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XIV

EL MISMO DIA. LA NOCHE.



Concurrieron al banquete de palacio los jóvenes con sus trajes de carreras, y ya se ve que aquella reunión sería una mesa veneciana en los días de carnaval. Galantería, buen humor, chiste y animación reinaron hasta las nueve de la noche, hora en que pasaron a los salones en donde se les esperaba para bailar.

* * *

Dejemos ahí, lector querido, a los que quieran pasar una noche deliciosa, permitamos que otros vayan adonde les plazca, y nosotros, paso y sin que nos sientan, entremos en una estancia alumbrada escasamente. Pero cuidado, que allí hay una señorita totalmente abstraída en su ocupación. Ha escrito mucho, pero al leer le parece insulso todo y quema los papeles hasta reducirlos a cenizas íntegramente.

¡Qué silencio tan profundo el que allí reina!... Pero no; preciso es confesar que somos muy descuidados; nos olvidamos a veces de lo principal, y por eso el que nuestras descripciones suelan salir tan descarnadas. Allí se oía de vez en cuando el ruido del viento en el ramaje de los corpulentos árboles que rodean la casa, y como ese, ruido tiene sus intermitencias, aquello parecía los suspiros de la selva lejana que llegan a estrellarse contra los árboles.

¿No ha notado el lector que hay ruidos mudos que no alteran el silencio? El eterno golpear de una fuente en un palacio abandonado, el sonido sordo de un río que golpea contra las piedras, el canto del ave montés en medio del ramaje selvoso, el golpe del péndulo de un reloj en la hora de meditación, ¿han turbado alguna vez la quietud de una noche reposada?

Hasta allí llegaban el balar lejano de las ovejas en el redil, el bramido de los terneros encerrados en las corralejas, el de las vacas que responden al llamamiento de sus hijos, el ladrido agudo y persistente del gozque guardián de la estancia situada en la cumbre de la colina, voces todas que, como el respirar de un niño dormido, no alteran en nada la quietud bienhechora de las almas sin remordimientos y sin inquietudes. Así, pues, podremos decir, sin riesgo de que se nos contradiga, que aquella estancia se hallaba en completo silencio.

- Pero tarda ya mucho -dijo la simpática Carmen levantándose de su mesa de escritorio-. ¡Si le habrá sucedido algo! Ese caballo que le obligaron a cambiar es tan fogoso... ¡Dios mío! -exclamó con aflicción, y fue a la sala, que también estaba completamente sola. Al pasar por frente a un espejo, se vio sin mirarse, como quien abre el reloj y vuelve a cerrarlo sin saber qué hora es.

Apeló entonces al piano, su confidente, el que le respondía a todas sus tristezas, sus alegrías, sus amarguras y desconfianzas; pero en esta noche no hizo sino preludiar, y tan pronto tocaba la introducción de un aria elegíaca como el final de un coro melodioso; nada de lo principiado concluía, y así estuvo divagando hasta que se levantó para ir a sentarse en un corredor que daba vista al camino

El sonido de las ruedas de un coche la hizo poner de pie para esperar al que llegaba, pero el coche pasó de largo y la inquietud volvió a apoderarse de ella.

- No es posible que sean las siete y media y no haya llegado, a no ser que le hubiese pasado algo en las carreras - se decía.

Largo rato había ya transcurrido cuando se oyó el galope de un caballo, los perros ladraron y ella, llena de ansiedad, se apoyó en la baranda del corredor y esperó al que había cruzado la puerta que da al camino y que sigue por el camellón que conduce a la casa, al mismo paso a que había venido. La oscuridad no permitió ver quién era el que llegaba, pero al acercarse exclamó la señorita:

- ¡Reinaldo! ¿Por qué tardaste tanto?

- No vino, mi señorita -.-contestó la voz del criado que acababa de llegar.

- ¿Y por qué? ¿Qué le ha sucedido? Dime, Pedro, porque muero de desesperación.

- Nada, mi señorita; en esta carta le dirá lo que ha pasado.

Carmen recibió la carta y voló a leerla a la luz de la lámpara de su escritorio.

