XII
EL MISMO DIA. EN LOS ENCIERROS
La una menos cuarto señalaban los relojes cuando Eloísa penetró en
aquel salón al cual no le faltaba ni el más leve pormenor para
cumplir con la más estricta exactitud la rigurosa exigencia de un
salón aristocrático en la corte de Luis XVI.
Esta joven poseía en verdad ese tono, esa majestad no estudiada,
que caracterizó a perpetuidad a la desgraciada reina esposa de Luis
XVI. Al llegar a la mitad del salón con su rico y elegante traje
aurorino, pareció que los enormes espejos hubieran dado luz de
suyo, y cualquiera que hubiese visto el golpe primero de óptica
hubiera imaginado que alguna rosa había sido desgajada
repentinamente y que una lluvia de pétalos caía deslumbrando sobre
la alfombra. Ella misma, ¿qué parecía sino un pétalo rodando por la
superficie de un espejo? Calzado, abanico y sombrero colocados con
coquetería, toda ella era crepúsculo, era el ala de un ángel bañado
por la luz de la aurora. Sin embargo, la lluvia de la noche
anterior había ajado la rosa y las brisas matinales y el sol
restaurador no habían podido borrar las huellas, que aunque
imperceptibles, no por eso se escapaban a la vista de un observador
así fue que al verla tan arrogante después en su palco, muy bien se
pudo exclamar con un poeta desconocido:
"Acaso engañe al que se fija poco
el ropaje falaz de la sonrisa,
pero el brillo instantáneo de una
lágrima
nadie puede ocultarlo en las
pupilas.
Yo he visto en tí la huella de esa
lava
que arroja el corazón cuando
agoniza.
¡Cómo te quema con siniestro
brillo
el puro rosicler de las
mejillas!
Dio la última mirada consultando el efecto que su arrogante
figura hacía sobre los complacientes espejos que la reproducían en
todas sus fases; arregló la cinta del sombrero que anudaba debajo
de la barba, extendió su abanico de plumas, volvió a cerrarlo y
salió.
Media hora después estaba la interesante joven en su palco, el
que, como era doble, daba espacio para una regular concurrencia.
Allí estaban algunas señoritas a quienes Eloísa había invitado para
que viniesen a ver los encierros y carreras; estaban las que de
otros palcos habían venido a preguntar por la causa que hubiera
motivado la no concurrencia al baile, y muchos jóvenes que
acompañaban a sus hermanas o venían a preguntar por la salud de la
augusta enferma. La noticia de la enfermedad había circulado desde
la noche anterior y se creyó de tanta gravedad, que muchos dudaron
de si pudiera concurrir a la fiesta. Ella era allí, pues, la reina,
a la que acompañaba una lucida y esplendorosa corte.
Y cosa extraña, como si todos hubiesen presentido o adivinado lo
que tuvo lugar la noche anterior, nadie, ni los hombres,
preguntaron a Eloísa por Eudoro. Algunos lo juzgaron enfermo por
simpatía, y se contentaron con su creencia. Pero la mayor parte
esperaba que viniera de un momento a otro.
Corrieron los niños apuestas en burros; apostaron otros al
caballo que menos corriera, para lo cual se cambiaban los jinetes,
pues cada cual estaba interesado en que la bestia del contrario
avanzara más ligero; los globos ascendían a cada instante; el
aguardiente, el brandy, el champaña, el pan, las viandas y el
dinero arrojado por puñadas tuvieron a la multitud en estado de
locura y delirio inconcebibles. Los azafates con bellos ramilletes,
dulces, bizcochos y colaciones, juntamente con los vinos y el
champaña, eran repartidos en los tendidos, no solo en abundancia,
sino con profusión. Ningún gasto habían ahorrado los alféreces para
convertir aquella plaza en un cielo infernal, si se nos permite tan
audaz expresión.
Los cantos populares, las bandas de música, los gritos y ese
murmullo sordo que sirve de fondo a todas las palabras, a todos los
gritos, a todas las armonías, a todos los gemidos y aun a todos los
suspiros, ecos de una esperanza no satisfecha o de una felicidad
envidiable, no son para ser descritos. Eso se ve y oye una vez para
nunca olvidarlo, eso se palpa para que la impresión sea eterna,
como serán eternos los goces celestiales o las penas de un infierno
sin esperanza.
En este momento, en el que Eloísa miraba todo, pero en que nada
veía; cuando sus ojos recorrían todo aquel conjunto con la
indiferencia de quien, después de un largo viaje a bordo, ve el mar
bonancible, pero igual, monótono y sin variación alguna; cuando,
por falta de un punto, se pierde la vista como en un espacio
colmado de diafanidad, entonces se presentó Tíbulo en el palco.
