INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO XII
EL CLERIGO

CUANDO salió Santiago en alcance de Emilio, ya la carta falsa que Veratrina le había remitido, iba produciéndole un pensar profundo, habiéndolo hecho Pasar primero de la confianza natural que tíene el corazon en la virtud del objeto que lo cautiva, a la duda i a la vacilacion, i de estas al error. Recordaba de una en una todas las circunstancias que daban verosimilitud a aquella carta, i perdia por grados la enerjía i la de su alma para obrar en todo sentido, cual si ninguna de sus acciones hubiese tenido otro estímulo moral que su amor a la Cisne, fundado siempre en una condicion, que desapareciendo ahora, dejaba su vida sin objeto ni encantos. Así fué que aun en la dilijencia misma de alcanzar a Emilio, empezó a sentirse indolente i perezoso, lo que dió lugar a que saliese un poco mas tarde de lo que en otro caso habría sucedido.

Esa breve demora fué mui provechosa para los miembros de la junta, pues dió lugar a que adelante de Santiago partiesen en la misma direccion Oropimente i Soliman, con el objeto de dar alcance a Emilio, cuya fuga se había hecho notoria, i realizar uno de los acuerdos sancionados para el caso en que aquel jóven, no llenando satisfactoriamente las esperanzas que en él fundaban, fuese con razon reputado como enemigo, i viniese a ser indispensable deshacerse de él, para destruir ese nuevo testigo de sus crímenes, cuyo dicho podia perderlos ahora o en lo futuro, revelando la parte de los secretos que había sido forzoso comunicarle.

Ese día por la mañana mui temprano Rabia tenido lugar una junta estraordinaria, porque a las horas acostumbradas ya no podían reunirse fácilmente, a causa de que las investígaciones de la justicia eran de noche mas reiteradas, minuciosas i constantes, i aquellos criminales poseidos de alarma i rodeados de peligros sin fin, se hallaban casi desorganizados i dispersos, precisamente en momentos en que mas les era necesaria una junta pacifica i detenida, para arreglar sus planes de defensa. Así fué que no asistieron sino Soliman, Oropimente, i la Daifa mui contristada, porque ademas de la situacion apurada de la compañía, el día anterior habia sido condenado el Mordedor.

Solo Monterilla i la Daifa habían salvado hasta allí a sus cómplices, proporcionándoles en sus respectivas casas, escondrijos impenetrables ántes, pero ya en riesgo de ser descubiertos. Aquel era quien habla procurado a D. Adolfo, como objeto principal de la investigacion, la casa de Doña Gonzaga, para lo cual le fué mui fácil servirse del Capellan, habiendo tenido previamente por Veratrina, el aviso del cuarto oculto, de lo que Soliman por otra parte, quiso sacar partido en favor de su hija respecto de Santiago, haciéndosela interesante por medio de una accion que a este debia parece jenerosa i bella.

En los primeros debates procedieron a enviar tras de Emilio a Soliman i Oropimente, i determinaron por último, no estar sino a la defensiva respecto del Dr. Témis, pues sabian que este, hallándose bien resguardado, hacia inútiles las numerosas tentativas que el día anterior se habian acordado contra su vida.

Al disolverse la junta quedó encargado Monterilla de conservar oculto a D. Adolfo, hasta que llegase taita de Veratrina para saber si podia por fin ser escondido donde Doña Gonzaga.

La correspondencia entre Veratrina i la Daifa habia sido facilitada por los ladrones, a virtud de un medio mui sencillo: frente a la casa de Doña Gonzaga habia varias tiendas de las cuales tomaron una para que habitase allí otra amiga de la Daifa, i estuviese siempre en vijilancia, cuando Veratrina saliese a la ventana con cl tira de encargarle algun recado acerca de la compañía, el que debia desempeñar en el momento, dirijiéndose donde la Daifa. Por tanto esta se apresuró a retirarse de la junta para ir a su casa i esperar al mensaje de Veratrina, pendiente en aquella mañana i altamente importante para seguridad dc D. Adolfo.

Veratrina entretanto sostenía con Beatriz una conversacion que debia destruir cl último obstáculo que faltaba vencer, para enviar cl recado a satisfaccion de los interesados: en tal virtud estaban ambas en el oratorio, que era cl sitio en que despues de sus plegarias, hablaban sobre sus respectivas conciencias i necesidades espirituales i corporales.

-Dios me ha oído, decía Veratrina, desde que estoi al lado de U. virtuosa Beatriz. Habia pedido mucho al Señor me concediese la gracia dc practicar una accion buena, i parece que va a proporcionarmelo.

