INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO XXI
MONCERRATE

EL DIA en que Santiago fuè puesto en libertad, i que a consecuencia de las amenazas de Monterilla, estuvieron tan tristes Emilio i Adelaida; ese mismo día a las cinco de la mañana llegó a la sima de Monserrate, tal vez el único mendigo que Se ha visto precisado a ir hasta allí, para solicitar un asilo en la miserable habitacion de las pobres jentes que viven contentas en un sitio tan sustraido del comercio humano, i tan del esclusivo dominio de una elevada rejion de admosfera i de frío. Era la Cisne, que resuelta a cumplir las protestas que habia hecho el día anterior en un mómento de grandeza moral, pudo cambiar en el boqueron, la mantilla de vueltas de terciopelo, por el vestido de una leñadora, ordinario, es verdad, pero por cierto ménos deshonroso.

Sin comer, habiendo apènas reposado en el sueño breves horas, i no hallando otro punto en que pudiera precaver mejor las persecuciones de la Daifa, i mas que todo, el baldón que ya casi la marchaba, emprendió al anochecer la subida de quella cresta empinada i fragosa, son la seguridad de resistir el hambre que desde mui niña estaba habituada a soportar; i en la confianza de que la luz de la luna la auxiliase en la marcha, por lo ménos hasta una altura bien considerable, para que sin riesgo alguno acabase de pasar la noche, refujiandose en alguna de esas ermitas solitarias que de trecho en trecho marcan el camino.

Así anduvo las primeras horas de la noche, parándose a vezes con el objeto de contemplar tristemente desde algun punto mui elevado, el horizonte amarillo i silencioso que en cerraba tantos habitantes entregados casi todos en aquellos momentos al verdadero i ùnico descanso que el tiempo ofrece al hombre. Mas el fanal que la alumbraba fué poco a poco sumiéndose en su ocaso. Entònces ella, que hasta allí habia contemplado a la luna como una sincera amiga a quien a tales horas se complacia en amar i bendecir, comenzó a observar que esa compañera tambien era inconstante e iba a abandonarla por haber llegado primero, en su inversa ruta, a la cima del monte opuesto, desde el cual, dejando ver apénas un perfil de su disco, enviaba a la Cisne un triste a Dios, i la dejaba abandonada con las sombras, el silencio i la soledad.

Aun le quedaba, no obstante, algo mas al ausentarse la luna; i era el eco de un tiempo pasado lleno de tristes sucesos. Entónces observó que otra vez veía estinguirse una claridad consoladora, como cuando al lado de su padre vió morir la que a ambos alumbraba; que nuevamente las tineblas iban a envolverla, i que otra vez la noche debía parecerle semejante al abismo: que estaba siempre destinada a verse abandonar por los últimos rayos de una luz compañera; primera al lado de un padre honrado i cariñoso, despues en los brazos de un gigante inmóvil e insensible. De mui mal presajio le fueron estos recuerdos i la imposibilidad en que se halló de continuar su camino en la mitad de aquel cerro, donde, sentada en una piedra con las manos cruzadas sobre las rodillas, se puso a llorar de nuevo su orfandad, invocando la sombra de su padre para que la acompañase, i pidiendo a Dios fuerzas contra la oscuridad que le enviaba.

Esto pasaba en su corazon i en su memoria; en su cuerpo solo sentía debilidad; porque esa noche, lo mismo que aquella en que se quedó a oscuras con su padre, tampoco habia comido. Sinembargo, en esta ocasion nadie presenciaba su mal; veíase en medio del mundo mas sola que entónces, sin otra esperanza que la de llegar a una choza donde quién sabe si la pobreza no podria ostentar con ella el lujo de la limosna.

Apénas comenzó a amanecer continuó subiendo, alumbrada escasamente por la luz rosada que sobre su cabeza mostraba el Oriente, i a la cual parecía intentaba ir a alcanzar una débil mujer, subiendo exánime esa cuesta interminable de rocas i de césped.

