CAPITULO VI
EL ADANDONO
AL DIA siguiente Emilio amaneció gravemente enfermo i no pudo
levantarse, apesar de la necesidad que le habia impuesto Monterilla
de ir, sin excusa, a hablar al Dr. Témis, i empezar a trabajar
activamente en la defensa del Mordedor; cuya causa se encontraba ya
en un estado tan avanzado, que exijia rápidos i multiplicados
esfuerzos i dilijencias.
Mui de mañana vino Santiago a visitarlo i decirle las palabras
consoladoras que su amistad le habia sujerido esa noche, para
contribuiral alivio de un amigo desgraciado: reflecciones,
esperanzas, lisonjas; todo quería emplearlo con profusion a fin de
dulcificarle su pena; mas era en vano, pues Emilio no podia probar
ningun consuelo, i viendo que el tiempo transcurría, i era
imposible levantarse para ir donde el Dr, Témis, suplicó a
Santiago, fuese a llamarlo, ya que no habia otro remedio.
-Ahora mismo vendrá, dijo Santiago: he estado en su casa a darle
aviso, como U. nos encargó ayer, de que la Cisne se halla aquí, i
me ofreció venir inmediatamente.
-Me asusta eso, Santiago: la visita será mui agradable para la
Cisne; pero para mi. . . . . va a ser horrible.
-Consoladora, diga U. mas bien: ya lo verá; el Dr. Témis ya a
decirle palabras eficazes, a encargarse en el acto de la defensa
del Mordedor, que en dos o tres dias estará en libertad; con lo que
D. Adolfo se irá libre tambien, sin que nadie lo persiga; se
enmendará, como han asegurado; i hé aqu i que todos los males se
disipan en un momento, sin que nadie vuelva a acordarse de
ellos.
-No hablemos de eso, Santiago. Dígame mas bien si ha recibido
una carta que la Cisne dejó olvidada la otra noche sobre la mesa de
Monterilla.
-No, Sr, contestó Santiago.
-Sinembargo, dijo Emilio, Monterilla me aseguro habersela
remitido, porque era para U.
-¿Para mí? preguntó Santiago con admiracion: ¿ i quien me la
escribió ?
-La Cisne.
-¿Ella ? Dios mío c l por qué no me dice ahora de palabra lo que
iba a escribirme? ¿ sabe U. lo que fuera ?
-No, Sr.; i aun U. mismo debe ignorarlo, siempre, segun me ha
manifestado ella. Asi es que expresamente me recomendó le
abvertirse que no quiere que la lean, pues la habia escrito solo
el, el concepto de ir a morir, cuya condicion, no habiéndose
llenado, le deja esperar que si U. la recibe se la devuelva
cerrada.
-Así lo haré, dijo Santiago, no obstante la curiosidad que
tendré que vencer para ello: i le aseguro tambien que ahora mismo
voi a averiguar la carta hasta que dé con ella en cualquier
parte.
-Es bien fácil, dijo Emilio; porque me parece que tal papel no
interesa a nadie, i Monterilla se lo entregará sin obstáculo.
-Ahora mismo me lo entrega, i ojalá se resista, que juro
aprovechar la ocasion de librarlo a U. de semejante hombre.
-No, Santiago: Monterilla en nada me ofende ni ha ofendido; al
contrario, creo que tanto mi padre como yo debemos estarle
agradecidos.
-Puede ser, dijo Santiago; pero dentro de pocas horas. o está en
mi poder la carta, o no respondo de lo que haga. Voi ahora mismo a
buscarlo.
-Todavía no vaya, dijo Emilio; déjelo para esta noche, que voi a
hacerle una recomendacion acerca de ese Hombre.
-Con mucho gusto, respondió Santiago: ¿qué recomendaciones?
-Solamente la de que vaya a su casa, para que me envío con U. el
retrato de mi padre.
-I me lo darà con la carta, que traeré aquí sin leerla, como lo
prometo, ¿no le parece a U.?
