CAPITULO XII
EL CLERIGO
CUANDO salió Santiago en alcance de Emilio, ya la carta falsa
que Veratrina le había remitido, iba produciéndole un pensar
profundo, habiéndolo hecho Pasar primero de la confianza natural
que tíene el corazon en la virtud del objeto que lo cautiva, a la
duda i a la vacilacion, i de estas al error. Recordaba de una en
una todas las circunstancias que daban verosimilitud a aquella
carta, i perdia por grados la enerjía i la de su alma para obrar en
todo sentido, cual si ninguna de sus acciones hubiese tenido otro
estímulo moral que su amor a la Cisne, fundado siempre en una
condicion, que desapareciendo ahora, dejaba su vida sin objeto ni
encantos. Así fué que aun en la dilijencia misma de alcanzar a
Emilio, empezó a sentirse indolente i perezoso, lo que dió lugar a
que saliese un poco mas tarde de lo que en otro caso habría
sucedido.
Esa breve demora fué mui provechosa para los miembros de la
junta, pues dió lugar a que adelante de Santiago partiesen en la
misma direccion Oropimente i Soliman, con el objeto de dar alcance
a Emilio, cuya fuga se había hecho notoria, i realizar uno de los
acuerdos sancionados para el caso en que aquel jóven, no llenando
satisfactoriamente las esperanzas que en él fundaban, fuese con
razon reputado como enemigo, i viniese a ser indispensable
deshacerse de él, para destruir ese nuevo testigo de sus crímenes,
cuyo dicho podia perderlos ahora o en lo futuro, revelando la parte
de los secretos que había sido forzoso comunicarle.
Ese día por la mañana mui temprano Rabia tenido lugar una junta
estraordinaria, porque a las horas acostumbradas ya no podían
reunirse fácilmente, a causa de que las investígaciones de la
justicia eran de noche mas reiteradas, minuciosas i constantes, i
aquellos criminales poseidos de alarma i rodeados de peligros sin
fin, se hallaban casi desorganizados i dispersos, precisamente en
momentos en que mas les era necesaria una junta pacifica i
detenida, para arreglar sus planes de defensa. Así fué que no
asistieron sino Soliman, Oropimente, i la Daifa mui contristada,
porque ademas de la situacion apurada de la compañía, el día
anterior habia sido condenado el Mordedor.
Solo Monterilla i la Daifa habían salvado hasta allí a sus
cómplices, proporcionándoles en sus respectivas casas, escondrijos
impenetrables ántes, pero ya en riesgo de ser descubiertos. Aquel
era quien habla procurado a D. Adolfo, como objeto principal de la
investigacion, la casa de Doña Gonzaga, para lo cual le fué mui
fácil servirse del Capellan, habiendo tenido previamente por
Veratrina, el aviso del cuarto oculto, de lo que Soliman por otra
parte, quiso sacar partido en favor de su hija respecto de
Santiago, haciéndosela interesante por medio de una accion que a
este debia parece jenerosa i bella.
En los primeros debates procedieron a enviar tras de Emilio a
Soliman i Oropimente, i determinaron por último, no estar sino a la
defensiva respecto del Dr. Témis, pues sabian que este, hallándose
bien resguardado, hacia inútiles las numerosas tentativas que el
día anterior se habian acordado contra su vida.
Al disolverse la junta quedó encargado Monterilla de conservar
oculto a D. Adolfo, hasta que llegase taita de Veratrina para saber
si podia por fin ser escondido donde Doña Gonzaga.
La correspondencia entre Veratrina i la Daifa habia sido
facilitada por los ladrones, a virtud de un medio mui sencillo:
frente a la casa de Doña Gonzaga habia varias tiendas de las cuales
tomaron una para que habitase allí otra amiga de la Daifa, i
estuviese siempre en vijilancia, cuando Veratrina saliese a la
ventana con cl tira de encargarle algun recado acerca de la
compañía, el que debia desempeñar en el momento, dirijiéndose donde
la Daifa. Por tanto esta se apresuró a retirarse de la junta para
ir a su casa i esperar al mensaje de Veratrina, pendiente en
aquella mañana i altamente importante para seguridad dc D.
Adolfo.
Veratrina entretanto sostenía con Beatriz una conversacion que
debia destruir cl último obstáculo que faltaba vencer, para enviar
cl recado a satisfaccion de los interesados: en tal virtud estaban
ambas en el oratorio, que era cl sitio en que despues de sus
plegarias, hablaban sobre sus respectivas conciencias i necesidades
espirituales i corporales.
-Dios me ha oído, decía Veratrina, desde que estoi al lado de U.
virtuosa Beatriz. Habia pedido mucho al Señor me concediese la
gracia dc practicar una accion buena, i parece que va a
proporcionarmelo.
