CAPITULO III
LOS AMIGOS
EMILIO al día siguiente no salió a la calle, estándose encerrado
en su cuarto, porque tenía vergüenza de subir a hablar a las
Señoras, i de que lo viesen presentarse en la ciudad. Mui grande
contemplaba ya su infancia, porque Adelaida lo sabía todo; i eso
era bastante para considerarse como un ser envilecido, que si
conservaba alguna nobleza, no debia aprovecharse de la ignorancia
en que la sociedad estaba respecto de su padre, para presentarse en
ella bajo un carácter que ya no le correspondía, a gozar con
malicia de las prerogativas que en su concepto solo el error podía
acordarle, i que le serian rehusadas al conocerse su fatal secreto.
En Adelaida, pues, había un testigo que respetar, i que era
necesario viese confundido al desgraciado que tenía tanto de que
avergonzarse. Además Emilio se sentia enfermo i estenuado : solo se
alimentaba con pesares i no alentaba en su corazon otra esperanza
que la de la muerte o la de esconder su vida emponzoñada, en un
lugar ignorado, donde nadie: volviese a ignorado, saber de su
destino; mas ese consuelo triste, que tan ingrata esperanza le
ofrecía, era remoto i dudoso porque necesitaba detenerse algun
tiempo en el mundo para salvar a su padre, condenándose entre tanto
a arrastrar penosamente aquellos días espantosos en que la vista de
Adelaida lo alcanzaba.
Despues de muchas atoras de soledad vinieron a visitarlo D. Juan
i Santiago, con el objeto de congratularse por no haber seguido
adelante las molestias conque Monterilla se propuso atormentarlo.
Ignoraban que el mal había seguido sin gire la amistad pudiese
acompañarlo en su vuelo rápido i funesto; i quedandose esta atras,
en vez de ir a ofrecer consuelos a una situation que no alcanzaba a
ver, solo iba a proferir, acaso palabras amargas, creyéndolas
conformes a un mal menor que pasó.
-Ya se acabó todo esto, decia D. Juan; i Monterilla parece haber
desistido de sus planes respecto de U.
-Sí, dijo Santiago mui alegre; desde que nosotros estamos aqui,
no hai acontecimiento alguno desagradable; de lo que yo, lo mismo
que D. Juan, me congratulo con U.
-Siempre me supuse, continuó D. Juan, que Monterilla no era mas
que un hablador que de ningun modo podia humillarlo a U., segun èl
decia. . .. ¡ Vaya! como si alguna vez pudiera estar la jente
honrada a merced de unos infames como Monterilla i sus
cómplices.....
-I les van costando mui caras, interrumpió Santiago, las gracias
aquellas, de las manos de muerto, los letreros i el tiple.
-¿ Cómo ? preguntó Emilio, pudiendo apénas hablar en el estado
de ajitacion en que lo tenia esta escena cruel.
-Mui bonitamente, respondió Santiago: ahora venimos de casa del
Doctor Témis, i nos ha dicho que acababa de hacer le remachasen al
Mordedor dos pares de grillos que no lo dejan mover.
-¡Dios mio ! esclamó Emilio tapándose la cara.
-Bien hecho, repuso Santiago; así se le quitarán a ese malvado
las ganas, o por lo ménos los medios, de venir de noche a la
esquina para hacer el fantasmon, i asustar, el insolente, a la
Señorita Adelaida. si de mi dependiera, aseguro que por solo tal
delito habia de echarle un candado en la boca a ese ladron.
-Mire U., dijo D. Juan, que esos asesinos deben ser feroces. La
farsa de las manos denota una barbaridad espantosa ellos juegan con
un cadáver como un tigre con su presa.
-¡D. Juan...! i por Dios! ! ! esclamó Emilio mirándolo con los
ojos llenos de lágrimas.
-Tiene U. razon, repuso D. Juan; pero dispénseme, porque esas
manos no me han dejado dormir anoche. Sinembargo, no hablemos mas
sobre el caso, que no es asunto digno de nosotros, ni debemos
ocuparnos de delitos ni de delincuentes.
-Es verdad, dijo Santiago ya todo se acabó, i es mejor hablar de
cosas alegres.
-Pero Emilio continúa tan triste, replicó D. Juan, que no puede
uno ménos, al verlo, de contristarse igualmente.
