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CAPITULO XVII
LA NOCHE
DESPUES que Santiago auxilió a Emilio con todos los servicios
que en aquellas circunstancias le fué posible prestarle, resolvió
mandar inmediatamente un posta a Bogotá, para que tuviese la
familia del Sr. Osman noticia exacta del estado peligroso en que
Emilio se encontraba. No era esto mui fácil, pues en semejante
sitio no encontraba un hombre de quien valerse para tal encargo. La
mujer de aquella casa, apesar de que salió varias veces con el
mismo fin, tampoco lo Dalló, sièndole por último preciso para
calmar un poco la inquietud exijente de Santiago, decirle que
aguardase algunos momentos con paciencia, hasta que viniese su
marido, quien podria ser no tuviese inconveniente para encargarse
de aquella comision. Santiago se vió en la necesidad de esperar a
tal hombre, que estaba en su estancia, pero que debia venir a las
ocho o nueve de la noche, segun repetia la mujer.
Entretanto Emilio estaba acostado en la barbacóa, aliviado
únicamente por el incomodo lecho que Santiago, con parte de sus
vestidos, habia podido acomodarle. Este, mientras el hombre venia,
sacó la carta que Babia encontrado, dirijida para él, en el
bolsillo de Oropimente; la abrió i se puso a leerla a la luz de la
vela, para entretener su afan con esta ocupacion.
Le fué necesario no olvidarse del estado de Emilio, para evitar
el prorumpir en las esclamaciones de alegria que tal lectura le
provocaba; pero sí bendijo de todo corazon el momento en que habia
quitado la vida a Oropimente, por cuya muerte, léjos de sentir
desde entónces el mas leve remordimiento, solo se vanagloriaba,
lleno de admiracion al contemplar cuán fácilmente pudo haber
perecido su dicha, si él mismo no hubiese matado a tal hombre.
-Hé aqui la carta, dijo sonriéndose i volviéndose aEmilio, que
la Cisne me habia escrito, la que reclamabamos de Monterilla, i que
por un misterio que no me parece tan inexplicable, aparece ahora en
poder de aquel malvado.
-¿Esa es? Preguntó Emilio con voz lánguida i perezosa.
-Precisamente, i yo la he leido violando involuntariamente mis
promesas; pero nada he hallado en ella que no merezca hacerse
conocer, porque ántes bien descubre una virtud heróica: querria
leérsela a U si estuviera en disposicion de oiría.
-Sí, dijo Emilio: yo tengo mucha gusto en ocupar estos momentos
en el recuerdo de las personas virtuosas i de mis amigos
sinceros.
Santiago entónces leyó la carta con voz alterada; i ambos
quedaron mui satisfechos del descubrimiento que acababan de hacer
acerca del mérito de esa jóven por cuyos vicios su puestos Santiago
habia padecido tanto. Como esta carta le interesaba en estremo, la
leyó muchas veces, i con ella abierta i agradablemente pensativo
fijaba con frecuencia sus ojos en aquellos renglones, que siempre
le ofrecian apuna palabra sentimental, algum concepto misterioso,
la historia de algum suspiro, la queja de una humillacion, pero
sobre todo, algun sentimiento grato consagrado al amor. Apénas se
atrevía la a creer que aquella carta le revelaba casi, que era
amado, i que conteniendo el legado de los secretos de quien la
escribia, le hacia saber espresamente que habia sido el escojido
para la rehabilitacion de una mujer calumniada primero por las
circunstancias i mas tarde por la falsedad.
Determinó, pues, remitir con el posta su carta a la Cisne,
acompañándole otra en que al mismo tiempo que desahogase la
ajitacion de su alma i el amor que lo devoraba, se disculpase de
haberla leido i refiriese no solo la historia del rescate de ese
papel, sino tambien la de los acontecimientos con Veratrina, que
habia querido engañarlo suponiéndose depositaria de él, i
mandándole en su lugar, otro falsificado para deshonrarla.
Santiago, en efecto, se puso a escribir con làpiz, creyendo a la
Cisne todavia en casa del Sr. Osman : Emilio le preguntó lo que
hacia, i le refirió tambien el último medio que al ausentarse habia
querido tentar, dejando a la Cisne la carta de Monterilla, en que a
cambio de que la Daifa la recobrase, ofrecia la salvacion de D.
