|
|
|
CAPITULO XVI
EL PUENTE DE ICONONZO
MIENTRAS pasaba todo esto en Bogotá, i Adelaida lloraba sin
cesar la ausencia peligrosa de su amante, sin que pudieran
aliviarla los consuelos i caricias que sus hermanas le prodigaban,
Santiago andaba por el camino del Sur en busca de Emilio, a quien
no podia alcanzar, no obstante que en todas las poblaciones i
chozas donde se imformaba, le decían hacer poco tiempo habia pasado
un jóven desfigurado, pálido i distraído, que apesar de su
debilidad no se detenía en ninguna parte.
Al segundo día de camino, ya los informes cesaron enteramente i
nadie daba razon de haber visto ningun viajero cuyas señales
pudieran aplicarse i convenir a Emilio. Santiago como amante sufría
ya una tristeza tan profunda, que le era imposible continuar sus
esfuerzos para andar aprisa, deseando mas bien sentarse en alguna
de esas soledades, a contemplar sus penas i desengaños. Desde que
cesó la razon que le daban de Emilio i que hasta entonces lo
fortalecía, su decadencia se hizo mas irresistible, juzgando que
Emilio en su desesperacion se habia matado, o que rendido por la
fatiga, había muerto en alguno de esos campos.
La misma tarde en que Enrique tuvo su entrevista con el
verdadero Adolfo, Santiago caminaba despacio, vacilante sobre si
debia seguir o retroceder a persuadirse de que Emilio no se habia
quedado atras, como era posible hubiese sucedido. Mientras resolvia
esta duda, dejando a su espalda el pequeño i miserable grupo de
chozas que forman el pueblo de Pandi, andaba lentamente, no bajo el
rigor de ese sol de los climas ardientes que rinde las fuerzas i
postra el espíritu, sino ántes bien, protejído por la influencia de
esa luz agradable que estendiendo sobre la naturaleza un colorido
encantador i gracioso, dota a todos los seres de una apacibilidad
tan pura i dulce, que hace por algunos momentos las ideas i la
imàjen de la muerte del odo ajenas del pensamiento del hombre. Así
influía por lo ménos, sobre Santiago aquella tarde por esa soledad
tranquila, cuyo silencio no era interrumpido, sino por el graznido
que lanzaban volando algunos pajaros salvajes: no se oía mas ruido,
el aire estaba quieto, las pisadas del caballo de Santiago solo
sonaban en uno que otro paso pedregoso, i fuera de él i de los
pajaros que bien pronto se perdieron de vista, el aire i la tierra
parecían inhabitados.
La senda por donde iba, seguia tortuosa en un terreno irregular
i quebrado, donde se veían enormes piedras cubiertas de lama negra,
que contrastaban con la admósfera trasparente, denotando como
tumbas la tierra del olvido. Poco a poco el bosque iba haciéndose
mas espeso, i la soledad i el silencio tomaban un carácter mas
grave i profundo, que contristaba a Santiago, pareciéndole que en
busca de un desgraciado, dejaba ya la creacion animada i penetraba
mas a cada paso en el dilatado i confuso recinto de una creacion
muda i vejetal.
Le parecía imposible que Emilio hubiese andado tan aprisa, que
fuera adelante; i m as aun, que al penetrar por aquel camino, la
desesperacion no hubiese depuesto sus Furores para dar campo a una
tristeza sombría, pero blanda, que nunca puede permitir un atentado
contra la propia existencia.
Entonces le ofreció al paso un pequeño puente natural, que solo
se diferenciaba de resto del camino, en estar cubierto
cuidadosamente de arena i piedras menudas, i en las balaustradas de
madera ordinaria sin pulir que tenia a uno i otro lado, tan débiles
que la sola inclinacion del cuerpo podia echarlas a fondo.
Si Santiago no hubiera ido cuidadoso i alarmado con la idea del
suicidio de Emilio, no habría hecho alto en este puente donde no se
veía siquiera el curso de las aguas, o la fértil vega que de
ordinario encanta la vista del que pasa un arroyo léjos de las
ciudades. Pero era necesario examinar ese sitio en que la
naturaleza no solamente parece quiso disimular la grandeza i
arrogancia en las dimensiones de una arquitectura suntuosa i
soberbia, que desdeña con dignidad i orgullo la inútil e incompleta
admiracion de los humanos; sino que tambien abrió allí un abisino
espantoso, como para desafiar a la desesperacion i anonadar el odio
de la vida.
