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XIII

EL MISMO DIA. LAS CARRERAS. LOS TOROS



A las tres de la tarde estaba la plaza perfectamente despejada por los soldados de la guardia, quienes habían arrojado a la multitud hacia las barreras, que eran a esa hora más bien un muro humano que un tosco aparato de madera.

Los soldados paseaban con las armas al hombro, en las que se reflejaban los rayos del sol, lanzados como relámpagos en todos direcciones; ¡y cómo lucían con orgullo su elegante y vistoso traje de artilleros!

Aquel circo despejado, cubierto de amarillenta arena, ostentaba por entonces la bella e imponente estatua del Libertador de cinco repúblicas, que a la misma hora estarían celebrando la independencia que él les legara. ¡Cuán hermosa es esta fraternidad que une a los hombres a grandes distancias bajo un mismo noble sentimiento: el de la libertad!

No había por entonces en todos aquellos tendidos de tres pisos, un solo punto, un intercicio que no estuviera ocupado por gentes que, agrupadas y casi unas sobre otras, no esperasen con impaciencia lo que tanto deseaban. Aquello era la realización del delirio de un febricitante. No había color imaginable que allí no se viera en las banderas y gallardetes, en los pobres y en los ricos trajes, en las cortinas, en los adornos y en los ramos que ocultaban lo brusco de las maderas que servían de apoyo a todas esas colmenas en movimiento.

¡Y qué variedad de fisonomías! Veinte mil almas lo menos habría en el recinto, sin que una sola tuviese un rasgo semejante a otra. Y, blancos, negros, indios, plebeyos y nobles, todos tenían cabida allí, y en las torres vecinas, en las cornisas, en los altos tejados, sobre la techumbre de los palcos, en los cornisones del Capitolio, en las cuatro calles y en el hueco más recóndito de las claraboyas de los edificios contiguos.

La impaciencia se sentía por todas partes y un murmullo constante e igual era apenas interrumpido de vez en cuando por alguna voz que imprudente turbaba aquel silencio de un público respetuoso.

Las miradas todas se dirigían por entonces a un punto, y era la esquina de San Bartolomé o Universidad Nacional, que era de donde debía llegar el presidente de la Unión acompañado de sus secretarios y algunos de sus amigos.

La tardanza en lo que se esperaba hizo las horas muy largas, como sucede siempre; así que la impaciencia empezó a manifestarse con gritos y palmoteos. La esperanza jamás se ha dejado alcanzar de la humanidad, pues siempre va adelante, a no ser que venga convertida en desengaños: de ahí el que la sigamos tenaces y persistentes hasta que nos abre la tumba; y es tanto lo que en ella creemos, que pensamos hallar algo más allá de lo desconocido.

El toque lejano de atención dado por una corneta hizo que el público se fijase, calmando su ansiedad. Otro toque repetido se oyó en la esquina de la Universidad y otro en el Capitolio.

A poco se vio llegar al presidente y su cortejo.

Un momento después sonó un silbato en una esquina, otro en la otra y otro en las otras dos, y por fin las cuatro puertas se abrieron y la banda de música tocó una marcha nacional.

Un grito de alegría, un palmoteo estrepitoso colmó la atmósfera al ver que por cada una de las cuatro esquinas entraba un jefe adelante con una bandera y que luégo seguían los demás cuadrilleros con sus vistosos vestidos y montados en briosos caballos.

Dada una vuelta, se formaron en ala frente al palco presidencial y allí hicieron un saludo al primer magistrado de la república. Inmediatamente después empezaron las evoluciones, yendo cada cuadrilla a su respectivo lugar.

Tíbulo no se había separado del lado de Eloisa, quien no podía ocultar la mortificación de su mal y el disgusto le producían.

- ¿Quién es aquel cuadrillero? ¿No es Reinaldo? -preguntó sin dirigirse a nadie.

- Ciertamente que es él -contestó Tíbulo.

