INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO XXII
LA PESQUISA

EL CAPELLÁN a caballo bajaba el cerro, admirando el efecto prodijioso de su oracion si ciertamente aquella mujer era la Cisne, lo que dudaba mucho, por no poder concebir de ningun modo, que un objeto tan miserable i desvalido fuese digno de una solicitud que desvíe el principio se habia imajinado no podria dirijirse sino a alguna Señora cuyas circunstancias debian ser mui diferentes. ¿ Cómo es de creer, decía entre si, que D. Mateo buscara para enfermera de su esposa una leñadora, que aunque a decir verdad, tiene un rostro de admirable belleza para una mujer semejante, mues- tra todas las apariencias de una mendiga despreciable ? Eso no puede ser; ni deberia consentirse que Beatriz tuviera en su misma casa una compañía como esta. I aunque verdaderamente sea la Cisne, bien se deja conocer por su belleza que es la querida de alguno, que prevalido de la miseria de un padre de familia, se habrá propuesto quién sabe que fines siniestros i deshonrosos. D. Mateo ha muerto, i yo debo cuidar en lugar suyo, del honor de Beatriz. Quizá Dios, cuya Providencia es tan sábia, ha querido librara esta pobre niña de un vilipendio espantoso a que la miseria de su padre, iba tal vez a precipitarla, aun cuando para ello haya sido presiso hacerle perder ese padre en lo momentos en que comenzaba a estraviarse ; porque al fin era hombre, i la pobreza pervierte al mas incontrastable. No: aquí no podía haber un buen resultado, puesto que Dios ha sido servido de arrebatarnos a D. Mateo. Por otra parte, esta mujer dice que vivia con la Daifa i que se ha fugado de su casa : se infiere, pues que es una vagamunda a quien ha inquietado algun ocioso i se andan buscando recíprocamente. En fin : sea de ello lo que fuere dejaremos hasta que la familia de D. Mateo, un poco aliviada del justo dolor que la Providencia le ha enviado, se halle en disposición de ocuparse de este negocio. Entre tanto lo mejor que puede hacerse es tratar de persuadirnos si es ó no esta verdaderamente la Cisne, lo que no parece mui difícil, pues ya se sabe que la Daifa la tenia en su casa. Ella puede venir a Moncerrate, reconocerla i tenerla en su poder, a cuyo fin se le recomendarà mucho la asegure mientras la familia de D. Mateo decide lo conveniente. Así no habrá dificultad i la Cisne estará a mano al momento en que sea menester lodo segun lo halle yo por conveniente a los intereses de Beatriz; pues mientras no sepa quien es el protector i que él hable conmigo ó mui despacio, aquella mujer. no entrará a esta casa de ninguna manera.

El Capellan abrazo esta resolucion con la mejor intencion del mundo; i lo que era peor, conocía por desgracia a la Daifa aunque, ignoraba en donde vivía. Sinembargo, teniendo indicios de que su guarida quedaba por Ejipto, pasó el río de San Francisco con el fin de hacer algunas investigaciones por este lado. Aunque preguntó a varias personas por la casa de la Daifa, fueron mui pocas, pues iba de prisa, i las jentes cual quienes trató de informarse, apénas pudieron indicarle que por aquellos contornos quedaba la casa que buscaba, sin señalarle su situación a punto fijó.

Ya iba bajando para la plaza cuando por un incidente liarlo funesto, se encontró con Monterilla. Este hombre que, lo mismo que el Doctor Témis, se empeñaba en hallar a la Cisne, aunque con diferentes fines, sabía desde el día anterior que D. Mateó la buscaba; no ignorando, por supuesto, ser esta la causa de haberlo asesinado.

Sabia además que el auxiliar que D. Mateo empleaba para dar con ella, era el Capellan. Así fué que al encontrarlo lo detuvo para hablar con él, apesar de no ser amigos, lo que solo sirvió para que Monterilla se valiera del pretesto de enviar a unas monjas el importante aviso de un pleito que habian ganado el día anterior i del que tenía noticia aunque no era el encargado de su direccion. Esto fué bastante para que en seguida hablasen del asesinato de D.

