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CAPITULO XXV
EL CONCIERTO
CUANDO Oropimente en su emboscada observó que ya comenzaba a
amanecer i su víctima no parecía, empezó asentir él temor de que no
tuvise el resultado que se deseaba el acuerdo celebrado por la
junta i en virtud del cual con tanta confianza Babia sido enviado a
pasar de celada una noche entera en aquel punto solitario, del que
al fin tendría que retirarse burlado, para ir a sufrir las injustas
reconvenciones de sus colegas. Bien pronto viendo ya pasar por el
camino algunos viajeros, resolvió retirarse antes que pudieran
concebirse sospechas de su estacion misteriosa; i volviéndose en
consecuencia para la ciudad, lleno de pesadumbre dirija a cada paso
una mirada hacia atras. Cuando ya era de día sintió que venian dos
a caballo tan de carrera, que antes que pudiese distinguirlos
pasaron a su lado como un relámpago.
Eran D. Juan i Santiago que como se deja ver llegaron a Bogotá
mucho ántes que él, sin haber sufrido contratiempo alguno.
Inmediatamente se dispusieron a ir donde Emilio para cersiorarse de
las noticias dadas por El Enrique, i ver sien algo convenían sus
servicios en caso de que fueran ciertas. Santiago deseaba en
estremo conoces Emilio i volver a ver al Dr. Témis: apénas se
acordaba toda via de Baciliza aun cuando seguía mui triste pero
preveía que recobraría bien pronto su carácter alegre i jovial, a
favor de las distracciones que le ofreceria Bogotá; lugar que amaba
profundamente í del que mui pocos deseos tenia de salir, pensando
mas bien consagrarse a las letras o al comercio, i cultivar la
amistad i las relaciones de D. Juan.
Cuando llegaron donde Emilio toda la casa ofrecía el más
profundo silencio. desde la entrada observaron al traves de los
vidrios de una puerta-ventana, a Adelaida i demas Señoritas,
sentadas en sus silletas de costurero. Como vieron cerrada la
puerta del cuarto de Emilio que habia salido a la calle, subieron
para entrar al aposento de las Señoras, quienes con mucha
cordialidad los recibieron. Adelaida estaba mui hermosa ese día,
vestida con el traje sencillo de la mañana, pues aunque era ya por
la tarde, no rabia querido adornarse a causa de la melancolía que
la contristaba i que por otra parte le imprimia un aire interesante
i dulce.
D. Juan presentó a Santiago, i este se ofreció sin timidez ni
embarazo, porque aquella familia le inspiraba confianza viendo que
era al mismo tiempo no menos respetable que atenta i cortes, i tan
franca como discreta.
-Yo estaba mui confiado, decia D. Juan, en que serian falsas las
noticias desagradables que Enrique nos llevó a las fiestas.
-Son por desgracia demasiado exactas, contestó Adelaida.
-Pero Emilio dice, añadió la Señora, que si esos perversos han
creído pueda el terror molestarlo, se engañan completamente, pues
él es incapaz de hacer caso de semejantes farsas. I efectivamente
está mui contento porque se ha persuadido ademas, de que esas son
las armas que le anunciaron i que tanto temia al principio,
creyendo fuesen otras manos despreciables.
-Hace mui bien, dijo D. Juan, de mirar así las cosas. ¿Pero esas
manos de muerto... ?
-Eso es mui feroz, dijo una de las Señoritas; i Adelaida se ha
horrorizado con ellas en tal estremo, que ha sufrido mucho estos
dias.
-Muchísimo, D. Juan, añadió Adelaida. UU. no pueden imajinarse
sino en una pesadilla fatal, un objeto mas repugnante a la
vista.
-Ya me las imajino, dijo Santiago, cortadas por la muñeca
amarillentas o cárdenas.
-Pero eso no era tanto, continuó Adelaida: lo que me ha
horrorizado mas han sido unos letreros de sangre que tenian en la
palma cada una de ellas.
-Espantoso es eso por la ferocidad que denota en los asesinos,
repuso D. Juan. Mas UU. no deben pensar en semejantes horrores.
-Ciertamente; dijo Adelaida, mi pensamiento no gusta de ímájenes
atrozes.
-¿I el espectro ha vuelto? preguntó D. Juan.
-Anoche no vino, respondió la Señora; mas estamos temiendo no
sea que haya fijado el periodo de cada dos noches para
presentársenos.
-Mui desagradable seria eso, dijo una de las Señoritas; porque
cabalmente en ese caso, esta noche le tocaria venir, cuando tenemos
que asistir al concierto, i seria cosa de morirnos, si al volver
encontrásemos en la esquina semejante hombre con su espantosa
figura.
-¿ Van UU. en verdad al concierto? pregunto D. Juan.
-Seguramente contestó la Señora, aunque Adelaida desea mas que
nos estemos en casa: Sinembargo yo le he dicho que seria una
vergüenza, como dice tambien Emilio, que nos privásemos esta noche
de ese pasatiempo, solo porque nos haya asustado algun nécio que se
reiría con razon de nuestros temores i de nuestras privaciones.
