CAPITULO XX
LA ENCUBRIDORA
A LAS MISMAS horas en que el Dr. Témis salió del baile, llegó a
casa del Sr. Osman el posta enviado por Santiago. Adelaida leyó
muchas veces la carta que trajo el posta, i no pudiendo prescindir
de considerarla corno una noticia disfrazada de la muerte de su
amante, creía tambien que la que Se le enviaba a la Cisne contenía
esa noticia con mayor claridad; pero Su discrecion no le permitió
leerla, i la guardó cuidadosamente para llevársela ella misma al
convento el dia siguiente.
El Sr. Osman se afanó tanto con la novedad que Se les
comunicaba, que inmediatamente salió a ver un cirujano i arreglar
lo necesario a fin de que al amanecer partiese este con las
prevenciones del caso, a traer a Emilio Si era posible, o a
emprender allá mismo la curacion si la gravedad del mal lo
requeria. Con todo la familia quedó en la mas angustiosa
consternacion, temiendo que el cirujano llegara tal vez demasiado
tarde.
D. Juan a quien dieron aviso de todo, como uno de los íntimos
amigos de Emilio, quiso irse con el cirujano, pero el Dr. Témis lo
detuvo para que le ayudara en su empresa manifestándole que al otro
dia marcharían juntos cualquiera que fuese el resultado que ella
tuviera; pues Enrique había venido mui temprano a avisarle que por
la noche a las nueve tendría lugar precisamente la entrevista con
D. Adolfo en casa de Monterilla.
Como ya era tiempo de verificar la captura de Adolfo el falso,
demorada hasta que fuese oportuna, segun lo que Se ha dicho; el Dr.
Témis Se asoció con D. Juan i algunos ajentes de la policia bien
prevenidos, i al anochecer se presentó en la casa de Doña Gonzaga
dejando en la puerta a los jendarmes.
Doña Gonzaga se hallaba sola llorando amargamento cuando entró
el Dr. Témis.
-Siento mucho que U. esté aun tan aflijida, le dijo él,
particularmente cuando mi visita no es una visita de consuelo
-Ni yo podria gozar hoi consuelo alguno, contestó la Sra. cuando
mi hija me ha abandonado i yo voi a morir de pesadumbre.
-¿ Qué ha sucedido pues, a la hija de U. P
-Hoi ha sido su monjío, Se.: i me ha dejado sola en el estado
mas triste sin tener siquiera a quien quejarme, pues
desgraciadamente hoi mismo tambien se han llevado una jóven que
pagaba en esta casa una pequeña pension. Me he quedado enferma i
pobre, sin hija, sin compañera, sin mas que una criada que por
bondad me acompaña todavía.
-Sinembargo, añadió el Dr. Témis, no se aflija U. tanto, pues
debe confiar en que no faltarán muchas personas que la auxilien en
su enfermedad i la socorran en su pobreza, Ademas ese seria el
destino de su hija, i U. debe conformarse habituándose a esta
separacion.
-¡ Imposible! Perder en tan poco tiempo un esposo ¡una hija, es
demasiado para mí.
-Así es, dijo el Dr. Témis, que deseaba proceder a su objeto:
pero hai una circunstancia que impide creer considere U. la primera
de esas pérdidas como una gran desgracia, pues se sabe, que U.
tiene escondido en esta casa al asesino de su esposo.
-¿En mi casa ? ¿Es posible... ? ¿Ese hombre es el asesino de mi
marido ?
-Precisamente.
-No Sr., dijo Doña Gonzaga con vacilacion. Yo no puedo creer
semejante cosa: es imposible que el descaro llegue a tal estremo.
U. esta equivocado, pues el asesino de mi marido no pudo serlo un
sacerdote.
-¿ Un sacerdote? dijo el Dr. Témis con curiosidad.
-Si Sr., yo no he dado asilo sino a un sacerdote i no está
dispuesta a denunciarlo ni temo que U. abuse de esta confianza que
acabo de hacerle involuntariamente.
-La han engañado, Sra., dijo el Dr. Témis: la justicia no
persigue actualmente a ningun sacerdote, ni lo ha perseguido hace
muero tiempo. Así es que me atrevo a ofrecer que si en efecto el
que está escondido es un sacerdote, será puesto en el acto en uso
de su libertad bajo mi palabra.
