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CAPITULO IV
SANTIAGO
Dejando D. Juan a la familia del Señor Osman, se fue para su
casa i entró a su cuarto, tropezando àntes en el corredor con
algunas maletas i otros muebles de equipaje que por todas partes
estaban esparcidos. Al poner la luz sobre la mesa de escribir no
encontraba donde colocarla, pues entre los libros i varios papeles,
se veían además, las ruanas de Santiago; una balija todavia cerrada
que parecia contener muchas rosas según su replecion, por la que sé
infería fácilmente haberse abusado mucho de su estrecha cabidad; i
otros cuantos objetos semejantes, cuya vista le trajo a la memoria
la idea de Santiago, haciéndole sentir una viva pena de no hallarlo
allí, pues en efecto no había regresado.
D. Juan por esta razon determinó pasar todavía, esperando a su
húesped, algun tiempo mas, durante él cual, no hallando en qué
entretenerse recordó que era necesario arreglar algunas de las
cosas que le habia indicado serle necesarias para presentarse
decentemente en la Ciudad, entre las que, eran las mas urjentes una
capa i un sombrero. Oportuna creyó entánces D. Juan está soledad
casual, que le permitia acicalar artificiosamente aquellos objetos,
ántes de qué Santiago los viese en el estado en que debian
encontrarse, no el mas propio, sin duda, para lisonjear la vanidad
de un jóven
Tenía costumbre D. Juan de ir arrojando debajo dé la cama los
sombreros que dejaban deservirle, no precisamente por el estrago
del tiempo, sino por terminar la moda a que pertenecían,
particularmente en la época en que su dueño había sido petimetre.
Este los sacó de allí todos esa noche, los acepilló con esmero i
aliñó lo mejor que pudó él ménos usado; pero en consecuencia
tambien, él mas antiguo, pues databa desde los días del
refinamiento modista de D. Juan. No quedó con esto todavía bien
satisfecho del sombrero, i volviendo a tomarlo i acercándolo a la
luz, le metía las mandos entre la copa i lo abría tratando de
ahormarlo a veces a lo largo, a veces a lo ancho, hasta que logró
restituirle su lejítima pero vetusta figura. Luego se ocupó en
aliñar con no ménos trabajo, una capa vieja perteneciente tambien á
una moda mui antigua; i despues de haberle, sacudido detenidamente
el polvo, tomándola por el cuello i azando el brazo frente de la
luz, se quedó contemplándola largo rato, en el que probablemente se
le atropellaron mui viejos recuerdos. Algun apóstrofe patético
dirigió Dn. Juan en aquella actitud a esta capa, si se juzga por el
aspecto jocosamente sentimental que manifestó su fisonomía, i por
el movimiento que hacia con la cabeza abriendo tamaños ojos.
No parecía Santiago aunque era ya mui tarde; por lo que D. Juan
resolvió acostarse, apesar de la inquietud que lo molestaba.
Al día siguiente, despues dé haberse levantado se asomó a la
ventana a ver si venia su huésped, suponiéndo que cualquiera que
fuese el acontecimiento que lo había obligado a pasar la noche
fuera de su casa, trataria de volver a ella temprano: en esta
confianza D. Juan demoraba el almuerzo, i el tiempo se pasaba pero
el huésped no venía.
Al cabo de mucho, cuando ya Babia abiérto mil veces la ventana
i vuelto a cerrarla, se le presentó un ajente de la policia
trayéndole una carta, D. Juan la abrió con suma inquietud i leyó lo
siguiente:
" Estoi en la cárcel, mi querido D. Juan ; i por eso no
he podido ir a noche a casa, apelar de la pena que sentía por las
molestia que involuntariamente le estaría causando. Tengo mucho que
hablarle i descose sirva venir cuanto ántes a ver si puede
conseguir que me saquen inmediatamente de aquí, Me han confundido
entre una turba de presos intolerables; i cómo segun se me ha
anunciado, debo comparecer hoi ante el juez, al que querría
presentármele en traje mas decente que el que tengo en la
actualidad, espero me haga U. el favor de proporcionàrmelo,
enviàndomelo, si es posible, con el portador, en el caso que U.
crea que es hombre de bien."
