INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO III
LOS AMIGOS

EMILIO al día siguiente no salió a la calle, estándose encerrado en su cuarto, porque tenía vergüenza de subir a hablar a las Señoras, i de que lo viesen presentarse en la ciudad. Mui grande contemplaba ya su infancia, porque Adelaida lo sabía todo; i eso era bastante para considerarse como un ser envilecido, que si conservaba alguna nobleza, no debia aprovecharse de la ignorancia en que la sociedad estaba respecto de su padre, para presentarse en ella bajo un carácter que ya no le correspondía, a gozar con malicia de las prerogativas que en su concepto solo el error podía acordarle, i que le serian rehusadas al conocerse su fatal secreto. En Adelaida, pues, había un testigo que respetar, i que era necesario viese confundido al desgraciado que tenía tanto de que avergonzarse. Además Emilio se sentia enfermo i estenuado : solo se alimentaba con pesares i no alentaba en su corazon otra esperanza que la de la muerte o la de esconder su vida emponzoñada, en un lugar ignorado, donde nadie: volviese a ignorado, saber de su destino; mas ese consuelo triste, que tan ingrata esperanza le ofrecía, era remoto i dudoso porque necesitaba detenerse algun tiempo en el mundo para salvar a su padre, condenándose entre tanto a arrastrar penosamente aquellos días espantosos en que la vista de Adelaida lo alcanzaba.

Despues de muchas atoras de soledad vinieron a visitarlo D. Juan i Santiago, con el objeto de congratularse por no haber seguido adelante las molestias conque Monterilla se propuso atormentarlo. Ignoraban que el mal había seguido sin gire la amistad pudiese acompañarlo en su vuelo rápido i funesto; i quedandose esta atras, en vez de ir a ofrecer consuelos a una situation que no alcanzaba a ver, solo iba a proferir, acaso palabras amargas, creyéndolas conformes a un mal menor que pasó.

-Ya se acabó todo esto, decia D. Juan; i Monterilla parece haber desistido de sus planes respecto de U.

-Sí, dijo Santiago mui alegre; desde que nosotros estamos aqui, no hai acontecimiento alguno desagradable; de lo que yo, lo mismo que D. Juan, me congratulo con U.

-Siempre me supuse, continuó D. Juan, que Monterilla no era mas que un hablador que de ningun modo podia humillarlo a U., segun èl decia. . .. ¡ Vaya! como si alguna vez pudiera estar la jente honrada a merced de unos infames como Monterilla i sus cómplices.....

-I les van costando mui caras, interrumpió Santiago, las gracias aquellas, de las manos de muerto, los letreros i el tiple.

-¿ Cómo ? preguntó Emilio, pudiendo apénas hablar en el estado de ajitacion en que lo tenia esta escena cruel.

-Mui bonitamente, respondió Santiago: ahora venimos de casa del Doctor Témis, i nos ha dicho que acababa de hacer le remachasen al Mordedor dos pares de grillos que no lo dejan mover.

-¡Dios mio ! esclamó Emilio tapándose la cara.

-Bien hecho, repuso Santiago; así se le quitarán a ese malvado las ganas, o por lo ménos los medios, de venir de noche a la esquina para hacer el fantasmon, i asustar, el insolente, a la Señorita Adelaida. si de mi dependiera, aseguro que por solo tal delito habia de echarle un candado en la boca a ese ladron.

-Mire U., dijo D. Juan, que esos asesinos deben ser feroces. La farsa de las manos denota una barbaridad espantosa ellos juegan con un cadáver como un tigre con su presa.

-¡D. Juan...! i por Dios! ! ! esclamó Emilio mirándolo con los ojos llenos de lágrimas.

-Tiene U. razon, repuso D. Juan; pero dispénseme, porque esas manos no me han dejado dormir anoche. Sinembargo, no hablemos mas sobre el caso, que no es asunto digno de nosotros, ni debemos ocuparnos de delitos ni de delincuentes.

-Es verdad, dijo Santiago ya todo se acabó, i es mejor hablar de cosas alegres.

-Pero Emilio continúa tan triste, replicó D. Juan, que no puede uno ménos, al verlo, de contristarse igualmente.