-¡Dichosa U. Veratrina, que es mucho mas santa que yo, a quien
jamas habia ocurrido una peticion semejante! -No tiene U. nececidad
de ella, repuso Veratrina, porque continuamente la Providencia está
favoreciéndola con otra gracia mayor i mas eficaz, que demuestra la
predestinacion, i que consiste en el espíritu contemplativo de que
yo por desgracia carezco, teniendo que reemplazarlo con obras
demasiado terrenas, que sinembargo no puedo practicar sino por la
mediacion de U.
-No lo crea, hermana mía: hace mucho tiempo que no estoi en la
gracia del Señor; i la prueba es que me persigue tanto ese
caballero D. Félix, lo que, segun me ha dicho el Capellan, es un
castigo de mis pecados; de modo que hasta no acabarse esa
persecucion, es seguro que no seré perdonada.
-Ese D. Félix, dijo Veratrina burlándose de Beatriz, debe ser el
diablo en figura de galan, pues él usa perseguir a las niñas, segun
he leido en la vida de cierta santa. Por tanto U. debía de cuando
do en cuándo echarle un poco de agua bendita i vería cuál se
espantaba.
-Ya se la he echado, contestó Beatriz, cuando al salir de la
iglesia lo he visto en la puerta acechándome, como tiene de
costumbre, entre una fila de condenados todos como él de casaca;
pero no se han espantado.
-Entónces no es el diablo, dijo Veratrina; i puede ser mas bien
Jesucristo que se le aparece a U. entre un coro de querubines.
-No, interrumpió Beatriz: el Capellan me ha dicho que debe ser
el diablo.
-Es que a pesar de eso, bien pudiera ser algun santo; pues con
mucha frecuencia se ha visto que a las niñas mui devotas, se les
aparece el santo que mas prefieren i tiene con ellas lo que en la
mística se llaman coloquios i éxtasis amorosos, que dicen ser una
cosa mui agradable para los predestinados. Piénselo bien, Beatriz,
que puede suceder que su amante sea el mismo San Félix, i entónces
¡ qué sentimiento tendria el bendito Santo de que U. lo
despreciara!
-No diga U. eso, repuso Beatriz: D. Félix es lo que dice el
Capellan, un ministro de las tentaciones.
-¡Jesus! ¡qué horror! esclamó Veratrina tapándose la cara para
reírse. Es necesario, añadió despues finjiendo que lloraba, pedir
por la conversion de ese hombre, i yo voi a empezar aplicando por
él la obra de misericordia que pienso hacer hoi, si U. virtuosa
Beatriz, la cree aceptable a los ojos de Dios.
-¿ Cuál es esa obra? preguntó Beatriz.
-Salvar a un desgraciado a quien los mundanos persiguen, i que
tiene un hijo mui honrado. El Capellan me he dicho que en esta casa
hai un cuarto secreto, donde el perseguido puede refujiarse.
-¡El Capellan! esclamó Beatriz con acento i cara de afliccion.
El Capellan ya no me habla sobre la virtud: me tiene aborrecida ...
me desprecia desde que una hija mas virtuosa vino a reemplazarme en
su corazon.
-No tenga U. cuidado, dijo Veratrina : no es que la desprecia,
sino que ha creído que yo tengo mas necesidad de ser obligada a
practicar estas virtudes que ya U. sabe demasiado. Sinembargo,
continuó: el Capellan no quiere que esto se haga sin consentimiento
de U. i de Doña Gonzaga. Yo casi he contado con el de ambas; porque
ya U. ve, Beatriz, que bien considerado, esto no tiene remedio.
Nosotras somos personas eclesiásticas, como lo dicen demasiado
nuestros hábitos; i siendo el perseguido un hombre a quien, si no
salvamos, amenaza el patíbulo, he oido decir que los eclesiásticos
quedan irregulares cuando rehusan evitar la muerte pudiendo
hacerlo, como nosotras podemos ahora.
-Eso so es indudable, dijo Beatriz; i si llegaramos a quedar
irregulares no nos dejarian profesar de monjas, i por consiguiente
no cantabamos maitines ni oficiabamos las misas, lo que seria el
mas grande de nuestros males i el mas severo castigo de nuestros
pecados. Es preciso salvar a ese hombre i yo voi a obligar a mi
madre a que consienta en ello.
Beatriz salió en efecto para ira hablar con Dña Gonzaga a. quien
ya habia preparado Veratrina. Esta se quedó escribendole a
Monterilla en el sentido de que podía traer a D. Adolfo esa tarde,
para que tomase posésion de su escondite.