D. Juan quedó sorprendido de un lance tan imprevisto, cuya causa
no podia imajinarse; mas no logrando obtenér del ajente de la
policía ningun informe que lo instruyera, lo despidió enviando a
Santiago la encomienda del sombrero ido la capa; i lleno de
confusion hizo servir el almuerzo, que le fué bien triste, porque
ya había concebido la esperanza de tener a su mesa un amigo.
Poco despues se fué para la cárcel en la que, cuando llegó,
estaba el rastrillo ocupado del lado de afuera por una multitud de
mujeres del pueblo, guarantes, alguaciles i soldados, formando
todos un grupo tan unido i bullicioso, que no podia penetrarse. por
el lado de adentro estaban agolpados sobre los agujeros de la reja,
mas de veinte i cinco presos todos de ruana, con sendos pañuelos en
la cabeza, i hablando cada cual con alguna persona de las de fuera,
a cuyo fin todos trataban de levantar lavoz para que sus
respectivos interlocutores los comprendieran de este esfuerzo comun
de adentro i de afuera resultaba una vocinglería insoportable, como
es fácil imajinar. Con no poco trabajo se fué introduciéndo D. Juan
en aquel grupo, en el que nadie consentía dejar su puesto, i àntes
bien todos procuraban, en cuanto podian, ocupar el mas próximo a la
reja, para no desocuparlo hasta despues de mucho tiempo, Él habría
sin duda desistido de vencer tal obstáculo, si no hubiera recordado
que siéndo, como era, mui aficionado al Teatro, debia ya haber
adquirido, en la puerta donde se venden las boletas de entrada,
mucha maña para salir felizmente de una situation semejante.
Confiado, pues en el éxito de aquellos ensayos, intento con audacia
penetrar en el centro de ese grupo, en el que bien pronto se vio
envuelto, ofreciéndo un contraste gracioso, al elevarse con su
decente vestido de caballero, entre todas esas jentes ordinarias.
Veíasele ademàs sudando despues de un cuarto de hora de lucha, i de
estar percibiendo el olor inoportuno de los almuerzos groseros que
tales mujeres llevaban a sus protejidos ; pero por fin llegó a
acercarse lo bastante para ser oído de uno de los presos, al que le
suplicó llamase a Santiago: al momento empezó a resonar por el
patio de la càrcel, en alternativos gritos, el nombre de
Santiago.
Pocos instantes despues de haberse repetido muchas veces
estegrito, vió. Juan venir a Santiago embozado en su capa i
adornado con su sombrero. Luego que estuvo en la reja, que fué bien
pronto, porque desembozándose con viveza, hechó a uno i a otro lado
cuanto se le oponía al paso; le preguntó D. Juan la causa de
hallarse allí.
Hai mucho que decir en eso, repondiò Santiago; mas ¿cómo es
posible que los expongamos aquí nuestra con versacion, que
contienes retos ùnicamente comunicables a solas P. Todos se
impodrian de lo que dijéramos, i eso es mui desagradable. ¿Qué
hicieramos, pues, D. Juan? Yo quiero a todo trance hablar despacio
con U.
-Iré a ver al Alcaide, dijo D. Juan: puede ser que nos facilite
un lugar mas adecuado, donde podamos hablar con libertad. Yo
extraño que U. esté aquí, porque este patio es solo para la jente
del pueblo.
