CAPITULO VIII
VERANTRINA
DESDE el dia en que Emilio, no pudiendo ya salir a la calle,
encomendó a Santiago sus desagradables asuntos, fué colocada
Veratrina en casa de Dña. Gonzaga, donde a virtud de los informes
del Capellan, la acojieron como a una jóven ejemplarmente vistuosa,
que debia servir de modelo a Beatriz, no solo en la aficion a la
vida contemplativa, sino tambien en la vocacion al claustro i a la
austeridad.
Veratrina finjió pasar ese día ocupada en rezar i en examinar su
conciencia para ir al siguiente, a confesarse con el Capellan; lo
que efectivamente hizo en compañía de Beatriz. Cuando volvió a la
casa ya sabia, en virtud de avisos oportunos de Monterilla, que era
seguro iria Santiago donde ella ese dia á recobrar su carta; por lo
que, llamando a Beatriz al oratorio, lo dijo:
-Hoi tengo, hermana, que cumplir una penitencia, cuya
abstraccion va a privarme del gusto de orar en compañía de U. El
Capellan me ha ordenado que llore i haga oracion la mayor parte de
estas veinte i cuatro horas, sin salir del oratorío. Le supliquè me
permitiera trasferir la penitencia para mañana porque hoi debe
venir un primo mio, a traer la primera pension, i querrá hablar
conmigo i darme noticia de D. Salvador, que como U. sabe, está
enfermo; pero el Capellan mas bien quiso permitirme recibir esa
visita, que trasferir la penitencia, i por consiguiente tengo que
cumplirla sin escusa.
-Eso es mui bueno, dijo Beatriz; i procuraré con esmero no
inturrumpir la oracion de U.
-Nuestro Capellan es mui ríjido, continuó Veratrina, i por eso
estói mui contenta con él: tiene ademas un talento tan mistico i
unas ideas tan edificantes, que si todas las niñas lo hizieran su
confesor, i siguieran sus sàbios consejos, no quedaria una sola
para el mundo donde tan lastimosamente se pervierten o se
casan.
-El Capellan, añadió Beatriz, es el Hombre mas sàbio; i yo lo
venero como a un verdadero San Francisco.
-Yo tambien, dijo Veratrina; i sino d a quién le hubiera
ocurrido la idea piadosa que le inspiró hoi la penitencia que me
impuso, i que creo ha de producir efectos admirables para mi
salvacion ?
-¿ Cuál es preguntó Beatriz empezando a llorar.
-Que hoi en mi oracion represente a la Magdalena, vistiéndome
con un traje que la imite lo mas que sea posible, para que así, de
todos modos, pueda yo ser ante Jesucristo tan digna del perdon como
lo fué aquella.
-¡ Dios vio! esclamó Beatriz alzando los ojos: yo no he sido
digna, por mis pecados, de una penitencia tan edificante ¡ Dichosa
U., añadió suspirando, a quien nuestro Capellan ha juzgado mas
arrepentida!
-No, hermanita no es por eso.
-Sí: bien recuerdo que él siembre me ha dicho seré mui dichosa
el dia en que, como una Magdalena, verdaderamente te arrepentida,
me postre a los pies de Jesus, para merecer su misericordia.
- No, Beatriz, dijo Veratrina llorando tambien: es porque
seguramente no he podido pintar bien al Capellan Mis falta; i
pecados. Hoi mismo pediré a Dios su gracia para hacer una buena
confesion como las que hace U.
-Mui bien, dijo Beatriz: quédese, pues, U. en el oratorio, en
tanto que yo, siguiendo su ejemplo, Voi a pasar el día del mismo
modo, haciendo oracion en el mayor recojímiento que me fuere
posible, aunque con mi vestido mundano, pues el Capellan no ha
tenido a bien todavía mandármelo cambiar por el de una Santa, para
presentarme ante Jesucristo.