-¡Dichosa U. Veratrina, que es mucho mas santa que yo, a quien jamas habia ocurrido una peticion semejante! -No tiene U. nececidad de ella, repuso Veratrina, porque continuamente la Providencia está favoreciéndola con otra gracia mayor i mas eficaz, que demuestra la predestinacion, i que consiste en el espíritu contemplativo de que yo por desgracia carezco, teniendo que reemplazarlo con obras demasiado terrenas, que sinembargo no puedo practicar sino por la mediacion de U.

-No lo crea, hermana mía: hace mucho tiempo que no estoi en la gracia del Señor; i la prueba es que me persigue tanto ese caballero D. Félix, lo que, segun me ha dicho el Capellan, es un castigo de mis pecados; de modo que hasta no acabarse esa persecucion, es seguro que no seré perdonada.

-Ese D. Félix, dijo Veratrina burlándose de Beatriz, debe ser el diablo en figura de galan, pues él usa perseguir a las niñas, segun he leido en la vida de cierta santa. Por tanto U. debía de cuando do en cuándo echarle un poco de agua bendita i vería cuál se espantaba.

-Ya se la he echado, contestó Beatriz, cuando al salir de la iglesia lo he visto en la puerta acechándome, como tiene de costumbre, entre una fila de condenados todos como él de casaca; pero no se han espantado.

-Entónces no es el diablo, dijo Veratrina; i puede ser mas bien Jesucristo que se le aparece a U. entre un coro de querubines.

-No, interrumpió Beatriz: el Capellan me ha dicho que debe ser el diablo.

-Es que a pesar de eso, bien pudiera ser algun santo; pues con mucha frecuencia se ha visto que a las niñas mui devotas, se les aparece el santo que mas prefieren i tiene con ellas lo que en la mística se llaman coloquios i éxtasis amorosos, que dicen ser una cosa mui agradable para los predestinados. Piénselo bien, Beatriz, que puede suceder que su amante sea el mismo San Félix, i entónces ¡ qué sentimiento tendria el bendito Santo de que U. lo despreciara!

-No diga U. eso, repuso Beatriz: D. Félix es lo que dice el Capellan, un ministro de las tentaciones.

-¡Jesus! ¡qué horror! esclamó Veratrina tapándose la cara para reírse. Es necesario, añadió despues finjiendo que lloraba, pedir por la conversion de ese hombre, i yo voi a empezar aplicando por él la obra de misericordia que pienso hacer hoi, si U. virtuosa Beatriz, la cree aceptable a los ojos de Dios.

-¿ Cuál es esa obra? preguntó Beatriz.

-Salvar a un desgraciado a quien los mundanos persiguen, i que tiene un hijo mui honrado. El Capellan me he dicho que en esta casa hai un cuarto secreto, donde el perseguido puede refujiarse.

-¡El Capellan! esclamó Beatriz con acento i cara de afliccion. El Capellan ya no me habla sobre la virtud: me tiene aborrecida ... me desprecia desde que una hija mas virtuosa vino a reemplazarme en su corazon.

-No tenga U. cuidado, dijo Veratrina : no es que la desprecia, sino que ha creído que yo tengo mas necesidad de ser obligada a practicar estas virtudes que ya U. sabe demasiado. Sinembargo, continuó: el Capellan no quiere que esto se haga sin consentimiento de U. i de Doña Gonzaga. Yo casi he contado con el de ambas; porque ya U. ve, Beatriz, que bien considerado, esto no tiene remedio. Nosotras somos personas eclesiásticas, como lo dicen demasiado nuestros hábitos; i siendo el perseguido un hombre a quien, si no salvamos, amenaza el patíbulo, he oido decir que los eclesiásticos quedan irregulares cuando rehusan evitar la muerte pudiendo hacerlo, como nosotras podemos ahora.

-Eso so es indudable, dijo Beatriz; i si llegaramos a quedar irregulares no nos dejarian profesar de monjas, i por consiguiente no cantabamos maitines ni oficiabamos las misas, lo que seria el mas grande de nuestros males i el mas severo castigo de nuestros pecados. Es preciso salvar a ese hombre i yo voi a obligar a mi madre a que consienta en ello.

Beatriz salió en efecto para ira hablar con Dña Gonzaga a. quien ya habia preparado Veratrina. Esta se quedó escribendole a Monterilla en el sentido de que podía traer a D. Adolfo esa tarde, para que tomase posésion de su escondite.