D. Juan se dirigió donde el Alcaide.
Santiago era quizá ese día, el único preso de los que estaban en
aquel patio, que iba a disfrutar del bien de hablar cómodamente con
un amigo: los demás lo envidiaban sin poder aspirar siquiera a esa
ventaja tan inocente, por lo ménos en algunos que, estando apénas
arrestados por una deuda, no se hallaban incomunicados, ni
condenados todavia como criminales. Todos ellos hubieran dado mucho
ese día por aquella capa vieja, que iba, en parte, a contribuir a
un bien tan agradable para muchos de aquellos que contemplaban la
privacion de imponerse en la cárcel de los pormenores domésticos de
su familia, no como una penalidad inherente a la prision, sino
corno una de las muchas adversidades que acarrea el vestido de la
jente del pueblo, donde siendo este todavía inculto i grosero, no
lía podido realmente ser la democràcia un hecho.
D. Juan obtuvo fácilmemte el privilegio que solicitaba, i aun se
estendió a pretender pusiesen a Santiago en la pieza en que
comunmente se pone a las personas decentes en la cárcel. El Alcaide
condescendió i hasta se disculpó manifestando que aquel señor hábia
sido llevado con ruana a la cárcel, i que despues, aunque se le vió
de capa, se tuvo temor de que esta fuese apócrifa como tantas sayas
que en dias anteriores habían suscitado en la cárcel de mujeres
graves dudas al Alcaide sobre la jerarquía de sus presas. En el
momento pues que el carcelero supo que, Santiago vestía una capa
|auténtica i que lo recomendaba D. Juan, no solo accedió a
sus súplicas, sino que le dió mil satisfacciones por su
inadvertencia: El mismo entró al patio de la cárcel, sacó
cariñosamente a Santiago, lo llevó al mejor lugar i lo dejó soló
con D. Juan.
-Bien, dijo este sentándose en un banco con Santiago; ahora si
podremos saber la causa de tan fatal novedad.
-Si, Sr: voi a referirsela. Ella depende de un acontecimiento,
que aun aquí mismo a donde me ha conducido, me atrevo a calificar
de agradable. Yo me separe de U. intencionalmente, si he de hablar
con franqueza; i no hice caso de los peligros a que me esponia,
destraviarme en la ciudad si me internaba por calles desconocidas.
Así fuè que cuando pasabamos por las gradas del àtrio o de esa
iglesia que U. me dijo se llama de San Cárlos, íbamos, se un
recordará, juntos detras de la retreta; pero yo estaba hacia rato
inquieto i curioso acerca de aquella jóven que cuando yo iba a caer
en el caño, tuvo la bondad de tenderme la mano. No sé qué seria;
mas ella siguió despues tan tímida i asustada, como amable conmigo
se mostraba su compañera, bien qué tan cautelosamente, que U. no
podía percibirlo, pues la vieja iba del otro lado, repitiendo de
tiempo en tiempo sus chistes afectuosos acerca de mi peligro,
mientras la jóven con gravedad trataba de imponerle silencio. Ya U,
vé que esto es mui agradable i de suyo tan interesante i capaz de
inquietar a cualquiera; que no es mucho me moviera la
curiosidad...
-¡Vaya, interumpió D. Juan, una cosa agradable e interesante.. .
. i Sinembargo; a U. debió parecerle así, no obstante ser eso aquí
un hecho mui comun.
-¿ De veras? d mui comun ? ¡qué felicidad!
-No tanta, amigo mío; i U. está viendo por si mismo que casi es
una desgracia.
-¡Qué! Desgracia ? No, Sr : esto no es nada. Calcule U. que
entónces fue cuando comenzó a parecerme deliciosa la retreta.
-Ya lo creo.
