INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO VI
EL ADANDONO

AL DIA siguiente Emilio amaneció gravemente enfermo i no pudo levantarse, apesar de la necesidad que le habia impuesto Monterilla de ir, sin excusa, a hablar al Dr. Témis, i empezar a trabajar activamente en la defensa del Mordedor; cuya causa se encontraba ya en un estado tan avanzado, que exijia rápidos i multiplicados esfuerzos i dilijencias.

Mui de mañana vino Santiago a visitarlo i decirle las palabras consoladoras que su amistad le habia sujerido esa noche, para contribuiral alivio de un amigo desgraciado: reflecciones, esperanzas, lisonjas; todo quería emplearlo con profusion a fin de dulcificarle su pena; mas era en vano, pues Emilio no podia probar ningun consuelo, i viendo que el tiempo transcurría, i era imposible levantarse para ir donde el Dr, Témis, suplicó a Santiago, fuese a llamarlo, ya que no habia otro remedio.

-Ahora mismo vendrá, dijo Santiago: he estado en su casa a darle aviso, como U. nos encargó ayer, de que la Cisne se halla aquí, i me ofreció venir inmediatamente.

-Me asusta eso, Santiago: la visita será mui agradable para la Cisne; pero para mi. . . . . va a ser horrible.

-Consoladora, diga U. mas bien: ya lo verá; el Dr. Témis ya a decirle palabras eficazes, a encargarse en el acto de la defensa del Mordedor, que en dos o tres dias estará en libertad; con lo que D. Adolfo se irá libre tambien, sin que nadie lo persiga; se enmendará, como han asegurado; i hé aqu i que todos los males se disipan en un momento, sin que nadie vuelva a acordarse de ellos.

-No hablemos de eso, Santiago. Dígame mas bien si ha recibido una carta que la Cisne dejó olvidada la otra noche sobre la mesa de Monterilla.

-No, Sr, contestó Santiago.

-Sinembargo, dijo Emilio, Monterilla me aseguro habersela remitido, porque era para U.

-¿Para mí? preguntó Santiago con admiracion: ¿ i quien me la escribió ?

-La Cisne.

-¿Ella ? Dios mío c l por qué no me dice ahora de palabra lo que iba a escribirme? ¿ sabe U. lo que fuera ?

-No, Sr.; i aun U. mismo debe ignorarlo, siempre, segun me ha manifestado ella. Asi es que expresamente me recomendó le abvertirse que no quiere que la lean, pues la habia escrito solo el, el concepto de ir a morir, cuya condicion, no habiéndose llenado, le deja esperar que si U. la recibe se la devuelva cerrada.

-Así lo haré, dijo Santiago, no obstante la curiosidad que tendré que vencer para ello: i le aseguro tambien que ahora mismo voi a averiguar la carta hasta que dé con ella en cualquier parte.

-Es bien fácil, dijo Emilio; porque me parece que tal papel no interesa a nadie, i Monterilla se lo entregará sin obstáculo.

-Ahora mismo me lo entrega, i ojalá se resista, que juro aprovechar la ocasion de librarlo a U. de semejante hombre.

-No, Santiago: Monterilla en nada me ofende ni ha ofendido; al contrario, creo que tanto mi padre como yo debemos estarle agradecidos.

-Puede ser, dijo Santiago; pero dentro de pocas horas. o está en mi poder la carta, o no respondo de lo que haga. Voi ahora mismo a buscarlo.

-Todavía no vaya, dijo Emilio; déjelo para esta noche, que voi a hacerle una recomendacion acerca de ese Hombre.

-Con mucho gusto, respondió Santiago: ¿qué recomendaciones?

-Solamente la de que vaya a su casa, para que me envío con U. el retrato de mi padre.

-I me lo darà con la carta, que traeré aquí sin leerla, como lo prometo, ¿no le parece a U.?

-Ojalá, porque la Cisne desea mucho recobrarla.

Desde que Santiago supo el asunto de la carta, empezó a sentirse ajitado con esta circunstancia tan misteriosa e interesante para él. La Cisne le habia escrito cuando creía ir a morir. ¡ Què idea tan lisonjera ! i qué momento para un recuerdo! i qué circunstancia tan grave para dar al hombre en quien se pensaba entónces, la preferencia mas satisfactoria ! De pensamiento en pensamiento llegó Santiago a las ilusiones, i de las ilusiones voló a la esperanza, al amor i a la felizidad. Entretanto su corazon latía con fuerza, i la amistad olvidaba al doliente que estaba consolando. Un suspiro de este lo distrajo por fin de su enajenamiento, i dejando sus ideas agradables, volvió a ocuparse de la desgracia; pero sentia alguna cosa que le estorbaba dar a su acento un tímbre consolador, i vela que era la felicidad la que lo distraía; con lo que se persuadía de que los hombres contentos no pueden ser los mas aptos para consolar al desgraciado.