Al fin a las cinco de la mañana llegó a la cumbre, donde encontró la pequeña familia del Sacristan de la capilla, que acababa de levantarse. No poca dificultad le costó obtener el asilo que deseaba, siquiera por tres dias, porque tres dias era mucho para esa pobre jente que sinembargo se los concedió. Con sus servicios pretendia ella compensar este favor a fin de que, como deseaba, se prolongase algo mas, pues empezó a gozar la tranquilidad que inspiraba en su corazon aquel sitio, el alivio que sentia su alma con el silencio que impone a las pasiones la vida rústica i sencilla, i sobre todo, el consuelo que daba a sus penas la imàjen de Jesus que perseguido lloraba tambien en su humilde camarín, como ella lloraba en el mundo.

Sus servicios no eran mui necesarios para estos huéspedes; i así lo mas del tiempo lo pasó aquella mañana recostada sobre el pretil que sirve de antepecho al àtrio de la capilla, desde el cual veía a sus pies una ciudad entera, i a lo léjos la verdura de un campo dilatado, mientras la mañana despejada le permitió contemplar el horizonte embellecido por los rayos del sol. Desde allí vió la procesion que andaba por las calles cuando Monterilla prometía la humillacion de Emilio, i Santiago salía de su prision: allí estaba tambien precisamente, en el momento en que mas tarde, Adelaida, mostrando a Emilio las nubes que ya empezaban a eclipsar el sol, disimuló su melanlía, con una imájen alegórica tan propia de su imajinacion i tan lisonjera para su amante.

En efecto, en ese momento la Cisne empezaba a ver que una nubecilla pequeña flotaba allá abajo sobre los tejados de Bogotá, pareciéndole un copo leve que un suplo podia disipar; mas en un instante se entendió de tal modo, que Bogotá entera, cubierta con ella, desapareció a sus ojos que no vieron ya sino la superficie de un inmenso mar de humo blanco. Mui interesante i nuevo le pareció este espectàculo, i se confundía agradablemente al oír debajo de ese oceano estendido por todo el horizonte, el bullicio de una gran ciudad cuyo movimiento llegaba entónces mejor a sus oídos por la humedad de la admósfera ; así es que oía el chírrio de los carros, las pisadas de los caballos, la vocinglería de las jentes, el tañido de las campanas, el golpe de los labaderos, el yunque de las fraguas, i hasta el ruido de los arroyos: todo a lo lejos, debajo de sus pies ; todo al traves de una nube que ocultaba a la vista enteramente el inmenso caserío, donde se movía aquella muchedumbre que parecía ajitada en el fondo de un subterraneo profundo. Los que han visto un espectáculo semejante conocen la sensacion rara i nueva que goza el alma en aquel punto, i esa especie de compasion involuntaria que siente el que está allí elevado sobre la poblacion, hácia los que acá abajo se ajitan por la vida, i consagrados a los intereses mundanos, olvidan ese cerro solemne i grandioso que está al lacio de una ciudad, como el formidable testigo de Dios, que colocado alli por él para servir a su justicia, presencia en silencio él crímen i la virtud de una poblacion entera, a fin de trasmitir fielmente los pecados o los méritos del hombre a ese Redentor, que allá en la cima, sobre el altar de un mezquino templo, llora los delitos de la humanidad i mas que todo, las persecuciones por la virtud. La Cisne sintió estos pensamientos; i cuando llegó a imajinarse que veía en aquella mole sobre la cual estaba, la conciencia entera de tres siglos que juzgaba a Bogotá, entrando a la capilla, oró por los muertos, pidió virtud para los vivos i perdon para todos.

