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XI

EL MISMO DIA. ANTES DE LOS ENCIERROS



Era el gabinete de Eloísa algo como el fondo del cáliz de un lirio, como la realización del sueño de un oriental. El misterio revelado, lo molicioso en acción, lo que el sibaritismo concibe de muelle fantástico estaba allí realizado. Nada había olvidado el buen gusto, nada había omitido la riqueza. La luz, que por entre cristales de color de rosa penetraba allí, se veía en consonancia con la atmósfera esparcida, atmósfera compuesta del perfume de todos los perfumes, hálito con que embalsamarán los ángeles la gloria que soñamos, esencia inodora para el profano y que solo aspira en toda su delicia un ser favorecido; porque la mujer, como un espíritu divino, solo se deja comprender y aspirar del mortal que haya logrado asimilársele.

En aquel lugar los muebles más ricos, los objetos de más lujo, sorprendían aun al que entrara diariamente, y era allí en donde el alma de la joven se expandía en éxtasis supremos o gemía bajo el peso de una contrariedad.

Sobre un diván de terciopelo con almohadones henchidos de plumas, estaba Eloísa cubierta aun con el traje de mañana. El abandono y la negligencia era lo que se notaba en toda ella. La bata de cachemira no cerraba sobre el pecho y al través de la batista se adivinaba, más bien que se veía, la palpitación aun no extinta de la noche de angustia.

Así queda el mar en los ribazos después de la tormenta.

El cordón de los chapines de seda roja había sido atado como con descuido y dejaba entrever el aristocrático pie calzado con media de seda color carne. El abundante cabello estaba recogido en una floja trenza, la que tan pronto rodaba de la espalda hacia adelante como se ocultaba entre los encajes que le rodeaban el cuello o entre la bata que mal cubría el pecho agitado.

En un |te-a-te de resortes estaban sentados los padres de Eloísa, que parecía obstinada en concurrir a la fiesta del día; para esto contaba ella con el apoyo del padre; pero la señora mamá opinaba que no debía volver a las fiestas.

- No, mamá - decía la joven -, nosotros no debemos darnos por entendidos de lo que ha pasado. Eso sería hacerle mucho honor a quien no lo comprende. ¿Piensa usted que si acaso lo que él ha querido es romper conmigo, no fuera a vanagloriarse de haber humillado a quien, arrogante, jamás se ha inclinado siquiera ante nadie? De ninguna manera.

- Tiene razón Eloísa - dijo el padre -; con el desprecio debemos pagar al que, villano, no ha sabido comprender el honor que se le hacía con que mi hija lo mirase siquiera. Quien tales hechos ejecuta, como los que anoche presenciamos, debe ser separado de la sociedad adonde nosotros mismos lo hemos llevado, para que vaya a asociarse con las gentes de su estofa, como las que ha buscado.

- Pero es necesario pensar en que esto se hará trascendental - replicó la señora -, por mucho secreto que se quiera guardar en el asunto, y entonces nosotros iremos a servir de hazmerreír de un público que, ya por envidia, ya por maledicencia, comente los hechos a su modo.

- Pero, mamá: ¿quién sabe que yo lo oyera? El que él hubiera ido a enamorar a la hija de un carpintero no es extraño en hombres sin dignidad como él.

- ¿Y tú cuentas con que Tíbulo no lo haya referido? ¿Y crees que esa gente no se haya vanagloriado de ello?

- Bien -dijo el padre-, ¿cómo cohonestamos ante nuestros amigos y relacionados, y ante el público mismo, nuestra ausencia de las fiestas?

- Con la enfermedad repentina de Eloísa, a la cual se atribuirá otra causa cualquiera.

- No lo crea, mamá, mi ausencia será nuestra deshonra y humillación. Postremos nosotros con nuestro desdén y nuestro desprecio al vil, al villano e ingrato que quiso ofendernos.

