INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO XXIV
LAS FIESTAS

EN LA NOCHE que tuvo lugar la junta de que acabamos de hablar, se trataba particularmente por los enemigos de Emilio, de hacer que sucediesen algunos acontecimientos misteriosos i alarmantes acerca de él, para que cuando Enrique al dia siguiente llegase a las fiestas, fuese provisto, aunque sin saber él mismo el objeto, de noticias tales, que al oírlas D. Juan, emprendiese inmediatamente su viaje para Bogotá.

En efecto al día siguiente partió Enrique para las fiestas andando mui aprisa, no solo a virtud de la celeridad de su caballo i por la vanidad que cífraba siempre en hacer rápidas jornadas, sin, tambien porque ajitado con la idea de los sucesos que sabia haber acaecido la noche anterior i de cuyos detalles fué instruido oportunamente a virtud de disposiciones adoptadas al efecto por Monterilla; deseaba vivamente ser el primero que daba en las fiestas aquellas noticias, para tener el gusto de llamar por este medio la atencion i hacer interesante su llegada.

Algunas horas despues de Enrique partió tambien Oropimente, para apoderarse con tiempo de su sitio señalado i aguardar el indudable transito de D. Juan por aquel punto.

A la una del día llegó Enrique a un paraje desde el cual se divisaba el lugar de las fiestas que comenzó por ofrecerse a sus ajos, primero reflejando los rayos del sol sobre los toldos blancos, que formando una multitud de tiendas campales, aumentaban el caserío de paja que alojaba la poblacion. Despues empezó a ver tambien algunos grupos de Señoras que andaban de paseo, i jentes a caballo que corrían por diferentes partes. Todo esto le reanimó el deseo de llegar pronto, lo que acaso no era mui conveniente a los intereses del congreso de Monterilla; pues si D. Juan alcanzaba a salir mui temprano, todo se malograba.

Enrique llegó a la plaza del lugar a tiempo que casi toda la jente de las fiestas estaba en el baño o en el paseo; de modo que apénas encontró algunas Señoras, que sentadas a la sombra de los árboles, parecían cansadas ya de la alegría, i sustraídas de ella: a varios vecinos que andaban en la plaza disponiendo con mucha actividad la refaccion de la cerca para la corrida de toros; i a otros que subidos sobre los tablados, ¡andando en actitud encorbada, por la poca elevacion de la cubierta, disponían i arreglaban las colchas o el laurel que debian adornar los claros i las columnas.

Enrique se encontró por alli con D. Alejo que andaba a pie; recorriendo la plaza i dictando órdenes que, segun la espresion de su fisonomía, parecían relativas a graves i sérios asuntos, pero que sinembargo no tendían a otro fin que el arreglo i policía de las fiestas. D. Alejo con mucha atencion se acercó a saludar a Enrique, deteniéndole el caballo por la brida i elojiàndoselo mucho a la vez que lo miraba de arriba a abajo i observaba el sobresalto que manifestaba el hermoso animal al ver llegar los manojos de laurel con que un niño desde el tablado inmediato, en que de rodillas se reclinaba sobre el antepecho, le tiraba para espantarlo i hacerlo brincar.

D. Alejo mui cordialmente ofreció su casa a Enrique; pero este que no queria proceder a dar sus noticias porque la escena no era suficiente para ello, se limitó a preguntarle en qué casa estaba alojado su amigo Anselmo i donde se hallaban a la sazon él i todo la jeme de Bogotá.

-Anselmo se ha alojado en aquella casa, le respondió D. Alejo señalándosela; pero actualmente está reunido con toda la jeme que se fue a pasear i que ya debe volver porque son las dos de la tarde.

-¿Con ellos estarà tambien D. Juan ?

-No, Sr: él i Santiago se fueron solos a pasear por otra parte: ambos han estado insufribles en estas fiestas, i D. Juan particularmente ¡lo ha pensado sino en volverse para Bogotá, de tal modo que ha costado mucho trabajo detenerlo.

-Me voi pues a buscar a Anselmo u a otros amigos, dijo Enrique picando el caballo para irse antes que D. Alejo empezara a exijirle noticias de Bogota.

