INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO IX
EL DELATOR

Emilio que se habia mejorado, estaba dormido, i Adelaida i la Cisne, sentadas en el corredor, hablaban en voz baja, cuando Santiago llegó. Este sentándose allí tambien, les preguntó por aquel.

-Parece consolarse, contestó Adelaida; porque lo hemos persuadido de que es imposible en todo caso que D. Adolfo, caiga en manos de la justicia.

-¿Cómo? preguntó Santiago.

-Es cosa clara, dijo Adelaida; i tal vez U. pensará como nosotras, si le decimos las razones, aunque es probable le hayan ocurrido igualmente.

-No, señoritas: no me han ocurrido sino las razones de peligro.

-Hai, sinembargo, continuó Adelaida, una de salvacion, bastante fuerte, i que está reducida a no haber de ningun modo quien pueda delatarlo.

-¿ I Monterilla ? replicó Santiago.

-El que ménos. ¿No vé U. que entre los hombres en cuya compañía está enrolado aquel, no puede haber ninguno interesado en denunciarlo ? Si alguno se atreviese a tal cosa ¿ no es cierto que siendo su cómplice, se comprometería a sí mismo? i aunque eso no fuera; quedaria por lo ménos espuesto a que D. Adolfo por vengarse lo delatara igualmente.

-¿Pero no puede delatarlo alguno otro ? replicó Santiago.

-¿Quién? La criminalidad de D. Adolfo solo se sabe por sus cómplices i por nosotros: aquellos no pueden delatarlo ni suministrar las pruebas; luego está seguro.

-Eso es exacto, dijo Santiago: delacion no puede haber Ciertamente.

-Mucho ménos, añadió Adelaida, cuando esa compañia, segun lo que Emilio nos refirió acerca del discurso de Oropimente, se compone de hombres que juzgan inocente su conducta.

-I aunque no suceda eso, repuso Santiago, los malos suelen observar con mucha rijidez, cuando se asocian, las leyes de la proteccion recíproca; porque formando aparte de la sociedad jeneral un cuerpo perseguido i perseguidor, necesitan esperar de su fraternidad i discíplina, la proteccion que la sociedad, con la que se ponen en guerra, tiene que negarles.

-Eso es mas aplicable a esta compañía que a ninguna otra, dijo Adelaida; pues vemos el empeño estraorditiario que se manifiesta por ella, de salvar al Mordedor, a quien sinembargo miran en mui poco, al ménos en comparacion de D. Adolfo. Así es que aun cuando sepan que el Dr. Témis no se encarga de defender a ninguno de los dos, todos guardarán silencio, persuadidos de que nada adelantarían con perseguirse reciprocamente.

-Fuera de eso, repuso Santiago, Monterilla está encargado de antemano, segun infiero, de mantener oculto a D. Adolfo; i como es seguro que en esa compañía aquel es el mas influyente, su voluntad triunfará en todo caso.

-Estas reflexiones, como he dicho, han calmado mucho a Emilio, repitió Adelaida; i está persuadido de que no hai para su padre riesgo alguno.

-Gran felicidad es esta, dijo la Cisne; i eso que no hemos contado con la infamia que lleva consigo el odioso papel dé delator; infamia que retrae aun a la jente ordinaria.

-I en este caso mucho mas, dijo Adelaida, porque ¿qué motivo podría justificar semejante accion ?

-Ciertamente, repuso Santiago, la delacion, en concepto de todos, es detestable, bien que en el mío eso es una desgracia, porque, prescindiendo de este caso, i hablando en jeneral, debia ser mui bien vista, pues el delator es un defensor de la sociedad.

-No, dijo Adelaida; ese papel es mui repugnante i alguna razon lo degrada cuando todos lo miran tan mal.

-Yo miraria mui mal al delator de D. Adolfo, dijo Santiago; pero a culquier otro que pusiera en manos de la justicia a los verdaderos criminales, le daria las gracias.

-Ya se ve, replicó Adelaida: cuando algun miserable por ganar una recompensa prometida, nos trae un objeto que nos han robado, tambien por lo regular le damos las gracias.

-I al dárselas, dijo la Cisne, le echamos una mirada de desprecio con que envilecemos su accion; de modo que al delator puede agradecérsele su servicio, pero ese servicio lo infama.

-Es verdad, dijo Santiago, si se supone que media una recompensa en dinero; pero entónces la vileza no está en la accion, sino en el motivo; lo que infama es la codicia miserable que produce una accion buena que sin tal incentivo no se habria ejecutado. Das el delator jeneroso que sin esa recompensa denuncia el crimen i designa al criminal, es un ente movido por la justicia i el amor de la sociedad, motivos tan nobles, que es imposible que la conducta que ellos determinan deje de ser hermosa en ningun caso.

