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CAPITULO IIII
EL ROBO
D. Juan continuó paseándose en el altozano, dudoso sobre si
debía retirarse a su casa, o ir a buscar a su amigo por las calles.
Hallábase en esta alternativa cuando lo llamó un jóven elegante que
venia detras, vestido de
|paletó i a paso precipitado. D.
Juan se detuvo i conoció, al que venía, que era en amigo suyo
llamado Emilio Castelvi.
Este jóven vivía en casa de un rico propietario a quien él
titulaba siempre el Señor Osman. Estaba apasionado de la Señorita
Adelaida, una de las hijas de este Señor; i tanto por eso, como por
los muchos favores que de él recibía, le profesaba un afecto tan
grande i respetuoso como a su padre, Emilio era uno de aquellos
bogotanos de educacion fina i delicada, dotado naturalmente de
sensibilidad, de talento i de belleza. Desde los primeros dias de
su juventud, Adelaida le había inspirado un amor que ella sabia
conservar haciéndose siempre digna de aquel entusiasmo que anima el
corazon de ciertos hombres cuando tienen la fortuna de hallar para
colocarlo, un objeto que es en realidad tan noble como la ilusion
que inspira. Adelaida no trataba de conservar ese amor solo porque
estuviese apasionada de Emilio, pues este hasta entónces no tenia
motivos para gloriarse de ser correspondido. Tampoco lo conservaba
porque su amante estuviese en circunstancias tales que ella pudiera
envanecerse de ser amada por él lo conservaba porque sabía cuanto
honra siempre a una mujer el inspirar un afecto de amor sincero,
puro i elevado, sea cual fuere el pecho que lo abrigue.
Emilio era de nacimiento oscuro i de mui escasa fortuna, pues
subsistía al lado del Señor Osman manejándole los libros de sus
especulaciones. Había pasado los primeros años de su infancia en
una vida humilde i desconocida: su padre que era de otra provincia,
i de quien mui rara vez tenia noticia, era un hombre mui pobre, que
subsistía de esa especie de especulaciones comerciales tan comunes
era la Nueva Granada, i que consisten en llevar al fiado de un
lugar a otro; artículos de poco valor; para pagar con el precio de
la venta i subsistir de las escasas utilidades que se logran.
Habiéndole sido Emilio de mucho gravamen en su niñez para este
jénero de vida nómade, se vió en la necesidad de entregárselo a un
comerciante de Bogotá, quien lo mantuvo en esta Ciudad dándole
alguna educacion que despues Emilio mismo trató de perfeccionar, i
donde a virtud de sus buenas prendas llegó mas, tarde a captarla
simpatía del Señor Osman i merecer la preferencia de ser colocado
en su casa con el carácter de dependiente. Mas estas relaciones que
eran toda su fortuna, hacian tambien su martirio, siendo la causa
de una pasion que le quitaba de reposo, pues no ignoraba que
Adelaida debía tener aspiraciones mui elevadas, cuyo pensamiento lo
atormentaba en silencio. Así era que apesar de vivir en la misma
casa i tratar a Adelaida diariamente, se contentaba con rendirle
ese culto mudo que tanto se usa en Bogotá, lo mismo que en otras
partes; ese amor solícito que sabe siempre era donde debe hallarse
el objeto amado, qué templos frecuenta, a qué hora i en qué sitio
se postra a tributar su culto relijioso, en qué actitud lo hace, i
muchas veces hasta qué pensamiento le distrae; ese amor que revela,
a favor de una larga solicitud, los hábitos materiales, i que había
revelado a Emilio aun los hábitos del corazon de Adelaida.
Todo esto lo sabía mui bien D. Juan como íntimo amigo de Emilio,
por quien tenia una predileccion rara. Así fué que se detuvo con
mucho gusto cuando oyó que lo llamaba.
-¿ Qué hace por aquí, mi querido Emilio ? le dijo: ¿ a donde va
U.?
-Voi mui de prisa, le contestó. ¿i U. qué hace? ¿está
desocupado?
-Estói aguardando un amigo que se me ha perdido i que va a
tenerme dos o tres horas buscándolo por la Ciudad: vino a
hospedarse en mi casa, salimos esta noche a la retreta i el torito
se ha estraviado.
-Pero mui fuertemente lo castiga U. tratándolo tan mal cuando es
su amigo i su huésped.
