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¡EN UN SOLO DIA!
Como los corredores de los portales, tanto los altos como los
bajos, quedaron cubiertos con los palcos y las cantinas, la
oscuridad era completa en donde el gas no alcanzaba a disiparla;
así, pues, las confiturías, los establecimientos donde se expendían
licores y los almacenes, estaban permanentemente alumbrados y
producían un aspecto semejante al de los túneles. Era ese pasaje a
todas horas un hormiguero inextricable de gentes que subían y
bajaban las incómodas escalerillas que conducían a los tablados, de
las que colmaban las ventas, de las que entraban al Hotel de Violet
y Faccioto y salían de él, y de las que, más desocupadas, buscaban
lances de distintas clases favorecidas por la oscuridad.
El gran portón de la casa municipal estaba a todas horas
custodiado por dos centinelas que eran relevados de hora en hora, y
los que formaban el cuerpo de guardia descansaban de su trasnochada
o de los efectos del licor, sentados en silletas desvencijadas, o
tendidos por el suelo al pie de las armas que tenían recostadas
contra la pared.
Las siete de la mañana serían cuando, al tratar un grupo de
entrar, fue echado a la espalda por los centinelas. Entonces un
hombre alto, pálido, enjuto, y con gran mostacho que casi alcanzaba
a ocultar la solapa de un gabán en que venía envuelto, preguntó en
voz alta por el oficial de guardia, quien fue llamado por el cabo
de relevo. Profundo era el sueño, y no era para menos, de que se
hallaba disfrutando en una silla, cuando al grito despertó.
- ¿Qué se ofrece? -preguntó de mal humor al que halló a la
vista.
- Es que el jefe de la policía -le contestó el interpelado-,
quiere entrar con unos hombres que trae presos.
- Que siga y no me interrumpan.
Atravesaron el cuerpo de guardia y subieron una serie de
escaleras, el jefe, a quien ya hemos visto, dos hombres, uno de
ruana pero bien vestido, y el otro con el traje que se usa entre lo
que se llama gente decente. Una mujer, oculta por el rebujo, iba
acompañada de otras, y sollozaba y subía con dificultad las
escaleras, que parecía le fueran interminables. Este grupo entró
por fin a una pieza del corredor último, y que daba vista sobre dos
patios pequeños divididos por una alta pared. En el departamento
interior estaban las mujeres vagabundas aprehendidas en la noche
anterior, las que por robos, hurtos, riñas y heridas habían caído
en manos de la policía, y las que fueron sorprendidas propinando
licores narcotizados a unos hombres del campo, con el objeto de
robarles.
Había allí grupos dignos del estudio de un naturalista.
Una joven alta, rolliza, de fisonomía que tanto participaba de
lo simpático como de lo repulsivo, que tenía a uno y otro lado de
los labios cicatrices de cortadas que le llegaban hasta cerca de
las orejas, estaba rodeada de otras jóvenes más o menos hermosas,
pero que revelaban en los ojos rubicundos unos, ojerosos otros, la
orgía ininterrumpida en que habían pasado las fiestas hasta la
noche anterior.
- A mí - dijo la caricortada -, que me lleven pronto al divorcio
o me suelten hoy mismo de aquí. Da risa ver ese su divorcio: como
allá desde el director para adelante, todos están muertos de
hambre, porque no hay con qué darles raciones, por una peseta le
abren la puerta a
|uno y le sirven de alcahuete desde el
mandón para abajo. Y como yo no ando con el bolsillo escueto, miren
(dijo golpeándose un bolsillo) a cualquiera compro, desde ese
sinvergüenza que está allá arriba y que nos trajo esta madrugada,
hasta el presidente de la república.
- Mira, Zoila - dijo dirigiéndose a una de las Jóvenes que
formaban el corro-:
|vos callate y no
|digás nada de lo
que
|sabés. Porque ahí donde ven la seriedad de ese
encanijado que hace de jefe de la policía, es más pícaro que todos
los que trae aquí por culpables. La otra noche le quitó un
revólver, y se quedó con él, a un joven, porque es
|que iba a
pelear; al que se mató esta mañana le quitó cien Pesos por no
traerlo todavía a la cárcel, y eso pasó delante de nosotras, que
estábamos oyéndolo escondidas detrás de un tablado. ¿No es verdad?
