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CAPITULO XXII
LA PESQUISA
EL CAPELLÁN a caballo bajaba el cerro, admirando el efecto
prodijioso de su oracion si ciertamente aquella mujer era la Cisne,
lo que dudaba mucho, por no poder concebir de ningun modo, que un
objeto tan miserable i desvalido fuese digno de una solicitud que
desvíe el principio se habia imajinado no podria dirijirse sino a
alguna Señora cuyas circunstancias debian ser mui diferentes. ¿
Cómo es de creer, decía entre si, que D. Mateo buscara para
enfermera de su esposa una leñadora, que aunque a decir verdad,
tiene un rostro de admirable belleza para una mujer semejante,
mues- tra todas las apariencias de una mendiga despreciable ? Eso
no puede ser; ni deberia consentirse que Beatriz tuviera en su
misma casa una compañía como esta. I aunque verdaderamente sea la
Cisne, bien se deja conocer por su belleza que es la querida de
alguno, que prevalido de la miseria de un padre de familia, se
habrá propuesto quién sabe que fines siniestros i deshonrosos. D.
Mateo ha muerto, i yo debo cuidar en lugar suyo, del honor de
Beatriz. Quizá Dios, cuya Providencia es tan sábia, ha querido
librara esta pobre niña de un vilipendio espantoso a que la miseria
de su padre, iba tal vez a precipitarla, aun cuando para ello haya
sido presiso hacerle perder ese padre en lo momentos en que
comenzaba a estraviarse ; porque al fin era hombre, i la pobreza
pervierte al mas incontrastable. No: aquí no podía haber un buen
resultado, puesto que Dios ha sido servido de arrebatarnos a D.
Mateo. Por otra parte, esta mujer dice que vivia con la Daifa i que
se ha fugado de su casa : se infiere, pues que es una vagamunda a
quien ha inquietado algun ocioso i se andan buscando
recíprocamente. En fin : sea de ello lo que fuere dejaremos hasta
que la familia de D. Mateo, un poco aliviada del justo dolor que la
Providencia le ha enviado, se halle en disposición de ocuparse de
este negocio. Entre tanto lo mejor que puede hacerse es tratar de
persuadirnos si es ó no esta verdaderamente la Cisne, lo que no
parece mui difícil, pues ya se sabe que la Daifa la tenia en su
casa. Ella puede venir a Moncerrate, reconocerla i tenerla en su
poder, a cuyo fin se le recomendarà mucho la asegure mientras la
familia de D. Mateo decide lo conveniente. Así no habrá dificultad
i la Cisne estará a mano al momento en que sea menester lodo segun
lo halle yo por conveniente a los intereses de Beatriz; pues
mientras no sepa quien es el protector i que él hable conmigo ó mui
despacio, aquella mujer. no entrará a esta casa de ninguna
manera.
El Capellan abrazo esta resolucion con la mejor intencion del
mundo; i lo que era peor, conocía por desgracia a la Daifa aunque,
ignoraba en donde vivía. Sinembargo, teniendo indicios de que su
guarida quedaba por Ejipto, pasó el río de San Francisco con el fin
de hacer algunas investigaciones por este lado. Aunque preguntó a
varias personas por la casa de la Daifa, fueron mui pocas, pues iba
de prisa, i las jentes cual quienes trató de informarse, apénas
pudieron indicarle que por aquellos contornos quedaba la casa que
buscaba, sin señalarle su situación a punto fijó.
Ya iba bajando para la plaza cuando por un incidente liarlo
funesto, se encontró con Monterilla. Este hombre que, lo mismo que
el Doctor Témis, se empeñaba en hallar a la Cisne, aunque con
diferentes fines, sabía desde el día anterior que D. Mateó la
buscaba; no ignorando, por supuesto, ser esta la causa de haberlo
asesinado.
Sabia además que el auxiliar que D. Mateo empleaba para dar con
ella, era el Capellan. Así fué que al encontrarlo lo detuvo para
hablar con él, apesar de no ser amigos, lo que solo sirvió para que
Monterilla se valiera del pretesto de enviar a unas monjas el
importante aviso de un pleito que habian ganado el día anterior i
del que tenía noticia aunque no era el encargado de su direccion.
Esto fué bastante para que en seguida hablasen del asesinato de
D.
Mateo, i despues, por consecuencia natural, de la Cisne.