-Pero U. me servia de estor o; porque yo respeto demasiado la
amistad, para tomarme delante de un amigo la libertad dé decir
chicoleos ni aunque sea a, la misma Vénus, pues siempre eso ofende
la dignidad i el decoro. El sitio aquel dé las gradas de San
Cárlos, i la distraccion de U. cuando pasavamos por él, me
facilitaron realizar el proyecto de esconderme allí, de separare
por este medio de U, Haciendo venir cerca de mí aquellas dos
mujeres para hablar con ellas cómodamente. La vieja, que debía de
ser avisada; lo comprendió i con una áspereza que ala verdad me
indignó bastante, detuvo a su compañera, a la que me diriji desde
luego i con la que bien pronto me quedé solo, pues la otra se fué
mui enfadada no sé por qué razon; pero lo cierto es que yo lo
celebré infinito. La jóven se cubrià tan cuidadosamente con su
mantilla, que no me era posible distinguir bien sus facciones, lo
que yo deseaba vivamente. Sinembargo, luego que pasó toda la jente,
tomándole la mano le pregunté quien era, donde vivía, si me conocía
i era bonita.. qué sé yo que mas le pregunté, porque aquel fué un
interrogatorio de tonto; pera si recuerdo me dijo que no me
conocía; ni queria conocer- me, ni que yo la conociese; mas, me
decía esto con una voz tan triste, tan alterada i tan dulce, que
mas i mas me interesaba por pila. Ale parece que una de las cosas
que le dije, fué que, segun veía, la habían dejado sola, i que yo
queria acompañarla si ella lo tenia a bien. -Como U. guste, Sr. me
contestó fríamente. -Con mucho placer, Señorita, le dije, acepto
este honor, ...-Jesus! interrumpio ella; se burla U. de mi i :
|¡ Serorita ! ¡ honor ! i qué palabras.... ! i el llanto en
que prorrumpió al momento, no bien reprimido, apénas le permitió
continuar diciéndome que esas eran palabras bellas, pero que la
afrentaban no obstante que ella no tenia la culpa. Esto me dejó
conocer que yo en efecto no sabia con quien hablaba: sospeche
entónces que aquella era una mujer comun; pero comun o no, ni por
esto descendió enteramente el interes que me inspiraba.
-¡Cosa orijinal! esclamó D. Juan : miren que interesé...!
-¿ I cómo no? ¿ Conozco yo acaso los trajes que en esta ciudad
distinguen lás jerarquías? I aunque los conociera por vivir aqui o
haber venido otra veces, siempre ese interes habría existido,
porque yo me intereso fácilmente; i sobre todo aquella mujer no es
una mujer tan vulgar. Ahora verá U. cuando volví a decirte; despues
de estoi empezando a tutearla para correjir así mi error, que
tendria mucho gusto en acompañarla a su casa, observé que
igualmente le enfadaba mi familiaridad que mi respeto; pues
repitiendo mis últimas palabras con un acento amargo, pasado un
momento de reflexion me dijo: perdone U.; no se sorprenda de mi
estravagancia; discúlpeme, mas bien: soi una mujer colocada en la
triste posicion de que todo tratamiento me repugne, i de tener que
acostumbrarme sinembargo, a alguno. No tengo derecho al respeto, i
por lo mismo no debo aceptarlo; aun no creo merecer el desprecio, i
por tanto me ofende su lenguaje. -Para salir de esta dificultad
volví a tratarla de usted sin mas adornos; i bajando las gradas del
altozano, le ofrecí el brazo para llevarla a su casa : ella lo
rehusó; yo no insistí,, porque esto fue lo que me pareció mas
prudente en un galanteo en que iba observando que yo era un
verdadero palurdo, i que estaba por recibir la primera leccion. Así
se lo manifesté a ella para, que me fuese disculpando desde el
principio; pero añadí que si no sabia galantear si sabía por lo
menos amar de buena fé. Entónces con una sonrisa celestial me
contestó con cierto énfasis diciendo : señor; desde mui temprano he
sabido conocer cuanto es preferible un hombre que ignora el pérfido
lenguaje de la galantería, pero que siente por una mujer un amor
verdadero; al que es incapaz de amar i solo sabe decir palabras
falsas que esta cansado de oír el vulgo galante.
-¿Qué mujer era esa ? preguntó D. Juan interrumpiendo a
Santiago. Esos conceptos le dan cuando mènos un aspecto bastante
misterioso.
