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CAPITULO VI
EL JUEZ I EL REO
CUANDO D. Juan, despues de otras varias diligencias, volvió a la
cárcel para dar cuenta a Santiago de la lentitud con que parecia
iban a marchar las cosas; lo encontró no solo ya mui consolado,
sino notablemente alegre, lo que le sorprendió con razon, pues iba
persuadido de tener que repetirle sus difíciles reflexiones para
aliviarlo de la pena en que lo habia dejado.
Sabe U., le dijo Santiago al verlo, que ahora mas que nunca
deseo con impaciencia la libertad?
-No lo dudo: i U. en eso tiene razon, porque a medida que la
prision se prolonga i el preso es mas inocente, la cárcel debe
hacerse mucho ménos tolerable.
-No solo por eso, D. Juan: es tambien por otro motivo, mas
vehemente i particular,
-¿ Cuál ?
-Vea U.: a cada instante me persuado mas de que está i llamado
a ser mui feliz en Bogotá; que esta ciudad es el teatro donde he de
desempeñar el papel que mas me gusta, i lo único que me falta para
ello es el libre uso de i al persona.
-Tal vez; i yo tambien lo creo, porque Bogotá es una mansion mui
agradable.
-I mucho que lo es, Sr. D. Juan. Ya sabe lo que me pasó en la
retreta la otra noche. Pues eso fué nada, segun U . mismo; aunque a
primera vista yo creí que Babia sido una gran cosa. Mas aquí, me ha
pasado un acontecimiento en que juzgo sucede todo lo contrario: es
decir; aun cuando éste a primera vista no parece tanto, tengo para
mi, porque el instinto me lo avisa, que sí es algo.
-¿ I bien ?
-Pues, Sor. ha venido a la cárcel una Señorita encantadora,
vista de día por supuesto; una Señorita que es un ànjel. U.
recordará que yo deseaba mucho ver una Señorita: pues, bien; depues
de que U. salió sentí desde aquí, hácia el lado de la escalera la
voz de una mujer; pero una voz. lindísima: corrí a asomarme a la
puerta para ver a la que subia ; mas cuando salí ya iban entrando a
la otra pieza una Señora de edad, un caballero, i sobre todo la
Señorita. Yo me quedé mirándola como sobrecojido de admiración, i
ella me miró tambien; pero ¡qué mirada...! U. no puede
imajinarse... fué un rayo que me estremeció: ¡qué buena debe de
ser! Era la última que entraba a la pieza i todavia se detuvo en la
puerta para dirijirme otra mirada sostenida ... lenta ...
expresiva... d Qué le parece a U? ¿soi un Adónis, Sr. D. Juan, o
soi Santiago, no mas?
-No le diré lo que es U.; pero si podria decirle lo que es ella,
porque la conozco, i se llama Baciliza.
-¿De veras? Es U., mi querido D. Juan, todo un primor. Cómo ha
podido saber tan pronto quien es esa Señorita ?
-Porque ella entraba cuando yo salia.
-¿ Conque se llama Baciliza? ¡caramba! Aquí siquiera saben
bautizar los curas, no como en mi tierra, donde acomodan unos
nombres que da tentacion de buscarles anagrama. ¡ Baciliza ! ¿ No
es cierto que es una mujer sin igual ?
-Por lo ménos es mui linda, dijo D. Juan sonriéndose.
-Pero aun hai mas, continuó Santiago. Yo estuve pronto a verla
salir, i se repitió entónces todo eso de las miradas: me asomé al
balcon cuando calculé pie ya estaba en la calle, i la vi marchar
con una gracia seductora: ella tambien me vió, se sonrió i tuve la
complacencia de que volviera a mirarme a cada seis u ocho pasos
hasta que dobló la esquina. ¿ Esto no es algo? Una jóven que se
llana Baciliza, que es un ánjel; una. Señorita de recato, de
education; una bogotana...
Entónces se abrió estrepitosamente la puerta de la prision. i se
presentaron en ella el juez i el escribano.
Santiago estaba con el sombrero que le habia enviado D. Juan, el
que conservaba puesto seguramente en virtud de la costumbre que se
contrae en el campo, de tener siempre cubierta la cabeza: tambien
tenia puesta la capa, vestido que inocentemente juzgaba mui
elegante por no estar todavía al cabo de la moda.
