CAPITULO XIII
EL REJISTRO
MIENTRAS Monterilla pasó algunos dias tratando de hacer el
estudio del punto, D. Adolfo en la casa de Dña Gonzaga se divertía
en improvisar repetidas pláticas a Veratrina i a Beatriz, en tanto
que esta acababa de arreglar sus cosas para irse al convento, i
aquella, sumamente triste, estrañaba que Santiago no hubiese
concurrido a la cita que habian acordado en noches anteriores.
Un día al estar D. Adolfo en lo mejor de una de sus pláticas, se
presentó la policía a buscarlo, a consecuencia de informes
suministrados por el Dr. Témis, quien había logrado adquirirlos en
virtud de las dilíjencias activas que practicaba para
descubrirlo.
Inmediatamente que D. Adolfo sintió a la policía en la. casa,
corrió a la alacena, i mientras se hacia el rejistro por las piezas
principales, Veratrina la cerró con llave, i él colocó por dentro
las tablas, en las que se habían pegado con mucho esmero varios
trastos propios de aquel lugar, que contribuían no poco a disfrazar
la puerta secreta que D. Adolfo tuvo tiempo de asegurar
perfectamente.
Los ajentes de la policía registraron en vano con cuidado
minucioso, salas, aposentos i oratorio: unos examinaban cuantos
muebles sospechosos encontraban a su paso, mientras otros,
estirándose miraban los umbralados, i los techos, como esperando
ver a traves de ellos al escondido. No faltó quien con la punta de
los dedos descascarase el blanquimento o despegase las junturas del
empapelado, queriendo por fuerza encontrar alguna puerta o alacena
construidas con artiricio. No faltaba por rejistrar sino el horno i
la alacena lo que bien pronto se hizo; mas ni en una ni en otra
parte hallaron al escondido. Recorrieron el jardín ¡buscaron en
todos sus rincones que estaban cubiertos de matorral, i casi hoja,
por hoja examinaron los árboles de uno en uno.
-Sinembargo, decía el jefe de la policía dirijiéndose a Beatriz
i a Veratrina que lo seguían; ese hombre debe estar aquí, pues se
sabe con evidencia que en esta casa lo han ocultado UU., el
Capellan i Monterilla.
-No Sr., decía Beatriz: eso es falso; aquí no se ha ocultado
ningun hombre.
-¿U. tambien lo niega ? preguntó el jefe a Veratrina. -Por
supuesto, Sr., contestó, ella.
-¿ I así se atreve a mentir una Señorita tan relijiosa i
timorata ? ¿ puede de tal suerte resolverse con tanta sangre fria a
engañar a la justicia ?
-No, Sr.: U. es el que se engaña respecto a mí, contestó
Veratrina eludiendo la respuesta por medio de una burla: yo no
tengo mas sangre de la que necesito, ni ella está mas fria ni mas
caliente de lo que es menester.
-Quiero decir, repuso el jefe sonriéndose, que U. con impavidez
comete el delito de engañar a la justicia.
-No la engaña, contesto Beatriz con imperturbable serenidad:
aquí no se ha ocultado a ningun hombre; i la prueba de que así es
la verdad, està en que yo lo digo sin escrúpulo de conciencia,
mientras que si fuese cierto, no me atrevería a gravar mi alma con
uno de los pecados mas horribles.
-Es que no para solo en eso, dijo el jefe: no se trata
únicamente de un pecado cometido con esa mentira; se trata tambien
de un delito que UU. están ejecutando al encubrir a un criminal. I
les advierto, por tanto, que se esponen a una pena mui severa, que
nada tiene de espiritual, si no lo ponen ahora mismo en manos de la
justicia, que formal i solemnemente les intima por medio de uno de
sus ajentes, pongan a su disposicion en el acto al reo que UU.
ocultan violando evidentemente las leyes.
-No Sr., sostuvo Beatriz; aqui no se ha ocultado ningun hombre,
i nosotras estamos prontas a exponerlo bajo de juramento.