-Mui triste está, dijo Santiago; tal vez desea quedarse solo ¡nosotros lo estamos incomodando.

-¿Porqué tanta pena, Emilio? preguntó D. Juan.

-¡ Ah! contestó Emilio, esto no es pena: es desgracia. es horror. .. . es el rastro de la maldicion.. .!

-¿ Què hai ? preguntó con celeridad D. Juan.

-Tal vez la Señorita Adelaida.... ? añadió Santiago temblando.

-No puede ser, continuó D. Juan empezando a sospechar algun secreto terrible.. Sinembargo; si es un sufrimiento que mi amistad deba ignorar...

-La mía lo ignorará, dijo Santiago; pero juro a U. que estói mui ansioso de hacerle algun servicio señalado: i sea que U. me confie su secreto, cuyo honor no pretendo todavía, o que me lo deje ignorar, ordéneme cuanto quiera en su servicio, que yo sin replicar obedeceré en el acto.

-¡Gracias, Santiago ! contestó Emilio con tristeza: ya me acordaré de sus ofrecimientos.

-Harà U. mui bien, añadió Santiago; i mi amistad recibirá ese recuerdo como un favor Honroso.

Despues de un rato de conversacion no ménos cruel para Emilio, viendo D. Juan i Santiago que su visita no podia consolarlo i que reservaba algun secreto de gravedad, iban a retirarse; pero Emilio los detuvo.

-¿ Què hiciéramos, D. Juan, dijo con interes, para que ahora mismo se le quiten al Mordedor los grillos que le han puesto ?

-¿ U. desea tal cosa? replicò D. Juan lleno de admiracion. .

-Sí, Sr. repuso Emilio. Yo no debo tolerar, añadió, que mis amigos me estimen al favor de un error que no pudo alimentar sin bajeza: no ¡D. Juan! UU. van a aborrecerme, porque entre esos delincuentes hai un hombre que me interesa demasiado.

-¿De veras? preguntó D. Juan.

-Sí; respondió Emilio llevando el pañuelo a los ojos para disimular su vergüenza .

-No importa, dijo Santiago; a mí tambien me interesará, pues, ese hombre, i lo mismo a D. Juan.

-¡No han comprendido a un hijo desgraciado. . . . envilecido! esclamó Emilio.

-Sí.... dijo D. Juan despues de un rato de silencio : ¿no i es verdad Emilio que puedo comprender, i he comprendido acaso, su imprevista desgracia ?

-Sí, D. Juan; tal vez me ha comprendido, i yo no puedo ni quiero esplicarme mas.

-No es necesario, Emilio; ya lo hemos comprendido i conocemos la gravedad de ese secreto. -I sabremos, añadió Santiago, corresponder a la bondad con que U. nos ha indicado su infortunio.

-El es inmenso ¿ no es verdad? repuso Emilio.

-Sí, dijo Santiago; pero por formidable que sea, U. no debe abatirse.

-No, mi querido Emilio. añadió D. Juan, echándole los brazos: el valor es una cualidad que suele hallarse en el vulgo, cuando se limita solo a dar serenidad ante un enemigo que puede morir o matarnos; mas el valor de U. hoi, debe elevarse hasta el grado de darle impavidez ante ese enemigo inmortal que se llama la desgracia.

-Si, dijo Santiago: nosotros deseamos sufrir con U. i mas que todo, aliviarlo ¿qué podemos hacer ? Empleeme U. en algo i yo defenderé i atacaré a quien me indique.

-Es preciso, dijo Emilio, que defendamos al Mordedor.

-Está bien, contestó Santiago: iremos donde el Doctor Témis a rogarle que por su parte se ponga inmediatamente a trabajar en el mismo sentido.

-No, contestó Emilio: todavía no quiero que el Doctor Témis se instruya de este secreto terrible i desgraciado: me moriría de vergüenza si lo supiera ántes de que yo pueda ausentarme para siempre.

-¡ Emilio ! dijo D. Juan: el Doctor Témis es un Hombre sin preocupaciones, un amigo poderoso que puede fácilmente salvar a las personas por quienes U. i nosotros nos interesamos. Conviene, pues, hablarle cuanto àntes; él guardará fielmente este secreto que al fin tendrá que saber.