- Yo no sé, pero, en fin, hagan ustedes lo que quieran, ya que se encaprichan. Lo que yo veo en esto -insistió en decir sentenciosamente la señora- es que Eloísa no está restablecida, que, como es natural, está muy impresionable y que cualquiera contradicción o disgusto que tenga, puede costarle la vida, sólo por dar expansión a un orgullo llevado más allá de lo que el asunto lo merece. Ustedes sabrán.

Un momento después Eloísa estaba en su cámara privada haciéndose vestir de dos camareras que diligentes, querían complacer a su señora, quien, como si se tratara de un asunto sumamente grave, decía, torciendo la llave a un armario de palisandro que tenía un grande espejo en la puerta:

- Pero ¿qué traje me pongo hoy, Eduvigis? Uno de los que me han quedado mejor cortados es el de color de cereza con adornos rojos; sin embargo, lo tengo ya destinado para el teatro, y, además, no hay entre los sombreros uno que haga juego con ese color.

- Yo soy de opinión, mi señorita, que debe llevar ese que se puso anoche. Es el traje más lindo entre todos y el que más le sienta.

- ¿Cuál? ¿El de |moaré color de aurora que llevaba anoche al baile?

- Sí, señorita.

- Es ciertamente el mejor; pero lo tengo aborrecido, me trae recuerdos que quisiera relegar al fondo de un olvido eterno.

Luego murmuró como para consigo misma con una amargura desesperante: ¡Ingrato! Y quedó fija mirando un punto solo en la alfombra.

¿Dónde estaba su imaginación en este momento? ¿Qué pensaba? ¿Era el odio, el desdén, o acaso el amor ultrajado, pero no vencido, lo que en ella luchaba en aquel momento? ¿Quién sabe?... Un movimiento de orgullo la hizo volver en sí y con arrogancia dijo abriendo el armario:

- Sí llevo ese traje, pónmelo.

- Es lo mejor -dijo la criada desdoblándolo-; hoy es el día de más concurrencia y el en que la señorita debe lucir más sus gracias y riqueza que ninguna otra rivaliza.

- Eres ladina - la dijo cariñosamente -; eso puede ser cierto, pero yo...

Algo iba a decir que calló, pensando que con ello podría ajarse su orgullo ante sus criadas. Pero ciertamente que si interpretamos lo que ella callaba, nada puede compararse en la vida a la tranquilidad de espíritu. Marroquín lo ha dicho:

"Quien no lleva consigo la ventura,

ora viva en palacio, ora en cabaña,

en vano busca fuera de sí mismo

el bien supremo de la paz del alma".

Fuese luego a sentar en una butaca, afirmó los pies en un peldaño acolchado con piel de búfalo, echó la cabeza hacia atrás y dijo:

- Leonor, ven a peinarme, pero procura no tardar mucho, porque los encierros deben principiar hoy más temprano que de costumbre, según dice el programa que han repartido. Estoy impaciente por salir a la calle para ir al palco.

El lavamanos que había al frente era casi todo de mármol, y de porcelana de Sevres el rico juego que allí lucía. Los bellos frascos con esencias, pomadas y polvos, se hallaban en cajas de madera de rosa con incrustaciones de nácar; los utensilios necesarios de un gusto admirable, completaban el adorno de un mueble tan rico.

- Dame un libro cualquiera, Eduvigis... no, espera... tráeme el libro que está en mi mesa de noche. Ahí hay una poesía de Pinzón Rico que me satisface. Ese poeta y Pombo son mis favoritos.

Más de una vez fue abierto el libro y vuelto a cerrar sin que los ojos hubiesen recorrido una sola línea. La mirada distraída iba a dar por entre los cristales a la calle, pero sin que la fijase en ninguno de los viandantes.

- Mira -dijo a la camarera que la peinaba-: ¿quién es aquél que pasa por allí? Asómate pronto.

- Es -contestó-, el caballero Tíbulo, y, según parece, se dirige hacia acá.

- Ve -dijo con precipitación-, adviértele al criado le diga que hemos salido o que ahora no recibimos. Lo que me importa es hacerle comprender que no quiero verlo más en mi casa.

