CAPITULO XI
LAS DECLARACIONES
SANTIAGO madrugó mucho al dia siguiente, con el objeto de ir
donde Emilio mui temprano a comunicarle que su padre podia
ocultarse con seguridad en casa de Doña Gonzaga. Con todo, no se
atrevió a presentarse inmediatamente donde el Sr. Osman, i aguardó
hasta que fuese hora de que su visita no, pareciese demasiado
importuna.
Cuando llegó, todos estaban en gran consternacion a causa de la
fuga de Emilio : la mayor parte de la familia se hablaba en el
cuarto de este, mientras que Adelaida, buscando la soledad, trataba
de ocultar su pena por este medio que era el único a cuyo favor
podia lograrlo, pues con solo verla en aquellos momentos, quedaban
revelados todos los secretos de su alma apasionada.
Santiago al entrar quedó penosamente sorprendido, imajinándose
que Emilio habia muerto, una vez que vela abiertas la puerta i las
ventanas del cuarto que hasta entónces había estado a media luz por
motivo de la enfermedad.
La Cisne tambien se hallaba allí, sentada a la mesa de Emilio,
con una carta en la mano: no lloraba; pero dejaba ver un
sentimiento grave, que pareció funesto a Santiago, i acabó de
alarmarlo, porque todo le presajiaba desdichas, no alcanzando a
comprender ese desórden, ni aquellos montones de ceniza i demas
fragmentos que del puñal i del retrato habia dejado Emilio.
En pocas palabras le dieron cuenta de todo, i aunque llevaba
intenciones ese día, de hablar con la Cisne i referirle los sucesos
relativos a su carta, no se atrevió a tocar este asunto, por el
desórden en que se encontraba la casa i la inoportunidad del
momento para hablar de un hecho que despues podia comunicarse en
ocasion mas favorable; pues por entónces todos se ocupaban de
Emilio, manifestando un grande interes de que al momento se le
buscase por todas partes con dilijencia i constancia, para lo cual
las Señoras invitaron a Santiago, i le rogaron se pusiese
inmediatamente en camino, mientras D. Juan i otros amigos buscaban
por la Ciudad i por las cercanías. Así fué que se vio precisado a
irse al momento a emprender su marcha por el mismo lado por donde
había tomado el viajero que vid a la madrugada, i que fundadamente
juzgó entónces, pudiera ser Emilio.
Entre tanto la Cisne con la carta que encontró para ella en el
cuarto, sentía un horrible peso que no la dejaba acordar una
resolucion acertada en el caso en que se veía corno de fensora de
Emilio i su padre i enemiga al mismo tiempo de sí misma. Salvar al
que la había salvado no era para ella dudoso; pero la carta que le
imponia su sacríficio, venia de manos de Monterilla, i entónces ese
sacríficio no podia ser sino la inútil complicidad de un crímen.
Mas era cierto tambien el aviso de los escondrijos seguros que
tenia la Daifa, i ella lo sabia de modo que probablemente en esa
parte la oferta merecia crédito. No era su existencia lo que se
pedia, era su honor, i nunca creya la Cisne que el honor de una
mujer valiera ménos que la existencia de un hombre. Emilio mismo no
se habia atrevido a proponer tal sacrificio; no habla podido
aventurar su juicio para decidir la duda, i todas aquellas
incertidumbres eran del dominio de la honra i la virtud, únicos
jueces que debian fallar sobre ellos. El honor los exija; pero el
mismo honor los condenaba; i si el egoísmo se atrevia a pedirlos,
la jenerosidad no podia concederlos. La Cisne pues, sin hablar una
palabra, meditaba sin cesar lo que habia de hacer, i le sucedía lo
que siempre: a lo mas vacilaba su pensamiento; pero su carácter
nunca.
Cuando Santiago estaba en su casa disponiendo el viaje, se le
presentó una mujer enviada por Veratrina, trayéndole la carta falsa
de la Cisne, pero diciéndole que solo era un billete de aquella. El
con la precipitacion con que hacia todas sus cosas siempre i
particularmente en aquellos momentos de afan i de angustia, la leyó
involuntariamente. Mas aunque tenia ya tanta fé en las virtudes de
la Cisne, fué mui grande el disgusto que al principio lo asaltó, no
pudiendo decidir de la autenticidad o falsedad de semejante papel,
por lo que solamente resolvió enviárselo a ella al momento con D.
Juan.
