CAPITULO IX
EL DELATOR
Emilio que se habia mejorado, estaba dormido, i Adelaida i la
Cisne, sentadas en el corredor, hablaban en voz baja, cuando
Santiago llegó. Este sentándose allí tambien, les preguntó por
aquel.
-Parece consolarse, contestó Adelaida; porque lo hemos
persuadido de que es imposible en todo caso que D. Adolfo, caiga en
manos de la justicia.
-¿Cómo? preguntó Santiago.
-Es cosa clara, dijo Adelaida; i tal vez U. pensará como
nosotras, si le decimos las razones, aunque es probable le hayan
ocurrido igualmente.
-No, señoritas: no me han ocurrido sino las razones de
peligro.
-Hai, sinembargo, continuó Adelaida, una de salvacion, bastante
fuerte, i que está reducida a no haber de ningun modo quien pueda
delatarlo.
-¿ I Monterilla ? replicó Santiago.
-El que ménos. ¿No vé U. que entre los hombres en cuya compañía
está enrolado aquel, no puede haber ninguno interesado en
denunciarlo ? Si alguno se atreviese a tal cosa ¿ no es cierto que
siendo su cómplice, se comprometería a sí mismo? i aunque eso no
fuera; quedaria por lo ménos espuesto a que D. Adolfo por vengarse
lo delatara igualmente.
-¿Pero no puede delatarlo alguno otro ? replicó Santiago.
-¿Quién? La criminalidad de D. Adolfo solo se sabe por sus
cómplices i por nosotros: aquellos no pueden delatarlo ni
suministrar las pruebas; luego está seguro.
-Eso es exacto, dijo Santiago: delacion no puede haber
Ciertamente.
-Mucho ménos, añadió Adelaida, cuando esa compañia, segun lo que
Emilio nos refirió acerca del discurso de Oropimente, se compone de
hombres que juzgan inocente su conducta.
-I aunque no suceda eso, repuso Santiago, los malos suelen
observar con mucha rijidez, cuando se asocian, las leyes de la
proteccion recíproca; porque formando aparte de la sociedad jeneral
un cuerpo perseguido i perseguidor, necesitan esperar de su
fraternidad i discíplina, la proteccion que la sociedad, con la que
se ponen en guerra, tiene que negarles.
-Eso es mas aplicable a esta compañía que a ninguna otra, dijo
Adelaida; pues vemos el empeño estraorditiario que se manifiesta
por ella, de salvar al Mordedor, a quien sinembargo miran en mui
poco, al ménos en comparacion de D. Adolfo. Así es que aun cuando
sepan que el Dr. Témis no se encarga de defender a ninguno de los
dos, todos guardarán silencio, persuadidos de que nada adelantarían
con perseguirse reciprocamente.
-Fuera de eso, repuso Santiago, Monterilla está encargado de
antemano, segun infiero, de mantener oculto a D. Adolfo; i como es
seguro que en esa compañía aquel es el mas influyente, su voluntad
triunfará en todo caso.
-Estas reflexiones, como he dicho, han calmado mucho a Emilio,
repitió Adelaida; i está persuadido de que no hai para su padre
riesgo alguno.
-Gran felicidad es esta, dijo la Cisne; i eso que no hemos
contado con la infamia que lleva consigo el odioso papel dé
delator; infamia que retrae aun a la jente ordinaria.
-I en este caso mucho mas, dijo Adelaida, porque ¿qué motivo
podría justificar semejante accion ?
-Ciertamente, repuso Santiago, la delacion, en concepto de
todos, es detestable, bien que en el mío eso es una desgracia,
porque, prescindiendo de este caso, i hablando en jeneral, debia
ser mui bien vista, pues el delator es un defensor de la
sociedad.
-No, dijo Adelaida; ese papel es mui repugnante i alguna razon
lo degrada cuando todos lo miran tan mal.
-Yo miraria mui mal al delator de D. Adolfo, dijo Santiago; pero
a culquier otro que pusiera en manos de la justicia a los
verdaderos criminales, le daria las gracias.
-Ya se ve, replicó Adelaida: cuando algun miserable por ganar
una recompensa prometida, nos trae un objeto que nos han robado,
tambien por lo regular le damos las gracias.
-I al dárselas, dijo la Cisne, le echamos una mirada de
desprecio con que envilecemos su accion; de modo que al delator
puede agradecérsele su servicio, pero ese servicio lo infama.
-Es verdad, dijo Santiago, si se supone que media una recompensa
en dinero; pero entónces la vileza no está en la accion, sino en el
motivo; lo que infama es la codicia miserable que produce una
accion buena que sin tal incentivo no se habria ejecutado. Das el
delator jeneroso que sin esa recompensa denuncia el crimen i
designa al criminal, es un ente movido por la justicia i el amor de
la sociedad, motivos tan nobles, que es imposible que la conducta
que ellos determinan deje de ser hermosa en ningun caso.
