|
|
|
CAPITULO X
LA MADRUGADA
POCOS MOMENTOS despues que salió Santiago de la casa del Sr.
Osman, se presentó en ella Jorje trayendo para Emilio una carta de
Monterilla, en que le avisaba estar ya delatado D. Adolfo i ser
contra él tan activa i constante la pesquisa, que si prontamente no
se encargaba de salvarlo un defensor que tuviese los estímulos
suficientes para obrar, estaría aprisionado en ménos de veinte i
cuatro horas, i por consiguiente perdido para siempre: que ese
defensor podía serlo el mismo Monterilla, pero que francamente
anunciaba no tener otro medio de protejerlo, sino ocultándolo a las
investigaciones de la justicia, para lo que era indispensable
coligarse con la Daifa, quien tenia en abundancia escondrijos tan
secretos que respondía con su vicia de la seguridad del perseguido
por mucho que sus enemigo os lo buscasen. Mas para conceder este
auxilio, ella exijia una indemnizacion mui fácil que únicamente
consistía en la inmediata devolucion de la Cisne; pues jamas
podria, si no precedía tal restitucion, protejer al padre de quien
se la había arrebatado tan atrevidamente. Monterilla concluía su
cartas haciendo una pintura negra i patética de los males que la
negativa debia ocasionar dejando a D. Adolfo sufrir el
enjuiciamiento i sobre todo terminar en el cadalso su vida
deshonrada.
Emilio leyó la carta para si solo, i la guardó sin pronunciar
una palabra, resolviendo únicamente incluírsela a la Cisne en otra
que pensaba escribirle esa misma noche, para no escusar tal recurso
en favor de su padre.
Desde que Emilio se vió abandonado del Doctor Témis, resolvió
ausentarse para siempre, cansado de soportar que la persona mas
cara para su corazon, estuviese viéndolo de continuo, i tal vez
considerándolo como un infame. Tenia señalada para su marcha esa
misma noche, convencido de que ya nada podia hacer en favor de su
padre, i de que su permanencia en la ciudad, sin ser ùtil para
nadie, era funesta para él i acaso desagradable a Adelaida.
Bajo este pensamiento ocultaba otro mas fúnebre que trataba de
esconder a sus propios ojos i que sinembargo le era el mas
consolador. Este consistía en ausentarse de toda sociedad, para
poner fin a sus días donde nadie tuviera noticia de su
atentado.
En otras partes, decía para sí, el que se suicida parece
ejecutar un hecho que tiene cierta gloria, i quizá mucha grandeza.
Pero aquí no es lo mismo: el que se mata arroja sobre su nombre
algo que lo Hace horroroso; todos hablan despues, de su trajedia,
no como del esfuerzo inaudito del valor, o del resultado lamentable
de una delicadeza sublime en que se precipita la honra huyendo del
baldon, sino àntes bien se espresan con un acento compasivo, que
los manes del suicida se avergonzarian de escuchar: todos en vez de
formarse de este la idea de un hombre grande, solo se forman la de
un loco maldecido: el vulgo se abstiene de orar por él, i los
hombres ilustrados presentan a sus hijos con colores espantosos,
aquel ejemplo de horror, para correjirles eficazmente los defectos
de su education o la inexactitud de sus doctrinas : la jente
sensible evita su recuerdo, i hasta la tradicion coloca su
sepulcro, no en los cimenterios relijiosos, sino en campos
sombríos, ingratos i fatales. Emilio, en una palabra, estaba
persuadido de que el suicidio aquí es un hecho infame i
execrado.
Era, pues, necesario cometer ese crimen a escondidas, porque
juzgando por sí mismo i por Adelaida, suponia a la sociedad tan
dulce i delicada, que creía una falta odiosa ofrecerle espectáculos
ferozes i sanguinarios; porque detestaba en la opinion cuanto no
fuese el vuelo de la fama con admiracion i respeto: aborrecía las
dos celebridades del ridículo i la deshonra, para amar las únicas
que lo son verdaderamente, las de la virtud i la gloria.
Esa noche luego que se vió solo, reuniendo las fuerzas que le
quedaban, determinó llevar a efecto su fuga tomando el camino del
Sur, como el que le pareció mas seguro para eludir el alcance de
los que lo siguiesen.
