INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO IIII
EL ROBO

D. Juan continuó paseándose en el altozano, dudoso sobre si debía retirarse a su casa, o ir a buscar a su amigo por las calles. Hallábase en esta alternativa cuando lo llamó un jóven elegante que venia detras, vestido de |paletó i a paso precipitado. D. Juan se detuvo i conoció, al que venía, que era en amigo suyo llamado Emilio Castelvi.

Este jóven vivía en casa de un rico propietario a quien él titulaba siempre el Señor Osman. Estaba apasionado de la Señorita Adelaida, una de las hijas de este Señor; i tanto por eso, como por los muchos favores que de él recibía, le profesaba un afecto tan grande i respetuoso como a su padre, Emilio era uno de aquellos bogotanos de educacion fina i delicada, dotado naturalmente de sensibilidad, de talento i de belleza. Desde los primeros dias de su juventud, Adelaida le había inspirado un amor que ella sabia conservar haciéndose siempre digna de aquel entusiasmo que anima el corazon de ciertos hombres cuando tienen la fortuna de hallar para colocarlo, un objeto que es en realidad tan noble como la ilusion que inspira. Adelaida no trataba de conservar ese amor solo porque estuviese apasionada de Emilio, pues este hasta entónces no tenia motivos para gloriarse de ser correspondido. Tampoco lo conservaba porque su amante estuviese en circunstancias tales que ella pudiera envanecerse de ser amada por él lo conservaba porque sabía cuanto honra siempre a una mujer el inspirar un afecto de amor sincero, puro   i elevado, sea cual fuere el pecho que lo abrigue.

Emilio era de nacimiento oscuro i de mui escasa fortuna, pues subsistía al lado del Señor Osman manejándole los libros de sus especulaciones. Había pasado los primeros años de su infancia en una vida humilde i desconocida: su padre que era de otra provincia, i de quien mui rara vez tenia noticia, era un hombre mui pobre, que subsistía de esa especie de especulaciones comerciales tan comunes era la Nueva Granada, i que consisten en llevar al fiado de un lugar a otro; artículos de poco valor; para pagar con el precio de la venta i subsistir de las escasas utilidades que se logran. Habiéndole sido Emilio de mucho gravamen en su niñez para este jénero de vida nómade, se vió en la necesidad de entregárselo a un comerciante de Bogotá, quien lo mantuvo en esta Ciudad dándole alguna educacion que despues Emilio mismo trató de perfeccionar, i donde a virtud de sus buenas prendas llegó mas, tarde a captarla simpatía del Señor Osman i merecer la preferencia de ser colocado en su casa con el carácter de dependiente. Mas estas relaciones que eran toda su fortuna, hacian tambien su martirio, siendo la causa de una pasion que le quitaba de reposo, pues no ignoraba que Adelaida debía tener aspiraciones mui elevadas, cuyo pensamiento lo atormentaba en silencio. Así era que apesar de vivir en la misma casa i tratar a Adelaida diariamente, se contentaba con rendirle ese culto mudo que tanto se usa en Bogotá, lo mismo que en otras partes; ese amor solícito que sabe siempre era donde debe hallarse el objeto amado, qué templos frecuenta, a qué hora i en qué sitio se postra a tributar su culto relijioso, en qué actitud lo hace, i muchas veces hasta qué pensamiento le distrae; ese amor que revela, a favor de una larga solicitud, los hábitos materiales, i que había revelado a Emilio aun los hábitos del corazon de Adelaida.

Todo esto lo sabía mui bien D. Juan como íntimo amigo de Emilio, por quien tenia una predileccion rara. Así fué que se detuvo con mucho gusto cuando oyó que lo llamaba.

-¿ Qué hace por aquí, mi querido Emilio ? le dijo: ¿ a donde va U.?

-Voi mui de prisa, le contestó. ¿i U. qué hace? ¿está desocupado?

-Estói aguardando un amigo que se me ha perdido i que va a tenerme dos o tres horas buscándolo por la Ciudad: vino a hospedarse en mi casa, salimos esta noche a la retreta i el torito se ha estraviado.

-Pero mui fuertemente lo castiga U. tratándolo tan mal cuando es su amigo i su huésped.