-Sinembargo, replicó la Cisne, ¿se atrevería U. a ser el delator
de D. Adolfo?
-¡Imposible! Ni de D. Adolfo ni de nadie.
-Luego su corazon no está de acuerdo con sus ideas.
- Tal vez; pero tambien es cierto que si todos en este punto
fueran como yo, ningun delito se castigaría.
-No haya cuidado, dijo Adelaida: nunca faltan almas viles que se
encarguen de prestar tales servicios.
-Pero mejor seria que ese servicio fuese prestado por las almas
nobles. Yo me atrevo a repetir que el papel de delator no es ni
puede ser, infame cuando se ejerce sin interes i sin traicion; i si
los que tanto han hecho padecer a UU. no fueran el padre de Emilio
i sus compañeros, yo mismo apesar de mi repugnancia, seria tal vez
su denunciante.
-¿ Aunque alguno de ellos tuviera un hijo honrado? preguntó
Adelaida.
-No, Señorita; entónces puede ser que me pareciera una infamia
esa delacion.
-Luego ya se necesita algun exámen para ser o no delator sin
infamia, i eso prueba la exactitud de lo que he sostenido: el papel
de denunciante es indigno, i cuando mas, segun U.,puede añadirse la
escepcion de ciertos casos.
-O bien, dijo Santiago,el papel de delator es noble, solo que en
concepto de ambos, hai casos en que es infame.
-Tal vez, dijo Adelaida sonriéndose i prestando atencion al
ruido que hacia una persona que entraba.
Era Enrique, que habiendo regresado ya con toda la jente de las
fiestas, i sabiendo que Emilio estaba enfermo, venia a visitarlo
para con este pretesto ver a Adelaida i aun a la Cisne, pues sabia
que esta estaba en aquella casa.
-Al momento fué introducido en el cuarto de Emilio, que ya
dispierto, recibió su visita. Mientras los dos conversaban,
Adelaida i la Cisne seguían hablando con Santiago agradablemente,
hasta que empezó a llamarles la atencion la conversacion de
Enrique.
-La justicia sabe ya perfectamente, le decía este a Emilio,
quién es el compañero del Mordedor en el robo ejecutado la otra
noche en esta casa.
-¿ Cómo es eso? preguntó Santiago, viendo que Emilio no
contestaba.
-Si Sr. continuó Enrique; hemos dado al fin con ese malvado que
había logrado mantenerse oculto, por haberme ido a las fiestas, de
lo que por consiguiente pido perdon a la Señorita Adelaida.
-No entiendo una palabra de cuanto U. dice, contestó ella, i aun
le aseguro que no quisiera que se empeñase en hacérmelo
comprender.
-Yo si deseo que U. se esplique, repuso Santiago.
-Si Sr. continuó Enrique; tengo la satisfaccion de haber ayudado
mucho en ese descubrimiento; i aunque se ignora en el público el
nombre del criminal, la justicia ha comenzado ya a proceder en
virtud de un denuncio secreto.
En efecto ese mismo día ántes de que Santiago, Adelaida i la
Cisne sostuvieran su discusion, un hombre con un papel en la mano
se había presentado en la casa del juez mas discreto que había
entónces en la Ciudad, para delatar en secreto a Adolfo Castelvi
por los delitos de asesinato i robo, indicando las pruebas que
podian acreditar el denuncio.Éste delator sobre quien algunas horas
despues los lábios de Adelaida i de la Cisne arrojaban la infamia;
ese delator que Santiago condenaba en este caso, i que iba a poner
en la mayor consternacion al desgraciado Emilio; lo era en persona
el mismo Dr. Tèmis.
Como los crímenes perpetrados por la junta dc Monterilla tenian
la ciudad alarmada en sumo grado, algunas horas despues del
denuncio, solo se hablaba en todas partes, de que estaba
descubierto ya por la justicia un criminal cuyo nombre se ignoraba
en el público, pero que seguramente era un personaje de
consideracion, que bien pronto estarla en poder de los tribunales,
porque se le buscaba con mucha actividad. Esto habia llegado a los
oidos de Enrique, quien con razon se imajinó fuese el reo delatado
el compañero del Mordedor, cuya persecucion habia ofrecido focos
dial ántes en casa del Sr. Osman. Así es que no sabiendo cuán al
cabo de semejante asunto estaba una gran parte de esta familia, no
tuvo inconveniente en atribuirse ante ella la gloria del
descubrimiento i referirles que el Dr. Témis era el delator.
