INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO XVI
EL PUENTE DE ICONONZO

MIENTRAS pasaba todo esto en Bogotá, i Adelaida lloraba sin cesar la ausencia peligrosa de su amante, sin que pudieran aliviarla los consuelos i caricias que sus hermanas le prodigaban, Santiago andaba por el camino del Sur en busca de Emilio, a quien no podia alcanzar, no obstante que en todas las poblaciones i chozas donde se imformaba, le decían hacer poco tiempo habia pasado un jóven desfigurado, pálido i distraído, que apesar de su debilidad no se detenía en ninguna parte.

Al segundo día de camino, ya los informes cesaron enteramente i nadie daba razon de haber visto ningun viajero cuyas señales pudieran aplicarse i convenir a Emilio. Santiago como amante sufría ya una tristeza tan profunda, que le era imposible continuar sus esfuerzos para andar aprisa, deseando mas bien sentarse en alguna de esas soledades, a contemplar sus penas i desengaños. Desde que cesó la razon que le daban de Emilio i que hasta entonces lo fortalecía, su decadencia se hizo mas irresistible, juzgando que Emilio en su desesperacion se habia matado, o que rendido por la fatiga, había muerto en alguno de esos campos.

La misma tarde en que Enrique tuvo su entrevista con el verdadero Adolfo, Santiago caminaba despacio, vacilante sobre si debia seguir o retroceder a persuadirse de que Emilio no se habia quedado atras, como era posible hubiese sucedido. Mientras resolvia esta duda, dejando a su espalda el pequeño i miserable grupo de chozas que forman el pueblo de Pandi, andaba lentamente, no bajo el rigor de ese sol de los climas ardientes que rinde las fuerzas i postra el espíritu, sino ántes bien, protejído por la influencia de esa luz agradable que estendiendo sobre la naturaleza un colorido encantador i gracioso, dota a todos los seres de una apacibilidad tan pura i dulce, que hace por algunos momentos las ideas i la imàjen de la muerte del odo ajenas del pensamiento del hombre. Así influía por lo ménos, sobre Santiago aquella tarde por esa soledad tranquila, cuyo silencio no era interrumpido, sino por el graznido que lanzaban volando algunos pajaros salvajes: no se oía mas ruido, el aire estaba quieto, las pisadas del caballo de Santiago solo sonaban en uno que otro paso pedregoso, i fuera de él i de los pajaros que bien pronto se perdieron de vista, el aire i la tierra parecían inhabitados.

La senda por donde iba, seguia tortuosa en un terreno irregular i quebrado, donde se veían enormes piedras cubiertas de lama negra, que contrastaban con la admósfera trasparente, denotando como tumbas la tierra del olvido. Poco a poco el bosque iba haciéndose mas espeso, i la soledad i el silencio tomaban un carácter mas grave i profundo, que contristaba a Santiago, pareciéndole que en busca de un desgraciado, dejaba ya la creacion animada i penetraba mas a cada paso en el dilatado i confuso recinto de una creacion muda i vejetal.

Le parecía imposible que Emilio hubiese andado tan aprisa, que fuera adelante; i m as aun, que al penetrar por aquel camino, la desesperacion no hubiese depuesto sus Furores para dar campo a una tristeza sombría, pero blanda, que nunca puede permitir un atentado contra la propia existencia.

Entonces le ofreció al paso un pequeño puente natural, que solo se diferenciaba de resto del camino, en estar cubierto cuidadosamente de arena i piedras menudas, i en las balaustradas de madera ordinaria sin pulir que tenia a uno i otro lado, tan débiles que la sola inclinacion del cuerpo podia echarlas a fondo.

Si Santiago no hubiera ido cuidadoso i alarmado con la idea del suicidio de Emilio, no habría hecho alto en este puente donde no se veía siquiera el curso de las aguas, o la fértil vega que de ordinario encanta la vista del que pasa un arroyo léjos de las ciudades. Pero era necesario examinar ese sitio en que la naturaleza no solamente parece quiso disimular la grandeza i arrogancia en las dimensiones de una arquitectura suntuosa i soberbia, que desdeña con dignidad i orgullo la inútil e incompleta admiracion de los humanos; sino que tambien abrió allí un abisino espantoso, como para desafiar a la desesperacion i anonadar el odio de la vida.

