INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO XV
El PRESO

Monterilla despues de haber pasado largas horas meditando, se sintió de repente movido por el espíritu de accion, en virtud del con vencimiento a que llegó de la bondad i eficacia que encerraban los consejos de la Daifa; i parándose súbitamente del asiento, se puso a pasear por la pieza mui aprisa, riéndose con una satisfaccion feroz.

¡Enrique! esclamaba. Cuán útil vas a serme. Si: la Daifa tiene razon i yo no puedo engañarme. Enrique es rival de Emilio, lo detesta, i haciéndolo obrar corno cómplice, no hai ya temor de que nos pierda, que era lo único que me embarazaba. Que hable, pues, por sí mismo, proponga i practique el consejo de la Daifa, i así quedará por uno de los nuestros i aun contribuirá a salvarnos en caso de malograrse este proyecto. Ademas ¿qué se arriesga? ¿No lo sabe ya todo el Doctor Témis? El único recurso es engañarlo con la verdad .... i Oh ! si yo lo logro, con qué gozo me reiré ! I si nó, por malo que sea el resultado, nada nuevo se Verde, porque todo está perdido. Mas ¿porqué desconfiar? Nuestro secreto debe darnos un poder formidable: el poder de engañar, i los elementos abundan para la mentira de accion. Es seguro que Enrique está en imposibilidad de vendernos, i esto basta; no se necesitaba otra cosa; deben, pues, seguir ahora, como dice la Daifa, el valor i el descaro: el descaro en Enrique, i el valor en nosotros; i que Enrique sea descarado ¿quién lo duda, cuando el estimulo va a ser irresistible I a obrar sobre el corazon de un perverso de alta guisa?

Monterilla decía esto disponiéndose a toda prisa para irse donde Enrique, aunque ya eran las seis de la tarde.

A esta visita no iba vacilante como fué por la mañana donde el DoctorTémis: al contrario, en un momento llegó a la casa i empezó a dar en la puerta golpes tan fuertes i precipitados, que los criados se alarmaron, i salieron imediatamente, con mucha curiosidad, a ver quién era.

Enrique no estaba allí i Monterilla tuvo que ir a buscarlo a la fonda, donde lo encontró jugando. Lo llama aparte, i se retiró con él al zaguan de enfrente, donde mui despacio lo impuso por órden, de lo que convenía supiese, i lo estimuló, halagándolo con esperanzas i seguridades de buen éxito: poco rato despues siguieron juntos para la casa de Monterilla.

Enrique iba ufano en estremo, de poseer tan estraordinarios secretos ¡haber merecido la confianza de ser instruido en una clave de la que con fundamento esperaba mucho para sus ruines pasiones: Monterilla, por el contrario, triste i sobresaltado, no cesaba de recomendarle la reserva.

Al fin llegaron a la siniestra casa, cuyo aspecto infundía pavor con su ancho i vetusto porton, que daba entrada a un patio húmedo i pequeño, cubierto de matorrales i rodeado de aposentos, cuyas angostas puertas dejaban ver la oscuridad misteriosa del fondo, como el complice morador de ese fatídico edificio

Monterilla i Enrique atravesaron el patio, entraron en un pasadizo, volvieron por un corredorcito estrecho, despues del cual, bajando unas gradas, descendieron a un sótano escondido i tenebroso.

-Ahi está, dijo Monterilla a Enrique: voi a traer la llave. Enrique se quedo asustado mientras Monterilla volvía, i tocando la puerta que no veía bien, trataba de distinguirla poseido de miedo de entrar por ella cuando la abriese Monterilla. En medio del silencio que parecia reinar dentro, se oía de rato en rato arrastrar una cadena, i a veces tambien un jemido lastimero que hacia enternecer el corazon de Enrique, pero cuyo efecto se apresuraba él a calmar recordando la imájen de Adelaida i la esperanza de poseerla que acababa de ofrecerle Monterilla. Este tardaba, i entretanto Enrique creía estar oyendo a las tinieblas i verlas animarse poco a poco, imponerle respeto i querer como introducirse en su álma para enjendrar en ella el verdugo enlutado del remordimiento, que de continuo había de repetir en sus oídos ese suspiro sério i prolongado que en aquella cueva parecia exhalar la oscuridad misma, mirando asustada desde la puerta de una tumba, al que siendo malo en medio de la luz, debia causar horror en medio de la noche. Para no ceder a los impulsos benévolos que ese instante parecia inspirarle, se salid al corredor, donde recobro inmediatamente su carácter i se resolvió en el sentido que le convenía.