Beatriz tardó algunos momentos en volver a dar cuenta de que Doña Gonzaga quedaba de acuerdo en todo, por lo que asomándose Veratrina a la ventana con mucho disimulo, en vió la carta a su destino i procedió luego en compañía de Beatriz a desocupar la alacena para abrir el cuarto i preparársela debidamente al nuevo morador que debia honrarlo tal vez por mucho tiempo.

Fué mui larga la tarea de perfeccionar el arreglo de este cuarto abandonado hacia largos años; de modo que mui poco tiempo despues de concluida semejante tarea, se presentó en la casa Monterilla acompañado de un clérigo. Veratrina misma quedó sorprendida de la visita, hasta que pudo persuadirse de que tal clérigo era D. Adolfo, que a favor de este disfraz i mui bien embozado en el manteo, habia atravesado con absoluta seguridad las calles que tuvo que andar hasta la casa de Dña. Gonzaga.

Cuando Beatriz vió que era, nada ménos; un Sacerdote el que iban a protejer, se llenó de un gozo estraordinario: fijaba con frecuencia los ojos en Veratrina, contemplaba su risueño semblante ¡admiraba su privilejiada virtud i los favores señalados que Dios le dispensaba, elijiéndola para dar hospitalidad ¡socorro a un ministro del altar;

Por el contrario Veratrina, que llevaba tres dias haciendo los mas heróicos sacrificios a la seriedad, apénas podía contener la risa al ver al clerigo, que con la mayor gravedad imajinable para aquel caso, representaba su papel con suma perfeccion.

-¿Conque el Dr. tiene un hijo? decía Beatriz a Veratrina en el oratorio, donde ambas se retiraron, la una a pedir á Dios por la seguridad de su ministro, la otra a evitar un espectáculo mui chistoso para su jénio.

-Tiene un hijo, contestó Veratrina; pero ignoro si sea hijo de confesion o lejitimo: apénas sé que tiene un hijo mui bueno i mui honrado.

-¿ Será clérigo tambien ? preguntó Beatriz.

-Por lo ménos debe ser monigote, respondió Veratrina. No lo conozco; pero es mui probable que venga a ver a su padre algunas veces, i así lo conoceremos ambas.

-I si nos gusta, Veratrina, ¿no le tendremos mucha vergüenza ?

-Ahí nos iremos acostumbrando poco a poco, contestó Veratrina sin poder contener la risa al oir las necedades de Beatriz.

-¿Es decir, prosiguió esta, que vamos a tener una vida mui ajitada durante todo este tiempo?

- Así lo creo... Pero callemonos i pongámonos de rodillas, que el Dr. viene seguramente a rezar su oficio.

En efecto el clérigo como si estuviera en su casa rodeado de seguridades, entró con Monterilla al oratorio i se puso a rezar una estacion, con el fin de lograr a favor del papel de clérigo devoto, un tratamiento mejor entre aquella familia. Concluido este acto hecho en apariencia para dar gracias a Dios por cl asilo que le proporcionaba, el clérigo tomó posecion de su escondite, i Monterilla se fue mui satisfecho de haberlo dejado en tan plena i cómoda seguridad; pero bastante inquieto por el apuro en que se hallaba la compañía con la persecucion del Dr. Témis.

En la junta de aquella mañana la Daifa habia mostrado grande encono contra Monterilla por la condenacion del Mordedor, ¡reclamado con la mayor enerjia que se redoblasen los esfuerzos para salvarlo. Cuando Monterilla llegó a su casa encontró ademas un papel del mismo Mordedor, amenazándolo de un modo mui perentorio, si como habia ofrecido, no lo salvaba de su proceso, i dejaba que llegase a ser, segun parecia, víctima de la justicia.

Monterilla con esto se fue poseyendo de una inquietud estrema, al ver por otra parte, que ya no era posible contar con el Dr. Témis, quien léjos de favorecer a su cliente se habia con vertido en enemigo inplacable de toda la compañia: que ya no restaba sino la última instancia en la causa, i aun nada se habia hecho para darle un aspecto conveniente; que su injenio no le alumbraba arbitrio alguno en la defensa, ni modo de escapar la venganza del Mordedor.

¿Qué haré? decia entre si paseándo en el cuarto. No hai remedio: estói perdido; no puedo defender al Mordedor. ¿ Qué debo hacer??? Estudiar el punto. ¿ Pero en qué libro lo estudio? ¿dónde está ese punto? en el código penal..... ahí no he visto otro punto para el presente caso, sino la pena que debe imponerse a mi defendido; i el punto de que ahora se trata es precisamente el que lo libre de ella, i ese no me es posible encontrarlo.

anterior | índice | siguiente