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CAPITULO IX
EL ABOGADO
SANTIAGO quedándose de nuevo solo, empezó a pasearse en su
prision, mui contristado, no ya únicamente por los riesgos i
dificultades de su propia situacion, sino tambien en parte, por las
desgracias de esa jóven hermosa e infeliz, que habia dejado ver en
la breve narracion de los hechos pasados de su vida, tanta
propencion a la conformidad; tanta ternura filial, tanto elemento
de virtud, ¡sin embargo, tanta desventura. I tal era el corazon de
Santiago, que de todas las penas que la Cisne habla padecido,
ninguna le pareció que las compendiaba todas tan completamente,
como la que él se imajinaba producida por el pequeño incidente que
acababa de presenciar, al ver que una mujer tan jóven i tan adicta
a la virtud i al honor, estaba sujeta a obedecer con indigna
sumision el llamamiento de un criminal execrable. Mui bien
comprendió lo humillante que debía ser esto, el orgulloso i honrado
corazon de Santiago; i entonces experimentó mas que la compasiva la
indignacion contra la desgracia que persigue tan ciegamente, que ni
aun respeta la Virtud siquiera. Si hubiera sabido entonces con
claridad que esa mujer que prestaba tan humilde i sumisa obediencia
a un facineroso despreciable, era nada ménos que una virjen
heróica, habria ademas venerado alli la virtud acrisolada, la
resignacion i la belleza ultrajadas.
Fuera de esto, inquietaba tambien a Santiago el temor que le
habia inspirado la Cisne de que Monterilla, tendiéndole algun lazo
que su inexperiencia i su abandono no le dejasen conocer, fuese a
hacerlo precipitar en una situacion mas violenta todavía, o a
prepararle, para despues nuevos i grandes trabajos; as¡ era que
cada vez que observaba el trascurso del tiempo sin que Monterilla
volviese; ose alegraba suponiendo que tal hombre lo habria
abandonado, olvidado de mezclarse mas en sus negocios; o se aflijia
conjeturando estuviese ocupado ya en el arreglo de alguna intriga
funesta para él. Entónces volvia su pensamiento hácia D. Juan, que
tampoco parecia, i a quien deseaba en aquellos momentos con mucha
ansia, no solo por lo triste que debe ser para un preso todo
momento de soledad, sino porque su situacion actual le hacia
presente que este era su único amigo i la sola persona en quien
podia confiar sin sospechas ni inquietudes.
Cuan agradable i consoladora le parecia en aquellos momentos a
Santiago la proteccion de un hombre activo e ilustrado; cuando los
auxilios de D. Juan, que no podia llenar tal encargo sino mui
medianamente, le eran tan interesantes, tan queridos i tan dignos
de toda la gratitud que sabia en su corazon.
Santiago trataba de imajinarse el defensor que este le estaria
buscando i se lo representaba como un abogado lleno de ciencia, de
respetabilidad i de dulzura, que iba; a ser su amigo i que teniendo
la fé necesaria para creer en su inocencia i la habilidad bastante
para hacerla brillar, habria de estimarlo ya. que no por si mismo,
a lo ménos por los peligros en e lo; habian colocado las
circunstancias, i porque siempre nos inclinamos todos a estimar al
desgraciado que favoreceos, Se imajinaba a ese hombre culto i
delicado trayéndole a menudo las noticias favorables del lejitimo,
curso de su causa, imponiendo a todos respetó hacia ese proceso que
a la sazon, quien ¡en sabe que suerte estaria corriendo entre las
manos de un juez prevenido i tal vez de Monterilla; ya le parecia
por último que ese defensor venia a abrirle las puertas de su
cárcel i que volviéndolo a la libertad lo restituia igualmente al
honor.
Mientras ocupaban a Santiago todas estas consideraciones D. Juan
estaba en casa del Doctor Témis, a la que se habia dirijido desde
que autorizado al fin por Santiago para buscar defensor, salió dé
la prision dejándolo con la Cisne.
Cansado ya de hablar inútilmente a otros muchos abogados, habia
determinado solicitar por todos los medios posibles la proteccion
del único que él conocía verdaderamente digno i capaz de hacer como
convenía i con la prontitud que se deseaba, la defensa que Santiago
había menester ya de un modo tan urjente.