Santiago, pues, en medio de su vacilacion, tuvo que desmontarse i detenerse lleno de horror, para ver por sobre una de las barandillas, si por ese hondo camino habia tomado su infeliz amigo. Pero todas sus miradas eran inútiles, aunque se quedaba suspenso viendo atonito aquella abertura amurallada por dos rocas formidables, tajadas perpendicularmente, cual si en un tiempo remoto e ignorado hubieran tratado de separarse por allí los dos emisferios de la tierra. Apoyábase con sozobra sobre la baranda i dejaba descender sus miradas al abismo que estaba abierto bajo sus pies, i en cuyo fondo solamente veía, allá a lo léjos deslizarse con sosiego hácia el occidente un arroyo cuya anchura parecía desde arriba de una vara. Bien podía estar sepultado Emilio en ese río de grotesca poesía, de tétrica existencia, i de misterioso cauce, que consagrado a jénios avernosos, nunca la planta del hombre podrá profanar, pisando ese lecho inviolable, cuyas arenas, si las tiene, jamas dorará el sol ni herirán la vista de los mortales. Ese pensamiento aflijia a Santiago, i lo anonadaba la idea de la desesperacion de Emilio, del mismo modo que la vista de esas rocas inmóviles i pesadas que cercan aquella caverna sombría, engrandecían su alma ante las ideas sublimes que inspira la magnificencia con que un átomo de la creation en cada uno de sus puntos cansa i confunde la mente audaz del filósofo. En medio de su incertidumbre Santiago contemplaba aquel abismo i paseaba sus ojos por esas bóbedas oscuras donde le parecían escondidos i enlutados los arcanos funestos del misterio.

Aunque sus dudas no lo hubieran detenido, habria hastado a cautivarlo por un momento aquella poesia en contraste con la poesia natural que rabia sentido siempre en los campos amenos de su tierra. Donde quiera, decia, los arroyos tienen una màrjen, donde quiera los arroyos murmuran.... este no tiene ni màrjen ni murmullo, ni hace mas que lamer en vano la dura i estéril base de las rocas colosales que lo aprisionan. Donde quiera el arbusto cubre con su sombra la plácida corriente; a este solo lo velan las enormes murallas que se elevan a su lado, sérias i respetables como los siglos de su incontrastable existencia. Las ondas del Sumapaz no son aquellas aguas cristalinas con que calma su sed el admirante fatigado, donde se baña el pajarillo i cuyas gotas sutiles saltan a posarse imitando el rocío sobre la fresca rosa o el cárdeno lirio, donde se mira engreida la beldad campestre i retratan su berde ramaje los sauces i los alisos. Son las negras hondas de la Estijia, cuyo aspecto lúgubre yela al viajero, i sobre las cuales vela respetuosa el ave sacerdotíza de ese templo siniestro, donde no se ve otra imajen que la de los conserjes ferozes que guardan sus Náyades proscritas, que como estátuas de la tirania, se elevan con frente erguida i jesto arrogante señalando como con el dedo la víctima que pisan: nada se veia allí risueño, nada que no fuese sério i grave como aquella realidad del Aqueronte.

El corazon de Santiago se acabó de cubrir entónces de una bruma letal i empezó asentirse ménos activo, como que queria esperar a Emilio en ese punto creado por la Providencia para suspender por fuerza al caminante durante un momento sobre la honda gruta del pavor. Si Emilio rabia pasado por aquel puente ¿ a qué fin perseguirlo mas ? ¿ donde podria alcanzársele mas allá de ese rio criminal i maldecido, condenado por la omnipotencia a un destierro solitario o inmutable?