"Carmen mía -decía la carta-, no tengas cuidado por mí, estoy bien y sólo he sentido que me hayan obligado a separarme tanto tiempo de ti. De ninguna manera habría venido si mis amigos no hubiesen ido a empeñarse conmigo para que viniese, y si tú misma no me hubieses instado a que los acompañase en las carreras. Si supieras cuánto ha sufrido desde que me vine, me compadecerías. Era necesario sujetarnos a prueba para poder medir la intensidad de una pasión que no tendrá límites, lo incalculable de la eternidad producida por una ausencia, aunque sea de instantes.

"¿Qué satisfacción, qué alegría habré podido tener sin estar a tu lado? Sólo un momento tuve de orgullo, y eso porque se reflejaba sobre ti. Yo fui el primero que ensartó el anillo en la carrera, y los vivas, los aplausos y las felicitaciones me complacían, puesto que todo era hecho por ti y para ti. Te prometí en el teatro, ¿lo recuerdas?, que tu caballero obtendría un premio para su dama. Pues bien, el anillo y la banda son tuyos, y tendrá el gusto de ponerlos a tus pies tu rendido amante.

"Me hubiera ido inmediatamente que terminaron las carreras, pero el presidente invitó para una comida dada en palacio a los de las cuadrillas y me fue imposible excusarme con él, quien me hizo llamar y me comprometió a que me quedara. Pero mañana temprano estaré a tu lado, ¡alma mía!, y me perdonarás el que te haya hecho sufrir tanto;

"Tengo mucho que contarte de lo que ha pasado aquí durante las fiestas. Eudoro y Eloísa rompieron, y ella me dijo que jamás se uniría a ese hombre. Desde la noche en que ocurrió la contrariedad, causa de la desavenencia, no ha tenido un momento siquiera de salud y la he notado muy pálida y displicente. El partió ayer, y, según me dice en una carta que verás, pronto se irá del país para no sufrir con sus remordimientos. Pero yo creo que un amigo es quien lo ha perdido.

"Felices de nosotros que nada tenemos que temer; ¿no es cierto, vida mía? ¿No es verdad que confías en la lealtad de tu Reinaldo? ¿Qué podré ser yo sino lo que tú quieras? ¿Qué podrá ser tu amante sino lo que le inspira el ángel que lo guía?

"Piensa en tu Reinaldo, en tanto que mi recuerdo no se separará de ti, Carmencita mía.

"Tuyo siempre,

Reinaldo".

Durante la lectura de la carta, más de una vez asomaron a los ojos de Carmen las lágrimas de ternura, lágrimas que dejan lo salobre, lo amargo, para convertirse en bálsamo que suaviza y calma todas las dolencias de un corazón atribulado. ¡Cuán dulce es sentir que el llanto se escapa debido a la gratitud que inspira un alma verdaderamente enamorada! Por eso habíamos dicho ya otra vez:

"Las lágrimas de los que se aman son el rocío con que los ángeles riegan el paraíso".

A esta hora la plaza estaba colmada de luces que brillaban en los últimos balcones de las altas galerías, en las cornisas de las torres, en los tres órdenes de palcos, en la reja de la estatua, en las mesas de juego, y en las innumerables cantinas que rodeaban la plaza.

Codeándose y apiñada, cuasi compacta, se movía la multitud en donde podía disfrutar de distintos placeres. Las cantinas servían sus cenas de humeante y oloroso ajiaco, las calientes empanadas, los pollos, gallinas, pavos y carnes frías, el pescado sin segundo de nuestra altiplanicie en diversas formas, los encurtidos y salsas, las viandas europeas preparadas en latas, acompañado todo esto de cerveza de cualquiera de nuestras fábricas, de los vinos y demás licores extranjeros; pero, sobre todo, de esa chicha embriagadora, que nunca para la gente del pueblo pierde su mérito. Los rubicones | * pasaban de mano en mano rebosando del indígena néctar y a los lados, la bandola bien punteada, el tiple acompañante obligado y el canto con sus coplas, ya picantes como el ají, que comen, salerosas como las salsas, tiernas como la rabadilla de la engordada gallina, provocativas como la costilla asada y enloquecedoras como la chicha en plena fermentación.

En algunas partes, tras de una cortina, se formaba el baile, y entonces el lucir de la campesina sabanera de cuerpo gallardo, carnes apretadas, colores vivos y frescos, trenzas como cables, ojos negros que parecen dudar entre si hieren o no hieren, hoyuelos en la barba, carrillos y brazos al escoger y en traje tan sencillo, compuesto de camisa bordada, enaguas de bayeta, pañuelo de seda atado al cuello, y sombrero de paja puesto con airecillo picaresco, pero en que realmente no ha entrado la picardía para nada.

