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CAPITULO XXI
MONCERRATE
EL DIA en que Santiago fuè puesto en libertad, i que a
consecuencia de las amenazas de Monterilla, estuvieron tan tristes
Emilio i Adelaida; ese mismo día a las cinco de la mañana llegó a
la sima de Monserrate, tal vez el único mendigo que Se ha visto
precisado a ir hasta allí, para solicitar un asilo en la miserable
habitacion de las pobres jentes que viven contentas en un sitio tan
sustraido del comercio humano, i tan del esclusivo dominio de una
elevada rejion de admosfera i de frío. Era la Cisne, que resuelta a
cumplir las protestas que habia hecho el día anterior en un mómento
de grandeza moral, pudo cambiar en el boqueron, la mantilla de
vueltas de terciopelo, por el vestido de una leñadora, ordinario,
es verdad, pero por cierto ménos deshonroso.
Sin comer, habiendo apènas reposado en el sueño breves horas, i
no hallando otro punto en que pudiera precaver mejor las
persecuciones de la Daifa, i mas que todo, el baldón que ya casi la
marchaba, emprendió al anochecer la subida de quella cresta
empinada i fragosa, son la seguridad de resistir el hambre que
desde mui niña estaba habituada a soportar; i en la confianza de
que la luz de la luna la auxiliase en la marcha, por lo ménos hasta
una altura bien considerable, para que sin riesgo alguno acabase de
pasar la noche, refujiandose en alguna de esas ermitas solitarias
que de trecho en trecho marcan el camino.
Así anduvo las primeras horas de la noche, parándose a vezes con
el objeto de contemplar tristemente desde algun punto mui elevado,
el horizonte amarillo i silencioso que en cerraba tantos habitantes
entregados casi todos en aquellos momentos al verdadero i ùnico
descanso que el tiempo ofrece al hombre. Mas el fanal que la
alumbraba fué poco a poco sumiéndose en su ocaso. Entònces ella,
que hasta allí habia contemplado a la luna como una sincera amiga a
quien a tales horas se complacia en amar i bendecir, comenzó a
observar que esa compañera tambien era inconstante e iba a
abandonarla por haber llegado primero, en su inversa ruta, a la
cima del monte opuesto, desde el cual, dejando ver apénas un perfil
de su disco, enviaba a la Cisne un triste a Dios, i la dejaba
abandonada con las sombras, el silencio i la soledad.
Aun le quedaba, no obstante, algo mas al ausentarse la luna; i
era el eco de un tiempo pasado lleno de tristes sucesos. Entónces
observó que otra vez veía estinguirse una claridad consoladora,
como cuando al lado de su padre vió morir la que a ambos alumbraba;
que nuevamente las tineblas iban a envolverla, i que otra vez la
noche debía parecerle semejante al abismo: que estaba siempre
destinada a verse abandonar por los últimos rayos de una luz
compañera; primera al lado de un padre honrado i cariñoso, despues
en los brazos de un gigante inmóvil e insensible. De mui mal
presajio le fueron estos recuerdos i la imposibilidad en que se
halló de continuar su camino en la mitad de aquel cerro, donde,
sentada en una piedra con las manos cruzadas sobre las rodillas, se
puso a llorar de nuevo su orfandad, invocando la sombra de su padre
para que la acompañase, i pidiendo a Dios fuerzas contra la
oscuridad que le enviaba.
Esto pasaba en su corazon i en su memoria; en su cuerpo solo
sentía debilidad; porque esa noche, lo mismo que aquella en que se
quedó a oscuras con su padre, tampoco habia comido. Sinembargo, en
esta ocasion nadie presenciaba su mal; veíase en medio del mundo
mas sola que entónces, sin otra esperanza que la de llegar a una
choza donde quién sabe si la pobreza no podria ostentar con ella el
lujo de la limosna.
Apénas comenzó a amanecer continuó subiendo, alumbrada
escasamente por la luz rosada que sobre su cabeza mostraba el
Oriente, i a la cual parecía intentaba ir a alcanzar una débil
mujer, subiendo exánime esa cuesta interminable de rocas i de
césped.