Adolfo. Estraordinaria fué la inquietud que esta revelacion produjo
en Santiago, ¡horribles el afan i la angustia que empezaron a
atormentarlo en la duda que esto le causaba acerca del paradero de
la Cisne. Hubiera querido volar a Bogotá para defenderla; pero no
podia abandonar a Emilio, i su corazon fué nuevamente presa del
sufrimiento: la carta falsa de Veratrina i la tácita exijencia de
Emilio, lo persuadian de que aquella jóven habia vuelto al poder de
la Daifa i de que su virtud habria sido por fin sacrificada.
Santiago, pues, empezó a padecer con toda la vehemencia que
comunica siempre al sufrimiento, la dignidad del objeto que lo
inspira. Emilio quiso tambien enviar a Adelaida sus recuerdos, i al
efecto le dijo a Santiago que sacase de un bolsillo la cartera en
la que estaba la cinta que ella le dió antes de las desgracias que
lo separaron de su lado, i en donde había algunos versos que él
escribió en el camino pensando no volver a verla nunca. Santiago
formó de todo un paquete i se quedó esperando al hombre que debia
llevarlo.
Este no parecia i aquel salió para hablar otra vez con su
huéspeda, como si eso pudiera acelerar el regreso del marido.
Necesitaba ademas respirar en la admósfera de ese horizonte, pues
su alma queria volar i su angustia era inmensa.
La noche estaba oscura, i a pesar de eso habia en ella una
serenidad encantadora; hasta tal punto que alcanzó a calmar un poco
con la esperanza el corazon de Santiago que suspiraba i pensaba en
la Cisne con un sentimiento tan bullicioso como el que produce el
estreno de un bien desconocido.
Ella se presentaba a su imajinacion llena de encantos í de
virtudes, i ese pensamiento dejaba en su alma una embriaguez tan
dulce, como el perfume que a cada momento le traia la brisa
embalsamada con el aroma delicioso de aquella vejetacion, o como el
soplo del aire tibio en que volaban sus suspiros de amor. Este
instante habria sido el mas bello de su vida, si hubiera estado
persuadido de que la Cisne se hallaba en seguridad, i Emilio no
sufriera herido i postrado anhelando la muerte.
En esto se distraia cuando alcanzó a oír a lo léjos la voz llena
de un hombre que venia cantando con un acento tan triste, cual si
la quietud de la noche inspirase melancolia en su sensibilidad, al
mismo tiempo que en él inspiraba ajitacion. Este canto fue mucho
mas grato para Santiago, cuando saliéndo la mujer de su casita, lo
dijo que esa era la voz de su marido que ya venia, i a quien le
gustaba mucho cantar por la noche.
Santiago sin recordar lo que era para Emilio el canto a lo
léjos, entró a participarle la llegada del que rabia de servir de
mensajero; pero lo Dalló cruelmente atormentado por las emociones
de sus recuerdos i resuelto a evitar que en Bogotá volviesen a
acordarse de él.
-Ese es un hombre desconocido le dijo a Santiago, i no debemos
contarle nada. Ademas, yo creo inútil que se mande a Bogotá: allí
se alarmarán con lo que U. les diga, les causaré todavía una nueva
molestia que por otra parte para nada sirve, pues ni yo regresaré
aunque viva, ni mi existencia es de grande interes para nadie.
-Que U. se oponga, o que consienta, dijo Santiago, he de hacer
afora lo que me parezca i la amistad me ordene.
-La amistad, repuso Emilio, le ordena complacer a sus
amigos.
-No me ordena sino que lo auxilie, Emilio: deje U. sus
preocupaciones, cobre valor i mire con indiferencia todas las
desgracias de la vida. Adelaida lo ama; sea pues, jeneroso, evítele
una pena i dele el gusto de que sepa de su amante. Ademas U. tiene
amigos cuya felicidad está pendiente: consérvese para presenciarla,
viva para ellos si no quiere vivir para U. solo.
-¡ Ah, Santiago! Mis amigos no son muchos : son solamente dos;
un hombre i una mujer: el uno me vera morir a me dejará ausentar,
la otra recibirá su cinta: U. ya es dichoso ; ella lo será mas
tarde, pero yo no quiero presenciar su felicidad.
-¡ Emilio! Es U. mui ingrato : cuando ella llora su ausencia, i
despues de que con tanta fineza lo consolaba, se atreve a sospechar
que sea feliz mas tarde con un nuevo amante?