Luego que Veratrina se quedó sola, trajo su cajita; i
encerrándose en el oratorio, que era un cuarto largo, i servia en
parte, de capilla i en parte, de tocador; empezó por perfumarlo lo
mejor que pudo, colocando muchas flores sobre la mesa, i derramando
algunas esencias cerca de los asientos. Puso luego sobre el altar
varios libros de oracion, entre uno de los cuales, de chapas i
filetes dorados, metió la supuesta carta de la Cisne. En seguida
acercándose al espejo, se solto la cabellera, que indudablemente
era su dote natural mas hermosa i que ella estimaba de preferencia,
por ser adorno mui poco coman en mujeres de su gremio; se peinó de
modo que los bucles naturales ofreciesen un desórden mas
artificioso i encantador; se vistió de Magdalena, i se pintó con
arrebol las mejillas i los labios, hasta que se contempló con
razon, una deidad orijinal i seductora, a cuya vista no era posible
dejarse Santiago de admirarla i amarla con profundo interes.
En vez de ponerse a orar, se entretuvo en leer un libro,
profano, i cada vez que oía llamar a la puerta, corría a
arrodillarse en el cojín del altar, tomando el libro de los
perfiles dorados en su mano limpia i perfumada, para que Santiago,
la sorprendiese en oracion, i empezase formando de ella una idea de
virtud ¡modestia que lo previniese en su favor.
Por fin a las doce del día se presentó este i fué conducido al
oratorio por una criada advertida de antemano. Al sentirlo en el
cuarto, Veratrina, volviendo la cara como para ver quién entraba,
esclamó con sorpresa:
- El es...! ¡él es...!
I se dejó caer en el cojín cubriéndosela cara. Santiago la
saludó con respeto i cariño. Ella como volviendo de su sorpresa i
finjiéndo disimularla, se paró tímida i vergonzosa, i ofreciéndole
asiento con ademan graciosamente cortes, se sentó, tambien a alguna
distancia, sonriendo dulcemente i con los, ojos bajos.
-No me arrepiento, Señorita, le dijo Santiago, de haberme
atrevido a interrumpir su oracion; pero no obstante ruego a U. se
digne perdonarme.
-Con mucho gusto, caballero, contestó Veratrina hojeando el
libro.
-El motivo queme ha obligado a venir, prosiguió Santiago, me
disculpa lo bastante en mi concepto; i no tengo por qué ocultarlo.
He sabido que una carta escrita para mí, se halla en poder de U. i
deseo recuperarla para devolvérsela a la persona que me la
escribió.
-Es verdad, caballero, dijo Veratrina aparentando turbacion: ésa
carta se halla en mi poder, i yo estói mui léjos de negarlo. Pido
por tanto, a mi turno, perdon de haberla interceptado, i espero que
si no ahora, quizá mas tarde al saber el motivo, se me disimulará
una accion tan reprensible ciertamente.
-Yo no intento, dijo Santiago con afecto, hacer cargos a U., i
àntes bien, me permitirá le diga francamente,que me lisonjéo con la
esperanza de que el motivo a que se deba su accion, no será
demasiado adverso para quien, como yo, no puede sentir la menor
pena al ver en manos de U. algo que ocupé nuestro comun
interes.
-¡ Ah! esclamó Veratrina bajando los ojos. Ojalá que U. se
equivocara, o que yo pudiera creer esas palabras.
-Debe creerlas, Señorita; mas no quiera el ciclo que yo me
equivoque al pensar en aquellos motivos. Antes de verla, tal vez
eso me hubiera sido indiferente; mas hoi, semejante pensamiento es
horrible para mi.
.-Quizá, dijo Veratrina mirando a Santiago con sonrisa, hoi ese
terrible motivo le es mas indiferente.
-Me será, contestó Santiago, siempre que no sea alguno que yo
fácilmente pueda adivinar.
-Si... Soi mui desventurada! esclamó Veratrina volviendo la
cabeza i apoyándola en la mano. Acaso U. ha adivinado... ¡Dios mio!
¡Dios mío! ¡ que vergüenza !
-No, Señorita, dijo Santiago: nada he adivinado, i aun si U. me
lo exije, procuraré no adivinar.
-¡Ojalá! No vuelva U. a acordarse de mí: olvide, si es posible,
ésta carta fatal. Yo le ofrezco en cambio, que pronto llegará el
día en que despidiéndome del mundo para siempre, me importe poco
que el mundo me aborrezca o me desprecie, que haya un hombre que me
ame i compadezca, o se burle ingrato de mi débil corazon.
-¿Es U. desgraciada, Señorita?
-¡Desgraciada..! Dios lo sabe i solo Dios tiene lástima de
mi.