-Ojalá, porque la Cisne desea mucho recobrarla.
Desde que Santiago supo el asunto de la carta, empezó a sentirse
ajitado con esta circunstancia tan misteriosa e interesante para
él. La Cisne le habia escrito cuando creía ir a morir. ¡ Què idea
tan lisonjera ! i qué momento para un recuerdo! i qué circunstancia
tan grave para dar al hombre en quien se pensaba entónces, la
preferencia mas satisfactoria ! De pensamiento en pensamiento llegó
Santiago a las ilusiones, i de las ilusiones voló a la esperanza,
al amor i a la felizidad. Entretanto su corazon latía con fuerza, i
la amistad olvidaba al doliente que estaba consolando. Un suspiro
de este lo distrajo por fin de su enajenamiento, i dejando sus
ideas agradables, volvió a ocuparse de la desgracia; pero sentia
alguna cosa que le estorbaba dar a su acento un tímbre consolador,
i vela que era la felicidad la que lo distraía; con lo que se
persuadía de que los hombres contentos no pueden ser los mas aptos
para consolar al desgraciado.
Por último sintieron entrar al Dr. Témis, que ignorando las
desventuras de Emilio, no habia creido urjente visitarlo, estando
por otra parte ocupado con esclusion en investigar los medios de
hacer la captura del compañero del Mordedor, i de asegurar a este,
para que no volviese a salir por la noche; así era que solo venia
ahora por haber tenido noticia de que la Cisne estaba ya en
seguridad donde el Sr. Osman, con cuyo motivo deseaba recomendarla
eficazmente. Pero en la sala le avisaron las señoras que Emilio se
hallaba enfermo, por lo que ántes de salir, bajó a visitarlo i
ofrecerle sus servicios.
Desde que Emilio lo sintió entrar a la casa, esperimentò Un
sacudimiento, que trayéndole ala memoria sus desgracias, le ofreció
en toda su intensidad la pena que iba a sufrir al revelar a un
hombre a quien tanto respetaba i queria, la deshonra que ya apénas
podia llamarse un secreto, pues iba llegando poco a poco al
conocimiento de todos sus amigos, de un modo inevitable i por su
propia confesion.
-Yo no alcanzo a hablarle al Dr. Témis, le decia a Santiago con
voz alterada cuando aquel bajaba la escalera: no querria que
entrara, porque ya toda sensacion me causa mucho mal; conozco que a
mi cuerpo le hace daño la vida. Que no entre, que no entre: mi
cabeza está alterada......
Mas en el acto se presentó el Dr. Témis al lado de la cama de
Emilio. Santiago se retiró para dejarlos solos, i ellos empezaron a
tratar de la enfermedad, acerca de cuyas causas!
Emilio reuniendo las fuerzas que le quedaban, hizo la relacion
de sus desventuras, concluyendo por pedir al Dr. Témis defendiese a
todo trance al Mordedor, para salvar a su padre. El Dr. Témis lo
escuchó sin manifestar ni admiracion ni sorpresa.