-Es verdad, dijo Santiago, tanto mas cuanto que nosotros, que
tambien pensamos ir, podríamos tener el gusto de acompañarlas a la
vuelta, i de despejarla calle de todo cuanto fuera capaz de
asustarlas o incomodarlas de cualquiera manera.
-Muchas gracias, caballero; dijo la Señora: pero tengo
esperanzas de que nada sucederá, i ruego a UU. desde ahora, no
vayan a molestarse por nosotras.
Algunos momentos despues viendo D. Juan que Emilio, no parecía,
pero sabiendo tambien que no le habia causado grande impresion el
suceso de que se hablaba, siendo por supuesto falsas en este punto
las noticias de Enrique, resolvió retirarse confiado en que esa
noche se verían despacio. El resto de la tarde lo pasaron en
recibir algunos amigos i disponerse para asistir, al concierto.
Cuando llegaron al salon en que este tenia lugar, había ya mucha
jente; pero tomando D. Juan i Santiago un asiento entre varios
amigos, léjos de sentirse incómodos por la abundancia del concurso,
gozaban el encanta de la variedad. Santiago embelesado paseaba los
ojos por aquella galería de hermosas jóvenes que ofrecían a su
vista un cuadra bello i elegante, todavía se acordaba de Baciliza,
como era natural; pero su imájen i sus modales le parecían entonces
indignos, de aquel sitio.
D. Juan buscaba con la vista a Emilio por todos lados, hasta que
a alguna distancia alcanzó a ver la familia del Sr. Osman. Emilio
estaba cerca de ella, hablando mui contenta con otros jóvenes
amigos suyos, de quienes se separó, luego para ocupar un asiento,
poco distante de Adelaida, al lado de unas amigas de esta, donde se
quedó para oír con comodidad la música que empezaba i que todos se
consagraron a oír con profunda atencion.
Aunque D. Juan habia visto a Emilio, no encontraba absolutamente
al Dr. Témis apesar de distraerse en buscarlo casi toda la primera
parte de la funcion, porque persuadido deque debia estar allí,
estrañaba su ausencia. Deseaba tambien acercarse a Emilio, mas como
había, mucha jente, el tránsito era mui embarazoso i molesto. Asi
fuè que tuvo que privarse del gusto de hablar con su amigo durante
una gran parte de la funcion, hasta que por último: en un
intermedia le fué fácil acercársele.
Emilio seguía cada vez mas contento, pareciéndole a D. Juan
olvidado enteramente de sus molestias, en cuya virtud juzgó
discreto no hablarle una palabra sobre asunto semejante,
conversando mas bien acerca de Adelaida, i despues, de las fiestas
que no les Babia sido posible soportar, alegando como causa, la
mala sociedad que se habla reunido en ellas i el disgusto causado
por algunos jóvenes disolutos i mal educados, lo que al fin los
había obligado a una desercion no poco difícil.
La conversacion fué interrumpida por comenzarse la última parte
del concierto, a cuyas armonias estaba preparado por la felizidad
el corazon de Emilio. Todos los espectadores aguardaban la
continuacion de la música con interes, i se mostraban prontos i
dispuestos a juzgar i sentir su mérito, por medio de un silencio
sublime con el cual la sensibilidad estaba pidiendo emociones para
deleitarse, el alma algo que la elevara i el pensamiento imájenes
que comprender.
La música empezò entónces rompiendo el aire con un golpe lleno i
grave a grande orquesta, cuyo eco parecía repetirse continuado i
sordo en las concavidades de una caverna, para perderse en seguida
por los sombríos i dilatados bosques del misterio, dejando el aire,
en una convulsion séria que llevaba al corazon la poesía del terror
i daba a la mente la idea de la majestad. Entónces Emilio,
sintiendo elevarse su corazon, empezó a ver como al traves de un
velo de luz a los espectadores graves i silenciosos como una
asamblea de príncipes, i a las damas como un concurso de reinas
gobernadas por Adelaida. Era esto a los ojos de Emilio en tal
momento un cuadro que le representaba al hombre mudo, pero lleno de
pensamiento; severo i lleno de sensaciones. Entónces dirijió una
mirada a Adelaida, i en ese momento tambien la tierna i fina
apoyatura de un violin soco en sus oídos como un ai ! tímido i
delicado que le pareció salido del corazon de su amada. Esta por su
parte sintió ajitada clavados en su pecho los ojos de Emilio, i no
pudo prescindir de bajar los suyos sonrojada i temerosa,
pareciéndole que su amante estaba leyendo sus sentimientos al
compas de aquella música. Si en ese momento hubiera sonado, no mas
que un eco blando, se habrían llenado de lágrimas los ojos de
Emilio; pero no fué un eco blando, fué la misma ternura la que
lloró en una flauta, i a la que respondieron el pesar, i la
compacion en esa corte de cuerdas animadas por el jénio. Emilio
enternecido dejó que los acéntos que siguieron como imitando los
tonos lijeros i fugazes de la consolacion, meciesen su alma con la
esperanza de que el brazo de Adelaida iba a apoyarse bien pronto