Todos contestaron su atento saludo, pero Eloísa hizo apenas una
ligera inclinación de cabeza. La palidez cubrió un momento sus
mejillas, y las muestras de desagrado se hicieron notables en su
fisonomía.
Hechos hay en que parece que la casualidad influyera como si
fuese consciente, como si preparase los acontecimientos; es decir,
como si dejase de ser casual y precaria a fin de disponer un
porvenir.
En este momento no hubo más asiento desocupado que uno cuasi
oculto entre la división del palco vecino y el de Eloísa, y que era
precisamente en el que se sentaba Eudoro todos los días. ¿Habría
voluntad para esto de parte de Eloísa? ¿Lo haría inadvertidamente y
como por costumbre?
Tíbulo pasó por entre los concurrentes y fue a ocupar aquel
asiento, que le fue ofrecido. Eloísa se apartó lo más que pudo y
volvió a contestar el saludo con una venia.
- Supe con positiva pena anoche que usted había enfermado. ¿Se
siente hoy mejor?
Una mirada con la cual hubiera querido partirlo como con un
rayo, fue lanzada sobre el joven a tiempo en que contestaba
fríamente:
- Sí.
Tíbulo recibió este primer ataque para el cual iba prevenido, y
continuó:
- Estuve hoy a las once en casa de usted y tuve la pena de saber
que había salido.
- Quizá.
- La noto hoy pálida, su mal ha debido ser muy grave, tales son
las huellas que ha dejado.
La joven hizo un movimiento de cabeza como de quien dice:
- Puede ser. Laura - dijo a una de las amigas que tenía más
cerca y como para cortar la conversación que tanto la contrariaba
-, mira aquel niño que ya alcanza un pañuelo de los de la vara.
- Sí, Eloisita, pero mira, no alcanzó y está bajando con una
velocidad vertiginosa.
- ¡Pobrecito!
- Eso pasa en la vida: cuando uno cree tener ya la posesión de
un objeto deseado, se le escapa como en un sueño. Eso estamos
viéndolo; ¿no es así, señorita Eloísa?
Tíbulo esperó ansioso la respuesta, pues ella podía revelar en
qué situación se hallaba Eudoro.
La joven calló, fijó la mirada en las torres de la Catedral y
arrancó algo del plumón rosado de su precioso abanico
Las puertas se cerraban por todas partes, pero el sitiador, como
veterano, no abandonó el asedio.
Entonces bloqueó, como maniobra decisiva para tomar la
fortaleza, el punto más guarnecido aún, a riesgo de ser rechazado y
hecho pedazos.
- Hoy - le dijo como con indiferencia -, no habrá ido a verla
Eudoro; ¿no es así?
- No lo sé - contestó sin poder ocultar un sonrojo -, y
despedazó otro plumoncito del abanico.
- Parece que está muy apenado y no se sabe de él.
Eloísa comprimió los labios como para que no se le escapase ni
una palabra, y volvió la vista hacia Tíbulo; pero no pudiendo
contenerse, dijo irritada, mirando a su adversario y arrancando más
plumones del abanico:
- Como debiera estarlo todo hombre de honor, y, más aún -y
acentuó sus palabras- los que sin dignidad ni respeto por la
sociedad corrompen a los demás o se hacen cómplices de hechos para
los cuales no hay calificativos. Esos, si vergüenza, si pudor
tuvieran, no volverían a presentarse en la sociedad, que
naturalmente los desprecia.
La primera descarga, como se ve, no pudo ser más violenta ni más
certera, pero la brecha había empezado a abrirse y era preciso
agrupar todas las fuerzas hacia ese lado flanqueable ya.
- Yo lo acompañé hasta las seis: de la mañana
- continuó, seguro de ser oído con atención-, pues debía
concurrir a un lance en el cual iba yo a ser su segundo. Pero por
fortuna quedó relevado de matar a su contendor, ya que ése se
suicidó a la hora misma en que debiera concurrir al campo.
- ¿Y él iba a batirse con ese muchacho despreciable que se dio
un balazo esta mañana? - exclamó sin poderse contener.
- O a darle satisfacciones, que bien merecía ese pobre
joven.
- ¿Y qué falta tan grave le había cometido?
- El era el novio de Carmen, la hija del carpintero. Y nadie
mejor que usted sabe que el joven tenía razón; así como nadie mejor
que yo sabe que usted tiene razón.
Cántaros de agua helada arrojados inopinadamente sobre Eloísa
habrían producido menos impresión de frío en toda ella que lo que
acababa de oír.
Un toro rompió en ese momento la barrera y corría atropellándolo
todo por frente al palco. Vino después la nube de jinetes que entre
el torbellino de polvo amarillento corría detrás con rejos de en
lazar y luégo la gente de a pie gritando y corriendo
desaforadamente.
Todos los del palco se asomaron, sólo ella quedó inmóvil
pensando acaso en la escena que había presenciado la noche
anterior, debajo precisamente de donde ahora se hallaba.