-Mui triste está, dijo Santiago; tal vez desea quedarse solo
¡nosotros lo estamos incomodando.
-¿Porqué tanta pena, Emilio? preguntó D. Juan.
-¡ Ah! contestó Emilio, esto no es pena: es desgracia. es
horror. .. . es el rastro de la maldicion.. .!
-¿ Què hai ? preguntó con celeridad D. Juan.
-Tal vez la Señorita Adelaida.... ? añadió Santiago
temblando.
-No puede ser, continuó D. Juan empezando a sospechar algun
secreto terrible.. Sinembargo; si es un sufrimiento que mi amistad
deba ignorar...
-La mía lo ignorará, dijo Santiago; pero juro a U. que estói mui
ansioso de hacerle algun servicio señalado: i sea que U. me confie
su secreto, cuyo honor no pretendo todavía, o que me lo deje
ignorar, ordéneme cuanto quiera en su servicio, que yo sin replicar
obedeceré en el acto.
-¡Gracias, Santiago ! contestó Emilio con tristeza: ya me
acordaré de sus ofrecimientos.
-Harà U. mui bien, añadió Santiago; i mi amistad recibirá ese
recuerdo como un favor Honroso.
Despues de un rato de conversacion no ménos cruel para Emilio,
viendo D. Juan i Santiago que su visita no podia consolarlo i que
reservaba algun secreto de gravedad, iban a retirarse; pero Emilio
los detuvo.
-¿ Què hiciéramos, D. Juan, dijo con interes, para que ahora
mismo se le quiten al Mordedor los grillos que le han puesto ?
-¿ U. desea tal cosa? replicò D. Juan lleno de admiracion. .
-Sí, Sr. repuso Emilio. Yo no debo tolerar, añadió, que mis
amigos me estimen al favor de un error que no pudo alimentar sin
bajeza: no ¡D. Juan! UU. van a aborrecerme, porque entre esos
delincuentes hai un hombre que me interesa demasiado.
-¿De veras? preguntó D. Juan.
-Sí; respondió Emilio llevando el pañuelo a los ojos para
disimular su vergüenza .
-No importa, dijo Santiago; a mí tambien me interesará, pues,
ese hombre, i lo mismo a D. Juan.
-¡No han comprendido a un hijo desgraciado. . . . envilecido!
esclamó Emilio.
-Sí.... dijo D. Juan despues de un rato de silencio : ¿no i es
verdad Emilio que puedo comprender, i he comprendido acaso, su
imprevista desgracia ?
-Sí, D. Juan; tal vez me ha comprendido, i yo no puedo ni quiero
esplicarme mas.
-No es necesario, Emilio; ya lo hemos comprendido i conocemos la
gravedad de ese secreto. -I sabremos, añadió Santiago, corresponder
a la bondad con que U. nos ha indicado su infortunio.
-El es inmenso ¿ no es verdad? repuso Emilio.
-Sí, dijo Santiago; pero por formidable que sea, U. no debe
abatirse.
-No, mi querido Emilio. añadió D. Juan, echándole los brazos: el
valor es una cualidad que suele hallarse en el vulgo, cuando se
limita solo a dar serenidad ante un enemigo que puede morir o
matarnos; mas el valor de U. hoi, debe elevarse hasta el grado de
darle impavidez ante ese enemigo inmortal que se llama la
desgracia.
-Si, dijo Santiago: nosotros deseamos sufrir con U. i mas que
todo, aliviarlo ¿qué podemos hacer ? Empleeme U. en algo i yo
defenderé i atacaré a quien me indique.
-Es preciso, dijo Emilio, que defendamos al Mordedor.
-Está bien, contestó Santiago: iremos donde el Doctor Témis a
rogarle que por su parte se ponga inmediatamente a trabajar en el
mismo sentido.
-No, contestó Emilio: todavía no quiero que el Doctor Témis se
instruya de este secreto terrible i desgraciado: me moriría de
vergüenza si lo supiera ántes de que yo pueda ausentarme para
siempre.
-¡ Emilio ! dijo D. Juan: el Doctor Témis es un Hombre sin
preocupaciones, un amigo poderoso que puede fácilmente salvar a las
personas por quienes U. i nosotros nos interesamos. Conviene, pues,
hablarle cuanto àntes; él guardará fielmente este secreto que al
fin tendrá que saber.