Cuando llegó D. Juan donde el Doctor Témis, estaba es te sentado
en una silla poltrona rodeada de varias silletas sobre cuyos
asientos se veían abiertos algunos libros en folio, en los que
tomaba apuntamientos para fundar su voto acerca de una consulta que
cierto Ministro discreto había sometido a su juicio, para decidir
con madurez una cuestion mui grave que se ventilaba entónces en
justicia.
Al presentarse D. Juan, el abogado sin cerrar sus libros, pero
desembarazándose de su bata, se paró a recibirlo saludándole con
cortesía i elegancia: È infiriéndo desde luego. el asunto que
indudablemente lo trata, se anticipó a preguntarle si el juez había
despachado a su amigo en el negocio de quo le había hablado ántes.
D. Juan le relató el curso que habian tomado las cosas i el estado
en que se hallaban en la actualidad, suplicándole en conclusion
tomase a su cargo la direccion de, un proceso tan importante no
ménos por la inocencia del procesado, que por los cargos aparentes
que lo iban comprometiendo en su resultado.
El Doctor Témis era un hombre mui honrado: jamas habia mentido,
i su palabra, que nunca contenía sino la verdad, era considerada
por él, como el sello de sus compromisos, como una sancion
incontrastable de sus obligaciones i como el garante infalible de
su fé i de sus relaciones civiles. Por eso jamas la pronunciaba, ni
aun en lo mas trivial, sin una circunspeccion mui juiciosa; mas una
vez pronunciada era para él una cadena de bronce que lo sujetaba
sin remedio i lo condenaba aun a costa de los sacrificios mas
caros, al respeto i cumplimiento de esa palabra que consideraba
como articula da por el mismo Dios. Era ciego en el amor ala
verdad; así es que en su modo elevado de mirar las cosas, la
palabra i la verdad eran, segun él decía, como una esencia de Dios;
eran el verbo conservador de la creacion : la palabra i la verdad
eran la ciencia, la civilizacion i la virtud; la palabra i la
verdad eran la vida, eran el hombre; así que la boca de donde salia
la mentira, decía ser una huesa inmunda que brotaba cadáveres
infectos, i cuyo aliento corrompía i relajaba ese vinculo de Dios
que se llama humanidad.
El ciego amor de la verdad hacia por consecuencia del Doctor
Témis un amante apasionado de las ciencias, i por tanto un jénio
pensador; pero que solo pensaba la exactitud; asi como no hablaba
sino para esponer sus axiomas. Poseía una inmensa biblioteca, donde
pasaba la mayor parte de las horas de su vida aprendiendo la
justicia; la historia de los pueblos, las leyes; i la moral;
estudiando el modelo de los varones virtuosos i fallando sobre la
memoria de los ambiciosos, de los falsos patriotas i de los
perversos, cuya historia, decía; como corruptora de la moral, como
un guia funesto en las torcidas sendas de las pasiones, no debió
leerse sino por los hombres de buen corazon, i eso cuando terminara
por una pájina negra donde estuviese escrito el nombre del héroe
debájo de una maldicion que execrase su memoria.
Su talento lo veía todo con claridad; i con sú crítica ilustrada
e imparcial deparaba las doctrinas, las leyes i los principios, de
todas las manchas con que el error, la ignorancia o la pasion los
desfiguraban o corrompian. Acostumbrado a meditar al hombre i a
estudiar a fondo el órden morál, había llegado a adquirir una
penetracion prodijiosa que le facilitaba casi siempre descubrir la
miras mas embozadas, leer los motivos mas recónditos i
desenmascarar los fines mejor cohonetados. Su cálculo ilustrado por
la esperiencia i el exámen, lé facilitaba tambien la adquisicion de
esa muchedumbre de menudos conocimientos de que tanto partido sabia
sacár en oscuro ordinario de la vida. El Doctor Témis era tal vez
el hombre que habia logrado poseer en mas alto punto, con mayor
análisis i con mas claridad, ese complicado i difícil
eslabonamiento del órden moral.
