INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO V
LA FALSIFICACION

EN EL MOMENTO que Emilio salió de la junta, esta procedió a discutir rápidamente las proposiciones de Soliman acerca de su proyecto, i con relacion a la carta i a Veratrina; proposiciones ya mejor determinadas i mas claras, cuya convinacion tuvo tiempo de meditar durante la audiencia de Emilio. Asi fué que pocos momentos despues de quedarse solos, Oropimente ocupando el asiento presidencial, se puso a falsificar la carta de la Cisne; i Monterilla poniéndose la capa i tomando su farol, salió aceleradamente advirtiendo a sus dos colégas lo esperasen para continuar, segun el éxito de su dilijencia, la discusion pendiente.

Monterilla andaba tan aprisa por la calle, que en un instante se puso en la casa del Capellan, subió la escalera i se presentó en la pieza, donde halló a este paseándose con el breviario en la mano i vestido con un capote de paño negro. No bastó la presencia de Monterilla para que el sacerdote interrumpiese, pues haciéndole una sena, le mandó que lo esperase en el corredor mientras acababa el oficio.

No era inútil a Monterilla este breve plazo que debia servirle para perfeccionar mejor su ensayo, i no improvisar con demasiada prontitud, las bases de un proyecto que apénas se acababa de concebir i no dejaba de tener su lado grave i delicado, aunque en sí no fuera peligroso ni pudiera comprometerlo sériamente.

El Capellan por fin abrió la puerta, mandó entrar a Monterilla i le ofreció asiento.

- ¿ Alguna confesion ? preguntó en seguida.

-No, Sr: es una noticia mui importante que traigo al Sr, Dr. à quien desde el principio he tenido muchos deseos de servir; i por eso he aprovechado esta ocasion para darle un aviso que, segun entiendo, puede interesarle mui particularmente.

-¡ Gracias amigo! Siento, sinembargo que U. se moleste por mi. Sírvase, pues decirme cuál es ese aviso.

- Por un milagro del Sr. Dr. ha parecido la Señorita que tanto buscaban U. i el difunto D. Mateo, i cuya solicitud costó à este la vida, i al Sr. Capellan algunas molestias.

-¿Luego no habia parecido ? preguntó el Capellan admirado.-No, Sr: la que pareció fué otra á quien buscaba la Daifa, i que como U. sabe, es una muchacha detestable que seguramente pretendió aprovecharse de la solicitud de D. Mateo; cosa que es mui comun aqui entre esa clase dc jente. Calcule el Sr. Dr. para qué queria D. Mateo semejante alhaja, cuando lo que él buscaba con empeño estraordinario, i á fé que tenia razon, es una niña tan honrada i tan santa, que Ù. apénas puede tener idea.

-¡Cuánto bendigo al cielo, dijo el Capellan, cuando sé que hai una niña santa ! ¡Dios quiera que U. diga verdad!

-¡Oh ! de eso no le quede à U. la menor duda: yo acabo de encontrarla en una chocita...

-¡Vaya! interrumpió el Capellan: entónces no es una señora.

-¡Oh! esclamó Monterilla; i de lo primero en sangre i en belleza. Pero permitame el Sr. Capellan, que continuo la velacion de mi descubrimiento.

-Mui bien, amigo mio.

-Pues Sr: acabo de hallar a la señorita en la casa de unos pobres, donde se refujió para escapar de las seducciones de un Sr. Emilio que dió en perseguirla porque la veía tan pobre en casa de una Señora que vivia por Ejipto.

-¿I cómo sabe U. que esa jóven era la que buscaba D. Mateo?

-Ahora verá el Sr. Dr. lo que es la casualidad, ó mas bien lo que pueden las oraciones de un santo sacerdote. Yo iba esta noche para mi casa sin pensar en nada de esto, cuando habiéndose apagado la luz de mi farol, me acerqué á una chocita para reponerla. Desde la puerta en que me detuve alcancé á ver una joven de rodillas, ha cien do oracion con los brazos abiertos i la cabeza inclinada, que tal parecia una santa, con su corbata de seda i su vestidura de merino.

-¡Pobrecita! esclamó el Capellan.

