INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO VI
EL JUEZ I EL REO

CUANDO D. Juan, despues de otras varias diligencias, volvió a la cárcel para dar cuenta a Santiago de la lentitud con que parecia iban a marchar las cosas; lo encontró no solo ya mui consolado, sino notablemente alegre, lo que le sorprendió con razon, pues iba persuadido de tener que repetirle sus difíciles reflexiones para aliviarlo de la pena en que lo habia dejado.

Sabe U., le dijo Santiago al verlo, que ahora mas que nunca deseo con impaciencia la libertad?

-No lo dudo: i U. en eso tiene razon, porque a medida que la prision se prolonga i el preso es mas inocente, la cárcel debe hacerse mucho ménos tolerable.

-No solo por eso, D. Juan: es tambien por otro motivo, mas vehemente i particular,

-¿ Cuál ?

-Vea U.: a cada instante me persuado mas de que está i  llamado a ser mui feliz en Bogotá; que esta ciudad es el teatro donde he de desempeñar el papel que mas me gusta, i lo único que me falta para ello es el libre uso de  i al persona.

-Tal vez; i yo tambien lo creo, porque Bogotá es una mansion mui agradable.

-I mucho que lo es, Sr. D. Juan. Ya sabe lo que me pasó en la retreta la otra noche. Pues eso fué nada, segun U . mismo; aunque a primera vista yo creí que Babia sido una gran cosa. Mas aquí, me ha pasado un acontecimiento en que juzgo sucede todo lo contrario: es decir; aun cuando éste a primera vista no parece tanto, tengo para mi, porque el instinto me lo avisa, que sí es algo.

-¿ I bien ?

-Pues, Sor. ha venido a la cárcel una Señorita encantadora, vista de día por supuesto; una Señorita que es un ànjel. U. recordará que yo deseaba mucho ver una Señorita: pues, bien; depues de que U. salió sentí desde aquí, hácia el lado de la escalera la voz de una mujer; pero una voz. lindísima: corrí a asomarme a la puerta para ver a la que subia ; mas cuando salí ya iban entrando a la otra pieza una Señora de edad, un caballero, i sobre todo la Señorita. Yo me quedé mirándola como sobrecojido de admiración, i ella me miró tambien; pero ¡qué mirada...! U. no puede imajinarse... fué un rayo que me estremeció: ¡qué buena debe de ser! Era la última que entraba a la pieza i todavia se detuvo en la puerta para dirijirme otra mirada sostenida ... lenta ... expresiva... d Qué le parece a U? ¿soi un Adónis, Sr. D. Juan, o soi Santiago, no mas?

-No le diré lo que es U.; pero si podria decirle lo que es ella, porque la conozco, i se llama Baciliza.

-¿De veras? Es U., mi querido D. Juan, todo un primor. Cómo ha podido saber tan pronto quien es esa Señorita ?

-Porque ella entraba cuando yo salia.

-¿ Conque se llama Baciliza? ¡caramba! Aquí siquiera saben bautizar los curas, no como en mi tierra, donde acomodan unos nombres que da tentacion de buscarles anagrama. ¡ Baciliza ! ¿ No es cierto que es una mujer sin igual ?

-Por lo ménos es mui linda, dijo D. Juan sonriéndose.

-Pero aun hai mas, continuó Santiago. Yo estuve pronto a verla salir, i se repitió entónces todo eso de las miradas: me asomé al balcon cuando calculé pie ya estaba en la calle, i la vi marchar con una gracia seductora: ella tambien me vió, se sonrió i tuve la complacencia de que volviera a mirarme a cada seis u ocho pasos hasta que dobló la esquina. ¿ Esto no es algo? Una jóven que se llana Baciliza, que es un ánjel; una. Señorita de recato, de education; una bogotana...

Entónces se abrió estrepitosamente la puerta de la prision. i se presentaron en ella el juez i el escribano.

Santiago estaba con el sombrero que le habia enviado D. Juan, el que conservaba puesto seguramente en virtud de la costumbre que se contrae en el campo, de tener siempre cubierta la cabeza: tambien tenia puesta la capa, vestido que inocentemente juzgaba mui elegante por no estar todavía al cabo de la moda.

