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CAPITULO XV
El PRESO
Monterilla despues de haber pasado largas horas meditando, se
sintió de repente movido por el espíritu de accion, en virtud del
con vencimiento a que llegó de la bondad i eficacia que encerraban
los consejos de la Daifa; i parándose súbitamente del asiento, se
puso a pasear por la pieza mui aprisa, riéndose con una
satisfaccion feroz.
¡Enrique! esclamaba. Cuán útil vas a serme. Si: la Daifa tiene
razon i yo no puedo engañarme. Enrique es rival de Emilio, lo
detesta, i haciéndolo obrar corno cómplice, no hai ya temor de que
nos pierda, que era lo único que me embarazaba. Que hable, pues,
por sí mismo, proponga i practique el consejo de la Daifa, i así
quedará por uno de los nuestros i aun contribuirá a salvarnos en
caso de malograrse este proyecto. Ademas ¿qué se arriesga? ¿No lo
sabe ya todo el Doctor Témis? El único recurso es engañarlo con la
verdad .... i Oh ! si yo lo logro, con qué gozo me reiré ! I si nó,
por malo que sea el resultado, nada nuevo se Verde, porque todo
está perdido. Mas ¿porqué desconfiar? Nuestro secreto debe darnos
un poder formidable: el poder de engañar, i los elementos abundan
para la mentira de accion. Es seguro que Enrique está en
imposibilidad de vendernos, i esto basta; no se necesitaba otra
cosa; deben, pues, seguir ahora, como dice la Daifa, el valor i el
descaro: el descaro en Enrique, i el valor en nosotros; i que
Enrique sea descarado ¿quién lo duda, cuando el estimulo va a ser
irresistible I a obrar sobre el corazon de un perverso de alta
guisa?
Monterilla decía esto disponiéndose a toda prisa para irse donde
Enrique, aunque ya eran las seis de la tarde.
A esta visita no iba vacilante como fué por la mañana donde el
DoctorTémis: al contrario, en un momento llegó a la casa i empezó a
dar en la puerta golpes tan fuertes i precipitados, que los criados
se alarmaron, i salieron imediatamente, con mucha curiosidad, a ver
quién era.
Enrique no estaba allí i Monterilla tuvo que ir a buscarlo a la
fonda, donde lo encontró jugando. Lo llama aparte, i se retiró con
él al zaguan de enfrente, donde mui despacio lo impuso por órden,
de lo que convenía supiese, i lo estimuló, halagándolo con
esperanzas i seguridades de buen éxito: poco rato despues siguieron
juntos para la casa de Monterilla.
Enrique iba ufano en estremo, de poseer tan estraordinarios
secretos ¡haber merecido la confianza de ser instruido en una clave
de la que con fundamento esperaba mucho para sus ruines pasiones:
Monterilla, por el contrario, triste i sobresaltado, no cesaba de
recomendarle la reserva.
Al fin llegaron a la siniestra casa, cuyo aspecto infundía pavor
con su ancho i vetusto porton, que daba entrada a un patio húmedo i
pequeño, cubierto de matorrales i rodeado de aposentos, cuyas
angostas puertas dejaban ver la oscuridad misteriosa del fondo,
como el complice morador de ese fatídico edificio
Monterilla i Enrique atravesaron el patio, entraron en un
pasadizo, volvieron por un corredorcito estrecho, despues del cual,
bajando unas gradas, descendieron a un sótano escondido i
tenebroso.
-Ahi está, dijo Monterilla a Enrique: voi a traer la llave.
Enrique se quedo asustado mientras Monterilla volvía, i tocando la
puerta que no veía bien, trataba de distinguirla poseido de miedo
de entrar por ella cuando la abriese Monterilla. En medio del
silencio que parecia reinar dentro, se oía de rato en rato
arrastrar una cadena, i a veces tambien un jemido lastimero que
hacia enternecer el corazon de Enrique, pero cuyo efecto se
apresuraba él a calmar recordando la imájen de Adelaida i la
esperanza de poseerla que acababa de ofrecerle Monterilla. Este
tardaba, i entretanto Enrique creía estar oyendo a las tinieblas i
verlas animarse poco a poco, imponerle respeto i querer como
introducirse en su álma para enjendrar en ella el verdugo enlutado
del remordimiento, que de continuo había de repetir en sus oídos
ese suspiro sério i prolongado que en aquella cueva parecia exhalar
la oscuridad misma, mirando asustada desde la puerta de una tumba,
al que siendo malo en medio de la luz, debia causar horror en medio
de la noche. Para no ceder a los impulsos benévolos que ese
instante parecia inspirarle, se salid al corredor, donde recobro
inmediatamente su carácter i se resolvió en el sentido que le
convenía.