sobre el suyo; de que al día siguiente iba a verla, no con esos
atavios de elegancia social con que la veía allí, sino solo con la
elegancia natural de su belleza ¡su candor: que tal vez desde mui
temprano habría dc herir su corazon esa voz que apénas podían
imitar los finos instrumentos que ahora sonaban. Mas entónces una
detencion súbita i breve, detuvo tambien en Emilio el vuelo de sus
ilusiones, que con una pausa repentina de la música quedaron
enmudecidas. A ese silencio siguió una voz débil cuyo principio no
pudo el notar, pero que poco a poco se ensanchaba i llenaba aquel
recinto, cual si compitiendo con la luz que lo alumbraba, intentase
llegar a cada corazon, donde a esta no le era dado alcanzar, para
ser así mas digna de iluminar la belleza. Mil i mil votes festivas
i lijeras volaron entónces como empeñadas en acompasar los latidos
simultáneos en que se ajitaba el pecho de tan inumerables oyentes
atentos i conmovidos: esas votes se Unieron al fin para formar un
golpe claro i vigoroso. Despues la música desde los altos tonos a
que se Babia elevado, descendió en ese mismo timbre como un globo
de armonía, i cual una cima que se desprende i cae saltando i
retumbando de una punta en otra punta, i que parece detenerse de
trecho en trecho para rodar en un abismo i dejar un eco sordo, pero
muculoso i erculeo, semejante al bramido que habria lanzado el seno
de Emilio si en ese momento hubiera sabido repentinamente que
Adelaida amaba a otro hombre. Entónces se quedó él mirándo a esta
con espresion, en tanto que siguieron unos compases tan solemnes,
tan grandiosos i mareados con votes tan llenas i sublimes, que
parecía que la tierra iba regularizando por ellos su marcha
majestuosa en la órbita en que jira.
De estos pensamientos salió Emilio al oír un pasaje en que se
imitaba la mùsica sanando a lo léjos... Súbitamente entónces
cubrióse la cara con las manos, i no pudo seguir comprendiendo la
poesía del artista, tan vehemente cuando la hablaban esas cuerdas
delicadas, tan arrebatadora cuando salian de las cajas de esos
instrumentos pensamientos tan bellos. No: ya habia descendido de.
una rejion suprema, i su imajinacion sondeaba solo el abismo
horrible i espantoso del delito. La música a lo léjos le había
recordado vivamente a Monterilla, cuando en la cárcel decía a D.
Juan que se acordase par los golpes de una música que se
aproximaba, refiriéndose a la de la procesion, que el Doctor Témis
habria de abandonar i perseguir a Emilio. Se acordó tambien de las
palabras escritas en las manos mutiladas de un difunto i arrojadas
por un criminal al patio cíe su casa.
La música entónces no era mas que una vibracion ruda i cansada
que representaba el tormento de que Emilio se veía invadido; pero
afortunadamente se acabó bien pronto, i la jente empezó a
retirarse. La familia del Sr. Osman se levantó para irse, i Emilio
contristado de nuevo, i con la sensibilidad irritada por la música
i el contraste de sus recuerdos, dió el brazo a Adelaida, con la
que siguió adelante para su casa, despidiéndose de D. Juan i de
Santiago, a quienes la familia no permitió se molestasen en
acompañarla corno ellos querían,
Cuando anduvieron algunas cuadras empezaron a Notar Emilio i
Adelaida una soledad completa, que atribuyeron a la preocupacion de
las jentes con el espectro, lo que las obligaba sin duda a escusar
aquellos contornos. Al llegar a la puerta viéron parado en el
umbral al hombre disfrazarlo de la primera noche, que parecia
aguardarlos allí. Adelaida se asustó en estreno, pero Emilio
sacando una pistola le dijo que iba a matarlo.
-No, gritó Adelaida tomando la pistola: no por Dios, Emilio; que
eso acabaria de comprometerlo a U. i de asustarme a mi.
Mas el Mordedor que los vió acercarse, temeroso de que Emilio
fuera a atarlo, cuya intention habia manifestando bien claramente
la primera noche, no quiso aguardarlos, i retirándose le gritó a
Emilio, diciendo
-En el umbral de esa puerta dejo una carta para U. caballero: si
no la toma i la lee, está perdido sin recurso.
Emilio con Adelaida, llegó i alzó la carta para leerla cuando
entraran. En efecto, apénas estuvieron en la pieza de las Señoras,
i ántes que ellas subieran, abrió la carta i acercándose a la luz
se puso a leerla. Pero dando un grito de horror, ¡arrojándola al
suelo, cayó sin sentido. Todas las Señoras, que entraron en ese
momento, quedaron sorprendidas de semejante lance, i Adelaida
alzando el papel mientras el Sr. Osman alzaba a Emilio, leyó para
si sola, lo siguiente:
No me persigas, Emilio, i procura a todo trance salvar al
Mordedor. El ladron oculto que tanto buscan, es el asesino de D.
Mateo; i ese ladron, ese asesino .... Emilio. ¿ Sabes quien es ...
? Es tu padre. . . . es
|Adolfo Castelvi."
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FIN DE LA PARTE PRIMERA
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