El torbellino hacía zapatear al galán en tanto que la bailarina daba vueltas arregazándose el traje y bailando lo más |menudito posible. El entusiasmo de los músicos subía entonces de punto, los cantores se esforzaban en modular la voz y en escoger sus |cantas, con lo cual procuraban, bailarines y músicos, dar motivo para volver a pasar, no una vez, como César, sino muchas, el repleto |rubicón.

Tanto las bailarinas como los hombres se iban remudando en el puesto con un entusiasmo frené tico Por su parte, los cantores en competencia, cuando no tenían pronta la copla, la improvisaban, a su modo, saliera como saliera. Recordamos las siguientes estrofas:


Qué bonito clavelito,

todo lleno de rocío:

quién te pudiera coger,

¡ay!, cuándo, si no eres mío.

Si yo pudiera arrancar

una estrellita del cielo,

te la pusiera en la frente

para verte desde lejos.

No llores por esas cosas,

ya hallarás otro querer;

la moneda siempre pasa,

cuando es moneda de ley.

Las blancas huelen a piña

y las morenas a clavo,

y las negras, negras, negras,

a gallinazo mojado.

Las blancas las hizo Dios,

las morenas un platero,

las coloradas un sastre,

las negras un zapatero.


No acababan de cantar la última estancia, cuando entró de rondón y se colocó entre los músicos una joven como de veinte años, alta, robusta, morena y armada, como todas ellas, de ojos negros buscarruidos y audaces. Para labios tales como los que ella usaba tenía guardados, como entre una caja de granate, dientes de perfección envidiable. Sobre el cabello crespo y medio alborotado llevaba un sombrerito puesto con aire chocarrero, y el pañolón que debía guardarle el pecho y la espalda lo tenía atado a la cintura para manejar con más holganza un tiple que en sus manos hacía bailar a cual quiera cuando con tanta gracia lo tocaba.

Oyendo estaría lo que acababan de cantar contra las negras, cuando, acompañada de otra amiga que le hacía un admirable segundo, cantó con voz timbrosa un bambuco que hizo parar la atención aun de los que pasaban por frente a la cantina. De aquel primoroso dúo pudimos recoger lo siguiente:


A uno quise de veras

y a otro por no dejar;

y ora de todos me reigo,

así negra y mucho más.

Están pensando los hombres

que me pueden engañar;

malditas sus barbas negras,

y si son catires más.

Moreno pintan a Cristo

morena a la Magdalena,

moreno es el bien que adoro,

viva la gente morena.


No había acabado su canto, cuando pasó a bailar con el mismo entusiasmo y desfachatez hombruna con que hacia todas sus cosas Entonces uno de los cantores, que probablemente estaba picado de la bailarina, entonó:


Un beso te di anoche

de amor en prenda;

si no hay trato, te pido

me lo devuelvas.


Con la gracia de una coqueta parisiense, la bailarina se llevó la punta de los dedos a los labios y se lo devolvió ceremoniosamente. Entonces el cantor contestó con mucha oportunidad:


Ese beso no es el mío,

de ese beso nada queda;

yo pido me lo devuelvas

pero en la misma moneda.


Eran las damiselas que se hallan entre merced y señoría, las que, acompañadas de sus galantes caballeros, entraban en alguna cantina aristocrática a hacerse servir los pescados, las carnes y el jamón, humedecido todo esto con vino |sauturne, que no por parecer agua de manzanilla dejaba de subírseles a la cabeza, haciéndolas resbalar hacia el ajiaco, que con su maldito olorcillo a |guascas destruía los propósitos de decencia hasta caer en lo último: la chicha.

Pasaban observándolo todo las aristocráticas señoras que más tarde irían a sentarse a la mesa de algún comedor especial de los preparados en los |restaurantes vecinos, y por último pululaba, como sirviendo de cuña, el pueblo bajo que vive de mogolla, garrote y chicha.