Monterilla volvió luego i abrió la puerta diciendo a Enrique en
voz baja que entrase i espusiese con enerjía su proyecto.
-¡ Señor Adolfo Castelvi ! dijo Enrique entrando.
-¡ Ah ! esclamó el preso con quién me llama con una voz tan
nueva para mí? No es Monterilla, no.... la voz de un jóven... debia
ser la de mi hijo... Si vieras a tu padre... ¡ hijo querido...
!
-No es su hijo, interrumpió Enrique; es un amigo.
-Antes de emplear ese nombre, dijo el preso, dome U. la libertad
para creer en sus palabras i poder abrazarlo. -Tal vez, dijo
Enrique avanzando hácia donde sonaba la voz.
-Viene dudoso, dijo D. Adolfo. No entra así la amistad al
calabozo donde jime el inocente como víctima del criminal. No es un
amibo, continuó; déjeme U. en paz, nuevo ajente del horrible
Monterilla.
-Soi su amigo, repitió Enrique.
-¡Mentira! Aquí no entrará otro amigo que mi hijo jeneroso
cuando venga a darme la libertad. El rostro de U. entre estas
tinieblas tan espesas para el que entra i tan claras ya para quien
las habita, muestra una impavidez que me es harto sospechosa.
-Sinembargo, dijo Enrique; yo vengo a aliviar a U. i creo que no
debe temerme.
-¿Yo temer? Jamás: i mucho ménos despues de que me han hecho los
males mas grandes que podía aguardar en la maldicion de los
cielos.
-Si: ya sé que U. ha sido mui desgraciado.
-Por lo mismo debia U. correr a darme libertad i llevarme donde
mi hijo.... i Oh! i cuán feliz haría Dios al que llegara a ejecutar
tan bella accion !
-Puede ser, dijo Enrique; pero U. ha empezado mirándome como a
enemigo.
-Es verdad. Mas.... perdon: si.... es imposible que un hombre
tan jóven no sea todavía bueno i jeneroso.
-No piense U. pues, mal de mi, que puede ser tema yo al fin el
gusto de ser el órgano por medio del cual puedan cesar sus
sufrimientos i los de su hijo.
-¿ Los de Emilio ? i pobre hijo mío! Ya sé cuánto sufre, porque
Monterilla me lo ha comunicado; pero vive ¿ no es verdad?
-Sin duda; i sus sufrimientos así como los de U. cesarán en
breve.
-Si, caballero; sea U. virtuoso. Instruya a Emilio de la
situacion a que su padre se halla reducido. . . . . Vea U. continuó
tendiéndole la mano, el horroroso estado en que me encuentro.
Enrique tomó la mano que le tendía D. Adolfo, i lleno de pavor
volvió a soltarla, porque le pareció que cojia la mano yerta de un
esqueleto que hablaba.
¿No es verdad que esto es horrible? continuó D. Adolfo: ¿que el
día en que mi hijo me vea, si llega por ventura ese día, lo
asustaré i no podrá reconocerme ? Ah ! Cuánto llevo de este
encierro bárbaro i tiránico, atado a la cadera i alimentado solo
con un sustento grosero i escaso, medido para conservarme la vida i
quitarme las fuerzas.-Hace tres meses que ansioso de ver a mi hijo,
i habiendo conseguido, por medio de un trabajo asiduo, algo conque
poder establecerme a su lado, venía para Bogotá, solo i contento,
deseando verlo cuanto ántes : la noche me sorprendió algo distante
de aquí, pero no quise detenerme en mi impaciencia i a las once de
la noche pasaba por ese camino que queda arriba de Ejipto. Allí fui
atacado por Monterilla i cuatro de sus compañeros que habiendo
robádome cuanto traía i dejádome por muerto, se retiraron un
momento para volver a reconocerme, en cuyo acto observaron que aun
vivía: uno de ellos me conoció por desgracia, se opuso a que me
mataran, i fui traido a este calabozo donde cuidaron de mi persona
para especular con ¡ni nombre, como sé que han especulado, porque
así me lo dicen con descaro. Si: me han robado mi nombre para
deshonrarlo i calumniarme con un fin miserable, i han cubierto de
infamia el nombre esclarecido de mi hijo. I yo entretanto jimo en
este encierro sin poder desmentir a los calumniadores ni ver a mi
hijo para desengañarlo. Corra U. a publicar estos hechos.-¡ Oh ! i
Cuánto mi hijo me habrá maldecido! ¡ Cuánto habrà llorado al verse
como hijo de un padre criminal.... ! Por piedad, caballero, lléveme
donde Emilio: dígale por lo mènos que su padre está inocente...