-les preguntó.
- ¡Sí! -contestaron todas a voz en cuello.
- Y que no se meta a
|funes con nosotras, porque le
sacamos los cuerecitos al sol -dijo otra -; le sabemos más de
cuatro podridas. En
|puritos billetes, de los que estaba
ganando ese pobre muchacho, y que quizá le hubieran servido para
desquitarse después, le dio esta madrugada la
|plata y en
después fue a cogerlo, pero él se dio primero el balazo que dejarse
coger. Bien hecho. Pero eso sí, al compañero, el hijo de la niña
|Duviges, no lo cogen, aunque se despezuñen; sólo yo sé dónde
y con quién está.
Otras mujeres, que se conocía habían sido llevadas hacía algunos
días, estaban encerradas ahí, remendaban sus ropas o estaban
tendidas por el suelo, durmiendo con la tranquilidad de quien se
halla en su cama.
No faltaban algunas que ocultaban la cara para no ser vistas de
los que se asomaban a los corredores altos; jóvenes que
probablemente aun no estaban avezadas a la vida de escándalo o que
por alguna equivocación habían sido llevadas a ese antro
infernal.
Cualquiera podía notar a primera vista que la mayor parte de
esas hijas de la prostitución miraba con risa irónica a dos mujeres
vestidas decentemente y que ocultaban entre sus sereneros la cara
de una manera pertinaz. Oíanse, por más que querían ahogarlos, los
sollozos de un llanto lastimero que nadie consolaba, ya que su
desgracia, y probablemente su inocencia, servía de satisfacción a
quienes, por un espíritu de perversidad o egoísmo, se congratulaban
con el mal ajeno.
Pocilga colmada de inmundicia, vaso rebosante de iniquidades,
era aquel espacio en que, como los gusanos en el cadáver, se movían
en distintas direcciones, esos seres desgraciados.
En otro patio estaban los hombres; es decir, los ladrones, los
rateros, los estafadores, los promotores de riñas, los que dan
cortadas sin profundizar la herida, los que se prestan como
alcahuetes a oficios degradantes, los que de toda prisión se
burlan, pues de todas se escapan, los compañeros naturales y
forzosos de las mujeres ladronas y estafadoras, de las que roban
niñas para educarlas en el crimen. Esos, los socios y corchetes de
las asquerosas arpías, son los que allí se encuentran en días como
el en que nos hallamos.
Esos hombres jugaban a los dados en el suelo, sobre alguna
ruana, o los botaban desde lo alto, exhibiendo cada cual su pericia
en la mala fe. En otros grupos jugaban tabas,
|pite o naipes,
y alguno pasaba su tiempo en amolar contra una piedra algún mal
cuchillo, arma que nunca se aparta del cinto de ningún bandido de
esos. Ruana al hombro, sombrero ladeado sobre la oreja, aire de
perdonavidas e insolencia en la mirada, se veía en algún grupo que,
con voces trasnochadas y algún mal encordado tiple, entonaba
bambucos con versos indecentes.
Dejemos allí esta excrecencia asquerosa de la humanidad,
favorecida, alentada por la ocasión para cometer el crimen, ya que
está al abrigo de una sociedad puesta en ebullición con pretexto de
las fiestas, y recorramos, aunque sea en parte, este palacio de la
justicia, el sagrado recinto municipal convertido ahora en un
hormiguero indescifrable.