-Es mui natural, mi querido i desgraciado amigo, le dijo luego
que lo oyó, que U. haya sufrido en este caso un pesar tan profundo;
pero tambien es cierto que su pena no debe pasar mas allá del hecho
que la causa, imajinándose otro que no ha sucedido ni puede suceder
nunca. Sienta U. la deshonra de su padre; pero no la propia. Si la
sensibilidad i el honor dan el grado a los pesares, el talento i la
ilustracion los reducen a los únicos hechos que son dignos en el
mundo, del dolor humano, i pueden alcanzar a herir un corazon
fuerte i grande. Para U. Emilio, no ha¡ infamia. Solamente el error
mas indisculpable i la preocupacion mas grosera e insensata podrian
envolverlo en una deshonra en que la sociedad ilustrada i el hombre
juicioso jamas pueden comprenderlo. Si alguna vez el criminal logra
inspirar interes; si en algun caso viene a ser objeto de una
compasion respetuosa i tierna, es solo cuando. ese criminal tiene
un hijo caballero. Hoi, Emilio, su padre nada puede enviarle, con
nada puede contajiarlo; es solo U. quien envia i comunica a su
padre, honor, grandeza i respeto, en tanta abundancia que el crimen
mismo queda, por decirlo asi, respetado en aquel hombre: aun mas,
ese crimen pierde en él por U. solo, parte de su fealdad, quedando
en la esfera de una flaqueza digna de compasion. I cuando esto
sucede, cuando U. goza tanto honor que alcanza a encubrir con él la
infamia de su padre, d podría determinarse a empañar esa reputacion
que el delito ajeno no puede disminuir, cometiendo U. otro delito f
defendiendo en calidad de misero leguleyo a un reo insigne cómo el
Mordedor? ¿ ha podido extraviar tanto a Emilio su laudable amor
filial, que lo haya hecho abatir hasta el estremo de honrar a
Monterilla con una visita, i de sentarse en un banco junto de los
criminales?
-Si, Dr. Témis, contestó Emilio: he resuelto salvara mi padre, i
trataré de salvarlo como pueda.
-Bien, Emilio; U. tiene razon ¿ pero los medios ?
-Esos le tocan a U. contestó Emilio, pues yo no he podido Hallar
otros que los que estriban en salvar igualmente al Mordedor, para
asegurar así el secreto; único recurso que librará á mi padre del
castigo i a mi de la deshonra
-¿ I de la deshonra que entónces recaerá sobre U. mismo en
cierto modo con justicia, le será dado escapar cuando el motivo que
podría justificar su conducta tiene que permanecer oculto para
siempre ?
-Esa deshonra, replicó Emilio, es mucho menor que la que recaerá
sobre mi padre i sobre mí, si descubren sus delitos.
-Sobre U. no, Emilio; permítame que se lo repita.
-En concepto suyo puede ser, dijo este; pero la sociedad entera
no es tan justa, tal vez, que pueda en este caso echar una raya
entre el padre i el hijo.
-Si U. llama la sociedad al vulgo nécio i despreciable, entonces
tiene razon; pero la sociedad, que lo es por excelencia el conjunto
grande o pequeño de los hombres ilustrados, justos i virtuosos, no
solo sabe echar esa raya, sino que tambien, haciendo un contraste
del padre malo i el hijo bueno, sabe compadecer al uno i admirar al
otro.
-Con todo eso, añadió Emilio, yo debo salvar a mi padre i pido
para ello a U. que defienda al Mordedor.
-No, Emilio, contestó abiertamente el Dr. Témis; yo no defiendo
a ese delincuente.
- ¡ Dr. Témis ! exclamó Emilio: no sabe U. cómo sufren mi
corazon i mi cabeza, que me dá un golpe tan bárbaro .... por Dios!
no me mate U. i salve al Mordedor.
- ¡Imposible ! Emilio; no me obligue U. a tener que
repetirlo.
-No: no... no vuelva a repetirlo; en nombre de la amistad salve
siquiera a mi padre.
-Tampoco! dijo el Dr. Témis conmovido.
-¿ Con quién he hablado ? Yo estói loco... Dios mio ! ¿ no
defenderá U. ni aun a mi padre?
-Ni aun a su padre, contestó con entereza el Dr. Témis.
- ¡ Hombre duro e inexorable! esclamó Emilio con rabia. Mi sola
esperanza.. . . ¿ qué me resta va.. . ? Si.. . dijo despues de un
momento, ¡me abandona!!!
-No, Emilio, interrumpió el Dr. Tèmis: perdòneme U.