Con ménos dificultad consideró este las cosas, porque
persuadiéndose de la autenticidad de la carta, solo creyó que
semejante mujer no merecia la proteccion del Sr. Osman i debia ser
restituida sin demora a la Daifa, para aprovechar por ese medio los
auxilios ofrecidos a D. Adolfo. Inmediatamente, pues, se puso en
camino para la casa del Sr. Osman, resuelto a emplear eficazmente
todo recurso, a fin de lograr la restitucion de la Cisne.
Aun estaba la familia en el cuarto de Emilio cuando llegó D.
Juan, quien al ver a la Cisne no pudo prescindir de interesarse
todavía en su favor, arrepintiéndose casi de llevar a efecto su
funesta instancia. Con todo, recordando coma hombre de mundo,
cuánto es capaz de engañar la hipocresía; puso con mano trémula a
los ojos de la Cisne la carta que llevaba. Un grito de horror i un
torrente de lágrimas fueron el signo que ella dio de quedar
instruida de las calumnias con que intentaban perderla. Las Señoras
quedaron confundidas de semejante suceso, i pidieron a D. Juan la
aclaracion del misterio.
-No, gritó la Cisne: guárdese U. de revelar el contenida de ese
vil papel, hasta que pueda desmentirlo mi justificacion: de lo
contrario, será cómplice del infame Monterilla, autor miserable de
esta calumnia infernal.
-Si: dijo D. Juan; pero no sea necesario advertir a U. del deber
de restituirse al poder de la Daifa ......
-¡Qué! esclamó sorprendida la Señora de Osman. ¿Hace U. tan
indigna indicacion i aun nos oculta sus motivos? No, D. Juan, la
Cisne no saldrá de aquí contra su voluntad en ningun caso.
-Si saldré, repuso la Cisne con dignidad: no debo permanecer mas
en este grato asilo, porque de ningun modo me es posible pagarlo
con el sacrificio que hoi se me trata de exijir en favor de uno de
mis protectores.
-Ningun sacrificio, dijo una de las Señoritas acercándosele i
echándole los brazos: ningun sacrificio impone a U. una familia que
con tanto gusto la mantiene en su seno, i que con decision i
enerjia la defenderá del nuevo adversario que parece levantarse
contra U.
-¡ Señorita! esclamó D. Juan: No juzgue U. tan lijeramente
acerca de un hombre que nunca puede perseguir la virtud.
-No Sr. : contestó ella; la Cisne es incapaz de la accion mas
leve que merezca censura.
En este momento se presentó tambien el juez al frente de las
Señoras i D. Juan:
-Siento mucha pena, dijo con gravedad i cortesía, de venir a
molestar a UU. con mi carácter oficial; pero confio en que la
discrecion de las Señoras me disimulará en atencion a que vengo a
ofrecerles una oportunidad de servir a la justicia.
-Con mucho gusto, contestó la Sra. brindándole asiento i
prestándole atencion.
-Se trata, continuó el juez, de que la Señorita llamada la Cisne
tenga la bondad de informarme sobre algunos puntos que si me
permite, pasaré a indicarle.
-Es en vano, dijo la Cisne, porque yo solo estói al cabo de los
hechos ejecutados por las personas que me rodean; i en cuanto a
eso, sé ocultar las virtudes cuya publicacion fuera capaz de
ofender su modestia; así como sabria igualmente reservar los
defectos de mis protectores si fueran susceptible de incurrir en
alguno.
-¿Ha sido su protector Adolfo Castelvi? preguntó el juez con
bondad.
-No, Señor.
-¿ Es él por ventura un hombre virtuoso ?
-No lo conozco.
-¿Conoce U. a la Daifa?
- S i
-¿Trata U. de ocultar sus virtudes para no ofenderle su
modestia?
-Soi su enemiga, Sr.; i no pueda por lo mismo declarar contra
ella.
-Pero si podria dar alguna luz a la justicia acerca de les
malhechores cuya compañía conoce esa mujer perfectamente. Por
ejemplo ¿ podria U. revelarnos los escondrijos donde ellos se
guarecen
-Podría acerca de algunos, pero no quiero perjudicar, a
,nadie.