-Estaba, Sr., postrada al frente de un altarcito tan humilde que solo lo adornaban cuatro vitelitas. Tanto fué, Sr. Dr. lo que este espectáculo me tocó al corazon, que quedé mas compunjido que un san Jerónimo, i no pude precindir de preguntar quién era ese ànjel. Es la Señorita Veratrina, me dijeron, que asi como U. la ve, pasa la noche hasta las diéz o las once i se acuesta despees sobre una tarima, sin poner siquiera una almohada ni un jergon para disminuir el rigor de su penitencia. ¿I de qué familia es, pregunté. Es una parienta lejana del difunto D. Mateo, me respondieron. Al instante trajea la memoria la recomendacion de este Sr. Para que le ayudásemos a buscar aquella niña, i resolví aguardar allí, hasta ahora poco que acabó su oracion, con cl fin de preguntarle yo mismo, como en efecto lo he hecho: ella me ha referido su historia que en breves palabras es esta. Despues que quedó huérfana de padre i madre, D. Mateo la protejia en secreto, como es natural a la verdadera caridad, i la habia colocado en casa de una señora mui santa, donde se, practicaba la oracion en suma pobreza. Ese Sr. Emilio se enamoró de la jóven i empezó a perseguirla, de modo que la señora tuvo que esconderla en la casita de que he hablado; mas como no hubo tiempo de que D. Mateo supiera donde quedaba el escondite, pues la señora murió de repente, empezó a volverse loco por Veratrina, hasta que le costó la vida su inútil dilijencia. La niña no ha vuelto a salir n¡ un momento i está en estremo abatida. Mas no es esto solo: me ha dicho, tambien que D. Mateo mientras vivia, siempre le hacia la advertencia de que cuando él muriera dejaria a un amigo suyo, que se llama D. Salvador, recomendado para que le diese algo de semana. Yo que conozco mucho por fortuna a D. Salvador, caballero anciano mui relijioso i timorato, vengo ahora mismo de hablarle, con lo que le he proporcionado un gran placer, en cuya virtud marchó al instante a ver a Veratrina, mandándome que entre tanto viniese a que U. nos aconsejara, donde seria bueno colocarla mientras entra a las monjas; i a rogarle que de todos modos se haga cargo de dirijir su conciencia.

-Vea U.,dijo el Capellan, qué circunstancias tan diferentes de las de aquella otra mujer, que bien conocí yo desde el principio, se proponía engañarnos.

-¡Imposible! i aquí está la prueba: yo me dejè engañar entónces por un momento, i si no hubiera tenido el honor de oír al Sr. Capellan, i de ser amibo de la Daifa, todavía estuviera equivocado, sin hacerme cargo de la diferencia de circunstancias. Aquella aparecía como leñadora, porque no era mas que una vagabunda, una mujer criada para el servicio doméstico, pero que salió tan amiga de los hombres, que continuamente se está fugando. ¿Qué interes habia de tener por ella D. Alatco ? ¿ seria él capaz de llevar al lado de la señorita Beatriz una prenda semejante? Veratrina si que si U. la ve, es la misma virtud i no piensa sino en las monjas ni estima otra cosa que a los santos ministros del altar. Es beata de las mercedes.....

-Está visto que es una señorita virtuosa, dijo el Capéllan. Ale parece, que con un buen director vendrá a ser al fin una esposa de Jesucristo.

-Sin remedio, repuso Monterilla, siempre que el Sr. Capellan se encargue de confesarla.

-Con mucho gusto si fuere Señora de calidad: así es que mañana nos veremos i pensaremos lo mas conveniente. Entretanto esta noche la encomendaré a Dios i le pedirè me ilumine lo que debe hacerse en el caso.

-Sinembargo, replicó Monterilla, levantándose para irse, yo ruego al Sr. Doctor nos proporcione una casa, asi como la de Doña Gonzaga, para colocar a Veratrina.

-Puede ser, contestó el Capellan.

-Pero es de advertir, repuso Monterilla, que este es precisamente el objeto urjente de D. Salvador: como no tiene donde colocar inmediatamente a aquella niña, será preciso pase esta noche donde esta, pero mañana debe ser puesta en una casa honrada. Se quiere que esta sea la de Doña Gonzaga, por varias razones, i principalmente porque asi lo desea Veratrina; mas si mui temprano no está arreglado el asunto en estos habrá que llevarla a otra parte, i Doña Gonzaga perderá la utilidad de la pension que debe cubrir D. Salvador.

-Evite U. eso, Sr. Monterilla, i no olvide que aquella familia está mui necesitada. Yo madrugaré a interesarme con ella, i creo que accederán al momento ; pues estando Doña Gonzaga un poco mejor, se necesita tratar de que Beatriz entre al convento, i no seria malo que entónces lo quedase a la pobre Señora, en lugar de Beatriz, el consuelo de Veratrina.

-Mas esta tambien va a entrar a las monjas inui pronto, replicó Monterilla : esos son precisamente sus deseos, los de D. Salvador i los míos.

-Tanto mejor; con eso Beatriz se animará, i puede que entren el mismo día i al mismo convento.

- ¡ Oh! Eso seria mui bonito, dijo Monterilla; ver a las dos niñas....

-Ciertamente, interrumpió el Capellan con una sonrisa de ternura i ese espectáculo seria mui bello.

-Procuremos, procuremos, dijo Monterilla, que se realize tan hermoso cuadro. Mañana mismo tendrá U. en su confesonario a Veratrina; de allí se irá con Beatriz, pues . les mandará que se vayan juntas, i despues irá a arreglar el asunto, continuando con esas dos bellas hijas hasta que las envíe al cielo por el claustro que les guste mas, que sin duda será el mas oscuro.

-Mui bien, dijo el Capellan, recibièndo la mano de Monterilla, quien mui contento se fué a dar cuenta a la juanta del estado en que quedaba el proyecto acordado para establecer a Veratrina con Santiago.