-Sinembargo, replicó la Cisne, ¿se atrevería U. a ser el delator de D. Adolfo?

-¡Imposible! Ni de D. Adolfo ni de nadie.

-Luego su corazon no está de acuerdo con sus ideas.

- Tal vez; pero tambien es cierto que si todos en este punto fueran como yo, ningun delito se castigaría.

-No haya cuidado, dijo Adelaida: nunca faltan almas viles que se encarguen de prestar tales servicios.

-Pero mejor seria que ese servicio fuese prestado por las almas nobles. Yo me atrevo a repetir que el papel de delator no es ni puede ser, infame cuando se ejerce sin interes i sin traicion; i si los que tanto han hecho padecer a UU. no fueran el padre de Emilio i sus compañeros, yo mismo apesar de mi repugnancia, seria tal vez su denunciante.

-¿ Aunque alguno de ellos tuviera un hijo honrado? preguntó Adelaida.

-No, Señorita; entónces puede ser que me pareciera una infamia esa delacion.

-Luego ya se necesita algun exámen para ser o no delator sin infamia, i eso prueba la exactitud de lo que he sostenido: el papel de denunciante es indigno, i cuando mas, segun U.,puede añadirse la escepcion de ciertos casos.

-O bien, dijo Santiago,el papel de delator es noble, solo que en concepto de ambos, hai casos en que es infame.

-Tal vez, dijo Adelaida sonriéndose i prestando atencion al ruido que hacia una persona que entraba.

Era Enrique, que habiendo regresado ya con toda la jente de las fiestas, i sabiendo que Emilio estaba enfermo, venia a visitarlo para con este pretesto ver a Adelaida i aun a la Cisne, pues sabia que esta estaba en aquella casa.

-Al momento fué introducido en el cuarto de Emilio, que ya dispierto, recibió su visita. Mientras los dos conversaban, Adelaida i la Cisne seguían hablando con Santiago agradablemente, hasta que empezó a llamarles la atencion la conversacion de Enrique.

-La justicia sabe ya perfectamente, le decía este a Emilio, quién es el compañero del Mordedor en el robo ejecutado la otra noche en esta casa.

-¿ Cómo es eso? preguntó Santiago, viendo que Emilio no contestaba.

-Si Sr. continuó Enrique; hemos dado al fin con ese malvado que había logrado mantenerse oculto, por haberme ido a las fiestas, de lo que por consiguiente pido perdon a la Señorita Adelaida.

-No entiendo una palabra de cuanto U. dice, contestó ella, i aun le aseguro que no quisiera que se empeñase en hacérmelo comprender.

-Yo si deseo que U. se esplique, repuso Santiago.

-Si Sr. continuó Enrique; tengo la satisfaccion de haber ayudado mucho en ese descubrimiento; i aunque se ignora en el público el nombre del criminal, la justicia ha comenzado ya a proceder en virtud de un denuncio secreto.

En efecto ese mismo día ántes de que Santiago, Adelaida i la Cisne sostuvieran su discusion, un hombre con un papel en la mano se había presentado en la casa del juez mas discreto que había entónces en la Ciudad, para delatar en secreto a Adolfo Castelvi por los delitos de asesinato i robo, indicando las pruebas que podian acreditar el denuncio.Éste delator sobre quien algunas horas despues los lábios de Adelaida i de la Cisne arrojaban la infamia; ese delator que Santiago condenaba en este caso, i que iba a poner en la mayor consternacion al desgraciado Emilio; lo era en persona el mismo Dr. Tèmis.

Como los crímenes perpetrados por la junta dc Monterilla tenian la ciudad alarmada en sumo grado, algunas horas despues del denuncio, solo se hablaba en todas partes, de que estaba descubierto ya por la justicia un criminal cuyo nombre se ignoraba en el público, pero que seguramente era un personaje de consideracion, que bien pronto estarla en poder de los tribunales, porque se le buscaba con mucha actividad. Esto habia llegado a los oidos de Enrique, quien con razon se imajinó fuese el reo delatado el compañero del Mordedor, cuya persecucion habia ofrecido focos dial ántes en casa del Sr. Osman. Así es que no sabiendo cuán al cabo de semejante asunto estaba una gran parte de esta familia, no tuvo inconveniente en atribuirse ante ella la gloria del descubrimiento i referirles que el Dr. Témis era el delator.