Al día siguiente, desde aquel mismo punto vid la partida de esa sociedad de jente alegre, entre la cual iba Santiago. En esos momentos la atormentaba el pensar que ya se apróximaba el término del plazo que tenia fijado para estar allí escondida, i en consecuencia deliberaba sobre lo que habia de hacer cuando bajase. Se acordó de la proteccion que le había ofrecido Santiago, i escojitaba algun medio de aprovecharla sin que la deshonrase; pero cuando vió partir aquella jente, aunque no podia distinguirla, so imajinò sin saber por qué causa, que iba allí el protector en quien confiaba. Solo pensó entónces, dando su sospecha por cierta, en no precaver mas la muerte, en auxiliarlas¡ era preciso, i en rehabilitarse escribiéndole a aquel , jòven una carta donde estuvieran consignados su inocencia i sus combates ; para que mereciendo crédito por no llegar a su destino sino despues de su muerte, quedase su memoria libre de toda mancha.

Ya se fastidiaba esa tarde de mirar para la Ciudad, i se entretenia mas bien en observar a la cuida del Sol ese hermoso ocaso de Bogotá en las tardes del tiempo en que comienzan o terminan las lluvias. Admiraba casi con alegría, esos promontorios de nubes blancas, que con sus bordes sobredorados, se veían inmóviles i agrupados con majestad sobre el horizonte: esos velos violados que se estendian despues al Oriente i que desvaneciéndose por grados, llevaban la vista a que se fijase sobre un arroyo de sangre, mientras un fantasma parda i tenebroso se bamboleaba hacia el Norte anunciando la noche: noche funesta para la Cisne, en que un brazo asesino iba a robarle un ser interesado por ella.

En efecto, al dia siguiente mui de mañana llegó a Moncerrate el Capellan de la casa de D. Mateo, que iba a decir una misa pagada el dia anterior por este mismo, para que el Señor de aquel templo, en quien tenia mucha fé la familia, fuese propicio en la solicitud en que por hallar a la Cisne estaban empeñados el Dr. Témis i el mismo D. Mateo. El Capellan llegó mui triste, i sin hablar mas que con el Sacristan, dijo misa i se quedò despues en la iglesia haciendo un rato de oracion.

-¿ Por qué ha venido tan triste el Capellan? preguntaba a su marido la mujer de aquella casa, luego que salieron de misa.

-Me dijo, respondió el Sacristan, que encomendaremos a Dios un amibo suyo que fué asesinado anoche en Bogotá.

-¿ Quien sería ?

-Un tal D. Mateo.

-No lo conozco, dijo la Cisne.

-¿ Por què lo asesinaron ? preguntó la mujer.

- Por andar buscando una Señorita que le interesaba muchísimo. Lo asesinaron unos ladrones que se creian perseguidos por él, i que viven hàcia el lado de Ejipto. Acompañado de unos jendarmes i con pretesto de aprehender a un ladron oculto, tuvo el arrojo de presentarse anoche en la guarida de esos malhechores, que con armas de fuego se defendieron, dando por desgracia uno de sus tiros sobre el imprudente Sr., sin que por eso fuesen cojidos por los jendarmes, que aterrados con aquella descarga, i no estando debidamente prepara, dos, se vieron en la necesidad de huir por entónces. Vean UU. cuán caro le costó buscar a esa niña, i cuànto le interesaría.

-Sería alguna hija suya, repuso la Cisne.

-No: eso mismo le dije al Capellan; pero me manifestò que no era sino otra Señorita, i me recomendó ademas rogaremos a Dios porque estuviese viva, a cuyo fin me dijo la llamaban la Cisne.

-¡ La Cisne! esclamó esta mui admirada.

-Si repitió el Sacristan: la Cisne; me acuerdo perfectamente.

-¿ Eso cómo.... ? ¿D. Mateo? ¿ Quien es D. Mateo ? ¿ Por qué me buscaba èl a mi?

Acaso, esclamó el Sacristan, es U. a quien buscaba ?

-Sin duda, dijo ella; pero... aguárdese U., que puede ser otra, i a mi me persiguen. No diga nada hasta que sepa si son mis enemigos los que me solicitan.