Como no conocía al juez ni al escribano no pudo distinguirlos al principio. El juez era un hombre algo viejo, que no obstante llevar la mitad de su vida en ejercicio, por lo me nos presunto, de las funciones de abogado, aun no había aprendido gran cosa del derecho ni logrado hacer papel en su profesion El empleo de juez que desempeñaba interinamente, i que no debia servir sino por pocos dias, era el grado mas alto a que había podido ascender; i por lo mismo le gustaba en estremo, a causa de que creía le prestaba alguna consideracion que en toda su vida no habia probado: así es que acostumbrado, como estaba a que nadie le hiciese caso i ni aun siquiera los pobres mas corteses le saludaran cuando iba por la calle, ni le ofrecieran el lado, ni le tributaran acatamiento de ningun jénero; luego que algunas jentes respetuosas siempre hàcia la autoridad, lo trataron con algun miramiento, comenzó a creerse una |notabilidad, como él decía en su no mui buen castellano, i a darse una importancia que apenas podia sufrirse.

Al presentarse, pues, ante Santiago, quien habia adquirido en su tierra los hábitos contrarios, siendo desde niño objeto del aprecio i consideracion de todos; se le mostró con un aire tan tivante, que el preso se sintió apeado de su orgullo con no poca indignacion. Este reputaba tanto mas justo su enojo en aquel caso, cuanto que el juez estaba vestido con una capa mas vieja i mucho menos decente que la suya, debajo de la cual se ocultaba una chaqueta rota i asquerosa; de suerte que mas representaba el juez así, a uno de esos pobres artesanos que usan la capa para ocultar su miseria, que al funcionario encargado de resolver sobre el honor i la fortuna de los hombres.

Santiago siguió, pues, con su sombrero puesto, i el majistrado observando tal falta, no tuvo inconveniente en darle con el baston a la elevada copa, desnudando así con gran facilidad, la frente erguida del reo. Mas este se quitó entónces tambien la capa para lanzarse como un rayo sobre el juez, lo que habria verificado en efecto, si D. Juan no lo hubiera contenido, recordándole el deber de guardar miramiento hàcia un funcionario empleado por la sociedad. El juez que era cobrarde sobrecojido de un gran temor, se contentó con repetirle dos o tres veces que advirtiera estaba DELANTE DE UNA AUTORIDAD. Santiago reportándose alzó su sombrero i lo puso sobre la mesa, en la que proyectaba una sombra que iba a perderse entre las tinieblas de los rincones. Se le intimó luego a D. Juan que se retirase, i comenzó la declaracion.

Santiago refirió con el mayor laconismo que pudo su asistencia a la retreta; laconismo que perjudicaba mucho allí, pites el juez irritado trataba maliciosamente de prevalerse de él, con la mira de acrecentar las sospechas i llenar el proceso de cargos mas i Idas sérios. Santiago que esperaba salir triunfante de todos refiriéndose a D. Juan, que sabia mili bien su inocencia, se vió forzado a desengañarse cuando le hizo ver el juez que siendo aquel no solamente un testigo inhabil por su calidad de amigo intimo del que lo citaba, figuraba tambien como defensor actual, i su esposicion por lo mismo, era inadmisible. No quiso Santiago insistir tampoco en que fuera oído, previéndo no podría ménos de declarar que sele rabia escapado en la retreta, lo que, induciría acaso una nueva sospecha, por lo mènos de complicidad.

Como Santiago al responder usaba de un tono demasiado enérjico, el juez se consideraba con esto gravemente ofendido, no bastándole para evitar la falta, repetirle a cada paso, que estaba DELANTE DE UNA AUTORIDAD; porque el reo no hacia el menor caso de ese hinchando estribillo, tan familiar a los estólidos alcaldes de su tierra.

El juez por su lado usaba tambien, como es de suponer. se, una aspereza mayor de la que le era jenial; notándose por consiguiente, tanto encono en la escena, que el escribano te mía a cada momento, no empezaran de repente a cruzarse por el aire, con gran peligro suyo, el sombrero i el recado de escribir. Santiago paseaba sus ojos sin cesar por toda la persona del juez, i este poniéndose en la boca la cabeza del baston, los paseaba por las paredes. i Cómo! decía Santiago entre si: ¿és posible dite este hombre que vale ménos que el sacristan de mi pueblo. haga conmigo el papel de un amo, mientras yo tan armado allà de todos, no hago otro que el de un vil reo?