Como no conocía al juez ni al escribano no pudo distinguirlos al
principio. El juez era un hombre algo viejo, que no obstante llevar
la mitad de su vida en ejercicio, por lo me nos presunto, de las
funciones de abogado, aun no había aprendido gran cosa del derecho
ni logrado hacer papel en su profesion El empleo de juez que
desempeñaba interinamente, i que no debia servir sino por pocos
dias, era el grado mas alto a que había podido ascender; i por lo
mismo le gustaba en estremo, a causa de que creía le prestaba
alguna consideracion que en toda su vida no habia probado: así es
que acostumbrado, como estaba a que nadie le hiciese caso i ni aun
siquiera los pobres mas corteses le saludaran cuando iba por la
calle, ni le ofrecieran el lado, ni le tributaran acatamiento de
ningun jénero; luego que algunas jentes respetuosas siempre hàcia
la autoridad, lo trataron con algun miramiento, comenzó a creerse
una
|notabilidad, como él decía en su no mui buen
castellano, i a darse una importancia que apenas podia
sufrirse.
Al presentarse, pues, ante Santiago, quien habia adquirido en su
tierra los hábitos contrarios, siendo desde niño objeto del aprecio
i consideracion de todos; se le mostró con un aire tan tivante, que
el preso se sintió apeado de su orgullo con no poca indignacion.
Este reputaba tanto mas justo su enojo en aquel caso, cuanto que el
juez estaba vestido con una capa mas vieja i mucho menos decente
que la suya, debajo de la cual se ocultaba una chaqueta rota i
asquerosa; de suerte que mas representaba el juez así, a uno de
esos pobres artesanos que usan la capa para ocultar su miseria, que
al funcionario encargado de resolver sobre el honor i la fortuna de
los hombres.
Santiago siguió, pues, con su sombrero puesto, i el majistrado
observando tal falta, no tuvo inconveniente en darle con el baston
a la elevada copa, desnudando así con gran facilidad, la frente
erguida del reo. Mas este se quitó entónces tambien la capa para
lanzarse como un rayo sobre el juez, lo que habria verificado en
efecto, si D. Juan no lo hubiera contenido, recordándole el deber
de guardar miramiento hàcia un funcionario empleado por la
sociedad. El juez que era cobrarde sobrecojido de un gran temor, se
contentó con repetirle dos o tres veces que advirtiera estaba
DELANTE DE UNA AUTORIDAD. Santiago reportándose alzó su sombrero i
lo puso sobre la mesa, en la que proyectaba una sombra que iba a
perderse entre las tinieblas de los rincones. Se le intimó luego a
D. Juan que se retirase, i comenzó la declaracion.
Santiago refirió con el mayor laconismo que pudo su asistencia a
la retreta; laconismo que perjudicaba mucho allí, pites el juez
irritado trataba maliciosamente de prevalerse de él, con la mira de
acrecentar las sospechas i llenar el proceso de cargos mas i Idas
sérios. Santiago que esperaba salir triunfante de todos
refiriéndose a D. Juan, que sabia mili bien su inocencia, se vió
forzado a desengañarse cuando le hizo ver el juez que siendo aquel
no solamente un testigo inhabil por su calidad de amigo intimo del
que lo citaba, figuraba tambien como defensor actual, i su
esposicion por lo mismo, era inadmisible. No quiso Santiago
insistir tampoco en que fuera oído, previéndo no podría ménos de
declarar que sele rabia escapado en la retreta, lo que, induciría
acaso una nueva sospecha, por lo mènos de complicidad.
Como Santiago al responder usaba de un tono demasiado enérjico,
el juez se consideraba con esto gravemente ofendido, no bastándole
para evitar la falta, repetirle a cada paso, que estaba DELANTE DE
UNA AUTORIDAD; porque el reo no hacia el menor caso de ese
hinchando estribillo, tan familiar a los estólidos alcaldes de su
tierra.
El juez por su lado usaba tambien, como es de suponer. se, una
aspereza mayor de la que le era jenial; notándose por consiguiente,
tanto encono en la escena, que el escribano te mía a cada momento,
no empezaran de repente a cruzarse por el aire, con gran peligro
suyo, el sombrero i el recado de escribir. Santiago paseaba sus
ojos sin cesar por toda la persona del juez, i este poniéndose en
la boca la cabeza del baston, los paseaba por las paredes. i Cómo!
decía Santiago entre si: ¿és posible dite este hombre que vale
ménos que el sacristan de mi pueblo. haga conmigo el papel de un
amo, mientras yo tan armado allà de todos, no hago otro que el de
un vil reo?