-¿Cómo han de serlo, dijo el Sacristan, cuando la misa que se ha dicho i acabamos de oir, ha sido solamente para que U. parezca ?

-Eso no puede ser, contestó; pues que si han matado al que me buscaba, ya es en vano que me encuentren. Debia ser ese hombre alguna protector noble que me enviaba el Cielo, puesto que ha muerto....

-Seguramente, repuso el Sacristan; pero el Dr. me acaba de decir, que apesar de creer a los de la familia del muerto poco interesados ya en que U. parezca, esperan hallar por ese medio no sé qué socorro.

-i Oh! esclamó la Cisne; no diga U. nada: ya sé para que me buscan i no quiero que me encuentren.

-No puede ser para mal, replicó el Sacristan; pues este Sacerdote es mui bueno.

Entónces el Capellan, dejando la iglesia, se dispuso a bajar; pero el Sacristan le salió al encuentro i le refirió lo ocurrido. Inmediatamente se volvió el Capellan i dirijiéndose a la Cisne, le preguntó quién era. Ella le satisfizo francamente, i le exijió tambien por su parte le dijese quienes i con qué objeto la buscaban.

-Solo sé, respondió el Capellan, que el difunto D. Mateo tenia gran interes en encontrar a una jóven, porque un Señor, cuyo nombre ignoro, no habiendo querido revelarlo D. Mateo ni siquiera a su familia, le había propuesto la recojiese en su casa en calidad de enfermera, pues estando actualmente mui mala la Sra., podía serle útil por sus cuidados, i ademas por una pequeña pension que recibiría para su subsistencia. Por esto habrá de inferir U. que no puedo ni debo creer que la que tanto interes ha inspirado, sea meramente una leñadora.

-U. puede creer, dijo la Cisne, lo que le parezca mas acertado. No tengo interes en lograr una proteccion que me es harto sospechosa mientras ignore quién es el protector, lo que U. no puede decirme.

-¿En donde vivía U. ántes?

-En casa de la Daifa.

-¿ Por qué salió de allí

-Eso es largo de contar, Sr; i ademas mui inútil por ahora.

-¡Ya!...ya se infiere que U. serà bien insubordinada con todo, me parece bueno que sea como fuere, procure estar por aquí i no irse a otra parte, hasta que se resuelva la duda de si es U. verdaderamente la Cisne i si la familia de D. Mateo insiste en buscarla, lo que no puede saberse ahora, pues sé halla en una consternacion estraordinaria, como es mui natural, por la desgracia que acaba de sobrevenirle.

El Capellan emprendió su camino i la Cisne se quedó llena de inquietud, pensando en que aquel asilo era ya mui peligroso, pues en el caso que insistieran en buscarla, haciendo para ello que fuese reconocida, como el Capellan indicaba, solo podían ser hábiles para tal reconocimiento la Daifa i algunos de sus cómplices. Volver a ver a esta mujer era para la Cisne el pensamiento mas espantoso, porque juzgaba imposible librarse de su horrenda venganza una vez que cayera de nuevo en sus manos, o supiese siquiera donde estaba. Encantadores le parecían los dos dias que habia pasado allí, llena de seguridad, sin alarmas, tú testigos que la humillasen, como la habia humillado en ese instante mismo el Capellan con sus miradas altaneras i conceptos sospechosos. No había para ella una cosa que la atormentase tanto i ofendiese tan directamente su orgullo, como el suponer que trataba de hacerse interesante a favor de una mentira. I era eso mui natural en una mujer a quien la verdad, si hubiese sido descubierta, elevaba a una altura i a una grandeza admirables; mientras el error en que respecto de ella se estaba, era el que la anonadaba i envilecia. El Capellan, pues le habia causarlo un sufrimiento mui vivo. Pero ese sufrimiento no era mas que el principio de las molestias cine iba a ocasionar no solo a la Cisne, sino a los que se interesaban por ella.

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