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CAPITULO V
LA FALSIFICACION
EN EL MOMENTO que Emilio salió de la junta, esta procedió a
discutir rápidamente las proposiciones de Soliman acerca de su
proyecto, i con relacion a la carta i a Veratrina; proposiciones ya
mejor determinadas i mas claras, cuya convinacion tuvo tiempo de
meditar durante la audiencia de Emilio. Asi fué que pocos momentos
despues de quedarse solos, Oropimente ocupando el asiento
presidencial, se puso a falsificar la carta de la Cisne; i
Monterilla poniéndose la capa i tomando su farol, salió
aceleradamente advirtiendo a sus dos colégas lo esperasen para
continuar, segun el éxito de su dilijencia, la discusion
pendiente.
Monterilla andaba tan aprisa por la calle, que en un instante se
puso en la casa del Capellan, subió la escalera i se presentó en la
pieza, donde halló a este paseándose con el breviario en la mano i
vestido con un capote de paño negro. No bastó la presencia de
Monterilla para que el sacerdote interrumpiese, pues haciéndole una
sena, le mandó que lo esperase en el corredor mientras acababa el
oficio.
No era inútil a Monterilla este breve plazo que debia servirle
para perfeccionar mejor su ensayo, i no improvisar con demasiada
prontitud, las bases de un proyecto que apénas se acababa de
concebir i no dejaba de tener su lado grave i delicado, aunque en
sí no fuera peligroso ni pudiera comprometerlo sériamente.
El Capellan por fin abrió la puerta, mandó entrar a Monterilla i
le ofreció asiento.
- ¿ Alguna confesion ? preguntó en seguida.
-No, Sr: es una noticia mui importante que traigo al Sr, Dr. à
quien desde el principio he tenido muchos deseos de servir; i por
eso he aprovechado esta ocasion para darle un aviso que, segun
entiendo, puede interesarle mui particularmente.
-¡ Gracias amigo! Siento, sinembargo que U. se moleste por mi.
Sírvase, pues decirme cuál es ese aviso.
- Por un milagro del Sr. Dr. ha parecido la Señorita que tanto
buscaban U. i el difunto D. Mateo, i cuya solicitud costó à este la
vida, i al Sr. Capellan algunas molestias.
-¿Luego no habia parecido ? preguntó el Capellan admirado.-No,
Sr: la que pareció fué otra á quien buscaba la Daifa, i que como U.
sabe, es una muchacha detestable que seguramente pretendió
aprovecharse de la solicitud de D. Mateo; cosa que es mui comun
aqui entre esa clase dc jente. Calcule el Sr. Dr. para qué queria
D. Mateo semejante alhaja, cuando lo que él buscaba con empeño
estraordinario, i á fé que tenia razon, es una niña tan honrada i
tan santa, que Ù. apénas puede tener idea.
-¡Cuánto bendigo al cielo, dijo el Capellan, cuando sé que hai
una niña santa ! ¡Dios quiera que U. diga verdad!
-¡Oh ! de eso no le quede à U. la menor duda: yo acabo de
encontrarla en una chocita...
-¡Vaya! interrumpió el Capellan: entónces no es una señora.
-¡Oh! esclamó Monterilla; i de lo primero en sangre i en
belleza. Pero permitame el Sr. Capellan, que continuo la velacion
de mi descubrimiento.
-Mui bien, amigo mio.
-Pues Sr: acabo de hallar a la señorita en la casa de unos
pobres, donde se refujió para escapar de las seducciones de un Sr.
Emilio que dió en perseguirla porque la veía tan pobre en casa de
una Señora que vivia por Ejipto.
-¿I cómo sabe U. que esa jóven era la que buscaba D. Mateo?
-Ahora verá el Sr. Dr. lo que es la casualidad, ó mas bien lo
que pueden las oraciones de un santo sacerdote. Yo iba esta noche
para mi casa sin pensar en nada de esto, cuando habiéndose apagado
la luz de mi farol, me acerqué á una chocita para reponerla. Desde
la puerta en que me detuve alcancé á ver una joven de rodillas, ha
cien do oracion con los brazos abiertos i la cabeza inclinada, que
tal parecia una santa, con su corbata de seda i su vestidura de
merino.
