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CAPITULO II
LA CAVERNA
EMILIO, en cuya organizacion hacia rápidos estragos cualquier
sensacion profunda, salió al día siguiente desde mui temprano, a
buscar a Monterilla; pero todas sus diligencias fueron inútiles,
porque este, como lo habia prometido, lo estusaba con groseria, i
se reía con satisfaccion de la vana solicitud que ostentaba ahora
el mismo que antes lo despreciara orgulloso. Con el objeto de
elevar al mas alto punto su audacia i sus burlas, se dejó por fin
hallar esa tarde en una escríbanla, para tener el gusto de que
Emilio le suplicara en público lo oyese por un momento, i de
responder como lo hizo, volviéndole la espalda con soberbia¡
superioridad, que por entónces tenia mucho que hacer i carecía de
tiempo desocupado para darle oídos. Emilio sufrió con resignacion
este primer desaire, i continuó pacientemente espiando una Ocasion
oportuna para hacerse al fin oír de Monterilla.
Esa noche mientras Emilio continuaba buscándolo por todas partes
sin poder hallarlo, en la caverna que ese hombre llamaba su
gabinete, se veía una escena mui triste i sombría que presajiaba
desgracias tal vez irreparables.
Sobre esa misma mesa a que sentado Monterilla presidió Alas al
instante advirtió que no era sueño. todo era realidad a junta en
una de las noches pasadas: con esa misma pluma con que habia
escrito i firmado las actas de aquel congreso espantoso; i ala luz
tenebrosa de ese candil que alumbró el debate de los proyectos
infernales que allí se discutian; la Cisne, sola en el aposento, i
con los ojos llenos de lágrimas, escribia una carta para
Santiago.
Monterilla, que en los proyectos relativos a esta jóven
desgraciada, habia siempre pensado defraudar a sus compañeros,
trató con mucha maña de evitar la junta de. esa noche en su casa,
convocándola para otro de los varios puntos en que solia reunirse,
i donde a la sazon estaba congregada en efecto, apesar dc la
impaciencia de su presidente, que por mas que trataba de levantar
la sesion, no podía conseguirlo, a causa de que Soliman, a quien
dominaba un prurito sempiterno de hablar cuando habia táctica que
condenara a los oyentes a atenderlo, llevaba ademas esa noche un
monton de proyectos que tenia que introducir i cuya discusion no
podía acortar de ningun modo el afanado i diestro presidente.
Este con el fin de asegurar sus miras respecto de la Cisne, se
habla coligado únicamente con la Daifa, para que en union de su
compañera fuese esa tarde donde el Capellan i lo obligase a salir
para presentarse a Dña Gonzaga, reclamar a la Cisne de un modo
auténtico, formal i perentorio, i llevarla en seguida a la casa de
Monterilla, con el fin de dar principio al plan inicuo de sus
venganzas. La Diafa con mucha eficacia obró así puntualmente; i a
las siete de esa noche se avocó con su compañera, precedidas del
devoto Capellan, en la casa de Beatriz.
El Capellan engañado de antemano contra la Cisne por Monterilla
i aquellas mujeres, no veía a esta jóven sino pintada con los
mentidos colores con que sus enemigos osaban disfrazarla; i poseido
de un zelo indiscreto, se desesperaba irnajinando que los pocos
días en que Beatriz habla tenido a su lado a la Cisne, eran tal vez
demasiado para contaminarla con el vicio e. inclinarla al mundo de
una manera acaso incurable i funesta. En tal virtud no fué difícil
obligarlo a acelerar su dilijencia para hacer que la Cisne saliera
de una casa donde por otra parte, le repetia la Daifa, carecían
absolutamente de derechos para detenerla contra la voluntad espresa
de las personas bajo cuya dependencia se hallaba àntes.
Cuando el Capellan entró al aposento de Dña. Gonzaga, las dos
mujeres lo siguieron sin reparo hasta la puerta de la alcoba donde
estaba la enferma, a cuyo lado se veía a la Cisne vestida de luto
lo mismo que Beatriz, pero con noble sencillez; pues desde el
principio habia exijido le dejasen honrar asi la memoria de D.
Mateo, i tambien la de su padre, respecto del cual, como ella
decía, no habia vertido aun las lagrimas del corazon tranquilo i
despojado de toda desgracia estraña, con las que desea el huérfano
regar sin egoísmo el sepulcro que venera con desinteres.