-No puedo perdonarlo: yo solo perdono a mi padre; i el que no lo
perdona corno yo, es mi enemigo... .... es un malvado a quien
maldeciré desde el sepulcro, i a quien mi padre maldecirá desde el
patibulo. ¡Ah! Dios mio ! ¡Dios mio ! se rompió el velo de mi
destino feroz... ¡ Maldicion fatal..... ! - Bien, interrumpió el
Dr. Témis disponiéndose a salir para evitar las instancias de
Emilio: su amistad quiere lanzarme en un cansino terrible i acaso
funesto aun para U. Su situacion me confunde; siento todo cuanto U.
puede sentir, i lo único que me atrevo a prometerle, Emilio, es que
si he de parecer indigno ciertamente de su amistad, no volverá a
verme hasta que de algun modo me haga digno del perdon.
-¡Me abandona! esclamó Emilio viendo salir al Dr. Témis: no
quiere defender a ¡ni padre.... no volverá a verme.... me
deja...... si. . . el pronóstico de Monterilla está cumplido. Ahora
mismo, (continuó a tiempo que entraba la Cisne i Adeláida) ahora
mismo siento en mi cabeza esa música a lo léjos i veo ahí a
Monterilla pronosticando el abandono de Emilio... Todo quedará
cumplido.. .. ¡ qué va a ser de mi ! No oiré asas esa música,
blanda como el céfiro que ajita las hojas del bosque, i que yo
llamaba la vida de Emilio amante; los suspiros de Adelaida. . .
.
- ¡ Emilio! dijo esta acercàndose a la cama para volverlo de la
enajenacion que lo invadia. Alas él prosiguió.
-Oid esa voz aguda que está diciendo ¡
|Emilio ! pero no
oigais ese bajo grave i, serio que va contestando ¡ AFRENTA! Es la
música a lo léjos que escuchaba D. Juan i solemnizaba. . . la pompa
de mi entierro .... Es una música horrible: mandad que cese del
todo.
-¡Emilio! dijo la Cisne poniéndole la mano en la frente
-¿Qué es? contestó sonriéndose.
-Que U. delira, dijo Adelaida llorosa.
-¿Deliro? No: solo sonaba que el Dr. Témis me habia
abandonado.
-No, dijo Adelaida: eso seria imposible; i antes bien acaba de
salir de aquí.
-¡ Adelaida! eselamó Emilio. ¿ Es imposible de veras ?
-Si, Emilio: ni el Dr. Témis ni yo lo abandonaremos nunca.
-Ni Adelaida, ni el Dr. Témis i Ah! me falta aun por sufrir la
mitad de mi desgracia, . . .
-Emilio, cálmese U. que une hace padecer...
-No, Adelaida: Emilio no esperará el abandono de U. El destino
encendió mientras yo soñaba, la negra tea del porvenir, que para
tormento de raro mortal se enciende cada siglo. Todo lo he visto a
favor de la claridad convulsa i fea de una luz estupenda. . . entre
el eco lejano de una música mortuoria, i las sombras desnudas que
se llaman mis recuerdos.. . . en un pavimento ensangrentado, que
era el camino del crimen i bajo un cielo plomiso i frió que se
llama la justicia. Monterilla me guió como un profeta del infierno
que me llevaba al abismo a anunciarme la maldicion i darme allí el
retrato de mi padre.
- ¡ Emilio! repetia Adelaida llorando. Mas él prosiguió:
-¡ Monterilla apagó dos piras cuyo humo negro empañaba el brillo
del honor, i el rostro de una mujer!!! ¡Ya están apagadas... ! pero
arden todavía en la ceniza de una carta que Emilio guardó para
devolver a Adelaida....
-¿ Me ha aborrecido U. ? preguntó Adelaida con candor.
- ¡ Qué cabeza la mía ! dijo Emilio, poniéndose la mano en la
frente ¡qué corazon.... ! ¡no, Adelaida! Mientras Emilio continuaba
su delirio en mayor desórden, instruyendo con él a la Cisne de los
pormenores de su desgracia, de Dr. Témis llegó a su casa mui
ajitado, entró a su cuarto i se puso a pasear.