-¿ Cómo no ha de perseguirlo la justicia, replicó Doña Gonzaga,
cuando solo huyendo de ella ha podido pasar tan incómodos dias en
esta casa.
-Ese no es sacerdote, sostuvo el Dr. Témis con enerjía: repito a
U. que es precisamente el asesino de D. Mateo, a quien busca la
justicia i U. hace mui mal de sustraerlo a sus investigaciones.
-Yo no puedo creer eso dijo, Doña Gonzaga.
-Es fácil desengañarnos, contestó él: permítame ver a ese hombre
bajo la promesa que hago de cónseguirle su libertad como he dicho,
si es efectivamente lo que U. asegura.
-Confio en esa palabra, dijo Doña Gonzaga. Entre U. a la pieza
que está tras de la alacena, i allì lo encontrará: yo no puedo
acompañarlo, pero lo guiará la criada.
Doña Gonzaga llamó; i el Dr. Témis haciendo entrar a los ajentes
de la policía, fijé conducido por la criada al cuarto oculto, donde
estaba Adolfo el falso con sus vestidos eclesiásticos. Este, lleno
de temor, tuvo que salir de su escondrijo obedeciendo el mandato
del Dr. Témis, quien sin necesidad de averiguar de modo alguno la y
verdad que conocia mui bien, hizo amarrar al aprehendido i mandó
que lo custodiasen en el mismo cuarto, previniéndoles a todos el
secreto hasta que enviase la órden que tercia del juez, para que lo
llevaran ala cárcel.
El Dr. Témis gozó en este momento el placer mas vivo al ver
realizadas sus esperanzas i disipadas sus dudas: ya estaba seguro
de la exactitud de sus cálculos; el padre de Emilio era inocente i
los criminales iban a espiar sus delitos. Mas esta alegría cesó
bien pronto i se tornó en angustia al recordar que Emilio herido
léjos de Bogota, podía con su muerte inutilizar todos los esfuerzos
que se habían empleado en su favor i bajar al sepulcro creyéndose
víctima de un padre criminal, de un amigo traidor, i aun del vil
Monterilla cuyos planes i venganzas se hablan realizado sobro él
sin tener quien lo defendiese de la humillacion i la deshonra.
Ademas; cuanta pena debia probar el Dr. Témis al imajinarse que D.
Adolfo tal vez no recobraria la libertad sino para recibirla penosa
noticia de la muerte de su hijo.!!
El Dr. Témis ignoraba que é l mismo esa noche iba a presentarse
incautamente en la entrevista, solo con un compañero, entre cinco
asesinos bien armados i resueltos a salvarse haciéndolo morir:
tampoco sabia que D. Adolfo, condenado a muerte por sus verdugos,
llevaba ya dos dias sin alimentarse. La ignorancia de estos hechos
le hacia juzgar segura la victoria, sin acordarse de que en la
fortuna no es posible fiar aun cuando sus favores estén al
coronarse.
El Dr. Témis volvió donde Doña Gonzaga i la convenció ,de que el
asesino de su esposo era el supuesto sacerdote, que ya estaba
aprisionado para completa satisfaccion de la justicia: le recomendó
que guardase silencio sobre este asunto, Batiéndole ver que la
ocultacion con que habia favorecido a tal criminal, era un delito
que a ella le convenía no publicar; e hizo poner en la puerta un
jendarme con órden de impedir que alguno entrase o saliese, para
evitar así que supiera Monterilla antes de tiempo, la captura de su
protejido.
Esa tarde fué la familia del Sr. Osman al convento de Santa Inés
a visitar a la Cisne i entregarle su carta: ya esta habia recibido
tambien la de Veratrina ¡estaba sumamente ale gre por el triunfo
que Babia conseguido su virtud. Adelaida le rogó encarecidamente
que dejase el convento i volviese otra vez a casa del Sr. Osman,
cuya familia la estimaba en estremo i sentía mucho su separacion.
La Cisne vio tanta sinceridad en estas súplicas que ofreció acceder
luego que acordase sobre ello con el Dr. Témis, sin cuyo consejo,
la gratitud no le permitia resolverse a abandonar el asilo que él
le habia proporcionado.
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