Emilio no podía ni prorrumpir en los gritos que esta noticia le provocaba, tanto porque Enrique no sospechase de su arrebato,cuanto porque lo ahogaba la angustia. Bien pronto se habian persuadido él i Santiago, de que entre las audazes mentiras de Enrique, solo habia de cierto que D. Adolfo estaba delatado, fue el Dr. Témis era el delator i que la justicia buscaba al reo con actividad.

Entre las pocas personas que estaban instruidas de las desgracias de Emilio, el Dr. Témis solo a D. Juan comunicó el terrible paso que había dado i sobre el cual este no se atrevió a hacerle observacion alguna, quedando confundido al ver hasta qué estreno se iban cumpliendo literalmente las amenazas de Monterilla que lo parecieron al principio tan atrevidas i temerarias, por ignorar se fundasen en la desgracia anterior de estar el padre de Emilio complicado en los delitos de tan perversa cuadrilla. El resto pues, de aquellas amenazas se realizaria igualmente, una vez que lo más increíble i difícil estaba ya cumplldo. Aquel jóven se veía no solo abandonado de su mas poderoso amigo, sino evidentemente perseguido por él: no habían bastado a evitar este mal, los pronósticos hechos tan expresa i repetidamente ¿Qué podía ser aquello ? Al conducirse el Dr. Témis de un modo tan delicado, no podía ménos de tener alguna razon, no solo mui particular i justificativa, sino mas que todo, grave i poderosa. D. Juan no la adivinaba ni se atrevía a juzgar al Dr. Témis como un maniático de la justicia que todo lo atropellaba ciega i torpemente. Lo que mas lo confundia era el ser amigo del perseguidor i del hijo del perseguido; a ambos habia prometido su cooperacion i servicios, i no era dado conciliar la amistad en dos empresas tan contrarias i peligrosas. Perder a D. Adolfo era la del Dr. Témis; salvarlo a todo trance era la de Emilio: una de las dos tenia que ser la de D. Juan.

Hallabáse en estas dudas mui aflijido, cuando llegó Santiago de la casa del Sr. Osman, no ménos aflijido por su parte. -¿ Sabe U. le preguntó D. Juan, que Adolfo Castelvi está ya denunciado?

-Lo sé, contestó Santiago, i Emilio tambien lo sabe.

-¿ Quién se lo ha dicho? preguntó D. Juan con muestras de sobresalto.

-Enrique.

-¿Luego ya es notorio que Emilio es hijo de un criminal?

-No, contestó Santiago refiriéndole la conversacion de Enrique.

-¡ Qué situacion tan horrible para la amistad! esclamó D. Juan suspirando.

-Horrible! dijo Santiago, como todas las situaciones en que un amigo viendo padecer a un amigo, no puede aliviarlo.

No solo por eso; lo es aun mas porque dos amigos están en guerra i nosotros no podemos permancer neutrales.

-Para mi no lo es por eso, replicó Santiago con desprecio yo no veo sino la guerra de dos leguleyos a cual mas perverso, i entónces la eleccion no es tan dificil para mi i ya está acordada.

-¿Qué piensa hacer U. pues?

-Elejir el ménos malo

-¿ Cuál ?

-Monterilla.

-No, Santiago: mejor seria en ese caso que no estuviese por ningun o.

-Debo, D. Juan, estar contra el traidor.

-No puedo, dijo este, persuadirme jamas de que el Dr. Témis sea un traidor.

-De eso no hai duda, D. Juan: delatar al padre de Emilio; revelar así un secreto.....

-Tal vez alguna razon, interrumpió D. Juan, justifica en este caso al Dr. Témis. Dígame U. finalmente, de qué lado piensa quedar como amigo ¿del lado del Dr. Témis o del de Emilio?

-¿I U., D. Juan, de cuál de los dos queda ? -Yo me inclino al Dr. Témis.

-Entónces, dijo Santiago con decision, yo quedaré a favor de Emilio.

-¿ Por qué?

-Porque es mui justo en este caso que no todos abandonen á ese desgraciado.

-Es verdad, Santiago; i yo vacilo mucho todavía, porque no alcanzo a adivinar la razon que mueve al Dr. Témis a obrar como está obrando.

-Yo tampoco.

-Sinembargo, continuó D. Juan, vos a esponer a U. el único motivo que he podido conjeturar. El Dr. Témis es un hombre mui elevado en sus miras, mui amante de la justicia i de la filosofía, i para el cual, mas bien que hombres, solo has razon i principio: mas bien que individuos, solo tiene presente la sociedad entera con sus desgracias i sus leyes. Pues bien: en este asunto no ha visto ni a Emilio ni a D. Adolfo, ni siquiera a sus amigos. Solo ha visto una sociedad atrasada, donde el crimen del padre es castigado injustamente con cierto grada de infamia inmoral sobre la persona del hijo inocente. Sola ha visto, por otra parte, un principio i una leí que prohiben con razon que el hijo sufra el mas leve mal por las faltas de su padre.

