INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO XXI
CONCLUCION

EL Dr. TÈMIS envió ocultamente dos ajentes de la policía para que se situasen en la esquina de la casa de Monterilla, i mientras llegaba la hora de la entrevista, observasen con disimulo, lo que sucediera digno de notarse.

Esa tarde D. Adolfo instigado por el hambre i deseoso de no morir sin ver ántes a su hijo, procuro hacer saber a Monterilla, que ya estaba resuelto a calumniarse cuanto quisiesen, i no solo empeñó su palabra en garantía de la promesa, sino que con docilidad firmó un documento, para que en todo caso obrase como prueba irrefragable de que él era el autor de los crímenes con cuya responsabilidad querian gravarlo. Monterilla no ignoraba cuanto valía esta prenda, i por tanto deseando evitar ese homicidio que le parecía mui peligroso, resolvió dar un jiro mas seguro a las cosas i una apariencia mas eficaz para librarse siquiera del cargo de calumniador: dispuso, pues, diesen de correr a D. Adolfo, lo soltó de la cadena i lo llevó al cuarto donde con Soliman, la Daita i demas personas convocadas oportunamente, se instaló la junta en forma de visita para aguardar al Dr. Témis.

Antes que este llegase se presentó inui afanada la mujer que se ha dicho habitaba frente a la casa de Doña Gonzaga, i les refirió que el Dr. Témis habla entrado allí esa tarde con la policía, i salido despues de un largo rato, dejando en la puerta un centinela, siendo en consecuencia indudable que ya estaba Adolfo el falso aprisionado. Entónces cayeron en cuenta de la inadvertencia con que hablan obrado i fueron invadidos de una inquietud estraordinaria que no les permitia meditar con la celeridad i acierto que el caso demandaba, el arbitrio que pudiera salvarlos. Viendo Monterilla, por una parte, que el unico recurso que les quedaba era el de encerrar nuevamente a D. Adolfo, para sostener quc no podía concurrir por haber sido aprehendido en la casa de Doña Gotizaga; i por otra, que este proceder era delicado, exijia datos seguros i preparaba consecuencias graves, llamó a Soliman pa- ra consultarle a solas esta medida i ejecutar sin tardanza lo que sé acordase.

-Estamos perdidos, le decía Monterilla en voz baja i en el aposento de los ataudes: el Dr. Témis ha aprehendido ya, seguramente, a Adolfo el falso, i por consiguiente la calumnia proyectada i la inocencia del padre de Emilio quedan descubiertas.

-Eso no, replico Soliman, pues él se ha declarado ya delincuente de un modo bien auténtico, i a lo sumo el Dr. Témis en vez de un solo criminal se encontrará con dos.

-Con todo, repuso Monterilla, mejor seria ocultar a D. Adolfo nuevamente, para evitar todo riesgo.

-No, Sr, sostuvo Soliman; porque no sabemos de un modo positivo que Adolfo el falso haya sido aprehendido ; ántes bien, no habicedo vuelto a salir de la casa la policía, es sin duda porque se ocupa de un rejistro minucioso pero vano. Ocultar ahora al padre de Emilio, serla obrar sobre un dato dudoso i esponernos a perder por temores infundados, la utilidad segura de la entrevista.

-Pero si efectivamente se ha hecho la aprehension...? replico Monterilla.

-No importa, dijo Soliman, pues ignoramos tambien si el Dr. Témis conoce personalmente al padre de Emilio, i en ese caso lo mas discreto es obrar suponiendo que si, para que apoyados en la verdad, no nos vecinos en la precision ele comprometernos vacilando en momentos que exijen tuna grande entereza. Esté, o no, descubierto nuestro compañero, que conozca o no el Dr. Tèmis al verdadero Adolfo, siempre sera cierto que éste va a resultar culpable i nosotros nos salsaremos.

-Pero puede suceder que nos engañe i quiera sostener su inocencia, añadió Monterilla.

-D. Adolfo, dijo Soliman, no puede desmentir el documento...Ademas, sea de eso lo que fuere, ya está resuel- to que el Dr. Témis saldrá de aquí a defender al Mordedor, o le tocará espiar la muerte de Oropimente, muriendo a nues- tras manos, que es lo que mas deseo, si vemos en él un nuevo testigo de nuestros secretos.