Santiago, pues, en medio de su vacilacion, tuvo que desmontarse
i detenerse lleno de horror, para ver por sobre una de las
barandillas, si por ese hondo camino habia tomado su infeliz amigo.
Pero todas sus miradas eran inútiles, aunque se quedaba suspenso
viendo atonito aquella abertura amurallada por dos rocas
formidables, tajadas perpendicularmente, cual si en un tiempo
remoto e ignorado hubieran tratado de separarse por allí los dos
emisferios de la tierra. Apoyábase con sozobra sobre la baranda i
dejaba descender sus miradas al abismo que estaba abierto bajo sus
pies, i en cuyo fondo solamente veía, allá a lo léjos deslizarse
con sosiego hácia el occidente un arroyo cuya anchura parecía desde
arriba de una vara. Bien podía estar sepultado Emilio en ese río de
grotesca poesía, de tétrica existencia, i de misterioso cauce, que
consagrado a jénios avernosos, nunca la planta del hombre podrá
profanar, pisando ese lecho inviolable, cuyas arenas, si las tiene,
jamas dorará el sol ni herirán la vista de los mortales. Ese
pensamiento aflijia a Santiago, i lo anonadaba la idea de la
desesperacion de Emilio, del mismo modo que la vista de esas rocas
inmóviles i pesadas que cercan aquella caverna sombría,
engrandecían su alma ante las ideas sublimes que inspira la
magnificencia con que un átomo de la creation en cada uno de sus
puntos cansa i confunde la mente audaz del filósofo. En medio de su
incertidumbre Santiago contemplaba aquel abismo i paseaba sus ojos
por esas bóbedas oscuras donde le parecían escondidos i enlutados
los arcanos funestos del misterio.
Aunque sus dudas no lo hubieran detenido, habria hastado a
cautivarlo por un momento aquella poesia en contraste con la poesia
natural que rabia sentido siempre en los campos amenos de su
tierra. Donde quiera, decia, los arroyos tienen una màrjen, donde
quiera los arroyos murmuran.... este no tiene ni màrjen ni
murmullo, ni hace mas que lamer en vano la dura i estéril base de
las rocas colosales que lo aprisionan. Donde quiera el arbusto
cubre con su sombra la plácida corriente; a este solo lo velan las
enormes murallas que se elevan a su lado, sérias i respetables como
los siglos de su incontrastable existencia. Las ondas del Sumapaz
no son aquellas aguas cristalinas con que calma su sed el admirante
fatigado, donde se baña el pajarillo i cuyas gotas sutiles saltan a
posarse imitando el rocío sobre la fresca rosa o el cárdeno lirio,
donde se mira engreida la beldad campestre i retratan su berde
ramaje los sauces i los alisos. Son las negras hondas de la
Estijia, cuyo aspecto lúgubre yela al viajero, i sobre las cuales
vela respetuosa el ave sacerdotíza de ese templo siniestro, donde
no se ve otra imajen que la de los conserjes ferozes que guardan
sus Náyades proscritas, que como estátuas de la tirania, se elevan
con frente erguida i jesto arrogante señalando como con el dedo la
víctima que pisan: nada se veia allí risueño, nada que no fuese
sério i grave como aquella realidad del Aqueronte.
El corazon de Santiago se acabó de cubrir entónces de una bruma
letal i empezó asentirse ménos activo, como que queria esperar a
Emilio en ese punto creado por la Providencia para suspender por
fuerza al caminante durante un momento sobre la honda gruta del
pavor. Si Emilio rabia pasado por aquel puente ¿ a qué fin
perseguirlo mas ? ¿ donde podria alcanzársele mas allá de ese rio
criminal i maldecido, condenado por la omnipotencia a un destierro
solitario o inmutable?