-No, Santiago: ella no debe renunciar a su dicha solo por que yo
fui desgraciado.
Santiago sintió entónces que llegaba el que habia de servir de
posta, tomó el paquete, quitó de él lo que la finura del amor
prohibia que se enviase, es decir la cinta i la cartera, i salió a
instruir al portador, donde Emilio no pudiese interrumpirlo. Le
recomendó ademas, eficazmente la reserva, pues acabando de ver lo
ocurrido con la carta de la Cisne, tenía preocupado el ánimo con la
idea de los riesgos a que podian exponerse las cartas, si
directamente no iban a las personas a quienes se dirijian.
Igualmente recomendó la celeridad, a cuyo efecto le dió su caballo,
autorizándolo para que lo mudase donde tuviese por conveniente.
El hombre, pues, se puso en camino immediatamente; i Santiago se
quedó mui satisfecho pensando en que al dia siguiente la Cisne
habia de recibir su carta i ver que la amaba ì respetaba un hombre
a quien ella habia elegido para depositario de sus secretos. Mas
tambien lo contristaba el pensamiento de que Adelaida, ya demasiado
afligida, iba a estarlo mas, con la noticia de la situacion
delicada a que su amante se hallaba reducido.
Al cabo de un momento volvió a la cama de Emilio i lo encontró
dormido, lo que le mui agradable, esperando de este sueño macho en
favor de las fuerzas casi estinguidas del enfermo. Cerrando pues
con gran silencio la puerta volvió a salirse para cuidar de que
ningun ruido interrumpiese por fuera el descanso provechoso de
aquel.
Santiago triste i pensativo se sentó debajo de un árbol
aromático, desde donde alcanzaba a oír el canto melancòlico del
posta que se alejaba. Durante este rato se le despertaron
innumerables i variarlos recuerdos. Aquel árbol le traia a la
meritoria la primera noche que estuvo en Bogotá en la que sentado
al lado dela Cisne, la vi llorar i sintió el primer impulso del
amar cine habia de inspirarle para crecer despues entre las penosas
dudas de una ilusion que lo habia hecho suspirar tantas veces, ya
renaciendo, ya marchitàndose a cada minuto. Se acordaba tambien de
la noche en que fujitivo de Baziliza se volvió para Bogotá; de la
en que tuvo su cita en el jardin con la misteriosa Veratrina, cuyo
lado le parecia ahora la sombra de un árbol artificial sin llores y
sin aroma: hasta el canto lejano del posta le traía ala memoria su
prision, la defensa indigna que le habia hecho Monterilla, las
desgracias de Emilio, la lealtad de Adelaida i otros muchos
incidentes que se cruzaban por su pensamiento sobre diferentes
puntos, del mismo modo que veia aparecer rápida i momentaneamente a
su rededor las luces fujitivas de las luciérnagas que revelaban,
Mas entre esos recuerdos se mantenia siempre inmóvil el de la Cisne
así como a lo léjos veia sin variar de lugar, la luz que alumbraba
en una choza distante y miserable como la que abrigaba a la sazon a
su amigo.
Tales pensamientos lo ocupaban cuando empezó a cambiar la
admósfera y a correr un huracan violento i borrascoso. Entóces
sintió pavor i el ruido del viento lo sobresaltó trayéndole a la
memoria el estruendo que causó el cuerpo de Oropimente cuando fué
arrojado al abismo. Tenia lástima de ese hombre. Esto lo obligó a
entrar nuevamente a la casa, donde encontró a Emilio todavía
dormido o mas bien aletargado. Mui silenciosamente volvió a cerrar
la puerta i caminando de puntillas, se acercó a la mesa i se sentó
a velar sobre el doliente i desventurado jóven.
Este no despertaba de su letargo i el huracan seguia: por último
mui tarde Santiago sintió que un caminante entraba al patio de la
casa i que a voz en cuello pedia alojamiento. Era Soliman que
volvia para Bogotá i a quien la mujer despidió diciéndole que no
habia en donde alojarlo, pues estaba ocupada por un herido la única
pieza que podia servir. Soliman conoció inmediatamente que ese
herido era precisamenre Emilio, i como iba sin armas i previó que
allí debia estar Santiago, quien ademas de sus pistolas, se haria
apoderado del trabuco; no se empeñó mucho en que le diesen posada
determinándo seguir su camino, apesar del huracan, hasta la
poblacion que no estaba ya mui lejos.
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