Bien se deja conocer la impresion que causaría en la Cisne la
presencia inesperada de sus enemigos. Con todo, estaba tan
penetrada del espíritu de resignacion, que lo único que hizo fué
arrimarse mas a Beatriz considerándola como su sola defensora en
tal conflicto. El Capellan procedió a esponer con enerjia, pero con
acento insultante, el objeto piadoso que llevaba, manifestando que
ahi venian por la Cisne personas a quienes en conciencia no podía
negarseles, i que por consiguiente era indispensable dejar que la
llevasen, por no convenir tampoco, estuviese al lado de Beatriz.
Dña. Gonzaga se opuso decididamente a semejante cosa, con cuyo
motivo se trabó entre el Capellan i la enferma una disputa mui
acalorada, durante la cual, Beatriz dejando a la Cisne, i
acercándose a la mesa, tomó un libro de oraciones i se puso a rezar
para que el Capellan no fuera a molestarse. Nada mas ventajoso para
las dos mujeres, que la situation aislada en que quedò la Cisne;
pues lanzándose repentinamente sobre ella, la alzaron sin que nadie
pudiese defenderla, le taparon la boca con un pañuelo i se la
llevaron para la casa de Monterilla, donde encerrándola en la
caverna en que la hemos visto escribiendo, se salieron a esperarlo
en la puerta de la calle.
Cuando la Cisne se quedó allí sola, lo primero que hizo,
previendo sus desgracias, fuè buscar una arma para defenderse con
la muerte i no ofrecer a sus verdugos sino un cadáver inútil. Con
este objeto dió algunas vueltas por la cavernita, basta que viendo
una puertecita hàcía un rincon, se paro dudosa sobre si debería
abrirla, pues seguramente en aquella alcoba no podía haber mas que
el lecho del que habitaba semejante morada; pero al fin determinó
empujarla, i como no tenia cerradura la abrió mui fácilmente. Al
momento se le ofrecieron a la vista unos ataudes cuya presencia la
hizo retroceder horrorizada; mas se resolvió a entrar en la
confianza de que donde se veían esos lechos de la muerte, debia
encontarse también el instrumento que la daba. No se engaitó; pues
efectivamente a pocos pasos tropezó con un puñal viejo i
enmohecido, que apesar de su mal estado podía mui bien servir
todavía, con tal que hubiese resolucion i entereza en el brazo que
lo manejase. Con esta arma salió la Cisne casi contenta i se sentó
a escribir para que despues de muerta, sabiendo Santiago o su
inocencia, la divulgase entre las jentes virtuosas i quedase así
honrada i respetada su memoria. Escribia llena de valor, pues
ademas habla visto ya clavada en la pared la carta que ella misma
habia llevado, del Dr. Témis a Monterilla; i como no era mucho lo
que tenia que escribir a un hombre que ya sabia gran parte de su
historia, acabó dates de que llegase aquel; i cerrando, la carta
que puso sobre la mesa, se quedó sentada esperando el momento en
que ese puñal debia pasar el Último corazon, tal vez, en que su
hoja ya enmohecida podia penetrar.
Los pensamientos mas lúgubres fueron teniendo un velo negro i
mortuorio sobre su imajinacion. Ya se consideraba entre uno de esos
ataudes, conducida a su sepultura sin honras relijiosas, pero catre
la pompa del crímen, por Monterilla i la Daifa. Muerto i frio
sentia el aire de aquella caverna: muerta ardia la luz en el
candil: muerta estaba la carta que acababa de escribir i que
reposaba sobre la mesa como el cadáver insepulto de un inocente.
Por todas partes reinaba un profundo silencio, i nadie parecía. Esa
noche no era el abismo; era la eternidad: ya no habia para ella mas
hechos que la muerte; i no era una luz agonizante la que ahora iba
a dejarla sola, envuelta en las tinieblas: era ella misma que otras
veces habia sobrevivido a la luz, la que iba a espirar al lado de
un candil que seguiría despues alumbrando su entierro i mas tarde
quizas el delito i la vileza.
Entónces sonó la cerradura de la puerta ¡entró Monterilla
volviendo a cerrar. La Cisne se levantó del asiento con su puñal en
la mano i con semblante altivo i orgulloso. Monterilla
acercàndosele risueño le dijo:
-No tema U., señorita. Soi un amigo antiguo ¿no se acuerda de
mí? ¿ se ha olvidado de su padre que tanto me quería ?
-¡ Silencio! gritó la Cisne. No profane ti. ese recuerdo sagrado
burlándose de un padre en presencia de su hija desgráciada.
-Está bien, repuso Monterilla. No pronunciaré sino el nombre de
Luisa i el mío en señal de amor, de union i de ternura.
-Tampoco. Sus lábios son indignos de mi nombre, i mis oídos se
ofenden con cl suyo. Lo que U. debe hacer es solamente abrirme esa
puerta, si no quiere que me mate ahora mismo, i correr el riesgo de
que le atribuyan mi muerte.
