INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO IX
EL ABOGADO

SANTIAGO quedándose de nuevo solo, empezó a pasearse en su prision, mui contristado, no ya únicamente por los riesgos i dificultades de su propia situacion, sino tambien en parte, por las desgracias de esa jóven hermosa e infeliz, que habia dejado ver en la breve narracion de los hechos pasados de su vida, tanta propencion a la conformidad; tanta ternura filial, tanto elemento de virtud, ¡sin embargo, tanta desventura. I tal era el corazon de Santiago, que de todas las penas que la Cisne habla padecido, ninguna le pareció que las compendiaba todas tan completamente, como la que él se imajinaba producida por el pequeño incidente que acababa de presenciar, al ver que una mujer tan jóven i tan adicta a la virtud i al honor, estaba sujeta a obedecer con indigna sumision el llamamiento de un criminal execrable. Mui bien comprendió lo humillante que debía ser esto, el orgulloso i honrado corazon de Santiago; i entonces experimentó mas que la compasiva la indignacion contra la desgracia que persigue tan ciegamente, que ni aun respeta la Virtud siquiera. Si hubiera sabido entonces con claridad que esa mujer que prestaba tan humilde i sumisa obediencia a un facineroso despreciable, era nada ménos que una virjen heróica, habria ademas venerado alli la virtud acrisolada, la resignacion i la belleza ultrajadas.

Fuera de esto, inquietaba tambien a Santiago el temor que le habia inspirado la Cisne de que Monterilla, tendiéndole algun lazo que su inexperiencia i su abandono no le dejasen conocer, fuese a hacerlo precipitar en una situacion mas violenta todavía, o a prepararle, para despues nuevos i grandes trabajos; as¡ era que cada vez que observaba el trascurso del tiempo sin que Monterilla volviese; ose alegraba suponiendo que tal hombre lo habria abandonado, olvidado de mezclarse mas en sus negocios; o se aflijia conjeturando estuviese ocupado ya en el arreglo de alguna intriga funesta para él. Entónces volvia su pensamiento hácia D. Juan, que tampoco parecia, i a quien deseaba en aquellos momentos con mucha ansia, no solo por lo triste que debe ser para un preso todo momento de soledad, sino porque su situacion actual le hacia presente que este era su único amigo i la sola persona en quien podia confiar sin sospechas ni inquietudes.

Cuan agradable i consoladora le parecia en aquellos momentos a Santiago la proteccion de un hombre activo e ilustrado; cuando los auxilios de D. Juan, que no podia llenar tal encargo sino mui medianamente, le eran tan interesantes, tan queridos i tan dignos de toda la gratitud que sabia en su corazon.

Santiago trataba de imajinarse el defensor que este le estaria buscando i se lo representaba como un abogado lleno de ciencia, de respetabilidad i de dulzura, que iba; a ser su amigo i que teniendo la fé necesaria para creer en su inocencia i la habilidad bastante para hacerla brillar, habria de estimarlo ya. que no por si mismo, a lo ménos por los peligros en e lo; habian colocado las circunstancias, i porque siempre nos inclinamos todos a estimar al desgraciado que favoreceos, Se imajinaba a ese hombre culto i delicado trayéndole a menudo las noticias favorables del lejitimo, curso de su causa, imponiendo a todos respetó hacia ese proceso que a la sazon, quien ¡en sabe que suerte estaria corriendo entre las manos de un juez prevenido i tal vez de Monterilla; ya le parecia por último que ese defensor venia a abrirle las puertas de su cárcel i que volviéndolo a la libertad lo restituia igualmente al honor.

Mientras ocupaban a Santiago todas estas consideraciones D. Juan estaba en casa del Doctor Témis, a la que se habia dirijido desde que autorizado al fin por Santiago para buscar defensor, salió dé la prision dejándolo con la Cisne.

Cansado ya de hablar inútilmente a otros muchos abogados, habia determinado solicitar por todos los medios posibles la proteccion del único que él conocía verdaderamente digno i capaz de hacer como convenía i con la prontitud que se deseaba, la defensa que Santiago había menester ya de un modo tan urjente.