-Que perdone, pues me ha puesto en la necesidad de andar como un
mentecato, buscando aqui i allí, sabe Dios si 1944 la noche.
-Lo siento mucho, dijo Emilio; porque ya que había encontrado
con U. iba a hacerle una recomendación creyéndolo desocupado.
-Eso no importa, contestó Dn. Juan; porque si lo que U. pensaba
recomendarme es algun asunto mui importante...
-Mucho; pues es nada menos que, segun sospecho, han robado, o
están robando ahora mismo la casa del Señor Osman.
-¡Como ! eso no puede ser, esclamó D. Juan: a estas horas... es
imposible.
-Sin embargo, yo no lo dudo, dijo Emilio siguiendo mui aprisa su
camino, acompañado de ID. Juan. Así es que voi a buscar la policía
para entrar a la casa con el objeto de ver al se puede cojer allí
mismo a los ladrones; i querría que U. fuera entretanto, ya que es
amigo de la familia a fin de que tuviese cuidado no vayan á
fugarse, o viera a qué punto se dirijen; si salen antes duque yo
vuelva.
-¿Es decir que U. supone a los ladrones encerrados en la casa
?
-Así lo sospecho. U. sabe que ahora el robo es mui frecuente i
en estremo fácil; de manera que cualquier indicio debe ponernos en
alarma. Yo acabo de llamar a la puerta, i aunque el Señor Osman
debe estar en casa, ni me han abierto ni me han contestado
siquiera: ademas, en la tienda que está arriba de la puerta me han
dicho que temen haya ocurrido alguna novedad; porque al cerrar la
noche vieron entrar dos o tres hombres a quienes no pudieron
conocer: la puerta se cerró despues i no han vuelto a saber
nada.
-Indudable es, segun todo eso, dijo D. Juan deteniéndose, que
hai ladrones en la casa. ¿ Qué habrán hecho las Señoras?
-Ellas salieron desde esta tarde, contestó Emilio; así es que
ahora lo mas urjente se reduce a salvar al Señor Osman que debe
estar en gran peligro; i a atrapar, si se puede, a los
ladrones.
-Bien: voi volando, dijo D. Juan, dejando a Emilio que siguió
con gran celeridad.
Asi tenia que hacerlo; porque aun cuando bien cerca del Señor
Osman vivía un funcionario con autoridad, Emilio sabia que era
ocioso dirijirse a él, pues sobre ser un hombre mui cobarde para
esta clase de empresas, era en estremo perezoso: por tanto habia
resuelto ir donde otro que vivía a mucha distancia mas era de
aquellos para quienes no hai en su empleo un gozo superior al que
sienten cuando recibiendo un denuncio semejante, corren a asociarse
de un cuerpo de policía i hácen en un momento con laudable
actividad la caza de un criminal.
Entre tanto D. Juan habría caminado dos cuadras, cuando vio que
volvían la esquina a quese aproximaba, las Señoras de Osman, a
quienes alumbraba un paje con una hermosa bomba de cristal. La
clara luz que despedia la bomba dejó a D. Juan ver entre sombras
movibles los vestidos elegantes de las tres jóvenes bijas del Señor
Osman, que como tres emblemas de la dignidad, marchaban en silencio
i lentamente adelante de una matrona mui respetable. Otro que D.
Juan quizá hubiera corrido a unírseles ; pero este era tan
respetuoso, que al pensar en hacerlo así, recordó que el traje con
que habia salido esa noche, era indecoroso; i no quizo que las
Señoras se sorprendiesen al ver se les acercaba un hombre que por
la ruana debia parecerles a primera vista un hombre del pueblo, Se
avergonzó entonces D. Juan de su vestido, juzgando como un arrojo
el salir al encuentro de aquella familia. Tuvo, pues que resignarse
a seguirla lentamente, para anunciarse primero pasando despacio a
su lado con el objeto de que la luz de la bomba le facilitara el
ser reconocido como amigo.