-Con todo, replicó Emilio, todavía no quiero que lo sepa. Recuerde U. el anuncio de Monterilla cuando dijo que el Doctor Témis me abandonaria....ese anuncio se cumplirá, D. Juan ; i U. no puede concebir el dolor que sentiré al persuadirme de que aquel Hombre me rechazo como a ente degradado. No : es mejor, por ahora, que UU. se limiten a un asunto que le importa mas; i le digan tan solo que la Cisne está en casa del Sr. Osman.

Mas oyendo entonces que las Señoras bajaban la escalera, Emilio temiendo que sus amigos fueran a incurrir en alguna indiscrecion involuntaria, se apresuró a recomendarles el secreto que los acababa de confiar.

En efecto, las Señoras estrañando el encierro de Emilio i atribuyéndolo a que estuviese enfermo, bajaban a visitarlo, i se presentaron en su cuarto todas inclusa la Cisne. Esta conociendo inmediatamente a Santiago, apesar del vestido elegante con que lo veía, se sorprendió dando muestras de una notable turbacion. El tambien la conoció; i no pudo prescindir de alterarse visiblemente, pero de una manera que manifestaba el goza con que veía en calidad de dama, a una joven respecto de la cual, sentía hacia mucho tiempo el mas vivo deseo de que no fuese lo que D. Juan se imajinaba. Este por su parte se quedó pensativo acordándose del día en que la Cisne entró a un salon donde Emilio i Adelaida eran felices, mientras que ahora aparecía ella feliz, i Emilio i Adelaida eran desgraciados.

La conversacion que se entabló alli fué todavía mas amarga para Emilio que la de D. Juan i Santiago pocos momentos àntes. Adelaida angustiada trataba sin cesar de cambiarla, pero sus tentativas eran infructuosas i veía padecer a Emilio los mas crueles tormentos a cada palabra, sin lograr dirijir la escena que lo oprimía. Al fin se paró disgustada i puso decididamente término a tan ingrata visita, obligando a sus compañeras a retirarse.

Santiago sintió pena al ver salir a la Cisne, cuya belleza habia estado admirando, i observaba con raro placer que al lado de Adelaida i de las otras Señoras, brillaba lo mismo que ellas, apesar de estar un poco pálida, como lo estaba igualmente Adelaida; i de verse a las otras tan rozagantes i animadas. Allí como en el concierto su imajinacion le habia traído a Baciliza; pero al pensar en ella sintió que descendia como desciende el alma cuando en medio de un jardín aromático i brillante, se presenta a la vista el fofo i espinoso nopal. Ya no la amaba i solo creía que lo habia seducido a favor del tinte ilusorio que adquiere la belleza cuando únicamente se la ve entre los árboles, a la orilla de los arroyos, i con esa imajinacion voluptuosa de los campos.

Despues de una larga visita se retiraron D. Juan i Santiago dejando solo a Emilio, por ir a tratar de que se quitasen los grillos al Mordedor.