-¡Pobrecita! esclamó el Capellan.
-Estaba, Sr., postrada al frente de un altarcito tan humilde que
solo lo adornaban cuatro vitelitas. Tanto fué, Sr. Dr. lo que este
espectáculo me tocó al corazon, que quedé mas compunjido que un san
Jerónimo, i no pude precindir de preguntar quién era ese ànjel. Es
la Señorita Veratrina, me dijeron, que asi como U. la ve, pasa la
noche hasta las diéz o las once i se acuesta despees sobre una
tarima, sin poner siquiera una almohada ni un jergon para disminuir
el rigor de su penitencia. ¿I de qué familia es, pregunté. Es una
parienta lejana del difunto D. Mateo, me respondieron. Al instante
trajea la memoria la recomendacion de este Sr. Para que le
ayudásemos a buscar aquella niña, i resolví aguardar allí, hasta
ahora poco que acabó su oracion, con cl fin de preguntarle yo
mismo, como en efecto lo he hecho: ella me ha referido su historia
que en breves palabras es esta. Despues que quedó huérfana de padre
i madre, D. Mateo la protejia en secreto, como es natural a la
verdadera caridad, i la habia colocado en casa de una señora mui
santa, donde se, practicaba la oracion en suma pobreza. Ese Sr.
Emilio se enamoró de la jóven i empezó a perseguirla, de modo que
la señora tuvo que esconderla en la casita de que he hablado; mas
como no hubo tiempo de que D. Mateo supiera donde quedaba el
escondite, pues la señora murió de repente, empezó a volverse loco
por Veratrina, hasta que le costó la vida su inútil dilijencia. La
niña no ha vuelto a salir n¡ un momento i está en estremo abatida.
Mas no es esto solo: me ha dicho, tambien que D. Mateo mientras
vivia, siempre le hacia la advertencia de que cuando él muriera
dejaria a un amigo suyo, que se llama D. Salvador, recomendado para
que le diese algo de semana. Yo que conozco mucho por fortuna a D.
Salvador, caballero anciano mui relijioso i timorato, vengo ahora
mismo de hablarle, con lo que le he proporcionado un gran placer,
en cuya virtud marchó al instante a ver a Veratrina, mandándome que
entre tanto viniese a que U. nos aconsejara, donde seria bueno
colocarla mientras entra a las monjas; i a rogarle que de todos
modos se haga cargo de dirijir su conciencia.
-Vea U.,dijo el Capellan, qué circunstancias tan diferentes de
las de aquella otra mujer, que bien conocí yo desde el principio,
se proponía engañarnos.
-¡Imposible! i aquí está la prueba: yo me dejè engañar entónces
por un momento, i si no hubiera tenido el honor de oír al Sr.
Capellan, i de ser amibo de la Daifa, todavía estuviera equivocado,
sin hacerme cargo de la diferencia de circunstancias. Aquella
aparecía como leñadora, porque no era mas que una vagabunda, una
mujer criada para el servicio doméstico, pero que salió tan amiga
de los hombres, que continuamente se está fugando. ¿Qué interes
habia de tener por ella D. Alatco ? ¿ seria él capaz de llevar al
lado de la señorita Beatriz una prenda semejante? Veratrina si que
si U. la ve, es la misma virtud i no piensa sino en las monjas ni
estima otra cosa que a los santos ministros del altar. Es beata de
las mercedes.....
-Está visto que es una señorita virtuosa, dijo el Capéllan. Ale
parece, que con un buen director vendrá a ser al fin una esposa de
Jesucristo.
-Sin remedio, repuso Monterilla, siempre que el Sr. Capellan se
encargue de confesarla.