Santiago confiaba a vezes en que Emilio se habria quedado atras, i ansiaba que llegase a aquel punto para sufrir juntos i suspirar sobre ese rio que tambien parecia sufrir i suspirar, inspirando compasion, corno un arroyo desventurado imàjen del ostracismo i templo helado de muda soledad. Si el llanto de la humanidad, decia, no alcanzara sino a formar un arroyo en el valle de las lágrimas, él escojeria tus aguas para que mezclado con ellas lo pasases por aqui a la rejion del olvido.

Santiago a fin de saber si Emilio habia pasado ¡resolver con ese conocimiento seguir o volverse, se puso a examinar si en la cortesa de algun árbol estaba escrito el nombre de Adelaida. Al efecto bajo hácia el lado del poniente por un desfiladero inmediato, mui corto, pero difícil i peligroso. Al llegar al banco de tierra que debia sostenerlo, se presentó repentinamente a sus ojos la roca opuesta del lado de abajo, la que le pareció tan enfrente de sí, cual si fuese a hablarle con una voz de trueno; de modo que tuvo que retroceder súbitamente como por un movimiento involuntario que no fué dueño de reprimir. No podia familiarizarse con tan enorme maza que le, inspiraba una impresion semejante a la que creia sentir imajinándose ver un planeta a una milla de distancia. Sinembargo solo consideró con horror que ese objeto material tan grande i espantoso que le ofrecía la tierra, era con todo inferior a algo que hai mucho mas grande i espantoso en el órden moral, era inferior a la desesperacion, pues esta habia bastado a precipitar por allí doce años ántes a un mísero desgraciado i ella misma habría podido quizá, precipitar tambien a Emilio acaso ese mismo dia. Le fué preciso pensar en esto para dar un paso adelante é inclinarse cuanto pudo con el objeto de ver si bajo los estribos de ese puente misterioso se divisaban los restos de algun cadáver. Mas su esfuerzo fué inútil porque no alcanzo a ver el fondo de la profundidad. Imposible le parecia que hubiese su amigo cedido a la desesperacion ante esa boca abierta de la muerte, arrojándose por ese vestíbulo material de la eternidad, decorado con cuanto puede hacer su entrada mas lóbrega i triste.

Por último arrastrándose por debajo de una gran piedra que dejaba sobre el suelo una abertura de tres pies en un tránsito de seis u ocho pasos, salió al lado de arriba donde mientras seguia en sus dudas i contemplaba el mismo cuadro de naturaleza, rocas, vejetacion i soledad, alcanzó a oír de repente a poca distancia el tiro de un trabuco. Al instante primero solo pensó fuese el de algun cazador que andaba por el monte; mas despues de un rato de incertidumbre s imàjinó que tambien podia haber sido una descarga contra algun pasajero, por asesinarlo o robarle. Despues le siguió el presentimiento de que la víctima podia ser Emilio; i, entónces se dispuso a volver nuevamente a arrastrarse por debajo de la piedra para salir al banco del lado opuesto, subir el desfiladero i correr al punto donde Babia sonado el tiro a examinar su causa. Mas al momento vió que dos hombres llegaban al puente trayendo entre ambos a Emilio, que arrojando sangre, parecia iba a ser lanzado a aquel abismo.

Santiago angustiado en estremo, entra con la mayor celeridad debajo de la piedra, pareciéndole a cada momento que ya oye retumbar el cuerpo de Emilio en el fondo de la con cavidad, i que es imposible que alcance a salir àntes de que se perpetre aquel atentado. En su escesivo afan, léjos de poder correr desembarazado, a cada instante se enrreda i se ve obligado a suspenderse con una angustia mortal.

Entre tanto Oropimente i Soliman que efectivamente iban a arrojar a Emilio por el puente, luego que vieron en el otro estremo el caballo de Santiago, i juzgando que alguno es taba allí, trataron de acelerar su obra para fugarse ántes que. alguien pudiera impedírselo. Emilio no oponía resistencia porque ademas de que sus fuerzas estaban agotadas, le era indiferente morir. Así que venciendo entre Oropimente i Soliman la sola resistencia que oponía el peso del cuerpo, lo alzaron sobre la balaustrada i lo empujaron para volarlo al río; mas el instinto que se despertó en Emilio, lo obligó a cojerse de los palos de la cerca que bamboleaba i de los vestidos de sus asesinos.

