IX
SIGUE LO DEL CAPITULO ANTERIOR
Hemos andado con tanto descuido acerca de ciertos personajes que
figuran en nuestra narración, que tal parece sólo por tener el
gusto de agrupar caracteres en el cuadro los hubiésemos traído.
Pero no es así; por más que se nos hayan quedado un poco atrás, ya
los iremos sacando de entre la sombra. Con pocas pinceladas los
haremos visibles; unos golpes de luz atinada nos bastarán.
Aquellos dos jóvenes que jugaban en la
|Torre de Malakoff
ya quienes vimos perder el dinero que el padre había enviado a uno
para hacer un pago en un banco, así como al otro el que su madre le
había mandado cobrar, son aquellos nada menos que aparecen en el
tercer palco después del de Eloísa y el de don Mauricio Flórez y
don Laurencio Pabón. Cruz Madero es el uno y Fideligno Escobero es
el otro; es decir, dos garrotes, ni más ni menos, que habían de dar
candela en las fiestas. A Madero, joven de veintidós años, hace
cuatro que lo en vió su padre a educarse en uno de nuestros
colegios, a pesar de tener sólo en Pastó - ¡calculen qué
distancia!- para sostener al resto de la familia y para mandarle al
hijo con qué haga sus estudios.
Lo natural es que el mozo, al cuidado de sí mismo, procurara
darse gusto; y como los libros son tan pesados, los catedráticos y,
superiores tan molestos y las horas de concurrencia tan exigentes,
resolviera no volver más al presidio y aprovechar sus veintidós
años, su bozo en cierne y su natural presunción. Dinero no había de
faltarle, porque el padre se desvivía por su hijo, el que, según
las cartas que correo tras correo le llegaban, volvería con su
grado de doctor entre el bolsillo; ¿qué más podía desear?
Era Escobero otro ídem de la misma calidad y poco más o menos de
igual edad que su compañero, hijo único de una viuda trabajadora
como ella sola. Aquella pobre mujer no comía ni dormía por asistir
su tienda de chichería, por cumplir con sus comprometimientos como
panadera y, sobre todo, por darle lo necesario a su hijo querido,
que hacía progresos en el colegio. Si los directores informaban
mal, pues no concurría, la pobre mujer lo atribuía a ojeriza porque
no era de familia de los encopetados; si la policía daba cuenta de
que los vecinos se quejaban de que ya no podían con las nada
decentes diversiones de su hijo, que al principio no dejaba teja
buena por robar las papayas, y luego, alzándose a mayores,
inquietaba a las sirvientas, pues molestia teníamos y el policía se
iba con las orejas calientes y el
|niño era más ajonjeado en
ese día.
Como se ha visto, estos Cástor y Pólux o Pílades y Orestes
partían de un confite, así que una era su suerte, una su esperanza
y uno su porvenir. Pero la parte seria de todo esto, si hay algo
que pueda ser más serio, era que Madero había conseguido volver
loca a Carmen, a la encantadora hija de don Mauricio, y a éste lo
había engañado con lo fabuloso de las riquezas que poseía en su
pueblo. Y como en verdad siempre tenía dinero que gastar, pues
tanto peor. Y como Escobero, para no quedarse solo, emprendió la
conquista de Dolores, la hija del alcalde don Laurencio, tenemos ya
que todo quedaba en casa para los dos, que a ninguna hora se
separaban.
Ahora sí nuestros lectores, por muy poco que quieran ayudarnos a
maliciar, atarán cabos y nos seguirán en el laberinto en que nos
hemos metido.
Las doce de la noche daban los relojes cuando el pequeño recinto
en donde estaba el monte de dado de don Mauricio se hallaba lleno
de apuntadores y curiosos. Algo más de mil pesos habría de fondo y
por entonces los talladores llevaban segura la ganancia.
Un tahur extranjero a quien la fama señalaba como el jugador más
audaz y manejador de grandes sumas, pidió puesto para sentarse y
desde luego se le vio inmediatamente entre los jugadores. Un rollo
pequeño de billetes cayó sobre las suertes, y apenas hubo caído el
tallador dijo
|ases y arrastró cuatrocientos pesos, que era
lo que el extranjero había apuntado, con las otras sumas que otros
varios habían puesto.
Es costumbre que cuando alguno tiene fama de ser favorecido por
la suerte, lo siguen, los demás en sus apuntes así era que el monte
podía alzarse en un momento o venir a la nada con sólo unos golpes
de la suerte contraria.
Siguieron apuntando y la suerte se mostró una, dos, tres veces
más propicia a los talladores. Perdería el extranjero unos
ochocientos pesos, así como los demás que lo seguían sus pequeñas
sumas, cuando entraron los dos jóvenes, cada uno con una suma de
billetes, pidiendo puesto para apuntar.
No pareció corriente que Cruz Madero, a quien se consideraba ya
como de la casa, fuese a jugar en contra de don Mauricio; pero
aquellos jóvenes, ebrios y despechados, apenas veían lo que pasaba
y empezaron a jugar.
Algo siniestro pasó por don Mauricio y don Laurencio: los
tahures tienen ciertas preocupaciones, reglas infalibles para
ellos, de las que no pueden prescindir. La llegada de los dos
jóvenes, quienes apuntaban en contra del extranjero, pareció la
señal para que éste y todos los que lo seguían empezasen a ganar,
sin perder un solo apunte. Entonces los apuntes fueron cuantiosos y
el monte empezó a mermar poco a poco.
Como los dos jóvenes parecían ser la causa de la pérdida del
monte, algunos amigos los sacaron con pretexto de ir a beber a la
cantina, y siendo así que iban con buenas ganancias, se propusieron
gastar cuanto más pudieran. Pero ¡cuál fue la admiración de los dos
enamorados cuando vieron que todo se había ido para quién sabe
dónde y que sólo la madre de Carmen daba respuestas incoherentes
acerca de lo que fuera de su hija y de Dolores!