- No lo creo; él estaba en la hacienda del padre de Carmen y había prometido no venir a las fiestas. Será él también tan... no lo creo, él es noble y jamás cometería una acción que lo hiciera indigno ante los ojos de su amada.

En una de las vueltas que los cuadrilleros dieron, el que dirigía la de los caballos bayos hizo a Eloísa una profunda reverencia, la que fue contestada con cariño. No quedaba duda, era Reinaldo.

Ochenta jóvenes formaban las cuatro cuadrillas.

Los mosqueteros españoles que montaban caballos bayos lucían vestido rojo con vueltas blancas y botas de ante.

Vestido negro y rosado, con bota negra, como vestía el conocido amante de la reina Margarita, y que se llamó D'Artagnan, llevaban los que oprimían el lomo de los caballos castaños.

Los de la cuadrilla de los caballos blancos llevaban traje a la Enrique IV, que consistía en ropas negras de terciopelo con vueltas blancas y botas de aquel color.

Vestido blanco con vueltas rojas, y polainas, brillaba en los que representaban a los guardias de la reina, y que montaban en caballos negros.

Cada cuadrillero llevaba una bandera con los colores nacionales, y los medios cuadrilleros una más pequeña con los colores del traje de la cuadrilla.

Pero aquellos fogosos animales no habían sido en su totalidad ensayados para las carreras más de una vez, y, por tanto, la música, los gritos y el ejemplo de los otros caballos hicieron encabritar algunos que fue difícil contener.

La caída de un caballero al levantarse en las patas el caballo hizo que la plaza se alzase en gritos de desesperación y de alegría; pero puesto en pie el jinete, tomó el caballo, que, alborotado, había despedido, y montó nuevamente con la gallardía de quien apenas ha jugado una cabriola sobre la montura.

- ¿Quién cayó? - preguntó alarmada Eloísa -; pobre joven, debe haberse lastimado.

- Es que un joven Lemus que en la carrera trató de volver en la esquina el caballo se encabritó, y luégo, como no lleva más que una sobrecincha, naturalmente el galápago se zafó; así nadie se tiene, por buen jinete que sea.

- Pero es mucha imprudencia exponerse así, sólo por lucir un momento.

Las cuadrillas hicieron círculo en los cuatro costados y luégo rodearon por el pie de la estatua del Libertador para cambiar después de lugar, entreverándose en vistoso enredo como en las figuras de una cuadrilla o de una ordenada contradanza.

En estos momentos no había quien no palmoteara, quien no agitara su pañuelo, quien no diera una voz de alegría.

La cuadrilla de los negros pasaba la última por el pie de la estatua, haciendo el efecto de una serpiente que se desenrosca; pero en este momento las cuatro patas de un caballo resbalaron sobre las baldosas, y el caballero, sin poderlo evitar, quedó preso debajo del bruto.

Un grito de desesperación colmó el espacio, pero aun no se había extinguido cuando se vio partir a animal y al jinete que, alcanzándolo, puso las manos en el anca para dar el brinco sobre el galápago.

Los férreos cascos del caballo rechazaron al joven, que recibió el feroz golpe en la cara y en el pecho.

Jamás se habrá oído un grito general en un circo como el de desesperación que salió de todas las gargantas y que pobló todos los ámbitos.

Exánime y hecho un cadáver, quedó tendido aquel simpático y para todos conocido joven. No hubo una lengua que no lo lamentase, no hubo labios que no pronunciasen su nombre, y no hubo ojos que no se humedecieran.

Pero hubo un grito, que se alzó por sobre todos los gritos, algo desesperante, que a nadie pudo ocultarse sin hacer pedazos el corazón. En un palco estaba su padre, estaban todos los suyos, que, desesperados se hubieran arrojado del andamio para ir a besar aquel cadáver, si no los hubiesen contenido.