Cuando llegó D. Juan donde el Doctor Témis, estaba es te sentado en una silla poltrona rodeada de varias silletas sobre cuyos asientos se veían abiertos algunos libros en folio, en los que tomaba apuntamientos para fundar su voto acerca de una consulta que cierto Ministro discreto había sometido a su juicio, para decidir con madurez una cuestion mui grave que se ventilaba entónces en justicia.

Al presentarse D. Juan, el abogado sin cerrar sus libros, pero desembarazándose de su bata, se paró a recibirlo saludándole con cortesía i elegancia: È infiriéndo desde luego. el asunto que indudablemente lo trata, se anticipó a preguntarle si el juez había despachado a su amigo en el negocio de quo le había hablado ántes. D. Juan le relató el curso que habian tomado las cosas i el estado en que se hallaban en la actualidad, suplicándole en conclusion tomase a su cargo la direccion de, un proceso tan importante no ménos por la inocencia del procesado, que por los cargos aparentes que lo iban comprometiendo en su resultado.

El Doctor Témis era un hombre mui honrado: jamas habia mentido, i su palabra, que nunca contenía sino la verdad, era considerada por él, como el sello de sus compromisos, como una sancion incontrastable de sus obligaciones i como el garante infalible de su fé i de sus relaciones civiles. Por eso jamas la pronunciaba, ni aun en lo mas trivial, sin una circunspeccion mui juiciosa; mas una vez pronunciada era para él una cadena de bronce que lo sujetaba sin remedio i lo condenaba aun a costa de los sacrificios mas caros, al respeto i cumplimiento de esa palabra que consideraba como articula da por el mismo Dios. Era ciego en el amor ala verdad; así es que en su modo elevado de mirar las cosas, la palabra i la verdad eran, segun él decía, como una esencia de Dios; eran el verbo conservador de la creacion : la palabra i la verdad eran la ciencia, la civilizacion i la virtud; la palabra i la verdad eran la vida, eran el hombre; así que la boca de donde salia la mentira, decía ser una huesa inmunda que brotaba cadáveres infectos, i cuyo aliento corrompía i relajaba ese vinculo de Dios que se llama humanidad.

El ciego amor de la verdad hacia por consecuencia del Doctor Témis un amante apasionado de las ciencias, i por tanto un jénio pensador; pero que solo pensaba la exactitud; asi como no hablaba sino para esponer sus axiomas. Poseía una inmensa biblioteca, donde pasaba la mayor parte de las horas de su vida aprendiendo la justicia; la historia de los pueblos, las leyes; i la moral; estudiando el modelo de los varones virtuosos i fallando sobre la memoria de los ambiciosos, de los falsos patriotas i de los perversos, cuya historia, decía; como corruptora de la moral, como un guia funesto en las torcidas sendas de las pasiones, no debió leerse sino por los hombres de buen corazon, i eso cuando terminara por una pájina negra donde estuviese escrito el nombre del héroe debájo de una maldicion que execrase su memoria.

Su talento lo veía todo con claridad; i con sú crítica ilustrada e imparcial deparaba las doctrinas, las leyes i los principios, de todas las manchas con que el error, la ignorancia o la pasion los desfiguraban o corrompian. Acostumbrado a meditar al hombre i a estudiar a fondo el órden morál, había llegado a adquirir una penetracion prodijiosa que le facilitaba casi siempre descubrir la miras mas embozadas, leer los motivos mas recónditos i desenmascarar los fines mejor cohonetados. Su cálculo ilustrado por la esperiencia i el exámen, lé facilitaba tambien la adquisicion de esa muchedumbre de menudos conocimientos de que tanto partido sabia sacár en oscuro ordinario de la vida. El Doctor Témis era tal vez el hombre que habia logrado poseer en mas alto punto, con mayor análisis i con mas claridad, ese complicado i difícil eslabonamiento del órden moral.