-No es necesario eso, dijo el jefe; lo que se necesita es
rejistrar de nuevo i con mayor cuidado. Vamos para adentro,
continuó diciendo a Veratrina; i tenga U. la bondad de volver a
abrirnos la alacena.
Veratrina obedeció aparentando tranquilidad i paciencia, apesar
de sentirse en extremo alarmada con este nuevo rejistro. El jefe i
sus compañeros examinaron mui despacio la ala cena otra vez,
mirando por todos lados arriba ¡abajo. Fácilmente conocieron
entónces que las botellas i platos estaban pegados contra las
tablas, lo que les llamó mucho la atencion, infiriendo que la
alacena cabria indudablemente una puerta secreta, acerca de lo cual
reconvinieron a Veratrina al mismo tiempo que con grande esfuerzo
empujaban las tablas dar respaldo para abrir el nicho que allí
suponían sin la menor duda. Veratrina angustiada intimamente,
procuro satisfacerlos respecto de los trastos, haciéndoles creer
que estaban pegados a las tablas solo por precaucion para evitar se
rompiesen los vidrios por el atolondramiento de los criados. El
jefe apelar de esa escusa siguió empujando la puerta cuanto pudo,
pero inútilmente, pues D. Adolfo había corrido mui bien todas las
fallebas que aseguraban por dentro aquella puerta, que era de una
hoja sola i cuyos goznes i cerradura quedaban perfectamente ocultos
tras las batientes; ademad era tan gruesa la tabla, que de nada
servia empujarla, porque ni aun se movia, i habria sido preciso
para abrirla, tener seguridad de que era una. puerta i franquearla
por fuerza. Así fué que apesar de las fundadas sospechas de que
estaban penetrados, tuvieron que volver a cerrar la alacena i
seguir buscando otra vez con sumo esmero por toda la casa.
Al fin de dilijencia tan vana, la policía se vió obligada a
irse, no obstante la seguridad que llevaba de que D. Adolfo quedaba
burlándose de ella en aquella cada. Con todo, segun las
instrucciones del Dr. Témis, se situó desde aquel momento un espía
por la calle, para que observando di el delincuente salía, lo
siguiese i diera pronto aviso del lugar en que de ocultase
nuevamente. Mas semejante precaucion quedó en el acto anulada,
porque la mujer que vivía en la tienda del frente, notó el
espionaje, i dió aviso al momento en la casa, para que estuviesen
prevenidos.
Cuando pasó el peligro, Veratrina corrió a abrir la alacena i
noticiar a D. Adolfo de que ya no Labia riesgo, pero que debia
advertir lo espiaban en la calle i era menester mucho cuidado.
Todavía no quería él salir, i aun rogaba a Veratrina no abriese la
alacena; mas Beatriz que la acompañaba, le instó que saliera a
continuar el sermon pendiente.
Mientras D. Adolfo abría la puerta i quitaba las tablas,
descolorido de miedo i temblando como un azogado, Veratrina i
Beatriz se felicitaban del buen éxito de su ocultacion. -¿ Pero
cómo de atrevió U. a mentir tanto i con tan rara habilidad? le
preguntaba Veratrina.
-¿Mentir yo ? exclamó Beatriz mui séria. ¡Imposible! ¿ Como
habria de cometer tan feo pecado?
-Persuadida estaba, dijo Veratrina con gracia, de que D. Adolfo
se ocultaba en esta casa; i hasta ahora he venido a saber que no
había tal cosa. Sinembargo, todavía puedo jurar que estói viéndolo
salir de ese escondrijo con el semblante del que acaba de sufrir un
susto de largos minutos.
-Eso es otra cosa, dijo Beatriz cerrando las cejas i volviendo
la cara como quien se molesta de una necedad.
- ¿Luego no aseguró U. que D. Adolfo no estaba oculto aquí ?
-No, Veratrina; no he asegurado eso. Lo único que dije fué que
en el jardin, donde yo estaba parada entónces, no habla ningun
hombre oculto, lo que era mui cierto, pues ademas de que D. Adolfo
donde estaba era tras de la alacena, D. Adolfo no es hombre...
