INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO VIII
VERANTRINA

DESDE el dia en que Emilio, no pudiendo ya salir a la calle, encomendó a Santiago sus desagradables asuntos, fué colocada Veratrina en casa de Dña. Gonzaga, donde a virtud de los informes del Capellan, la acojieron como a una jóven ejemplarmente vistuosa, que debia servir de modelo a Beatriz, no solo en la aficion a la vida contemplativa, sino tambien en la vocacion al claustro i a la austeridad.

Veratrina finjió pasar ese día ocupada en rezar i en examinar su conciencia para ir al siguiente, a confesarse con el Capellan; lo que efectivamente hizo en compañía de Beatriz. Cuando volvió a la casa ya sabia, en virtud de avisos oportunos de Monterilla, que era seguro iria Santiago donde ella ese dia á recobrar su carta; por lo que, llamando a Beatriz al oratorio, lo dijo:

-Hoi tengo, hermana, que cumplir una penitencia, cuya abstraccion va a privarme del gusto de orar en compañía de U. El Capellan me ha ordenado que llore i haga oracion la mayor parte de estas veinte i cuatro horas, sin salir del oratorío. Le supliquè me permitiera trasferir la penitencia para mañana porque hoi debe venir un primo mio, a traer la primera pension, i querrá hablar conmigo i darme noticia de D. Salvador, que como U. sabe, está enfermo; pero el Capellan mas bien quiso permitirme recibir esa visita, que trasferir la penitencia, i por consiguiente tengo que cumplirla sin escusa.

-Eso es mui bueno, dijo Beatriz; i procuraré con esmero no inturrumpir la oracion de U.

-Nuestro Capellan es mui ríjido, continuó Veratrina, i por eso estói mui contenta con él: tiene ademas un talento tan mistico i unas ideas tan edificantes, que si todas las niñas lo hizieran su confesor, i siguieran sus sàbios consejos, no quedaria una sola para el mundo donde tan lastimosamente se pervierten o se casan.

-El Capellan, añadió Beatriz, es el Hombre mas sàbio; i yo lo venero como a un verdadero San Francisco.

-Yo tambien, dijo Veratrina; i sino d a quién le hubiera ocurrido la idea piadosa que le inspiró hoi la penitencia que me impuso, i que creo ha de producir efectos admirables para mi salvacion ?

-¿ Cuál es preguntó Beatriz empezando a llorar.

-Que hoi en mi oracion represente a la Magdalena, vistiéndome con un traje que la imite lo mas que sea posible, para que así, de todos modos, pueda yo ser ante Jesucristo tan digna del perdon como lo fué aquella.

-¡ Dios vio! esclamó Beatriz alzando los ojos: yo no he sido digna, por mis pecados, de una penitencia tan edificante ¡ Dichosa U., añadió suspirando, a quien nuestro Capellan ha juzgado mas arrepentida!

-No, hermanita no es por eso.

-Sí: bien recuerdo que él siembre me ha dicho seré mui dichosa el dia en que, como una Magdalena, verdaderamente te arrepentida, me postre a los pies de Jesus, para merecer su misericordia.

- No, Beatriz, dijo Veratrina llorando tambien: es porque seguramente no he podido pintar bien al Capellan Mis falta; i pecados. Hoi mismo pediré a Dios su gracia para hacer una buena confesion como las que hace U.

-Mui bien, dijo Beatriz: quédese, pues, U. en el oratorio, en tanto que yo, siguiendo su ejemplo, Voi a pasar el día del mismo modo, haciendo oracion en el mayor recojímiento que me fuere posible, aunque con mi vestido mundano, pues el Capellan no ha tenido a bien todavía mandármelo cambiar por el de una Santa, para presentarme ante Jesucristo.

