CAPITULO XVIII
LA INSISTENCIA
Soliman llegó al poblado, pasó allí la noche, i se levantó mui
de mañana con el fin de llegar a Bogotá lo mas pronto posible, a
poner en noticia de sus compañeros las desgracias ocurridas i
buscar con eficacia, no ya han solo la impunidad, sino
particularmente venganza i satisfaccion. Venia tan aprisa que pudo
llegar a Bogotá ántes que el posta de Santiago.
Directamente fué a desmontarse en casa de Monterilla a las seis
de la tarde, que era la hora en que se acostumbraba llevar a D.
Adolfo el alimento diario. Monterilla le oyó con interes la noticia
dc la muerte de Oropimente i del modo como Emilio se habia
escapado, i segun es de suponer lamentó con exajeracion tan aciago
desastre, hasta que Soliman le dijo:
-No es este tiempo de inútiles lamentos sino de un duelo digno
de nosotros: ya sabemos que la compañía ha perdido una de las
intelijencias mas jigantescas que la honraban i dirijian, que la
muerte de Oropimente cubriendo de luto nuestra tribuna, líos ha
acarreado una pérdida irreparable, i que en su fúnebre tumba se
sepultaron todas las esperanzas de nuestra sociedad...
-¡ I qué tumba! interrumpió Monterilla conmovido i qué tumba tan
helada!
-Pero límpida i trasparente, dijo Soliman: la mas lijera, la mas
propia para contener esos restos venerandos. Jurémos, Monterilla,
como fieles amigos, vengar la muerte del filósofo, castigando al
alevoso asesino con el rigor que merece un atentado tan
cobarde.
-Sin duda, Soliman, es indispensable que juremos: seriamos unos
pérfidos si no ofreciesemos satisfacer esa sombra
ensangrentada.
-Se hará todo eso, añadió Soliman; pero entretanto es
indispensable ocuparnos de los honores fúnebres, i costear un
retrato.
-Eso es otra cosa, dijo Monterilla; pero me parece mui
dificultoso encontrar un pintor que pueda recordar la espresiva
fisonomía de Oropimente. ¿ Cómo habria pincel tan hábil que diese a
sus ojos aquella espresion valiente i amenazante que tanto lo
distinguia? ¿quién podria simbolizar en aquellos lábios espaciosos
la elocuencia que los caracterizaba ? Mejor es pues que bagamos
alguna otra cosa mas elejiaca.
-Lo mas elejiaco por ahora en mi concepto, dijo Soliman, es que
venguemos al muerto.
-Pero hai algo que me parece mas urjente, replicó Monterilla; i
es el arreglo de nuestros asuntos, que no marchan por cierto con
mucha felicidad.
-¿Qué ha ocurrido, pues, de nuevo ? preguntó Soliman con
temor.
Monterilla le refirió entónces lo que habia sucedido desde la
ausencia de Emilio, i el estado a que las cosas habían venido a
parar. Soliman le improbó que hubiese ido donde el Dr. Témis, i
descubierto a Enrique con tanta precipitacion al verdadero Adolfo.
Monterilla procuró justificar su conducta con la gravedad de las
circunstancias, con el riesgo en que todos se hallaban, con los
consejos de la Daifa i últimamente con la esperanza de lograr que
D. Adolfo resolviéndose a pasar por delincuente, hiciese que el Dr.
Témis los salvase a todos; siendo tanto mas justificable el paso,
cuanto que estando ausente i herido Emilio le tocaba licuar sus
funciones a su propio padre, para lo cual era indispensable ponerlo
en accion abiertamente.
-¿ I qué ha resuelto este? preguntó Soliman.
-Nada todavia, no obstante que esta mañana cuando lo interrogué
sobre su resolucion, me dijo que rabia vacilado un momento, pero
que ya estaba determinado a no calumniarse por nacía de este mundo,
imputándose delitos tan infames.
-Vamos a verlo. dijo Soliman levantándose del asiento.
-Vamos, repitió Monterilla: puede ser que U. logre
persuadirlo
I tomando una luz se fueron a tiempo que Jorje llegó a decir a
su amo que abriese el calabozo para llevar al preso el alimento de
ese mas Soliman le ordenó que aguardase hasta que pasará la
entrevista que iban a tener.
Monterilla i Soliman se presentaron, pues, en el calabozo de D.