Como allí se hallan las oficinas de la alcaldía, las de la
municipalidad, las de los juzgados de distrito, policía o
recaudaciones, vense a todas horas subir, bajar, pasear, entrar,
salir y barajarse a multitud de gentes, de aspecto siniestro
algunas, y que son, por lo regular, los tinterillos, pesadilla de
los juzgados y de las oficinas de policía, plaga infernal que vive
del sudor de los pobres y de los ignorantes que caen en sus garras,
a quienes esquilman a su sabor; vense también los que, demandados,
esperan la decisión de los jueces; los que han sido citados para
que rindan alguna declaración; las mujeres que riñen a grandes
voces sus querellas, ya sea en los corredores, ya delante de los
jueces, en el curso de la demanda; los que van a dar denuncias de
los crímenes cometidos en la noche anterior, y que con la cara
ensangrentada, los brazos rotos y heridos y la cabeza hecha
picadillo, esperan maldicientes la hora de ser oídos; los empleados
que van a sus oficinas y los que en ellas tienen negocios, y en el
día de que nos ocupamos, las familias de los que van a los balcones
del tercer piso para ver la fiesta del día.
Al través de aquel hormiguero indescriptible pasaron las
personas de que al principio hablamos, y una vez sentado el jefe de
la policía en su gran silla, ordenó que sólo uno de ellos quedara
allí y que los otros dos salieran al corredor en tanto que se
tomaba la indagatoria. Escrita por el secretario la introducción, y
preguntado su nombre al sindicado, respondió que se llamaba
Mauricio Flórez. Fue preguntado después si conocía a los jóvenes
Madero y Escobero, y contestó que sí, que la noche anterior habían
estado jugando en la mesa de monte de dado que él y don Laurencio
tenían, que después de haber ganado se habían ido, y que no había
vuelto a verlos más. Otro tanto dijo don Laurencio, poco más o
menos, y la esposa de don Mauricio dijo que los había visto a la
madrugada en su cantina, pero que no había vuelto a saber de
ellos.
- ¿Y de qué se nos acusa? -preguntó don Mauricio.
- En la denuncia dada por un robo que hicieron esos jóvenes
anoche en una tienda, se les acusó como cómplices, por ser ellos
los novios de las hijas de ustedes, y de haber sido instigadores. A
ellas se las vio esperando en la esquina, en tanto que el ladrón
salía y que su compañero esperaba en la puerta.
- ¡Ellas! - dijo la mujer -, cuando en toda la noche no se han
separado de mí en la cantina hasta esta mañana, en que fueron a
llamarlas de parte de la autoridad.
- Yo no sabía nada -dijo don Mauricio-. ¿Y dónde están?
- En casa deben estar.
- No, señora, están detenidas hasta que haya quien preste una
fianza por ellas.
- ¿Y dónde las tienen? - preguntó don Laurencio con
desesperación.
- Allí, mírenlas ustedes -dijo un joven señalando hacia el
patio.
Este era el mismo joven que había acompañado a Eudoro a cenar
con ellas en la cantina, la noche anterior.
- ¡Mi hija Carmen! -gritó la madre al verla allá en un rincón,
cubierta con el serenero y mezclada con todas las mujeres perdidas
que allí había.
- ¡Dolorcitos! - gritó don Laurencio con las lágrimas en los
ojos y que ya se le saltaban. ¿Qué hacemos para sacarla de ahí?
- No tengan cuidado, yo vengo a servir de fiador, y espero que
el señor jefe de la policía me acepte y extienda la diligencia del
caso.
- No tengo inconveniente -contestó éste-, e inmediatamente se
expidió la orden para que las dejasen salir.
Poco tiempo después, y sin llegar a la cantina por frente a la
cual pasaron, iban para la casa de don Mauricio todos, cuando por
frente del hospital vieron que sacaban una caja cerrada para ser
llevada al cementerio.
- ¿A qué pobre llevarán allí? -dijo con lástima Carmen.
- A Cruz Madero, que se suicidó esta mañana - contestó fríamente
el joven que las acompañaba.
- ¡Cruz Madero! No puede ser -dijo Carmen palideciendo aun más
de lo que estaba.
- ¿Cruz Madero, el que acompañaba a Fideligno Escobero?
-preguntó, a su vez, don Mauricio.
- El mismo -volvió a contestar con igual frialdad el joven.
- ¡Dios mío, cuánta desgracia! -dijo como desesperada la madre
de Carmen.