La fisonomía de Eloísa tomó ese aire de desdén tan característico en ella, y cualquiera pudo haber notado la palidez de que se cubrieron sus labios y sus mejillas a causa de la emoción desagradable por la que acababa de pasar.

* * *

Carmen, cuasi exánime, Dolores llorosa y una criada, son las únicas personas que hay al lado de la cama de Carlitos, el niño atropellado el día anterior.

Por fin llegó el médico, que después de preguntar a Carmen cómo seguía de su salud, pulsó al enfermito mirando el reloj de bolsillo. En seguida manifestó que habiendo cedido la hinchazón era preciso hacerle en ese día la reducción del hombro, la pierna y el tobillo dislocados; pero que para eso era preciso que algún hombre como don Mauricio le ayudase. El niño había caído en un marasmo completo, pero en este momento empezó a delirar.

- No en balde -dijo el doctor- la fiebre es tan intensa; lo que había temido puede presentarse de un momento a otro. El ataque cerebral sería funesto. Que traigan, pero inmediatamente, unos sinapismos; manden a la botica más cercana.

La criada salió, y no tardó en volver. Se los colocaron en la nuca y en el brazo no aporreado, pero no dio señal de impresión dolorosa alguna; se creyó, pues, que estarían pasados; pero al separar la punta de uno de ellos, después de cinco minutos, se vio que casi habían levantado ampolla. Tenía la mirada vaga como la de un ciego y extendía los brazos tanteando como para asirse de su madre, a quien no cesaba de llamar. Se conocía que el médico estaba en una situación azarosa y para salir de ella pidió en qué escribir una fórmula. Ordenó que de la bebida le suministrasen una cucharada cada quince minutos, aunque tuvieran que hacérsela tragar por la fuerza, y salió moviendo la cabeza y prometiendo volver dentro de una hora.

En este momento golpeó un sujeto a quien la criada hizo entrar en la sala, y Dolores salió a recibirlo. Cuando vio que era don Tíbulo, se inmutó tanto que no acertó con el asiento que debiera tomar. El joven la hizo sentar cerca de él, en el mismo sofá, y tomándole la mano, que ella no tuvo aliento de retirar, la dijo que le había impresionado dolorosamente lo ocurrido con ella y que por eso había ido a la oficina de Policía a sacarla de situación tan vergonzosa.

Dolores apenas pudo dar las gracias con voz imperceptible.

- Pero, amor mío -le dijo Tíbulo estrechándole la mano y acercándose más hacia ella-, ¿qué ha resuelto acerca de lo que le dije anoche? En verdad, usted no ha nacido para consumir su preciosa existencia en una estancia, ni vivir aquí en una casa como ésta. Si usted consiente en acompañar mi existencia, de suyo tan solitaria, irá a vivir en una quinta donde tendrá lo necesario, porque todo está listo para que llegue a gobernar su casa; los criados esperan para prestar servicio a sus amos. ¿Nos vamos? ¿Quiere que nos vayamos esta noche? Tengo listo un coche para que nos espere en la esquina del camellón. ¿La espero?

La joven calló.

- Usted no puede imaginarse la impresión que me ha causado su visita; yo nunca creí enamorarme de nadie, como lo estoy de usted. No he dejado de pensar un momento en la que me ha robado el corazón, la que se ha llevado mi alma. Dolores mía, déme alguna respuesta que me consuele.

La voz de alguien que llamaba hizo decir a la joven:

- Vámonos para donde está Carmen cuidando a Carlitos, que no pasará de hoy, según me dijo el médico.

- Es cierto -dijo Tíbulo poniéndose de pie-. No hace mucho estuve con don Laurencio haciendo un negocio, vi también a don Mauricio y la señora y no me dijeron que estuviese de tal gravedad. Así que, tenga la bondad de excusarme de que no entre allá, y vea en qué puedo ser útil; mis servicios son como usted sabe, espontáneos, debido a la grande estimación que les profeso.

Un apretón de manos más y alguna frase dicha en secreto, complementaron la despedida.