Luego que Veratrina se quedó sola, trajo su cajita; i encerrándose en el oratorio, que era un cuarto largo, i servia en parte, de capilla i en parte, de tocador; empezó por perfumarlo lo mejor que pudo, colocando muchas flores sobre la mesa, i derramando algunas esencias cerca de los asientos. Puso luego sobre el altar varios libros de oracion, entre uno de los cuales, de chapas i filetes dorados, metió la supuesta carta de la Cisne. En seguida acercándose al espejo, se solto la cabellera, que indudablemente era su dote natural mas hermosa i que ella estimaba de preferencia, por ser adorno mui poco coman en mujeres de su gremio; se peinó de modo que los bucles naturales ofreciesen un desórden mas artificioso i encantador; se vistió de Magdalena, i se pintó con arrebol las mejillas i los labios, hasta que se contempló con razon, una deidad orijinal i seductora, a cuya vista no era posible dejarse Santiago de admirarla i amarla con profundo interes.

En vez de ponerse a orar, se entretuvo en leer un libro, profano, i cada vez que oía llamar a la puerta, corría a arrodillarse en el cojín del altar, tomando el libro de los perfiles dorados en su mano limpia i perfumada, para que Santiago, la sorprendiese en oracion, i empezase formando de ella una idea de virtud ¡modestia que lo previniese en su favor.

Por fin a las doce del día se presentó este i fué conducido al oratorio por una criada advertida de antemano. Al sentirlo en el cuarto, Veratrina, volviendo la cara como para ver quién entraba, esclamó con sorpresa:

- El es...! ¡él es...!

I se dejó caer en el cojín cubriéndosela cara. Santiago la saludó con respeto i cariño. Ella como volviendo de su sorpresa i finjiéndo disimularla, se paró tímida i vergonzosa, i ofreciéndole asiento con ademan graciosamente cortes, se sentó, tambien a alguna distancia, sonriendo dulcemente i con los, ojos bajos.

-No me arrepiento, Señorita, le dijo Santiago, de haberme atrevido a interrumpir su oracion; pero no obstante ruego a U. se digne perdonarme.

-Con mucho gusto, caballero, contestó Veratrina hojeando el libro.

-El motivo queme ha obligado a venir, prosiguió Santiago, me disculpa lo bastante en mi concepto; i no tengo por qué ocultarlo. He sabido que una carta escrita para mí, se halla en poder de U. i deseo recuperarla para devolvérsela a la persona que me la escribió.

-Es verdad, caballero, dijo Veratrina aparentando turbacion: ésa carta se halla en mi poder, i yo estói mui léjos de negarlo. Pido por tanto, a mi turno, perdon de haberla interceptado, i espero que si no ahora, quizá mas tarde al saber el motivo, se me disimulará una accion tan reprensible ciertamente.

-Yo no intento, dijo Santiago con afecto, hacer cargos a U., i àntes bien, me permitirá le diga francamente,que me lisonjéo con la esperanza de que el motivo a que se deba su accion, no será demasiado adverso para quien, como yo, no puede sentir la menor pena al ver en manos de U. algo que ocupé nuestro comun interes.

-¡ Ah! esclamó Veratrina bajando los ojos. Ojalá que U. se equivocara, o que yo pudiera creer esas palabras.

-Debe creerlas, Señorita; mas no quiera el ciclo que yo me equivoque al pensar en aquellos motivos. Antes de verla, tal vez eso me hubiera sido indiferente; mas hoi, semejante pensamiento es horrible para mi.

.-Quizá, dijo Veratrina mirando a Santiago con sonrisa, hoi ese terrible motivo le es mas indiferente.

-Me será, contestó Santiago, siempre que no sea alguno que yo fácilmente pueda adivinar.

-Si... Soi mui desventurada! esclamó Veratrina volviendo la cabeza i apoyándola en la mano. Acaso U. ha adivinado... ¡Dios mio! ¡Dios mío! ¡ que vergüenza !

-No, Señorita, dijo Santiago: nada he adivinado, i aun si U. me lo exije, procuraré no adivinar.

-¡Ojalá! No vuelva U. a acordarse de mí: olvide, si es posible, ésta carta fatal. Yo le ofrezco en cambio, que pronto llegará el día en que despidiéndome del mundo para siempre, me importe poco que el mundo me aborrezca o me desprecie, que haya un hombre que me ame i compadezca, o se burle ingrato de mi débil corazon.

-¿Es U. desgraciada, Señorita?

-¡Desgraciada..! Dios lo sabe i solo Dios tiene lástima de mi.

