INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

PARTE SEGUNDA
CAPITULO I
EL HIJO

ES NECESÁRIO advertir. que la discreta Adelaida no leyó en alta voz la carta que acababa de recibir del Mordedor el desgraciado Emilio: la leyó solo para si, i no porque creyera tener algun derecho para imponerse a su arbitrio, en las cartas que recibiera su amante, sino porque en aquel momento de Sorpresa, su talento, i mas aun su corazon, le indicaron que era la única Sobre quien pesaba el deber de examinar las causas que en tan alto grado i tan súbitamente alteraban la felicidad de un ser cuya dicha le era tan interésante. Así fué que doblando la carta despues que la leyó, la guardó en Su seno, i corriendo hácia Emilio, a quien el Sr. Osman Colocaba en el Sofá, le sacó del bolsillo las pistolas sin que él lo sintiera, para evitar que al volver en si, fuese víctima de sus ideas de honor i dignidad.

El Sr. Osman al ver la accion de Adelaida i que había leído la carta, le preguntó con interes cuál era la causa de semejante accidente i qué contenía tal papel.

-No puedo responder, dijo Adelaida temblando.

-¿Luego no has leído la carta? ¿ no es su contenido lo que produjo en Emilio este accidente?

-No lo sé...... solo puedo manifestar que esta carta no me pertenece i que la casualidad únicamente es la que me hace depositaria de ella.

-¡Hija mia! esclamò el Sr. Osman echandole los brazos: tu franqueza i tu sinceridad califican esto como un Secreto; es preciso, pues, no tratar de adivinarlo, ¡yo me congratulo de tu discrecion.

Gracias padre mío.... Pero procuremos que Emilio se recobre, yo sufro al verlo así, i temo...

-No hai cuidado: esto le pasa bien pronto: es efecto de alguna pena grave con que lo han sorprendido. Tú, querida Adela única que posee el secreto de su mal. Bien ...quedas, pues, autorizada por tu padre para consolar a ese inféliz.

Los cuidados de la familia volvieron a Emilio de su postracion, i levantándose este para salir inmediatamente de la pieza, no atendió a las instancias con que lo detenían, manifestando que necesitaba estar solo, i que por lo mismo le permitiesen retirarse a su cuarto, al que el Sr. Osman lo acompañó, i donde tuvo que dejarlo, pues no sabia qué decirle, ignorando completamente la causa del mal, i considerando que en efecto en semejante caso era mejor estuviese solo. que ofrecerle una compañía estéril e importuna. Entre tanto, Adelaida sola en set cuarto leía i releía la carta, i notaba con dolor (loe en ella reconocía precisamente la letra del padre de Emilio i la firma que habia visto tantas veces en las cartas que este recibía de él en otro tiempo.

Al quedarse Emilio solo, cerró la puerta, i llevando la mano al bolsillo para sacar sus pistolas, notó que lo habian desarmando, aunque no acertaba a adivinar quién era el que, lo condenaba a vivir.