-Eso no es así, D. Juan: aqui no sucede semejante cosa.

-Pero el Dr. Témis lo habrá visto así; i para defender esa leí i ese principio, piensa aprovechar la ocasion de inhabilitar a la sociedad para que no vuelva a violarlos en los casos futuros.

-¿ I cuál es el medio de que se vale ?

-Uno mui eficaz por cierto: hacer que un padre criminal, espiando sus delitos, satisfaga ala sociedad i sufra solo él castigo que merece, sin que recaiga el menor grado de deshonra sobre un jóven como Emilio, tan virtuoso, que aunque hijo de un criminal, no es posible despreciarlo nunca. Mañana u otro día vuelve a ocurrir un caso semejante entre nosotros, i entónces se acordarán todos de Emilio i su padre, i traerán así a la vista un acontecimiento en que la sociedad fué justa i empezó a despreciar sus preocupaciones. Con esto solo, la leí i el principio quedan defendidos i planteados para siempre, ilustrándose en ellos la sociedad por hábitos mas cultos.

-Me ha sorprendido U. con su pensamiento, dijo Santiago, no por su exactitud ni por su grandeza, ni ménos porque me parezca digno de justificar al Dr. Témis, en quien yo no a supongo, porque seria suponerle un desvario. Mas concediendo que sena racional i que sirva de justificacion a una perfidia, yo soi mui pequeño, sise quiere, para consentir jamas en que un amigo mío esté sirviéndole a aquel abogado, como sirve a un médico una droga para ensayar la curacion de las enfermedades. No, D. Juan; yo estaré en todo caso por Emilio i me opondré a que se lo apliquen de remedio a una sociedad que se supone enferma; basta al Dr. Témis que yo lo respete como debo, para que lo deje con sus razones recónditas obrar segun quiera, en tanto que al lado de Emilio trataré de aliviarle los males que ese hombre le va a procurar.

-Yo no puedo, dijo D. Juan determinarme así enteramente: estos dos amigos me tienen confundido.

-Pues no hai mas, repuso Santiago, que decidirnos como hemos pensado. U. encuentra por su parte una razon quizá plausible para sincerar su adhesion al Dr. Témis; yo la encuentro por la mía para creer justo el favorecer a Emilio. Esto és suficiente a fin de que cada cual, abrazando su causa con calor, trabaje cuanto pueda.

-Si, Santiago: así lo haremos, que no desconfío pueda llegar un día en que por diversos caminos vengamos al mismo fin, aunque sea solo para llorar con Emilio, sobre el sepulcro de su padre, las preocupaciones i errores de nuestra sociedad; porque es indudable, que Adolfo Castelvi morirá en un patíbulo: el Dr. Témis, lo ha prometido, i U. sabe lo que es esa promesa; cuide U. pues, de que Emilio no sea víctima de la desesperacion ni sucumba bajo el peso de sus desdichas.

-Yo tengo esperanzas, dijo Santiago: puede ser que no suceda semejante desgracia. Emilio piensa encomendar a Monterilla la defensa de su padre, i para mí es seguro que Monterilla lo salva. Anoche tuvo este la audacia de decirme que en último caso, si devolvían a la Cisne al poder de la Daifa, él prometía la salvacion de D. Adolfo. No piense U. por esto, que yo tenga disposicion a emplear semejante recurso: se lo digo solamente para que vea que Monterilla, tiene medios de salvar a D. Adolfo, i que ofreciéndole una buena recompensa, logrará el objeto: se lo digo ademas porque es bueno que U. ponga en noticia del Dr. Témis como defensor de la Cisne, semejante proyecto, pues en esta parte si permanezco mui unido con ese hombre.

-U. no se entiende a si mismo, dijo D. Juan.

-Si me entiendo: deseo que la amistad obre entre nosotros con franqueza i lealtad.

-Tanto peor para todos, dijo D. Juan : nuestros servicios serán inútiles así, pues se neutralizaràn recíprocamente en perjuicio quizá de Emilio solo.

-Pero a lo mènos nuestros corazones quedarán tranquilos i nuestra amistad inmaculada. I ojalá, continuó Santiago con enfasis, ojalá que algun día repita lo mismo con nosotros el delator de D. Adolfo, o se avergüenze en nuestra presencia, cuando triunfando de él lo confundan nuestras reconvenciones.

D. Juan se fué poco despues a dar cuenta al Dr. Témis del medio que pensaba emplear Monterilla para recobrar a la Cisne.. .

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