-Al volver la esquina alcanzó a divisara mucha distancia, una gran partida de jente que venia aprisa i mui alegre, con la que a pocos momentos afrontó, i quitandose el sombrero saludó en jeneral. Fué recibido en ese grupo animado, con gritos estrepitosos que todos los jóvenes que allí venían, amigos i no amigos suyos, se empeñaron en lanzar porque hacia rato les estaba haciendo falta un dominguillo con quien desahogar su rebosante buen humor. Este recibimiento tan entusiasta i lisonjero para él, al estar todavía a algunos pasos de distancia, vino a serle casi funesto, cuando algo mas cerca, ó intentando la mayor parte de los jóvenes salirle al encuentro velozmente, para abrazarlo desde acaballo enmedio de la carrera; se vió en alternativos riesgos, de los cuales pudo escapar los primeros, hasta que al fin vino a tierra entre otros, que habiendo caído en el encuentro aquí i allí, daban su golpe por mui bien empleado, con tal que los demas se rieran i los tuvieran por jente de humor.

Mientras Enrique logró desembarazarse de semejante arremetida, las señoras que iban a la carrera, llegaron con los lemas a la plaza, sin cuidarse de los que quedaban por el suelo; cosa que en concepto del presuntuoso Enrique, no pudo depender sino de que les habia disgustado mucho que le hiciesen sufrir un porrazo en ocasion que su presencia deseada, las habia ajitado extraordinariamente.

Levantándose despues para montar, vió venir mui cerca cuatro jóvenes que se habian quedado atras, i que andaban, no mui aprisa, trayendo en la mano sus respectivas botellas; uno de ellos era, Anselmo que venia en un caballo fatigado, con Ricardo i otros amigos recíprocos i comunes.

-¡Vamos, Enrique! ¡qué simple eres! le dijo Anselmo meciéndose sobre el caballo i con una cara en que las cejas trataban de levantarse cuanto los párpados por su parte se cerraban. ¡ Qué simple! ¿No es verdad ? ¿ Para qué estas caído? Mira: mejor es que |montes en esta botella: ¡bien! monta, añadió destapando la botella i tratando de ponérsela a Enrique en la boca, repitiéndole que |montara, en la creencia de que le decía que |tomara. Monta hombre, mira que está mui bueno.

Enrique no podía contestar porque los otros repetian la misma invitacion, i él con mucha docilidad se ocupaba en admitir a cada uno su respectiva oferta. En tomar se pasó un rato hasta que rogó que lo dejaran ir, porque las Señoras lo esperaban.

Anselmo debia hallarse ebrio desde ántes de montar, porque su caballo estaba enjaezado solamente con una jáquima ordinaria, el galápago sin estribos, i hácia atras llevaba cuatro docenas de voladores, de los que desde el principio se olvidó completamente ponla misma causa que ya iba Enrique olvidándose de sus noticias i de Bogotá. Al fin este consiguió montar, bien que Anselmo entretanto se quedó derramando el aguardiente en el suelo por imajinarse que lo recibía la boca de su amigo.

-Vamonos; dijo este ya montado i viendo a Anselmo quieto con la botella boca abajo.

-¡ Luego ya estás a caballo ? preguntó él.

Perfectamente, contestó Enrique.

-Llévame entónces por el cabestro, le dijo su ébrio amigo; pues que este animal está borracho i no puedo hacerlo caminar aprisa como lo ecsije nuestra edad.

Enrique obedeciendo, tomó por el cabestro el caballo de Anselmo i siguieron todos para la plaza, en la que ya las Señoras se habían desmontado i se divertían en diferentes cosas.

A tiempo que llegaron Enrique i sus compañeros, en la mitad de la plaza bailaba torbellino el Cura vestido ido con s su sotana i su sombrero de paja medio ahumnado : la pareja era Baciliza, elite con el cabello suelto por venir del baño, daba con ajilidad las vueltas acompasarlas no solo por dos sonoros tiples que dos vecinos tocaban a su lado, sino tambien por las palmaditas de D. Sandalio, que haciendo piruetas al rededor, repetia riendo a carcajadas:

-Por aquí, Baciliza : vamos a entonar la |alleluya.