Monterilla volvió luego i abrió la puerta diciendo a Enrique en voz baja que entrase i espusiese con enerjía su proyecto.

-¡ Señor Adolfo Castelvi ! dijo Enrique entrando.

-¡ Ah ! esclamó el preso con quién me llama con una voz tan nueva para mí? No es Monterilla, no.... la voz de un jóven... debia ser la de mi hijo... Si vieras a tu padre... ¡ hijo querido... !

-No es su hijo, interrumpió Enrique; es un amigo.

-Antes de emplear ese nombre, dijo el preso, dome U. la libertad para creer en sus palabras i poder abrazarlo. -Tal vez, dijo Enrique avanzando hácia donde sonaba la voz.

-Viene dudoso, dijo D. Adolfo. No entra así la amistad al calabozo donde jime el inocente como víctima del criminal. No es un amibo, continuó; déjeme U. en paz, nuevo ajente del horrible Monterilla.

-Soi su amigo, repitió Enrique.

-¡Mentira! Aquí no entrará otro amigo que mi hijo jeneroso cuando venga a darme la libertad. El rostro de U. entre estas tinieblas tan espesas para el que entra i tan claras ya para quien las habita, muestra una impavidez que me es harto sospechosa.

-Sinembargo, dijo Enrique; yo vengo a aliviar a U. i creo que no debe temerme.

-¿Yo temer? Jamás: i mucho ménos despues de que me han hecho los males mas grandes que podía aguardar en la maldicion de los cielos.

-Si: ya sé que U. ha sido mui desgraciado.

-Por lo mismo debia U. correr a darme libertad i llevarme donde mi hijo.... i Oh! i cuán feliz haría Dios al que llegara a ejecutar tan bella accion !

-Puede ser, dijo Enrique; pero U. ha empezado mirándome como a enemigo.

-Es verdad. Mas.... perdon: si.... es imposible que un hombre tan jóven no sea todavía bueno i jeneroso.

-No piense U. pues, mal de mi, que puede ser tema yo al fin el gusto de ser el órgano por medio del cual puedan cesar sus sufrimientos i los de su hijo.

-¿ Los de Emilio ? i pobre hijo mío! Ya sé cuánto sufre, porque Monterilla me lo ha comunicado; pero vive ¿ no es verdad?

-Sin duda; i sus sufrimientos así como los de U. cesarán en breve.

-Si, caballero; sea U. virtuoso. Instruya a Emilio de la situacion a que su padre se halla reducido. . . . . Vea U. continuó tendiéndole la mano, el horroroso estado en que me encuentro.

Enrique tomó la mano que le tendía D. Adolfo, i lleno de pavor volvió a soltarla, porque le pareció que cojia la mano yerta de un esqueleto que hablaba.

¿No es verdad que esto es horrible? continuó D. Adolfo: ¿que el día en que mi hijo me vea, si llega por ventura ese día, lo asustaré i no podrá reconocerme ? Ah ! Cuánto llevo de este encierro bárbaro i tiránico, atado a la cadera i alimentado solo con un sustento grosero i escaso, medido para conservarme la vida i quitarme las fuerzas.-Hace tres meses que ansioso de ver a mi hijo, i habiendo conseguido, por medio de un trabajo asiduo, algo conque poder establecerme a su lado, venía para Bogotá, solo i contento, deseando verlo cuanto ántes : la noche me sorprendió algo distante de aquí, pero no quise detenerme en mi impaciencia i a las once de la noche pasaba por ese camino que queda arriba de Ejipto. Allí fui atacado por Monterilla i cuatro de sus compañeros que habiendo robádome cuanto traía i dejádome por muerto, se retiraron un momento para volver a reconocerme, en cuyo acto observaron que aun vivía: uno de ellos me conoció por desgracia, se opuso a que me mataran, i fui traido a este calabozo donde cuidaron de mi persona para especular con ¡ni nombre, como sé que han especulado, porque así me lo dicen con descaro. Si: me han robado mi nombre para deshonrarlo i calumniarme con un fin miserable, i han cubierto de infamia el nombre esclarecido de mi hijo. I yo entretanto jimo en este encierro sin poder desmentir a los calumniadores ni ver a mi hijo para desengañarlo. Corra U. a publicar estos hechos.-¡ Oh ! i Cuánto mi hijo me habrá maldecido! ¡ Cuánto habrà llorado al verse como hijo de un padre criminal.... ! Por piedad, caballero, lléveme donde Emilio: dígale por lo mènos que su padre está inocente...