Emilio se quedó ocupado de uno de sus mas horribles pensamientos, pues en la visita de las Señoras se conversó sobre la pena de muerte con motivo de la situation en que la Cisne se había visto la noche anterior. Si, decía Emilio solo: esa es la pena que se impondrá a mi padre cuando sea aprehendido; i mientras tanto el hijo desventurado buscará en vano el reposo en estas noches eternas, en que en lugar del sueño que debia sostenerlo, no habrá sino la vijilia que debe aniquilarlo. ¡Sueño !! no. Entregar al sueno un mal mui grande, es quedarse con él, porque el sueño lo esprime sobre la sien palpitante del desgraciado que se aletarga. Dormido o despierto no veré en adelante al lado de mi lecho, sino un patíbulo manchado con la san sangre de mil asesinos que Emilio tal vez execró cuando tenia derecho de baldonar el delito; i ese patíbulo se teñirá despues con una sangre que Emilio besará con respeto, porque ya tiene obligacion de honrar al criminal. Aquellas manos lívidas, con sus terribles letreros, llevarán en peso siempre delante de mi, el asiento infame del ajusticiado ; i por la noche lo clavarán al lado de mi cama, ofreciendo en seguida a mis ojos sus palmas amarillentas, donde vere escritos esos conceptos que tanto me atormentan : |Infeliz Emilio, que te compadezca Adelaida i Emilio desafía la muerte i no teme la desgracia! palabras secas como mis ojos estas últimas, húmedas i blandas como mi corazon las primeras; burla picante de mi desventura, como fué mi alma la burla de mis sueños en noches infantiles.... sueños de cadalso i deshonra para las noches de mi adolescencia. I cuando aprehendido i juzgado mi padre vaya a contarlos latidos de su pecho a ajitado en la capilla de la cárcel.... Sí; entónces sus noches i las mias serán lo mismo.... las noches angustiosas del reo de muerte.... ¡ i ese reo es mi padre! ¡Ah! qué tristes momentos para cl desgraciado.... yo tal vez no alcanzaré a pasarlos; porque mi juicio se trastorna. ... me siento débil... i enfermo.... ¡ Oh Dios mío : tened piedad de mí: no me conserveis demasiado.... ! ¡ Adelaida! Sí: tu infeliz amante va a ver a su padre vestido con una túnica blanca i ensangrentada, saliendo de una prision con la cabeza descubierta. .. . marchando hácia el patíbulo con esa fisonomía macilenta del que lleva muchas horas contando los últimos momentos de la vida.... mirará a todas partes con los abiertos ojos de la angustia, con esa espresion triste del que va despidiéndose de todo para siempre : espresion grave como la muerte, pero afable i humilde al mismo tiempo como la del que implora compasion i busca unos brazos abiertos para arrojarse en ellos.... No: todos los brazos estarán entónces cruzados sobre el pecho del mudo espectador que repetirá consternado este era un ladron... un asesino... es el padre de Emilio Castelvi...

Emilio siguió discurriendo lleno de dolor, sobre la pena de muerte; i apesar del caso en que se hallaba, por último esclamó: ¡ padre insensible! ¿ Cómo podria haberos detenido el patíbulo, cuando no pudo deteneros la jenerosidad paternal? Sí, padre mío: vos i yo no podernos comprendernos, i vuestro fiero egoísmo va a arrojar sobre mi frente las manchas de vuestra sangre que ha de marchitar para siempre el pensamiento que Dios i el honor fecundizaban : esa sangre entrará tambien en mi corazon i bien pronto lo hará palpitar como el vuestro palpitó haciendo estremecer a los hombres con cada uno de sus latidos. En mis venas tal vez no corría àntes vuestra sangre: la sociedad va a injerirmela para completar la obra imperfecta de la naturaleza, i hacerme absolutamente un hijo vuestro. ¡Padre mío sois un egoísta feroz, i no mirais la muerte ni el patíbulo como los miro yo. Si para vuestros ojos que nada ven al traves de las pasiones, no ha bastado, padre ciego, ese espectáculo tan grande, el mas abultado que puede ofrecer la sociedad, i que se llama el banquillo, cómo podría bastar el mas tierno que da la naturaleza i que se llanta un hijo? Pero... i piedad, padre mío! Mi juicio se estravia; perdonad a vuestro hijo que ya no puede hablar mas que horrores... ni pensar mas que muerte.... ni sentir mas que dolor...!

Pasadas largas horas Emilio vió entrara Santiago que venia a decirle ser difícil se quitasen los grillos al Mordedor, si el Doctor Témis no se interesaba en ello, lo que era imposible esperar, porque estaba poseido contra aquellos delincuentes de un furor tan estraño, que iba, segun decía, a excitar vigorosamente a la justicia para la pronta persecucion de todos ellos, i redoblar sus esfuerzos para que fuesen aprehendidos i castigados con la severidad mayor que permitieran las leyes. Emilio sinembargo insistió en que volviesen a hablarle, pensando ir esa noche donde Monterilla, para arreglar no solo cuanto fuese relativo a la defensa del Mordedor, sino mas que todo, los medios como podria conseguir que su padre se ocultase lo suficiente para no ser aprehendido, mientras se disponía un modo seguro de que saliese de Bogotá, con cuyo logro Emilio mismo, segun habia resuelto, podía irse Cambien para no volver jamàs.

anterior | índice | siguiente