Por último sintieron entrar al Dr. Témis, que ignorando las desventuras de Emilio, no habia creido urjente visitarlo, estando por otra parte ocupado con esclusion en investigar los medios de hacer la captura del compañero del Mordedor, i de asegurar a este, para que no volviese a salir por la noche; así era que solo venia ahora por haber tenido noticia de que la Cisne estaba ya en seguridad donde el Sr. Osman, con cuyo motivo deseaba recomendarla eficazmente. Pero en la sala le avisaron las señoras que Emilio se hallaba enfermo, por lo que ántes de salir, bajó a visitarlo i ofrecerle sus servicios.

Desde que Emilio lo sintió entrar a la casa, esperimentò Un sacudimiento, que trayéndole ala memoria sus desgracias, le ofreció en toda su intensidad la pena que iba a sufrir al revelar a un hombre a quien tanto respetaba i queria, la deshonra que ya apénas podia llamarse un secreto, pues iba llegando poco a poco al conocimiento de todos sus amigos, de un modo inevitable i por su propia confesion.

-Yo no alcanzo a hablarle al Dr. Témis, le decia a Santiago con voz alterada cuando aquel bajaba la escalera: no querria que entrara, porque ya toda sensacion me causa mucho mal; conozco que a mi cuerpo le hace daño la vida. Que no entre, que no entre: mi cabeza está alterada......

Mas en el acto se presentó el Dr. Témis al lado de la cama de Emilio. Santiago se retiró para dejarlos solos, i ellos empezaron a tratar de la enfermedad, acerca de cuyas causas!

Emilio reuniendo las fuerzas que le quedaban, hizo la relacion de sus desventuras, concluyendo por pedir al Dr. Témis defendiese a todo trance al Mordedor, para salvar a su padre. El Dr. Témis lo escuchó sin manifestar ni admiracion ni sorpresa.

-Es mui natural, mi querido i desgraciado amigo, le dijo luego que lo oyó, que U. haya sufrido en este caso un pesar tan profundo; pero tambien es cierto que su pena no debe pasar mas allá del hecho que la causa, imajinándose otro que no ha sucedido ni puede suceder nunca. Sienta U. la deshonra de su padre; pero no la propia. Si la sensibilidad i el honor dan el grado a los pesares, el talento i la ilustracion los reducen a los únicos hechos que son dignos en el mundo, del dolor humano, i pueden alcanzar a herir un corazon fuerte i grande. Para U. Emilio, no ha¡ infamia. Solamente el error mas indisculpable i la preocupacion mas grosera e insensata podrian envolverlo en una deshonra en que la sociedad ilustrada i el hombre juicioso jamas pueden comprenderlo. Si alguna vez el criminal logra inspirar interes; si en algun caso viene a ser objeto de una compasion respetuosa i tierna, es solo cuando. ese criminal tiene un hijo caballero. Hoi, Emilio, su padre nada puede enviarle, con nada puede contajiarlo; es solo U. quien envia i comunica a su padre, honor, grandeza i respeto, en tanta abundancia que el crimen mismo queda, por decirlo asi, respetado en aquel hombre: aun mas, ese crimen pierde en él por U. solo, parte de su fealdad, quedando en la esfera de una flaqueza digna de compasion. I cuando esto sucede, cuando U. goza tanto honor que alcanza a encubrir con él la infamia de su padre, d podría determinarse a empañar esa reputacion que el delito ajeno no puede disminuir, cometiendo U. otro delito f defendiendo en calidad de misero leguleyo a un reo insigne cómo el Mordedor? ¿ ha podido extraviar tanto a Emilio su laudable amor filial, que lo haya hecho abatir hasta el estremo de honrar a Monterilla con una visita, i de sentarse en un banco junto de los criminales?

-Si, Dr. Témis, contestó Emilio: he resuelto salvara mi padre, i trataré de salvarlo como pueda.

-Bien, Emilio; U. tiene razon ¿ pero los medios ?

-Esos le tocan a U. contestó Emilio, pues yo no he podido Hallar otros que los que estriban en salvar igualmente al Mordedor, para asegurar así el secreto; único recurso que librará á mi padre del castigo i a mi de la deshonra

-¿ I de la deshonra que entónces recaerá sobre U. mismo en cierto modo con justicia, le será dado escapar cuando el motivo que podría justificar su conducta tiene que permanecer oculto para siempre ?

-Esa deshonra, replicó Emilio, es mucho menor que la que recaerá sobre mi padre i sobre mí, si descubren sus delitos.

-Sobre U. no, Emilio; permítame que se lo repita.