A las doce de la noche se levantó, pues, i se puso a pasear por
cl cuarto, de modo que no lo sintiesen. Lloraba entònces; i era
Adelaida quien lo obligaba a semejante debilidad, de que no se
avergonzaba, pues nadie lo veía: lloraba porque él mismo se
inspiraba piedad al verse condenado a salir como fujitivo, de
aquella casa en que había sido tan feliz, a la que no volveria i
donde se quedaba el objeto de su amor que con tanta bondad i
eficacia lo rabia consolado en otras penas, e intentado
dulcificarle las actuales. Salia huyendo de un amigo que lo rabia
traicionado, i de un padre que mas bárbaro que sus crueles
enemigos, lo rabia traicionado tambien i condenádolo a una muerte
desastrosa, precedida de dias espantosos, afrentas humillantes i
caros sacrificios. -¡ Adelaida ! esclamaba: tu amante huye de tí
que eres la única que no lo abandonaste i acaso ceras la única
tambien que sentirá su ausencia.¡ Con cuánta claridad ve la razon
en el día del desengaño ! Los nombres que el alma veneraba i queria
pierde en el acento dulce que les daba nuestra propia voz al salir
de un pecho agradecido: la traicion los marchita dejándolos
reducidos a un eco amargo i confuso......¡ Mi Padre! ¡Cuánto este
nombre fué grande para mi, que al pronunciarlo me parecia que
articulaba con tono melodioso i firme, el nombre natural de mi
propio corazon ! Hoi lo articulo como el nombre de la muerte ....
Si: el hombre no ama ni puede amar ni aborrrecer, sino los hechos,
i las cosas que se los recuerdan. ¡ Padre.... ! Amigos. .. ! Estos
nombres no son de amor sino cuando denotan la accion tierna,
jenerosa i buena de quien los lleva: Son el título del ódio cuando
sirven para llamar al ingrato, al traidor o al criminal. No hai mas
vínculos que la accion que nos demuestra el cariño.... ¡Adelaida !
Yo amaba tu corazon jeneroso, porque es mas jeneroso que el mío,
que apénas es el corazon de un hombre, quizá como el de aquel que
se llamó mi amigo, pues puedo abandonarte, i no palpita como tal
vez palpitaría el tuyo al pronunciaron a Dios para siempre ....
Mas, Adelaida, si mi corazon no palpita ahora, no es porque dejó de
amarte, sino porque sabe bien que va a librarte de un peso
fastidioso... de la estéril tarea de consolar i porque va a huir de
tu lado un ser que te avergonzaba i con cuya ausencia debe
despejarse tu alma, como se despeja un templo al estraer de su nave
sacrosanta el cadáver que recibiendo en ella sus últimos honores,
la cabria de fúnebre aparato. No volverás a verme, Adelaida; i
mañana esta habitacion no parecerá una tumba que tenias que visitar
: sus puertas se abrirán, la luz entrará porque ya Emilio ha
salido... ¡A Dios, Adelaida...! me atrevo a decirte a Dios, porque
no puedes oírme... ¡Ah! Solo la infamia me obliga a
abandonarte...
Antes de salir quiso quemar todas las cartas que le quedaban de
su padre, ya que Adelaida misma habia quemado la última.
Esto le dió valor para llevar a efecto el pensamiento de borrar
el retrato, lo que sin embargo le costó mas pesares i mas lágrimas;
pero nada queria llevarse, i por tanto no habia otro destino que
dar a aquella prenda. Quemó igualmente el cabo del puñal que la
Cisne había traído de la caverna de Monterilla; i destruyolo así,
para evitar que viesen una cifra que podia obrar como presuncion
vehemente contra su padre. Todo lo quemó, guardando solo la cinta
de Adelaida para llevársela, porque no pudo deshacerse de ella
absolutamente.
Mas al destruir aquellas señales del crímen, se contristaba
pensando que Adelaida al día siguiente había de ver los despojos de
una accion vana, que le parecerla la prueba de que hai cierta
rehabilitacion que no puede hallarla en una ceniza confusa, quien
sabe bien la materia infame que la ha producido. Nada pues, le
quedaba ya a Emilio de su padre, sino lo que el fuego no podía
aniquilar: de nada le servia, por acierto, destruir aquellos
objetos, si tenia que cargar con la infamia i abandonar a
Adelaida.
Por ultimo sacando la carta que ese dia le habia enviado
Monterilla ofreciéndose como defensor de D. Adolfo i exijiendo por
recompensa la entrega de la Cisne a la Daifa, la dobló, resuelto a
no escribir a aquella jóven para pedirle un sacrificio tan costoso,
i a no evitar tampoco enteramente el paso de indicarlo en favor de
su padre. Así fué que se contentó con poner a la misma carta un
sobrescrito para la Cisne, i dejársela encima de la mesa, a fin de
que hallándola allí al siguiente dia, ella sola resolviese lo que
quisiera.