-¿ Qué es aquello? preguntó Anselmo al divisar el baile.

-Que Baciliza está diaconando, gritó Ricardo sentarlo sobre la cerca.

-¿I qué tal salte diáconar Baciliza-? preguntaba Anselmo acercándose a Ricardo. Mas este sin hacerle caso esclamaba

-¡ Qué dejen a Baciliza de coadjutora, porque tiene los cuatro grados i esta tonsurada.

-¡ Mentira I decía D. Sandalio.

-Me consta, porque temo los despojos de la tonsura, gritaba el otro.

-Que se quite el padre, esclamaba Anselmo acercándose al Cura: yo soi, Señores, el escusador del curato.

-No tal, gritaba Ricardo; que yo soi el verdadero sota-cura.

-Entonces yo echaré el vino, dijo Anselmo acercándose mas al Cura, con una botella destapada para hacerlo tomar. -Me gustan, gritaba Ricardo, los acólítos del torbellino. Baciliza ! ¡ Blaciliza! Voi i a numerar al cura: le toca el número 20 i es el amante de coro.

Entre tanto el cura, con la tentacion de la botella, se vio en la necesidad de acabar su torbellino, separándose del puesto para irse con Enrique a los fogones en que se estaban asando tinas terneras. Entónces Ricardo montò en el caballo de Enrique, hizo montar a otros muchos en los que había ensillados, ï principalmente a Dña. Leoncia, para que capitanease una cuadrilla e improvisasen unas carreras, que al momento, apesar del grave riesgo que corría la madre de Baciliza, empezaron con mucha animacion i contento de la multitud, i con el mayor desórden en los cuadrilleros de ambos sexos.

Poco despues reaparecieron el Cura i Enrique con sendos perniles en la mano, e improvisaron otras carreras por fuera de la cerca, persiguiendo a las damas de un modo mui agradable, para untarles la cara con la grasa de la carne. A ejemplo de estos dos, se fueron presentando en breve otros muchos, mientras que las Señoras, armándose igualmente con pedazos de carne o con manotadas de ceniza, trabaron un combate mui bullicioso i festivo, durante el cual gritaba el Cura i repetia D. Sandalio:

-¡Viva la civilizacion! i Viva el buen humor! ! Viva la ceniza de adviento!

Las cuadrillas de a caballo, observando que se quedaban son espectadores, se acabaron de un modo mui frio ; i los dos cuadrilleros Ricardo i Dña. Leoncia, so fueron a buscar a Baciliza, a quien apénas pudieron distinguir cuando la encontraron con la cara toda engrasada o en la necesidad de volver a bañarse.

Con esto se fueron todos mui contentos a comer, mientras llegaba la hora en que debia comenzar la corrida de toros, para la que ya estaba dispuesto todo, del mejor modo posible.

Entre tanto D. Juan o Santiago, que como se ha dicho, se fueron ese día a pasear solos por puntos retirados llevando sus provisiones para no volver Basta mui tarde, estaban sentarlos a la sombra de unos árboles, ofreciendo un cuadro lánguido i melancólico.

-No se abata U., decia D. Juan a Santiago, por una mujer que probablemente no le ha inspirado mas que una ilusion pasajera; por una mujer que no ofrece otro incentivo que las esperanzas con que engaña, i a la que no es posible amar por ninguna razon justificante.

-¿Es decir, D. Juan, que U. si cree que Baciliza se ha conducido indignamente?

-¿I quién puede dudarlo ?

-¿ Mas por qué mostrará Baciliza ese carácter

-Porque tiene mui mal corazon o no ha recibido una educacion elevada; porque su sociedad es ruin i vulgar; i sobre todo, porque tiene la flaqueza de ser mui vana, o la tontería de cifrar su vanidad en que la vean amada por un número abundante de jóvenes, sin advertir que el numero de amantes es el termometro, no de la belleza o del mèrito, sono del descaro con que se prodigan las esperanzas violando el decoro para comprar con él las galanterías despreciables de algunos ociosos ....

