INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO XIX
EL BAILE

CUANDO Soliman i Monterilla salieron, va muchas familias iban para el baile que se dijo debia dame esa noche, i al que la familia del Sr. Osman estaba invitada. Este baile venia lugar en una quinta mui inmendiata, en la que desde por la tarde se habian reunido muchas personas de rango i entre ellas el Dr. Témis.

Uno de los que concurrieron con mas anticipacion fué Enrique que esperaba hacer esa noche muchos progresos respecto de Adelaida, tanto por no encontrarse allí Emilio que siempre le había estorbado, cuanto porque lo que tenia que ofrecer a Adelaida era en su concepto un estímulo mui poderoso para inclinarla a favor suyo, i hacerla mas franca en el amor que él le atribuía. Con este motivo se abstuvo de bailar, aguardando a que la familia del Sr. Osman viniese, lo que a pesar de haberse bailado ya algunas piezas no sucedia, por que Adelaida estaba tan triste, que no tuvo valor para vencer la repugnancia que le impedia entónces concurrir a esos placeres bulliciosos, a que por otra parte, su carácter poco la inclinaba.

Al fin se presentó una familia que venía acompañada del Presidente dc la República; i Enrique persuadido de que en vano esperaba mas, se determinó a bailar convidando para ello a una de las Señoritas que acababan de entrar.

Entre tanto el Presidente se dirijiò donde el Dr. Témis de quien era mui amigo i con el que gustaba mucho hablar sobre algunos asuntos delicados. El Dr. Témis estaba conversando con unas Señoras en el estremo opuesto de la sala i sostenía sin duda algun diálogo mui festivo, si se juzga por la risa que lo animaba. Mas cuando se le acercó el Jefe del Estado, recobrando su seriedad natural, se volvió hacia él ha tiendo ántes una cortesía a las Señoras.

-Mui tarde ha venido U., le dijo despues de algunos cumplimientos, lo que lo ha privado del gusto de oír una cancion que las señoritas han cantado con una elegancia admirable i una espresion tan natural, cual si ellas mismas fuesen las gratas heroínas del poeta i del músico.

-Pero advierto que no lo somos, dijo una de ellas sonriéndose; i por lo ménos el músico es precisamente una amiga nuestra.

-Es verdad, dijo la otra; hemos aprendido esa cancion, su elegancia i su acento, de Adelaida a quien se la oímos hace algunas noches.

-Yo espero, dijo el Presidente, que las Señoritas tendrán la bondad de repetirla.

-Con mucho gusto, dijo la una, siempre que haya ménos auditorio.

-Es verdad, repuso el Dr. Témis: la cancion no es de sala sino, únicamente de un cuarto de costura, porque tiene un gran número de conceptos tan íntimos, que el autor se creeria ofendido de que los espusieran en una escena solemne.

Asì es que las Señoritas la cantaron entre amigos de con fianza, porque son ellas tambien tan modestas que no pueden sufrir el aplauso de un concurso numeroso i respetable.

-Yo tambien soi de confianza, dijo el Presidente, i mis aplausos pueden ser tan privados corno los del Dr. Témis.

-Yo conozco, dijo este, la historia de esa cancion, i apoya la resolucion de las Señoritas de no presentarla al público: seria eso causar un pesar a su amiga, i acaso a un amigo mio. Hai ademas en ella la espresion de ciertas ilusiones que no serian fácilmente comprendidas por los indiferentes.

Mucho hubiera sentido efectivamente Adelaida que los versos de Emilio se entonasen en aquel salon; mas por fortuna durante la conversacion, empezó una contradanza, i las Señoritas fueron a ocupar su puesto.

Mientras tanto el Presidente i el Dr. Témis, que no gustaban de bailar, conversaban en un sofá.

-Es una de las jòvenes que canta en Bogotá con mas dulzura, continuaba el Dr. Témis, i es tan bella i tan modesta que interesa, cuando canta, los sentidos i el corazon.

-Es cierto eso, repuso el Presidente, i siento tanto mas no haber venido ántes para oirla, cuanto que el motivo de mi retardo fué bien desagradable.

-Acaso, dijo el Dr. Témis, alguna de esas audiencias pesadas a que están sujetos con frecuencia los gobernantes.

-Precisamente; se me presentó un Capellan con la solicitud de que impartiese un indulto a no sé qué criminales, haciéndome de cada uno de ellos una relacion de servicios en la milicia, cual si todos hubiesen sido unos héroes.

-¿ I esos criminales están presos ? preguntó el Dr. Témis.

-Uno de ellos, segun me espresó el Capellan ; pues la justicia no ha podido prendera los otros, apesar de su actividad.

-Ya sé entónces de cuales se trata : i si me es permitido, diré francamente que semejante indulto sería con razon objeto de censura i produciria un descontento jeneral.

-Yo estòi mui léjos de pensar en concederlo, i repito que la solicitud me ha molestado en todos sentidos.

-Esa molestia es mui justa: porque hai en la sociedad muchos hombres que violando las leves cometen un doble crímen, pues ademas de infrinjirlas, deshonran la clase a que ellos pertenecen.

-Si Sr.: por todas esas razones despedí al Capellan sin dejarle esperanza alguna.

-Lo celebro, dijo el Dr. Témis mui contento : i me atrevo a observar que semejantes importunaciones son un efecto mui natural del hábito que va contrayendo la sociedad de ver prodigar indultos i conmutaciones que en ninguna razon pueden apoyarse.

-Quizá es exacto eso, sinembargo de que la filantropia en que se funda el sistema do algunos ministros es una razon por lo ménos mui respetable.