-¿ Cómo que no lo soi ? gritó este saliendo del escondite.
¿Conque yo no soi un hombre en concepto de la Señorita
Beatriz... -No, Sr.: U. es un eclesiástico; i así como nosotras por
virtud de nuestros hábitos, no somos ya mujeres, U. Por su sotana,
tampoco es hombre.
-Eso es otra cosa, dijo D. Adolfo: sinembargo me parece con
razon, que gracias a Dios, no he perdido mi sexo todavía, i que UU.
conservan el suyo.
-No Sr., dijo Beátriz, nosotras ya casi somos monjas
completas.
-Vamos, dijo Veratrina, a dar gracias a Dios por habernos
librado de un trabajo, i a que D. Adolfo concluya el sermon, queme
iba edificando admirablemente:
-No, dijo este: conversemos mientras me pasa el susto, para
poder levantar despues con valor el corazon a Dios, i predicar en
tono sostenido.
-¿ Ha tenido U. deveras mucho susto ? preguntó Veratrina.
-Admirable, contestó D. Adolfo: me he quedado atónito de verme
temblar como un cobarde debajo de mi sotana. Todavía me parece que
estói en peligro, i querria que viesen no se haya quedado alguno de
esos alguaciles escondido por ahi tras de alguna puerta.
-No tenga U. cuidado, dijo Beatriz: todos se fueron, i creo que
no volveran.
-Que me diga lo mismo Veratrina, pues a fe que para entenderla a
U. Señorita, se necesita haber uno perdido completamente su
sexo.
-Si: no hai cuidado añadid Veratrina.
-Miren UU. que esta alacena vale un reino, dijo D. Adolfo
limpiándose la sotana.
-Sin duda, repuso Veratrina: el escondite no puede ser mejor,
cuando ha resistido a la maldita tentacion que tenia el Jefe de la
policía......
-No diga esa palabra, interrumpió Beatriz escandalizada; que esa
es una maldicion.
-¡Es verdad! dijo Veratrina echándose cruces en la boca,
mientras D. Adolfo, con cara hipócrita, se las echaba en las
orejas.
-Pero a mí me parecia que empujaban, continuó este.
-¡O! ese Jefe es terrible, contestó Veratrina: yo creí que por
fin tumbaba la puerta.
-¿Luego empujó de veras?
-I con un ímpetu terrible.
-¡Al diablo dijo el clérigo dando un salto. Yo creí que fuera
aprehension de mis nervios sagrados: si hubiera sabido que era
cierto, me habria desmayado.
-No hai mas sino que en otra ocasion U. atranque mui bien:
-Mas con todo.. .... si vuelven esos bribones me voi a morir de
angustia.
-No volveran, dijo Beatriz; nosotras vamos a rezar para evitar
el que vuelvan.
-Si: rezen UU. que yo procurare cerrar la puerta como
corresponde al caso:
En esto estaban cuando entró el Capellan a ver a Doña Gonzaga.
Beatriz salió a recibirlo i lo condujo al cuarto de su madre, que
no pudiendo todavía caminar, pasaba el día sentada en una silla. El
Capellan iba precisamente a advertir que ya todo estaba arreglado
para el monjío de Beatriz, i que esta debía por tanto irse al
convento de allí a dos dias. Doña Gonzaga recibió con sumo pesar
semejante anuncio, no obstante estar preparada a él hacia mucho
tiempo. Beatriz por el contrario mostró gran placer de saber que al
fin iba a llenar completamente los deseos de su Capellan.
Este por su parte supo la visita que acababan de recibir de la
policía; i deseando felicitar por el resultado al otro Doctor,
pidió lo condujesen donde estaba, lo que hizo Beatriz, no con mucha
satisfaction para D. Adolfo que iba a sostener una situation bien
embarazosa, apesar de que el Capellan lo sabia todo, habiéndosele
dado a entender que aquel escondido era un clérigo de otro
obispado, a quien perseguian tenazmente por sus opiniones i
comprometimientos políticos.
