed de amar, se abre también al fastidio de la vida. Este efecto es necesario: es la consecuencia de un sentimiento lleno de dulzura y de encanto que nos hace saborear la dicha, pero que nos agobia con el peso de una felicidad que serían incapaces de resistir todas las fuerzas humanas".

"El amor aisla de todo, vuelve todo extraño a uno mismo y no le deja vivir sino en el objeto amado. Una tristeza involuntaria viene entonces a serpentear alrededor de nuestro corazón y lo envuelve en mil pliegues de que no puede desenredarse jamás".

En Eudoro, pues, se estaba cumpliendo un hecho natural; necesitaba estar solo, y por eso se aislaba. Pero ¡qué desgracia!, nadie ha podido separarse de su propio corazón; del enemigo mortal, como decía Caro, el gran poeta.

Ya lo habíamos dicho: el ruido de las fuentes y de los ríos tiene cierto poder incógnito que adormece arrullando, que distrae lentamente con su charlar estrepitoso, con su movimiento continuo. Es allí donde las aves solitarias toman puesto para pasar horas enteras esperando a su compañera, que acaso habrá caído al golpe de artero cazador; es allí donde el amante solitario vaga sin consuelo alguno y derrama lágrimas que embebe la playa y donde pronuncia el nombre que ningún oído ha es cuchado de sus labios.

- Señor -dijo un muchacho, sorprendiendo al distraído joven-; un peón acaba de llegar de Bogotá y lo busca a su merced.

- ¿Y hace mucho que llegó? -preguntó, tomando dirección hacia la casa.

- Ahora mismo, mi amo.

Lo que fue pensando por el camino es inconcebible: tan pronto se imaginaba que trajera carta del padre de Eloísa, como de ella misma, llamándolo. Ahora pensaba que fuera de don Mauricio, anunciando la gravedad del mal de su hijo y haciéndole cargo por su imprudencia o por el suicidio del que ser su yerno, y luego, que alguna autoridad lo reclamaba… tantas cosas imaginó, que no supo en cuánto tiempo transitara el camino por las vegas y los platanares.

La señora, que había salido a recibir al peón, esperaba de pie en la puerta de la sala con aquella curiosidad tan propia de las mujeres. Por supuesto que mientras Eudoro llegaba, el peón fue examinado, y por él se supo que las fiestas habían terminado, que había habido muchas pérdidas y muchas desgracias, y, por ultimo, que traía una carta para una señora que no sabía dónde debía entregarla.

- ¡Tonto! -exclamó el joven que acababa de llegar- esta carta es para la señora, -y la entregó, reservando la suya para ir a leerla a solas.

Cuando estuvo apartado debajo de un árbol, abrió la cubierta temblando y en lo que primero se fijo fue en la firma. Tíbulo, era la única palabra que había al fin de la carta, que decía lo siguiente

"Bogotá, … de julio de 188...

"Mi pensado Eudoro:

"No puedes imaginarte la sorpresa de que fui víctima cuando estuve a preguntar por tí y me dijeron que habías marchado sin decir para dónde, y esto precisamente cuando acabábamos de separarnos. Juzgué que con lo sucedido estuvieses impresionado, pero no para dar ese paso tan imprevisto para todos.

"Supe por Reinaldo el lugar en que te hallabas, Y en el acto me he apresurado a escribirte para decirte cuanto ha pasado. Seré conciso. Mi primer paso fue ir a ver a Eloísa, quien no quiso recibirme; era probable que estuviese incómoda conmigo, pero esto no me arredró, y cuando a la hora de los encierros la vi en su palco, lo primero que hice fue ir adonde ella, exponiéndome a una repulsa, como efectivamente la recibí.

"En ese día procuró lucir más que en ningún otro: el traje más bello, las joyas más ricas y el aire de más complacencia hicieron de ella la envidia de todos. Según parece, se proponía humillarte con el desprecio y el desdén, armas que ella maneja con tanta habilidad. Como yo la comprometí al fin a que entrara en conversación, me manifestó el odio que tiene contra quien, como ella dice, no ha merecido jamás ni pisar los umbrales de su casa. Dice que eres un hombre vulgar de quien la Providencia la ha separado. Así, pues, para ti no hay esperanza alguna de reconciliación. Por otra parte, los padres están violentos y dicen que primero consentirían en casar a su hija con un mozo de cordel que con un hombre sin dignidad, que ni siquiera agradece el que ellos le hayan formado gente. Tu pérdida es irremediable.

"La muerte violenta que se dio Madero te la atribuyen y el público murmura contra tí, aunque yo he tratado de desvanecer tal preocupación. En la casa de don Mauricio poco se habrían preocupado de ese acontecimiento, y solo Carmen te hubiera maldecido por la pérdida de su novio, si no hubiera sido por la muerte del niño atropellado por tí. Al día siguiente murió de un ataque cerebral, y esas gentes no te perdonarán tal desgracia, aunque pasen muchos años; lo han sentido imponderablemente. Por supuesto, con ese acontecimiento hubieron de abandonar cantina y mesa de juego, y todo ha desaparecido en manos extrañas.