-Si, Sr : por eso he dicho desde el principio que yo me
interesaba... Mas no es esto todo: nosotros habiamos tomado por el
lado opuesto al que seguia la música, i llegamos a una calle que
era la última por ese camino, i donde no se veía persona alguna.
Salimos de la ciudad i tomarnos por una colina en la que todavía
hacían calle algunas chozas i cercas de piedra o de madera i uno
que otro grupo de árboles. Ambos nos sentimos cansados, porque son
mui pendientes las calles por donde habiamos subido: al lacio
derecho había unas piedras que podían servirnos de asiento,
respaldadas por los gruesos troncos de unos àrboles que parecían
mui apacibles. Nos sentamos allí; i ya por la libertad que ofrecía
aquel sitio tan solitario, ya por lo fatigada que estaba mi
compañera, pude ver sus facciones en cuanto lo permitían la
serenidad de la noche, por una parte, i por otra, la jóven misma
dejando flotar libremente la manilla a merced del aire que soplaba
con blandura : pareciome entónces admirablemete hermosa. Quitándose
luego el sombrero i poniéndolo desdeñosamente en el suelo, suspiró
con angustia: yo tambien suspiré poseído del arrebato que debia
causar aquel sitio delicioso, al lado de una mujer a quien yo veía
tan bella i que parecía tambien tan desgraciada, por cuyo motivo es
escusado advertir que yo la trataba con respeta haciéndole
solamente una compañía de caballero. Sinembargo le hablaba de amor,
pero lo hacia como si fuera a una princesa, porque yo tal sentía
como que la adoraba; mas era una cosa que parecía no hacer èco en
el corazon que me movia. No obstante hubo un momento en que sentí
cierta especie de felicidad que me hizo tomar entre mis manos
aquella mano pequeñita i suave, que en el acto sacudiéndose de
entre las mias, parece que fue a enjugar las lágrimas de ese
momento. Ella se mostraba como si no hiciese el menor caso de mis
palabras; i sus làbios no se abrían. Al fin le pregunté por qué no
me respondia, por qué no me consideraba como a un amante, Como aun
amante! exclamó: i las lágrimas volvieron a correr mientras ella me
miraba con una espresion que me advertía de que estas palabras
tambien habian sido crueles. No sé qué cosa me condenaba ano poder
hablar con aquella mujer sin ofenderla, no obstante desear solo
decirle palabras lisonjeras. Yo estaba, con todo, un poco
enajenado; de suerte que en un rapto de entusiasmo sentí latir su
corazon bajo mi mano; pero afanada ella entonces, se levantó, se
puso su sombrero i marchó aceleradamente; yo la seguir i lo
admirable es que en aquel terreno tan desconocido para mí i tan
desigual, no pudo ganarme apesar de su rara ajilidad. Marcho
despues por una vereda, que en aquella hora inspiraria terror a
quien no fuese acompañando a una mujer hermosa; seguimos luego a la
orilla de un vallado: pasamos un puentecillo peligroso i medio
destruido, i llegando a una cerca de madera, mi guía se internó por
entre unos árboles: yo la seguí siempre.
-¿ I cómo pensaba U. salir de ese laberinto? le preguntó Dn.
Juana
-Yo no pensaba entonces; ni podia imajinarme que ese trabajo
habia de ahorrármelo, nada ménos que un cuerpo de policia; porque
luego que llegamos a una especie de solar, donde se veían unas
casas de paja que hacían cuadro encerrando un patio pequeño,
entramos en él: alli observé, con no poca desconfianza un caballo
ensillado, por lo qué, manifestando mis temores a mi compañera, me
dijo: no tenga U. cuidado, que este es seguramente el caballo de mi
protector. ¡ O! ¿ conque tiene U., le dije, un protector?-Si,
respondió: un protector, i ademas una protectora: de ella son estos
zapatos; de ella es tambien este camison, de ella son la mantilla i
el sombrero, i hasta yo misma soi de ella, añadió llorando con
desesperacion i sentándose junto a la puerta de una de las casitas.