- Unos policías vinieron a preguntar por usted - decía con la
vaguedad que produce el licor en la imaginación-; dos señores las
acompañaron y se fueron.
- ¿Para dónde? ¿Quiénes son ellos?
- No sé: uno como que era un policía mayor... y que una
declaración… y que ellos son amigos de usted, y... qué sé
yo.
- Y don Mauricio, y don Laurencio, ¿qué hicieron?
- Ellos están allá en su juego, y no supieron de nada.
Un momento después los jóvenes habían desaparecido para ir a una
casa de juego. Allí se les vio perder una cuantiosa suma y cuando
ya el día asomaba, salieron completamente ebrios.
En la plaza ya no había sino una que otra luz salida de las
pocas cantinas, en donde los más ebrios cantaban gangueando o
peleaban a grandes voces. Cansada la luna de alumbrar escenas tan
poco interesantes, se había velado para irse antes de que el sol la
sorprendiera; las cornetas de los cuarteles tocaron la diana y las
gentes empezaron a recorrer las calles. Entonces cualquiera habría
podido estudiar el contraste entre el trabajo y la crápula: estaban
ebrios, demacrados, tendidos unos, tambaleando otros, en tanto que
aquellos, solícitos, buscaban el pan para su hogar con la confianza
en la mirada y la satisfacción en la conciencia. Comparación
repugnante que debiera quedarse impresa en la imaginación de
quienes favorecen, hasta oficialmente, tales escenas.
Un cuarto de huésped en una casa de asistencia, cuarto sin más
muebles que una cama sin arreglo y revuelta; una mesa en la cual
había un tintero seco y una pluma mohosa; algunas cartas ajadas; un
ramo seco que fue de flores y que ya no tenía sino hojas marchitas,
y espinas; ¡ay!, espinas agudas siempre, como si fuesen la imagen
del remordimiento; un baúl con la cerradura rota; un asiento
desvencijado; botellas vacías; ropa sucia botada por aquí, calzado
por allá; cabos de tabacos, papeles rotos, todo esto era alumbrado
a esta hora por la luz alimonada que por encima de Monserrate
enviaba la aurora, alegre para todos, melancólica para los
criminales a quienes reconviene y asusta.
Un joven entra, después de abrir el candado con dificultad, y
arroja el sobretodo sobre la cama; se acerca a la mesa, quiere
escribir, pero no halla con qué; abre el baúl, saca unas cartas que
quema con una cerilla de fósforo; anda precipitadamente como
queriendo arreglar algo, pero nada hace, hasta que al fin, se
sienta en la orilla de la cama y medita.
¿Es ésta la hora suprema de la vida? Maldita ella cundo no se la
comprende, cuando no se la estudia. No es un camino de flores, pero
tampoco un erial si se le suaviza con el trabajo. Es un hecho
providencial digno de llamar la atención el ver cómo el progreso
humano se apoya y sostiene en aquello mismo que parece una
maldición. Sin la necesidad del trabajo, la humanidad se habría
suicidado en brazos del desesperante tedio enervador.
Un sobresalto producido por unas pisadas que oye a lo lejos lo
hace poner de pie y dirigirse a la Puerta para asegurarla con una
aldaba; pone atención, siente que suben y que preguntan cuál es una
pieza y que precisamente es la suya. Imposible sería pintar un
momento de éstos. Nuestro joven se sitúa en la mitad del cuarto y
contesta al primer llamamiento:
- ¿Quién va?
- Abra usted -contesta alguno.
- ¿Pero quién es?
- El jefe de la policía.
- Espere -contestó- y se tendió en la cama como si fuese a
descansar En seguida toma un revólver que tiene a la mano, se lo
pone en la frente y dispara...
Un esfuerzo de los de afuera hace saltar la aldaba, y la puerta
se abre dando entrada a varias personas que presencian horrorizadas
aquella escena.
Por entre el humo que oscurece y la confusión de aquel grupo
penetra una mujer que grita:
- ¡Mi hijo! ¿En dónde está mi hijo?
- Creímos encontrarlo aquí con su compañero, ya que no lo
hallamos en casa de usted, pero no se nos escapará, dice el jefe de
la policía, que empieza a tomar sus providencias delante de aquel
cadáver tibio aún, pero informe y asqueroso.
El joven Cruz Madero es quien allí responde con su cadáver del
robo hecho en unión de su amigo Escobero la noche anterior en una
tienda, de donde sacaron una suma de billetes de banco y
dinero.
***
A esta hora dos jóvenes embozados en sus capas se paseaban en el
atrio de la Catedral, en donde habían permanecido desde antes de
venir el día.
- Vámonos; ese cobarde ya no viene -decía uno cuando algunos
jóvenes se acercaron diciendo:
- ¿No saben lo que ha pasado no ha muchos instantes?
- No -contestó con indiferencia el uno.
- ¿Qué? -preguntó con curiosidad el otro.
- Que acaba de suicidarse Cruz Madero.
- ¿El novio de Carmen?
- El mismo.
- ¿Por qué? ¿Se sabe algo?
- Porque él y Escobero fueron los dos del robo en la tienda de
Rodríguez.
- Vaya, pues -dijo Eudoro, que, como se ve, esperaba para
concurrir a la cita del duelo-; me evitó el trabajo de matarlo.
- Ciertamente -dijeron algunos.
- Sí -dijo mirando con amargura a su compañero, que sabía el
estado en que se hallaba-: acaso yo lo hubiera muerto, pero él me
ha enseñado a ser valiente… Yo no he debido, después de lo de
anoche, permitirle que me diera el ejemplo.