"De ninguna manera hubiera querido darte estas noticias, pero existiendo entre los dos la íntima amistad con que tú me has favorecido, he creído no ocultarte nada para que tomes la resolución que más te convenga.

"Te deseo alivio para tus penalidades. Si algo se ocurre, escríbeme.

"Te abrazo con toda mi alma.

TIBULO".

Cuando Eudoro volvía a encerrarse en su cuarto para desahogarse, encontró a doña Clotilde, quien salía a buscarlo con su carta en la mano, y esto a tiempo en que él no había guardado la suya. Ambos con los ojos llenos de lágrimas dijeron el uno al otro:

- ¡Mire cuánta desgracia en tan pocos días!

- Mire -dijo él-, ¡cuánta desgracia en tan pocas horas!

- Supóngase que mis compadres han perdido a su hijo Carlitos, que murió atropellado por un caballo. ¡Tan célebre que era el niño y tanto como lo querían sus padres! Adoraban en él. Y de ribete, a Carmencita se le suicidó el novio con quien iba a casarse. Pero no es eso lo peor, sino que han perdido mi compadre y Laurencio una gran suma y están debiendo las orejas. ¿De dónde se le metería en la cabeza a Laurencio jugar, cuando él jamás había cogido dado en sus manos? Le aseguro que los males son muy cobardes, nunca vienen solos. Y nosotros, que estábamos juntando unos realitos para darle a Lolita para cuando se case, ¿qué le daremos ahora? ¡Miseria, y no más que miseria!

Y volvió a su llanto, que se secaba con el delantal.

Como Eudoro no podía comunicar sus males, por que se habría condenado, se contentó con ayudar a lamentar los de que se quejaba doña Clotilde, y en vez de encerrarse en su pieza, volvió a tomar camino del río, después de haber despachado al peón que acababa de llegar.

La carta de su amigo no podía ser más explícita y, por tanto, su situación era la más desesperante.

¡Lo que es tener buenos amigos!

¿Cómo puede haber corazón humano que contenga tanta amargura sin que estalle? ¿Cómo puede haber cerebro en el que se alberguen tantos dolores sin que la razón se pierda? ¿Por qué Dios permite tanto infortunio para que uno solo lo sufra? Si es cierto que la felicidad de ser amado agobia de tal suerte "que serían incapaces de resistir todas las fuerzas humanas", ¿qué se dirá de quien lleva la agobiadora pesadumbre de una desgracia Irremediable?

Fue su cartera, depósito de todos los secretos, la que entonces recibió la expansión de su alma. Recordó las melodías hebraicas de Byron y escribió lo siguiente:

"My soul is dark. | *

"Mi alma está triste y gime en su soledad como el huérfano abandonado por la madre sin entrañas.

"Algo se ha roto dentro de mí sin que yo pueda unir sus partes; de un lado se halla el odio implacable, del otro el amor compungido, y en el centro, formando un abismo, se halla lo negro, lo insondable de una desesperanza.

"Como el ave envejecida, se han caído las plumas de mi esperanza; sus alas no se abrirán ya más para cruzar los espacios donde brillaba una luz imperecedera.

"Y tanto vi esa luz, que he cegado. Dios mío, lleváme a ti, ya que no hay en la tierra quien me dé la mano para dirigirme.

"El ave herida por la mano artera puede volver a calentar su nido; y yo, a quien la desgracia ha herido a traición, no puedo volver al nido fabricado con el plumón más sedoso que había arrancado a mi amante corazón.

"Mis lágrimas caen como las gotas en una caverna solitaria; mis súplicas se prenden como las del aeronauta desprendido de los espacios etéreos, en donde la voz muere sin eco, en donde se exhala la vida sin una esperanza terrenal, acaso sin un quizás para el futuro.

"Espacios azules, infinitos, insondables, ¿por qué no me habláis? Arboles que veis mi desgracia, ¿por qué no brindáis consuelo? Naturaleza infinita, ¿por qué permanecéis silenciosa? Dios mudo, Dios sordo, ¿por qué me dejáis debatir en mi agonía? Si no creyera en tu existencia y en tu infinita bondad, hoy te negaría ante el mundo entero.

"Yo la vi cuando acababa de recibir la herida hecha por mi propia mano, y no me fue dado restañar la sangre que brotaba del fondo de su corazón.

"Y aquí está, ¡no se aparta de mí! ¿Cuándo es que al hombre se le ha separado el dolor? ¿Cuándo al culpado lo ha abandonado el remordimiento? ¿Cuándo al que vive lo ha dejado el espíritu para luego volver a animarlo?

"Dios mío, penetra en el fondo de mi alma y ten misericordia de mí.

"Se me han cansado las alas y apenas he empezado a atravesar los mares infinitos de la desgracia.

"Las gotas que, como llanto, destilan en los senos cavernosos de las rocas, más esperanza tienen de ver la luz del día que yo, sumido en el seno de la desgracia".

 

| * Triste está mi alma.

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