-Bien puede ser que llegue ese dia, repuso Enrique, i yo vengo precisamente a indicarle los medios de salvarse.

-¿ Como ? Hable U.

-Mui fácilmente si quiere. Monterilla, bajo cuyo poder se encuentra U., está interesado en salvar al Mordedor que ya ha sido condenado: D. Adolfo el que ha tomado su nombre, desea escapar de las persecuciones tenaces de ¡ajusticia; i yo he determinado casarme con una de las hijas del Sr. Osman, cuyo objeto está enlazado con los dos anteriores. Pues bien: todas estas miras pueden lograrse, con solo que U. lo quiera i se sujete a un sacrificio pasajero que dará por resultado la libertad que tanto anhela i la rehabilitacion i desengaño de Emilio.

Silencio, miserable ! esclamó D. Adolfo. Salga U. ahora mismo de este sitio que viene a manchar con un nuevo crímen.

-No saldré hasta que U. quede instruido de lo que se trata de hacer, para que piense i escoja el partido que mas crea convenirle.

-Hable U. cuanto quiera, que yo no lo honraré mas con mi atencion.

-El objeto principal de Monterilla queda cumplido, si el Doctor Témis, que es un amigo poderoso de Emilio, se persuade perfectamente de que U. es criminal, pues entónces por salvar a ese jóven de la infamia i a U. mismo de la pena de los delitos que se le atribuyen, defenderá al Morador: el del falso Adolfo se consigue echando sobre otro nombre que está seguro de la impunidad de la responsabilidad que tratan de hacer efectiva en él como verdadero delincuente; i el mio quedará cumplido igualmente, ofreciendo a Adelaida, quien tiene por el honor de Emilio un interes mui marcado, que yo lo salvaré de la deshonra, el dia que ella me dé su mano. Ahora verá como se cumple tambien el suyo, Sr. Castelvi; apénas salga libre el Mordedor, i el falso Adolfo, dejando de ser perseguido pueda fugarse ¡yo vaya a desposarme con Adelaida; se revelará el plan por mí mismo, haciendo creer que una equivocation fatal fué la que dió lugar a suponerlo a U. como delincuente : en consciencia su nombre quedará rehabilitado i todo concluido de un modo ventajoso para nosotros i U..

Enrique se quedo esperando la respuesta, hasta que pasado un rato continuo.

-La acción de U., Sr. Castelvi, para ayudarnos en nuestros proyectos, está reducida a un hecho mui simple, pues unicamente le toca suministrar el convencimiento que se necesita en el Doctor Témis, lo que es mui fácil para U. si conviene en asistir a una junta a la que concurrirá igualmente aquel, i en prestarse a pasar por el verdadero delincuente. Para dar verosimilitud i fuerza a la suposicion i mover al Doctor. Témis en su favor creyéndolo delincuente, U. pedirá perdon de sus supuestos crímenes, se manifestará arrepentido i llegará aun a ofrecer en cambio de la induljencia, la revelacion de los secretos de la compañía. En fin, U. si acepta este partido, será bien ensayado por nosotros i saldrá todo mui bien. He aquí el cuadro que le ofrecemos si se presta a soportar por pocos días una calumnia que solo engañará a uno que otro, pues al efecto este asunto ha sido manejado con gran reserva i así continuará hasta el. fin. Vea ahora lo que sucederá si se rehusa: U. quedará deshonrado públicamente i para siempre, porque Adolfo el falso se ocultará mientras puede irse i recobrar su nombre verdadero: Emilio quedará infame, acaso morirá, i la prision que U. está sufriendo se prolongará hasta que siendo preciso evitar que la policía lo encuera, tre, venga a hacerse forzoso poner término a sus días..... ¿ Aun no me responde U ? - Pues bien: se le señala el plazo de cuarenta i ocho horas, dentro del cual debe resolver sobre su propia suerte: vencido este, Monterilla vendrá a imponerse, i sea cual fuere entonces la resolucion definitiva que U. manifieste, se llevará a efecto inmediatamente.