Su estudio i su talento habian, como era preciso, elevado do mucho su corazon. naturalmente noble; de tal modo qué comprendiendo múi bien su augusta profesion, se habia alzado a la altura de sus delicadas funciones, i era jeneroso i desinteresado en extremo. Desde mui temprano se rabia hecho cargo de que iba a abrazar corno profesion de su vida la defensa de la justicia i de la leí, Estabá persuadido, pues, dé que estas eran las dos divinidades que en calidad de hombre civil debia mirar como el objeto de su relijion social por de cirio así; i a las que en consecuencia se hallaba comprometido a rendir en todo momento un culto puro ï santo, digno en todas maneras de esa justicia i de esa leí que debia Venerar como símbolos de Dios i de la verdad ; por consiguiente vivía penetrado de que era un hombre sobre el cual pesaban los deberes de un sacerdocio, tal vez el mas delicado, pero tambien mui glorioso i mui santo.

Habiase penetrado igualmente de que si como hombre estaba obligado a cumplir de un modo relijioso sus debes, a respetar la sociedad i a protejer a sus semejantes; como abogado debia ademas dar al mundo un ejemplo intachable de probidad: que si en el vulgo de las jentes muchas veces podia servir de disculpa en la violacion de la leí, la ignorancia que pudiera disimulárseles por sus circunstancias, por su oficio o por su incapacidad, en él debia ser. criminal la falta mas leve; porque quien estudia las leyes, las aprende para respetarlas, siendo un horror execrable escudriñarlas solo para hacer de ellas el ludibrio de la codicia i el apoyo del latrocinio. Sabia ademas que si el comun de los hombres podía incurrir sin grande escándalo en las bajezas a que por lo regular los arrastran sus menguadas pasiones, i descender n las pequeñezes de ruines venganzas, especulaciones sórdidas i ambiciones mezquinas; en él, que por su profesion orgullosa i noble debía tener tambien noble el corazon, i el pensamiento elevado como la justicia e ilustrado como la leí; en él que debía tener una alma grande como la razon que iba a sostener i la virtud que habla de custodiar; en él, se repite, debia parecer infame e indigna no ya una pequeñez, sino cualquiera debilidad que lo colocase al nivel de los hombres vulgares.

El Doctor Témis no ignoraba que quien iba a ejercer la profesion de Ciceron, a ser el cólega de Beaumont i D'Aguesseau, debia hacerse digno de una gloria sin mancha, de un nombre como estos, no considerándolos como pudieron sonar entre sus contempóraneos, sino con toda la magnitud que sobre ellos han aglomerado los siglos. Tampoco ignoraba que quien profesa la elocuencia para defender ante los Tribunales al hombre de bien, al inocente perseguido; tenia que saber amar con el corazon la propiedad inocencia, i aprender a detestar de veras la mala fé, la calumnia, la maledicencia i el fraude. Sabia que quien iba a custodiar el sustento del pobre contra el poderoso, debia tener una alma humilde, compasiva i grande: que quien debia mostrar a los hombres el camino de la leí, el que debia ser maestro de justicia aun para el majistrado, debia ser mas probo que todo hombre aun mas sabio i recto que el mismo majistrado.

El Doctor Témis, pues, cuando abrazó su profesion habla pensado todas estas cosas, ¡olvidado solo que con esa profesion podía buscar dinero; pues no la había abrazado con ese fin, sino con el de ganar gloria; con el de ser sàbio, amado i respetado por sus compatriotas.

En efecto, este abogado habla ya defendido la justicia i hecho triunfar la leí en muchos casos; pero bien pronto empezó a observar que sus esfuerzos, sin saber cómo, se hacían eficaces en muchas ocasiones, i  qué la maldad triunfaba apesar suyo: que su estudio, su ciencia, su bondad misma hacian ciar de él un Campeon mui poco idóneo para los combates del foro, del que en ese tiempo estaban apoderados los tinterillos contando entre estos aquellos abogados que no. pudiendo elevarse ala altura del Dr. Témis, ignorando la moral i las verdaderas bases de su profesion, no pasaban, segun decía él mismo, del rango de viles leguleyos, por mas que lograsen usurpar al fin un poco de reputacion granjeada por la maña i a veces por la maldad. Bien pronto habia observado igualmente que las convivencias i las arterias formaban ya por consiguiente, un oficio que la sociedad toleraba, cual si fuese lejitimo que el dolor i la mala fé se creasen para su proteccion ante la justicia, un ministerio encargado de estraviarla ; i como si esta no mereciese timbre alguno sino cuando saliese triunfante de una lid difícil.