Nadie acompañó a aquel cadáver; nadie fue a botar en la
sepultura la última puñada de tierra; nadie fue a humedecer la fosa
con lágrimas de despedida eterna; nadie fue a cruzar dos palos para
clavarlos sobre la tierra recién removida y significar el signo de
la redención; nadie… ; la tumba del suicida apenas inspiró
horror a los sepultureros, y nada más. Todo estaba concluído.
La distancia separaba a los padres de ese desgraciado, la
vergüenza separaba a la amante.
Sobre esa tumba nacerían las zarzas y los cardos, pero jamás la
flor del recuerdo cuidada por una mano cariñosa.
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Desde allí en adelante, hasta llegar a la casa, todo fue
silencio interrumpido solamente por uno que otro sollozo
entrecortado.
El servicio prestado tan espontánea y oportunamente por el joven
a quien apenas conocían de nombre fue agradecido por todos y, desde
luego, la casa le fue ofrecida, prometiéndole que les haría una
grande honra si se dignase alguna vez visitarlos.
Pidió permiso Carmen para retirarse un momento, y apenas hubo
entrado a una pieza en donde se halló sola, dio un grito largo,
agudo y desesperante que hizo salir a la madre y a Dolores
precipitadamente. Cuando entraron, la joven estaba sobre una cama,
y se conocía que había caído exánime, pues tal lo demostraba la
posición en que se hallaba. Trataron de acostarla sobre su lecho,
pero e1 desmadejamiento del cuerpo era tal que les fue imposible
alzarla. Llamaron entonces a don Mauricio a tiempo en que se
despedía el joven manifestando su sentimiento por lo que había
pasado y ofreciendo sus servicios para cuando los creyesen
necesarios.
Así permaneció Carmen hasta que llegó el médico que había sido
llamado para que asistiese al niño estropeado el día anterior. Con
la aspiración de algunas sustancias como éter y amoníaco, volvió
ella en sí después de una hora de privación absoluta.
¡Pobre joven! Para ella, que no estaba acostumbrada a sufrir,
era demasiado el peso con que la desgracia la había abrumado en tan
pocos días.
Pero el tiempo corría y era necesario pensar en quién debiera
continuar en la cantina, ya que las dos jóvenes no debían volver, y
era, sobre todo, urgente, salir a hacer cualquier sacrificio para
conseguir dinero a fin de reponer la pérdida total hecha en la mesa
del monte, tanto más cuanto que aquel día probablemente iba a ser
de gran concurrencia, por ser el de las carreras. Don Mauricio
pensaba buscar dinero ofreciendo su casa, y don Laurencio sobre su
estancia, tan conocida en Bogotá por las numerosas personas que
constantemente iban a mudar de clima a su pueblo. Por lo que hace a
la esposa de don Mauricio, se fue a la cantina, en donde había
preparado con anticipación cuanto creyó se necesitaría en un día
tan concurrido como aquel.
Se ha presentado en escena un nuevo personaje, que acaso sea de
lo más importante en el curso de esta historia, y del cual nada
hemos informado al público acerca de quién sea. El joven que
acompañó a Eudoro en la cantina y que luego no se le se paró hasta
que vino el día, el que tan generosamente se prestó a fiar a las
dos jóvenes que se hallaban detenidas, es Tíbulo S..., que apenas
cuenta veintiocho años de edad, pero que, en cambio, conoce el
mundo que ha estudiado desde niño en las capitales europeas y, más
aún, entre nosotros, aunque no hace muchos años que está de regreso
en Bogotá. Su herencia, que él mismo maneja, le produce una renta
bastante para vivir no solo cómodamente, sino para dilapidar en
darse gusto. Es él uno de los reyes de la moda y uno de los
elegantes de mayor tono. Su familia, que es perteneciente a la alta
sociedad, adora en él, y sus padres le celebran, más bien que
reprenderle, sus travesuras, como ellos llaman las fechorías, aun
las de más gravedad. Es su fisonomía simpática, y son su cuerpo
como sus modales aristocráticos y de buen tono. No sería un
Lovelace o un don Juan Tenorio, pero lo cierto es que la historia
de sus lances rodaba de boca en boca, y por lo que hace a su modo
de ser, los hechos de esta narración nos dirán quién es.