Al fin a las cinco de la mañana llegó a la cumbre, donde
encontró la pequeña familia del Sacristan de la capilla, que
acababa de levantarse. No poca dificultad le costó obtener el asilo
que deseaba, siquiera por tres dias, porque tres dias era mucho
para esa pobre jente que sinembargo se los concedió. Con sus
servicios pretendia ella compensar este favor a fin de que, como
deseaba, se prolongase algo mas, pues empezó a gozar la
tranquilidad que inspiraba en su corazon aquel sitio, el alivio que
sentia su alma con el silencio que impone a las pasiones la vida
rústica i sencilla, i sobre todo, el consuelo que daba a sus penas
la imàjen de Jesus que perseguido lloraba tambien en su humilde
camarín, como ella lloraba en el mundo.
Sus servicios no eran mui necesarios para estos huéspedes; i así
lo mas del tiempo lo pasó aquella mañana recostada sobre el pretil
que sirve de antepecho al àtrio de la capilla, desde el cual veía a
sus pies una ciudad entera, i a lo léjos la verdura de un campo
dilatado, mientras la mañana despejada le permitió contemplar el
horizonte embellecido por los rayos del sol. Desde allí vió la
procesion que andaba por las calles cuando Monterilla prometía la
humillacion de Emilio, i Santiago salía de su prision: allí estaba
tambien precisamente, en el momento en que mas tarde, Adelaida,
mostrando a Emilio las nubes que ya empezaban a eclipsar el sol,
disimuló su melanlía, con una imájen alegórica tan propia de su
imajinacion i tan lisonjera para su amante.
En efecto, en ese momento la Cisne empezaba a ver que una
nubecilla pequeña flotaba allá abajo sobre los tejados de Bogotá,
pareciéndole un copo leve que un suplo podia disipar; mas en un
instante se entendió de tal modo, que Bogotá entera, cubierta con
ella, desapareció a sus ojos que no vieron ya sino la superficie de
un inmenso mar de humo blanco. Mui interesante i nuevo le pareció
este espectàculo, i se confundía agradablemente al oír debajo de
ese oceano estendido por todo el horizonte, el bullicio de una gran
ciudad cuyo movimiento llegaba entónces mejor a sus oídos por la
humedad de la admósfera ; así es que oía el chírrio de los carros,
las pisadas de los caballos, la vocinglería de las jentes, el
tañido de las campanas, el golpe de los labaderos, el yunque de las
fraguas, i hasta el ruido de los arroyos: todo a lo lejos, debajo
de sus pies ; todo al traves de una nube que ocultaba a la vista
enteramente el inmenso caserío, donde se movía aquella muchedumbre
que parecía ajitada en el fondo de un subterraneo profundo. Los que
han visto un espectáculo semejante conocen la sensacion rara i
nueva que goza el alma en aquel punto, i esa especie de compasion
involuntaria que siente el que está allí elevado sobre la
poblacion, hácia los que acá abajo se ajitan por la vida, i
consagrados a los intereses mundanos, olvidan ese cerro solemne i
grandioso que está al lacio de una ciudad, como el formidable
testigo de Dios, que colocado alli por él para servir a su
justicia, presencia en silencio él crímen i la virtud de una
poblacion entera, a fin de trasmitir fielmente los pecados o los
méritos del hombre a ese Redentor, que allá en la cima, sobre el
altar de un mezquino templo, llora los delitos de la humanidad i
mas que todo, las persecuciones por la virtud. La Cisne sintió
estos pensamientos; i cuando llegó a imajinarse que veía en aquella
mole sobre la cual estaba, la conciencia entera de tres siglos que
juzgaba a Bogotá, entrando a la capilla, oró por los muertos, pidió
virtud para los vivos i perdon para todos.
Al día siguiente, desde aquel mismo punto vid la partida de esa
sociedad de jente alegre, entre la cual iba Santiago. En esos
momentos la atormentaba el pensar que ya se apróximaba el término
del plazo que tenia fijado para estar allí escondida, i en
consecuencia deliberaba sobre lo que habia de hacer cuando bajase.