-Con mucho gusto si fuere Señora de calidad: así es que mañana
nos veremos i pensaremos lo mas conveniente. Entretanto esta noche
la encomendaré a Dios i le pedirè me ilumine lo que debe hacerse en
el caso.
-Sinembargo, replicó Monterilla, levantándose para irse, yo
ruego al Sr. Doctor nos proporcione una casa, asi como la de Doña
Gonzaga, para colocar a Veratrina.
-Puede ser, contestó el Capellan.
-Pero es de advertir, repuso Monterilla, que este es
precisamente el objeto urjente de D. Salvador: como no tiene donde
colocar inmediatamente a aquella niña, será preciso pase esta noche
donde esta, pero mañana debe ser puesta en una casa honrada. Se
quiere que esta sea la de Doña Gonzaga, por varias razones, i
principalmente porque asi lo desea Veratrina; mas si mui temprano
no está arreglado el asunto en estos habrá que llevarla a otra
parte, i Doña Gonzaga perderá la utilidad de la pension que debe
cubrir D. Salvador.
-Evite U. eso, Sr. Monterilla, i no olvide que aquella familia
está mui necesitada. Yo madrugaré a interesarme con ella, i creo
que accederán al momento ; pues estando Doña Gonzaga un poco mejor,
se necesita tratar de que Beatriz entre al convento, i no seria
malo que entónces lo quedase a la pobre Señora, en lugar de
Beatriz, el consuelo de Veratrina.
-Mas esta tambien va a entrar a las monjas inui pronto, replicó
Monterilla : esos son precisamente sus deseos, los de D. Salvador i
los míos.
-Tanto mejor; con eso Beatriz se animará, i puede que entren el
mismo día i al mismo convento.
- ¡ Oh! Eso seria mui bonito, dijo Monterilla; ver a las dos
niñas....
-Ciertamente, interrumpió el Capellan con una sonrisa de ternura
i ese espectáculo seria mui bello.
-Procuremos, procuremos, dijo Monterilla, que se realize tan
hermoso cuadro. Mañana mismo tendrá U. en su confesonario a
Veratrina; de allí se irá con Beatriz, pues . les mandará que se
vayan juntas, i despues irá a arreglar el asunto, continuando con
esas dos bellas hijas hasta que las envíe al cielo por el claustro
que les guste mas, que sin duda será el mas oscuro.
-Mui bien, dijo el Capellan, recibièndo la mano de Monterilla,
quien mui contento se fué a dar cuenta a la juanta del estado en
que quedaba el proyecto acordado para establecer a Veratrina con
Santiago.
Ya Oropimente había acabado de falsificarla carta i esperaba a
Monterilla, entreteniéndose en conversar con Soliman. -Es un tesoro
de necedad nuestro Capellan, dijo Monterilla poniendo el farol
sobre la mesa. Las cosas marchan tan bien, que por mal que nos
vaya, estói seguro de que a lo menos recobraremos a la Cisne.
-Ese padre, dijo Soliman, es digno de todo mi aprecio, i voy a
elejirlo por mi confesor. ¿ Qué dijo cae la historia,¿mui
persuadido quedó
-Perfectamente : a la hora cae esta el, clerizonte está
encomendando a Dios a la bella Veratrina, de tal modo que temo no
vaya a echarla a pique su oracion, i deje de servirnos en el
asunto. Mas, ¿ qué hai de la carta ? r ya está redactada ?
-Al gusto de Soliman, contestó Oropimente acercàndose con ella
al candil, para leérsela a Monterilla.