-En mi concepto no: yo no respeto ningun sistema ciego, i lo que en virtud de él se hace, siempre me parece vituperable, porque suele ser funesto todo sistema aun cuando lo forme la misma filantropia. Sus actos serán algunas veces acertados, pero en todos casos no son mas que resultado de una flaqueza vituperable, no porque el motivo del perdono la conmutacion, si se trata de un sistema filantrópico, sea el temor o el esteso de la sensibilidad o de la humanidad mal entendida, sino porque el sistema en sí mismo es consecuencia de la flaqueza. El hombre sistemático no es mas que un sábio perezoso que reduce las ciencias a un apunte de bolsillo, al que, si llega a ser gobernante, aplicará el pomposo nombre de programa, con cuya aplicacion ciega se escusará de meditar las circunstancias en cada caso que ocurra, creyendo haber pensado de una vez la conducta entera de su gobierno, i esponiéndose a verlo terminar por las exajeraciones mas chocantes, de que él mismo tendrá que avergonzarse i tal vez que arrepentirse. Digo todo esto, para concluir indicando que si alguno de esos criminales merece la muerte, no se le conmute la pena en una época en que la filantropia ha producido tantos delincuentes.

-Yo he meditado este punto añadió el Presidente, i está mui dispuesto a obrar de conformidad con esos principios.

-Ademas, Sr., continuó el Dr, Témis, debe observarse que hai ciertos puntos que no pueden reducirse a sistema, tales como el indulto i la conmutacion; i hasta para persuadirse de ello el considerar que estas facultades no son absolutamente del dominio del majistrado : son un depósito que simboliza la confianza de la sociedad en la discrecion del que llama para que la gobierne. Con esas facultades no debe creerse se quisiera sancionar el absolutismo, i ni siquiera la clemencia; de modo que el gobernante que las cree suyas i abusa de ellas, da derecho para que sus enemigos, particularmente cuando el Gobierno, como entre nosotros, se ve siempre atacado por la maledicencia, digan que no comprende su encargo o que tiende maliciosamente al despotismo. Advierto que no estói por la pena capital; pero basta que la lei la imponga para que el indulto i la conmutacion sean por decirlo así, un eclipse que sufre la justicia, solo necesario cuando hai una consideracion bastante grande para alcanzar a cubrirla.

-Esta es mi opinion actual, Dr. Témis: U. lo sabe; i así es que puedo asegurarle que ni indultaré a ninguno, ni conmutaré pena capital en este caso, sino por razones que no temo puedan ocurrir ahora.

-Algo mas importa despues de esto, dijo el Dr. Témis; i es lograr la captura de esos criminales. Al llegar aquí, ya el movimiento de la contradanza forzó a los dos interlocutores a levantarse para buscar otra asiento mas cómodo donde pudiesen continuar su conversacion.

Enrique deseaba mucho esa noche hablar con el Dr. Témis segun las instrucciones de Monterilla, pero aunque durante todo el baile estuvo espiando una ocasion oportuna, no le fué posible encontrarla, apesar de su atrevimiento.

Por último al retirarse el Dr. Témis, se le agregó por casualidad i lo acompañó a su casa diciéndole por el camino haber visto donde Monterilla a D. Adolfo; que este realmente era criminal i deseaba una entrevista con el Dr. Témis, para que se persuadiese igualmente de esa verdad i se evitase de algun modo a Emilio el sonrojo de que se hiciese público tan lamentable suceso. El Dr. Témis se limitó a decir a Enrique, avisara a Monterilla que él estaba dispuesto a esa entrevista, i que por tanto lo fijasen la hora i el lugar, que les dejaba elejir a su satisfaccion.

Mui agradable fué para Enrique esta aquiescencia tan absoluta del Dr. Témis, i no lo fué ménos para Monterilla cuando al dia siguiente se la comunicó.

Al momento convocó a Soliman i a la Daifa, i con junta estraordinaria acordaron reunirse esa noche concurriendo todos bien armados  iresueltos i citar al Dr. Témis para las nueve, hora en que calculaban habria muerto D. Adolfo.

-Monterilla consideraba el éxito seguro, porque el Dr. Témis no podría resistir a cuatro bien preparados, tanto ménos cuanto que ignorando los planes, concurriría solo o a lo mas con D. Juan. Por otra parte, en la puerta de la calle debía colocarse Jorje, i si lo veia venir con otros, avisarles oportunamente para eludir la entrevista i no ser aprendidos. Tenian pues por seguro que el Dr Témis, o quedaba muerto esa noche, o salía vivo para ira protejerlos.

El Dr. Témis entrando a su casa cuando lo dejó Enrique, hacia otra especie de consideraciones tan lleno de gozo que no podia tranquilizarse. Mis cálculos han salido exactos decía, i mi accion va a empezar a ser abierta i decidida, porque ya no hai dudas. i Estúpidos i Enrique me asegura haber visto por sus propios ojos al padre de Emilio en casa de Monterilla; i el Adolfo que yo persigo está donde Dña. Gonzaga .... luego es indudable que hai dos, uno criminal i otro inocente i que ambos van a ser descubiertos. Sí: esta entrevista va a ser feliz, todo va a aclararse. En el momento conveniente aseguraré al que está donde Dña. Gonzaga, lo tendré oculto, iré a ver al otro i quedaré desengañado. Mas es preciso continuar la reserva hasta que obremos con Seguridad; i como la entrevista nada tiene de peligroso, hasta que vaya yo solo con un amigo, este para coger a Monterilla i yo para sacar a D. Adolfo.

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