-Con todo, replicó Emilio, todavía no quiero que lo sepa.
Recuerde U. el anuncio de Monterilla cuando dijo que el Doctor
Témis me abandonaria....ese anuncio se cumplirá, D. Juan ; i U. no
puede concebir el dolor que sentiré al persuadirme de que aquel
Hombre me rechazo como a ente degradado. No : es mejor, por ahora,
que UU. se limiten a un asunto que le importa mas; i le digan tan
solo que la Cisne está en casa del Sr. Osman.
Mas oyendo entonces que las Señoras bajaban la escalera, Emilio
temiendo que sus amigos fueran a incurrir en alguna indiscrecion
involuntaria, se apresuró a recomendarles el secreto que los
acababa de confiar.
En efecto, las Señoras estrañando el encierro de Emilio i
atribuyéndolo a que estuviese enfermo, bajaban a visitarlo, i se
presentaron en su cuarto todas inclusa la Cisne. Esta conociendo
inmediatamente a Santiago, apesar del vestido elegante con que lo
veía, se sorprendió dando muestras de una notable turbacion. El
tambien la conoció; i no pudo prescindir de alterarse visiblemente,
pero de una manera que manifestaba el goza con que veía en calidad
de dama, a una joven respecto de la cual, sentía hacia mucho tiempo
el mas vivo deseo de que no fuese lo que D. Juan se imajinaba. Este
por su parte se quedó pensativo acordándose del día en que la Cisne
entró a un salon donde Emilio i Adelaida eran felices, mientras que
ahora aparecía ella feliz, i Emilio i Adelaida eran
desgraciados.
La conversacion que se entabló alli fué todavía mas amarga para
Emilio que la de D. Juan i Santiago pocos momentos àntes. Adelaida
angustiada trataba sin cesar de cambiarla, pero sus tentativas eran
infructuosas i veía padecer a Emilio los mas crueles tormentos a
cada palabra, sin lograr dirijir la escena que lo oprimía. Al fin
se paró disgustada i puso decididamente término a tan ingrata
visita, obligando a sus compañeras a retirarse.
Santiago sintió pena al ver salir a la Cisne, cuya belleza habia
estado admirando, i observaba con raro placer que al lado de
Adelaida i de las otras Señoras, brillaba lo mismo que ellas,
apesar de estar un poco pálida, como lo estaba igualmente Adelaida;
i de verse a las otras tan rozagantes i animadas. Allí como en el
concierto su imajinacion le habia traído a Baciliza; pero al pensar
en ella sintió que descendia como desciende el alma cuando en medio
de un jardín aromático i brillante, se presenta a la vista el fofo
i espinoso nopal. Ya no la amaba i solo creía que lo habia seducido
a favor del tinte ilusorio que adquiere la belleza cuando
únicamente se la ve entre los árboles, a la orilla de los arroyos,
i con esa imajinacion voluptuosa de los campos.
Despues de una larga visita se retiraron D. Juan i Santiago
dejando solo a Emilio, por ir a tratar de que se quitasen los
grillos al Mordedor.
Emilio se quedó ocupado de uno de sus mas horribles
pensamientos, pues en la visita de las Señoras se conversó sobre la
pena de muerte con motivo de la situation en que la Cisne se había
visto la noche anterior. Si, decía Emilio solo: esa es la pena que
se impondrá a mi padre cuando sea aprehendido; i mientras tanto el
hijo desventurado buscará en vano el reposo en estas noches
eternas, en que en lugar del sueño que debia sostenerlo, no habrá
sino la vijilia que debe aniquilarlo. ¡Sueño !! no. Entregar al
sueno un mal mui grande, es quedarse con él, porque el sueño lo
esprime sobre la sien palpitante del desgraciado que se aletarga.