Se acordó de la proteccion que le había ofrecido Santiago, i
escojitaba algun medio de aprovecharla sin que la deshonrase; pero
cuando vió partir aquella jente, aunque no podia distinguirla, so
imajinò sin saber por qué causa, que iba allí el protector en quien
confiaba. Solo pensó entónces, dando su sospecha por cierta, en no
precaver mas la muerte, en auxiliarlas¡ era preciso, i en
rehabilitarse escribiéndole a aquel , jòven una carta donde
estuvieran consignados su inocencia i sus combates ; para que
mereciendo crédito por no llegar a su destino sino despues de su
muerte, quedase su memoria libre de toda mancha.
Ya se fastidiaba esa tarde de mirar para la Ciudad, i se
entretenia mas bien en observar a la cuida del Sol ese hermoso
ocaso de Bogotá en las tardes del tiempo en que comienzan o
terminan las lluvias. Admiraba casi con alegría, esos promontorios
de nubes blancas, que con sus bordes sobredorados, se veían
inmóviles i agrupados con majestad sobre el horizonte: esos velos
violados que se estendian despues al Oriente i que desvaneciéndose
por grados, llevaban la vista a que se fijase sobre un arroyo de
sangre, mientras un fantasma parda i tenebroso se bamboleaba hacia
el Norte anunciando la noche: noche funesta para la Cisne, en que
un brazo asesino iba a robarle un ser interesado por ella.
En efecto, al dia siguiente mui de mañana llegó a Moncerrate el
Capellan de la casa de D. Mateo, que iba a decir una misa pagada el
dia anterior por este mismo, para que el Señor de aquel templo, en
quien tenia mucha fé la familia, fuese propicio en la solicitud en
que por hallar a la Cisne estaban empeñados el Dr. Témis i el mismo
D. Mateo. El Capellan llegó mui triste, i sin hablar mas que con el
Sacristan, dijo misa i se quedò despues en la iglesia haciendo un
rato de oracion.
-¿ Por qué ha venido tan triste el Capellan? preguntaba a su
marido la mujer de aquella casa, luego que salieron de misa.
-Me dijo, respondió el Sacristan, que encomendaremos a Dios un
amibo suyo que fué asesinado anoche en Bogotá.
-¿ Quien sería ?
-Un tal D. Mateo.
-No lo conozco, dijo la Cisne.
-¿ Por què lo asesinaron ? preguntó la mujer.
- Por andar buscando una Señorita que le interesaba muchísimo.
Lo asesinaron unos ladrones que se creian perseguidos por él, i que
viven hàcia el lado de Ejipto. Acompañado de unos jendarmes i con
pretesto de aprehender a un ladron oculto, tuvo el arrojo de
presentarse anoche en la guarida de esos malhechores, que con armas
de fuego se defendieron, dando por desgracia uno de sus tiros sobre
el imprudente Sr., sin que por eso fuesen cojidos por los
jendarmes, que aterrados con aquella descarga, i no estando
debidamente prepara, dos, se vieron en la necesidad de huir por
entónces. Vean UU. cuán caro le costó buscar a esa niña, i cuànto
le interesaría.
-Sería alguna hija suya, repuso la Cisne.
-No: eso mismo le dije al Capellan; pero me manifestò que no era
sino otra Señorita, i me recomendó ademas rogaremos a Dios porque
estuviese viva, a cuyo fin me dijo la llamaban la Cisne.
-¡ La Cisne! esclamó esta mui admirada.
-Si repitió el Sacristan: la Cisne; me acuerdo
perfectamente.
-¿ Eso cómo.... ? ¿D. Mateo? ¿ Quien es D. Mateo ? ¿ Por qué me
buscaba èl a mi?
Acaso, esclamó el Sacristan, es U. a quien buscaba ?
-Sin duda, dijo ella; pero... aguárdese U., que puede ser otra,
i a mi me persiguen. No diga nada hasta que sepa si son mis
enemigos los que me solicitan.