No parece que pudieran vituperarse enteramente a Santiago estos impulsos do soberbia; pues no hacia otra cosa que dejarse llevar de la preocupacion comun que inspira siempre a primera vista, desprecio o consideracion hàcia un hombre segun el tren de su persona.

Al fin observando que el escribano no solo estaba mas decente, sino que tambien mostraba mejores modales i era el único que redactaba; pareciéndole mucho mas digno que el juez, resolvió dirijirsele en sus contestaciones, para evitar asi el tener que volver a poner los ojos en aquel. Semejante desprecio fué notado mui facilmente por el adusto juez, quien en consecuencia se irritó hasta el extremo de reconvenir por ello a Santiago; que a su vez queriendo manifestarle no hacer caso de la reconvencion, i finjiendo ignorar la nomenclatura de los empleos, se dirijió al escribano diciéndole:

-Escriba U. aprisa, Sor. sota-juez, i despachemos pronto, que quiero salir de esta cárcel inmediatamente.

A estas palabras subió hasta el mas alto grado la ira del juez: pero como le tenia miedo a Santiago, se reprimió i trató de acabar lo mas pronto aquella dilijencia. Concluida que fue la que hizo firmar al reo i se retiró, deteniéndose primero en la puerta desde la cual le dijo en alta voz:

-Ha tenido U. el honor de ESTAR DELANTE DE UNA AUTORIDAD; i no saldrá de aqui sino para una casa de reclusion...

Santiago se quedó solo. |No saldré de aquí lino para una casa de repulsion repetía mui triste, i recordando el acento de seguridad con que había hablado su juez. ¿ i quién es el que me ha anunciado tan horrible cosa? El juez mismo. Es decir que ya estoi condenado, i condenado inocente. Tan injusta sentencia acaba de dictarse aquí mismo en el umbral de esa puerta. Mui injusto es eso; pero al fin siempre es una decision del juez proyectada de antemano ¿ Qué me queda, pues, que esperar en este caso ? Si: no hai que dudarlo; ese hombre es el juez que me está juzgando; luego tiene mucho poder sobre mi, sobre un desgraciado que no puede contrarrestarlo. Yo estói aquí solo, sin tener a favor mío mas que a D. Juan; a un amigo bueno i jeneroso, es verdad, pero que ni siquiera es abogado: tiene relaciones, tambien es cierto; pero carece de influjo sobre esta jente curial. Podría servirse de algun órgano intermedio; mas ¿qué interes tan activo que fuera eficaz, puedo yo inspirar cuando de nadie soi conocido? Todos probablemente dudarán de mi inocencia: las sospechas, bien visto san mui graves... ¿No acaban de escribir en el proceso, i yo lo he firmado, que fui aprehendido con ese otro hombre en su misma guarida? d no lo habràn declarado así todos los que me cojieron.? ¿ qué he logrado alegar en justificacion de tal hecho? Nada. Lo que poda disculparme es tan vergonzoso que me ha sido necesario pasarlo en silencio, i hacer por consecuencia, aparecer un misterio que debe perjudicarme mucho: i ese misterio tendrà que seguir, porque jamas permitiré se descubra. Por otra parte, debo convencerme de haber ofendido al juez; i entónces es indudable que él tratará de vengarse, pues parece ser un hombre inferior á la venganza, e inferior a todo. Bien que no pueda condenarme, lo supongo, si es que logro acreditar mi inocencia, lo que yo mismo por ciertos, no sé como pueda conseguir; pero a lo ménos deberé estar aquí hasta que se concluya mi causa: i si una causa en la que el juez es imparcial dura siempre tantos meses ¿qué será cuando la venganza lo interesa tan vivamente en su eternizacion ? Si: no hai duda; esto seguirá, llegará al fin a noticia de mi padre... ¡qué vergüenza! ¿ i mi honor  ? i el suyo... ?