Beatriz tardó algunos momentos en volver a dar cuenta de que
Doña Gonzaga quedaba de acuerdo en todo, por lo que asomándose
Veratrina a la ventana con mucho disimulo, en vió la carta a su
destino i procedió luego en compañía de Beatriz a desocupar la
alacena para abrir el cuarto i preparársela debidamente al nuevo
morador que debia honrarlo tal vez por mucho tiempo.
Fué mui larga la tarea de perfeccionar el arreglo de este cuarto
abandonado hacia largos años; de modo que mui poco tiempo despues
de concluida semejante tarea, se presentó en la casa Monterilla
acompañado de un clérigo. Veratrina misma quedó sorprendida de la
visita, hasta que pudo persuadirse de que tal clérigo era D.
Adolfo, que a favor de este disfraz i mui bien embozado en el
manteo, habia atravesado con absoluta seguridad las calles que tuvo
que andar hasta la casa de Dña. Gonzaga.
Cuando Beatriz vió que era, nada ménos; un Sacerdote el que iban
a protejer, se llenó de un gozo estraordinario: fijaba con
frecuencia los ojos en Veratrina, contemplaba su risueño semblante
¡admiraba su privilejiada virtud i los favores señalados que Dios
le dispensaba, elijiéndola para dar hospitalidad ¡socorro a un
ministro del altar;
Por el contrario Veratrina, que llevaba tres dias haciendo los
mas heróicos sacrificios a la seriedad, apénas podía contener la
risa al ver al clerigo, que con la mayor gravedad imajinable para
aquel caso, representaba su papel con suma perfeccion.
-¿Conque el Dr. tiene un hijo? decía Beatriz a Veratrina en el
oratorio, donde ambas se retiraron, la una a pedir á Dios por la
seguridad de su ministro, la otra a evitar un espectáculo mui
chistoso para su jénio.
-Tiene un hijo, contestó Veratrina; pero ignoro si sea hijo de
confesion o lejitimo: apénas sé que tiene un hijo mui bueno i mui
honrado.
-¿ Será clérigo tambien ? preguntó Beatriz.
-Por lo ménos debe ser monigote, respondió Veratrina. No lo
conozco; pero es mui probable que venga a ver a su padre algunas
veces, i así lo conoceremos ambas.
-I si nos gusta, Veratrina, ¿no le tendremos mucha vergüenza
?
-Ahí nos iremos acostumbrando poco a poco, contestó Veratrina
sin poder contener la risa al oir las necedades de Beatriz.
-¿Es decir, prosiguió esta, que vamos a tener una vida mui
ajitada durante todo este tiempo?
- Así lo creo... Pero callemonos i pongámonos de rodillas, que
el Dr. viene seguramente a rezar su oficio.
En efecto el clérigo como si estuviera en su casa rodeado de
seguridades, entró con Monterilla al oratorio i se puso a rezar una
estacion, con el fin de lograr a favor del papel de clérigo devoto,
un tratamiento mejor entre aquella familia. Concluido este acto
hecho en apariencia para dar gracias a Dios por cl asilo que le
proporcionaba, el clérigo tomó posecion de su escondite, i
Monterilla se fue mui satisfecho de haberlo dejado en tan plena i
cómoda seguridad; pero bastante inquieto por el apuro en que se
hallaba la compañía con la persecucion del Dr. Témis.
En la junta de aquella mañana la Daifa habia mostrado grande
encono contra Monterilla por la condenacion del Mordedor,
¡reclamado con la mayor enerjia que se redoblasen los esfuerzos
para salvarlo. Cuando Monterilla llegó a su casa encontró ademas un
papel del mismo Mordedor, amenazándolo de un modo mui perentorio,
si como habia ofrecido, no lo salvaba de su proceso, i dejaba que
llegase a ser, segun parecia, víctima de la justicia.
Monterilla con esto se fue poseyendo de una inquietud estrema,
al ver por otra parte, que ya no era posible contar con el Dr.
Témis, quien léjos de favorecer a su cliente se habia con vertido
en enemigo inplacable de toda la compañia: que ya no restaba sino
la última instancia en la causa, i aun nada se habia hecho para
darle un aspecto conveniente; que su injenio no le alumbraba
arbitrio alguno en la defensa, ni modo de escapar la venganza del
Mordedor.
¿Qué haré? decia entre si paseándo en el cuarto. No hai remedio:
estói perdido; no puedo defender al Mordedor. ¿ Qué debo hacer???
Estudiar el punto. ¿ Pero en qué libro lo estudio? ¿dónde está ese
punto? en el código penal..... ahí no he visto otro punto para el
presente caso, sino la pena que debe imponerse a mi defendido; i el
punto de que ahora se trata es precisamente el que lo libre de
ella, i ese no me es posible encontrarlo.
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