INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO VII
MONTERILLA

NO OBSTANTE que acabamos de ver a Monterilla en la prision de Santiago, es preciso darlo a conocer de un modo mas detallado, para lo cual se hace indispensable que preceda por lo ménos una digresion, aunque breve.

Dicese que hai en todas las poblaciones de la Nueva Granada cierta clase de hombres que busca siempre los Santuarios de la justicia, no porque la ame, sino para perseguirla; así como la lechuza busca los Templos, no porque le importe el culto, sino para chupar el aceite de, las làmparas. De este sìmil seguramente dependió el que en España se diese a algunos de esos Curiales el apodo de |lechuzos, mas propio, espresivo i castizo que el de |tinterillos conque se designa vulgarmente entre nosotros a aquellos hombres siempre emboscados entre los archivos de las oficinas judiciales, i apostados en las puertas de las cárceles, entretenidos de continuo en ocupaciones misteriosas; i en muchos lugares, objetos mudos de la queja jeneral.

Aunque hai tantos i de tan diversas especies, no seria imposible dar una clasificacion exacta de ellos, apesar de ser difícil que un observador atento e intelijente se detenga por mucho tiempo a considerarlos de cerca, porque suele ser nocivo respirar a menudo el aire que los rodea. A esta maligna influencia se debe el que sean a veces desconocidos, no obstante la divisa principal que los distingue, i que consiste en un lenguaje recalcado solamente sobre las palabras, |sellos, |derechos, despachos, procesos, provisiones, mandamientos i otras semejantes.

Ademas de este, tienen los tinterillos otro distintivo, que es la |terribleza : esta calidad es su norte; forma el pináculo de su carrera i la base de su gloria. De la mayor o menor. terribleza a que hayan ascendido, es que dependen su rango i celebridad; de modo que cualquiera que sea la fama que alguno de ellos adquiere, sino se exajera su terribilismo, es una fama indigna. i despreciable. I en efecto, los tinterillos en lo jeneral son terribles; i no solamente lo son ellos en su intriga, sino que son terribles tambien sus palabras, sus pensamientos, sus manos, i hasta sus caras son terribles.

Otro signo los caracteriza ademas; i es que todos son comunmente hombres diminutos física o moralmente; al que no le falta un ojo o una oreja, le falta la conciencia; el que no carece de algun dedo, carece de relijion i de moral; pero todos han de tener lengua indispensablemente; i lo mas admirable es que el oficio les impone el deber de manifestar algun injénio i actividad. Por lo demas pueden ser clasificados en el mismo órden en que está clasificada la, sociedad; porque cada clase social tiene bajo el titulo de tinterillo, uno o mas diputados ante los tribunales, bien que la clase. letrada sea la que mas les envia; pues las otras apénas los constituyen porque teniendo que rechazar algunos de sus miembros respectivos, en fuerza de varias razones, estos van por lo comun a formar en el foro una colonia abundante i laboriosa. I como en la sociedad se ven desde luego militares i paisanos, en el foro tambien suele haber estas dos clases de tinterillos, que con mas o ménos propiedad distinguen los juristas , con los nombres de tinterillos |castrenses i cuasi castrenses. Hai en la sociedad clérigos i legos, de donde resultan los tinterillos |eclesiàsticos i los |laicales: hai tambien hombres letrados i sin letradura, i de aquí los tinterillos Doctores, que se pueden decir tinterillos |escritos i los tinterillos |en blanco hai en la sociedad hombres i mujeres, i por eso dicen haber tambien simplemente tinterillos |machos i tinterillos |hembras, especie que sostienen los curiales ser la mas enfadosa. Por último, haciendo justicia, hai tinterillos buenos i tinterillos malos: los primeros no son objeto de esta digresion ni ménos debe considerarse que van a suministrar el tipo de Monterilla.