-No, Señorita: el hombre que está a sus ojos seria mui dichoso si le fuera licito aspirar al honor de saber los pesares misteriosos de U., i a la dulce satisfacion de aliviarlos.

-¡Gracias, caballero! Para el alivio de mis penas se necesita algo mas que un hombre jeneroso.

-Si: ya lo comprendo. ¿Se necesita acaso, un amante solicito i sincero?

-¡ Silencio! ¡Silencio! eselamó Veratrína volviendo otra vez a reclinar la cabeza con abatimiento.

-No, Señorita: nada. de silencio; los dos debemos comprendernos. La duda i el misterio no pueden existir entre un caballero leal i una jóven infeliz.

-Sí, dijo ella con amargura: la duda i el misterio se disiparán entre los dos el día en que, sepultada yo para siempre en un convento, conserve apénas un recuerdo encantador que me acompañará mientras viva .... que no será mucho, añadió como llorándo.

-Si no me engaño, dijo Santiago, U. no entró a las monjas voluntariamente.

-¡ Silencio! volvió a decir Veratrina aparentando extravagancia: no pronuncie U. en alta voz ese secreto terrible.

-He adivinado, repuso Santiago.

-Sí, contestó Veratrina: ha adivinado U. i no tengo por qué ocultarlo al caballero a quien se dirijia esta carta.

-¿I quién la obliga a U. a entrar a las monjas?

-La desesperacion, Señor.

-¡U. desesperada! eselamó Santiago con interes; ¡U. de cuyos lábios debe salir esa ilusion consoladora ! ; U. desesperada... !

-Si, repitió Veratrina: estói desesperada i hace mucho tiempo que lloro en vano las penas de mi corazon i la triste soledad de mis días venideros.

-¡ Oh! i Sí fuerá yo digno de que U. me hablase con franqueza.. . . !

-No necesita de eso quien todo lo ha adivinado por desgracia. Mas si algun derecho me dan esos tristes secretos acerca de U., sea siquiera el de suplicarle que nunca salgan de su pecho, i que tenga lástima de la infeliz Veratrina.

-Mas lástima merece sinembargo, el desventurado que anhelando la felizidad de U., no tiene el poder de ofrecerse la: él a su vez tambien reclama compasion.

-No, Sr.: está U. engañado. Cuando yo me despída del mundo no hallaré un corazon para decirle a Dios, i apénas habrá alguna cosa de que pueda despedirme.

-Pero sí habrá muchos corazones que llorarán su eterno retiro, i aun cuando sea en silencio, le enviarán un triste a Dios, al que U. quizá estará mui indiferente i no responderá.

-U. es mui lisonjero; pero en su acento se nota algo que deja conocer bien no estar bastante persuadido de lo mismo que está diciendo. No podría ser de otro modo, pues en efecto, lo que asegura será consolador, pero es inexacto.

-Tan persuadido estói de lo que digo, como que sé, si U. me permite confesarlo, que el mío será uno de esos corazones que llorarán su clausura.

-¿ El suyo ? ¿ por qué ? ¿ pudiera haber algo en Veratrina que inspirase semejante interes en un hombre a quien otros afectos distraen sin duda, a favor de alguna mujer mas dichosa que yo, i por lo mismo mas capaz de ofrecer la felizidad que U. merece ?

-Esa suposicion no tiene fundamento; i por otra parte es tan cierto lo que àntes he dicho, que no obstante el deseo, o mas bien la necesidad de recuperar esa carta, i el saber que la recobraré el dia que U. se despida del mundo, me atrevo a rogarle que no entre al convento ni condene así a una eterna reclusion sus atractivos.

-Tanto ménos, opuso Veratrina, puedo crerle si exajera hasta ese estremo su galantería. U. mas que nadie, desea vivamente mi entrada al convento para apoderarse de esta carta que se va haciendo para mí tan cara.

-No, Señorita: sin necesidad de que U. entre al convento, gozaré ese bien, pues he formado la esperanza de merecer que U. me favorezca dándomela sin aguardar hasta entónces.

-Acaso será así, dijo Veratrina sonriendo con sumo afecto: no me parece del todo imposible, porque ya U. ha adivinado tambien cuan débil soi yo, i al mismo tiempo cuan poderoso es U.