-Vamos a ver, dijo este sentándose en su silla, i recostándose
sobre la mesa, en actitud de profunda atencion : lea U. "
Caballero"
" Estói en la habitacion de Monterilla a quien aguardo
llena de temor, para oír las reconvenciones formidables de sus
celos. Probablemente moriré a sus manos esta noche, porque es un
hombre feroz cuando se cree ofendido como amante. Mas no quiero
llevar al sepulcro uno de los remordimientos mas amargos que he
esperimentado en mi vida, i el mas tenaz de los muchos que me han
causado mi flaqueza i mis estravíos. He sido mui mala; pero quiero
practicar alguna accion virtuosa, siquiera al tiempo de morir, para
que Dios me perdone, al ver que mi muerte hace tal vez la felicidad
de dos seres a quienes con mucha perversidad he robado una parte de
su dicha. Quiero pedir a U. perdon del mal que le he causado i quo
U. mismo ignora, como se ignoran con frecuencia por el calumniado
las calumnias que lo deshonran.
"Cuando U. apareció en Bogotá por primera vez, inspiró
en el alma inocente de Veratrina, Señorita que U. quizá no conoce,
una rara pasion que en vano intentaba combatir. Yo lo supe, i me
propuse por malignidad perjudicarlos a ambos, arrebatándole a U. un
corazon demasiado virtuoso para que no fuese el objeto de mi ódio i
de mi envidia, haciendo para ello creer a Veratrina que U. era uno
de los ladrones del Sr. Osman. Ella recibió con horror semejante
desengaño i se propuso al momento retirarse a un claustro i
sepultarse para siempre en una vida indigna de su belleza i de sus
gracias. Pero ahora que Voi a morir, deseo evitar ese mal,
escribiendo a ambos la verdad, para que me perdonen como se lo
ruego. Si, caballero; he sido mui mala i mui hipócrita, i será para
U. I Veratrina una gran fortuna que yo muera; porque ciertamente,
si logro escapar, no verán UU. estas cartas que estói escribiendo,
pues me interesa demasiado pasar por virtuosa mientras exista,
porque soi mui débil i no puedo soportar ni la miseria ni el
desprecio. Escribo esta verdad, a fin de que no me compadezcan
despues de muerta, i de que sepa U. que una mujer que como yo lo
amaba i no se ve correspondida, es preciso que muera para que el
ingrato se libre de sus venganzas."
-No está mala, dijo Monterilla ; pero yo la esperaba mejor.
-Así la quiso Soliman, replicó Oropimente.
-Si; porque así conviene, i el principal interesado en el asunto
soi yo solo.
-Nada de eso, replicó Monterilla : a fé que a mi me interesa mas
quizá que a UU., porque esa carta influye mucho para que la Cisne
vuelva a mi poder en cierto caso.
-¿ Qué caso ? preguntó Soliman.
-El de que no se logre que el Doctor Témis defienda al
Mordedor.
-¿ Cómo así?
-Vean UU. Yo entónces le digo a Emilio que su padre no puede
salvarse, sino a condicion de que la Cisne vuelva a poder de la
Daifa.
-¡ Buena idea! esclamó Oropimente.
-No hai duda, contestó Monterilla. Cuando Emilio vea que el
Mordedor es condenado, yo le digo que ya he aprisionado a D.
Adolfo, i voi a entregarlo a la justicia con las pruebas de sus
crimenes : le recordaré que la pena que debe imponerse a su padre,
es la de muerte; i él entónces sin vacilar, por sí mismo traerá a
la Cisne como se lo pronostiqué; pues esta muchacha no le interesa
particularmente, i ningun mal verdadero va a sufrir en casa de la
Daifa.
-Eso es exacto, dijo Oropimente; pero conviene mucho la reserva.
I es tanto mas seguro, cuanto que Santiago i los demas,
desengañados con la carta falsa, ayudarán en el mismo sentido.
-Sin remedio, repuso Monterilla. Cuando Emilio i la familia del
Sr. Osman sepan quién es la Cisne, segun esta carta que ella de
ningun modo puede desmentir, la arrojarán de la casa, aunque no se
les ofrezca el interes de salvar con su restitucion a D. Adolfo i a
Emilio.
-Esta noche ha sido mui feliz, dijo Soliman. Pero es bien tarde
i debemos recojernos, para madrugar a trabajar.
Con esto se retiraron, llevándose Soliman la carta falsa i
Oropimente la verdadera.
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