-¿ I por qué no vino el mismo Monterilla, preguntó D. Adolfo, a hacerme esas proposiciones? ¿las creyó por ventura demasiado infames para que su bajeza descendiese hasta el estremo de comunicármelas personalmente?

-Era preciso, Sr. Castelvi, que yo me persuadiese por mis propios sentidos de la realidad de estos secretos, para servir de órgano en el asunto; i era tambien necesario que un imparcial hablase al Doctor Témis para obligarlos en casa de que U. acceda, a la entrevista que se le propone. En fin: Monterilla lo ha exijido así i yo ignoro cuántas otras razones lo habrán movido.

-Puede U. retirarse, dijo D. Adolfo a Enrique.

Este salió del calabozo que Monterilla volvió a cerrar preguntando a Enrique; con no poca inquietud el resultado de su encargo.

-No hai remedio, le contestó siguiendo juntos para el cuarto de estudio: todos nuestros intereses van a triunfar, aun cuando el Señor Castelvi se manifiesta mui resistido a aceptar su papel. Poco importa eso: al fun tendrá que ceder, porque ¿ qué remedio le queda ? ¿ qué gana con rehusar? ¿Cómo podrá resistirse a la esperanza de recobrar su libertad, de ver a Emilio i disipar la calumnia? Es imposible : él pensará esta noche con detenimiento, i mañana lo verá U., ya determinado.

-¡ Exelente ha sido esta idea i esclamó Monterilla. Es necesario chasquear al Doctor Témis, que está mui orgulloso i audaz haciéndonos la guerra, porque llegó a penetrar, segun comprendo, que nosotros teníamos un falso Adolfo i otro verdadero. Solo por eso puedo dar el paso de hacer una delacion tan inesperada, i por eso tambien buscar con tanta tenacidad al denunciado.

-Mas ahora, dijo Enrique, lo vamos a confundir con el resultado de este plan.

-I nos reiremos mucho al verlo volver sobre sus pasos confesando el error con que ha procedido. El no podia ménos de estar en duda i vamos a hacerle ver que se engañaba; que efectivamente no ha¡ mas que un Adolfo, que es el padre de Emilio; que es el verdadero delincuente, i que no hai otro arbitrio que salvarlo: es imposible que así no suceda.

-Por supuesto, dijo Enrique: mas debo indicar que es preciso precaver un reparo que puede ocurrir.

-¿ Cual ?

-El que resulta del aniquilamiento en que se halla D. Adolfo: yo le he tomado una mano i no he tocado mas que los huesos.

-Es verdad; pero ya eso está precavido, pues se ha cuidado de advertir al Doctor Témis que D. Adolfo es hombre mui flaco i está aniquilado a causa de sus remordimientos I de la inquietud en que lo tiene la persecusion de la justicia.

-Bueno será sinembargo alimentarlo i tratarlo mejor.

-Así lo haremos.

-Eso es mui prudente; pues importa sobre manera que nuestro plan salga bien: ya he dicho a U. que si me caso con Adelaida le pago con profusion.

-Por tanto es preciso que nos ayudemos recíprocamente; que U. tenga sumo cuidado en la reserva i que trabajemos de comun acuerdo.

-Repito que le ofrezco mi cooperacion ; i entretanto procure U. determinar al Sr. Castelvi.

Monterilla se quedó solo, no mui satisfecho, pues nada de cuanto habia hecho le parecía bien, i ántes por el contrario, de todo se arrepentia apénas lo ejecutaba.