-Que perdone, pues me ha puesto en la necesidad de andar como un mentecato, buscando aqui i allí, sabe Dios si 1944 la noche.

-Lo siento mucho, dijo Emilio; porque ya que había encontrado con U. iba a hacerle una recomendación creyéndolo desocupado.

-Eso no importa, contestó Dn. Juan; porque si lo que U. pensaba recomendarme es algun asunto mui importante...

-Mucho; pues es nada menos que, segun sospecho, han robado, o están robando ahora mismo la casa del Señor Osman.

-¡Como ! eso no puede ser, esclamó D. Juan: a estas horas... es imposible.

-Sin embargo, yo no lo dudo, dijo Emilio siguiendo mui aprisa su camino, acompañado de ID. Juan. Así es que voi a buscar la policía para entrar a la casa con el objeto de ver al se puede cojer allí mismo a los ladrones; i querría que U. fuera entretanto, ya que es amigo de la familia a fin de que tuviese cuidado no vayan á fugarse, o viera a qué punto se dirijen; si salen antes duque yo vuelva.

-¿Es decir que U. supone a los ladrones encerrados en la casa ?

-Así lo sospecho. U. sabe que ahora el robo es mui frecuente i en estremo fácil; de manera que cualquier indicio debe ponernos en alarma. Yo acabo de llamar a la puerta, i aunque el Señor Osman debe estar en casa, ni me han abierto ni me han contestado siquiera: ademas, en la tienda que está arriba de la puerta me han dicho que temen haya ocurrido alguna novedad; porque al cerrar la noche vieron entrar dos o tres hombres a quienes no pudieron conocer: la puerta se cerró despues i no han vuelto a saber nada.

-Indudable es, segun todo eso, dijo D. Juan deteniéndose, que hai ladrones en la casa. ¿ Qué habrán hecho las Señoras?

-Ellas salieron desde esta tarde, contestó Emilio; así es que ahora lo mas urjente se reduce a salvar al Señor Osman que debe estar en gran peligro; i a atrapar, si se puede, a los ladrones.

-Bien: voi volando, dijo D. Juan, dejando a Emilio que siguió con gran celeridad.

Asi tenia que hacerlo; porque aun cuando bien cerca del Señor Osman vivía un funcionario con autoridad, Emilio sabia que era ocioso dirijirse a él, pues sobre ser un hombre mui cobarde para esta clase de empresas, era en estremo perezoso: por tanto habia resuelto ir donde otro que vivía a mucha distancia mas era de aquellos para quienes no hai en su empleo un gozo superior al que sienten cuando recibiendo un denuncio semejante, corren a asociarse de un cuerpo de policía i hácen en un momento con laudable actividad la caza de un criminal.

Entre tanto D. Juan habría caminado dos cuadras, cuando vio que volvían la esquina a quese aproximaba, las Señoras de Osman, a quienes alumbraba un paje con una hermosa bomba de cristal. La clara luz que despedia la bomba dejó a D. Juan ver entre sombras movibles los vestidos elegantes de las tres jóvenes bijas del Señor Osman, que como tres emblemas de la dignidad, marchaban en silencio i lentamente adelante de una matrona mui respetable. Otro que D. Juan quizá hubiera corrido a unírseles ; pero este era tan respetuoso, que al pensar en hacerlo así, recordó que el traje con que habia salido esa noche, era indecoroso; i no quizo que las Señoras se sorprendiesen al ver se les acercaba un hombre que por la ruana debia parecerles a primera vista un hombre del pueblo, Se avergonzó entonces D. Juan de su vestido, juzgando como un arrojo el salir al encuentro de aquella familia. Tuvo, pues que resignarse a seguirla lentamente, para anunciarse primero pasando despacio a su lado con el objeto de que la luz de la bomba le facilitara el ser reconocido como amigo.