Mientras el Capellan se quedò hablando con D. Adolfo sobre el
fuero eclesiástico, Beatriz i Veratrina se retiraron al Oratorio a
encomendarlos a Dios.
-De aquí a dos dias nos separaremos, decía Beatriz; yo comenzaré
un jenero de vida sublime i santo, del que no me creo digna i cuyas
grandezas me tienen llena de confusion i anonadamiento.
-I entre tanto, contestó Veratrina, deja U. a su pobre madre,
enferma i valetudinaria, en el mayor abandono i desamparo: por
cierto que el jénero de vida que la infeliz llevará, tambien va a
tener su poco de sublimidad.
-¡ Qué remedio!
-Ahora, dijo Veratrina burlándose pero finjiendo llorar c qué va
a ser de mi, si mientras la sigo, me quita Dios este escudo que me
defendía contra las malas tentaciones?
-Es preciso, Veratrina; Dios le conservará su gracia, tanto mas,
cuanto que esta separacion no será sino por algunos dias, pues U.,
mediante Dios, me seguirá bien pronto ¿ no es cierto hermana?
-Sin duda : bien pronto estaré llevando esa vida sublimo, en el
mismo convento, quizá en la misma celda. Pero con todo, con
esperanza no calma mi pesadumbre. i Dejarme U.! sola ! i no volver
a vernos diariamente como hasta ahora.... ! ¡ Perder mientras entro
al convento algunos dias de vida sublime !!! i Oh ! esta es mucha
desventura.
- Tranquilizase U. contrita Veratrina: este sacrificio que ambas
ofrecemos a Dios, será aceptable a sus ojos . . . . .
-¿ Cónque al fin, dijo Veratrina cambiando subitamente de tono :
D. Feliz no es un santo, sino un demonio?
-Por lo menos, segun el Capellan, es un pecador de quien el
demonio se vale para demorar mi entrada a las monjas.
-¡ Caramba! i que U. tiene unos amantes.... !
-Le suplico, Veratrina, que rezemos mucho por él, para que el
alma de ese impío vuelva al camino de la salvacion.
-No dejaré de rezar, contesto Veratrina, hasta que D. Félix se
haga fraile. Pero entre tanto, continuó poniéndose séria, permitame
que le recuerde algunas cosas, para que su entrada al convento no
se funde en ningun olvido. Doña Gonzaga está mui pobre, i U. es la
única que con su trabajo puede sostenerla : la pension que hoi
pagan por mi, es una cosa pasajera que no alcanzará a durar un mes:
esa Señora esta enferma i bien pronto no habrá quien pueda
asistirla...... en fin: hai mil consideraciones por las que U. no
deberia entrar al convento, apesar de que me parece que no nació
para otra cosa, i que en nada mas acertado puede emplearse su
existencia; pero no todavía.
-¡ Veratrina ! esclamó Beatriz: me pone U. en la necesidad de no
darle oídos,porque así me lo ha prevenido el Capellan,
advirtiéndome estar, segun cierto concilio, escomulgada la persona
que disuade a una mujer de la intencion de ser monja : confiésese
U. pues, mañana de este pecado que acaba de cometer, i que aquí;
entre nosotras con mucha aflixion de mi espíritu, le digo que es un
PECADO RESERVADO: yo por mi parte oraré por U. esta noche misma,
para que Dios le vuelva su gracia.
-Bien, dijo Veratrina : no sabia yo tantos cánones, i siento
mucho no continuar aprendiéndolos.
-En el convento, Veratrina : allá aprenderemos pronto latin i
teolojia,
En este momento Doña Gonzaga llamó a Beatriz, i Veratrina se
quedó sola pensando en la diferencia que realmente había, juzgando
con imparcialidad, entre ella i la futura monja .