-No diga mas, D. Juan eso es mui doloroso para mi. Yo creo apelar de todo que Baciliza es disculpable, i que puede ser que amando al fin de veras a alguno de sus pretendientes, me elija a mí, que tanto lo merezco por la sinceridad con que la amo.

-No seria imposible eso, en verdad, dijo D. Juan ; i aun creo haber presenciado algunos rasgos que me inclinan a pensar pueda ser U. el amante que ella prefiere.

-Repítame esa, D. Juan; que tales palabras me hacen feliz.

-Tanto peor entónces, pues no quiero lisonjear su pasion, porque mi amistad la condena, i léjos de alimentarsela, debo procurar estinguirla.

-No sea U. cruel, que yo le prometo que sin necesidad de eso, olvidare a Baciliza; pero poco a poco, no así, repentinamente, pues eso es como matar algo que uno mismo ha creado, algo que le es mui querido i mui sensible.

-Pero que debe morir, porque es un algo que desde que nació está condenado a muerte.

-Sinembargo: ser uno mismo el verdugo . .. .

-No Sr.: quien está encargado de matar su mal colocado amor, es solo Baciliza. A U. no le taca sino ser dócil, servir de cadalso i dejarlo morir.

-No, D. Juan : tal vez Baciliza me ama. Cuando regaló en mi presencia la rosa que le di; cuando oí que dijo a Ricardo las mismas espresiones de afecto que acababa de decirme, i a D. Sandalio las que había dicho a Ricardo; cuando vi que le decía a Anselmo secretos que lo lisonjeaban i observé que bailó con el Cura toda la noche; en una palabra, cuando yo me mostré disgustado por su lijereza, ella me pareció mui triste. No, D. Juan, estoi seguro de que Baciliza ha tenido hoi un día amargo. Permitame U. la franqueza de hablar cual si estuviera solo: no puedo creer que Baciliza no haya llorado hoi; tal vez no habrá ido al paseo, pensando en que ha ofendido a un amante tan leal como yo, tan apasionado i sincero. ¿ Cómo no ha de sufrir mucho, al observar que no he procurado verla, ni presentarme en la sociedad en que ella está, despees de haberla mirado anoche con tanta indiferencia ? Todo esto ha debido causarle una profunda pena, aunque fuera mui insensible; tal vez aun cuando no me amara, porque perdía un amante del que se ha mostrado mui contenta ; pues si yo me resolví a hablarle con franqueza, fué solo movido de la ternura de sus miradas i de algunas espresiones afectuosas que avanzó, cual si habiendo adivinado sú amor, hubiera querido dejarme conocer que estaba pronta a aceptarlo con gratitud. ¿Cuántas veces no me dijo que yo le parecía inconstante ? ¿Cuántas no me repitió que tal vez me gastaba Mariquita i que yola preferia...? ¡D. Juan! convenga U. en que Baciliza ademas se ha manifestado algunos ratos mui triste ¿ qué habrà sido hoi, despees de haberla mirado anoche con tanta indiferencia i tratado intencionalmente con mas galantería a Mariquita ? Tan seguro estói de que Baciliza ha llorado en este día, como puedo estarlo de mi propia pena.

-Quizá, dijo D. Juan: he oído asegurar que algunas de estas mujeres suelen fijarse.

-¿I por qué Baciliza no ha de haberse fijado en mí? D. Sandalio es un estólido, Anselmo un disoluto, Ricardo no la quiere i se burla de ella...

-¿I se sabe, preguntó D. Juan, si el catálogo se acaba con U.?

-No sé por lo ménos, que Baciliza tenga otros amantes. -Aunque los tuviera, repuso D. Juan: si es U. el preferido, poco importa que el escuadron tenga una compañía de mas o de ménos.

-¡ Oh ! si ella me amara ! exclamó Santiago i cómo yo a pedirle perdon i jurarle nuevamente mi amor! En verdad, D. Juan; no debo aflijirme todavía; tengo aun muchas esperanzas. Ya me imajino que esta noche cuando entremos a la sala del baile, estará Baciliza triste, taciturna i pálida.... Si, no liai duda, va a presentarse, sin remedio. con las señales del estrago causado por el pesar. ¡Pobre Baciliza ! He sido harto cruel ; pero ella se pondrá contenta, bailaremos... haremos las paces... ¡ Oh ! D. Juan ¡ qué felicidad!