-¿I si viene acompañado .... ?

-Entonces todos nos ocultaremos, a no ser que el número de los que puedan defenderlo, no nos parezca temible.

-Bien, dijo Monterilla; pero una vez que la incertidumbre de los datos es la que nos impide resolver, aconseja la prudencia esconder a D. Adolfo, aunque sea en este aposento, mientras del mismo Dr. Témis tomamos siquiera una presuncion mejor fundada. Jorje custodiará aquí a D. Adolfo, encargándose de matarlo si este intenta hablar, o al oír una señal que yo daré en el momento de persuadirme que todo ha sido descubierto, en cuyo acto U. tambien matará al Dr. Témis, pues en semejante caso será inevitable hacerlo.

-Tanto mejor, dijo Soliman gozoso: ese plan es el que quiero que se verifique, porque tengo sed de venganza, i seria para mí mui glorioso saciarme en un enemigo tan funesto.

En consecuencia saliendo ambos al aposento, Soliman ocupo el lugar mas conveniente para evitar que el Dr. Témis pudiera defenderse i ni siquiera el ataque. Estaba de veras impaciente por llevar a cabo su su atentado, se ajitaba en el asiento ansiando la hora de ejecutarlo i temía no poder esperar la señal convenida sin lanzarse sobre esa víctima que debia venir por si misma al sacrificio para satisfacer los manes de Oropimente.

Entre tanto Monterilla como presidente, se dirijió a D. Adolfo, diciéndole

-Se teme con fundamento que el Dr. Témis ha descubierto ya a Adolfo el falso, en cuyo caso es preciso variar el curso de las cosas.

-No: mas bien yo sostendré que soi criminal como he ofrecido, dijo D. Adolfo helado de pavor al oír semejante in- dicacion i persuadido de que iban a asesinarlo allí mismo i no volvería a ver a su hijo.

-Si; pero es preciso, añadió Monterilla, que U. se oculte de nuevo, i si fuere conveniente, saldrá a sostener ante el Dr. Témis, que U. ha delinquido, sea o no inocente el otro.

D. Adolfo condescendió inmediatamente i empeñó su palabra para seguridad de que obraria de acuerdo con lo que exijian.

En ese momento Jorje que estaba con otro criado espiando en la puerta de la calle, vio venir dos embozados, que juzgó como seguro fuesen el Dr. Témis i D. Juan; i entrando a carrera los anunció a la junta, la que vió ya con esto decidido i logrado el triunfo de sus planes, pues o se descubrid la inocencia de D. Adolfo, i entónces este, el Dr. Témis i D. Juan, moririan a tríanos de un número de asesinos mas que suficiente; o D. Adolfo quedaba calumniado i la defensa del Mordedor asegurada.

Monterilla mandó, pues, a Jorje que se ocultase en el aposento con D. Adolfo, i le dió la órden de que lo matase al oir cierta señal, o ántes, si este intentaba hablar. Soliman sentia latir el corazon con tal violencia, que moviéndose en el asiento, apretaba el mango del puñal i deseaba, para consumar mas pronto su atentado, salir al encuentro de los dos que llegaban. D. Adolfo por el contrario, temblaba de temor, i sus ojos se humedecieron al contemplar que ya llegaba el instante terrible, . no de beber un veneno fatal, sino una infamia espantosa. Monterilla lleno de confianza, tomó un aire mui grave i pareció impasible e indiferente, mientras la Daifa, su compañera, la vecina de Doña Gonzaga i varios otros cómplices a ayudar a Soliman.

Los embozados llegaron a la puerta de la calle i preguntando al otro criado si aquella era la casa de Monterilla, fueron introducidos hasta la pieza en que estaba reunida aquella jente , quedándose el criado con su respectiva arma hácia la puerta, segun las instrucciones de su amo.

-¿Quién es el Sr. Adolfo Castelvi, preguntó con voz firme el Dr. Témis desde el fondo de la pieza, mirando a lodos los circunstantes con seño amenazador.

-Aun no ha venido, dijo Monterilla poniéndose de pie; pero aquí está este documento que U. puede leer para convencerse de los delitos de ese hombre.