Adolfo, quien se sentia entónces mas débil que nunca, porque lo
rabian devorado en esos últimos dias pesares mui crueles i dudas
angustiosas. Cuando entraron estaba sentado en una piedra colocada
hácia el rincon mas húmedo; tenia la cabeza descubierta, i los pies
descalzos; su vestido era el mismo con que lo cojieron, i aun se
veían en él algunas manchas de la sangre que había brotado por la
herida leve que le hicieron i de la cual ya estaba sano: tenia las
manos cruzadas i sujetas con la argolla dela cadena, que pendia de
una de las vigas. La luz que llevaban lo dejó deslumbrado i no pudo
reconocerlos sino por la voz, cuando alternativamente le dijeron
sin rodeos haber Emilio quedado enfermo en grave riesgo léjos de
Bogotá, i ser la causa de todos los trabajos que padecia,
precisamente la creencia de que tedia un padre asesino i ladron. D.
Adolfo oyó tan cruel noticia, llorando en silencio i no
atreviéndose, a lanzar ninguna queja delante de sus enemigos. En
vano trataba de consolarse imajinándose que eso podia ser un enredo
urdido con el objeto de apurar su dolor i moverlo a condescender
con los planes que se le rabian indicado.
-Es pues indispensable, continuó Soliman, que U. se resuelva a
pasar por unos dias como delincuente: él de lo contrario ya se le
ha prevenido que todo el mal recaerá sobre U. i sobre Emilio, sin
fue resulte beneficio alguna para nadie. Ceda U. a nuestras
proposiciones i le aseguro que apénas hayan trascurrido setenta i
dos horas yo mismo iré a decir a Emilio que su padre es inocente,
pero que ha hecho el sacrificio de confesarse culpable; que está en
nuestro peder i solo se espera para darle libertad, a que el
Mordedor sea indultado, i a que el otro Adolfo salga con seguridad
de Bogotá; en una palabra, a que el Dr. Témis deje de perseguirnos
i nos auxilie. Entretanto todos guardarán el secreto, su hijo
vendrá a visitarlo en la prision, que entónces se hará ménos
penosa, pues será trasladada a otra pieza mejor donde gozará U. de
una asistencia esmerada, hasta que pasados pocos dias, salga
enteramente libre i use del derecho de desmentir la calumnia i
desengañar a los pocos que la sepan; pues ya ninguno de nosotros
correrá riesgo, porque estamos arreglando nuestra partida para no
volver a esta ciudad. Todo quedará concluido ántes de un mes, si se
depone el empeño tenaz que se tiene en perseguirnos sin piedad. Si,
Sr. Castelvi; considere U. cuántas desgracias puede evitarnos si
accede a la súplica que le hacernos, ya que no obedezca a la lei
que le dictamos: piense U. en Emilio, sálvelo, tenga compasion de
él siquiera, si es que no la tiene de nosotros.
-¿ Ha concluido U. ? preguntó D. Adolfo.
-Si Sr. contestó Soliman; pero me reservo añadir algo todavía,
si se manifiesta resistido.
-No lo añada dijo D. Adolfo: UU. pueden irse, haré todo lo que
quieran, me finjiré criminal i hasta diré, si lo exijen, que UU.
son inocentes; mas es con la condicion de que me dejen en paz.
-Mui bien, dijo Soliman: le disgusta a U. nuestra presencia ¿ no
es verdad? Bien: se le ahorrará ese disgusto. Vámonos,
Monterilla.
Ambos salieron dejando encerrado a D. Adolfo.
-No hai esperanzas, dijo Soliman: este hombre caprichoso no se
prestará a nuestros deseos i es indispensable resolver otra cosa.
La aquiescencia que aparentó al fin con el objeto de despedirnos,
como U. vió, debe advertirnos de que la resolucion definitiva que
ha abrazado es la de no transijir de modo alguno.
-Lo mismo he creído, repuso Monterilla; i celebro que los dos
nos hayamos convencido de esta verdad i estemos juntos para
deliberar maduramente lo que convenga en el caso.
-La deliberation es mui sencilla, contestó Soliman ¿Él se rehusa
a transijir? Pues bien: no transijamos i logremos al mismo tiempo,
si es posible, dos de nuestros objetos mas importantes; el uno la
venganza, el otro el producir en el Dr. Témis la conviccion de que
el padre de Emilio es el cómplice del Mordedor.
-¿ Cómo cree U. que puedan lograrse esos dos fines?
-Haciendo morir a D. Adolfo. Con esto él espiará la muerte que
por causa de su hijo dió Santiago a Oropimente.
-Pero como D. Adolfo no tuvo la culpa, esa venganza es
dislocada.
