INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO V
EL ALTOZANO

Por último Dn. Juan, se fué a practicar todas las delijencias que se creyesen necesarias para conseguir la pronta libertad de Santiago, quien se quedó tan aflijido ¡poseído de aprehencion, que apénas podía persuadirse de que un amigo tan dado como aquel, le conservara su cariño i su amistad, despues de una desgracia semejante.

En la puerta de la Cárcel encontró Dn. Juan al salir, unas Señoras a quienes trataba de tiempo atras: la una de ellas se llamaba Baciliza, bogotana mui bonita, ¡bastante conocida de la juventud masculina de aquellos días. Dña Leoncia su madre, que nunca salia sin ella a ninguna parte, venia a visitar a un deudor arruinado que estaba entònces en la Cárcel; i que era tambien conocido de Dn. Juan; de modo que las Señoras creyendo que este salía de visitarlo empezaron por preguntarle si estaba con mucha jente el preso, i si seria hora oportuna para verlo; mas Dn. Juan les dijo que salía de ver únicamente a Santiago, que iba mui de prisa, sin saber a donde todavía, i con solo el pensamiento de conseguir la inmediata libertad de este amigo. Dn. Féliz el hermano de Baciliza que tambien venia con ellas, i que debía tener algunos conocimientos en la materia, le advirtió que lo primero que debia ejecutar si quería despacharse pronto, era dirijirse al altozano de la Catedral, donde siempre se encuentra un surtido bastante provisto de jueces, escribanos, procuradores, abogados, alguaciles, tinterillos i demás jente de justicia.

Las Señoras entraron i D. Juan; a virtud del dato suministrado por D. Feliz, se encaminó con toda confianza hàcia el altozano, ocurriendo a él, con corazon, como a un índice del foro, donde era imposible que no se le diese alguna luz acerca del proceso de Santiago, i no hallase bien pronto aquien por entonces fuera árbitro de la suerte de este amigo.

En efecto alli le dijeron que lo mas urgente era |tocar, segun se espresaban, con el funcionario de instruccion; bien que nadie sabia con seguridad cual fuese, porque aun no se había espedido boleta de prision para Santiago, ni su arresto era todavía un acontecimiento que hubiese llegado a noticia del público, donde solamente hacia ruido con interes la prision del Mordedor.

Con todo, D. Juan supo a mui pocas vueltas, no solamente que el funcionario de instruccion contra su amigo, lo era el juez del Circuito, sino tambien que ocho o diez practicones que rodaban sobre aquel pórtico, se encargarían con mucho gusto i admirable consagración, de la defensa del procesado, aunque todavía ignoraban fuese o no, culpable. Mas D. Juan conociendo que aquello era bastante delicado i no debia festinarse, se escuso con cada uno ríe ellos lo mejor que pudo para evitar desairarlos; contestando, aunque no mui satisfactoriamente, las muchas reflexiones que le hacían a efecto de persuadirle que nadie, sino alguno de ellos precisamente, debia ser investido en el acto con el carácter de defensor.

Por último se viò en la necesidad de cortar este debate para acercarse al juez que acababa de salir de una escribanía, Este se sorprendió un poco al ver que se le aproximaba un hombre estraño a todos los gremios que honraban aquel pretorio; i aun parece que sospechó fuese por lo ménos algun vago i mal entretenido, pues empezó por recibirlo con cierta grosería que él llamaba |dignidad. Sin embargo Dn. Juan, que no sabia ni una palabra de foro, espuso como pudo la cuestion i verdad sabida i buena fé guardada, concluyó pidiendo sin mas ceremonias i con no mucha dulzura, la pronta libertad de Santiago. El juez entonces finjiendo indignación i apoyando el baston en el suelo, le dijo con tono mui enèrjico: que advirtiera estaba DELANTE DE UNA AUTORIDAD I ademas, que hablaba con un hombre que no se dejaba sobornar.

Dn. Juan no se atrevió a contestar inmediatamente, por que a la verdad estaba en duda sobre el modo como debería entenderse aquello por un oyente discreto; mas como la cosa era harto delicada, resolvió decirle por lo pronto que no lo comprendía, i que se sirviera esplicarse mejor.

-¡Con que no me entiende U., eh! dijo el juez mirado a D. Juan con cierta sonrisa. Pues lo que le digo, continuó, es mas claro que si dijera que cinco i cinco son diez... Pero... ya... si Ú. como lo presumo, no es letrado, no tiene obligacion de entenderme.

D. Juan mirando al suelo como pensativo, repetía dentro de si mismo: ¿Con que cinco i cinco son diez...? No es mui caro; a ménos que yo haya comprendido mal, por no ser letrado.

Sin embargo, como se acordó de que no llevaba designio de sobornar a nadie, dejando a un lado la cuestion de entender o no entender, diò otro jiro a la conversation diciendo al juez, que por lo ménos le hiciese el favor de despachar pronto el sumario de Santiago. Pero el juez encojiéndose de hombros le dijo:

-Sor: estói abrumado de sumarios, i no me queda tiempo para ir a recibir la declaracion de ese reo.

-Mas yo creo, repuso D. Juan, que este tambien es un sumario, segun me lo han informado ya varios de los prácticos que andan por aquí.

-Claro esta que tambien es un sumario, o sumaria, que igualmente decirnos así.

-Pues bien: si es un sumario espero que U. se sirva agregarlo al número de los que tanto lo abruman.

-Si, Sor: está agregado á ese número.

-Entónces yo concluiria, que si así lo abruman todos... me parece que no lo abruman demasiado; porque a lo ménos; lo que es ahora. .. . U. me confesará que el dichoso sumario no lo abruma.

-¿Cómo que no? Me abruma, Si Sor: i mucho que me abruma.

-No me parece: a no ser que todo esté reducido a que la idea de sumario le pesa a U. horriblemente en la cabeza.

-¡Miren que especie! Pues la idea, Sor. abruma de un modo diabólico. ¿ i le parece a U. poco sobre veinte i cinco sumarios.... ?

El juez con esto dejó a D. Juan, quien por su parte hizo intention de no volver a tratar sobre el particular con semejante hombre, considerando en consecuencia, que era inevitable buscar un defensor para Santiago. A la mano, no mas, se encontró entónces un abogado jóven, amigo suyo; con cuyo motivo no vaciló en preguntarle si queria hacerse cargo de la defensa en cuestion. Pero este jóven, se habia propuesto por desgracia el ciego sistema de no defender a nadie que fuese acusado por los delitos. de hurto o robo; i asi no quiso aceptar en el encargo que se le ofrecia.

A esta sazon pasaba casualmente por allí el Doctor Témis, ahogado de gran consideración. D. Juan se atrevió a detenerlo, no precisamente para encargarle la defensa del Santiago, pues sabia bien que se había retirado del foro hacia mucho tiempo; sino para que le diese algun consejo útil i oportuno.

Como no habia en el actual estado de las cosas, otro, consejo que fuese mas acertado i conveniente que el de proporcionar al reo un buen defensor; el Doctor Témis, conociendo por otra parte que D. Juan tenia mucha razon en cuanto exijia el pronto despacho de la causa, se limitó a ofrecerle que hablaria en aquel mismo instante al juez de instruccion, para que recibirse en el dia la declaracion de Santiago.

anterior | índice | siguiente