-Bien puede ser que llegue ese dia, repuso Enrique, i yo vengo
precisamente a indicarle los medios de salvarse.
-¿ Como ? Hable U.
-Mui fácilmente si quiere. Monterilla, bajo cuyo poder se
encuentra U., está interesado en salvar al Mordedor que ya ha sido
condenado: D. Adolfo el que ha tomado su nombre, desea escapar de
las persecuciones tenaces de ¡ajusticia; i yo he determinado
casarme con una de las hijas del Sr. Osman, cuyo objeto está
enlazado con los dos anteriores. Pues bien: todas estas miras
pueden lograrse, con solo que U. lo quiera i se sujete a un
sacrificio pasajero que dará por resultado la libertad que tanto
anhela i la rehabilitacion i desengaño de Emilio.
Silencio, miserable ! esclamó D. Adolfo. Salga U. ahora mismo de
este sitio que viene a manchar con un nuevo crímen.
-No saldré hasta que U. quede instruido de lo que se trata de
hacer, para que piense i escoja el partido que mas crea
convenirle.
-Hable U. cuanto quiera, que yo no lo honraré mas con mi
atencion.
-El objeto principal de Monterilla queda cumplido, si el Doctor
Témis, que es un amigo poderoso de Emilio, se persuade
perfectamente de que U. es criminal, pues entónces por salvar a ese
jóven de la infamia i a U. mismo de la pena de los delitos que se
le atribuyen, defenderá al Morador: el del falso Adolfo se consigue
echando sobre otro nombre que está seguro de la impunidad de la
responsabilidad que tratan de hacer efectiva en él como verdadero
delincuente; i el mio quedará cumplido igualmente, ofreciendo a
Adelaida, quien tiene por el honor de Emilio un interes mui
marcado, que yo lo salvaré de la deshonra, el dia que ella me dé su
mano. Ahora verá como se cumple tambien el suyo, Sr. Castelvi;
apénas salga libre el Mordedor, i el falso Adolfo, dejando de ser
perseguido pueda fugarse ¡yo vaya a desposarme con Adelaida; se
revelará el plan por mí mismo, haciendo creer que una equivocation
fatal fué la que dió lugar a suponerlo a U. como delincuente : en
consciencia su nombre quedará rehabilitado i todo concluido de un
modo ventajoso para nosotros i U..
Enrique se quedo esperando la respuesta, hasta que pasado un
rato continuo.