-No Sr. para el verdaderamente vengativo ninguna venganza
venganza es dislocada, porche esta pasion no mira en su ceguedad a
das personas, solo mira dos hechos; un muerto pide otro muerto sea
el que fuere, de preferencia el agresor, a falta de este
cualquiera; a lo ménos así me vengo yo, cuando no puedo vengarme de
otro modo.
-Eso nos pone, en mi concepto, en gran peligro; i tal asesinato
en estas circunstancias, nos priva ademas de la utilidad que de
otro modo podríamos esplotar en provecho nuestro i del
Mordedor.
-No Sr., dijo Soliman: todo depende del modo como se hagan i
combinen las cosas. La conviccion que se trata de producir en el
Dr. Témis, no tiene a la verdad otro obstáculo que da contradiccion
de D. Adolfo. Pues bien: un cadáver no puede contradecirnos i en
presencia suya aseguremos libre mente al Dr. Témis todo lo que
convenga, sin temor de que el muerto, a quien imputamos la
complicidad, alze la voz para desmentirnos. Presentando, pues, en
la entrevista proyectada a D. Adolfo muerto delante del Dr. Ténis;
queda la escena dominada enteramente por nosotros, i convencerémos
a nuestros perseguidores de todo cuanto queramos. Por otra parte,
ya es indispensable que evitemos el descubrimiento de la calumnia
que intentabamos.
-No concibo eso, dijo Monterilla; àntes bien preveo las fatales
consecuencias que traería consigo semejante homicidio. El Dr. Témis
veria que habíamos matado a D. Adolfo, en cuyo hecho hallaría una
prueba incontestable, no solo de todos nuestros deditos, sino
también de que el padre de Emilio era inocente i habíamos querido
librarnos de sus palabras haciéndolo morir.
-¿ Luego cómo piensa Ú. que vamos a matarlo ? Supone acaso que
le daremos de puñaladas o de administraremos un veneno? No, Sr: eso
seria da torpeza mas grosera. Solo se trata de que D. Adolfo se
muera como naturalmente i por sí mismo; de que su muerte aparezca
como efecto de sus remordimientos, de su vergüenza o de su amor
paternal.
-¿Pero eso cómo ?
-Dejando que muera de hambre.
-No, Soliman: la muerte por ese medio se conoce demasiado.
-No le hace: lo que importa es que podamos decir que D. Adolfo,
desesperado por da persecución del Dr. Témis, resolvió matarse no
queriendo alimentarse mas: esto servirá como prueba de que haba
delinquido, pues no mató su arrepentimiento, i así se liaria que do
declararan dos criados i otros dela compañía.
-Aun quedan para mí dudas, dijo Monterilla: ese recurso es mui
grave i peligroso.
-No importa, contestó Soliman: yo lo exijo. Es menester tenor
audacia i vengar por lo ménos a Oropimente. Ademas, sea cual fuere
la dificultad de las circunstancias en que nos coloquemos ¿no serán
mejores que las presentes? Nosotros estamos en el caso de obrar
como hombres perdidos i buscar la salvacion i la venganza a todo
trance.
-Bueno, dijo Monterilla encojiéndose de hombros: a mi no me
toca, segun mi última resolucion, sino seguir los consejos de UU.
para salvar mi responsabilidad; i puesto que se exije este
homicidio, lo haremos como se quiere i empezaremos desde ahora.
Con esto Monterilla llamó a Jorje i le prohibió llevase de comer
esa noche a D. Adolfo: luego se dirijió a su compañero, con quien
se puso a discutir los detalles de esa nueva combinacion, i el modo
de facilitarla fuga del Mordedor para el caso en que estas no
saliesen tan bien como esperaban.
Esta última discusion terminó por irse ambos donde la Daifa a
informarse por menor de los planes que ella tenia, ofrecerle los
auxilios de tos que podian conciliarse en igual sentido proyectados
por ellos, i obrar con una accion simultánea como era menester,
entretanto que el padre de Emilio encerrado en su calabozo esperaba
en vano su alimento.
Como Soliman inferia que ya Santiago habria encontrado en el
bolsillo de Oropimente la carta de la Cisne, resolvió tambien esa
coche de acuerdo con Monterilla, sacar a Veratrina de la casa de
Doña Gonzaga, para que les ayudase en sus nuevos proyectos, puesto
que el matrimonio era ya un asunto difícil que las circunstancias
presentes no permitian continuar, pues los gastos se iban
aumentando mucho por el auxilio que a la vez reclamaban Adolfo el
falso, la prision del Mordedor i la próxima fuga de todos ellos si
se veían en peligro.
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