Era de admirar el ingenio desplegado para inventar juegos de suerte y azar. Había en los edificios vecinos mesas de monte de dado, en donde las montañas de plata eran para los aficionados más altas que para el pueblo hebreo lo fueron el Ararat, el Sinaí y el Horeb. Las ruletas con sus vueltas vertiginosas atraían a los jugadores como el malstrom las naves que abisma en sus antros profundos. En los corredores y en la plaza la lotería que cantan los muchachos que improvisan versos con el nombre de la ficha que sacan de la bolsa; el bisbís, el pasadiez, la bagatela, la rueda de la fortuna, la cachimona, las blancas y coloradas, los diversos juegos de naipe y mil otras invenciones en que los aficionados al tiro gastaban su dinero, atraían al hijo de familia, al menestral, al obrero, al comerciante, al empleado, al militar, a los sirvientes y a cuanto ser humano pasa cerca de esos boas constrictores de los ahorros, de esas vorágines de todo capital, pues no vaya a creerse que el juego de los dados no arrastrase en salones separados a cuantos se acercasen a sus mesas.

En tanto que en la plaza lucían sus |luces pirotécnicas, en tanto que el mundo entero rabiaba por la pérdida o malbarataba lo que había ganado, Tíbulo, al abrigo de las sombras del Capitolio, hablaba con dos mujeres sigilosamente. Eran la caricortada y su compañera.

- Tú no puedes imaginarte cuánto hice hoy para que las soltaran.

- Gracias, don Tíbulo, usted ha sido siempre muy caballero y noble, y por eso lo queremos y estamos dispuestas a hacer cualquier sacrificio por usted.

- Lo creo y lo agradezco. Quiero que me digas una cosa que me interesa. Tú dijiste esta mañana que habías visto cuando Madero le dio cien pesos al jefe de policía, por que no lo aprehendiera aún. ¿Quiénes más fueron testigos de eso?

- Yo una de ellas -dijo la compañera de la caricortada-, y ahí están Adriana e Isabel, que estaban con nosotras.

- Importa mucho que ustedes no digan nada a nadie acerca de esto, pues así tendremos al jefe de policía del diestro y si en alguna vez se porta re mal, avísenme para dar la denuncia y enterrarlo.

- No tenga cuidado por eso. A nosotras nos conviene más que a nadie. ¿No ve cómo nos lleva al retén cada vez que le da la gana?

- ¿Y Fideligno dónde está?

- Lo tenemos escondido en casa de una amiga.

- ¿Y él tiene el reloj?

- No, lo tenemos nosotras; él no lo sabe. A él le hemos dicho que Cruz lo jugó.

- Cuidado si van a venderlo o a empeñarlo; cuando necesiten dinero, yo les doy sobre él. Es de un amigo mío y deseo devolvérselo. ¿Cuánto querrías por él?

- Deme veinte pesos para acabar de pasar las fiestas, y es suyo.

- Corriente, te los doy, pero guardas el secreto; quiero hacer una operación con él y fregar a Rodríguez por ladrón. Su ambición ha de salirle por un ojo de la cara. No hay hombres que más me disgusten que esos ladrones que roban con el consentimiento de la autoridad.

- Ahora mismo voy a traerle el reloj. ¿Me espera?

- Bueno, aquí mismo te espero dentro de media hora. Pero no tardes, porque tengo que ir a un baile.

- En estico estoy aquí.

- Si vieren al jefe de la policía, díganle que esta noche voy a quedarme a la quinta.

- ¿No le decimos más?

- No más. El sabe lo que yo quiero decirle.

Apenas acababa de separarse Tíbulo de las mujeres, cuando encontraron al susodicho jefe.

- Acabo de recibir la razón que me mandaste con la caricortada.

- Y bien, ¿qué hay?

- Que esta noche no se puede hacer nada, por que donde don Mauricio están velando a un niño, y la casa está llena de gente.

- Yo quiero que eso no tarde, porque temo que de un momento a otro se vaya don Laurencio para su pueblo.

- Pierde cuidado: la mujer a quien mandé es ya íntima amiga de Dolores, y mañana saldrán a disfrutar de la luna y conocer la plaza de los mártires -le dijo con cierta intención picaresca.

- ¡Truhán! -le contestó echándole el brazo por sobre el hombro-. Ven, tomamos algo en |La Botella de Oro.

Momentos después estaba nuevamente Tíbulo tras de los muros del Capitolio conversando con la caricortada y su compañera. Una vez entregado el reloj, ella recibió dos billetes de a diez pesos, y con ellos partieron a ver el mundo por otro lado.