-Se engañan, decía entre si: esto no será mas que por una noche. Mañana sabré librarme de mi horrible destino, o mas bien sabré consumarlo. i Cuántas veces paseándome en e este cuarto, pensaba i presentía que mi destino final habría de ser el suicidio! I entónces estaba yo en la época mas bella de mi vida. Si en alguno de esos momentos de desesperacion que me asaltaban, i que acaso la providencia me envió como nuncios del porvenir que ahora empieza, para intimarme piadosa me libertase de él; si desde entónces, hubiera puesto fin a mi existencia i qué de, amarguras no se habrian ahorrado para mi corazon i La pena de esta noche fatal se habria evitado. Pero...¡ Adelaida ! Fué tu imájen la que me desarmó muchas veces; fué la esperanza el tirano que me obligó a vivir. Mas ni aquella imájen ni está esperanza me desarmarán mañana..... Adelaida misma con su desden me obligará mas a morir; i el desengasto con su amargura me ayudará a obedecer. Dichoso yo si en aquel, tiempo, en vez de arrojar el arma por el recuerdo de una mirada, de una palabra sola, hubiese muerto siquiera en brazos de la ilusion: dichoso entónces, i no ahora en que a pesar de esos recuerdos tendré que morir burlado en los brazos de la infamia. Si: hoi por última vez, mas que en ningun otra tiempo, la esperanza me hacia feliz.... Sinembargo i Adelaida! ya ni tus miradas tiernas, ni tus dulces palabras volverán para mí.... para el hijo infame de un padre criminal. Esta noche eterna ha compendiado primero mis ilusiones i despues mi grande desventura, para reducirlas a un punto a fin de que la muerte las comprenda todas, i bajo el mismo golpe caigan a un tiempo falaces esperanzas i mal verdadero. Allí está tu cinta, Adelaida: no temas, no, que se afrente: yo te la devolveré: me la diste diciéndome que yo era hijo de un hombre de honor i esa condicion te bastaba.... No, Adelaida, no es mi padre lo que ocias, i el hijo debe restituir la prenda que dió el error. Sí... se acabó para mi toda esperanza: todo me lo roba mi padre en esta noche aciaga... ¡ Padres é hijos! ! ! ¡ Oh vinculo terrible! ¡ naturaleza feroz ! ¡Orden funesto! I la sociedad que estrecha esos nudos...... ¡bárbara e inhumana! ¡cadena horrorosa que amarra un hombre a otro hombre i liga la inocencia i la virtud al crimen i a la infamia ! i O humanidad maldecida, que por ser susceplible de vicio i merecimiento, se ve perseguida por ese verdugo eterno de las jeneraciones, que borra sobre la ¡rente del que nace i crece los timbres del honor para gravar en su lugar la afrenta! ! ! Mas...¿ qué digo ? ¿Blasono de mi virtud i de mi honor, i estói deshonrando a mi padre? No, padre mío...! La sociedad me desconoce i persigue: bien i me acojeré entónces a la naturaleza. Sí..... yo no debo, pues, morir: debo conservarme para salvar a m¡ padre. La sociedad va a burlarse de mi honor; yo me burlaré de su justicia. Ella va a arrojar la infamia sobre un hijo inocente; yo sustraeré un culpable a sus torcidos fallos. ¿ Qué derecho tiene el hombre para juzgar al hombre? ¿ Puede ser justo un ser tan preocupado e insensato? ¿Por qué se usurpa un atributo de Dios cuando no es Dios, ni capaz de ejercerlo corno él, sino ántes bien de venderlo i prostituirlo con descaro ? No.... Yo me conservaré para salvar a ese padre desventurado i culpable, a quien yo juzgo, porque soi el único digno de juzgarlo, i a quien perdono, i cuyo perdon nadie debe revocar, porque lo haré valer apenar del mundo entero. Por fortuna este es un secreto que nadie conoce: es, pues, bien fácil mi minion, ¡Monterilla ! ya todo está aclarado. Te comprendo ahora perfectamente : pretendes que salve al Mordedor, para ganar, asi tu silencio i evitar que delates a mi padre: bien; el Mordedor se salvará: mi padre con mis súplicas i mi proteccion habrá de corre correjirse al fin: la sociedad. lo ignorará todo, i de i yo quedaremos honrados, no seremos víctimas de la injusticia, i Adelaida ignorando mi desgracia, no me despreciará. Renunciaré a ella, porque en verdad soi indigno de su mano; Pero al ménos me quedarà un nombre puro que merezco de justicia. Ocultándole mi desventura la engaño, es cierto, pero no la engaño sino en sus dias que pasaron, para no echar un borros inmundo sobre sus recuerdos i evitarle la vergüenza de al algun sueño que voló... . Mas... ¡ nécio de mi! ¿Dónde está esa carta fatal? La he percudo; voi a buscarla. Sin duda ya la leyeron!. . ¡ maldicion estupenda ... ! i no puedo atreverme a subir a esas habitaciones honradas que ya soi indigno de pisar. ¡ Dios mío! ese secreto horrible se ha descubierto en esta casa, mañana lo sabrá el público... No: eso es imposible; yo debo salir a buscar esa horrible carta i a pedir de rodillas se guarde para siempre el secreto que contiene. El Sr. Osman es bueno i jeneroso, me ordenará salir de su casa, pero no me venderá, i su familia tendrá lástima de mí .... Al llegar aquí sin sintió que llamaban a la puerta de su cuarto. Era Adelaida. Emilio léjos de esperimentar el gozo que tan distinguido favor debía causarle, solo sintió ó el de la probabilidad que esa accion le daba do que Adelaida ignoraba su secreto todavía, i la pena de que creyéndolo aun digno de su amistad, iba a preguntarle, movida de una curiosidad irresistible, el motivo de su accidente. Adelaida se presentó en el cuarto de Emilio como en la morada de un caballero; pero con los ojos llenos de lágrimas.