-No he creído ni por un instante, contestó, Santiago, que U. sea débil, ni ménos aun, que yo sea poderoso, particularmente con U.; pero sí he considerado que se persuadirá fácilmente de que mi palabra es digna de crédito, i habiendo prometido no leer esa carta, no la leeré i estará en mi poder lo mismo que en el suyo.

-Hará U. mui bien en no leerla. Su curiosidad no podía servirle sino para despojarlo de alguna ilusion, tal vez demasiado hermosa para U., i darle el conocimiento de una realidad mui triste. Es cierto que en cambio vería U. allí palabras quele fuesen lisonjeras; pero lo serían solo por cuanto humillaban a una mujer, que en un momento feliz tuvo la dicha de oirle palabras galantes i respetuosas que nunca mas volveria a oír de sus lábios.

-¿ Segun eso, U. ha leído la carta?

-¡Imposible! A tanto no podía haberse estendido mi atrevimiento. Si sé lo que ella contiene, es porque he recibido de la misma persona, otra en que para satisfacerme, me avisa del contenido de esta: por eso le advierto que U. debe temer con la lectura de este papel, la pérdida de una ilusion que U. ama i yo aborrezco en vano.

-No es el temor de perder una ilusion i conocer una realidad lo que me obliga a abstenerme de leer ese papel, ni debe tampoco ser el deseo de evitar que yo cambie con nadie, lo que mueve a U. a conservarlo. Yo no tengo ilusiones, Señorita: solo sé sentir desprecio por los que me engañan con ellas.

-No, Santiago, dijo Veratrina aparentando distracion: bien sé que U. es mui dichoso para que su felizidad dependa de ilusiones. Alas tambien sé que si ha¡ alguna mujer que lo ame con la pasion mas vehemente, i U. llega a descubrirlo en esta carta, revelado en momentos i por lábios dignos de crédito en ese particular, cuanto falazes sin duda en otro; es seguro que U. la despreciaria.

-No me importa realmente, dijo Santiago con desden, que me ame o deje de amarme una mujer que me es indiferente: mas sien esa carta hubiera yo de encontrarla revelacion misteriosa i májica de un amor que tal vez mi corazon anhelara ¿ no es verdad que sería U. sola quien, negandómela, me defraudaba de la felizidad mas bella de la vida ?

-Luego U. tiene ánimo de leerla ¿no es así? preguntó Veratrina sonriéndose con familiaridad.

-No, Señorita. He prometido no leerla, i protesto que no la leeré. Mas tambien es cierto que sea que ella vuelva al poder de la persona que la ha escrito, sea que no salga de las manos de U., tengo esperanzas de que la leeré algun dia.

-No comprendo eso, caballero.

-Me esplicaré si se me permite.

-Con mucho gusto, aunque preveo que U. va a manifestarme el ánimo que tiene de burlarse del corazon de dos mujeres que supone sus apasionadas.

-Nada de eso: solo estriba mi esperanza en que estando persuadido de que en esa carta se encierra un secreto interesante a mi honor, creo que las dos mujeres que han de conservarla, son bastante jenerosas para no ver con indolencia el honor de un hombre que las respeta. Si la carta, pues, permanece en poder suyo ¿no habré de confiar en que Veratrina sensible i grata pueda algun dia ver en mí un amigo, si me es permitido valerme de este nombre, i movida por la ternura i la constancia, pagar un suspiro abriendo ante mis ojos esa carta misteriosa?

-¡ Ah! esclamó Veratrina respirando con ansiedad ¡qué hombres, Dios mio! ¡ qué infelizes somos nosotras!

-¿ Por qué, hermosa Veratrina? ¿ por qué se queja de mí, cuando solo yo deberia prorumpir contra su crueldad que desde ahora me quita una esperanza que yo iba a guardar como un consuelo para las penas futuras que ya el corazon comienza a presajiarme?

-¿ I es su corazon mui leal? le preguntó Veratrina con ternura.

-De eso la convencerá el tiempo, respondio Santiago con gravedad i tristeza: la convencerá cuando mostrándome esa carta, observe que cumplo fielmente mis promesas; la convencería hoi mismo, si poniéndola en mis manos, viese que yo no la abría, i que volvía sin ser leida, a la jóven que me la escribió.