Santiago confiaba a vezes en que Emilio se habria quedado atras,
i ansiaba que llegase a aquel punto para sufrir juntos i suspirar
sobre ese rio que tambien parecia sufrir i suspirar, inspirando
compasion, corno un arroyo desventurado imàjen del ostracismo i
templo helado de muda soledad. Si el llanto de la humanidad, decia,
no alcanzara sino a formar un arroyo en el valle de las lágrimas,
él escojeria tus aguas para que mezclado con ellas lo pasases por
aqui a la rejion del olvido.
Santiago a fin de saber si Emilio habia pasado ¡resolver con ese
conocimiento seguir o volverse, se puso a examinar si en la cortesa
de algun árbol estaba escrito el nombre de Adelaida. Al efecto bajo
hácia el lado del poniente por un desfiladero inmediato, mui corto,
pero difícil i peligroso. Al llegar al banco de tierra que debia
sostenerlo, se presentó repentinamente a sus ojos la roca opuesta
del lado de abajo, la que le pareció tan enfrente de sí, cual si
fuese a hablarle con una voz de trueno; de modo que tuvo que
retroceder súbitamente como por un movimiento involuntario que no
fué dueño de reprimir. No podia familiarizarse con tan enorme maza
que le, inspiraba una impresion semejante a la que creia sentir
imajinándose ver un planeta a una milla de distancia. Sinembargo
solo consideró con horror que ese objeto material tan grande i
espantoso que le ofrecía la tierra, era con todo inferior a algo
que hai mucho mas grande i espantoso en el órden moral, era
inferior a la desesperacion, pues esta habia bastado a precipitar
por allí doce años ántes a un mísero desgraciado i ella misma
habría podido quizá, precipitar tambien a Emilio acaso ese mismo
dia. Le fué preciso pensar en esto para dar un paso adelante é
inclinarse cuanto pudo con el objeto de ver si bajo los estribos de
ese puente misterioso se divisaban los restos de algun cadáver. Mas
su esfuerzo fué inútil porque no alcanzo a ver el fondo de la
profundidad. Imposible le parecia que hubiese su amigo cedido a la
desesperacion ante esa boca abierta de la muerte, arrojándose por
ese vestíbulo material de la eternidad, decorado con cuanto puede
hacer su entrada mas lóbrega i triste.
Por último arrastrándose por debajo de una gran piedra que
dejaba sobre el suelo una abertura de tres pies en un tránsito de
seis u ocho pasos, salió al lado de arriba donde mientras seguia en
sus dudas i contemplaba el mismo cuadro de naturaleza, rocas,
vejetacion i soledad, alcanzó a oír de repente a poca distancia el
tiro de un trabuco. Al instante primero solo pensó fuese el de
algun cazador que andaba por el monte; mas despues de un rato de
incertidumbre s imàjinó que tambien podia haber sido una descarga
contra algun pasajero, por asesinarlo o robarle. Despues le siguió
el presentimiento de que la víctima podia ser Emilio; i, entónces
se dispuso a volver nuevamente a arrastrarse por debajo de la
piedra para salir al banco del lado opuesto, subir el desfiladero i
correr al punto donde Babia sonado el tiro a examinar su causa. Mas
al momento vió que dos hombres llegaban al puente trayendo entre
ambos a Emilio, que arrojando sangre, parecia iba a ser lanzado a
aquel abismo.
Santiago angustiado en estremo, entra con la mayor celeridad
debajo de la piedra, pareciéndole a cada momento que ya oye
retumbar el cuerpo de Emilio en el fondo de la con cavidad, i que
es imposible que alcance a salir àntes de que se perpetre aquel
atentado. En su escesivo afan, léjos de poder correr desembarazado,
a cada instante se enrreda i se ve obligado a suspenderse con una
angustia mortal.
Entre tanto Oropimente i Soliman que efectivamente iban a
arrojar a Emilio por el puente, luego que vieron en el otro estremo
el caballo de Santiago, i juzgando que alguno es taba allí,
trataron de acelerar su obra para fugarse ántes que. alguien
pudiera impedírselo. Emilio no oponía resistencia porque ademas de
que sus fuerzas estaban agotadas, le era indiferente morir. Así que
venciendo entre Oropimente i Soliman la sola resistencia que oponía
el peso del cuerpo, lo alzaron sobre la balaustrada i lo empujaron
para volarlo al río; mas el instinto que se despertó en Emilio, lo
obligó a cojerse de los palos de la cerca que bamboleaba i de los
vestidos de sus asesinos.