A pocos pasos ántes de llegar las Señoras a su casa, Dn. Juan se dio por fin a conocer, i siguió con ellas, tratando de referirles con prudencia para no asustarlas de repente, lo que Emilio le había dicho, Mas al llegar a la puerta, esta se abrió i salió precipitadamente un hombre. Dn. Juan dejó a las Señoras i corrió sobre él; pero al pasar por la puerta salía el último que atropellándolo dio lugar para que a la luz de la bomba que llegaba en el mismo acto, distinguiese en aquel un criminal condenado otras vezes, i a quien en las cárceles i presidios llamaban el Mordedor por la magnitud escesiva de sus dientes. Las Señoras afanadas en sumo grado no dejaron seguir a Dn. Juan por no entrar solas a la casa, i porque creyeron mas importante que seguir a los ladrones, el que contribuyese tal vez a un socorro oportuno respecto del Sr. Osman. Dn: Juan cedió a estas instancias con tanto mayor motivo, cuanto que habiendo conocido al Mordedor, tenia casi por segura la pesquisa.

Entraron, pues, todos; a las Señoras aturdidas i acobardadas subieron la escalera gritando al Sr. Osman i dirijiéndose desde luego a su cuarto, Allí lo encontraron sentado en un; silla poltrona, pero fuertemente atado a ella, de modo que no podia moverse. Adelaida llorando fué la primera que corrió a desatarlo; pero sus manos delicadas no podían soltar pronto to las toscas ligaduras que aprisionaban a su Padre. Todos temían que hubiese sido ofendido gravemente; así que apenas supieron que no lo habían herido ni maltratado de obra, casi se pusieron alegres i festivos. El Sr. Osman tenia ademas los ojos vendados con un pañuelo; pero conoció por la voz a Dn. Juan que desde el principio se le había dirijido para desatarlo.

Ya que estuvo en libertad se levantó i les refirió el suceso.

Desde las cuatro de la tarde habían salido las Señoras à hacér una visita donde una amiga, que debia irse de Bogotá de alli a cuatro dias. El Sr. Osman se habia quedado en la casa entregado a ocupaciones urjentes, i acompañado solo de algunos criados que poco a poco se fueron saliendo, ya para ir a pasearse, ya para ir a conversar en la vecindad; de suerte que a las seis de la tarde que llamó para que le trajeran luz, no había en la casa mas que la vieja cocinera. Él estaba tan contraído a su ocupacion que esta circunstancia no le llamó la atencion. Mas a eso de las siete oyó abrir la puerta de la calle i sintió pasos que le indicaban haber entrado bastantes personas; pero esto no lo sobresaltó, creyendo fuesen algunos amigas: empezó, con todo, a fijar su atencion al oír en seguida que atrancaban las puertas i que subían con cierto misterio. Iba a asomarse a la puerta de su cuarto cuando se le presentaron los ladrones embozados en sus ruanas largas i con puñal en mano: él retrocedió como para buscar con qué defenderse, pues no tenia en la mano mas que la pluma de escribir; pero los ladrones sin darle tiempo para tal cosa, lo rodearon en él acto, lo sentaron en la silla a la que las Señoras i Dn. Juan lo encontraron amarrado, le vendaron los ojos i quedándose con él uno de aquellos, se fué el otro a hacer lo mismo con la criada. Ni el que quedo de centinela, ni el Sr. Osman articulaban una sola palabra, mientras el otro volvia: no sucedia lo mismo respecto de los movimientos, pues en tanto que el Sr. Osman no podía ejecutar ninguno, su guarda recorría mui despacio la pieza, veía todo cuanto había en ella, tomaba lo que mejor le acomodaba; i era la desgracia que casi todo le acomodaba admirablemente. Su compañero volvió bien pronto, i arrimando una silla, se sentó ál frente del Sr. Osman, se quitó el sombrero i le dirijió la palabra.

-Sr. le dijo, tenga U. la bondad de dispensarnos, aunque nosotros no tratamos de molestarlo ni venimos, gracias a Dios, cometer ningun delito ni a faltar al respeto que U. se merece.

-Lo celebro, dijo el Sr. Osman; i espero que entonces tendrán U. la condescendencia de soltarme.

-Tanto así, no, Sr.; no fuese a suceder que le diera a U, la tentacion de faltar al respeto que nosotros por nuestra parte merecemos, No hemos venido aquí mas que a una friolera, i todo consiste únicamente en que U. se sirva darnos su dinero, dispensándonos la franqueza; porque el nuestro se ha concluido i necesitamos ahora con mucha urjencia.