-No, Señorita: el hombre que está a sus ojos seria mui dichoso
si le fuera licito aspirar al honor de saber los pesares
misteriosos de U., i a la dulce satisfacion de aliviarlos.
-¡Gracias, caballero! Para el alivio de mis penas se necesita
algo mas que un hombre jeneroso.
-Si: ya lo comprendo. ¿Se necesita acaso, un amante solicito i
sincero?
-¡ Silencio! ¡Silencio! eselamó Veratrína volviendo otra vez a
reclinar la cabeza con abatimiento.
-No, Señorita: nada. de silencio; los dos debemos comprendernos.
La duda i el misterio no pueden existir entre un caballero leal i
una jóven infeliz.
-Sí, dijo ella con amargura: la duda i el misterio se disiparán
entre los dos el día en que, sepultada yo para siempre en un
convento, conserve apénas un recuerdo encantador que me acompañará
mientras viva .... que no será mucho, añadió como llorándo.
-Si no me engaño, dijo Santiago, U. no entró a las monjas
voluntariamente.
-¡ Silencio! volvió a decir Veratrina aparentando extravagancia:
no pronuncie U. en alta voz ese secreto terrible.
-He adivinado, repuso Santiago.
-Sí, contestó Veratrina: ha adivinado U. i no tengo por qué
ocultarlo al caballero a quien se dirijia esta carta.
-¿I quién la obliga a U. a entrar a las monjas?
-La desesperacion, Señor.
-¡U. desesperada! eselamó Santiago con interes; ¡U. de cuyos
lábios debe salir esa ilusion consoladora ! ; U. desesperada...
!
-Si, repitió Veratrina: estói desesperada i hace mucho tiempo
que lloro en vano las penas de mi corazon i la triste soledad de
mis días venideros.
-¡ Oh! i Sí fuerá yo digno de que U. me hablase con franqueza..
. . !
-No necesita de eso quien todo lo ha adivinado por desgracia.
Mas si algun derecho me dan esos tristes secretos acerca de U., sea
siquiera el de suplicarle que nunca salgan de su pecho, i que tenga
lástima de la infeliz Veratrina.
-Mas lástima merece sinembargo, el desventurado que anhelando la
felizidad de U., no tiene el poder de ofrecerse la: él a su vez
tambien reclama compasion.
-No, Sr.: está U. engañado. Cuando yo me despída del mundo no
hallaré un corazon para decirle a Dios, i apénas habrá alguna cosa
de que pueda despedirme.
-Pero sí habrá muchos corazones que llorarán su eterno retiro, i
aun cuando sea en silencio, le enviarán un triste a Dios, al que U.
quizá estará mui indiferente i no responderá.
-U. es mui lisonjero; pero en su acento se nota algo que deja
conocer bien no estar bastante persuadido de lo mismo que está
diciendo. No podría ser de otro modo, pues en efecto, lo que
asegura será consolador, pero es inexacto.
-Tan persuadido estói de lo que digo, como que sé, si U. me
permite confesarlo, que el mío será uno de esos corazones que
llorarán su clausura.
-¿ El suyo ? ¿ por qué ? ¿ pudiera haber algo en Veratrina que
inspirase semejante interes en un hombre a quien otros afectos
distraen sin duda, a favor de alguna mujer mas dichosa que yo, i
por lo mismo mas capaz de ofrecer la felizidad que U. merece ?
-Esa suposicion no tiene fundamento; i por otra parte es tan
cierto lo que àntes he dicho, que no obstante el deseo, o mas bien
la necesidad de recuperar esa carta, i el saber que la recobraré el
dia que U. se despida del mundo, me atrevo a rogarle que no entre
al convento ni condene así a una eterna reclusion sus
atractivos.
-Tanto ménos, opuso Veratrina, puedo crerle si exajera hasta ese
estremo su galantería. U. mas que nadie, desea vivamente mi entrada
al convento para apoderarse de esta carta que se va haciendo para
mí tan cara.
-No, Señorita: sin necesidad de que U. entre al convento, gozaré
ese bien, pues he formado la esperanza de merecer que U. me
favorezca dándomela sin aguardar hasta entónces.
-Acaso será así, dijo Veratrina sonriendo con sumo afecto: no me
parece del todo imposible, porque ya U. ha adivinado tambien cuan
débil soi yo, i al mismo tiempo cuan poderoso es U.