Mateo, i despues, por consecuencia natural, de la Cisne. Preocupado el Capellan con la idea de su milagro, tuvo con Monterilla sobre esto una conversacion mui edificante, en la ciare no solamente le refirió todo lo ocurrido, sino que lo impuso de sus planes para que la Cisne fuese reconocida por la Daifa i depositada en su casa hasta que la familia de D. Mateo deliberase sobre el particular. Mucho aplaudió Monterilla tan acertada resolucion, haciendo además creer al Capellan, que quien estaba secretamente interesarlo por el hallazgo de la Cisne, era Emilio; que este era su amante i que muchos pecados podrían evitarse si se lograba volver aquella jóven al lacto de la Daifa, de donde se habia fugado sin otro motivo que la seduccion.

El Capellan escandalizado siguió su camino resuelto a no mezclarse mas en un asunto mundano que poco le importaba, i que probablemente no era mui limpio, como él decía, para que mereciese su intervencion, ni Beatriz oyera sus pormenores.

Entre tanto, Monterilla se fué donde la Daifa lleno de satisfaccion a comunicarle cuanto acababa de saber. Esta horrible mujer se enajenó de gozo al ver asegurada su venganza, notablemente exitada al considerar lo que la Cisne habia hecho de sus vestidos, el punto desde el cual se estaba burlando de sus persecuciones, i el peligro en que habia comprometido la suerte del Mordedor. Juraba mil veces castigarla, no con la muerte, que bien sabia miraba con desprecio aquella desventurada, sino yéndose a Moncerrate en compañía de una amiga suya, no ménos feroz, para hacerla bajar azotandola por el camino i traerla a su casa, en la que esa noche habia de ser objeto de increibles horrores, i de donde al dia siguiente, sajándole la cara, como ella repetía, la habia de despedir i obligar a que se fuese sin llevar recursos ni siquiera en su belleza para mejorar su situacion futura.

Estas protestas convinadas de diversos modos formaron todo aquel dia el único pensamiento la sola conversacion de la Daifa, que en el patio de su casa con su criminal compañera, miraba cada momento hácia Moncerrate i se deleitaba con ferocidad en sus bárbaros proyectos. Bien hubiera querido irse esa misma tarde; pero su cómplice amiga no podiá acompañarla hasta el dia siguiente, siéndole por tanto indispensable demorar para entónces la pesquisa.

Al otro día, vestidas ambas con ruanas i sombreros de funda i arreadas con sus látigos i navajas, emprendieron la subida a Moncerrate, aunque temerosas de ser nuevamente burladas por la Cisne, que acaso desde el dia anterior, habria bajado i abandonado su asilo. Mas las dudas se disiparon con sumo placer de la Daifa, cuando en los espacios arenosos del camino solo vió el rastro de los cascos del caballo en que el Capellan Babia subirlo i bajado el día anterior, los cuales estaban tan marcados, que era seguro que ningun pié humano había pisado despues aquella senda. La Daifa no se engañaba en estas conjeturas, pues en efecto estaba todavía la Cisne en Moncerrate, sin imajinarse absolutamente que pudiera ir su fatal enemiga á perseguirla hasta allí.

Desde que esta seguridad lisonjeó a las dos mujeres, siguieron su camino con mas satisfaccion, hasta que sintiéndose cansadas, se sentaron un rato, encantadas con esa terrible soledad que les prometia tanto para sus inicuos proyectos. Veían desde allí muchas de las sinuosidades del camino i por ninguna parte parecía viviente alguno que pediera estorvarlas ni seguirlas. Entónces mui satisfechas se gozaban en abrir las navajas i probar el corte, o en examinar la consistencia de los látigos.

Con esto tomando nuevos brios continuaron su marcha, hasta que les ocurrió el pensamiento de que el Sacristan pudiera atreverse a defender a la Cisne, o intentase de algun modo oponerse a que se la llevaran. En breve se les disipó este cuidado, determinando presentarse en Moncerrate con manifestaciones de bondad i cariño, haciendo la Daifa el papel de una madre tierna que iba hasta aquel punto en busca de una hija querida, de una jóven a quien habia creado i a quien por lo mismo tenia derecho de llevar consigo, reduciéndola por el halago mas insinuante i las promesas mas seductoras. Esta resolucion las alentó de nuevo para proseguir, prévio el exámen que volvieron a hacer de que nadie las seguia i ele que aun al principio de la senda que alcanzaban a divisar, reinaba esa misma soledad que tanto les agradaba i les hacia exajerar a cada paso los pormenores de su crueldad, llegando hasta el punto de gozarse a la vista de los muchos precipicios desde los cuales determinaron precipitar a la Cisne, en el caso de que por casualidad, algun testigo se presentara a estorvarles su accion defendiendo a la víctima. No habia podido encontrar la Cisne para guarecerse, un sitio mas peligroso i donde tuviera mas recursos la crueldad, en el caso que apénas pudo suponer, de que sus enemigos la sorprendiesen allí, donde era imposible esperar que una mano protectora la salvase. pues aun cuando por casualidad hubiese quien pudiera defenderla, tan temerario protector seria igualmente víctima de su jennerosidad en un paraje donde se podía tan fàcilmente i de tan distintos modos deshacerse de él a favor de una impunidad segura.