-¡ Envidiable! Santiago: sus amores son una delicia que provoca.

-Es verdad; lo que tiene es que yo soi excesivamente celoso, D. Juan : de ahí proviene toda mi desgracia. Alas esta noche voi a decir a Baciliza que eso mismo le debe probar la grandeza, la dignidad i fineza de mi amor: ella me comprenderá, porque es tambien tan celosa, que se disgustó la otra noche conmigo, solo porque le serví a Mariquita un vaso de agua. No, D. Juan: Baciliza me ama i yo debo pedirle perdon.

-Por mi parte celebraré mucho que se reconcilien, pues tengo experiencia de que las ilusiones de esa especie se calman i aun concluyen con una reconciliacion posterior al desengaño.

Durante esta conversacion D. Juan i Santiago, aun cuando estaban a mucha distancia del lugar, alcanzaban a oír la gritería i los cohetes que denotaban el bullicio en la plaza, i la corrida de toros en que se divertía la jente. Santiago se imajinaba que Baciliza estaría echándolo mános, i esta idea lo congratulaba aunque de un modo mui amargo. Ya era bastante tarde, i D. Juan invitó a su triste compañero a que regresasen.

Cuando llegaron al lugar casi era de noche; por lo que apénas tuvieron el tiempo necesario para vestirse como convenia a la funcion del baile, en la que no les fué posible presentarse hasta despues de haberse bailado la primera pieza. Cuando Santiago entró a la sala, Baciliza léjos de estar triste, pálida, i retraída como su inesperto amante se había imajinado; estaba colorada, alegre i festiva, rodeada de Anselmo, el Cura, D. Sandalio, Ricardo, Enrique i otros muchos que formando a su rededor un círculo alegre i numeroso, apénas dejaron a Santiago distinguirla desde léjos. Todos pedian a Baciliza valses i contradanzas i se disputaban el orden en que debian bailar con ella, que finjiendo confusion, los mi-raba alternativamente con esos ojos esperanzantes que decia D. Juan, i que ce fijaban con dulzura i espresion en cada una de los corifeos incluso el Cura. Todos le daban celos con diversos personajes ausentes, cuyos nombres jamás habian llegado a oídos de Santiago, de quien absolutamente nadie se acordaba allí. Este se persuadió entónces con Horrible pesar, de la insensatez de sus ilusiones, i sintió que en su corazon agonizaba alguna cosa que lo Hacia agonizar a él igualmente. Imposible le Habría sido dar un paso de baile aquella noche, aunque D. Juan le advertía que cu papel iba a ser el objeto de la risa jeneral, ci no trataba de sobreponerse a tan ridículo sufrimiento.

Enrique en el corrillo galante, no ce acordaba ni de Bogotá ni de coca alguna que no fuese las fiestas o Baciliza Ancelmo o las botellas. Mas D. Juan luego que lo vió, dejando a Santiago ce le acercó, le dió un golpecito en el hombro i tomándolo del brazo, lo arrancó del corrillo para ponerse a pasear con él por la sala mientras se tocaba la otra pieza.

-¿ Qué ha dejado U. en Bogotá? le preguntó con interes.

- ¡Hombre ! esclamó Enrique parándose. He dejado cocas admirables.. . . ¡ Ancelmo ! ¡ Ricardo ! Venid todos aqui, que voi a referiros sucesos mui curiosos.

Al oír esta invitacion abandonaron a Baciliza, creyendo que algo mui importante tendría que decirles Enrique.

-¿ Saben UU., continuó este, que han vuelto para Bogotá los tiempos de los espantos ?

-¡ Vaya una simpleza! esclamó Ricardo volviéndose donde Baciliza.

-Ven Ricardo, repitió Enrique: mira que es cierto cuanto yo¡ a referir; te aseguro que hai brujas en Bogotá, i que anoche mismo se han aparecido.

-Me alegro, dijo Ricardo; pues me gustan en estreno los espantos, i quiero a las brujas como buen Balan que mira en ellas las coquetas célebres del siglo diez i ocho.