Su estudio i su talento habian, como era preciso, elevado do
mucho su corazon. naturalmente noble; de tal modo qué comprendiendo
múi bien su augusta profesion, se habia alzado a la altura de sus
delicadas funciones, i era jeneroso i desinteresado en extremo.
Desde mui temprano se rabia hecho cargo de que iba a abrazar corno
profesion de su vida la defensa de la justicia i de la leí, Estabá
persuadido, pues, dé que estas eran las dos divinidades que en
calidad de hombre civil debia mirar como el objeto de su relijion
social por de cirio así; i a las que en consecuencia se hallaba
comprometido a rendir en todo momento un culto puro ï santo, digno
en todas maneras de esa justicia i de esa leí que debia Venerar
como símbolos de Dios i de la verdad ; por consiguiente vivía
penetrado de que era un hombre sobre el cual pesaban los deberes de
un sacerdocio, tal vez el mas delicado, pero tambien mui glorioso i
mui santo.
Habiase penetrado igualmente de que si como hombre estaba
obligado a cumplir de un modo relijioso sus debes, a respetar la
sociedad i a protejer a sus semejantes; como abogado debia ademas
dar al mundo un ejemplo intachable de probidad: que si en el vulgo
de las jentes muchas veces podia servir de disculpa en la violacion
de la leí, la ignorancia que pudiera disimulárseles por sus
circunstancias, por su oficio o por su incapacidad, en él debia
ser. criminal la falta mas leve; porque quien estudia las leyes,
las aprende para respetarlas, siendo un horror execrable
escudriñarlas solo para hacer de ellas el ludibrio de la codicia i
el apoyo del latrocinio. Sabia ademas que si el comun de los
hombres podía incurrir sin grande escándalo en las bajezas a que
por lo regular los arrastran sus menguadas pasiones, i descender n
las pequeñezes de ruines venganzas, especulaciones sórdidas i
ambiciones mezquinas; en él, que por su profesion orgullosa i noble
debía tener tambien noble el corazon, i el pensamiento elevado como
la justicia e ilustrado como la leí; en él que debía tener una alma
grande como la razon que iba a sostener i la virtud que habla de
custodiar; en él, se repite, debia parecer infame e indigna no ya
una pequeñez, sino cualquiera debilidad que lo colocase al nivel de
los hombres vulgares.
El Doctor Témis no ignoraba que quien iba a ejercer la profesion
de Ciceron, a ser el cólega de Beaumont i D'Aguesseau, debia
hacerse digno de una gloria sin mancha, de un nombre como estos, no
considerándolos como pudieron sonar entre sus contempóraneos, sino
con toda la magnitud que sobre ellos han aglomerado los siglos.
Tampoco ignoraba que quien profesa la elocuencia para defender ante
los Tribunales al hombre de bien, al inocente perseguido; tenia que
saber amar con el corazon la propiedad inocencia, i aprender a
detestar de veras la mala fé, la calumnia, la maledicencia i el
fraude. Sabia que quien iba a custodiar el sustento del pobre
contra el poderoso, debia tener una alma humilde, compasiva i
grande: que quien debia mostrar a los hombres el camino de la leí,
el que debia ser maestro de justicia aun para el majistrado, debia
ser mas probo que todo hombre aun mas sabio i recto que el mismo
majistrado.
El Doctor Témis, pues, cuando abrazó su profesion habla pensado
todas estas cosas, ¡olvidado solo que con esa profesion podía
buscar dinero; pues no la había abrazado con ese fin, sino con el
de ganar gloria; con el de ser sàbio, amado i respetado por sus
compatriotas.
En efecto, este abogado habla ya defendido la justicia i hecho
triunfar la leí en muchos casos; pero bien pronto empezó a observar
que sus esfuerzos, sin saber cómo, se hacían eficaces en muchas
ocasiones, i qué la maldad triunfaba apesar suyo: que su estudio,
su ciencia, su bondad misma hacian ciar de él un Campeon mui poco
idóneo para los combates del foro, del que en ese tiempo estaban
apoderados los tinterillos contando entre estos aquellos abogados
que no. pudiendo elevarse ala altura del Dr. Témis, ignorando la
moral i las verdaderas bases de su profesion, no pasaban, segun
decía él mismo, del rango de viles leguleyos, por mas que lograsen
usurpar al fin un poco de reputacion granjeada por la maña i a
veces por la maldad. Bien pronto habia observado igualmente que las
convivencias i las arterias formaban ya por consiguiente, un oficio
que la sociedad toleraba, cual si fuese lejitimo que el dolor i la
mala fé se creasen para su proteccion ante la justicia, un
ministerio encargado de estraviarla ; i como si esta no mereciese
timbre alguno sino cuando saliese triunfante de una lid
difícil.