Concluido esto, i cuando Emilio se disponia a salir, se vid
obligado a detenerse, al oír a alguna distancia la música de una
guitarra i algunas voces que cantaban tristemente. Esto le
representó con cruel vivacidad la historia de sus males, adherida
fuertemente en su memoria a las armonías que sonaban, a lo léjos :
sus recuerdos parecían ofrecérsele al tiempo de partir, como si
intentasen acompañarlo para siempre.
Tal incidente le arrancó nuevas lágrimas, contemplando que en
aquellos momentos en que él iba a emprender enfermo i desgraciado,
un viaje clandestino i funesto, al que todos sus males venían a
llevarlo, no había ni un solo amigo que lo consolara.
Esa tarde habia recibido Santiago carta de Veratrina en que le
avisaba que Doña Gonzaga, mui molesta por la larga visita del
oratorio, le habia prohibido volver a recibir en su casa a sus
parientes, i amigos. Pero que siéndole urjente hablar con él otra
vez acerca de un asunto de grave importancia que le habia ocurrido,
lo citaba para un jardincito cuya puerta quedaba abajo del porton
principal de la casa.
Al recibir Santiago este billete, no pudo prescindir del gozo
que le causaba la esperanza de volver tan pronto a verse con
Veratrina en un sitio tan bello, en medio de tanta soledad i con
tan interesante misterio.
Para las dos de la mañana era la cita; mas Santiago salió de su
casa desde ántes de la media noche, a fin de entretener su
ajitacion andando por las calles, mas próximas a la casa de Doña
Gonzaga, hasta que llegase, el momento señalado para verse con
Veratrina. Alas, bien pronto alcanzó a oír que en la esquina de
aquella calle sonaban la música i canciones de que se habló
ántes.
D. Félix, que como se ha dicho: amaba a Beatriz, habia querido
esa noche, i segun acostumbraba, tocar la guitarra bajo las
ventanas de su querida, i cantarle algunas canciones tiernas de las
que él mismo sabia componer al efecto.
Anselmo i D. Sandalio andaban tambien por la calle, el primero
porque así lo tenia de costumbre, i D. Sandalio porque trataba de
divertir los insomnios que Baciliza le causaba en esos dias.
Fácilmente se hablan juntado todos, i Santiago se les reunió, no
por estar en sociedad con ellos, sino resuelto a hacerles despejar
el sitio, para que no le frustrasen su cita anhelada.
El medio mas fácil que le ocurrió para ello, fué el de
convidarlos a dar una serenata a Baciliza, en lo que convinièron
inmediatamente, poniéndose en camino, aunque con su lentitud, por
ir entonando sus menlancólicas endechas. Santiago los dejó bien
pronto i se dirijió a la puertecita del jardín donde debia aguardar
a Veratrina. I aunque no era todavía la hora señalada, no tuvo que
esperar sino un momento, al cabo del cual la puertecita se abrió
por la mismas mano de aquella dama, que tambien había estado por su
parte mui impaciente mientras los cantores andaban por ese
lado.
Santiago aquella noche ya no veia en Veratrina sino una amante,
ni en él mismo otra cosa, segun su última determinacion, que un
galan decidido i afectuoso; en cuya virtud empezó tratándola con la
mayor ternura, a la que ella correspondía manifestando el
sentimentalismo mas teatral.
Algun tiempo se les pasó en hablar de sus afectos, hasta que
ella, suspírando con mas ternura que àntes, le dijo:
-No hablemos ahora de nosotros mismos que somos felices, por lo
ménos yo en cuanto me es posible serlo cuando otros padecen. Hoi he
sabido que un amigo suyo, a quien no conozco i cuyo nombre ignoro,
es mui desgraciado, lo amenazan pesares horribles i lo han
abandonado. Yo querría unirme con U. en la empresa virtuosa de
salvarlo o por lo ménos de cooperar a su consuelo.
-¡Qué! esclamó Santiago: ¿.U. tambien lo sabe?
-No sé mas de lo que he dicho. Pero acaso no me faltarán
recursos para contribuir a ese servicio i de algun modo auxiliar a
un desgraciado, que aun cuando me es desconocido, bástame saber que
es a mi o de U. para interesarme por su suerte i desear ahorrarle
graves sufrimientos, o por lo ménos retardárselos, si no pueden del
todo evitársele.
-Espliquese U. mas, Hermosa Veratrina, le dijo Santiago con
interes i dulzura.