El Sr. Osman no podía adivinar si estos hombres ademas del intento de robarle, tenían tambien el de burlarse de él con el mayor descaro, mas su duda se disipó, cuando habiendo sentido que su interlocutor se levantaba, se acercaba al bufete i tomaba allí alguna cosa, advirtió que era la caja de polvo, pues oía que los dos ladrones sorbían uno en pos de otro. Despues el director le presentó al mismo Sr. Osman con mucha gravedad la caja abierta, invitándolo a tomar tambien un polvo.

-¿Cómo puede tomarlo, dijo el otro, si tiene atadas las manos?

-Tiene U. razon yo soi un tonto.

I tomando él mismo entónces una narigada de tres dedos, comenzó a aplicarla a la nariz del Sr. Osman, que mal de su grado, se vió en la precision de sorber tambien.

-Usa U. mui buen rapé, decía el ladron; i por cierto que debe U. quedar mui satisfecho de que su rapé sea elojiado por dos peritos rapiegos: yo por eso elijo siempre para ir a tomar un polvo las casas de mejor gusto.

-¿Cigarro no usa U. mi apreciado Sr.? preguntó el otro mientras el primero guardaba la caja en el bolsillo.

-Aquí hai cigarros, repuso este: tome U. enciéndale al Sr. Osman i encienda para mi tambien.

Cuando el ladron tomó su cigarro, se puso a pasear por la pieza cual si estuviera en su casa. Mas volviéndose luego hácia el Sr. Osman le intimó que le franquease todas las llaves, lo que en efecto hizo este, indicándoles donde estaban, deseoso tan solo de que se fuesen cuanto ántes aquellos insolentes, aunque cargasen con todo lo que poseía. Ellos tomando las llaves, salieron del cuarto, no sin pedir préviainente, con burlesca cortesía, el correspondiente permiso ofreciendo volver cuanto ántes. El Sr. Osman se quedó solo, sin saber de lo que los ladrones estarían haciendo por las demas piezas, otra cosa que lo que, le revelaba el ruido que hacían alternativamente los muelles de las cerraduras que se abrian, i las risotadas de gozo en que a cada paso prorumpián aquellos en celebracion del encuentro de alguna cosa de valor. Este ruido se iba alejando poco a poco, i los ladrones penetraban en los departamentos interiores, donde no omitieron re registrar igualmente la despensa, cuya llave tomaron de la cocinera. Allí encontraron vino, bizcochos i otras viandas de refresco, dé todo lo cual arreglaron un gran charol, i tomando unas botellas de vino, se presentaron con todo esto en la pieza del Sr. Osman, lo hicieron tomar i aun lo obligaron a brindar por los mismos que lo obsequiaban. En seguida se dirijieron a la antesala, que era un corredor ancho donde habia varios asientos i una mesa redonda en la que colocaron el refresco, llevando despues al Sr. Osman del lazo con que estaba atado para sentarlo entre ellos a la mesa.

Estaban refrescando mui contentos cuando oyeron en la puerta los golpes de Emilió, que como se dijo àntes, vino a su casa i no habiéndole contestado, se fué a buscar la polícia. Los ladrones manifestaron entónces al Sr. Osman que seguramente le llegaba una visita que ellos no estaban preparados a recibir, i que por tanto era necesario volverlo a su cuarto, i que seles facilitase modo de ocultarse. El Sr. Osman fué efectivamente conducido otra vez a la silla donde volvieron a amarrarlo, recojiendo luego todo lo que podían llevar. Después de haber esperado largo rato para poder salir con seguridad, a que se alelase el que había golpeado, se despidieron del Sr. Osman i sé fueron, a tiempo que llegaba la familia, como se ha visto. Cuando este Sr. estaba haciendo la narracion de tal acontecimiento, llegó Emilió con la policía. Dn. Juan le comunicó que había reconocido a uno de los ladrones, que lo era el Mordedor, i que sabia mui bien que este tenia su habitacion i probablemente su guarida, por la ermita de Ejipto. Con estas datos la policía se encaminó inmediatamente a hacer la pesquisa por aquel lado.

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