No parece que pudieran vituperarse enteramente a Santiago estos
impulsos do soberbia; pues no hacia otra cosa que dejarse llevar de
la preocupacion comun que inspira siempre a primera vista,
desprecio o consideracion hàcia un hombre segun el tren de su
persona.
Al fin observando que el escribano no solo estaba mas decente,
sino que tambien mostraba mejores modales i era el único que
redactaba; pareciéndole mucho mas digno que el juez, resolvió
dirijirsele en sus contestaciones, para evitar asi el tener que
volver a poner los ojos en aquel. Semejante desprecio fué notado
mui facilmente por el adusto juez, quien en consecuencia se irritó
hasta el extremo de reconvenir por ello a Santiago; que a su vez
queriendo manifestarle no hacer caso de la reconvencion, i
finjiendo ignorar la nomenclatura de los empleos, se dirijió al
escribano diciéndole:
-Escriba U. aprisa, Sor. sota-juez, i despachemos pronto, que
quiero salir de esta cárcel inmediatamente.
A estas palabras subió hasta el mas alto grado la ira del juez:
pero como le tenia miedo a Santiago, se reprimió i trató de acabar
lo mas pronto aquella dilijencia. Concluida que fue la que hizo
firmar al reo i se retiró, deteniéndose primero en la puerta desde
la cual le dijo en alta voz:
-Ha tenido U. el honor de ESTAR DELANTE DE UNA AUTORIDAD; i no
saldrá de aqui sino para una casa de reclusion...
Santiago se quedó solo.
|No saldré de aquí lino para una casa
de repulsion repetía mui triste, i recordando el acento de
seguridad con que había hablado su juez. ¿ i quién es el que me ha
anunciado tan horrible cosa? El juez mismo. Es decir que ya estoi
condenado, i condenado inocente. Tan injusta sentencia acaba de
dictarse aquí mismo en el umbral de esa puerta. Mui injusto es eso;
pero al fin siempre es una decision del juez proyectada de antemano
¿ Qué me queda, pues, que esperar en este caso ? Si: no hai que
dudarlo; ese hombre es el juez que me está juzgando; luego tiene
mucho poder sobre mi, sobre un desgraciado que no puede
contrarrestarlo. Yo estói aquí solo, sin tener a favor mío mas que
a D. Juan; a un amigo bueno i jeneroso, es verdad, pero que ni
siquiera es abogado: tiene relaciones, tambien es cierto; pero
carece de influjo sobre esta jente curial. Podría servirse de algun
órgano intermedio; mas ¿qué interes tan activo que fuera eficaz,
puedo yo inspirar cuando de nadie soi conocido? Todos probablemente
dudarán de mi inocencia: las sospechas, bien visto san mui
graves... ¿No acaban de escribir en el proceso, i yo lo he firmado,
que fui aprehendido con ese otro hombre en su misma guarida? d no
lo habràn declarado así todos los que me cojieron.? ¿ qué he
logrado alegar en justificacion de tal hecho? Nada. Lo que poda
disculparme es tan vergonzoso que me ha sido necesario pasarlo en
silencio, i hacer por consecuencia, aparecer un misterio que debe
perjudicarme mucho: i ese misterio tendrà que seguir, porque jamas
permitiré se descubra. Por otra parte, debo convencerme de haber
ofendido al juez; i entónces es indudable que él tratará de
vengarse, pues parece ser un hombre inferior á la venganza, e
inferior a todo. Bien que no pueda condenarme, lo supongo, si es
que logro acreditar mi inocencia, lo que yo mismo por ciertos, no
sé como pueda conseguir; pero a lo ménos deberé estar aquí hasta
que se concluya mi causa: i si una causa en la que el juez es
imparcial dura siempre tantos meses ¿qué será cuando la venganza lo
interesa tan vivamente en su eternizacion ? Si: no hai duda; esto
seguirá, llegará al fin a noticia de mi padre... ¡qué vergüenza! ¿
i mi honor ? i el suyo... ?