-¡ Emilio ! esclamó deteniéndose en la puerta.

-¡Adelaida ! ¡ Adelaida! repuso este cruzando las manos. Si U. supiera.... no habría venido, no ... Compadézcase U. de mí, corno de un preso infame a quien se digna venir a visitar a un calabozo, ignorando la humillacion a que se halla reducido.

-Todo lo sé, Emilio... Vengo a darle cuenta de este papel funesto, asegurándole que solo yo lo he visto, i que nadie mas lo verá. Quiero que U. me permita quemarlo, i espero me perdone el haberlo leido, si no queria hacerme saber su contenido.

-¡Todo lo sabe ...! i aun pronuncia mi nombre! ¡Jenerosa Adelaida! olvide U. para siempre a Emilio i su padre...

-No: léjos de eso me acordaré de los dos i pronunciaré siempre; el nombre del uno con estimacion i el del otro con interes.

-¡Adelaida! por Dios! ¿Me compadece U. con nobleza i jenerosidad... U. puede estimarme todavía... ?

-Si... sufro con U. i solo se calmará mi pena viéndolo sereno, i a su padre salvo i seguro.

I acercándose a la luz, quemó la carta que trata en la mano.

-U. la leyó, dijo Emilio; i con esto ha descarado a mi corazon del peso teas Horrible. Me mataba el creer que indigno de su amistad, U. me compadeciese ignorando la naturaleza i magnitud de mi desgracia, i suponiendo una condicion que ya no diste. Ahora, pues, si U. me compadece con interes, seré mènos desgraciado; i si guarda este secreto i aprueba mi pensamiento, salvaré sin remedio a ese padre desventurado.

-Eso quiero yo tambien, contestó Adelaida. Nadie sabe esta desgracia, ni puede saberla sino por los cómplice; de sus enemigos, cuyo silencio es fácil de lograr salvando, si se puede, por medio del Doctor Témis, al Mordedor.

-Si, Adelaida; ya lo he comprendido todo; i si ese proyecto merece su aprobacion, yo quedare tranquilo en la creencia de que obraré bien.

-¡Qué otro recurso: dijo Adelaida con pena ; esto es preciso i yo me intereso con U. en favor de su padre. Perdonémoslo, Emilio: tratemos de salvarlo i correjirlo. El no puede haber caído en esos estravios, sino a cansa de su pobreza: él no puede ser malo; no he visto mil i mil veces esa carta, i al reconocer en ella la letra de su padre, que no Hace mucho tiempo escribía a U. tantas palabras de afecto i tan tristes quejas contra la pobreza, no he podido ménos de convencerme de que la desesperacion lo ha pervertido; i por tanto, la esperanza i el consuelo deben volverlo a la virtud. Esa esperanza i ese consuelo, Emilio, seràn U. mismo; i le ruego que se resuelva a todos los sacrificios filiales que las circunstancias le imponen hoi. Busque a Monterilla, cuya carta ha venido ahora a quedar tan aclarada, i en la que está consignado de un modo evidente, el programa que U. tiene que seguir en este asunto: Dable con ese hombre, i salve al Mordedor por medio del Doctor Témis, al que es inevitable Hacer partícipe en este secreto...

