CAPITULO XIX
EL BAILE
CUANDO Soliman i Monterilla salieron, va muchas familias iban
para el baile que se dijo debia dame esa noche, i al que la familia
del Sr. Osman estaba invitada. Este baile venia lugar en una quinta
mui inmendiata, en la que desde por la tarde se habian reunido
muchas personas de rango i entre ellas el Dr. Témis.
Uno de los que concurrieron con mas anticipacion fué Enrique que
esperaba hacer esa noche muchos progresos respecto de Adelaida,
tanto por no encontrarse allí Emilio que siempre le había
estorbado, cuanto porque lo que tenia que ofrecer a Adelaida era en
su concepto un estímulo mui poderoso para inclinarla a favor suyo,
i hacerla mas franca en el amor que él le atribuía. Con este motivo
se abstuvo de bailar, aguardando a que la familia del Sr. Osman
viniese, lo que a pesar de haberse bailado ya algunas piezas no
sucedia, por que Adelaida estaba tan triste, que no tuvo valor para
vencer la repugnancia que le impedia entónces concurrir a esos
placeres bulliciosos, a que por otra parte, su carácter poco la
inclinaba.
Al fin se presentó una familia que venía acompañada del
Presidente dc la República; i Enrique persuadido de que en vano
esperaba mas, se determinó a bailar convidando para ello a una de
las Señoritas que acababan de entrar.
Entre tanto el Presidente se dirijiò donde el Dr. Témis de quien
era mui amigo i con el que gustaba mucho hablar sobre algunos
asuntos delicados. El Dr. Témis estaba conversando con unas Señoras
en el estremo opuesto de la sala i sostenía sin duda algun diálogo
mui festivo, si se juzga por la risa que lo animaba. Mas cuando se
le acercó el Jefe del Estado, recobrando su seriedad natural, se
volvió hacia él ha tiendo ántes una cortesía a las Señoras.
-Mui tarde ha venido U., le dijo despues de algunos
cumplimientos, lo que lo ha privado del gusto de oír una cancion
que las señoritas han cantado con una elegancia admirable i una
espresion tan natural, cual si ellas mismas fuesen las gratas
heroínas del poeta i del músico.
-Pero advierto que no lo somos, dijo una de ellas sonriéndose; i
por lo ménos el músico es precisamente una amiga nuestra.
-Es verdad, dijo la otra; hemos aprendido esa cancion, su
elegancia i su acento, de Adelaida a quien se la oímos hace algunas
noches.
-Yo espero, dijo el Presidente, que las Señoritas tendrán la
bondad de repetirla.
-Con mucho gusto, dijo la una, siempre que haya ménos
auditorio.
-Es verdad, repuso el Dr. Témis: la cancion no es de sala sino,
únicamente de un cuarto de costura, porque tiene un gran número de
conceptos tan íntimos, que el autor se creeria ofendido de que los
espusieran en una escena solemne.
Asì es que las Señoritas la cantaron entre amigos de con fianza,
porque son ellas tambien tan modestas que no pueden sufrir el
aplauso de un concurso numeroso i respetable.
-Yo tambien soi de confianza, dijo el Presidente, i mis aplausos
pueden ser tan privados corno los del Dr. Témis.
-Yo conozco, dijo este, la historia de esa cancion, i apoya la
resolucion de las Señoritas de no presentarla al público: seria eso
causar un pesar a su amiga, i acaso a un amigo mio. Hai ademas en
ella la espresion de ciertas ilusiones que no serian fácilmente
comprendidas por los indiferentes.
Mucho hubiera sentido efectivamente Adelaida que los versos de
Emilio se entonasen en aquel salon; mas por fortuna durante la
conversacion, empezó una contradanza, i las Señoritas fueron a
ocupar su puesto.
Mientras tanto el Presidente i el Dr. Témis, que no gustaban de
bailar, conversaban en un sofá.
-Es una de las jòvenes que canta en Bogotá con mas dulzura,
continuaba el Dr. Témis, i es tan bella i tan modesta que interesa,
cuando canta, los sentidos i el corazon.
-Es cierto eso, repuso el Presidente, i siento tanto mas no
haber venido ántes para oirla, cuanto que el motivo de mi retardo
fué bien desagradable.
-Acaso, dijo el Dr. Témis, alguna de esas audiencias pesadas a
que están sujetos con frecuencia los gobernantes.
-Precisamente; se me presentó un Capellan con la solicitud de
que impartiese un indulto a no sé qué criminales, haciéndome de
cada uno de ellos una relacion de servicios en la milicia, cual si
todos hubiesen sido unos héroes.
-¿ I esos criminales están presos ? preguntó el Dr. Témis.
-Uno de ellos, segun me espresó el Capellan ; pues la justicia
no ha podido prendera los otros, apesar de su actividad.
-Ya sé entónces de cuales se trata : i si me es permitido, diré
francamente que semejante indulto sería con razon objeto de censura
i produciria un descontento jeneral.
-Yo estòi mui léjos de pensar en concederlo, i repito que la
solicitud me ha molestado en todos sentidos.
-Esa molestia es mui justa: porque hai en la sociedad muchos
hombres que violando las leves cometen un doble crímen, pues ademas
de infrinjirlas, deshonran la clase a que ellos pertenecen.
-Si Sr.: por todas esas razones despedí al Capellan sin dejarle
esperanza alguna.
-Lo celebro, dijo el Dr. Témis mui contento : i me atrevo a
observar que semejantes importunaciones son un efecto mui natural
del hábito que va contrayendo la sociedad de ver prodigar indultos
i conmutaciones que en ninguna razon pueden apoyarse.
-Quizá es exacto eso, sinembargo de que la filantropia en que se
funda el sistema do algunos ministros es una razon por lo ménos mui
respetable.