Este se llamaba Pedro; i tal era su nombre de pila, porque sea tomó fuere, ello es que consta que los tinterillos de los paises cristianos han sido bautizados. Aun hai mas: de todos los tinterillos ninguno fué tan bautizado coma Monterilla que casi nació en la pila, con cuyo motivo las primeras palabras que llegaron a sus oídos fueron las de |secreto i clandestinidad, que despues en todo el curso de su vida, formaron su contraseña. Aunque mui feo, no era diminuto físicamente; i asi resolvieron sus parientes encaminarlo desde niño a la carrera del altar; pero con el fin seguramente de avanzar pronto en ella, se fugó a poco tiempo de la casa materna, para ir a vivir al lado de un |Reverendo Padre; razon por la cual llamaba la celda su casa |paterna. Estuvo poco tiempo en el colejio, i aun algunos despues lo titulaban el Doctor, sinembargo de que es cosa averiguada que no era abogado ni figuró jamas en tan honrosa lista. Despues se aficionó locamente a la hija de una tabernera por mayor que tenia su despacho cerca de la casa paterna; i poco a poco se fué aficionando tambien a aquello de despachar, viviendo mas comunmente en la taberna que en otra parte. Como en el despacho de este establecimiento no podia faltar de tiempo en tiempo, ya una factura de los efectos, ya una lista de deudores o un inventario de hipotecas pignoradas a la seguridad de algunos créditos menudos, Monterilla tuvo modo de adelantar su education literaria i brillar en la carrera de pendolista.

Despues de algunos meses, i ganado que hubo a favor de su literatura, la confianza de la tabernera, fué promovido al honor de ser quien entablaba las demandas que esta tenia que promover contra diferentes deudores, i contestar las reclamaciones judiciales que se suscitaban a veces contra ella; de manera que pasado un año Monterilla era como si dijeramos, el Sindico de la taberna.

Las ocupaciones de este nuevo encargo, retrayéndolo de W vida privada, como él decia, lo llamaron a vivir, no ya en .la taberna ¡en la celda, sino en los juzgados parroquiales donde prácticamente fué compréndiendo la terminolojia jurídica, que allí se ola por lo regular mui bien esplicada, pues los pedantisimos sujetos que hacían uso de ella, necesitaban hacérsela entenderla los jueces, que de ordinario la ignoraban. Con esto Monterilla se perfeccionó en breve sobre gran parte de la jurisprudencia teórica i sobre casi toda la práctica.

Poco tiempo despues ya no eran las demandas de veinte reales, el asunto que ocupaba la habilidad de Monterilla, ni, sus pleitos tenían el humilde orijen de los que le proporcionaba la tabernera. Había aprendido demasiado i todo debia elevarse en su profesion; así es que ya dedignaba todo aquello de falsos testigos, i otras cosas semejantes; i miraba en poco ante su jénio raro, las escepciones perentorias; dilatorias, robatorias i |falsificatorias : su habilidad lo elevaba a lo que él amaba la parte sublime del oficio, las escepciones |convinatorias. Entónces fué cuando se le empezó a ver en Bogotá.

Tal era, pues, el nuevo personaje que acompañó a D. Juan a la prision de Santiago i que acaba de salir de ella para ir a formar un escrito de recusacion, a sostener una garantía.

-La figura de Monterilla era siniestra, de estatura pequeña, vientre desenvuelto, vestido tambien de capa, pues nadie ignora que el vestido curial es necesariamente talar. De ordinario llevaba debajo del brazo un gran legajo cuyo destino era el de que sirviese de enseña de su oficio, i por tanto pocas veces andaba embozado, ántes bien se mostraba con marcha lenta, pero con aire desembarazado i brioso.

Monterilla salió de la prision de Santiago riéndose entro, sí del achaque de la garantía que tanto había seducido a este como la única esperanza de salvarse en los peligros a que había llegado. Monterilla sabia que semejante recurso era vano, tardío i hasta perjudicial: sin embargo, iba a emplearlo, normas que con el fin de comenzara funcionar en calidad de defensor; eleccion que no desconfiaba recaería en él tarde o temprano. A medida que veía la complicacion que por momentos presentaba la causa, sentía, mas placer, pues así esperaba tambien mejor remuneracion por la incontrastable defensa que su injénio prodijioso le alumbró desde que supo por, D. Juan, a fondo i con exactitud, la naturaleza del negocio: defensa que tenia para él la ventaja de ser tan pronta, que llenaría de un modo satisfactorio los anhelos de Santiago volviéndolo a la libertad inmediatamente.

Este entre tanto, se oponía decididamente a que D. Juan le buscase defensor; porque apesar de estar desesperado por verse libre, no queria persuadirse de que su prision era grave; así como un enfermo retarda el llamar al médico, por, hacerse la ilusion de que su mal es insignificante todavía: D. Juan no pensaba de tal modo; al contrario, cada momento redoblaba sus ruegos para con Santiago, a fin de que lo autorizase cuanto àntes, para buscar un abogado, el que Santiago quisiera de los muchos que le monbraba entre antiguos i modernos; haciendole presente de varios modos, que si un letrado empezaba su accion en oportunidad, podrian salvarse riesgos de mucha consideracion.

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