-¡Buenas muchachas i bonito nombre ! esclamó Anselmo: si vuelven las brujas protesto que me caco con la mas redonda. -I yo con la mas larga, dijo D. Sandalio.

-De esas fué la cíe anoche, continuó Enrique; era mas larga que el padre Cura, i le dió un gran susto a Emilio.

-¡ Qué cabe U. de asustar ! repuso D. Juan, ¡sería capaz Emilio de asustarse con algun mamarracho!

-Pero es que advierta U., D. Juan, que el mamarracho hablaba, i tenia puñal i tiple: el mamarracho probablemente era un asesíno.

-¡Bueno! dijo Ricardo: el mamarracho vale algo.

-Ya sabrán UU. que antenoche asesinaron a D. Mateo...

-¿Es cierto eso por fin? preguntó D. Juan.

-Si, Sr.; i el espantajo de anoche, que segun unas mujeres de la vecindad, no era sino el alma bendita de D. Mateo, se ha aparecido a las dos de la mañana, en la esquina de la. casa del Sr. Osman, llamando la atencion primero con un tiple, i despues cantando en tono de responso éstas palabras. |Infeliz Emilio! que te compadezca Adelaida! No fué solo eso. en el patio ha aparecido hoi dos manos de difunto que tenían escritas en la palma i con letras de sangre, la una esas mismas palabras que cantaba el espectro, i la otra las siguientes |¡ Emilio desafía la muerte i no teme la desgracia !

-Esa burla es mui amenazante para Emilio, dijo Ricardo.

-Las manos que aparecieron, continuó Enrique, se dicé son las de D. Mateo. Ademàs, en la esquina de la casa se ha visto, i yo lo vi con Luis ojos al pasar por allí cuando me venia, una mano pintada, como si se hubiera limpiado en la pared la de un asesino.

-¿ I Emilo que ha hecho? preguntó D. Juan.

-Monterilla me refirió esta mañana en el puente de San Victorino, que decían Haberse sobrecojido de espanto cuando, desde su sarna, alcanzó a oír las esclamaciones del espectro. Es de suponer cuánto seria el pavor suyo al principio; mas aseguran que luego indignado al oír pronunciar de tal modo el nombre de Adelaida, se levantó i salió a la calle armado de un estoque : pero el espectro desapareció. Se dice tambien que al ver Emilio las manos del cadáver i las palabras que estaban escritas en ellas, cayó en un estado de índisposicion nerviosa que lo tenia abismado en una horrible tristeza. Adelaida tambien debe estar mui afectada, no sola por haber oido cantar así su nombre en una esquina, sino principalmente por haberlo visto escrito con sangre en la mano de un muerto. Sinembargo para mí tengo que su aflixion proviene mas bien de que no ignoraba que yo debía venirme hoi...

-¿No hai mas? interrumpió D. Juan.

- Me parece, dijo Enrique, que esto no es poca cosa para un hombre que como Emilio, blasona de ser tan sensible, tiene una imajinacion tan tètrica i está ademas tan alebrestando desde la carta de Monterilla.

-Basta, dijo D. Juan saliéndose con Santiago al corredor. Me voi, continuó dirijiéndose a este en voz baja, me voi para Bogotá porque no puedo permanecer aquí mas tiempo.

-¿Qué es eso? preguntó Ricardo que saliendo en pos de ellos, llegó al corredor i oyó estas palabras.

- Se quiere ir D. Juan ahora mismo, contestó Santiago.

- No se irá; repuso Ricardo, tomándolo del brazo; camine U. para dentro i pónganos la contradanza.

-Imposible! Ricardo; me voi ahora mismo.

-¿ Qué es? gritaban otros dejando la sala por ir a ver de qué se trataba en el corredor.

-No dejemos ir a D. Juan, repitió Ricardo ; llevémoslo alzado para adentró.

-D. Juan se irá, decía Santiago déjenlo UU. pues si el asunto que lo lleva no fuera grave, es claro que no emprendería viaje a estas horas.

-Pero son las nueve de la noche, replicó Ricardo ¿ qué puede hacer con marchar en un momento tan inoportuno? -Llegar a Bogotá al amanecer, dijo D. Juan, i salir pronto de la inquietud que me atormenta en estas fiestas que han sido mi martirio.