Dolores en sus diez y seis años tenía la bucólica y pastoral dulzura e inocencia arcadianas que tanto cantan los poetas, y la belleza de la hermosa flor de las montañas que nunca puede compararse con la delicadeza de la nacida y criada para los jardines. Era timorata como la corza que se aventura a pasear demasiado lejos de su madriguera, y amorosa como la paloma montés cuando arrulla en su nido. Ella ignoraba que en sus ojos se ocultaban chispas que incendiaban y que su sonrisa fascinaba hasta enloquecer; y por eso hacía un uso tan imprudente de tales atractivos. Hería sin saberlo; atraía, deseando muchas veces repeler. Mesalina, habría convertido en libidinosa a media humanidad enloqueciéndola; santa, habría sido adorada en vida aun por los incrédulos.

Oímos decir a Tíbulo que había estado con don Laurencio celebrando un negocio, y era verdad. Antes de verlo en casa de don Mauricio estuvo en la cantina a preguntar por la salud de Carmen y la del niño. Allí, casualmente, oyó a don Laurencio y don Mauricio, desesperando de conseguir dinero para antes de las doce, hora en que el monte debía estar nuevamente en actividad. Trataban, pues, de esto, cuando Tíbulo llamó a don Laurencio y le dijo:

- Dígame con confianza, mi querido amigo, ¿necesita usted dinero para ahora?

- Sí, señor, y precisamente pensábamos en lo difícil que nos sería conseguir una suma para antes de las doce.

- ¿Y cuánto necesita?

- Unos quinientos pesos.

- Yo se los doy, cuente con ellos.

- Le doy las gracias, don Tíbulo, ¿pero qué seguridad exige y qué intereses?

- Ningunos; para usted no hay necesidad de nada de eso, conozco su honradez y eso me basta.

- Pero un documento sí haremos, y si quiere, Mauricio será mi fiador, porque la suma es para los dos. El tiene su casa con qué responder.

- Eso lo arreglarán ustedes como a bien tengan. Pronto estuvo el documento redactado en el papel correspondiente, y cuando hubieron firmado el deudor y fiador ante testigos,

Tíbulo sacó una libreta de cheques que llevaba en el bolsillo y entregó uno por la suma indicada a favor de don Laurencio contra uno de los bancos más acreditados.

Es de advertir que ellos, de motuo proprio, fijaron el término de diez días para la devolución y un interés del dos por ciento mensual, en caso de demora.

Nada de lo que le ofrecieron en la cantina quiso aceptar, y, como hemos visto, inmediatamente partió para la casa de don Mauricio. Cuando volvió a la plaza, empezaba la animación, pues los alféreces habían empezado a embriagar al pueblo desde muy temprano. Cuando pasó por la mesa de monte de sus protegidos vio que había varios montones de pesos en frente al tallador y que la concurrencia de jugadores era numerosa.

- Vaya, pues -pensó-; a éstos los tengo ya por mi cuenta; son míos, pues ellos jamás levantarán de ahí con qué pagarme.

- Hombre -dijo al jefe de policía, a quien ya hemos visto-; preguntaba ahora mismo por tí a un amigo cuando te presentaste. Bien dicen que mentando al rey de Roma, presto asoma, o como dicen los franceses con la galantería tan propia de ellos: mentando a la rosa se siente el perfume.

- Pues aquí me tienes a tus órdenes, elegante Tíbulo.

- Entremos en esta licorería, que quiero hablar contigo- ¿Qué quieres tomar? ¿Tomamos champaña? Aquí no está tan mala.

-Tomemos, pues, champaña.

- ¡M. Bernard! Dos botellas de la mejor champaña que tenga.

- Será usted servido inmediatamente, caballero.

Los dos tomaron puesto junto a una mesa que estaba separada de los otros grupos, de manera que nadie podía oír lo que ellos conversaban en reserva. Luego que apuraron un vaso y encendieron cigarrillo, preguntó Tíbulo.

- Dime: ¿qué es lo que ha pasado con esos dos jóvenes y estas muchachas de la cantina que está aquí al frente?