-¿ Matarse U. . . ? ¡tan linda como está esta noche!!! Eso es
imposible i yo sabré defenderla.
-No es imposible, miserable; aqui temo armas; i antes de que
alguien ose acercárseme, sabré yo por mi parte usar de ellas mejor
que U. sabría defenderme.
-No es Monterilla, dijo este con lentitud, de los simples que
creen en esas cosas. Mejor es que hablemos en paz los dos, que al
fin no se trata sino de amor; i yo soi un amante como cualquier
otro, i aun mejor si U. quiere, al ménos comparado con el jóven
Enrique.
-No me ultraje U. hablándome mas, dijo la Cisne colérica; que yo
estói cansada de vivir, no quiero mas que la muerte i ántes que
continue este diálogo afrentoso para mí, juro morir si es
preciso.
Monterilla al oír estas palabras, no puedo ménos de sentir la
resolucion que las dictaba i persuadirse de ella. Por, tanto solo
pensó en desarmar a su víctima; pero no sabia como lograrlo, pues
si se le acercaba, podia suceder que efectivamente se matase o se
hiriese por lo ménos, como ella ofrecía i como él forzosamente
empezaba a creerlo: así fué que se resolvió a guardar un rato de
silencio para deliberar lo que le fuera mas conveniente hacer.
Pero antes de que le ocurriera algo, se estremeció de susto al
oír en lo mas grave de aquel silencio tan espantoso para la Cisne,
un grito repentino que decía:
-Si Monterilla no me oye, lo mato sin remedio.
I al mismo instante estalló un pistoletazo por la cerradura que
no era mui consistente, i se oyó un empujon formidable que
súbitamente abrió la puerta con violencia, dando contratas
batientes un golpe tan estrepitoso, que Monterilla descolorido i
temblando, no se atrevió a moverse de su puesto, en el que casi se
sentó levantándo las manos, con los dedos abiertos, al nivel de los
ojos.
Así lo encontró Emilio que fué el que se presentó en la caverna
con aire colérico i resuelto. Al momento conoció a la Cisne que en
aquella cueva se mostraba impávida, llena de majestad i belleza con
su puñal en la mano. Emilio la saludó admirado i cariñoso; i ella,
al conocerlo, dió un grito de alegría, corriendo a colocarse a su
lado. Esta sola accion volvió a elevar el corazon de Emilio, a una
altura a que desde la noche anterior no se atrevia a remontar; i
así, arrogante i noble, miró con desprecio i altivez a Monterilla,
que ya recobrado de su primer sobresalto, le volvió la espalda
diciendo:
-No Sr.: es U. un importuno; mas ni por esas he de oírlo; porque
no tengo ganas; i U. debía ser ménos atreguado para ; no venir a
allanar así, contra toda leí, mi cuarto de estudio. -Ni yo quiero
que U. me oiga ahora: solo pido que me oiga despues.
-Ya he dicho a U. que no, contestó Monterilla.
-Necesito, sinembargo, hablar con U., dijo Emilio; i debe
prestarse a escucharme.
-Repito, añadió Monterilla, que no quiero; porque tengo otras
atenciones mas importantes.
-¡ Monterilla ! esclamó Emilio con rabia; si U. no me atiende,
haré que atienda el estallido de esta arma. i Vamos! ¿ Me atiende
U. ? o ya suena en sus oidos esta pistola, continuó Emilio,
apuntándole.
-Atiéndalo, gritó la Cisne; que es un honor el que va a
recibir.
-No sea U. bárbaro, dijo Monterilla yéndose de medio lado hàcia
un rincon, desde el cual, levantando el brazo para que le sirviera
de escudo, continuó: quite U. de ahí esa pistola, que se le puede
ir el tiro.
-Pues atienda U. repitió la Cisne.
-¡ Oh! esclamó Monterilla viendo que Emilio cesaba de
amenazarlo; si se interpone la Señorita para lograr esa audiencia,
ya eso es otra cosa, i atenderé por bondad.
La Cisne no pudo prescindir de sonreírse al ver tanta insolencia
i tanta bajeza reunidas; lo que Monterilla atribuyó a la
complacencia con que se aceptaba su grosera i odiosa
galantería.
-Si Sr. prosiguió Monterilla, dirijiéndose a Emilio; daré a U.
audiencia en este mismo gabinete mañana en la noche. -Bien, dijo
Emilio: me tendrá U. aquí sin falta.