-Es verdad, añadió Santiago dejémoslo ir. Camine, continuó tomándolo del brazo: vamos a arreglar el viaje, que yo me voi con U.

-¡ Cómo! Santiago tambien se vá gritó Ricardo. Entonces empezó a circular por la sala esta novedad. Muchos salieron a detenerlos, mientras que los músicos empezando a tocar, por nada conseguían que las parejas ocupasen su puesto.

-¡Santiago! gritaba Anselmo desde adentro: Baciliza lo llama.

Aquel obedeció por cortesía i no con la celeridad que se esperaba.

-No se vaya U. ni deje ir a D. Juan, le dijo Baciliza con semblante múi afable. se le! ruego a U. encarecidamente.

-Trataré de complacerla, Señorita, respondió Santiago con indiferencia i retirándose al corredor, en tanto que Baciliza llamaba a Ricardo para decirle algo, en consecuencia de lo cual, este se escapó a hurtadillas.

Entre todos lograron introducir a la sala otra vez a D. Juan i a Santiago, que circundados de hombres i mujeres se vieron detenidos con un teson estraordinario, hasta que volviendo Ricardo, les dijo que era inútil insistir en irse, porque ya estaban escondidos no solo los caballos sino tambien las monturas.

-A bailar, pues, a bailar que se pasa el tiempo, gritó D. Sandalio sacando su pareja.

Luchar contra aquel empeño era imposible, tanto mas cuanto que ya habian cerrado la puerta que daba a la calle abriendo en su lugar la del patio. La música empezó, todos con sus parejas ocuparon supuesto, i D. Juan i Santiago se sentaron en un canapé.

-¡ Qué necedad! decía D. Juan: han hecho de mi esta noche un verdadero mártir.

-I otro de mi, contestó Santiago: la presencia de Baciliza me incomoda i estaba mui, contento de que ahora mismo marchásemos, para no volver a verla en mi vida.

-Sinembargo, añadió D. Juan; en el momento que se distraigan nos vamos, si es que U. insiste en partir tambien.

-Por supuesto: Bogotá me gusta mucho i deseo ayudar en los servicios, que U. piensa prestar a sus amitos, i cumplir la oferta que hice al Dr. Témis de ser uno de los protectores i de la Cisne.

-Mas ¡quién sabe si llegaremos ya mui tarde! Con todo, nos iremos volando, i cuando mas, al concluirse el baile. Entre tanto la contradanza bulliciosa i animada ofrecía un alegre desórden de movimientos i una mezcla graciosa de palabras, muchas en estremo burlescas i picantes para Santiago.

-El número 7.° gritaba Ricardo, está de luto riguroso: pido mucha seriedad cuando pasemos por frente del canapé.

-Aquí, hermosa Baciliza, gritaba el Cura.

-Haga U. bien la figura del incensario, añadia Anselmo.

-Allí hacen la del atril gritaba Ricardo; i Baciliza se pinta en ella.

-¡ Santiago! ¡ qué dolor, ! decía Ancelmo al pasar ¡ Padre Cura! aquí la figura del Santo-óleo para un amor que se muere.

-Santiago está haciendo la figura del paroxismo, decía el Cura: cuidado con llorar, rival dichoso.

Santiago sofocado i lleno de indignacion aguantaba como una piedra, aguardando solo una ocasion favorable, para escapar. Las burlas continuaban, i la impaciencia de D. Juan subia de punto, hasta que por último a la hora del refresco se abrió la puerta; pero todavia esperaron un poco a que las botellas jeneralizaran su efecto, lo que como es de costumbre, sucedió en pocos minutos, despues de los cuales, nadie sabia de si mismo i por consiguiente mucho ménos de D. Juan i de Santiago. Solo Baciliza los echó menos; i como Santiago era efectivamente el único de sus amantes que le interesaba, empezó a ponerse notablemete triste, a disgustarse del baile i a desear se concluyese cuanto ántes. Para ella era de mui mal presajio que Santiago hubiese desaparecido despues de tratarla con tanta frialdad.

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