Yo me puse a desatar el cordel que anudado formaba. toda la
cerradura de la puerta, durante lo cual, aquella mujer misteriosa,
apretándose la cabeza con ambas manos, parecia sobrecojida de algun
acceso nervioso, pues temblaba i lloraba con una notable angustia.
Pero ántes de que yo acabase de abrir, ella se paró aceleradamente
i con acento de afan i de alegría, me dijo: doi a U. las gracias
por su compañía; pero huya U. pronto; váyase ahora mismo.-I ella
por su parte salió corriendo i se ocultó entre los árboles: Yo
sorprendido volví la vista a todas partes, quedando mui vacilante
al ver salir de tras de la casa un hombre excesivamente alto, con
una ruana larga i un sombrero mui estendido que le cubría la cara:
quise irme, mas al volverme vi por el lado de la entrada muchos
jendarmes armados, formando un círculo que se estrechaba a toda
prisa i nos dejaba en el centro al del sombrero i a mi. En un
instante nos cojieron i nos trajeron a la carcel.
Suficientemente instruido Dn. Juan por esta relacion de la
coincidencia que había dado lugar a la prision de su amigo, le
refirió por su parte el robo cometido la noche anterior en casa del
Sr. Osman, manifestandole igualmente que el denuncio dado por él
mismo en virtud de haber reconocido al Mordedor como uno de los
ladrones, era precisamente el que habia hecho ir allí a la policía
i asegurado la pesquisa, que por equivocacion recayó tambien sobre
Santiago en vez de recaer sobre el compañero del Mordedor.
Santiago que hasta entonces ignoraba el delito en que lo
complicaban, i que ni siquiera había podido sospechar fuese por
algun delito que se hallaba en la carcel, sintió una afliccion
horrible al saber el infame robo en que sele suponia autor o
cómplice. Es pensamiento comen que semejante imputation, por
calumniosa que sea, lleva siempre consigo cierto grado de deshonra;
pues el robo es uno de aquellos hechos tan indignos i vergonzosos,
que la vileza de cometerlos se estiende hasta cierto punto a cuanto
puede dar lugar, aunque inocente en sí mismo, a la sospecha de
haberlos cometido o de ir a cometerlos; i el sindicado una vez de
tal crimen que. da quiza para siempre como esos manjares que se
dicen en venerados, que esténlo o nó en realidad, basta la duda
para que todos los vean con recelo Santiago no ignoraba nada de
esto i por lo mismo conocía cuan grande era la desgracia de haber
llegado a un caso en que la sociedad desconfiada exijiera le
probase que él no era un ladron. La conformidad, pues, que hasta
allí lo había acompañado en su prision, i la jovialidad natural de
su carácter, lo abandonaron inmediata, mente; i la pena i la
desesperacion se apoderaron de èl, apezar de las reflexiones de Dn,
Juan, que lo consolaba haciendole ver no eran tan ciegas la
crueldad i preocupacion de los hombres, que en el instante que
estos se persuadiesen de haber sido llevado a la cárcel por una
equivocation, no dejasen de hacerlo objeto de una desconfianza tan
injusta. Santiago se consoló algun tanto al fin; pero nuevamente
volvió a aflijirse recordando que se le había aprehendido en la
propia guarida de los criminales, i junto con ellos; viniendo a ser
por tanto, casi imposible que no fuera víctima de sospechas al
parecer fundas. El no era conocido, jamas había estado en Bogotá, i
el primer suceso que iba a presentarlo ante las jentes era un robo
en el que se le atribuía complicidad: esto sin contar con lo
vergonzosa que era en sí misma la justification; esa justifcation
que consistía en hechos que no se había atrevido a revelar en
presencia de los criminales de la cárcel, i que de ningun modo
pensaba tampoco referir en presencia del juez.
Sobre todo esto hablaron largamente Santiago i Dn. Juan, quien
en vano trataba de moderarlas aprehenciones de su amigo, que con
gran tenacidad rebatió cuan o podía alegarle para consolarlo.
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