Siguiendo Santiago estas consideraciones, pareció por último que trataba de recordar algo que ántes le Babia causado placer: algo que lo saco anteriormente de otro momento de afliccion... Estaba en aquel instante tan comun a todos, en que sintiéndose el reflejo de la sensacion producida por un pensamiento agradable sin recordar el mismo pensamiento; se está como iluminado por el crepúsculo de un astro que acaba, de ponerse. Ese algo era Baciliza, i bien pronto lo recordó Santiago. Pero i qué diferencia! Lejos de animarse entónces como àntes se había animado, lo que esperimentó fué solo el brio de la angustia i de la de desperacion; porque la libertad que hasta allí no habla tenido para él nada fijo que la definiera, nada material por decirlo así, que la apoyara; ya lo tenia, ya era ,su libertad una imàjen, la imàjen de Baciliza. Esa libertad que antes no le parecía reducida a otra cosa que al nombre vago de las calles de una ciudad, era ya nada ménos que el nombre del amor. Ademas, ese amor debia traer consigo la idea de la honra, i del merecimiento ; pero Baciliza habria de ver tal amante preso por muchos meses i encausado por ladron. Entónces sele representaban el desprecio o la estimacion de esta jóven, como los símbolos de la infamia o de la rehabilitacion; i se desesperaba pensando que un día mas de cárcel era insoportable, porque iba a condenar. el corazon trayéndole un fallo que decidía haber graves sospechas, pues el examen de la justicia se iba haciendo largo.

Mientras Santiago continuaba en sus penosas reflexiones, D. Juan que había estado en el altozano aguardando al juez para, informarse del resultado de la declaracion, i del aspecto que empezaran a tomar las cosas despues de esta dilijencia; volvía para la cárcel mui alarmado e inquieto, porque el juez, le habia dado a entender que el asunto parecía demasiado peligroso.

Guando D. Juan estuvo en el altozano esta última vez, sele agregó un hombre de los que andaban por alla llamado Monterilla en su tierra. Este le habia mostrado sumo interes por Santiago, cuya prision ya había llegado a su noticia; mas D. Juan que al principio poco caso hizo de ese interes, se viò en la necesidad de contemplarlo como un consuelo en el estado de angustia a que lo redujo la última conversacion con el juez.-Por este motivo Monterilla acompañaba a D. Juan cuando venia para donde Santiago con el objeto de acordar algo, lo mas pronto posible, acerca de la persona a quien debia encargarse la defensa que ya era necesario encomendar a manos adiestradas.

Cuando llegaron donde Santiago, a quien no hace un momento dejamos tan abatido, léjos de encontrarlo en el estado de tristeza que se suponían, lo hallaron mui contento, cual si en sus meditaciones le hubiese ocurrido algun pensamiento consolador.

-¿ Por qué es ese contento? le preguntó D. Juan: ¿ ignora U. acaso el riesgo grave en que está ? El juez se manifiesta abiertamente prevenido, i no es posible quitarle de la cabeza que U. es culpable, pues sostiene que eso está ya suficiente- mente comprobado: así acaba de decírmelo en presencia de este Sr.

-¿I qué me inporta a mi, dijo Santiago, ese zamacuco de juez?

-¿Cómo, qué le importa, replicó D. Juan, cuando es hoi el hombre que debe decidir de su suerte?

-Pues no lo será, alegó Santiago, embozándose en la capa i empezando a pasearse; porque yo tengo garantías que haré valer, i no quiero que lo sea: así que declaro formalmente que lo recuso desde luego.

D. Juan se quedó suspenso i volviéndose a Monterilla le dijo.

-¿ Qué piensa U. de esto ? Yo creo que efectivamente Santiago tiene razon.

-No, Sr., dijo Monterilla: eso no es exacto, porque el Sr. no tiene motivo legal para recusar al juez.

-¿Cómo, que no lo tengo? gritó Santiago: mucho que tengo; i repito que lo recuso en regla.

-Está U. equivocado, sostuvo Monterilla.

-¿Yo equivocado? Pues sepa U. que soi enemigo de ese Juez, i declaro que lo detesto ¡tengo de quebrarle el baston en la cabeza: él por su lado debe convenir tambien en que ni yo ni mi sombrero le hemos caido en gracia, i en que me tiene, sin embargo, un miedo de a dos charreteras, como puede declararlo el sota-juez.