En esta lucha estaban cuando Santiago apareciendo en el puente,
disparó una de sus pistolas i dejó muerto en el acto a Oropimente,
mientras que Soliman, cesando de empujar a Emilio, salió corriendo
al ver que Santiago le apuntaba con otra pistola de cuyo tiro logro
escapar ocultándose entre los matorrales.
Santiago corrió donde Emilio que exámine cayó al lado de
Oropimente tendiéndole la mano a su amigo que lo salvaba. Estelo
alzó, i opuso sobre el caballo i volvió a echar al río el cuerpo
del asesino. Emilio le advirtió que guardase el trabuco con que lo
habían herido. Santiago rejistró al muerto los bolsillos i con
mucha sorpresa encontró en uno de ellos una carta para él, la que
mui fácilmente se debe inferir no podía ser otra que la carta
verdadera de la Cisne. Mas como la situacion de Emilio exijia
pronto socorro, no tuvo tiempo de leerla alli mismo, la guardó para
despues i arrojó con mucho trabajo el cadáver al rio, para que no
quedase noticia de un suceso de que se horrorizaba i cuyo
remordimiento le parecía no poder calmar nunca, apesar de las
circunstancias que justificaban el hecho. Luego que lanzó el
cadáver volvió las espaldas con rapidez i aunque se tapó los oídos
alcanzó a percibir el ruido del cuerpo en el fondo, cuyo eco
retumbó con un bramido hueco i truculento, que le arrancó un grito
de horror, cual si hubiera sentido que se rompían bajo sus plantas
las puertas del averno. Horrorizado i temeroso siguió con Emilio al
pueblo inmediato, del que pocas horas ántes habia salido con un
humor apacible i melancólico, i al que regresaba a la entrada de la
noche lleno de pensamientos tétricos i espantosos.
Me he hecho desgraciado para siempre, le decía a Emilio: yo no
sirvo para defender a nadie, i el espectro de ese hombre va a
perseguirme toda la vida.
-No, dijo Emilio: la accion de U. no es vituperable, pues ha
sido ejecutada en defensa de un amigo.
-Mas es horrible... repuso Santiago pero no hablemos de eso.
-Ya se ve, contestó Emilio yo tengo mucho por qué callar hace
algun tiempo, i debo guardar silencio cuando oigo hablar de
sensibilidad .... pero afortunadamente vuela hácia mi el momento en
que callaré para siempre.
-No, Emilio: es preciso tener valor.
-Si, i espero que U. lo tenta para verme morir, i no dejarme
abandonado. . . . . ¿no es verdad que U. se volverá solo?
-No: los dos nos iremos juntos.
Santiago calló viendo a Emilio bambolearse sobre el caballo i
observando su palidez i desasosiego. Las hojas con que desde el
principio trató de estancarle la sangre no servían de nada, i ya
iba temiendo que Emilio no alcanzase a llegar al poblado, por lo
que resolvió hospedarlo en la primera casita que encontrase, a cuyo
fin procuraba hacer andar el caballo mas aprisa, hasta que al lado
de un arroyo vió unas chocitas en las cuales determinó pedir
alojamiento.
Allí no había a la sazon sino una mujer de poca edad, que al ver
al herido no pudo rehusarse a darle asilo en su miserable morada.
Santiago bajó a su amigo del caballo i lo intro dujo a una salita
donde se veía la luz por las grietas del empajado i en la que no
había mas que una barbacóa, un banco i una mesa junto a un tronco
clavado en el suelo, que servia de candelero. Emilio tenia sed, i
no habiendo alli de pronto una bebida conveniente que
administrarle, Santiago tuvo que salir i cojer del arroyo el agua
para llevársela, mientras con vana dilijencia pedia a la mujer
algunos paños que pudiesen servir para vendar la herida. Nada habia
de cuanto se nesecitaba, de modo que le fué preciso a Santiago
desgarrar su propia ropa para hacer los vendajes, por cuya virtud
logró al fin contener un poco la sangre.
|