-Bien, dijo Veratrina: puede ser que fiada yo en esa oferta se la entregue, a cuyo fin debo consultar préviamente al hombre discreto que por ahora poseé toda mi confianza, i sin cuya anuencia nada puedo ni quiero hacer.

-¿ Habla U. por ventura de algun amante ? preguntó Santiago alarmado.

-No, Sr., dijo Veratrina sonriendo: hablo únicamente de mi confesor.

-¿I no seria mucho mas seguro que su confesor no se mezclase en este asunto, ni tuviera que ver nada en las cartas que yo he de recibir?

-¡ Jesus! esclamó Veratrina cruzando las manos, eso es imposible, i yo me espondria a incurrir en un pecado horrible si obrara sin dictamen de mi director.

-¿ Segun eso, repuso Santiago, yo tendré cl gusto de visitar a U. una vez mas todavía?

-Quizá será para U. una molestia; pero es indispensable i espero que me la perdonarà.

-Ojalá tuviera yo repetidas ocasiones de disfrutar instantes como el que en este día me ha proporcionado nuestra carta, i de reiterara U. los mas tiernos ofrecimientos de la amistad.

Despues de algunas otras palabras reciprocas, Santiago se retiró emplazado para de allí a dos días, i con muchas esperanzas de recobrar su carta, si el confesor de Veratrina era hombre de conciencia.

¡Bonita mujer! decía Santiago entre si, caminando para la casa del Sr. Osman; bastante bonita; pero a fé que no me ha gustado sino de un modo mui material. No vale tanto como la Cisne o Adelaida, aun cuando mi imajinacion le atribuya dotes que quizá no tiene ¡ Imposible! bien seguro estói de que a la Cisne no habría podido hablarle como he hablado a Veratrina. I estemos en que me costó trabajo escapar de que esta me dijera que me amaba, si es que no me lo dijo ¡ Bonito estói yo eludiendo las seducciones de las damas ! i Caramba con el hábito blanco que no cubre por cierto almas benditas. i Oh! i qué bien que me inspira una beata de las Mercedes! No hai duda: yo me esplico perfectamente cuando el corazon no siente: si el do Alejo me hubiera oído en esta vez, se habia hecho cruzes ¡qué galantería! estói aturdido de mi propia destreza i habilidad.. , hábil yo para sacar el cuerpo a una declaracion de amor, que por otra parte seme venia á la boca cada rato! Bien considerado, como que ala verdad sol un bobalicon: de mí dependía el jiro de la escena i no supe aprovecharme. ¡ Imbécil... ! pero de aquí a dos dias será otra cosa. Sinembargo, Veratrina no ha quedo disgustada: eso es tan seguro como el que yo no la amo aunque me gusta. Es la primera mujer hermosa de quien no me enamoro ¿ Sí será esto que la vejez quiere sorprenderme a los veinte años? ¡No enamorarme yo de Veratrina.. . ! Esto es algo, no hai remedio; pero sea lo que fuere, estói decidido a finjirle amor¡ Qué se va hacer! mi destino es de pisaverde, i nadie puede oponerse a su destino.

Si Santiago se fui; con estos pensamientos, Veratrina por el contrario, quedó perfectamente enamorada de él; sentiá que este joven le había causado una profunda impresion; i era eso mui natural, no solo por ser él tan agraciado, como decía Baciliza, sino mas que todo, porque era el primer hombre que le habia hablado con respeto i lisonjeado mas seriamente sus pretensiones aristocráticas. Santiago no llevaba la mas remota intention de instruir a la Cisne, si como deseaba, la veía donde Emilio, de los sucesos que estaban ocurriendo con Veratrina, porque quería conservar la ocasion agradable que lo ponía en comunicacion con esta dama. Alas como la recomendacion de recuperar la carta estaba en todo su vigor, era necesario escusar tambien los incidentes que la recordasen, para evitarlas preguntas que naturalmente habian de hacerle,¡ cuya contestacion preparaba de diversos modos, para no mentir por causa de ese bien ha dado papelito. Con estos cuidados se presentó por último en la casa dé Emilio.

anterior | índice | siguiente