De allí lo alzaron para sacarlo por la puerta del sur, que da a los portales. Las damas se alzaron de su asiento para verlo, los hombres se inclinaron hacia la plaza y todas las gentes se agruparon en una confusión vertiginosa.

Las carreras continuaron a pesar de aquella dolorosa impresión que había acabado con el entusiasmo y la frenética alegría. El disgusto y desagrado habían cundido, y por entonces no se oía si no ese ronco vocear de un público que comenta, que se conduele, que compadece.

De repente un grito de todos los pechos, un palmoteo de todas las manos cambió lo tenebroso en alegría. ¿Qué ha pasado? Que la puerta se había abierto nuevamente, dando paso al caballero, que con una venda blanca en la cara volvía a tomar puesto en su cuadrilla.

Difícilmente se habrá visto ni se habrá oído una exclamación de alegría y de admiración como la que entonces se esparció de enmedio de esa innúmera multitud.

Aquél había sido un hecho digno de la época de las justas y de los caballeros. El padre del joven no podía desmentir de su noble prosapia, de suerte que, apenas vuelto en sí su querido hijo, lo hizo montar de nuevo, diciéndole:

-Rendirás la vida, pero cumple con tu deber. Monta y ve a buscar tu puesto en la cuadrilla.

Empezaron luégo los juegos y apuestas. Allí se incendiaba un aparato y salían palomas al ser roto por una varilla lanzada en la carrera; allá debía alcanzarse una corona al tiempo mismo en que el caballo salvaba una barrera; más adelante debía lanzarse una barra por entre un aro, y por último, debía ensartarse la sortija.

Los ojos de las damas se fijaron en sus caballeros, el anhelo y la desesperación pintáronse en el rostro aun de los más indiferentes, y la expectativa fue universal.

Las varillas fueron repartidas; el anillo estaba atado con una banda de flotantes lazos, y el aparato fue colocado en frente del palco del presidente. Esa joya esperaba allí al más afortunado para servir de orgullosa presea y ser presentada a alguna de tantas damas como allí había.

La larga fila esperaba por cuadrillas, y los caballos piafaban impacientes, como si ellos fuesen a Participar del triunfo de su señor.

La música llenaba de armonías el espacio, reemplazando el silencio que reinaba en la extensión, y todo era anhelo y expectativa en aquellos momentos de ansiedad.

Sólo Eloísa permanecía indiferente a todo. ¿Qué le importaban los lauros ajenos?

- Pero se oyen gemidos aquí debajo, como que salen de la cantina.

- Ciertamente -dijo Tíbulo-, y fue a averiguar lo que pasaba.

- ¿Qué sucede? -preguntó con ansiedad la dama, apenas volvió el joven.

- ¡Ay! señorita: esa pobre familia está perseguida por la desgracia. No ha mucho murió el niño aporreado ayer por Eudoro. Hoy, por su imprudencia, es responsable de dos muertes.

- Pobres gentes -dijo Eloísa pensativa, y luégo agregó-; y quién sabe de cuántas vidas más sea responsable, sin que la conciencia lo atormente un instante. El que ha perdido la dignidad es incapaz de todo sentimiento noble.

- Es verdad. Pero mire, señorita, el primer cuadrillero ha llevado la sortija.

- ¿Quién es?

- El de los bayos.

- ¿Reinaldo? Cuán feliz es Carmen -decía, en tanto que los aplausos ensordecían y que los pañuelos se agitaban en las manos de las damas. Luego continuó como si hablase sola y aspirando un pomo de esencia:

- ¡La caída de Alberto, la muerte de este niño!

El anillo fue reemplazado por otro y los cuadrilleros siguieron pasando para llevar la rechifla de los muchachos y el ruido producido por la improbación del público exigente.

Pero no todos fueron desgraciados, y joven hubo que por dos veces arrancase la joya envidiada.

Empezaron luégo las carreras de escape, en que los caballos parecía que volaban con sus jinetes, deseosos de dejar atrás al que iba adelante. Siguieron los saltos peligrosos en que lucía la habilidad del jinete y lo ágil del fogoso caballo.