-En mi concepto no: yo no respeto ningun sistema ciego, i lo que
en virtud de él se hace, siempre me parece vituperable, porque
suele ser funesto todo sistema aun cuando lo forme la misma
filantropia. Sus actos serán algunas veces acertados, pero en todos
casos no son mas que resultado de una flaqueza vituperable, no
porque el motivo del perdono la conmutacion, si se trata de un
sistema filantrópico, sea el temor o el esteso de la sensibilidad o
de la humanidad mal entendida, sino porque el sistema en sí mismo
es consecuencia de la flaqueza. El hombre sistemático no es mas que
un sábio perezoso que reduce las ciencias a un apunte de bolsillo,
al que, si llega a ser gobernante, aplicará el pomposo nombre de
programa, con cuya aplicacion ciega se escusará de meditar las
circunstancias en cada caso que ocurra, creyendo haber pensado de
una vez la conducta entera de su gobierno, i esponiéndose a verlo
terminar por las exajeraciones mas chocantes, de que él mismo
tendrá que avergonzarse i tal vez que arrepentirse. Digo todo esto,
para concluir indicando que si alguno de esos criminales merece la
muerte, no se le conmute la pena en una época en que la filantropia
ha producido tantos delincuentes.
-Yo he meditado este punto añadió el Presidente, i está mui
dispuesto a obrar de conformidad con esos principios.
-Ademas, Sr., continuó el Dr, Témis, debe observarse que hai
ciertos puntos que no pueden reducirse a sistema, tales como el
indulto i la conmutacion; i hasta para persuadirse de ello el
considerar que estas facultades no son absolutamente del dominio
del majistrado : son un depósito que simboliza la confianza de la
sociedad en la discrecion del que llama para que la gobierne. Con
esas facultades no debe creerse se quisiera sancionar el
absolutismo, i ni siquiera la clemencia; de modo que el gobernante
que las cree suyas i abusa de ellas, da derecho para que sus
enemigos, particularmente cuando el Gobierno, como entre nosotros,
se ve siempre atacado por la maledicencia, digan que no comprende
su encargo o que tiende maliciosamente al despotismo. Advierto que
no estói por la pena capital; pero basta que la lei la imponga para
que el indulto i la conmutacion sean por decirlo así, un eclipse
que sufre la justicia, solo necesario cuando hai una consideracion
bastante grande para alcanzar a cubrirla.
-Esta es mi opinion actual, Dr. Témis: U. lo sabe; i así es que
puedo asegurarle que ni indultaré a ninguno, ni conmutaré pena
capital en este caso, sino por razones que no temo puedan ocurrir
ahora.
-Algo mas importa despues de esto, dijo el Dr. Témis; i es
lograr la captura de esos criminales. Al llegar aquí, ya el
movimiento de la contradanza forzó a los dos interlocutores a
levantarse para buscar otra asiento mas cómodo donde pudiesen
continuar su conversacion.
Enrique deseaba mucho esa noche hablar con el Dr. Témis segun
las instrucciones de Monterilla, pero aunque durante todo el baile
estuvo espiando una ocasion oportuna, no le fué posible
encontrarla, apesar de su atrevimiento.
Por último al retirarse el Dr. Témis, se le agregó por
casualidad i lo acompañó a su casa diciéndole por el camino haber
visto donde Monterilla a D. Adolfo; que este realmente era criminal
i deseaba una entrevista con el Dr. Témis, para que se persuadiese
igualmente de esa verdad i se evitase de algun modo a Emilio el
sonrojo de que se hiciese público tan lamentable suceso. El Dr.
Témis se limitó a decir a Enrique, avisara a Monterilla que él
estaba dispuesto a esa entrevista, i que por tanto lo fijasen la
hora i el lugar, que les dejaba elejir a su satisfaccion.
Mui agradable fué para Enrique esta aquiescencia tan absoluta
del Dr. Témis, i no lo fué ménos para Monterilla cuando al dia
siguiente se la comunicó.
Al momento convocó a Soliman i a la Daifa, i con junta
estraordinaria acordaron reunirse esa noche concurriendo todos bien
armados iresueltos i citar al Dr. Témis para las nueve, hora en
que calculaban habria muerto D. Adolfo.
-Monterilla consideraba el éxito seguro, porque el Dr. Témis no
podría resistir a cuatro bien preparados, tanto ménos cuanto que
ignorando los planes, concurriría solo o a lo mas con D. Juan. Por
otra parte, en la puerta de la calle debía colocarse Jorje, i si lo
veia venir con otros, avisarles oportunamente para eludir la
entrevista i no ser aprendidos. Tenian pues por seguro que el Dr
Témis, o quedaba muerto esa noche, o salía vivo para ira
protejerlos.
El Dr. Témis entrando a su casa cuando lo dejó Enrique, hacia
otra especie de consideraciones tan lleno de gozo que no podia
tranquilizarse. Mis cálculos han salido exactos decía, i mi accion
va a empezar a ser abierta i decidida, porque ya no hai dudas. i
Estúpidos i Enrique me asegura haber visto por sus propios ojos al
padre de Emilio en casa de Monterilla; i el Adolfo que yo persigo
está donde Dña. Gonzaga .... luego es indudable que hai dos, uno
criminal i otro inocente i que ambos van a ser descubiertos. Sí:
esta entrevista va a ser feliz, todo va a aclararse. En el momento
conveniente aseguraré al que está donde Dña. Gonzaga, lo tendré
oculto, iré a ver al otro i quedaré desengañado. Mas es preciso
continuar la reserva hasta que obremos con Seguridad; i como la
entrevista nada tiene de peligroso, hasta que vaya yo solo con un
amigo, este para coger a Monterilla i yo para sacar a D. Adolfo.
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