-Adelaida, interrumpió Emilio: yo no quisiera comunicarle a nadie este suceso: es para mi mui cruel hacer que alguno lo sepa.

-¿ Pero cómo salvar entónces al Mordedor ? Eso solo es posible valiéndonos de la influencia del Doctor Témis. I es preciso que U. esté persuadido de que la defensa de aquel, es la que salva tambien a D. Adolfo.

-Es cierto, dijo Emilio; mas ¿ si fuera posible Hallar otros medios .... eso no seria lo mejor ?

-U. verá; pero a mi no me ocurre por ahora otro camino. Mas sea lo que fuere, creo que debe hacer el sacrificio de Hablar con Monterilla, i sobreponerse a un acontecimiento tan desgraciado.

Adelaida se fué, i al cabo de algunos momentos empezó a reinar en toda la casa un silencio que iba haciéndose tan jeneral, como la pena de Emilio iba tomando estacion, pareciéndole que el pensamiento de su desgracia crecia lentamente i se dilataba en la misma proporcion que de distancia en distancia moria el sonido i la quietud lo invadía todo, partiendo desde él mismo, que sentado en el canapé, ni se movia siquiera. Pesaba sobre su alma la noche como una mole de desventura que letal i silenciosa se ensanchaba en el espacio, apagaba toda luz i le alejaba los vivientes. La visita de Adelaida comenzaba a figurársele como el recuerdo de un sueño encantado, pero antiguo, en que bajo formas seductoras se le habia aparecido la sociedad noble i honrada, a decirle un a Dios eterno para no volver a hablarle, dejándole con desprecio en su lugar, al vicio i a los criminales para que le hiciera i en adelante la corte de la infamia. Mas al ver sobre el candelero esa tela rugosa de ceniza negra, a que Labia reducido Adelaida aquella carta funesta, sintió algo que casi fué para él una feiizidad en el estado de dolor en que se hallaba. La visita que le habia hecho, la accion de quemar la carta i hasta las cenizas que habia dejado, valían para Emilio mas tal vez que aquella cinta que de ella habia recibido pocos dias ántes; porque este obsequio lo habia hecho el error, i aquellas cenizas las hacia la verdad. Así fué que envolviéndolas en un papel, las guardó como un monumento funerario de la escena mas penosa i vehemente de su vida.