Emilio no podía ni prorrumpir en los gritos que esta noticia le
provocaba, tanto porque Enrique no sospechase de su arrebato,cuanto
porque lo ahogaba la angustia. Bien pronto se habian persuadido él
i Santiago, de que entre las audazes mentiras de Enrique, solo
habia de cierto que D. Adolfo estaba delatado, fue el Dr. Témis era
el delator i que la justicia buscaba al reo con actividad.
Entre las pocas personas que estaban instruidas de las
desgracias de Emilio, el Dr. Témis solo a D. Juan comunicó el
terrible paso que había dado i sobre el cual este no se atrevió a
hacerle observacion alguna, quedando confundido al ver hasta qué
estreno se iban cumpliendo literalmente las amenazas de Monterilla
que lo parecieron al principio tan atrevidas i temerarias, por
ignorar se fundasen en la desgracia anterior de estar el padre de
Emilio complicado en los delitos de tan perversa cuadrilla. El
resto pues, de aquellas amenazas se realizaria igualmente, una vez
que lo más increíble i difícil estaba ya cumplldo. Aquel jóven se
veía no solo abandonado de su mas poderoso amigo, sino
evidentemente perseguido por él: no habían bastado a evitar este
mal, los pronósticos hechos tan expresa i repetidamente ¿Qué podía
ser aquello ? Al conducirse el Dr. Témis de un modo tan delicado,
no podía ménos de tener alguna razon, no solo mui particular i
justificativa, sino mas que todo, grave i poderosa. D. Juan no la
adivinaba ni se atrevía a juzgar al Dr. Témis como un maniático de
la justicia que todo lo atropellaba ciega i torpemente. Lo que mas
lo confundia era el ser amigo del perseguidor i del hijo del
perseguido; a ambos habia prometido su cooperacion i servicios, i
no era dado conciliar la amistad en dos empresas tan contrarias i
peligrosas. Perder a D. Adolfo era la del Dr. Témis; salvarlo a
todo trance era la de Emilio: una de las dos tenia que ser la de D.
Juan.
Hallabáse en estas dudas mui aflijido, cuando llegó Santiago de
la casa del Sr. Osman, no ménos aflijido por su parte. -¿ Sabe U.
le preguntó D. Juan, que Adolfo Castelvi está ya denunciado?
-Lo sé, contestó Santiago, i Emilio tambien lo sabe.
-¿ Quién se lo ha dicho? preguntó D. Juan con muestras de
sobresalto.
-Enrique.
-¿Luego ya es notorio que Emilio es hijo de un criminal?
-No, contestó Santiago refiriéndole la conversacion de
Enrique.
-¡ Qué situacion tan horrible para la amistad! esclamó D. Juan
suspirando.
-Horrible! dijo Santiago, como todas las situaciones en que un
amigo viendo padecer a un amigo, no puede aliviarlo.
No solo por eso; lo es aun mas porque dos amigos están en guerra
i nosotros no podemos permancer neutrales.
-Para mi no lo es por eso, replicó Santiago con desprecio yo no
veo sino la guerra de dos leguleyos a cual mas perverso, i entónces
la eleccion no es tan dificil para mi i ya está acordada.
-¿Qué piensa hacer U. pues?
-Elejir el ménos malo
-¿ Cuál ?
-Monterilla.
-No, Santiago: mejor seria en ese caso que no estuviese por
ningun o.
-Debo, D. Juan, estar contra el traidor.
-No puedo, dijo este, persuadirme jamas de que el Dr. Témis sea
un traidor.
-De eso no hai duda, D. Juan: delatar al padre de Emilio;
revelar así un secreto.....
-Tal vez alguna razon, interrumpió D. Juan, justifica en este
caso al Dr. Témis. Dígame U. finalmente, de qué lado piensa quedar
como amigo ¿del lado del Dr. Témis o del de Emilio?
-¿I U., D. Juan, de cuál de los dos queda ? -Yo me inclino al
Dr. Témis.
-Entónces, dijo Santiago con decision, yo quedaré a favor de
Emilio.
-¿ Por qué?
-Porque es mui justo en este caso que no todos abandonen á ese
desgraciado.
-Es verdad, Santiago; i yo vacilo mucho todavía, porque no
alcanzo a adivinar la razon que mueve al Dr. Témis a obrar como
está obrando.
-Yo tampoco.
-Sinembargo, continuó D. Juan, vos a esponer a U. el único
motivo que he podido conjeturar. El Dr. Témis es un hombre mui
elevado en sus miras, mui amante de la justicia i de la filosofía,
i para el cual, mas bien que hombres, solo has razon i principio:
mas bien que individuos, solo tiene presente la sociedad entera con
sus desgracias i sus leyes. Pues bien: en este asunto no ha visto
ni a Emilio ni a D. Adolfo, ni siquiera a sus amigos. Solo ha visto
una sociedad atrasada, donde el crimen del padre es castigado
injustamente con cierto grada de infamia inmoral sobre la persona
del hijo inocente. Sola ha visto, por otra parte, un principio i
una leí que prohiben con razon que el hijo sufra el mas leve mal
por las faltas de su padre.