Terminadas las carreras, los caballeros subieron a los palcos, y los afortunados ofrecieron a sus damas la presea obtenida en el torneo.

Reinaldo fue a visitar a Eloísa, quien lo recibió con las mayores muestras de cariño. Las felicitaciones fueron calurosas por su triunfo y felicitó y envidió la suerte de Carmen, más afortunada que ella.

- No le pregunto por Eudoro -le dijo en tono tan bajo que nadie lo oyó-, porque hoy recibí una carta que me escribió esta mañana.

- ¿Usted sabe, pues, en dónde está? -dijo Eloísa, no tan paso que no la oyese Tíbulo-. Ojalá no lo viera ya jamás.

- Sí, Eloísa. Esta noche hablaremos; pero ahora recuerdo que tengo que concurrir a un banquete a que nos ha invitado el presidente. Iré temprano a verla; son las cinco menos cuarto -dijo mirando los relojes de las torres-. Aun queda tiempo...

- ¿Lo espero?

- Sí, iré precisamente.

- Ya sé -pensó Eloísa-, para quién era esa carta.

- Ya puedo saber en dónde está Eudoro, pensó Tíbulo.

La corrida de toros iba a empezar, cuando Eloísa dijo que se sentía indispuesta y que deseaba retirarse.

Un momento después la cantina y la mesa de juego estaban vacías de sus dueños, y los palcos de Eloísa, de la familia de don Mauricio y el de los jóvenes que ya conocemos, y que estaban encima, se hallaban solitarios a causa de la muerte los unos y de... la muerte de Eloísa también, el otro, pues quien pierde las ilusiones muere viviendo, que es la peor vida que un desgraciado puede arrastrar aquí.

¿Pero por qué, se preguntaba el público, ese joven cuadrillero no obsequió su anillo a esa hermosa señorita a quien fue a visitar después de las carreras? ¿Por qué lo ha conservado? ¿A quién lo dedicará? Don Angel Saavedra, dijo, hablando del "Moro expósito", gallardo caballero de Kerima:
 

"Que el joven a sus pies la banda ponga;

todos, y aun Almanzar, acaso aguardan;

mas no la puso, que a distinto objeto

desde que la ganó la destinara".


Concluídas las carreras, todo el mundo entró a la plaza, que estaba cuajada materialmente de hombres a pie y a caballo, cuando salió del toril una fiera, porque no era otra cosa aquel robusto animal Derribo aquí a unos, hirió mas adelante a un caballo, embistió y volvió pedazos un espantajo que le habían puesto los muchachos, y barrió las barreras, derribando gente como quien desgaja frutas maduras, hasta que los toreadores disfrazados le llamaron la atención.

Partió con la ligereza de un rayo sobre ellos y embistió al primero que le hizo un lance; se fue sobre el segundo, que no pudo hacer otra cosa que aterrarse a fin de que pasase el animal por encima en su veloz carrera, y llego al tercero, pero este, al tiempo de hacer el lance, se enredo en la ruana, no pudo escapar el cuerpo y fue levantado por el toro en medio de los gritos y silbidos de la multitud. Y no había caído sobre el empedrado, cuando el toro se le fue encima para acabar con él.

Los gritos de ¡lo mató el toro!, ¡lo mató el toro!, los de conmiseración y afán fueron generales, y cada cual hubiera querido defender a ese desgraciado que iba a morir indefectiblemente, víctima de aquel animal enfurecido. Pero los otros capeadores lo instaron, lo llamaron, y aun los rejos de enlazar caían ya sobre los cuernos, cuando, embistiendo aquí, bufando allá, partió para otro lado.

El toreador fue conducido inmediatamente al hospital, ensangrentado y exánime; no daba señales de vida.