Ya Oropimente había acabado de falsificarla carta i esperaba a Monterilla, entreteniéndose en conversar con Soliman. -Es un tesoro de necedad nuestro Capellan, dijo Monterilla poniendo el farol sobre la mesa. Las cosas marchan tan bien, que por mal que nos vaya, estói seguro de que a lo menos recobraremos a la Cisne.

-Ese padre, dijo Soliman, es digno de todo mi aprecio, i voy a elejirlo por mi confesor. ¿ Qué dijo cae la historia,¿mui persuadido quedó

-Perfectamente : a la hora cae esta el, clerizonte está encomendando a Dios a la bella Veratrina, de tal modo que temo no vaya a echarla a pique su oracion, i deje de servirnos en el asunto. Mas, ¿ qué hai de la carta ? r ya está redactada ?

-Al gusto de Soliman, contestó Oropimente acercàndose con ella al candil, para leérsela a Monterilla.

-Vamos a ver, dijo este sentándose en su silla, i recostándose sobre la mesa, en actitud de profunda atencion : lea U. " Caballero"

" Estói en la habitacion de Monterilla a quien aguardo llena de temor, para oír las reconvenciones formidables de sus celos. Probablemente moriré a sus manos esta noche, porque es un hombre feroz cuando se cree ofendido como amante. Mas no quiero llevar al sepulcro uno de los remordimientos mas amargos que he esperimentado en mi vida, i el mas tenaz de los muchos que me han causado mi flaqueza i mis estravíos. He sido mui mala; pero quiero practicar alguna accion virtuosa, siquiera al tiempo de morir, para que Dios me perdone, al ver que mi muerte hace tal vez la felicidad de dos seres a quienes con mucha perversidad he robado una parte de su dicha. Quiero pedir a U. perdon del mal que le he causado i quo U. mismo ignora, como se ignoran con frecuencia por el calumniado las calumnias que lo deshonran.

"Cuando U. apareció en Bogotá por primera vez, inspiró en el alma inocente de Veratrina, Señorita que U. quizá no conoce, una rara pasion que en vano intentaba combatir. Yo lo supe, i me propuse por malignidad perjudicarlos a ambos, arrebatándole a U. un corazon demasiado virtuoso para que no fuese el objeto de mi ódio i de mi envidia, haciendo para ello creer a Veratrina que U. era uno de los ladrones del Sr. Osman. Ella recibió con horror semejante desengaño i se propuso al momento retirarse a un claustro i sepultarse para siempre en una vida indigna de su belleza i de sus gracias. Pero ahora que Voi a morir, deseo evitar ese mal, escribiendo a ambos la verdad, para que me perdonen como se lo ruego. Si, caballero; he sido mui mala i mui hipócrita, i será para U. I Veratrina una gran fortuna que yo muera; porque ciertamente, si logro escapar, no verán UU. estas cartas que estói escribiendo, pues me interesa demasiado pasar por virtuosa mientras exista, porque soi mui débil i no puedo soportar ni la miseria ni el desprecio. Escribo esta verdad, a fin de que no me compadezcan despues de muerta, i de que sepa U. que una mujer que como yo lo amaba i no se ve correspondida, es preciso que muera para que el ingrato se libre de sus venganzas."

-No está mala, dijo Monterilla ; pero yo la esperaba mejor.

-Así la quiso Soliman, replicó Oropimente.

-Si; porque así conviene, i el principal interesado en el asunto soi yo solo.

-Nada de eso, replicó Monterilla : a fé que a mi me interesa mas quizá que a UU., porque esa carta influye mucho para que la Cisne vuelva a mi poder en cierto caso.

-¿ Qué caso ? preguntó Soliman.

-El de que no se logre que el Doctor Témis defienda al Mordedor.

-¿ Cómo así?

-Vean UU. Yo entónces le digo a Emilio que su padre no puede salvarse, sino a condicion de que la Cisne vuelva a poder de la Daifa.

-¡ Buena idea! esclamó Oropimente.

-No hai duda, contestó Monterilla. Cuando Emilio vea que el Mordedor es condenado, yo le digo que ya he aprisionado a D. Adolfo, i voi a entregarlo a la justicia con las pruebas de sus crimenes : le recordaré que la pena que debe imponerse a su padre, es la de muerte; i él entónces sin vacilar, por sí mismo traerá a la Cisne como se lo pronostiqué; pues esta muchacha no le interesa particularmente, i ningun mal verdadero va a sufrir en casa de la Daifa.

-Eso es exacto, dijo Oropimente; pero conviene mucho la reserva. I es tanto mas seguro, cuanto que Santiago i los demas, desengañados con la carta falsa, ayudarán en el mismo sentido.

-Sin remedio, repuso Monterilla. Cuando Emilio i la familia del Sr. Osman sepan quién es la Cisne, segun esta carta que ella de ningun modo puede desmentir, la arrojarán de la casa, aunque no se les ofrezca el interes de salvar con su restitucion a D. Adolfo i a Emilio.

-Esta noche ha sido mui feliz, dijo Soliman. Pero es bien tarde i debemos recojernos, para madrugar a trabajar.

Con esto se retiraron, llevándose Soliman la carta falsa i Oropimente la verdadera.

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