-En concepto suyo puede ser, dijo este; pero la sociedad entera no es tan justa, tal vez, que pueda en este caso echar una raya entre el padre i el hijo.

-Si U. llama la sociedad al vulgo nécio i despreciable, entonces tiene razon; pero la sociedad, que lo es por excelencia el conjunto grande o pequeño de los hombres ilustrados, justos i virtuosos, no solo sabe echar esa raya, sino que tambien, haciendo un contraste del padre malo i el hijo bueno, sabe compadecer al uno i admirar al otro.

-Con todo eso, añadió Emilio, yo debo salvar a mi padre i pido para ello a U. que defienda al Mordedor.

-No, Emilio, contestó abiertamente el Dr. Témis; yo no defiendo a ese delincuente.

- ¡ Dr. Témis ! exclamó Emilio: no sabe U. cómo sufren mi corazon i mi cabeza, que me dá un golpe tan bárbaro .... por Dios! no me mate U. i salve al Mordedor.

- ¡Imposible ! Emilio; no me obligue U. a tener que repetirlo.

-No: no... no vuelva a repetirlo; en nombre de la amistad salve siquiera a mi padre.

-Tampoco! dijo el Dr. Témis conmovido.

-¿ Con quién he hablado ? Yo estói loco... Dios mio ! ¿ no defenderá U. ni aun a mi padre?

-Ni aun a su padre, contestó con entereza el Dr. Témis.

- ¡ Hombre duro e inexorable! esclamó Emilio con rabia. Mi sola esperanza.. . . ¿ qué me resta va.. . ? Si.. . dijo despues de un momento, ¡me abandona!!!

-No, Emilio, interrumpió el Dr. Tèmis: perdòneme U.

-No puedo perdonarlo: yo solo perdono a mi padre; i el que no lo perdona corno yo, es mi enemigo... .... es un malvado a quien maldeciré desde el sepulcro, i a quien mi padre maldecirá desde el patibulo. ¡Ah! Dios mio ! ¡Dios mio ! se rompió el velo de mi destino feroz... ¡ Maldicion fatal..... ! - Bien, interrumpió el Dr. Témis disponiéndose a salir para evitar las instancias de Emilio: su amistad quiere lanzarme en un cansino terrible i acaso funesto aun para U. Su situacion me confunde; siento todo cuanto U. puede sentir, i lo único que me atrevo a prometerle, Emilio, es que si he de parecer indigno ciertamente de su amistad, no volverá a verme hasta que de algun modo me haga digno del perdon.

-¡Me abandona! esclamó Emilio viendo salir al Dr. Témis: no quiere defender a ¡ni padre.... no volverá a verme.... me deja...... si. . . el pronóstico de Monterilla está cumplido. Ahora mismo, (continuó a tiempo que entraba la Cisne i Adeláida) ahora mismo siento en mi cabeza esa música a lo léjos i veo ahí a Monterilla pronosticando el abandono de Emilio... Todo quedará cumplido.. .. ¡ qué va a ser de mi ! No oiré asas esa música, blanda como el céfiro que ajita las hojas del bosque, i que yo llamaba la vida de Emilio amante; los suspiros de Adelaida. . . .

- ¡ Emilio! dijo esta acercàndose a la cama para volverlo de la enajenacion que lo invadia. Alas él prosiguió.

-Oid esa voz aguda que está diciendo ¡ |Emilio ! pero no oigais ese bajo grave i, serio que va contestando ¡ AFRENTA! Es la música a lo léjos que escuchaba D. Juan i solemnizaba. . . la pompa de mi entierro .... Es una música horrible: mandad que cese del todo.

-¡Emilio! dijo la Cisne poniéndole la mano en la frente

-¿Qué es? contestó sonriéndose.

-Que U. delira, dijo Adelaida llorosa.

-¿Deliro? No: solo sonaba que el Dr. Témis me habia abandonado.

-No, dijo Adelaida: eso seria imposible; i antes bien acaba de salir de aquí.

-¡ Adelaida! eselamó Emilio. ¿ Es imposible de veras ?

-Si, Emilio: ni el Dr. Témis ni yo lo abandonaremos nunca.

-Ni Adelaida, ni el Dr. Témis i Ah! me falta aun por sufrir la mitad de mi desgracia, . . .

-Emilio, cálmese U. que une hace padecer...

-No, Adelaida: Emilio no esperará el abandono de U. El destino encendió mientras yo soñaba, la negra tea del porvenir, que para tormento de raro mortal se enciende cada siglo. Todo lo he visto a favor de la claridad convulsa i fea de una luz estupenda. . . entre el eco lejano de una música mortuoria, i las sombras desnudas que se llaman mis recuerdos.. . . en un pavimento ensangrentado, que era el camino del crimen i bajo un cielo plomiso i frió que se llama la justicia. Monterilla me guió como un profeta del infierno que me llevaba al abismo a anunciarme la maldicion i darme allí el retrato de mi padre.