Cuando iban aquí del interrogatorio, se presentó Juan Cancio con
una carta tu la mano. Como se quedó en la puerta del cuarto
saludando repetirlas veces i haciendo seña a la Cisne de que le
traia ese papel, todos se quedaron callados mientras esta se acercó
a recibirlo. Era una carta del Dr. Témis en que le decía que si el
juez la interrogaba, declarase con verdad cuanto supiera, no
solamente en contra de toda la cuadrilla de la Daifa, sino tambien
contra D. Adolfo i en revelacion de los escondrijos. Advertiale
ademas que si así lo hacia, no conviniera de ningun modo en volver
donde su enemiga, porque dentro de pocos momentos iria por ella un
eclesiástico virtuoso, cuyo nombre le indicaba, i la llevaría al
convento de Santa Inés, para que allí se refujiara con seguridad,
mientras llegaba el día de volver donde el Sr. Osman. Mas en el
caso de que rehusara, se le acabaría su protector i quedaría
abandonada a si misma.
Estaba marcado para la Cisne aquel día como el mas fecundo en
combates delicados, que conspiraban a trastornar sus ideas i
derrocar sus principios. No era suficiente rehusar a su defensor el
sacrificio que parecía exilirle en favor de un padre perseguido a
quien todos los apoyos iban retirándosele: era ademas indispensable
suministrar pruebas i evitarle el recurso único de la ocultacion.
Su honor, que en otro tiempo empezó por imponerle el sacrificio de
las penalidades de si misma, iba ya pretendiendo ver en holocausto
tambien a los que habian tenido la gracia de respetarla i
protejerla. Nada podia iluminarle en aquel caso al que no alcanzaba
el débil juicio de mujer: d qué recurso pues sino obedecer en todo
el del hombre que ella mas respetaba? Así lo decidió,¡ volviéndose
hacia el juez, le espuso con seriedad i entereza, todo cuanto sabia
no solamente acerca de los escondrijos de la Daifa, sino cuanto
conocía respeto de los crímenes de Adolfo Castelvi.
Las Señoras se confundían, i D. Juan se apretaba los puños
devorado por la rabia, viéndo en aquella mujer tan hermosa, tanta
perversidad, i tanta audacia. Mas ella se limitaba a intercarlar en
sus respuestas frecuentes paréntecis en que anunciaba ir a dejar
mui pronto aquella casa i echar la responsabilidad de su conducta
sobre un hombre que cabria responder de ella.
Al mismo tiempo que declaraba, escribia sobre la mesa de Emilio
la contestacion con que debía despachar a Juan Cancio i que mui
pronto fue puesta en sus manos.
Despues de oir el juez la declaración de la Cisne, solicitó la
de D. Juan, que con esto se puso mas enojado, no bastándole para
evitar su disgusto, ni el recuerdo de la resolucion que habia hecho
de servir al Dr. Témis, ni la atenta instancia del juez para que
suministrara algunos datos útiles al triunfo de las leyes aunque
funestos a sus amigos.
-No depone U. contra Emilio, repetía el juez con bondad, depone
contra un hombre que ofendiendo a la sociedad, no puede comunicar
al inocente mas que el forzoso pesar do una desgracia a que todos
estamos sujetos en cl mundo. Esplique U. pues, lo que le conste
respecto de este asunto.
-Nada, Sr. repitió D. Juan, i es así la verdad. Por otra parte,
nada me consta: sólo sé que Emilio ha desaparecido de una sociedad
de traidores, i yo lo envidio deveras
-Sinembargo, dijo el juez: es preciso que la justicia corrija
esa sociedad, i ella no puede hacerlo si no encuentra quien le
sirva.
-Yo le serviré gustoso, repuso D. Juan, cuando no me pida una
felonía que manche la amistad. Conozco i respeto al delator de
Adolfo Castelvi i aun he resuelto acompañarlo en su situation
actual; pero esto solo de un modo privado, i en cuanto no
perjudique a mi mas querido amigo. Despues de esta manifestacion,
si U. me pregunta mas, valdría lo mismo que si interrogara a ese
monton de cenizas.
-Ya están interrogadas esas cenizas tambien, continuó el juez
con énfasis; i puesto que U. dice nos constarle cosa alguna, basta
para no insistir.
Algunos momentos depues que se retiró el juez i que la Cisne
confundida lloraba su situacion, se presentó un prebendado mui
respetable, que venia por ella para conducirla al convento de Santa
Inés. Las Señoras no rabian que hacerse i Adelaida padecia un
profundo sentimiento con aquella repentina separacion; todos se
oponian a la entrega de esa jóven, pero ella delicada i resuelta no
aceptó la detencion i se fue con su conductor para el convento.
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