- Pues te diré: el joven pastuso que se suicidó esta mañana era el novio de Carmen, la hija de don Mauricio, y en verdad se querían como dos pichones. Yo no sé si ese joven tenía o no padres ricos allá en su tierra, pero lo cierto era que de allá venía lo necesario para el futuro doctor, pues es de saber que él los tenía engañados con las noticias que mandaba de los grandes progresos que hacía en el colegio, al cual había dejado de concurrir hacía más de un año. Como los amores lo obligaban a sostener una posición falsa, se volvió petardista y llegó a hurtar en la casa de asistencia fincas de valor, no sólo a los demás comensales, sino aun a las señoras mismas que le daban de comer puede decirse que de balde, pues hacía mucho tiempo que no pagaba las mensualidades.

- Toma otra copa -dijo Tíbulo-, y sirvió para los dos.

- Ya el muchacho no salía de las casas de juego cuando llegaron las fiestas. Su compañero íntimo robó a su madre hasta el último anillo de tumbaga, y con el dinero que le mandó que cobrase y con el que el otro había recibido para hacer un pago, se dieron a disfrutar de las fiestas. Y como los amores habían de ir a la par de las diversiones, Escobero se dedicó a enamorar a Dolores, la que acertó a llegar a tiempo para pasar las fiestas.

- ¿Y lo quiere? ¿Qué crees tú?

- ¿De veras?

- Ella tiene novio allá en su pueblo y a la vuelta se casan.

- Como haber uvas.

- ¡Diablo! Me das una noticia... Pero tomemos otro poco y continúa tu historia, que me está interesando.

Después de haber apurado otra copa, continuó;

- Es de advertir que el matrimonio de Carmen con Madero estaba pactado para dentro de un mes, y el objeto principal de la pobre muchacha ahora no era otro que el de aumentar sus ahorros en la cantina para llevarlos al matrimonio.

- ¡Pobrecita!

- Pero bien, los muchachos se vieron alcanzados, porque mientras más ganaban en el juego, más locos eran, y entonces se propusieron hacer un robo que les habría salido muy bien si no hubiera sido por un descuido de Madero.

- ¿Y cómo fue ese robo?

- Sacó de la casa Escobero una olleta grande de cobre y fueron a empeñarla adonde un Rodríguez, que da dinero prestado sobre fincas y que generalmente se las come por un pan. Si el que empeña no lleva el dinero el día señalado, la finca aparece como vendida por el dueño al usurero y se la chorrea.

- De suerte que hacen un contrato de retroventa.

- Exactamente.

- ¡Qué ladrón!

- Allí van, pues, todas las gentes necesitadas, y empeñan desde las enaguas, la miserable mujer, hasta el anillo o el collar de brillantes la dama encopetada.

- ¡Y ahora en las fiestas cómo habrá robado!

- Aquella tienda no se vacia a ninguna hora y ya ha estatuído que sobre relojes no da nada, a no ser que sean de oro. Les tiene asco ya a las máquinas de coser, pues dice que tiene tantas, que se le han indigestado. ¡Ah! Las fiestas han sido para él verdaderas fiestas reales; ni un cura en día de ánimas coge tanto como él.

- Agotemos esto y que nos traigan más. ¿No te parece?

- Así a soplo y sorbo no, hombre; no tenemos calentura.

Rió Tibulo de la ocurrencia y dijo:

- Sigue, pues, la historia de ese robo.

- Había hacia afuera del mostrador unos cuantos barriles y otras zarandajas amontonadas, y detrás de ellos y provechando el bullicio de tanto necesitado, se escondió y esperó la noche.

- No era tan tonto ese diablo.

- No, señor.

- Y entonces, ¿por qué se mató ese mandria?

- Por los amores.

- ¡Qué torpe y falto de mundo!

- Ahora verás. Acostumbraba Rodríguez, y esto todo consta de la denuncia y las declaraciones, salir a tomar chocolate a su casa, que no está muy lejos, para después volver a hacer sus cuentas. Como la cerradura es de las que al ajustar se cierran como con llave, él ajustó y se fue.