Este toro era muy ágil, robusto, cervigudo y hasta cruel, para que no se le proporcionase una víctima más a fin de satisfacer al público, ansioso de emociones. ¡Y nos admiramos y maldecimos de la crueldad de los circos romanos! Allí las damas daban la señal que indicaba si debiera el vencedor acabar con el vencido y subyugarlo en la arena; aquí tanto más se ensalza la bondad de la fiesta, cuantas más víctimas haya hecho la desgracia. Y la sociedad se llama cristiana, y nuestras damas son tenidas como las más caritativas del mundo. ¡Qué sarcasmo!

El toro fue atado a un poste y allí le pusieron una cincha de lazos; cuando la música tocaba alegre y estrepitoso bambuco, y cuando la ansiedad se pintaba en todas las fisonomías; cuando la plaza estaba más colmada de gente, un hombre con pañuelo |rabo de gallo atado a la cabeza, calzones de manta arremangados, y grandes espuelas bien atadas a los calcañares, se santiguó, se asió con las manos de la cincha, dio el brinco y montó.

No hubo quien no contuviera la respiración, ojos que no se fijaran en aquel hombre, y vieja que no empezara alguna oración.

Es ésta tan hábil barbaridad que los españoles no conocían sin embargo de ser los inventores de la tauromaquia, una de las diversiones que más complacen a nuestro pueblo. Aquí, en tiempo de la colonia, le conmutaron la pena de muerte a un sentenciado con tal de que montase en un toro; tan peligroso así juzgaron aquel acto de temeridad.

¡Al fin soltaron el toro! Por entre una nube de polvo amarillento, por entre una masa compacta de hombres y por en medio de mil manos que se le presentaban, pasó, dejando tendido un reguero de gente, levantando aquí a un hombre, embistiendo allá a un perro y dando saltos tan altos y tan en zig-zag, que se creyó imposible que el jinete pudiese resistir sin que se desnucase en uno de esos movimientos tan vertiginosos.

Los bramidos atronaban, la furia era terrible, la espuma que arrojaba sanguinolenta, la lengua ennegrecida y la mirada llena de fuego, cárdena y feroz. Por fin llegó a una esquina, en donde se detuvo dando vueltas e intentando arrancar con los cuernos al enemigo que lo espoleaba, que lo urgía.

Escarbó después el polvo, bramó, sacudió la cerviz con impaciencia, coceó hacia los ijares, en donde la espuela lo mortificaba; pero, matrero ya, no quiso salir al llamamiento que todos los toreadores le hacían.

Cuando menos lo esperaban, partió, derribando aquí a cuantos hallaba, y saltando nuevamente más allá. De los sorprendidos, unos cayeron, pudieron huir otros, y los demás subieron a las barreras.

Un niño como de tres años no pudo correr con la ligereza de los demás; y el toro partió sobre él, y ya lo alcanzaba, cuando el jinete exclamó:

- ¡Madre mía y Señora!

Había conocido a su hijito...

El niño fue levantado a una grande altura, y al caer sobre la arena produjo un sonido como el que hiciera una bolsa de cuero llena de agua.

Una mujer penetró por entre los palos de la barrera, y sin reparar en el toro que allí cerca estaba, levantó al niño y salió con él en los brazos. Lo que la madre acababa de alzar era un cadáver.

No hay cómo pintar esta escena: la pluma más resistente se desliza de la mano.

El montador palideció, cayó de medio lado, pero quedó asido de la cincha con las manos encalambradas. Los de a caballo quisieron enlazar a la fiera antes de que se volviese contra el caído, pero al fin fuese separado por el mismo animal a coces, y de allí lo alzaron sin sentido.

¡Cuánto sacrificio por satisfacer la vanidad de un público ansioso de emociones salvajes!

Las campanas de los relojes de la torre tocaron las seis, hora en que la concurrencia fue colmando las calles para retirarse a sus casas, después de haber sentido tanta impresión de agrado, de sorpresa, de disgusto, de desesperación.

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