Cuánto mejor es, decía Emilio, que Adelaida no ignore esto. Es verdad, repetia, que ya no puedo aspirar hasta ella; que esta jenerosidad que acaba de manifestarme, no debe considerarse como un acto de amor; no ha sido mas que un acto de virtud, congo el socorro que da la caridad al miserable, i del que este no debe vanagloriarse corno de una predicción del cariño, sino como de la fortuna de haber sido hallado casualmente por una mano bien hechora. Es indudable que Adelaida no puede amarme; que debo despojarme de mis esperanzas e ilusiones de una época féliz; pero tambien es cierto que al ménos mis proyectos están aprobados por una jóven inocente ¡discreta; que tengo una amiga encantadora que me estima i compadece sin error.... ¡Una amiga ! Eso ha sido ella siempre para mi i  yo, nécio presuntuoso; creya que me amaba. Si ella lo supiera ¿con cuánto desprecio no miraria a un hombre vano, que no fué capaz de dar a sus acciones i palabras la intelijencia que suponian en un hombre sensato, i que léjos de eso les atribuia un motivo que es imposible haya logrado inspirarle jamas: motivo hermoso que no he podido suponerle, sino porque esa suposicion me lisonjeaba. Si; por eso es que Adelaida no ha variado; por eso es que ha venido esta noche a mi cuarto, ella, cuya virtud puede alcanzar a conservarla como amiga constante de un desgraciado; pero cuya nobleza no le permite tolerar a un infame por amante. Si me hubiera alnado, corno yo creia algunas veces en una enajenacion dichosa, se habría mostrado de otro modo desde que supo quien era ese amante i que su amor descendia a un objeto indigno i despreciable. No: su bondad conmigo no era mas que bondad, oral la que acaba de manifestar por mi padre, a quien ni siquiera conoce, i apesar de todo juzga desgraciado i aun virtuoso. ¡Ah, infeliz de mi! Esa, cinta; esas cenizas no son como las vi en un momento de insensatez, símbolos de amor, sino dones de la caridad. Sinembargo, no por eso valdran ménos para mí, ni desgraciado alguno ha podido recibir jamas consuelos mas dulces, limosnas que inspiren tan gratas iluciones. Si . no solo por interes mio debo defender al Mordedor i salvar a mi padre; tambien debo hacerlo por obedecer a Adelaida, ante la que algun día habrá de postrarse ese padre arrepentido, para agradecer el perdon que ella acaba de concederle i que le envia conmigo, como el medianero entre el delito i la misericordia, entre el vicio i la virtud..... He aquí el destino que el cielo me preparaba: yo no sol nada, sol un escalon; no estói arriba ni se me cree tampoco abajo: de Adelaida desciende la clemencia hasta mi mismo, i de mí pasa a mí padre: del Doctor Témis bajará el favor a Emilio, i de Emilio acabara de descender hasta el Mordedor. Así me ha considerado. Monterilla desde el principio, cuando el Doctor Témis me consideraba tan alto como él, pues escribiò en mi nombre, me consoló i me dijo que era mi frente superior a la ruin estera en que pueden jirar la infamia i calumnia. i Pobre Doctor Témis ! i qué equivocado estaba! ¡Ah, Monterilla! con cuànto mas acierto prorrumpiste en tus horribles amenazas que ya están cumplidas. Emilio besará tu planta si lo exijes.. . . la besaré. Emilio te buscará i tu lo despreciaras... que me desprecie. Sí: todo está hecho. . .todo lo haré por el amor de mi padre. ¿ Qué me importa el hombre ? Yo no vivo ya sino en la naturaleza, ni habrá para mi nunca otros vínculos que los que ella me preparó al nacer. Es forzoso pues que yo descienda ....... no es esto descender, en la naturaleza no hai escala; es solo vivir i moverse, es mas bien estar quieto i dejar que la vida pase por el corazon sus nudos espinosos. Cuando yo vivía en la sociedad pude pensar que subia i que me iba elevando a una altura en que Adelaida sola se ostentaba... Sinembargo, ha sido preciso descender para nunca mas intentar levantarme.

Estas últimas palabras las pronunciaba Emilio recostada en el sofá i empezando a soñar el hecho mismo que acababa de sucederle. En ese sueño veía ademas a Adelaida huyendo como una sombra. Esa sombra era luego la imajen de la virtud que abandona al que comienza ya la ruta maldecida del delito. En pos de ella se acercaba severo i enlutado su padre asesino, que en vez de sus dos manos tenia pegadas al brazo las manos de un muerto, i mostraba a su hijo asustado, los letreros fatales. El fantasma se agrandaba delante de él i con una voz ahuecada le decia.

-Yo soi , Emilio, tu amor-tu infamia tu vida; porque soi tambien tu padre.

Entónces Emilio en una convulsion precipitada se sentó esclamando:

-¡ Oh padre mio. . ! i Padre mio ! soñar contra, tu inocencia ....

Mas al instante advirtió que no era un sueño : todo era realidad.

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