-No he creído ni por un instante, contestó, Santiago, que U. sea
débil, ni ménos aun, que yo sea poderoso, particularmente con U.;
pero sí he considerado que se persuadirá fácilmente de que mi
palabra es digna de crédito, i habiendo prometido no leer esa
carta, no la leeré i estará en mi poder lo mismo que en el
suyo.
-Hará U. mui bien en no leerla. Su curiosidad no podía servirle
sino para despojarlo de alguna ilusion, tal vez demasiado hermosa
para U., i darle el conocimiento de una realidad mui triste. Es
cierto que en cambio vería U. allí palabras quele fuesen
lisonjeras; pero lo serían solo por cuanto humillaban a una mujer,
que en un momento feliz tuvo la dicha de oirle palabras galantes i
respetuosas que nunca mas volveria a oír de sus lábios.
-¿ Segun eso, U. ha leído la carta?
-¡Imposible! A tanto no podía haberse estendido mi atrevimiento.
Si sé lo que ella contiene, es porque he recibido de la misma
persona, otra en que para satisfacerme, me avisa del contenido de
esta: por eso le advierto que U. debe temer con la lectura de este
papel, la pérdida de una ilusion que U. ama i yo aborrezco en
vano.
-No es el temor de perder una ilusion i conocer una realidad lo
que me obliga a abstenerme de leer ese papel, ni debe tampoco ser
el deseo de evitar que yo cambie con nadie, lo que mueve a U. a
conservarlo. Yo no tengo ilusiones, Señorita: solo sé sentir
desprecio por los que me engañan con ellas.
-No, Santiago, dijo Veratrina aparentando distracion: bien sé
que U. es mui dichoso para que su felizidad dependa de ilusiones.
Alas tambien sé que si ha¡ alguna mujer que lo ame con la pasion
mas vehemente, i U. llega a descubrirlo en esta carta, revelado en
momentos i por lábios dignos de crédito en ese particular, cuanto
falazes sin duda en otro; es seguro que U. la despreciaria.
-No me importa realmente, dijo Santiago con desden, que me ame o
deje de amarme una mujer que me es indiferente: mas sien esa carta
hubiera yo de encontrarla revelacion misteriosa i májica de un amor
que tal vez mi corazon anhelara ¿ no es verdad que sería U. sola
quien, negandómela, me defraudaba de la felizidad mas bella de la
vida ?
-Luego U. tiene ánimo de leerla ¿no es así? preguntó Veratrina
sonriéndose con familiaridad.
-No, Señorita. He prometido no leerla, i protesto que no la
leeré. Mas tambien es cierto que sea que ella vuelva al poder de la
persona que la ha escrito, sea que no salga de las manos de U.,
tengo esperanzas de que la leeré algun dia.
-No comprendo eso, caballero.
-Me esplicaré si se me permite.
-Con mucho gusto, aunque preveo que U. va a manifestarme el
ánimo que tiene de burlarse del corazon de dos mujeres que supone
sus apasionadas.
-Nada de eso: solo estriba mi esperanza en que estando
persuadido de que en esa carta se encierra un secreto interesante a
mi honor, creo que las dos mujeres que han de conservarla, son
bastante jenerosas para no ver con indolencia el honor de un hombre
que las respeta. Si la carta, pues, permanece en poder suyo ¿no
habré de confiar en que Veratrina sensible i grata pueda algun dia
ver en mí un amigo, si me es permitido valerme de este nombre, i
movida por la ternura i la constancia, pagar un suspiro abriendo
ante mis ojos esa carta misteriosa?
-¡ Ah! esclamó Veratrina respirando con ansiedad ¡qué hombres,
Dios mio! ¡ qué infelizes somos nosotras!
-¿ Por qué, hermosa Veratrina? ¿ por qué se queja de mí, cuando
solo yo deberia prorumpir contra su crueldad que desde ahora me
quita una esperanza que yo iba a guardar como un consuelo para las
penas futuras que ya el corazon comienza a presajiarme?
-¿ I es su corazon mui leal? le preguntó Veratrina con
ternura.
-De eso la convencerá el tiempo, respondio Santiago con gravedad
i tristeza: la convencerá cuando mostrándome esa carta, observe que
cumplo fielmente mis promesas; la convencería hoi mismo, si
poniéndola en mis manos, viese que yo no la abría, i que volvía sin
ser leida, a la jóven que me la escribió.