Dormido o despierto no veré en adelante al lado de mi lecho, sino
un patíbulo manchado con la san sangre de mil asesinos que Emilio
tal vez execró cuando tenia derecho de baldonar el delito; i ese
patíbulo se teñirá despues con una sangre que Emilio besará con
respeto, porque ya tiene obligacion de honrar al criminal. Aquellas
manos lívidas, con sus terribles letreros, llevarán en peso siempre
delante de mi, el asiento infame del ajusticiado ; i por la noche
lo clavarán al lado de mi cama, ofreciendo en seguida a mis ojos
sus palmas amarillentas, donde vere escritos esos conceptos que
tanto me atormentan :
|Infeliz Emilio, que te compadezca
Adelaida i Emilio desafía la muerte i no teme la desgracia!
palabras secas como mis ojos estas últimas, húmedas i blandas como
mi corazon las primeras; burla picante de mi desventura, como fué
mi alma la burla de mis sueños en noches infantiles.... sueños de
cadalso i deshonra para las noches de mi adolescencia. I cuando
aprehendido i juzgado mi padre vaya a contarlos latidos de su pecho
a ajitado en la capilla de la cárcel.... Sí; entónces sus noches i
las mias serán lo mismo.... las noches angustiosas del reo de
muerte.... ¡ i ese reo es mi padre! ¡Ah! qué tristes momentos para
cl desgraciado.... yo tal vez no alcanzaré a pasarlos; porque mi
juicio se trastorna. ... me siento débil... i enfermo.... ¡ Oh Dios
mío : tened piedad de mí: no me conserveis demasiado.... ! ¡
Adelaida! Sí: tu infeliz amante va a ver a su padre vestido con una
túnica blanca i ensangrentada, saliendo de una prision con la
cabeza descubierta. .. . marchando hácia el patíbulo con esa
fisonomía macilenta del que lleva muchas horas contando los últimos
momentos de la vida.... mirará a todas partes con los abiertos ojos
de la angustia, con esa espresion triste del que va despidiéndose
de todo para siempre : espresion grave como la muerte, pero afable
i humilde al mismo tiempo como la del que implora compasion i busca
unos brazos abiertos para arrojarse en ellos.... No: todos los
brazos estarán entónces cruzados sobre el pecho del mudo espectador
que repetirá consternado este era un ladron... un asesino... es el
padre de Emilio Castelvi...
Emilio siguió discurriendo lleno de dolor, sobre la pena de
muerte; i apesar del caso en que se hallaba, por último esclamó: ¡
padre insensible! ¿ Cómo podria haberos detenido el patíbulo,
cuando no pudo deteneros la jenerosidad paternal? Sí, padre mío:
vos i yo no podernos comprendernos, i vuestro fiero egoísmo va a
arrojar sobre mi frente las manchas de vuestra sangre que ha de
marchitar para siempre el pensamiento que Dios i el honor
fecundizaban : esa sangre entrará tambien en mi corazon i bien
pronto lo hará palpitar como el vuestro palpitó haciendo estremecer
a los hombres con cada uno de sus latidos. En mis venas tal vez no
corría àntes vuestra sangre: la sociedad va a injerirmela para
completar la obra imperfecta de la naturaleza, i hacerme
absolutamente un hijo vuestro. ¡Padre mío sois un egoísta feroz, i
no mirais la muerte ni el patíbulo como los miro yo. Si para
vuestros ojos que nada ven al traves de las pasiones, no ha
bastado, padre ciego, ese espectáculo tan grande, el mas abultado
que puede ofrecer la sociedad, i que se llama el banquillo, cómo
podría bastar el mas tierno que da la naturaleza i que se llanta un
hijo? Pero... i piedad, padre mío! Mi juicio se estravia; perdonad
a vuestro hijo que ya no puede hablar mas que horrores... ni pensar
mas que muerte.... ni sentir mas que dolor...!
Pasadas largas horas Emilio vió entrara Santiago que venia a
decirle ser difícil se quitasen los grillos al Mordedor, si el
Doctor Témis no se interesaba en ello, lo que era imposible
esperar, porque estaba poseido contra aquellos delincuentes de un
furor tan estraño, que iba, segun decía, a excitar vigorosamente a
la justicia para la pronta persecucion de todos ellos, i redoblar
sus esfuerzos para que fuesen aprehendidos i castigados con la
severidad mayor que permitieran las leyes. Emilio sinembargo
insistió en que volviesen a hablarle, pensando ir esa noche donde
Monterilla, para arreglar no solo cuanto fuese relativo a la
defensa del Mordedor, sino mas que todo, los medios como podria
conseguir que su padre se ocultase lo suficiente para no ser
aprehendido, mientras se disponía un modo seguro de que saliese de
Bogotá, con cuyo logro Emilio mismo, segun habia resuelto, podía
irse Cambien para no volver jamàs.
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