En esta clase de combates se había escandalizarlo mucho el Dr. Témis persuadiéndose de que la táctica del foro no consistía ya en la esposicion de la razon, ni en el descubrímiento de la verdad, ni en demostrar a los jueces la verdadera, filosófica i racional intelijencia de las leyes; sino unicamente en la influencia, en el enredo i hasta en el soborno mas infame u miserable. Tambien se habia escandalizado al ver que los profesores de crédito se avergonzaban de defender al i no. tente i protejer al desvàlido, i solo servian al rico i al poderosa, haciéndose en ello un honor, porque opinaban que no pudiendo ser honrados por su profesion, necesitaban que los honrase su cliente. Luego que el Dr. Témis conoció todo esto, se retiró del foro.

Este hombre tan grande, tan ilustrado i jeneroso era sin embargo, blanco de algunas calumnias. ¿ Nacían ellas positivamente de algun estravio de tantos a que está sujeto el talento humano ? ¿ Eran efecto de no haber sido comprendido en aquellas convinaciones grandes que el vulgo nunca comprende? En el curso de esta historiase ofrecerá quizá algun ejemplo que nos responda sobre ello.

D. Juan, se ha dicho, no tenia confianza en otro abogado que este, i por eso se habia dirijido donde él, a fin de ver si podia lograr se encargase de defender a Santiago. Pero el Dr.

Témis se rehusó a esta defensa, no porque dudase de la inocencia del procesado, sino porque, como se ha dicho, se habia prepuesto no mezclarse mas en los asuntos judiciales. Sin embargo indicó a D. Juan varios abogados de capacidad que se encargarían con gusto de este negocio i a los cuales ofrecia interesar en la actividad i en el buen éxito de la causa; mas D. Juan que el dia enterior habia hablado a muchos de ellos, le manifestó que habiendo empezado todos por exigirle, un documento de obligacion, ya dinero adelantado, los habia creido indigno, del encargo, no obstante estar al cabo de que su trabajo debia remunerárseles de un modo satisfactorio. Como no se habla ocupado jamas de esta clase de arreglos, creía que al ir a tratar con un abogado no era decente empezar por semejante capitulo, sin verse en la necesidad de dudar de la capacidad de tal hombre. D. Juan, segun el Dr. Témis, no pensaba mal en esto; porque efectivamente en quien el corazon no es noble i jeneroso, se puede asegurar que no hai todavía talento cultivado.

Ya no quedaba pues recurso para Santiago: no podía gozar de un buen defensor i le era indispensable entregarse a manos que él temia con razon, no fuesen dignas de protejer su causa. En vano repetía D. Juan al Dr. Témis la historia de Santiago, creyendo que algun escrúpulo lo detenía. Pero nada bastó, pues este abogado, conocía que tal defensa hecha por él, acaso no podia complacer al preso, sino en tanto que obtuviese su inmediata libertad; i él no estaba dispuesto a emprender entónces el trabajo que eso requería. As¡ fué que previendo mui bien por otra parte, que Monterilla no podía causar en aquel proceso, ningun daño a Santiago, pues al saber por D. Juan el deseo que ese hombre tenia de encargarse de la defensa, no se le ocultó cuales podrían ser los medios defensivos que trataba de emplear; le manifestó que para lo que en sí era la causa, no había grave riesgo en que, a falta de otro, se encargase Monterilla del asunto una vez que estando prevenidos, como ya lo estaban, podian consultar sobre su conducta con cualquier letrado, para poner pronto remedio en caso de peligro.

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