Enrique si iba mui contento, imajinándose que era seguro su casamiento con Adelaida, porque esta debia tener mucho interes en librar a Emilio de su desgracia, para justificar su propia familia. Enrique creía que ofreciéndole esta esperanza, no tendría inconveniente en aceptarla por marido cuando ese matrimonio, ademas de ser un buen partido porque el pretendiente era rico i de suposicion, se un él mismo se juzgaba, llevaba consigo una consecuencia mui favorable respecto de un joven a quien el Sr. Osman reputaba como hijo i que habia vivido en su misma casa. Todavia Enrique daba mas peso a sus esperanzas, suponiéndose amado: i por tanto solo pensaba en aprovechar la primera ocasion para hablar con Adelaida, lo que no debia tardar, porque en casa de cierto Ministro iba a darse un baile a la siguiente noche, al que la familia del Sr. Osman estaba covidada con sumo interes.

Entretanto D. Adolfo en su cadena no podía contener las lágrimas pensando en el modo inicuo como se habían propuesto abusar de su esclavitud i de su amor paternal, i en el estremo a que sus enemigos iban a llevar su triste situación imponiendo sobre él solo, todo el furor de ]ajusticia, el peso de las leyes i la execracion de los hombres. Hé aquí, decía, como tendré que calumniarme confesándome como ladron i asesino, despues que solo anhelaba estrechar a mi hijo virtuoso entre mis brazos inocentes: yo que venia a traerle los halagos paternales i la enhorabuena de su honor, vengo a arrojar sobre su frente el oprobio i la vergüenza. i Ah ! i quién pudiera salvarlo de mi mismo i librar su memoria del aciago recuerdo de su padre! Cuánto habrá sufrido el infeliz Emilo al persuadirse de que yo he delinquido: sí; yo no alcanzo a comprenderlo en mi existencia que declina, cuando apénas se recuerda aquel sueño diáfano del porvenir que hace sonreír a la adolecencia, aquella vision de glorias, de amores i de esperanzas que se llama la juventud. i Oh ! Emilio desgraciado! la vejez va a empañarlas llevando en cada arruga un enjambre de crímenes i una fuente de infamia. No: yo no debó vacilar: ¿ como habria de resolverme a pasar por criminal P Es imposible. . . . Mas entónces ¿quién defiende nuestro nombre? Bien que me resuelva a morir ¿pero dónde está el que puede rehabilitar mi memoria? Son malvados todos los que saben mi inocencia. Si la supiera alguno virtuoso. , si, yo debo probar todos los medios para conseguir que los hombres me vean: puede ser que así, a despecho de mi propia confesion, se deje sentir la verdad i no se dé crédito a mis propias calumnias. No no las creerán. La verdad tiene un poder divino que no estriba en la palabra, que brilla apesar de la mentira, que se comunica de pensamiento a pensamiento como por medio de un fluido misterioso e invisible que no está sujeto al poder humano ni deja sonar la voz del embustero: que se revela al corazon como se revela Dios mismo sin que nada pueda contrastar su influencia sacrosanta. La boca valbuciente de Adolfo Castelvi dirá que es criminal; pero la inocencia cortará a mis palabras el vuelo que las llevaba al oyente i caerán a mis pies como un cadáver al sepulcro. i Yo criminal!.... Emilio no ha podido creerlo; i si me lo oye confesar, esclamarà MENTIRA! Oh ! si él tuviera de mí este concepto actualmente i qué desgracia ! ¡ Cómo me maldeciría! ¡ Como habrá visto ese retrato que tambien me robaron i que Monterilla me ha dicho haberle remitido en nombre mio, para persuadirlo de que pertenezco a esta infernal compañía! Debe haberlo arrojado léjos de sí i qué descaro! ¡qué perversidad! habrá dicho. Con razon Emilio me habrá deconocido; con mucha razon debe negarme, porque el que es criminal i tiene hijos, debe ser despojado por ellos mismos del carácter de padre i lanzado de la sociedad como un egoísta sin vínculos. Ah i Dios mio! esto es horrible... pasar por criminal.... Si es preciso, me impondré ese costoso sacrificio, para pasar despues por inocente, por hombre de bien, por un buen padre a quien le fué preciso un sacrificio horrendo para defender a su hijo i borrar la infamia que sobre él habia hecho recaer la calumnia mas cruel, que tuvo que -pronunciar yo mismo para poder desmentirla.

anterior | índice | siguiente