A pocos pasos ántes de llegar las Señoras a su casa, Dn. Juan se
dio por fin a conocer, i siguió con ellas, tratando de referirles
con prudencia para no asustarlas de repente, lo que Emilio le había
dicho, Mas al llegar a la puerta, esta se abrió i salió
precipitadamente un hombre. Dn. Juan dejó a las Señoras i corrió
sobre él; pero al pasar por la puerta salía el último que
atropellándolo dio lugar para que a la luz de la bomba que llegaba
en el mismo acto, distinguiese en aquel un criminal condenado otras
vezes, i a quien en las cárceles i presidios llamaban el Mordedor
por la magnitud escesiva de sus dientes. Las Señoras afanadas en
sumo grado no dejaron seguir a Dn. Juan por no entrar solas a la
casa, i porque creyeron mas importante que seguir a los ladrones,
el que contribuyese tal vez a un socorro oportuno respecto del Sr.
Osman. Dn: Juan cedió a estas instancias con tanto mayor motivo,
cuanto que habiendo conocido al Mordedor, tenia casi por segura la
pesquisa.
Entraron, pues, todos; a las Señoras aturdidas i acobardadas
subieron la escalera gritando al Sr. Osman i dirijiéndose desde
luego a su cuarto, Allí lo encontraron sentado en un; silla
poltrona, pero fuertemente atado a ella, de modo que no podia
moverse. Adelaida llorando fué la primera que corrió a desatarlo;
pero sus manos delicadas no podían soltar pronto to las toscas
ligaduras que aprisionaban a su Padre. Todos temían que hubiese
sido ofendido gravemente; así que apenas supieron que no lo habían
herido ni maltratado de obra, casi se pusieron alegres i festivos.
El Sr. Osman tenia ademas los ojos vendados con un pañuelo; pero
conoció por la voz a Dn. Juan que desde el principio se le había
dirijido para desatarlo.
Ya que estuvo en libertad se levantó i les refirió el
suceso.
Desde las cuatro de la tarde habían salido las Señoras à hacér
una visita donde una amiga, que debia irse de Bogotá de alli a
cuatro dias. El Sr. Osman se habia quedado en la casa entregado a
ocupaciones urjentes, i acompañado solo de algunos criados que poco
a poco se fueron saliendo, ya para ir a pasearse, ya para ir a
conversar en la vecindad; de suerte que a las seis de la tarde que
llamó para que le trajeran luz, no había en la casa mas que la
vieja cocinera. Él estaba tan contraído a su ocupacion que esta
circunstancia no le llamó la atencion. Mas a eso de las siete oyó
abrir la puerta de la calle i sintió pasos que le indicaban haber
entrado bastantes personas; pero esto no lo sobresaltó, creyendo
fuesen algunos amigas: empezó, con todo, a fijar su atencion al oír
en seguida que atrancaban las puertas i que subían con cierto
misterio. Iba a asomarse a la puerta de su cuarto cuando se le
presentaron los ladrones embozados en sus ruanas largas i con puñal
en mano: él retrocedió como para buscar con qué defenderse, pues no
tenia en la mano mas que la pluma de escribir; pero los ladrones
sin darle tiempo para tal cosa, lo rodearon en él acto, lo sentaron
en la silla a la que las Señoras i Dn. Juan lo encontraron
amarrado, le vendaron los ojos i quedándose con él uno de aquellos,
se fué el otro a hacer lo mismo con la criada. Ni el que quedo de
centinela, ni el Sr. Osman articulaban una sola palabra, mientras
el otro volvia: no sucedia lo mismo respecto de los movimientos,
pues en tanto que el Sr. Osman no podía ejecutar ninguno, su guarda
recorría mui despacio la pieza, veía todo cuanto había en ella,
tomaba lo que mejor le acomodaba; i era la desgracia que casi todo
le acomodaba admirablemente. Su compañero volvió bien pronto, i
arrimando una silla, se sentó ál frente del Sr. Osman, se quitó el
sombrero i le dirijió la palabra.
-Sr. le dijo, tenga U. la bondad de dispensarnos, aunque
nosotros no tratamos de molestarlo ni venimos, gracias a Dios,
cometer ningun delito ni a faltar al respeto que U. se merece.
-Lo celebro, dijo el Sr. Osman; i espero que entonces tendrán U.
la condescendencia de soltarme.
-Tanto así, no, Sr.; no fuese a suceder que le diera a U, la
tentacion de faltar al respeto que nosotros por nuestra parte
merecemos, No hemos venido aquí mas que a una friolera, i todo
consiste únicamente en que U. se sirva darnos su dinero,
dispensándonos la franqueza; porque el nuestro se ha concluido i
necesitamos ahora con mucha urjencia.
