INTRODUCCION
|El costumbrismo fue, sin duda, resultante de una de las
categorías románticas, que venía a coincidir con las tendencias
renacentistas, exaltadoras y relievantes de lo típico regional, de
la diferenciación nacional y de lo auténticamente propio. Sólo que,
merced a las modalidades del costumbrismo, se insuflaba en el nuevo
subgénero un aire de realismo, que puso a la expansión sentimental
en trance de ahogo.
Más que a tocar los linderos de la
novela, el artículo de costumbres rayó en la escasa dimensión
argumental del cuento. Infortunadamente los narradores que más
transidos se creyeron del espíritu de la novela tomaron sin
escrúpulos el fácil recurso de ensanchar indefinidamente el
material descriptivo, con tales rellenos de plasticidad y tal
colorismo pintoresco, que los valores de la narración y el interés
de la trama se vieron menoscabados e interferidos con inacabables y
enfadosas descripciones didácticas. Originose de allí que la
mayoría de las novelas de costumbres nos parezcan, al cabo, la
dilatación más o menos feliz de lo que hubiera podido ser un buen
cuento.
Proliferó en Colombia el
costumbrismo, con mayor profusión que en los demás países de
hispanoamérica, con ser que en todos ellos los
"artículos" y "cuadros de
costumbres" ejercieron un absorbente y obsesivo
predominio. Ya a finales del siglo se expresaba así un crítico
colombiano: "Un ramo que ha gozado de la particular
predilección de los colombianos, y quizás el más cultivado después
de la poesía lírica, es el de cuadros de costumbres, género que ha
servido como de escuela preparatoria en donde todos hemos aprendido
a tener gusto por las producciones de los talentos colombianos. Ahí
están, como pensador de alta escuela, de donairoso y expresivo
decir, Juan de Dios Restrepo; como ameno, culto y espiritual
narrador, José Caicedo Rojas; como observador sagaz y ocurrente,
Medardo Rivas; como inmortalizador de recuerdos de antaño, Rafael
Eliseo Santander; como epigramático, José David Guarín; como
original y delicado en sus pinturas, Ricardo Silva; como lleno de
sal ática, José Manuel Marroquín; como sentimental, gracioso y de
retozón ingenio y exquisita variedad, José María Vergara y
Vergara".
Con referencia a la novela podemos
avanzar que los tintes crudos y el gusto acerbo de la sátira
costumbrista estuvo ausente de las obras de ficción colombianas. A
la inversa de lo ocurrido en México, por ejemplo, en donde la
crítica fue mordaz, tumultuosa y destructiva, en Colombia, debido
quizás al temperamento más conservador de los costumbristas, esta
subforma tuvo un carácter burgués de mansedumbre descriptiva y
apacible. En Colombia el género costumbrista se enderezó comúnmente
a un fin didáctico y moralizante. Uno de nuestros más afortunados
costumbristas y de los contados grandes novelistas que han
florecido en Colombia tenía la siguiente opinión de la esencia y
utilidad de la literatura de costumbres:
Un artículo de costumbres es la
narración de uno o más sucesos, de los comunes y ordinarios, hecha
en tono ligero, y salpicada de observaciones picantes y de chistes
de todo género De esta narración ha de resultar o una pintura viva
y animada de la costumbre de que se trata, o juntamente con esta
pintura, la demostración de lo malo o de lo ridículo que haya en
ella; mas esta demostración han de hacerla los hechos por sí solos,
sin que el autor tenga que introducir reflexiones o disertaciones
morales para advertir al lector cuál es la conclusión que debe
sacar de lo que ha leído. (José Manuel Marroquín, Retórica y
poética).
Hasta qué punto fuese provechoso este
costumbrismo en la suavización y pulimento de nuestros hábitos
sociales y en el embellecimiento de los ideales comunes, y hasta
dónde desbórdase él los límites de simple expediente de diversión y
recreo literario, son cosas que servirían de tema para un largo
estudio. En resolución, el hecho es que mucha de esa literatura de
campanario, y no pocas de las escenas de tipos y aldeas, descritas
en estilo castizo, desenfadado, e inofensivamente zumbón, no
alcanzaron a. rebasar la línea de lo blando y lo pueril.
Literariamente, acaso el mérito mayor de este tipo de descripciones
costumbristas estribe en el servicio de pórtico de entrenamiento y
de preparación a novelas de mayor envergadura, encajadas, ellas sí,
en un realismo de mejor ley, ya oloroso a fragante picaresca, como
en las novelas de Marroquín, o bien obediente a la evolución
universal coetánea del género novelístico, como en el mundo humano
y realista de Tomás Carrasquilla.
La galería de costumbristas con
producciones que denuncian gran espíritu de curiosidad y
observación es demasiado prolija, y el salón -o panteón- en que se
han venido colocando no se ha colmado aún. Entre esa inmensa
cantidad de nombres, y sin que implique desconsideración para los
otros, entresacamos los de José David Guarín, Medardo Rivas y Angel
Cuervo.
ANTONIO CURCIO ALTAMAR