Se la vio después en una mesa de ruleta, en donde cambió un billete y luego hizo apuntes acertados. ¿Para qué quería más?

En una cantina que había situada a trasmano y poco visible, había oculta una mesa de dado y en un corredor se servían las cenas y lo demás que los concurrentes solicitaban. Allí entraron las dos mujeres con la confianza de quien llega a casa, pues es de saber que la que allí vendía era compinche y muy amiga de la caricortada.

Dos jóvenes que apenas llegarían a los veinte años y estudiantes internos de un colegio, cenaban cuando nuestras heroínas llegaron. En el acto pidieron cenas y licor, que empezaron a escanciarse con celeridad.

Como hemos dicho, la caricortada no tenía fisonomía repulsiva; por el contrario, exceptuando las cicatrices, había en ella algo como de alegría permanente, ojos de quien admira un objeto que le cae en gracia, y una risa tan ingenua, tan franca, que provocaba reír con ella. Su estatura era esbelta, sus carnes rollizas, y por lo que hace a su trato, era seductora como una Circe.

Tenía la compañera aires señoriles; su piel aperlada hacía contraste con la rubicudez que empezaba a afear a su compañera, y sus ojos negros, de mirada apacible, y su dentadura blanca y compacta, terminaban el juego de aquella fisonomía, más a propósito para una hermana de la caridad que para esa otra hermandad a la cual se había consagrado.

No tardaron nuestros dos jóvenes estudiantes en trabar relaciones con las dos damas que se les habían sentado cerca. Desde entonces fue una la suerte que las dos mujeres siguieron, los gastos fueron comunes y el licor fue servido cada vez con más entusiasmo.

Pero la caricortada era mujer de brío y audacia; propuso que hicieran una compañía para que uno de los dos jóvenes fuera a jugar al dado en la mesa vecina, y así se hizo. Los jóvenes sacaron sus dinerillos, y una vez reunida la suma, el más atrevido tomó puesto en la mesa. Cuando los jugadores vieron que ni siquiera sabía abrir parada, ni sabía con qué pintas ganaba, se alegraron, pues tendrían un |pichón que desplumar, pero otros más marrajos menearon la cabeza, pues bien sabido es para ellos que los neófitos nunca pierden.

Contra las trampas, contra los dados falsos, contra toda clase de mala fe luchó la suerte del joven, que al fin los venció. Cuando ya sobre la mesa había muy poco dinero, se acercó por detrás su socia y le dijo:

- No juegue más, levántese.

Apenas el joven trató de moverse, cuando algunos tahures quisieron arrojarse sobre el dinero perdido.

- ¡Alto ahí, cachacos! -gritó la caricortada, mostrando en alto un puñal-. A mí no me gruñe nadie. Esta plata es de los dos, porque hicimos una |vaca.

Y diciendo esto, recogió a puñadas el dinero, que echó en un pañuelo.

-Ahora -les dijo a los que perdieron-, si quieren ir a beber, yo les doy hasta que se cansen.

Una vez repartido el licor en la cantina, las dos parejas volvieron solas al comedor con el objeto de hacer la distribución de las ganancias. De ahí en adelante la cerveza fue servida a cada momento, así que a la alborada y cuando ya no veían ni podían articular, cruzaron los brazos, clavaron la cabeza y no volvieron a saber más de lo que en el mundo pasaba. El sueño de la ebriedad los había atacado de una manera decisiva.

Darían las ocho de la mañana cuando despertaron botados en el suelo, cerca al fogón de aquella improvisada cocina. Salieron con los vestidos sucios, los sombreros plegados como fuelles, los ojos como brasas, la cabeza desvanecida, y, lo peor de todo, con los bolsillos limpios hasta la pureza. Dinero, relojes y hasta un anillo que la madre había dado a uno de ellos al venirse al colegio, todo había desaparecido. Los habían esculcado hasta en lo íntimo; de milagro no les esculcaron las entrañas.

Un solo pensamiento dominó por entonces a los jóvenes, y fue el de conseguir dinero para jugar.

El vicio acababa de apartar del centro de la educación a dos seres que acaso hubieran sido gloria de su patria, y había adquirido dos sectarios más en la época más entusiasta de la vida.

 

| *  Llaman |rubicón a unos vasos enormes de cristal en que van bebiendo todos los de la compañía.

 

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