-Mejor es, dijo Monterilla, que procedamos en paz: si bien se
considera los dos debiamos ser íntimos amigos. Yo tambien tengo
muchas cosas que decirle; pero no en este momento: mañana en la
noche, i despues, si U. se maneja bien, tendremos ocasion de hablar
despacio. Por ahora basta le recuerde que U. no tiene motivo alguno
de queja contra mi, lo que espero demostrarle con el tiempo, del
modo mas convincente. Así es que si U. fuera reconocido, no
cargaría ahora, prevaliéndose solamente de sus malditas pistolas,
con esa niña, que sin saber por qué motivo, se le ha puesto al
lacio, de tal manera que seria obra de romanos arrancársela un
hombre como yo, solo i desarmado.
-Basta, dijo Emilio, ofreciendo el brazo a la Cisne: hasta
mañana.
-¡ I se la lleva! decía Monterilla saliendo a la puerta detras
de Emilio i la Cisne. i Ah ! ya la recobraré; ya tendrá que
devolvérmela despues èl mismo.
Cuando Emilio entro a la casa de Monterilla le fué preciso
vencer la resistencia que le opusieron la Daifa i su compañera, que
estaban sentadas en la puerta. Mas viendo que era el hijo de D.
Adolfo, lo dejaron pasar, creyendo que su visita importaba a
Monterilla.
Mas no sucedió lo mismo cuando lo vieron salir con la Cisne de
brazo; pues la Daifa enloquecida se paro al frente de la puerta
como para cerrarles el paso. Mui insignificante era, por cierto,
tal obstáculo para Emilio, quien dándole un empellon, se abrió
camino con gran felizidad. La persona de Emilio, corno se vio en el
congreso de Monterilla, estaba garantizada contra los ataques de
toda aquella jente. Por eso fue que la Daifa ni al entrar ni al
salir intentó ofenderlo de ninguna manera i tuvo que ceder.
A poco que anduvieron Emilio i la Cisne, esta se acordó de la
carta que se le habia quedado sobre la mesa; mas considerando por
una parte, que era difícil recobrarla, i por otra, que su contenido
no interesaba a nadie, ni a ella le perjudicaba que se supiese,
resolvieron dejarla para recobrarla despues, evitando por entonces
volver donde aquel nombre cuya presencia habia sido siempre tan
odiosa i repugnante para la, Cisne.
Esta fué conducida por Emilio a casa del Sr. Osman, donde a
pesar de ser mui tarde, estaba levantada toda la familia, a causa
de la inquietud que les producía la ausencia prolongada de Emilio.
Cuando entraron al cuarto de las Señoras, tanto la Cisne como
Emilio se presentaron con timidez. i embarazo, pero aquella con una
timidez que le imprimia gracia, mientras en este se veia un
embarazo que lo humillaba. Sinembargo presentó a la Cisne como un
objeto a quien debia acabar de salvar aquella familia; i las
Señoras, que ya sabian de interes que tomaba por ella un personaje
desconocido, oyeron con gusto la relacion un poco incompleta que
les hizo Emilio, quien concluyo diciendo al Sr. Osman que con mucha
satisfaccion le ofrecía en aquella Señorita oscura i desgraciada,
el objeto mas digno con que habia de reemplazarse el antiguo
protegido que probablemente iba a perder su generoso corazon: mas
que si no se dignaba aceptar ese depósito, se sirviese al ménos
conservarlo hasta el día siguiente en que se daria aviso al
protector oculto.
-No hai mas protector, dijo el Sr. Osman, que tú i yo: los,
filos seremos suficientes para que esta niña no tenga necesidad de
otras manos que la protejan. U. puede, añadió volviéndose con
bondad hacia ella, estar tranquila i confiada; pues no salará de
esta casa, sino cuando así lo quiera, i entre tanto disfrutará de
la misma honra, seguridad i prerrogativas dite mis hijas i que
Emilio.
La Cisne dió las gracias al Sr. Osman, i poniendo sobre la mesa
el puñal que se habia traído de casa de Monterilla,, refería el
motivo por qué lo llevaba.
Emilio tomó el puñal, i observó, que en el cabo tenia escrito el
nombre de Adolfo Castelvi. Era en efecto el puñal de su padre, i
por tanto, guardándo con disimulo esa arma infame, antes de que la
examinara el Sr. Osman o alguna de las Señoras, se retiró
nuevamente avergonzando, para su cuarto, donde apénas se atrevia a
contemplar de nuevo un objeto que acreditaba los delitos de su
padre, i que la Cisne habia tomado junto de un ataud, para salvarse
del crimen que la rodeaba; fiero que arrojó con horror luego que se
vió en seguridad. El mismo que salvaba a la Cisne, tenia tambien
que esconder el puñal del asesino; porque colocado entre la virtud
i cl vicio, debía defender indistintamente al criminal i a la
víctima.
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