-La acción de U., Sr. Castelvi, para ayudarnos en nuestros
proyectos, está reducida a un hecho mui simple, pues unicamente le
toca suministrar el convencimiento que se necesita en el Doctor
Témis, lo que es mui fácil para U. si conviene en asistir a una
junta a la que concurrirá igualmente aquel, i en prestarse a pasar
por el verdadero delincuente. Para dar verosimilitud i fuerza a la
suposicion i mover al Doctor. Témis en su favor creyéndolo
delincuente, U. pedirá perdon de sus supuestos crímenes, se
manifestará arrepentido i llegará aun a ofrecer en cambio de la
induljencia, la revelacion de los secretos de la compañía. En fin,
U. si acepta este partido, será bien ensayado por nosotros i saldrá
todo mui bien. He aquí el cuadro que le ofrecemos si se presta a
soportar por pocos días una calumnia que solo engañará a uno que
otro, pues al efecto este asunto ha sido manejado con gran reserva
i así continuará hasta el. fin. Vea ahora lo que sucederá si se
rehusa: U. quedará deshonrado públicamente i para siempre, porque
Adolfo el falso se ocultará mientras puede irse i recobrar su
nombre verdadero: Emilio quedará infame, acaso morirá, i la prision
que U. está sufriendo se prolongará hasta que siendo preciso evitar
que la policía lo encuera, tre, venga a hacerse forzoso poner
término a sus días..... ¿ Aun no me responde U ? - Pues bien: se le
señala el plazo de cuarenta i ocho horas, dentro del cual debe
resolver sobre su propia suerte: vencido este, Monterilla vendrá a
imponerse, i sea cual fuere entonces la resolucion definitiva que
U. manifieste, se llevará a efecto inmediatamente.
-¿ I por qué no vino el mismo Monterilla, preguntó D. Adolfo, a
hacerme esas proposiciones? ¿las creyó por ventura demasiado
infames para que su bajeza descendiese hasta el estremo de
comunicármelas personalmente?
-Era preciso, Sr. Castelvi, que yo me persuadiese por mis
propios sentidos de la realidad de estos secretos, para servir de
órgano en el asunto; i era tambien necesario que un imparcial
hablase al Doctor Témis para obligarlos en casa de que U. acceda, a
la entrevista que se le propone. En fin: Monterilla lo ha exijido
así i yo ignoro cuántas otras razones lo habrán movido.
-Puede U. retirarse, dijo D. Adolfo a Enrique.
Este salió del calabozo que Monterilla volvió a cerrar
preguntando a Enrique; con no poca inquietud el resultado de su
encargo.
-No hai remedio, le contestó siguiendo juntos para el cuarto de
estudio: todos nuestros intereses van a triunfar, aun cuando el
Señor Castelvi se manifiesta mui resistido a aceptar su papel. Poco
importa eso: al fun tendrá que ceder, porque ¿ qué remedio le queda
? ¿ qué gana con rehusar? ¿Cómo podrá resistirse a la esperanza de
recobrar su libertad, de ver a Emilio i disipar la calumnia? Es
imposible : él pensará esta noche con detenimiento, i mañana lo
verá U., ya determinado.
-¡ Exelente ha sido esta idea i esclamó Monterilla. Es necesario
chasquear al Doctor Témis, que está mui orgulloso i audaz
haciéndonos la guerra, porque llegó a penetrar, segun comprendo,
que nosotros teníamos un falso Adolfo i otro verdadero. Solo por
eso puedo dar el paso de hacer una delacion tan inesperada, i por
eso tambien buscar con tanta tenacidad al denunciado.
-Mas ahora, dijo Enrique, lo vamos a confundir con el resultado
de este plan.
-I nos reiremos mucho al verlo volver sobre sus pasos confesando
el error con que ha procedido. El no podia ménos de estar en duda i
vamos a hacerle ver que se engañaba; que efectivamente no ha¡ mas
que un Adolfo, que es el padre de Emilio; que es el verdadero
delincuente, i que no hai otro arbitrio que salvarlo: es imposible
que así no suceda.
-Por supuesto, dijo Enrique: mas debo indicar que es preciso
precaver un reparo que puede ocurrir.
-¿ Cual ?
-El que resulta del aniquilamiento en que se halla D. Adolfo: yo
le he tomado una mano i no he tocado mas que los huesos.
-Es verdad; pero ya eso está precavido, pues se ha cuidado de
advertir al Doctor Témis que D. Adolfo es hombre mui flaco i está
aniquilado a causa de sus remordimientos I de la inquietud en que
lo tiene la persecusion de la justicia.
-Bueno será sinembargo alimentarlo i tratarlo mejor.
-Así lo haremos.
-Eso es mui prudente; pues importa sobre manera que nuestro plan
salga bien: ya he dicho a U. que si me caso con Adelaida le pago
con profusion.
-Por tanto es preciso que nos ayudemos recíprocamente; que U.
tenga sumo cuidado en la reserva i que trabajemos de comun
acuerdo.
-Repito que le ofrezco mi cooperacion ; i entretanto procure U.
determinar al Sr. Castelvi.
Monterilla se quedó solo, no mui satisfecho, pues nada de cuanto
habia hecho le parecía bien, i ántes por el contrario, de todo se
arrepentia apénas lo ejecutaba.
Enrique si iba mui contento, imajinándose que era seguro su
casamiento con Adelaida, porque esta debia tener mucho interes en
librar a Emilio de su desgracia, para justificar su propia familia.