Yo soi mui mala, decía, porque mi madre lo fué, i no he tenido a
la vista sino ejemplos de vicio i perversidad. Soi mala porque ese
es mi carácter i no he recibido education ; pero a lo menos no soi
una necia rematada como esta boba. ¡ Qué virtudes! Si la santidad
no es otra cosa que lo que se practica en esta casa, prefiero el
vicio porque con él siquiera no me engaño a mi misma, ni engaño a
la sociedad. Beatriz que es una embustera, tonta, perjura, i
egoista, sin mas virtudes que su rezo sempiterno, está creyendo ser
una santa, tensora del mundo entero, mientras que todos los demas
en su concepto son unos impios i pecadores precitos. i Qué mala
hija ! ¡ Ah ! si yo tuviera una madre como Doña Gonzaga ¿ cuándo
podria abandonarla? ¡ Imposible ! ¡ Infeliz Señora! Dentro de poco
las tunantadas de mi padre se acabarán; yo dejaré esta casa; i
entonces ¡ qué será de esa enferma miserable i anciana ? ¿ con qué
subsistirá? ¿ quién podrá siquiera responderle cuando llame i pida
auxilio en el rigor de sus dolencias ? ¡Ah Capellan ! qué maestro
de virtudes..... ! Pero en fin ¿ qué me importa eso ? Solo Santiago
me interesa: pero ha desaparecido, no me ama, i tal vez solo me
trató por interes de su carta, por el amor a la Cisne........ ¡Ah !
¡ pobre mujer ! La he deshonrado, he perturbado un crimen
espantoso, lo conozco por mis remordimientos. Nunca habia yo
cometido sino faltas disculpables en una mujer del vulgo; pero en
esta vez he cometido un delito, no de mujer débil, sino de criminal
envejecido. ¿ I qué he ganado con eso? Santiago no puede amarme, ni
yo puedo jamas intentar sin audacia el proyecto de ser esposa suya.
Eso es imposible: solo me contentaría con que me amara; con que me
tratara con cariño, con que se dejara ver de mi. Esto quizá lo
habria yo conseguido mas bien, si en su concepto poseyera alguna
virtud, algun mérito por pequeño que fuese. ¿ Pero perder a una
mujer. . . ? engañar a un hombre tan bueno ..... ? No: eso escode
mi capacidad como mujer, -i aun como perversa... no: es imposible.
Beatriz me indigna cuando veo sus vicios como bija: yo debo
indignar cuando se sepan mis maldades como amante. ¿ Engañar
Veratrina vilmente a un hombre tan leal, tan franco i jeneroso... ?
Eso es execrable. Si mi delito fuera solo contra una mujer; ya ....
seria disimulable, porque las mujeres me desprecian i me infaman;
pero es contra un hombre; ¡los hombres han visto siempre mis faltas
con induljencia; me han amado, me han obsequiado i complacido; sus
miradas se fijan siempre en mi con espresion halagüeña, i eso basta
para que ese sexo merezca la jenerosidad ele la mujer que él
perdona. No: Siquiera ejecutaré una buena accion. Debo restituir el
honor que quité i que para nada puede servirme; debo recobrar la
estimacion de un hombre que amo i cuyas relaciones deseo conservar.
El agradecerá mi sacrificio, i cuando sepa quien soi, le daré el
gusto de que se congratule con la idea dc que por su nobleza sola
arrancó a Veratrina una accion de virtud. Sí: vea Santiago que soi
mejor que Beatriz, pues el día que ella va a abandonar a su madre,
yo restituyo la fama que empañé.
Veratrina se sentó a la mesa i escribió una carta para la Cisne,
en que pedia el perdon por la intriga que se habia tramado contra
ella, i se la explicaba para que ese documento le sirviese de
satisfaccion i publicase sus virtudes.
Como el convento a que debia entrar Beatriz era tambien el de
Santa Ines, Veratrina guardo la carta para enviársela a la Cisne
con esta joven, mandándole a decir que Santiago podia dirijirse a
la casa de Doña Gonzaga con el objeto de persuadirse cíe la
autenticidad de esta nueva carta, i oír de la propia boca de
Veratrina, la esplicacion de la calumnia.
|