En esta lucha estaban cuando Santiago apareciendo en el puente, disparó una de sus pistolas i dejó muerto en el acto a Oropimente, mientras que Soliman, cesando de empujar a Emilio, salió corriendo al ver que Santiago le apuntaba con otra pistola de cuyo tiro logro escapar ocultándose entre los matorrales.

Santiago corrió donde Emilio que exámine cayó al lado de Oropimente tendiéndole la mano a su amigo que lo salvaba. Estelo alzó,  i opuso sobre el caballo i volvió a echar al río el cuerpo del asesino. Emilio le advirtió que guardase el trabuco con que lo habían herido. Santiago rejistró al muerto los bolsillos i con mucha sorpresa encontró en uno de ellos una carta para él, la que mui fácilmente se debe inferir no podía ser otra que la carta verdadera de la Cisne. Mas como la situacion de Emilio exijia pronto socorro, no tuvo tiempo de leerla alli mismo, la guardó para despues i arrojó con mucho trabajo el cadáver al rio, para que no quedase noticia de un suceso de que se horrorizaba i cuyo remordimiento le parecía no poder calmar nunca, apesar de las circunstancias que justificaban el hecho. Luego que lanzó el cadáver volvió las espaldas con rapidez i aunque se tapó los oídos alcanzó a percibir el ruido del cuerpo en el fondo, cuyo eco retumbó con un bramido hueco  i truculento, que le arrancó un grito de horror, cual si hubiera sentido que se rompían bajo sus plantas las puertas del averno. Horrorizado i temeroso siguió con Emilio al pueblo inmediato, del que pocas horas ántes habia salido con un humor apacible i melancólico, i al que regresaba a la entrada de la noche lleno de pensamientos tétricos i espantosos.

Me he hecho desgraciado para siempre, le decía a Emilio: yo no sirvo para defender a nadie, i el espectro de ese hombre va a perseguirme toda la vida.

-No, dijo Emilio: la accion de U. no es vituperable, pues ha sido ejecutada en defensa de un amigo.

-Mas es horrible... repuso Santiago pero no hablemos de eso.

-Ya se ve, contestó Emilio yo tengo mucho por qué callar hace algun tiempo, i debo guardar silencio cuando oigo hablar de sensibilidad .... pero afortunadamente vuela hácia mi el momento en que callaré para siempre.

-No, Emilio: es preciso tener valor.

-Si, i espero que U. lo tenta para verme morir, i no dejarme abandonado. . . . . ¿no es verdad que U. se volverá solo?

-No: los dos nos iremos juntos.

Santiago calló viendo a Emilio bambolearse sobre el caballo i observando su palidez i desasosiego. Las hojas con que desde el principio trató de estancarle la sangre no servían de nada, i ya iba temiendo que Emilio no alcanzase a llegar al poblado, por lo que resolvió hospedarlo en la primera casita que encontrase, a cuyo fin procuraba hacer andar el caballo mas aprisa, hasta que al lado de un arroyo vió unas chocitas en las cuales determinó pedir alojamiento.

Allí no había a la sazon sino una mujer de poca edad, que al ver al herido no pudo rehusarse a darle asilo en su miserable morada. Santiago bajó a su amigo del caballo i lo intro dujo a una salita donde se veía la luz por las grietas del empajado i en la que no había mas que una barbacóa, un banco i una mesa junto a un tronco clavado en el suelo, que servia de candelero. Emilio tenia sed, i no habiendo alli de pronto una bebida conveniente que administrarle, Santiago tuvo que salir i cojer del arroyo el agua para llevársela, mientras con vana dilijencia pedia a la mujer algunos paños que pudiesen servir para vendar la herida. Nada habia de cuanto se nesecitaba, de modo que le fué preciso a Santiago desgarrar su propia ropa para hacer los vendajes, por cuya virtud logró al fin contener un poco la sangre.

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