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CAPITULO V
EL ALTOZANO
Por último Dn. Juan, se fué a practicar todas las delijencias
que se creyesen necesarias para conseguir la pronta libertad de
Santiago, quien se quedó tan aflijido ¡poseído de aprehencion, que
apénas podía persuadirse de que un amigo tan dado como aquel, le
conservara su cariño i su amistad, despues de una desgracia
semejante.
En la puerta de la Cárcel encontró Dn. Juan al salir, unas
Señoras a quienes trataba de tiempo atras: la una de ellas se
llamaba Baciliza, bogotana mui bonita, ¡bastante conocida de la
juventud masculina de aquellos días. Dña Leoncia su madre, que
nunca salia sin ella a ninguna parte, venia a visitar a un deudor
arruinado que estaba entònces en la Cárcel; i que era tambien
conocido de Dn. Juan; de modo que las Señoras creyendo que este
salía de visitarlo empezaron por preguntarle si estaba con mucha
jente el preso, i si seria hora oportuna para verlo; mas Dn. Juan
les dijo que salía de ver únicamente a Santiago, que iba mui de
prisa, sin saber a donde todavía, i con solo el pensamiento de
conseguir la inmediata libertad de este amigo. Dn. Féliz el hermano
de Baciliza que tambien venia con ellas, i que debía tener algunos
conocimientos en la materia, le advirtió que lo primero que debia
ejecutar si quería despacharse pronto, era dirijirse al altozano de
la Catedral, donde siempre se encuentra un surtido bastante
provisto de jueces, escribanos, procuradores, abogados, alguaciles,
tinterillos i demás jente de justicia.
Las Señoras entraron i D. Juan; a virtud del dato suministrado
por D. Feliz, se encaminó con toda confianza hàcia el altozano,
ocurriendo a él, con corazon, como a un índice del foro, donde era
imposible que no se le diese alguna luz acerca del proceso de
Santiago, i no hallase bien pronto aquien por entonces fuera
árbitro de la suerte de este amigo.
En efecto alli le dijeron que lo mas urgente era
|tocar,
segun se espresaban, con el funcionario de instruccion; bien que
nadie sabia con seguridad cual fuese, porque aun no se había
espedido boleta de prision para Santiago, ni su arresto era todavía
un acontecimiento que hubiese llegado a noticia del público, donde
solamente hacia ruido con interes la prision del Mordedor.
Con todo, D. Juan supo a mui pocas vueltas, no solamente que el
funcionario de instruccion contra su amigo, lo era el juez del
Circuito, sino tambien que ocho o diez practicones que rodaban
sobre aquel pórtico, se encargarían con mucho gusto i admirable
consagración, de la defensa del procesado, aunque todavía ignoraban
fuese o no, culpable. Mas D. Juan conociendo que aquello era
bastante delicado i no debia festinarse, se escuso con cada uno ríe
ellos lo mejor que pudo para evitar desairarlos; contestando,
aunque no mui satisfactoriamente, las muchas reflexiones que le
hacían a efecto de persuadirle que nadie, sino alguno de ellos
precisamente, debia ser investido en el acto con el carácter de
defensor.
Por último se viò en la necesidad de cortar este debate para
acercarse al juez que acababa de salir de una escribanía, Este se
sorprendió un poco al ver que se le aproximaba un hombre estraño a
todos los gremios que honraban aquel pretorio; i aun parece que
sospechó fuese por lo ménos algun vago i mal entretenido, pues
empezó por recibirlo con cierta grosería que él llamaba
|dignidad. Sin embargo Dn. Juan, que no sabia ni una
palabra de foro, espuso como pudo la cuestion i verdad sabida i
buena fé guardada, concluyó pidiendo sin mas ceremonias i con no
mucha dulzura, la pronta libertad de Santiago. El juez entonces
finjiendo indignación i apoyando el baston en el suelo, le dijo con
tono mui enèrjico: que advirtiera estaba DELANTE DE UNA AUTORIDAD I
ademas, que hablaba con un hombre que no se dejaba sobornar.
Dn. Juan no se atrevió a contestar inmediatamente, por que a la
verdad estaba en duda sobre el modo como debería entenderse aquello
por un oyente discreto; mas como la cosa era harto delicada,
resolvió decirle por lo pronto que no lo comprendía, i que se
sirviera esplicarse mejor.
-¡Con que no me entiende U., eh! dijo el juez mirado a D. Juan
con cierta sonrisa. Pues lo que le digo, continuó, es mas claro que
si dijera que cinco i cinco son diez... Pero... ya... si Ú. como lo
presumo, no es letrado, no tiene obligacion de entenderme.
D. Juan mirando al suelo como pensativo, repetía dentro de si
mismo: ¿Con que cinco i cinco son diez...? No es mui caro; a ménos
que yo haya comprendido mal, por no ser letrado.
Sin embargo, como se acordó de que no llevaba designio de
sobornar a nadie, dejando a un lado la cuestion de entender o no
entender, diò otro jiro a la conversation diciendo al juez, que por
lo ménos le hiciese el favor de despachar pronto el sumario de
Santiago. Pero el juez encojiéndose de hombros le dijo:
-Sor: estói abrumado de sumarios, i no me queda tiempo para ir a
recibir la declaracion de ese reo.
-Mas yo creo, repuso D. Juan, que este tambien es un sumario,
segun me lo han informado ya varios de los prácticos que andan por
aquí.
-Claro esta que tambien es un sumario, o sumaria, que igualmente
decirnos así.
-Pues bien: si es un sumario espero que U. se sirva agregarlo al
número de los que tanto lo abruman.
-Si, Sor: está agregado á ese número.
-Entónces yo concluiria, que si así lo abruman todos... me
parece que no lo abruman demasiado; porque a lo ménos; lo que es
ahora. .. . U. me confesará que el dichoso sumario no lo
abruma.
-¿Cómo que no? Me abruma, Si Sor: i mucho que me abruma.
-No me parece: a no ser que todo esté reducido a que la idea de
sumario le pesa a U. horriblemente en la cabeza.
-¡Miren que especie! Pues la idea, Sor. abruma de un modo
diabólico. ¿ i le parece a U. poco sobre veinte i cinco
sumarios.... ?
El juez con esto dejó a D. Juan, quien por su parte hizo
intention de no volver a tratar sobre el particular con semejante
hombre, considerando en consecuencia, que era inevitable buscar un
defensor para Santiago. A la mano, no mas, se encontró entónces un
abogado jóven, amigo suyo; con cuyo motivo no vaciló en preguntarle
si queria hacerse cargo de la defensa en cuestion. Pero este jóven,
se habia propuesto por desgracia el ciego sistema de no defender a
nadie que fuese acusado por los delitos. de hurto o robo; i asi no
quiso aceptar en el encargo que se le ofrecia.
A esta sazon pasaba casualmente por allí el Doctor Témis,
ahogado de gran consideración. D. Juan se atrevió a detenerlo, no
precisamente para encargarle la defensa del Santiago, pues sabia
bien que se había retirado del foro hacia mucho tiempo; sino para
que le diese algun consejo útil i oportuno.
Como no habia en el actual estado de las cosas, otro, consejo
que fuese mas acertado i conveniente que el de proporcionar al reo
un buen defensor; el Doctor Témis, conociendo por otra parte que D.
Juan tenia mucha razon en cuanto exijia el pronto despacho de la
causa, se limitó a ofrecerle que hablaria en aquel mismo instante
al juez de instruccion, para que recibirse en el dia la declaracion
de Santiago.
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