-¿Cómo han de serlo, dijo el Sacristan, cuando la misa que se ha
dicho i acabamos de oir, ha sido solamente para que U. parezca
?
-Eso no puede ser, contestó; pues que si han matado al que me
buscaba, ya es en vano que me encuentren. Debia ser ese hombre
alguna protector noble que me enviaba el Cielo, puesto que ha
muerto....
-Seguramente, repuso el Sacristan; pero el Dr. me acaba de
decir, que apesar de creer a los de la familia del muerto poco
interesados ya en que U. parezca, esperan hallar por ese medio no
sé qué socorro.
-i Oh! esclamó la Cisne; no diga U. nada: ya sé para que me
buscan i no quiero que me encuentren.
-No puede ser para mal, replicó el Sacristan; pues este
Sacerdote es mui bueno.
Entónces el Capellan, dejando la iglesia, se dispuso a bajar;
pero el Sacristan le salió al encuentro i le refirió lo ocurrido.
Inmediatamente se volvió el Capellan i dirijiéndose a la Cisne, le
preguntó quién era. Ella le satisfizo francamente, i le exijió
tambien por su parte le dijese quienes i con qué objeto la
buscaban.
-Solo sé, respondió el Capellan, que el difunto D. Mateo tenia
gran interes en encontrar a una jóven, porque un Señor, cuyo nombre
ignoro, no habiendo querido revelarlo D. Mateo ni siquiera a su
familia, le había propuesto la recojiese en su casa en calidad de
enfermera, pues estando actualmente mui mala la Sra., podía serle
útil por sus cuidados, i ademas por una pequeña pension que
recibiría para su subsistencia. Por esto habrá de inferir U. que no
puedo ni debo creer que la que tanto interes ha inspirado, sea
meramente una leñadora.
-U. puede creer, dijo la Cisne, lo que le parezca mas acertado.
No tengo interes en lograr una proteccion que me es harto
sospechosa mientras ignore quién es el protector, lo que U. no
puede decirme.
-¿En donde vivía U. ántes?
-En casa de la Daifa.
-¿ Por qué salió de allí
-Eso es largo de contar, Sr; i ademas mui inútil por ahora.
-¡Ya!...ya se infiere que U. serà bien insubordinada con todo,
me parece bueno que sea como fuere, procure estar por aquí i no
irse a otra parte, hasta que se resuelva la duda de si es U.
verdaderamente la Cisne i si la familia de D. Mateo insiste en
buscarla, lo que no puede saberse ahora, pues sé halla en una
consternacion estraordinaria, como es mui natural, por la desgracia
que acaba de sobrevenirle.
El Capellan emprendió su camino i la Cisne se quedó llena de
inquietud, pensando en que aquel asilo era ya mui peligroso, pues
en el caso que insistieran en buscarla, haciendo para ello que
fuese reconocida, como el Capellan indicaba, solo podían ser
hábiles para tal reconocimiento la Daifa i algunos de sus
cómplices. Volver a ver a esta mujer era para la Cisne el
pensamiento mas espantoso, porque juzgaba imposible librarse de su
horrenda venganza una vez que cayera de nuevo en sus manos, o
supiese siquiera donde estaba. Encantadores le parecían los dos
dias que habia pasado allí, llena de seguridad, sin alarmas, tú
testigos que la humillasen, como la habia humillado en ese instante
mismo el Capellan con sus miradas altaneras i conceptos
sospechosos. No había para ella una cosa que la atormentase tanto i
ofendiese tan directamente su orgullo, como el suponer que trataba
de hacerse interesante a favor de una mentira. I era eso mui
natural en una mujer a quien la verdad, si hubiese sido
descubierta, elevaba a una altura i a una grandeza admirables;
mientras el error en que respecto de ella se estaba, era el que la
anonadaba i envilecia. El Capellan, pues le habia causarlo un
sufrimiento mui vivo. Pero ese sufrimiento no era mas que el
principio de las molestias cine iba a ocasionar no solo a la Cisne,
sino a los que se interesaban por ella.
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