El Sr. Osman no podía adivinar si estos hombres ademas del
intento de robarle, tenían tambien el de burlarse de él con el
mayor descaro, mas su duda se disipó, cuando habiendo sentido que
su interlocutor se levantaba, se acercaba al bufete i tomaba allí
alguna cosa, advirtió que era la caja de polvo, pues oía que los
dos ladrones sorbían uno en pos de otro. Despues el director le
presentó al mismo Sr. Osman con mucha gravedad la caja abierta,
invitándolo a tomar tambien un polvo.
-¿Cómo puede tomarlo, dijo el otro, si tiene atadas las
manos?
-Tiene U. razon yo soi un tonto.
I tomando él mismo entónces una narigada de tres dedos, comenzó
a aplicarla a la nariz del Sr. Osman, que mal de su grado, se vió
en la precision de sorber tambien.
-Usa U. mui buen rapé, decía el ladron; i por cierto que debe U.
quedar mui satisfecho de que su rapé sea elojiado por dos peritos
rapiegos: yo por eso elijo siempre para ir a tomar un polvo las
casas de mejor gusto.
-¿Cigarro no usa U. mi apreciado Sr.? preguntó el otro mientras
el primero guardaba la caja en el bolsillo.
-Aquí hai cigarros, repuso este: tome U. enciéndale al Sr. Osman
i encienda para mi tambien.
Cuando el ladron tomó su cigarro, se puso a pasear por la pieza
cual si estuviera en su casa. Mas volviéndose luego hácia el Sr.
Osman le intimó que le franquease todas las llaves, lo que en
efecto hizo este, indicándoles donde estaban, deseoso tan solo de
que se fuesen cuanto ántes aquellos insolentes, aunque cargasen con
todo lo que poseía. Ellos tomando las llaves, salieron del cuarto,
no sin pedir préviainente, con burlesca cortesía, el
correspondiente permiso ofreciendo volver cuanto ántes. El Sr.
Osman se quedó solo, sin saber de lo que los ladrones estarían
haciendo por las demas piezas, otra cosa que lo que, le revelaba el
ruido que hacían alternativamente los muelles de las cerraduras que
se abrian, i las risotadas de gozo en que a cada paso prorumpián
aquellos en celebracion del encuentro de alguna cosa de valor. Este
ruido se iba alejando poco a poco, i los ladrones penetraban en los
departamentos interiores, donde no omitieron re registrar
igualmente la despensa, cuya llave tomaron de la cocinera. Allí
encontraron vino, bizcochos i otras viandas de refresco, dé todo lo
cual arreglaron un gran charol, i tomando unas botellas de vino, se
presentaron con todo esto en la pieza del Sr. Osman, lo hicieron
tomar i aun lo obligaron a brindar por los mismos que lo
obsequiaban. En seguida se dirijieron a la antesala, que era un
corredor ancho donde habia varios asientos i una mesa redonda en la
que colocaron el refresco, llevando despues al Sr. Osman del lazo
con que estaba atado para sentarlo entre ellos a la mesa.
Estaban refrescando mui contentos cuando oyeron en la puerta los
golpes de Emilió, que como se dijo àntes, vino a su casa i no
habiéndole contestado, se fué a buscar la polícia. Los ladrones
manifestaron entónces al Sr. Osman que seguramente le llegaba una
visita que ellos no estaban preparados a recibir, i que por tanto
era necesario volverlo a su cuarto, i que seles facilitase modo de
ocultarse. El Sr. Osman fué efectivamente conducido otra vez a la
silla donde volvieron a amarrarlo, recojiendo luego todo lo que
podían llevar. Después de haber esperado largo rato para poder
salir con seguridad, a que se alelase el que había golpeado, se
despidieron del Sr. Osman i sé fueron, a tiempo que llegaba la
familia, como se ha visto. Cuando este Sr. estaba haciendo la
narracion de tal acontecimiento, llegó Emilió con la policía. Dn.
Juan le comunicó que había reconocido a uno de los ladrones, que lo
era el Mordedor, i que sabia mui bien que este tenia su habitacion
i probablemente su guarida, por la ermita de Ejipto. Con estas
datos la policía se encaminó inmediatamente a hacer la pesquisa por
aquel lado.
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