En esta clase de combates se había escandalizarlo mucho el Dr.
Témis persuadiéndose de que la táctica del foro no consistía ya en
la esposicion de la razon, ni en el descubrímiento de la verdad, ni
en demostrar a los jueces la verdadera, filosófica i racional
intelijencia de las leyes; sino unicamente en la influencia, en el
enredo i hasta en el soborno mas infame u miserable. Tambien se
habia escandalizado al ver que los profesores de crédito se
avergonzaban de defender al i no. tente i protejer al desvàlido, i
solo servian al rico i al poderosa, haciéndose en ello un honor,
porque opinaban que no pudiendo ser honrados por su profesion,
necesitaban que los honrase su cliente. Luego que el Dr. Témis
conoció todo esto, se retiró del foro.
Este hombre tan grande, tan ilustrado i jeneroso era sin
embargo, blanco de algunas calumnias. ¿ Nacían ellas positivamente
de algun estravio de tantos a que está sujeto el talento humano ? ¿
Eran efecto de no haber sido comprendido en aquellas convinaciones
grandes que el vulgo nunca comprende? En el curso de esta
historiase ofrecerá quizá algun ejemplo que nos responda sobre
ello.
D. Juan, se ha dicho, no tenia confianza en otro abogado que
este, i por eso se habia dirijido donde él, a fin de ver si podia
lograr se encargase de defender a Santiago. Pero el Dr.
Témis se rehusó a esta defensa, no porque dudase de la inocencia
del procesado, sino porque, como se ha dicho, se habia prepuesto no
mezclarse mas en los asuntos judiciales. Sin embargo indicó a D.
Juan varios abogados de capacidad que se encargarían con gusto de
este negocio i a los cuales ofrecia interesar en la actividad i en
el buen éxito de la causa; mas D. Juan que el dia enterior habia
hablado a muchos de ellos, le manifestó que habiendo empezado todos
por exigirle, un documento de obligacion, ya dinero adelantado, los
habia creido indigno, del encargo, no obstante estar al cabo de que
su trabajo debia remunerárseles de un modo satisfactorio. Como no
se habla ocupado jamas de esta clase de arreglos, creía que al ir a
tratar con un abogado no era decente empezar por semejante
capitulo, sin verse en la necesidad de dudar de la capacidad de tal
hombre. D. Juan, segun el Dr. Témis, no pensaba mal en esto; porque
efectivamente en quien el corazon no es noble i jeneroso, se puede
asegurar que no hai todavía talento cultivado.
Ya no quedaba pues recurso para Santiago: no podía gozar de un
buen defensor i le era indispensable entregarse a manos que él
temia con razon, no fuesen dignas de protejer su causa. En vano
repetía D. Juan al Dr. Témis la historia de Santiago, creyendo que
algun escrúpulo lo detenía. Pero nada bastó, pues este abogado,
conocía que tal defensa hecha por él, acaso no podia complacer al
preso, sino en tanto que obtuviese su inmediata libertad; i él no
estaba dispuesto a emprender entónces el trabajo que eso requería.
As¡ fué que previendo mui bien por otra parte, que Monterilla no
podía causar en aquel proceso, ningun daño a Santiago, pues al
saber por D. Juan el deseo que ese hombre tenia de encargarse de la
defensa, no se le ocultó cuales podrían ser los medios defensivos
que trataba de emplear; le manifestó que para lo que en sí era la
causa, no había grave riesgo en que, a falta de otro, se encargase
Monterilla del asunto una vez que estando prevenidos, como ya lo
estaban, podian consultar sobre su conducta con cualquier letrado,
para poner pronto remedio en caso de peligro.
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