El tiro hecho a quemarropa acababa de herir al sitiador, pero
él, no dándose por notificado, continuó:
- Hoy Eudoro oculta su vergüenza quién sabe dónde, pues montó a
las siete, le hizo llevar al muchacho su equipaje y dijo en la
casa, al dejar la llave de su cuarto, que entregasen una carta a
quien estaba dirigida y que quedaba sobre su escritorio.
Este golpe, con el cual quedaba abatido el orgullo de la joven,
que echaba por tierra todo el plan concebido para el día, hacía
caer de las manos las armas, pues no había enemigo a quien vencer
con ellas. Su permanencia allí ya no tenía objeto.
- Y en verdad, Eloísa -insistió el sitiador avanzando cada vez
más-, que yo, en la posición que Eudoro tenía -se aventuró a
decir-, no habría hecho lo que él hizo, ¿Cómo preferir la hija
oscura de un artesano a la mujer más alta en la aristocracia, a la
más celebrada por su hermosura y elegancia? Las horas, los días,
los siglos, las eternidades, no serían suficientes para vivir en
constante adoración de una persona tan digna de ser amada como lo
es usted.
Al oír estas palabras, Eloísa miró a Tibulo con curiosidad y
como diciendo:
- ¿Y esto a qué viene?
- No extrañe esto que digo a usted ahora; mucho tiempo ha que lo
siento.
- Es usted muy galante, como siempre lo ha sido, y no es la
primera vez que de sus labios salen esas palabras -le contestó la
sitiada, que hacía esfuerzos valerosos para conservar su posición-.
Si no pecara de importuna, le diría que la pocilga y la señora que
están aquí debajo de nosotros no hace muchas horas oyeron de usted
las mismas o semejantes palabras.
Fue entonces a Tíbulo a quien, a pesar de su sangre fría en
estos combates, le salió el rubor a las mejillas.
- Pero yo hacía aquello por acompañar a Eudoro, quien realmente
está hace mucho persiguiendo a Carmen, y ellas son testigos de
cuanto hice por separarlo de ahí, recordándole el deber que tenía
de ir a llevarla al baile a usted. Y tan cierto es que Eudoro
quiere a esa muchacha, que el suicidio de Madero, no tuvo por causa
solamente lo que él presenció anoche, pues sus celos lo traían
mortificado hacía mucho tiempo. Lo de anoche acabó por convencerlo
y por eso se mató. El papel que se le halló en el bolsillo no puede
ser más explícito. Mire usted, tengo aquí copiado lo que él
escribió esta mañana probablemente.
La rica cartera pasó a manos de la joven y leyó, sin que hubiese
podido resistir a la tentación de reparar en lo que al frente, en
una bellísima letra decía: "Eloísa, ¡cuánto te
amo!"
La joven tomó el aire de gravedad tan propio en ella; era eso lo
que produce la reflexión o la sorpresa de un hecho inesperado, pero
luégo pensó: esta declaración acaso pueda servirme algún día para
saciar un despecho, o una venganza.
En este momento dieron las dos en las torres y los concurrentes
empezaron a partir para sus casas a comer de prisa para luégo
volver a las tres a ocupar sus puestos. El padre de Eloísa quiso
también partir, pero Tíbulo le hizo ver que aquello no tenía
objeto, puesto que habían de comer a las seis de la tarde, y que un
|lunch tomado allí mismo, en el palco, sería lo suficiente.
Después de que mandó a su sirviente para que del restaurante vecino
mandasen todo lo necesario, como lo había contratado, llegaron
varios sirvientes y corrieron las cortinas que adornaban el frente
de los dos palcos, y allí, en aquel lugar improvisado y oculto a la
vista del público, se sirvió una espléndida mesa con todo lo que
pudiera apetecerse. Las señoritas que acompañaban a Eloísa y varios
jóvenes amigos compusieron el personal más escogido que pudiera
hallarse. Los vinos generosos fueron servidos con orden y sin
interrupción, y los dulces, las conservas y las frutas extranjeras
de más precio abrían el apetito para saborear tan delicadas
viandas.
El champaña brotó entonces como perlas en los cubiletes de
cristal, así como la lengua se desató en los concurrentes, que sin
reserva revelaban a sus vecinos lo que sentían. Sólo Eloísa se
contentó únicamente con volver pedazos, distraídamente, el bizcocho
que Tíbulo le había suplicado que admitiese.
- Eudoro es un ingrato, Eloísa, porque después de que lo que es
lo debe a usted, me decía anoche en sus arranques de despecho que
se alegraba de lo sucedido, pues así ajaba el orgullo de una mujer
altanera, acostumbrada a creer que todo se lo debe a su hermosura y
su riqueza.