-Eso no es así, D. Juan: aqui no sucede semejante cosa.
-Pero el Dr. Témis lo habrá visto así; i para defender esa leí i
ese principio, piensa aprovechar la ocasion de inhabilitar a la
sociedad para que no vuelva a violarlos en los casos futuros.
-¿ I cuál es el medio de que se vale ?
-Uno mui eficaz por cierto: hacer que un padre criminal,
espiando sus delitos, satisfaga ala sociedad i sufra solo él
castigo que merece, sin que recaiga el menor grado de deshonra
sobre un jóven como Emilio, tan virtuoso, que aunque hijo de un
criminal, no es posible despreciarlo nunca. Mañana u otro día
vuelve a ocurrir un caso semejante entre nosotros, i entónces se
acordarán todos de Emilio i su padre, i traerán así a la vista un
acontecimiento en que la sociedad fué justa i empezó a despreciar
sus preocupaciones. Con esto solo, la leí i el principio quedan
defendidos i planteados para siempre, ilustrándose en ellos la
sociedad por hábitos mas cultos.
-Me ha sorprendido U. con su pensamiento, dijo Santiago, no por
su exactitud ni por su grandeza, ni ménos porque me parezca digno
de justificar al Dr. Témis, en quien yo no a supongo, porque seria
suponerle un desvario. Mas concediendo que sena racional i que
sirva de justificacion a una perfidia, yo soi mui pequeño, sise
quiere, para consentir jamas en que un amigo mío esté sirviéndole a
aquel abogado, como sirve a un médico una droga para ensayar la
curacion de las enfermedades. No, D. Juan; yo estaré en todo caso
por Emilio i me opondré a que se lo apliquen de remedio a una
sociedad que se supone enferma; basta al Dr. Témis que yo lo
respete como debo, para que lo deje con sus razones recónditas
obrar segun quiera, en tanto que al lado de Emilio trataré de
aliviarle los males que ese hombre le va a procurar.
-Yo no puedo, dijo D. Juan determinarme así enteramente: estos
dos amigos me tienen confundido.
-Pues no hai mas, repuso Santiago, que decidirnos como hemos
pensado. U. encuentra por su parte una razon quizá plausible para
sincerar su adhesion al Dr. Témis; yo la encuentro por la mía para
creer justo el favorecer a Emilio. Esto és suficiente a fin de que
cada cual, abrazando su causa con calor, trabaje cuanto pueda.
-Si, Santiago: así lo haremos, que no desconfío pueda llegar un
día en que por diversos caminos vengamos al mismo fin, aunque sea
solo para llorar con Emilio, sobre el sepulcro de su padre, las
preocupaciones i errores de nuestra sociedad; porque es indudable,
que Adolfo Castelvi morirá en un patíbulo: el Dr. Témis, lo ha
prometido, i U. sabe lo que es esa promesa; cuide U. pues, de que
Emilio no sea víctima de la desesperacion ni sucumba bajo el peso
de sus desdichas.
-Yo tengo esperanzas, dijo Santiago: puede ser que no suceda
semejante desgracia. Emilio piensa encomendar a Monterilla la
defensa de su padre, i para mí es seguro que Monterilla lo salva.
Anoche tuvo este la audacia de decirme que en último caso, si
devolvían a la Cisne al poder de la Daifa, él prometía la salvacion
de D. Adolfo. No piense U. por esto, que yo tenga disposicion a
emplear semejante recurso: se lo digo solamente para que vea que
Monterilla, tiene medios de salvar a D. Adolfo, i que ofreciéndole
una buena recompensa, logrará el objeto: se lo digo ademas porque
es bueno que U. ponga en noticia del Dr. Témis como defensor de la
Cisne, semejante proyecto, pues en esta parte si permanezco mui
unido con ese hombre.
-U. no se entiende a si mismo, dijo D. Juan.
-Si me entiendo: deseo que la amistad obre entre nosotros con
franqueza i lealtad.
-Tanto peor para todos, dijo D. Juan : nuestros servicios serán
inútiles así, pues se neutralizaràn recíprocamente en perjuicio
quizá de Emilio solo.
-Pero a lo mènos nuestros corazones quedarán tranquilos i
nuestra amistad inmaculada. I ojalá, continuó Santiago con enfasis,
ojalá que algun día repita lo mismo con nosotros el delator de D.
Adolfo, o se avergüenze en nuestra presencia, cuando triunfando de
él lo confundan nuestras reconvenciones.
D. Juan se fué poco despues a dar cuenta al Dr. Témis del medio
que pensaba emplear Monterilla para recobrar a la Cisne.. .
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