Preocupado el Capellan con la idea de su milagro, tuvo con
Monterilla sobre esto una conversacion mui edificante, en la ciare
no solamente le refirió todo lo ocurrido, sino que lo impuso de sus
planes para que la Cisne fuese reconocida por la Daifa i depositada
en su casa hasta que la familia de D. Mateo deliberase sobre el
particular. Mucho aplaudió Monterilla tan acertada resolucion,
haciendo además creer al Capellan, que quien estaba secretamente
interesarlo por el hallazgo de la Cisne, era Emilio; que este era
su amante i que muchos pecados podrían evitarse si se lograba
volver aquella jóven al lacto de la Daifa, de donde se habia fugado
sin otro motivo que la seduccion.
El Capellan escandalizado siguió su camino resuelto a no
mezclarse mas en un asunto mundano que poco le importaba, i que
probablemente no era mui limpio, como él decía, para que mereciese
su intervencion, ni Beatriz oyera sus pormenores.
Entre tanto, Monterilla se fué donde la Daifa lleno de
satisfaccion a comunicarle cuanto acababa de saber. Esta horrible
mujer se enajenó de gozo al ver asegurada su venganza, notablemente
exitada al considerar lo que la Cisne habia hecho de sus vestidos,
el punto desde el cual se estaba burlando de sus persecuciones, i
el peligro en que habia comprometido la suerte del Mordedor. Juraba
mil veces castigarla, no con la muerte, que bien sabia miraba con
desprecio aquella desventurada, sino yéndose a Moncerrate en
compañía de una amiga suya, no ménos feroz, para hacerla bajar
azotandola por el camino i traerla a su casa, en la que esa noche
habia de ser objeto de increibles horrores, i de donde al dia
siguiente, sajándole la cara, como ella repetía, la habia de
despedir i obligar a que se fuese sin llevar recursos ni siquiera
en su belleza para mejorar su situacion futura.
Estas protestas convinadas de diversos modos formaron todo aquel
dia el único pensamiento la sola conversacion de la Daifa, que en
el patio de su casa con su criminal compañera, miraba cada momento
hácia Moncerrate i se deleitaba con ferocidad en sus bárbaros
proyectos. Bien hubiera querido irse esa misma tarde; pero su
cómplice amiga no podiá acompañarla hasta el dia siguiente,
siéndole por tanto indispensable demorar para entónces la
pesquisa.
Al otro día, vestidas ambas con ruanas i sombreros de funda i
arreadas con sus látigos i navajas, emprendieron la subida a
Moncerrate, aunque temerosas de ser nuevamente burladas por la
Cisne, que acaso desde el dia anterior, habria bajado i abandonado
su asilo. Mas las dudas se disiparon con sumo placer de la Daifa,
cuando en los espacios arenosos del camino solo vió el rastro de
los cascos del caballo en que el Capellan Babia subirlo i bajado el
día anterior, los cuales estaban tan marcados, que era seguro que
ningun pié humano había pisado despues aquella senda. La Daifa no
se engañaba en estas conjeturas, pues en efecto estaba todavía la
Cisne en Moncerrate, sin imajinarse absolutamente que pudiera ir su
fatal enemiga á perseguirla hasta allí.
Desde que esta seguridad lisonjeó a las dos mujeres, siguieron
su camino con mas satisfaccion, hasta que sintiéndose cansadas, se
sentaron un rato, encantadas con esa terrible soledad que les
prometia tanto para sus inicuos proyectos. Veían desde allí muchas
de las sinuosidades del camino i por ninguna parte parecía viviente
alguno que pediera estorvarlas ni seguirlas. Entónces mui
satisfechas se gozaban en abrir las navajas i probar el corte, o en
examinar la consistencia de los látigos.
Con esto tomando nuevos brios continuaron su marcha, hasta que
les ocurrió el pensamiento de que el Sacristan pudiera atreverse a
defender a la Cisne, o intentase de algun modo oponerse a que se la
llevaran. En breve se les disipó este cuidado, determinando
presentarse en Moncerrate con manifestaciones de bondad i cariño,
haciendo la Daifa el papel de una madre tierna que iba hasta aquel
punto en busca de una hija querida, de una jóven a quien habia
creado i a quien por lo mismo tenia derecho de llevar consigo,
reduciéndola por el halago mas insinuante i las promesas mas
seductoras. Esta resolucion las alentó de nuevo para proseguir,
prévio el exámen que volvieron a hacer de que nadie las seguia i
ele que aun al principio de la senda que alcanzaban a divisar,
reinaba esa misma soledad que tanto les agradaba i les hacia
exajerar a cada paso los pormenores de su crueldad, llegando hasta
el punto de gozarse a la vista de los muchos precipicios desde los
cuales determinaron precipitar a la Cisne, en el caso de que por
casualidad, algun testigo se presentara a estorvarles su accion
defendiendo a la víctima. No habia podido encontrar la Cisne para
guarecerse, un sitio mas peligroso i donde tuviera mas recursos la
crueldad, en el caso que apénas pudo suponer, de que sus enemigos
la sorprendiesen allí, donde era imposible esperar que una mano
protectora la salvase. pues aun cuando por casualidad hubiese quien
pudiera defenderla, tan temerario protector seria igualmente
víctima de su jennerosidad en un paraje donde se podía tan
fàcilmente i de tan distintos modos deshacerse de él a favor de una
impunidad segura.