Mas ¿ cuál fué el asombro de las dos mujeres cuando al presentarse en Moncerrate se encontraron cara a cara con el Doctor Témis i Emilio ?

Ese día mui de mañana habia ido Juan Cancio donde el Doctor Témis, como lo tenia de costumbre; e instruido desde la tarde anterior por los espresivos movimientos de la Daifa, de que algo mui importante para ella debia haber en Moncerrate, no le fué difícil colejir fuera la Cisne, que se habría refujiado allí, i por la cual el Doctor Témis habia demostrado un grande interes. Juan Cancio con esos datos se fué donde él, i por señas le hizo saber lo que era mui fácil comprendiese, estando, como estaba, al cabo de algunos precedentes. Así fué que montando a caballo, pasó por la casa de Emilio a quien invitó a que lo acompañase, con cuyo motivo en un momento subieron juntos el cerro, siendo esa la causa de que se viesen tan recientes los rastros en el camino cuando subieron la Daifa i su compañera.

Entre Emilio i el Doctor Témis estaba la Cisne en actitud de confianza i agradecimiento, cuando se presentó la Daifa; mientras que ellos con una mirada de desprecio impusieron respeto a las viles perseguidoras, que sin saber cómo, se sentian desconcertadas ante estos dos Hombres en cuyos bolsillos se veían ademas sus respectivas pistolas. Contra todos sus proyectos la Daifa i su compañera se vieron precisadas a aparentar indiferencia, guardando para otra ocasion la realizacion del golpe que pensaban dar, i esperando que bien pronto entre el Mordedor, Monterilla i sus cómplices aniquilarían a todos cuantos estaban perjudicando sus planes.

Mui importuna era, sinembargo, para los protectores de la Cisne, la presencia de tales mujeres; porque ¿ qué podía hacerse? ¿donde se colocaba esta joven inmediatamente,cuando la familia de D. Mateo estaba a la sazon consagrada a llorar su infortunio? El Doctor Témis, con todo, resolvió por el momento, que marchasen con la Cisne, llevandola aunque fuese a su casa, pues el vestido con que estaba podia evitar por entónces toda sospecha. La Cisne se Había poseido tanto del riesgo en que se hallaba i de la jenerosidad i nobleza de sus protectores, que resolvió entregarse a ellos sin desconfianza; i así, precedida de Emilio i seguida del Doctor Témis bajó aquel cerro, llena de esperanzas i de contento.

El Doctor Témis llegó a su casa con Emilio i la Cisne; i empezando a tratar sobre lo que convendría hacer, consideraron que la familia de D. Mateo debía desde la muerte de este, mas que en otro tiempo, padecer una escasez extraordinaria; que ya habian manifestado tanto Doña Gonzaga como Beatriz, el interes de que D. Mateo Hallase a esa jóven oculta que debia ayudar a Beatriz en calidad de enfermera de Doña Gonzaga, i cuya pension podia tambien auxiliarlas en su pobreza.

En fuerza de estas consideraciones el Doctor Témis se puso en el acto a escribir una carta para Doña Gonzaga, en la que al mismo tiempo que se condolia de sus trabajos, se disculpaba de llamarle la atencion a un asunto estraño, i le suplicaba permitiese tener oculto, su nombre, reputando única- mente a Emilio como mediador en esta accion. Este se fué con la carta i la Cisne a casa de Doña Gonzaga, llevando ademas un bolsillo que contenia la primera pension anticipada. Mas al salir, estaba Monterilla parado en la esquina; i conociendo a la Cisne, sintió un arrebato dc cólera que le hizo batir el pié contra cl suelo i seguirla Hasta la casa de Dona Gonzaga. Adivinando por consiguiente, el mal éxito de la Daifa en su pesquisa, se fué despues donde ella para acordar lo que fuera conveniente hacer en este caso.

Beatriz dio a la Cisne los vestidos que reemplazó con el luto, i esta volviendo a verse con un traje semejante al que tenia cuando vivia su padre, se sintió otra vez noble, rehabilitada i digna de la estimacion de la devota jóven a cuyo lado se encontraba.

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