Madero encendió una vela que encontró, según se vio después, abrió el cajón del, mostrador, sacó como unos quinientos pesos en billetes y dinero, según dice Rodríguez, y un magnífico reloj de oro que estaba con su pendiente en una cajita guarnecida de terciopelo morado.

- No sería tanto lo que había, y ojalá hubiera sido bastante, pues ladrón que roba a ladrón...

- Es cierto -dijo el otro, teniendo en cuenta el final del refrán-. Como a las siete salió, pues, como tú sabes, esas cerraduras se abren por dentro por medio de un botón. Salió, y como si fuera el dueño de la tienda cerró con estrépito, pero al bajar el quicio se sintió detenido.

¡Y eso, hombre! ¡Algún espanto! No salgas con esas.

- A causa de que el saco color carmelita que usaba había sido mordido por la puerta como el dedo del oidor Meza. Pero el joven cortó segura mente con una navaja y siguió a unirse con Escobero, que lo esperaba en la puerta de una tienda del frente.

- Fuera por casualidad...

- Espera -le interrumpió Tíbulo-, ahora sí será conveniente que sirvan más; ¿no te parece?

- Bueno.

El joven pidió se le repitiera el champaña, y el otro continuó:

- Bien fuera por casualidad o de hecho pensado, dos mujeres que había como esperando en la esquina de la plaza, se les unieron apenas llegaron y pareció que conversaban misteriosamente con ellas.

No tardó en llegar Rodríguez, y al entrar lo primero que le llamó la atención fue el olor a pavesa que había en la tienda, notó que la vela acababa de ser apagada, fue al cajón y lo encontró vacío; y haciendo inquisiciones acerca de lo demás que pudiera faltarle, notó que el reloj, que por falta de tiempo no había guardado en la caja, no estaba en donde lo había dejado. Corrió a la puerta y examinó la cerradura, y la halló bien, buscó algún vestigio de fractura y no encontró ninguno. El ladrón, pensó, debe estar adentro, pero buscó hasta en las rendijas del armante y no halló a nadie. Abrió entonces la puerta para inquirir algo de los vecinos, y vio que en el suelo había un pedazo de paño color carmelita. ¡Ta!, dijo en el acto, y empezó a cavilar. Recordó a los jóvenes de la olleta, a quienes a su vuelta para la tienda había visto subir a encontrarse con las dos mujeres que esperaban, pensó en que las cantineras eran las amantes de los ladrones y que acaso estuvieran en el complot. Con todo esto en la cabeza se presentó a dar su denuncia.

- Pero bebe, que tendrás la lengua seca de tanto como has hablado.

- Porque tú me lo exiges.

- Ya lo sé, y te lo agradezco.

- Qué bueno está este champaña, en realidad.

- ¿No te digo que es de lo mejor que hay por aquí hoy? Yo me alegro de haber encontrado esta mina. Voy a comprar el que quede. Pero, volviendo a nuestro asunto, ¿por qué fuiste a llevar a tales horas a esas jóvenes a la oficina de policía y luego las dejaste encerradas con las vagabundas recogidas en la noche? Ellas no merecen eso, por su posición ni por su rango social, sea cual fuere la escala en que estén colocadas.

- Es cierto, pero ellas quedaron ahí por un olvido mío.

-Caro te costará el olvido; esa clase de ultrajes nunca se extinguen Y quienes eran las mujeres que esperaban y con las cuales confundieron a las cantineras?

-La caricortada y una compañera, compinches de esos jóvenes.

- ¿Y por eso las tienen en el retén?

-Sí.

- Ponlas en libertad ahora mismo Te lo aconsejo de buena fe y como amigo.

- ¿Cómo he de soltardas apareciendo cómplices?

- Suéltalas, sobre todo a la caricortada, ellas no se van y cualquier día vuelves a aprehenderlas fácilmente.

- Las soltaré por darte gusto.

- Por darme gusto, no; yo nada tengo que ver con ellas. Lo hago por ti, y yo sé lo que te digo.

- Ni yo tampoco tengo que ver con ellas sino para vigilarlas.