- ¡ Emilio! repetia Adelaida llorando. Mas él prosiguió:

-¡ Monterilla apagó dos piras cuyo humo negro empañaba el brillo del honor, i el rostro de una mujer!!! ¡Ya están apagadas... ! pero arden todavía en la ceniza de una carta que Emilio guardó para devolver a Adelaida....

-¿ Me ha aborrecido U. ? preguntó Adelaida con candor.

- ¡ Qué cabeza la mía ! dijo Emilio, poniéndose la mano en la frente ¡qué corazon.... ! ¡no, Adelaida! Mientras Emilio continuaba su delirio en mayor desórden, instruyendo con él a la Cisne de los pormenores de su desgracia, de Dr. Témis llegó a su casa mui ajitado, entró a su cuarto i se puso a pasear.

-¡Infeliz Emilio! esclamaba andando con la cabeza inclinada. Cuanto os dije para consolaros ha debido pareceros demasiado vago, porque siempre son vagos los consuelos de grandes pesares. Decir a la sensibilidad que no padezca, es decirle que muera: decir al corazon que sufra con valor no es consolarlo. Emilio tiene razon; mucho debe padecer, pues padezco yo tambien. . . .i lo he abandonado, porque el me proponía un delito. ¡ Profesion fatal! No puedo salvar hoy a un inocente, a un amibo desgraciado: ¿mi moral como abogado me hace inmoral como amigo? No: eso seria imposible. Sin embargo me veo precisado a abandonar a Emilio en medio de sus trabajos, ¿De qué me sirven, pues, la ciencia i el talento si es que los tengo ? c Cómo pude abrazar esta profesion si es que carezco de ellos? ¿Cómo temo la audazia de conservar un titulo que no sé manejar ? Defender la inocencia i perseguir el crimen fueron los juramentos que hize ante la leí; i ántes de prestarlos debí aprender a cumplirlos. Ofrecía Dios i prometí a la patria ser el apoyo de la justicia; i hoi la justicia no encuentra en mi nada: solo la sociedad ve un amigo vano, i mi conciencia un profesor ignorante. Allá están los criminales burlándose de la leí que los condena; aquí Emilio inocente deplora su deshonra: aquellos se rien impunes, este llora sin delito, i yo entre el uno ¡los otros no hago mas que abandonar al inocente, i perseguir en vano a los culpables. Ese abandono es ya una perfidia que no puede justificar el destello de un pensamiento que creí iba a guiarme hasta una idea recóndita i difícil: nada i he llegado a mi casa i ese pensamiento se disipo en vez de revelarme algo. Si vuelvo donde Emilio, si me muestro arrepentido i emprendo la infame defensa del Mordedor; mi papel se cambia del todo i mis juramentos quedan doblemente violados del modo mas vulgar. Si no vuelvo, mi amistad queda reducida a una palabra sin sentido; mas todavía, mi amistad será pérfida. Sinembargo: yo debo seguir persiguiendo a esos criminales.

El Dr. Témis continuó paseándose largo rato, absorto i mudo. Repentinamente se encendió sus ojos brillaron i se elevó su cabeza. Si: dijo, no puede ser de otro modo, i si fuere ¿ qué me importa un error? c qué tengo yo que ver con el hombre, cuando solo me interesan Dios i mi conciencia ? Lo haré así...mas el secreto es preciso.

Dicho esto continuó paseándose en silencio casi todo el dia, unas vezes cabizbajo i triste, otras alegre i animado. Ya se paraba recordando mil i mil hechos i circunstancias, mil i mil palabras que habia oido i aun algunas señas del imbécil Juan Cancio: ya se quedaba parado en el fondo del cuarto meditando sin ver ni oír cosa alguna. Por la noche poseido de su resolucion, determinó ponerla en planta, i tomando un papel, escribió en él i lo guardó; mas su contenido no le permitió reposar en toda la noche.

Cuando Emilio, se mejoró del acceso que presenciaron Adelaida i la Cisne, mandó que le llamasen a Santiago, quien vino poco despues, i recibió la noticia de que el Dr. Témis no se encargaba de defender al Mordedor ni a D. Adolfo, lo qué esa noche debia poner en noticia de Monterilla, rogándole al mismo tiempo escojitase algun recurso que favoreciera principalmente a D. Adolfo, i que impidiese de cualquier modo su aprehension. Santiago aceptó el encargo con esta adicion en la que solo consíderaba un verdadero sacrificio, pues sentia mucha pena al tener que hacer súplicas a un hombre tan despreciable.

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