- No importa -dijo con desdén la ofendida-. Nosotros hemos hecho
una ganancia con haber perdido a un hombre sin dignidad y a quien
habré de postergar hasta envilecerlo. Mi venganza será terrible,
porque hoy odio a ese hombre tanto como ayer lo amaba.
- Bien merece su odio quien no la comprende, quien no la adora,
siendo usted tan digna de que no un hombre como yo sino la
humanidad entera, esté de rodillas, como lo he estado siempre.
Víctor Hugo ha dicho que hay situaciones en la vida en que
cualquiera que sea la posición del cuerpo, el alma está de
rodillas. Y así lo he estado en mi silencio. ¿No lo cree,
Eloísa?
- Lo creo -contestó, como quien piensa en otra cosa a tiempo de
hablar.
- Eduvigis -dijo llamando a su camarera-. Ve a casa, dile a mamá
que no nos espere hasta las seis y tráeme, de la mesa de los
perfumes que hay en mi recámara, la esencia de menta, frasco que se
halla dentro de un tubo de madera amarilla; ¿entiendes?
- Sí, señorita, conozco el frasco. ¿No es la esencia que le
hacían aspirar anoche?
- La misma. Pero mira que no tardes.
- No, señorita. En esto estoy aquí.
- Que alcen las cortinas. Quiero aspirar aire más puro -dijo-, y
se levantó de la mesa.
- ¿Se siente mal? - preguntó con solicitud Tíbulo -. ¿Llamo a un
médico, quiere aspirar alguna otra esencia?
- No, gracias -dijo con desgano-; lo que siento ya me
pasará.
Esto va mal -pensó el asaltador de la fortaleza-; ese odio, ese
rencor que manifiesta hacia Eudoro son brasas de un incendio no
apagado, es despecho mal encubierto. De ese odio rencoroso y
terrible a la reconciliación no hay más que un paso; de la
frialdad, el desdén y el desprecio se pasa al olvido con la mayor
facilidad. Prefiero que una mujer me odie y no que me desdeñe con
frialdad. Sin embargo, no hay que perder la esperanza; una mujer
orgullosa es capaz de todo, con tal de satisfacer su venganza. Lo
que importa es tener a Eudoro apartado de ella.
* * *
La cantina que estaba debajo se había colmado de gentes; las
venteras no alcanzaban a servir a todos los que llegaban, pues
aquello parecía una colmena alborotada. La venta, pues, no dejaba
qué desear.
La mesa de juego iba viento en popa, la concurrencia de
jugadores no podía ser mejor y el extranjero de la noche anterior
había hecho varios apuntes cuantiosos que había perdido. Con los
billetes de banco recogidos se habría podido devolver la suma dada
en préstamo por Tíbulo y les habría quedado lo suficiente para
hacer frente a los jugadores. Así estaban haciéndolo, cuando la
esposa penetró por en medio de todos gritando:
-Mauricio, ¡Carlitos está muriéndose!
- ¡No me lo digas! - gritó -, y encomendándole a don Laurencio
la dirección del juego, asociado de otro amigo para que le ayudara,
salió desesperado para la casa. La cantina quedó encargada a otras
mujeres, y los dos esposos partieron por entre la multitud, ebria
de placer, a buscar las calles en donde menos concurrencia hubiera
para llegar sin ser detenidos.
Cuando entraron, la casa hervía de vecinos y gentes amigas. Un
grito, un aullido general, los recibió y aunque trataron de
detenerlos, entraron precipitadamente a la alcoba, gritando:
- ¡Mi hijo! ¡Mi Carlitos! ¿Dónde está?
El cadáver, tibio aún, respondió con esa mudez de la muerte, tan
grave y tan solemne. Parecía que sus labios intentaban pronunciar
todavía el nombre de su madre, última palabra con que cerró su
vida... Desde el momento en que fue atropellado por el caballo y
que lo alzaron sin sentido, no volvió a ver más a los que le dieron
vida. El niño mimado, el orgullo y encanto de sus padres, había
muerto abandonado por ellos...
Si la humanidad ha sido creada para el sufrimiento, maldito el
destino que la trajo a la vida. Si el irracional es más feliz en su
insapiencia que el hombre con su raciocinio, maldita humanidad.
Según la opinión del médico, había muerto de una congestión
cerebral causada por el golpe en el cráneo.
Dejemos la casa en la consternación que produce la muerte de un
ser querido, dejemos a los padres hincados al borde de la cama del
hijo y con el rostro oculto entre las manos, y vamos nuevamente a
la plaza, en donde algo más nos espera.
¡Cuánto nos cuesta dejar secar la pluma empapada en lágrimas
para mojarla nuevamente en la copa rebosante de la alegría, la
locura, el frenesí de los que aunque por pocos instantes se creen
felices! Pero ésa es nuestra misión como narradores; ¿qué hemos de
hacer, sino cumplir con ella?