-¡Infeliz Emilio! esclamaba andando con la cabeza inclinada.
Cuanto os dije para consolaros ha debido pareceros demasiado vago,
porque siempre son vagos los consuelos de grandes pesares. Decir a
la sensibilidad que no padezca, es decirle que muera: decir al
corazon que sufra con valor no es consolarlo. Emilio tiene razon;
mucho debe padecer, pues padezco yo tambien. . . .i lo he
abandonado, porque el me proponía un delito. ¡ Profesion fatal! No
puedo salvar hoy a un inocente, a un amibo desgraciado: ¿mi moral
como abogado me hace inmoral como amigo? No: eso seria imposible.
Sin embargo me veo precisado a abandonar a Emilio en medio de sus
trabajos, ¿De qué me sirven, pues, la ciencia i el talento si es
que los tengo ? c Cómo pude abrazar esta profesion si es que
carezco de ellos? ¿Cómo temo la audazia de conservar un titulo que
no sé manejar ? Defender la inocencia i perseguir el crimen fueron
los juramentos que hize ante la leí; i ántes de prestarlos debí
aprender a cumplirlos. Ofrecía Dios i prometí a la patria ser el
apoyo de la justicia; i hoi la justicia no encuentra en mi nada:
solo la sociedad ve un amigo vano, i mi conciencia un profesor
ignorante. Allá están los criminales burlándose de la leí que los
condena; aquí Emilio inocente deplora su deshonra: aquellos se rien
impunes, este llora sin delito, i yo entre el uno ¡los otros no
hago mas que abandonar al inocente, i perseguir en vano a los
culpables. Ese abandono es ya una perfidia que no puede justificar
el destello de un pensamiento que creí iba a guiarme hasta una idea
recóndita i difícil: nada i he llegado a mi casa i ese pensamiento
se disipo en vez de revelarme algo. Si vuelvo donde Emilio, si me
muestro arrepentido i emprendo la infame defensa del Mordedor; mi
papel se cambia del todo i mis juramentos quedan doblemente
violados del modo mas vulgar. Si no vuelvo, mi amistad queda
reducida a una palabra sin sentido; mas todavía, mi amistad será
pérfida. Sinembargo: yo debo seguir persiguiendo a esos
criminales.
El Dr. Témis continuó paseándose largo rato, absorto i mudo.
Repentinamente se encendió sus ojos brillaron i se elevó su cabeza.
Si: dijo, no puede ser de otro modo, i si fuere ¿ qué me importa un
error? c qué tengo yo que ver con el hombre, cuando solo me
interesan Dios i mi conciencia ? Lo haré así...mas el secreto es
preciso.
Dicho esto continuó paseándose en silencio casi todo el dia,
unas vezes cabizbajo i triste, otras alegre i animado. Ya se paraba
recordando mil i mil hechos i circunstancias, mil i mil palabras
que habia oido i aun algunas señas del imbécil Juan Cancio: ya se
quedaba parado en el fondo del cuarto meditando sin ver ni oír cosa
alguna. Por la noche poseido de su resolucion, determinó ponerla en
planta, i tomando un papel, escribió en él i lo guardó; mas su
contenido no le permitió reposar en toda la noche.
Cuando Emilio, se mejoró del acceso que presenciaron Adelaida i
la Cisne, mandó que le llamasen a Santiago, quien vino poco
despues, i recibió la noticia de que el Dr. Témis no se encargaba
de defender al Mordedor ni a D. Adolfo, lo qué esa noche debia
poner en noticia de Monterilla, rogándole al mismo tiempo
escojitase algun recurso que favoreciera principalmente a D.
Adolfo, i que impidiese de cualquier modo su aprehension. Santiago
aceptó el encargo con esta adicion en la que solo consíderaba un
verdadero sacrificio, pues sentia mucha pena al tener que hacer
súplicas a un hombre tan despreciable.
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