-Esos son calores, Sr. Santiago, contestó Monterilla. Con todo, lo mejor será que busquen UU. un defensor que dirija bien las cosas.

-Por ahora la recusacion es lo mejor, repuso Santiago

-U. Me permitirà dijo Monterilla, que lo convenza de que eso no puede ser: convengo en que el juez i U. son enemigos; mas para que la enemistad sea motivo de recusacion, quiere la lei que tal enemistad sea |capital i |declarada; es decir, quiere dos cosas tan vagas, que es imposible tentar nunca con seguridad de buen éxito un remedio semejante. Ademas el juez está tan prevenido, que no se dejará recusar; yo lo aseguro con conocimiento de causa, como decimos los prácticos.

-¡ Qué prácticos ni que enredo! Que venga un abogado i verán U U. en un momento si salgo o no de las garras de ese zonzarrion.

-Mucho lo dificulto, dijo Monterilla.

-Hace U. mui mal en dificultarlo, repuso Santiago parándosele en frente i con mucha formalidad; porque no solo espero librarme de ese juez, lo que es mui fácil de hacer, sino que voi tambien a quejarme de los insultos que me ha irrogado el capigorron.

-¿ Cree U., pues, preguntó Monterilla, que las injurias son articulo de monta en nuestro foro ?

-Eso si es cierto, dijo D. Juan; pues respecto de injurias ]ajusticia ve al contrario de la sociedad: para esta el ultraje mas leve en sí mismo, es una deshonra grave que merece un duelo; mientras a los ojos de los tribunales parece haber un lente al travez del cual, el escarnio mas afrentoso se ve como una molécula imperceptible i despreciable de materia criminal.

-¿Es cierto eso? preguntó Santiago.

-Demasiado cierto, respondió D. Juan; i a mi me consta mucho por desgracia.

-Siento, repuso aquel, no haber sabido eso en tiempo, para haber hecho caer sobre ese zorrastron una granizada de insultos...

-Eso no, inturrumpió Monterilla: las injurias particulares son las que pasan sin inconveniente; pero de un particular a una autoridad, ya no es lo mismo Si U. al rendir su declaracion, se ha excedido en alzar el tono de su voz siquiera una nota mas allá de la que prescribe el reglamento del amor propio, o de la dignidad que es lo mismo, de nuestro juez; yo le aseguro que la causa de irrespetos que ya oí decir a este trataba de iniciarle, no serà una borondanga.

-¡Qué! ¿Tambien tenemos eso? exclamó Santiago.

-Por lo ménos asi se dice, contestó Monterilla.

-I lo creo, continuó aquel; porque me acuerdo mui bien de que yo alzaba la voz a toda mi satisfaccion, i no digo una nota, sino una octava a lo ménos mas arriba de todo reglamento: por eso sería que el bauno repetia a cada paso: | ESTA U. DELANTE DE UNA AUTORIDAD.

-¡ Cabal! esclamó Monterilla : ese es precisamente el epigrafe de lo que los prácticos llamamos cabeza de proceso por irrespetos.

- No hai remedio, dijo D. Juan: es preciso buscar un defensor.

-Sin embargo, añadió. Monterilla; siempre es bueno probar toda especie de recursos : así es que si el Sr. insiste en la recusacion, puedo ir a formarle en el momento un buen escrito sobre el particular...

-Insisto dijo Santiago: es bueno intentar esa recusacion, i hacer valer nuestras garantías.

Monterilla sabia mui bien que efectivamente el juez habia ido a hacer comprobar en el acto los irrespetos de Santiago, a fin de acumular mayor número de cargos contra él, i asegurar su venganza cualesquiera que fuesen el juez o tribunal que hubieran de sentenciarlo. Con todo eso, Monterilla; que deseaba apoderarse de la defensa, se fué a hacer el escrito, no porque desconociera la inutilidad de semejante paso, sino por ir tomando de hecho i poco a poco el carácter de defensor sin necesidad de solicitarlo directamente.

Mientras tanto D. Juan i Santiago quedaron en acuerdo para deliberar sobre cual sería el letrado a quien con mas ventajas pudiera encargarse la defensa.

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