- Acaso tú tengas más que yo. Mira que una cosa piensa el pollino y otra el que lo está ensillando. Yo sé lo que te digo. ¿A qué horas te dio Rodríguez la denuncia?

- Como a las diez, porque no me hallo más antes. Estaba en una tertulia en casa de unas muchachas.

- Entonces, tú no quisiste aprehender a esos jóvenes y hoy, moralmente, eres la causa de la muerte de Madero.

- ¡Cómo! Madero se mató porque vio a Carmen en brazos de Eudoro, a quien acompañabas anoche.

- ¡Eso es falso! -dijo Tíbulo golpeando la mesa. Aquello no pasó de una cena en la que tomamos algo de champaña.

-Eso dijo él, y en prueba de ello, mira:

El jefe sacó de una cartera un papel ajado y con una pequeña mancha de sangre. Lee y convéncete -dijo dándoselo-; este papel se le halló en un bolsillo y lo tengo para agregarlo al sumario.

Tíbulo leyó lo siguiente, escrito con pulso poco firme, según lo revelaba la letra:

"La mujer a quien había escogido para compañera de mi vida me ha sido infiel. No hay en quién fiar en el mundo. ¡Adiós!"

- ¿Y entre sus papeles nada más se le ha hallado?

Nada más, unas cenizas, que serían de sus cartas privadas y que acaso quemó un poco antes de darse el balazo, pues el baúl único que tenía estaba abierto y en desorden todo lo que guardaba.

- Déjame copiar esto, porque me importa.

- Cópialo si quieres, eso es, y será público.

Tíbulo sacó una cartera e hizo que su compañero le dictara, y luégo dijo:

- Sirve más champaña en tanto que guardo mi cartera y contéstame a una pregunta:

- La que gustes.

- ¿Por qué no aprehendiste anoche a esos dos jóvenes?

- Porque no los hallé.

- ¿No los hallaste? -le preguntó mirándolo sin perderle un punto la vista.

- No los hallé.

- Cuando ellos salieron de la mesa del monte de don Mauricio y don Laurencio, después de haber ganado algunos centenares de pesos, ¿no estuviste con ninguno de ellos?

- Con ninguno de ellos.

- Dos sujetos salieron como a las dos de la mañana de la cantina que está debajo del palco del presidente de la república y se dirigieron al pie de la escalera de un palco, después de haberse cerciorado de que por allí nadie había, conversaron algo y uno dio al otro cien pesos en billetes.

Las miradas de ambos se encontraron, la una con aire de inquisición profunda, y la otra con una admiración que más revelaba aturdimento que sorpresa.

- Suelta a la caricortada y su compañera y procura echártelas entre el bolsillo.

- Me admira tu obstinación.

- Es por tu bien. A ella fue a quien le oí decir esta mañana a grito entero en el retén esto que te he dicho. Ellas estaban sobre la escalera del palco oyéndolo y viéndolo todo - le dijo acercándosele y hablando sumamente quedo.

- Voy a soltarlas - fue todo lo que articuló el guardián de la sociedad, y de pie, se despedía ya, cuando Tíbulo le dijo:

- Aun queda champaña, siéntate, que tengo que hacerte una súplica.

- ¿Cuál es?

- Tú me ayudarás con tu influencia y tu autoridad a sacar de la casa a Dolores, la hija de don Laurencio.

- ¿Estas loco? -preguntó con tamaños ojos abiertos.

- No lo estoy.

- ¿Pero qué he de hacer para eso?

- Tú sabrás; pero mañana en la noche debo encontrarla en la quinta de... que está amueblada para eso. Si necesitas comprar criada, tomar coche o cualquier cosa, haz el gasto, que para eso sirven cien pesos… - Y le dijo esto dándole un golpecito en el hombro con tal sorna, que lo enfrió-. Después me pasarás la cuenta, que te será cubierta religiosamente. Conque no ahorres gastos y manos a la obra.

Y los dos amigos se despidieron.

El jefe de policía es mío también, eso me servirá de mucho -pensó Tíbulo, y se fue para la plaza.

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