Siguiendo Santiago estas consideraciones, pareció por último que
trataba de recordar algo que ántes le Babia causado placer: algo
que lo saco anteriormente de otro momento de afliccion... Estaba en
aquel instante tan comun a todos, en que sintiéndose el reflejo de
la sensacion producida por un pensamiento agradable sin recordar el
mismo pensamiento; se está como iluminado por el crepúsculo de un
astro que acaba, de ponerse. Ese algo era Baciliza, i bien pronto
lo recordó Santiago. Pero i qué diferencia! Lejos de animarse
entónces como àntes se había animado, lo que esperimentó fué solo
el brio de la angustia i de la de desperacion; porque la libertad
que hasta allí no habla tenido para él nada fijo que la definiera,
nada material por decirlo así, que la apoyara; ya lo tenia, ya era
,su libertad una imàjen, la imàjen de Baciliza. Esa libertad que
antes no le parecía reducida a otra cosa que al nombre vago de las
calles de una ciudad, era ya nada ménos que el nombre del amor.
Ademas, ese amor debia traer consigo la idea de la honra, i del
merecimiento ; pero Baciliza habria de ver tal amante preso por
muchos meses i encausado por ladron. Entónces sele representaban el
desprecio o la estimacion de esta jóven, como los símbolos de la
infamia o de la rehabilitacion; i se desesperaba pensando que un
día mas de cárcel era insoportable, porque iba a condenar. el
corazon trayéndole un fallo que decidía haber graves sospechas,
pues el examen de la justicia se iba haciendo largo.
Mientras Santiago continuaba en sus penosas reflexiones, D. Juan
que había estado en el altozano aguardando al juez para, informarse
del resultado de la declaracion, i del aspecto que empezaran a
tomar las cosas despues de esta dilijencia; volvía para la cárcel
mui alarmado e inquieto, porque el juez, le habia dado a entender
que el asunto parecía demasiado peligroso.
Guando D. Juan estuvo en el altozano esta última vez, sele
agregó un hombre de los que andaban por alla llamado Monterilla en
su tierra. Este le habia mostrado sumo interes por Santiago, cuya
prision ya había llegado a su noticia; mas D. Juan que al principio
poco caso hizo de ese interes, se viò en la necesidad de
contemplarlo como un consuelo en el estado de angustia a que lo
redujo la última conversacion con el juez.-Por este motivo
Monterilla acompañaba a D. Juan cuando venia para donde Santiago
con el objeto de acordar algo, lo mas pronto posible, acerca de la
persona a quien debia encargarse la defensa que ya era necesario
encomendar a manos adiestradas.
Cuando llegaron donde Santiago, a quien no hace un momento
dejamos tan abatido, léjos de encontrarlo en el estado de tristeza
que se suponían, lo hallaron mui contento, cual si en sus
meditaciones le hubiese ocurrido algun pensamiento consolador.
-¿ Por qué es ese contento? le preguntó D. Juan: ¿ ignora U.
acaso el riesgo grave en que está ? El juez se manifiesta
abiertamente prevenido, i no es posible quitarle de la cabeza que
U. es culpable, pues sostiene que eso está ya suficiente- mente
comprobado: así acaba de decírmelo en presencia de este Sr.
-¿I qué me inporta a mi, dijo Santiago, ese zamacuco de
juez?
-¿Cómo, qué le importa, replicó D. Juan, cuando es hoi el hombre
que debe decidir de su suerte?
-Pues no lo será, alegó Santiago, embozándose en la capa i
empezando a pasearse; porque yo tengo garantías que haré valer, i
no quiero que lo sea: así que declaro formalmente que lo recuso
desde luego.
D. Juan se quedó suspenso i volviéndose a Monterilla le
dijo.
-¿ Qué piensa U. de esto ? Yo creo que efectivamente Santiago
tiene razon.
-No, Sr., dijo Monterilla: eso no es exacto, porque el Sr. no
tiene motivo legal para recusar al juez.
-¿Cómo, que no lo tengo? gritó Santiago: mucho que tengo; i
repito que lo recuso en regla.
-Está U. equivocado, sostuvo Monterilla.
-¿Yo equivocado? Pues sepa U. que soi enemigo de ese Juez, i
declaro que lo detesto ¡tengo de quebrarle el baston en la cabeza:
él por su lado debe convenir tambien en que ni yo ni mi sombrero le
hemos caido en gracia, i en que me tiene, sin embargo, un miedo de
a dos charreteras, como puede declararlo el sota-juez.