Mas ¿ cuál fué el asombro de las dos mujeres cuando al
presentarse en Moncerrate se encontraron cara a cara con el Doctor
Témis i Emilio ?
Ese día mui de mañana habia ido Juan Cancio donde el Doctor
Témis, como lo tenia de costumbre; e instruido desde la tarde
anterior por los espresivos movimientos de la Daifa, de que algo
mui importante para ella debia haber en Moncerrate, no le fué
difícil colejir fuera la Cisne, que se habría refujiado allí, i por
la cual el Doctor Témis habia demostrado un grande interes. Juan
Cancio con esos datos se fué donde él, i por señas le hizo saber lo
que era mui fácil comprendiese, estando, como estaba, al cabo de
algunos precedentes. Así fué que montando a caballo, pasó por la
casa de Emilio a quien invitó a que lo acompañase, con cuyo motivo
en un momento subieron juntos el cerro, siendo esa la causa de que
se viesen tan recientes los rastros en el camino cuando subieron la
Daifa i su compañera.
Entre Emilio i el Doctor Témis estaba la Cisne en actitud de
confianza i agradecimiento, cuando se presentó la Daifa; mientras
que ellos con una mirada de desprecio impusieron respeto a las
viles perseguidoras, que sin saber cómo, se sentian desconcertadas
ante estos dos Hombres en cuyos bolsillos se veían ademas sus
respectivas pistolas. Contra todos sus proyectos la Daifa i su
compañera se vieron precisadas a aparentar indiferencia, guardando
para otra ocasion la realizacion del golpe que pensaban dar, i
esperando que bien pronto entre el Mordedor, Monterilla i sus
cómplices aniquilarían a todos cuantos estaban perjudicando sus
planes.
Mui importuna era, sinembargo, para los protectores de la Cisne,
la presencia de tales mujeres; porque ¿ qué podía hacerse? ¿donde
se colocaba esta joven inmediatamente,cuando la familia de D. Mateo
estaba a la sazon consagrada a llorar su infortunio? El Doctor
Témis, con todo, resolvió por el momento, que marchasen con la
Cisne, llevandola aunque fuese a su casa, pues el vestido con que
estaba podia evitar por entónces toda sospecha. La Cisne se Había
poseido tanto del riesgo en que se hallaba i de la jenerosidad i
nobleza de sus protectores, que resolvió entregarse a ellos sin
desconfianza; i así, precedida de Emilio i seguida del Doctor Témis
bajó aquel cerro, llena de esperanzas i de contento.
El Doctor Témis llegó a su casa con Emilio i la Cisne; i
empezando a tratar sobre lo que convendría hacer, consideraron que
la familia de D. Mateo debía desde la muerte de este, mas que en
otro tiempo, padecer una escasez extraordinaria; que ya habian
manifestado tanto Doña Gonzaga como Beatriz, el interes de que D.
Mateo Hallase a esa jóven oculta que debia ayudar a Beatriz en
calidad de enfermera de Doña Gonzaga, i cuya pension podia tambien
auxiliarlas en su pobreza.
En fuerza de estas consideraciones el Doctor Témis se puso en el
acto a escribir una carta para Doña Gonzaga, en la que al mismo
tiempo que se condolia de sus trabajos, se disculpaba de llamarle
la atencion a un asunto estraño, i le suplicaba permitiese tener
oculto, su nombre, reputando única- mente a Emilio como mediador en
esta accion. Este se fué con la carta i la Cisne a casa de Doña
Gonzaga, llevando ademas un bolsillo que contenia la primera
pension anticipada. Mas al salir, estaba Monterilla parado en la
esquina; i conociendo a la Cisne, sintió un arrebato dc cólera que
le hizo batir el pié contra cl suelo i seguirla Hasta la casa de
Dona Gonzaga. Adivinando por consiguiente, el mal éxito de la Daifa
en su pesquisa, se fué despues donde ella para acordar lo que fuera
conveniente hacer en este caso.
Beatriz dio a la Cisne los vestidos que reemplazó con el luto, i
esta volviendo a verse con un traje semejante al que tenia cuando
vivia su padre, se sintió otra vez noble, rehabilitada i digna de
la estimacion de la devota jóven a cuyo lado se encontraba.
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