-Bien, dijo Veratrina: puede ser que fiada yo en esa oferta se
la entregue, a cuyo fin debo consultar préviamente al hombre
discreto que por ahora poseé toda mi confianza, i sin cuya anuencia
nada puedo ni quiero hacer.
-¿ Habla U. por ventura de algun amante ? preguntó Santiago
alarmado.
-No, Sr., dijo Veratrina sonriendo: hablo únicamente de mi
confesor.
-¿I no seria mucho mas seguro que su confesor no se mezclase en
este asunto, ni tuviera que ver nada en las cartas que yo he de
recibir?
-¡ Jesus! esclamó Veratrina cruzando las manos, eso es
imposible, i yo me espondria a incurrir en un pecado horrible si
obrara sin dictamen de mi director.
-¿ Segun eso, repuso Santiago, yo tendré cl gusto de visitar a
U. una vez mas todavía?
-Quizá será para U. una molestia; pero es indispensable i espero
que me la perdonarà.
-Ojalá tuviera yo repetidas ocasiones de disfrutar instantes
como el que en este día me ha proporcionado nuestra carta, i de
reiterara U. los mas tiernos ofrecimientos de la amistad.
Despues de algunas otras palabras reciprocas, Santiago se retiró
emplazado para de allí a dos días, i con muchas esperanzas de
recobrar su carta, si el confesor de Veratrina era hombre de
conciencia.
¡Bonita mujer! decía Santiago entre si, caminando para la casa
del Sr. Osman; bastante bonita; pero a fé que no me ha gustado sino
de un modo mui material. No vale tanto como la Cisne o Adelaida,
aun cuando mi imajinacion le atribuya dotes que quizá no tiene ¡
Imposible! bien seguro estói de que a la Cisne no habría podido
hablarle como he hablado a Veratrina. I estemos en que me costó
trabajo escapar de que esta me dijera que me amaba, si es que no me
lo dijo ¡ Bonito estói yo eludiendo las seducciones de las damas !
i Caramba con el hábito blanco que no cubre por cierto almas
benditas. i Oh! i qué bien que me inspira una beata de las
Mercedes! No hai duda: yo me esplico perfectamente cuando el
corazon no siente: si el do Alejo me hubiera oído en esta vez, se
habia hecho cruzes ¡qué galantería! estói aturdido de mi propia
destreza i habilidad.. , hábil yo para sacar el cuerpo a una
declaracion de amor, que por otra parte seme venia á la boca cada
rato! Bien considerado, como que ala verdad sol un bobalicon: de mí
dependía el jiro de la escena i no supe aprovecharme. ¡ Imbécil...
! pero de aquí a dos dias será otra cosa. Sinembargo, Veratrina no
ha quedo disgustada: eso es tan seguro como el que yo no la amo
aunque me gusta. Es la primera mujer hermosa de quien no me enamoro
¿ Sí será esto que la vejez quiere sorprenderme a los veinte años?
¡No enamorarme yo de Veratrina.. . ! Esto es algo, no hai remedio;
pero sea lo que fuere, estói decidido a finjirle amor¡ Qué se va
hacer! mi destino es de pisaverde, i nadie puede oponerse a su
destino.
Si Santiago se fui; con estos pensamientos, Veratrina por el
contrario, quedó perfectamente enamorada de él; sentiá que este
joven le había causado una profunda impresion; i era eso mui
natural, no solo por ser él tan agraciado, como decía Baciliza,
sino mas que todo, porque era el primer hombre que le habia hablado
con respeto i lisonjeado mas seriamente sus pretensiones
aristocráticas. Santiago no llevaba la mas remota intention de
instruir a la Cisne, si como deseaba, la veía donde Emilio, de los
sucesos que estaban ocurriendo con Veratrina, porque quería
conservar la ocasion agradable que lo ponía en comunicacion con
esta dama. Alas como la recomendacion de recuperar la carta estaba
en todo su vigor, era necesario escusar tambien los incidentes que
la recordasen, para evitarlas preguntas que naturalmente habian de
hacerle,¡ cuya contestacion preparaba de diversos modos, para no
mentir por causa de ese bien ha dado papelito. Con estos cuidados
se presentó por último en la casa dé Emilio.
|