El Dr. Témis se acercó a la mesa, recibió con desprecio el papel i al acabar de leerlo lo aplicó a la luz que levantando una llama lo redujo a ceniza.

Monterilla furioso con esta accion que revelaba estar todo descubierto, dió la señal convenida, i Soliman, levantándose con el puñal en la mano, ocultando la boja tras el brazo, dió, con mirada torva un paso adelante, lo mismo que el resto de sus compañeros; mas, se detuvieron porque en el instante que Monterilla dió la seña, sonó tambien en el aposento de los ataudes el ruido de un cuerpo que caía, i abriéndose la puerta se presentó ante el Dr. Témis, bambolear i tremulo el padre de Emilio.

-Hé aquí, grito con voz convulsa, al verda...........................

.............telvi, cuyo nombre se ha escrito por mi mano al pié de la calumnia esperando lo borre la justicia.

-¡ Ya esta borrado por mí ! esclamó el Dr. Témis desembosándoze i abriendo los brazos: En nombre de su hijo virtuoso, continuó, vengo a salvarlo a U. ¡darle el nombre de amigo. Entre tanto Jorje salia cubierto de polvo del aposento donde no atreviéndose a herir a D. Adolfo, cayó en la lucha enredado en uno de los ataudes, i Soliman lleno de rabia, í con la misma prontitud con que el Dr. Témis i D. Adolfo se habian abrazado, partió de su puesto acompañado de la Daifa para lanzarse sobre sus víctimas. Al tiempo que D. Adolfo entre los brazos del Dr. Témis exclamaba que lo salvase i llevara donde su hijo, Soliman alzando el brazo, gritó:

-No lo llevará i ambos morirán a nuestras manos!

-¡ Silencio, miserable ! gritó el compañero del Dr. Témis deserbozándose i corriendo sobre el asesino.

¡ Detente í tiembla del rigor de la justicia ! Todos quedaron atónitos i confundidos Monterilla se levantó de su asiento i Soliman í la Daifa alas dejaron caer lasarmas i retrocedieron llenos de confusion. Fue el presidente del Estado el que se dejóver allí, i dando una  vez mandó entrar a los jendarmes que, segun órden prévía, ya estaba en la puerta de la calle. Monterilla i sus cómplices fueron aprehendidos, mientras el Dr. Témis dando su capa a D. Adolfo, lo llevó a la casa del Sr. Osman, donde lo dejó por irse inmediatamente donde Doña Gonzaga, para hacer aprisionar defintivamente al falso Adolfo i participar el triunfo a D. Juan que era quien se habia quedado custodiando a este en la casa. Al dia siguiente habiendo ya variado las el Dr. Témis sacó a la Cisne del convento, la llevó donde el Sr. Osman i con toda la familia, D. Adolfo i D. Juan partió para donde Emilio. Faste se había mejorado i Santiago lo acompañaba ruindo se presentò el Dr. Tèmis en la choza i corrió hàcia Emilio para Medirle perdon de sus aparentes perfidias i anunciarle a su padre inocente i a su amada constaute. Emitio al oir la relacion que le hacia D. Adolfo en medio del Dr. Témis i Adelaida creía soñarlos que debiendo residir en su hacienda, se gozaba en estremo de ver a la Cisne tan decidida por la vida apacible de las aldeas. Cuando volvieron a la ciudad supo el Dr. Témis que Monterilla i Soliman se habian fugado, porque fácilmente sobornaron a los jendarmes ntes de llegar a la cárcel. Despues asesinaron a Jorje como culpable por sa cobardía del mal éxito de los planes; pero el Dr. Témis continuó activo en la persecucion, hasta que por fin mas tarde, pero tambien mas caro, pagaron todos juntos sus antiguos i nuevos delitos, apesar de los esfuerzos que hizo Enrique para salvarlos, exitado por la envidia que le inspiraba la felicidad de Emilio i Adelaida, Santiago i la Cisne, de los que procuraba vengarse con la maledicencia : mas ellos lo compadecian, en tanto que por otra parte colmaban de bendiciones al Dr. Témis; por la rectitud i enerjía con que persiguiendo el crímen, salvó la inocencia, e hizo triunfar la justicia.

| FIN.

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