-Esos son calores, Sr. Santiago, contestó Monterilla. Con todo,
lo mejor será que busquen UU. un defensor que dirija bien las
cosas.
-Por ahora la recusacion es lo mejor, repuso Santiago
-U. Me permitirà dijo Monterilla, que lo convenza de que eso no
puede ser: convengo en que el juez i U. son enemigos; mas para que
la enemistad sea motivo de recusacion, quiere la lei que tal
enemistad sea
|capital i
|declarada; es decir,
quiere dos cosas tan vagas, que es imposible tentar nunca con
seguridad de buen éxito un remedio semejante. Ademas el juez está
tan prevenido, que no se dejará recusar; yo lo aseguro con
conocimiento de causa, como decimos los prácticos.
-¡ Qué prácticos ni que enredo! Que venga un abogado i verán U
U. en un momento si salgo o no de las garras de ese zonzarrion.
-Mucho lo dificulto, dijo Monterilla.
-Hace U. mui mal en dificultarlo, repuso Santiago parándosele en
frente i con mucha formalidad; porque no solo espero librarme de
ese juez, lo que es mui fácil de hacer, sino que voi tambien a
quejarme de los insultos que me ha irrogado el capigorron.
-¿ Cree U., pues, preguntó Monterilla, que las injurias son
articulo de monta en nuestro foro ?
-Eso si es cierto, dijo D. Juan; pues respecto de injurias
]ajusticia ve al contrario de la sociedad: para esta el ultraje mas
leve en sí mismo, es una deshonra grave que merece un duelo;
mientras a los ojos de los tribunales parece haber un lente al
travez del cual, el escarnio mas afrentoso se ve como una molécula
imperceptible i despreciable de materia criminal.
-¿Es cierto eso? preguntó Santiago.
-Demasiado cierto, respondió D. Juan; i a mi me consta mucho por
desgracia.
-Siento, repuso aquel, no haber sabido eso en tiempo, para haber
hecho caer sobre ese zorrastron una granizada de insultos...
-Eso no, inturrumpió Monterilla: las injurias particulares son
las que pasan sin inconveniente; pero de un particular a una
autoridad, ya no es lo mismo Si U. al rendir su declaracion, se ha
excedido en alzar el tono de su voz siquiera una nota mas allá de
la que prescribe el reglamento del amor propio, o de la dignidad
que es lo mismo, de nuestro juez; yo le aseguro que la causa de
irrespetos que ya oí decir a este trataba de iniciarle, no serà una
borondanga.
-¡Qué! ¿Tambien tenemos eso? exclamó Santiago.
-Por lo ménos asi se dice, contestó Monterilla.
-I lo creo, continuó aquel; porque me acuerdo mui bien de que yo
alzaba la voz a toda mi satisfaccion, i no digo una nota, sino una
octava a lo ménos mas arriba de todo reglamento: por eso sería que
el bauno repetia a cada paso: |
ESTA U. DELANTE DE UNA
AUTORIDAD.
-¡ Cabal! esclamó Monterilla : ese es precisamente el epigrafe
de lo que los prácticos llamamos cabeza de proceso por
irrespetos.
- No hai remedio, dijo D. Juan: es preciso buscar un
defensor.
-Sin embargo, añadió. Monterilla; siempre es bueno probar toda
especie de recursos : así es que si el Sr. insiste en la
recusacion, puedo ir a formarle en el momento un buen escrito sobre
el particular...
-Insisto dijo Santiago: es bueno intentar esa recusacion, i
hacer valer nuestras garantías.
Monterilla sabia mui bien que efectivamente el juez habia ido a
hacer comprobar en el acto los irrespetos de Santiago, a fin de
acumular mayor número de cargos contra él, i asegurar su venganza
cualesquiera que fuesen el juez o tribunal que hubieran de
sentenciarlo. Con todo eso, Monterilla; que deseaba apoderarse de
la defensa, se fué a hacer el escrito, no porque desconociera la
inutilidad de semejante paso, sino por ir tomando de hecho i poco a
poco el carácter de defensor sin necesidad de solicitarlo
directamente.
Mientras tanto D. Juan i Santiago quedaron en acuerdo para
deliberar sobre cual sería el letrado a quien con mas ventajas
pudiera encargarse la defensa.
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