Enrique creía que ofreciéndole esta esperanza, no tendría
inconveniente en aceptarla por marido cuando ese matrimonio, ademas
de ser un buen partido porque el pretendiente era rico i de
suposicion, se un él mismo se juzgaba, llevaba consigo una
consecuencia mui favorable respecto de un joven a quien el Sr.
Osman reputaba como hijo i que habia vivido en su misma casa.
Todavia Enrique daba mas peso a sus esperanzas, suponiéndose amado:
i por tanto solo pensaba en aprovechar la primera ocasion para
hablar con Adelaida, lo que no debia tardar, porque en casa de
cierto Ministro iba a darse un baile a la siguiente noche, al que
la familia del Sr. Osman estaba covidada con sumo interes.
Entretanto D. Adolfo en su cadena no podía contener las lágrimas
pensando en el modo inicuo como se habían propuesto abusar de su
esclavitud i de su amor paternal, i en el estremo a que sus
enemigos iban a llevar su triste situación imponiendo sobre él
solo, todo el furor de ]ajusticia, el peso de las leyes i la
execracion de los hombres. Hé aquí, decía, como tendré que
calumniarme confesándome como ladron i asesino, despues que solo
anhelaba estrechar a mi hijo virtuoso entre mis brazos inocentes:
yo que venia a traerle los halagos paternales i la enhorabuena de
su honor, vengo a arrojar sobre su frente el oprobio i la
vergüenza. i Ah ! i quién pudiera salvarlo de mi mismo i librar su
memoria del aciago recuerdo de su padre! Cuánto habrá sufrido el
infeliz Emilo al persuadirse de que yo he delinquido: sí; yo no
alcanzo a comprenderlo en mi existencia que declina, cuando apénas
se recuerda aquel sueño diáfano del porvenir que hace sonreír a la
adolecencia, aquella vision de glorias, de amores i de esperanzas
que se llama la juventud. i Oh ! Emilio desgraciado! la vejez va a
empañarlas llevando en cada arruga un enjambre de crímenes i una
fuente de infamia. No: yo no debó vacilar: ¿ como habria de
resolverme a pasar por criminal P Es imposible. . . . Mas entónces
¿quién defiende nuestro nombre? Bien que me resuelva a morir ¿pero
dónde está el que puede rehabilitar mi memoria? Son malvados todos
los que saben mi inocencia. Si la supiera alguno virtuoso. , si, yo
debo probar todos los medios para conseguir que los hombres me
vean: puede ser que así, a despecho de mi propia confesion, se deje
sentir la verdad i no se dé crédito a mis propias calumnias. No no
las creerán. La verdad tiene un poder divino que no estriba en la
palabra, que brilla apesar de la mentira, que se comunica de
pensamiento a pensamiento como por medio de un fluido misterioso e
invisible que no está sujeto al poder humano ni deja sonar la voz
del embustero: que se revela al corazon como se revela Dios mismo
sin que nada pueda contrastar su influencia sacrosanta. La boca
valbuciente de Adolfo Castelvi dirá que es criminal; pero la
inocencia cortará a mis palabras el vuelo que las llevaba al oyente
i caerán a mis pies como un cadáver al sepulcro. i Yo criminal!....
Emilio no ha podido creerlo; i si me lo oye confesar, esclamarà
MENTIRA! Oh ! si él tuviera de mí este concepto actualmente i qué
desgracia ! ¡ Cómo me maldeciría! ¡ Como habrá visto ese retrato
que tambien me robaron i que Monterilla me ha dicho haberle
remitido en nombre mio, para persuadirlo de que pertenezco a esta
infernal compañía! Debe haberlo arrojado léjos de sí i qué descaro!
¡qué perversidad! habrá dicho. Con razon Emilio me habrá
deconocido; con mucha razon debe negarme, porque el que es criminal
i tiene hijos, debe ser despojado por ellos mismos del carácter de
padre i lanzado de la sociedad como un egoísta sin vínculos. Ah i
Dios mio! esto es horrible... pasar por criminal.... Si es preciso,
me impondré ese costoso sacrificio, para pasar despues por
inocente, por hombre de bien, por un buen padre a quien le fué
preciso un sacrificio horrendo para defender a su hijo i borrar la
infamia que sobre él habia hecho recaer la calumnia mas cruel, que
tuvo que -pronunciar yo mismo para poder desmentirla.
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