-Vea U., continúo ella. Me han dicho que un criminal, persona de
distincion, tiene un hijo mui honrado que va inevitablemente a
perderse para siempre si su padre cae, como se cree seguro, en
manos de ¡ajusticia, i se hacen público sus delitos. En esta casa
hai un sitio donde he calculado que ese criminal puede ocultarse
con plena seguridad. Es una alacena a la que se pueden quitar los
anaqueles, con lo cual se descubre una puerta secreta que le sirve
de respaldo i conduce a un cuarto pequeño, donde cualquiera,
cerrando la puerta i armando la alacena, puede estar oculto con
seguridad de que nunca lo encontrarán. El padre de su amigo se
esconderá, pues, aquí, mientras lo olvida la justicia: su hijo con
precaucion puede, si lo desea, venir a visitarlo cómodamente, hasta
cuando llegue el caso de que aquel con seguridad deba salir i
ausentarse a uno de los estados vecinos, o irse para Europa si lo
cree mas seguro. Parece que de esta manera todos los males pueden
evitarse sin riesgo ni dificultad, i hasta de un modo inocente.
-¿ I cómo se atreve U. a contar para todo eso con el
consentimiento de Doña Gonzaga i de Beatriz? preguntó Santiago:
porque en cuanto a mí, lo creo mui difícil, pues a la verdad, esa
jente me parece intratable.
-Tales dificultades, respondió Veratrina, pueden vencerse, si no
me engaño, con gran facilidad, fundándome para esa confianza, en el
modo como llegaron a mi noticia estas circunstancias. Así es que si
U. conviene i su amigo acepta este recurso, me comprometo a poner
de nuestra parte a Doma Gonzaga i a Beatriz.
-Pero sin revelarles nada sobre las personas, Veratrina.
-Por supuesto: ya sé que ese es un secreto ; i mal puede temerse
lo descubra yo, cuando lo ignoro completamente, sabiendo solo, las
circunstancias de un modo mui vago.
-Por mi parte, continuó Santiago, celebro mucho el hallazgo de
este arbitrio, i no dudo sea aceptado por mi amigo i por su padre:
pero siempre es necesario contar con él, i tal vez con ciertas
personas a quienes no gusto de dirijirme...
-Sí, interrumpió Veratrina : todo eso lo supongo; pero los
consentimientos en este caso deben darse, en mi concepto, por
espresados, no obstante el deber de solicitarlos.
-¿ Aun el de Doña Gonzaga lo supone U. ? volvió a preguntar
Santiago con desconfianza.
-Ese es seguro, contestó Veratrina. Vea U; voi a referírselo
todo, para que se convenza mejor: quien me ha hablado sobre este
asunto ha sido precisamente el Capellan, que vino poco despues que
salió U. : el es quien se interesa por esos desgraciados, aunque
tampoco los conoce; pero sabe las consecuencias que acarrearía
contra un inocente la aprehension de ese reo: en una palabra, él es
quien me ha suplicado procure que Doña Gonzaga le franquee ese
cuarto secreto, para esconder a su prote¡ido, queriendo que yo les
hable primero con el objeto de evitar le opongan el recelo de que
yo sepa la ocultacion ; mas no he querido Hacer nada sin contar con
U.
-i Ah ! Veratrina exclamó Santiago tomándole la mano. ¡Qué
bondad la suya!
-¿Pero qué resolvemos? dijo Veratrina. El tiempo uije mucho, i
tal vez hai todavía que vencer quizá algunos caprichos i quién sabe
cuántos obstáculos difíciles.
-Yo que sé bien como van estas cosas, dijo Santiago, casi me
atrevo a decir que por ahora lo mas seguro es esconder al padre de
mi amigo. Mañana en este mismo sitio, a esta mis rna hora,
Hablaremos otra vez con mas acuerdo, si U., bella Veratrina, me
concede este favor.
-Es bien difícil, Santiago; mas sí U. lo quiere absolutamente...
trataré de complacerlo.
-Si lo quiero, dijo Santiago.
-Bien, pues. Mas le recuerdo que es preciso se retire para que
no vayan a sorprendernos.
-Pero .... ¿la carta?
-Mañana la recibirá U. precisamente.
Veratrina i Santiago se separaron, yéndose este mui contento, no
solo por la agradable entrevista que acababa de tener, sino tambien
por la importante noticia que debia llevar a Emilio acerca de la
salvacion de su padre. Así fué que se retiró tan ajitado, que al
salir del jardincito apénas hizo alto en que alguno pasaba por la
calle a caballo mui aprisa. Era Emilio, a quien Santiago no pudo
conocer por la oscuridad de la noche i por lo léjos que estaba de
pensar que este amigo pudiera salir a tales horas.
|