INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO XX
LA PARTIDA

DESDE las once de la mañana, hora en que D. Juan i Santiago anclaban por la callo del comercio haciendo sus compras, Baciliza en su cuarto, se preparaba para partir, i vestida ya con su elegante traje de montar, aguardaba la hora con impaciencia. Al frente de un espejo que estaba sobre la mesa redonda, se sentó despues con el objeto de entretener el tiempo probàndose detenidamente el sombrerito de camino, para el cual D. Sandalio le habla llevado la noche anterior un velillo mui hermoso. Acompañabanla, igualmente vestidas, sus dos amiguitas Mariquita e Inés, mientras Doña Leoncia i otras Señoras daban vueltas por la casa, arreglando todas las cosas.

-¿Qué te parece, Mariquita, preguntó Baciliza sonriéndose, esta dama de camino? ¿ Estòi adornada como corresponde? Mira que el asunto importa; pues se un infiero, un gran número de nuestros amantes va a congregarse hoi aquí para llevarnos.

-Estás tan bonita como siempre; i tengo esperanzas de que esta jornada sea la última que hacemos sin marido.

-No seria malo eso; pues te aseguro francamente que me disgusta mucho pensar que hemos hecho ya tantas jornadas solteras.

-Cierto, Baciliza. ¡Qué diràn esas nuestras contemporàneas tan exijentes, i que como maldicion se van casando que es un horror!

-Dirán sin duda, que no hemos querido casarnos.

-No lo creas, Baciliza: todas son unas brujas i no incurriràn por nada en semejante error. Nosotras siempre decimos que una muchacha está soltera, porque no ha habido un hijo de Adan que la quiera verdaderamente.

-Con otras bien puede ser; pero no conmigo, que a todos les consta que me aman cuantos me ven.

-I no ignoran tampoco, dijo, Mariquita con burla, que si D. Sandalio pudiera...

-¡ Dale siempre con D. Sandalio! Te ruego, Mariquita, que no me lo nombres nunca.

-Es que yo creía que èl podia gozar hoi de sus |derechos de velillo.

-Eso es mui justo, dijo Inès; mayormente cuando me ha dicho el otro dia, que opinaba habían nacido los dos él uno para el otro.

-Ya ves, añadió Mariquita, que esa opinion le da derecho a esperar de su amada mas bondad.

-Pero su amada, dijo Baciliza, no opina semejante disparate ni respecto de D. Sandalio, ni de ninguno de los otros que la persignen.

-¿Ni aun de Enrique? preguntó Inés.

- De Enrique mènos, porque siempre me pospone a esa Adelaida; i la tal Adelaida.... malhaya si le Trace caso ni piensa en otro que en Emilio.

-¡ Simple! dijo Mariquita ¡ quién se fija en un solo hombre !

-No, dijo Ines: Adelaida tiene razon. ¡ Qué dicha debe ser para una mujer tener un amante como Emilio

-Tù siempre, Inés, has envidiado a Adelaida, dijó Baciliza i no quieres confesar que estás apasionada de Emilio.

-No, Baciliza; Emilio me gusta, nada mas.

-A mi tambien, a pesar de ser tan sério.

-¿Qué hicieramos para tener un novio así?

-A guardar a que parezca el que ha nacido para cada una de nosotras, dijo Mariquita.

-¿ I como opinas, preguntó Baciliza, sea el que nació para ti?

-Jòven, bello i rico, ilustrado, elegante, ante, fino i generoso, valiente, sensible.. . . dotado, en fin, de talento i de virtud.

-Lo mismo opino respecto del mío, dijo Baciliza a un tiempo con Inés; sinembargo, continuó Baciliza sola, puedo asegurar que me contentaría con uno aunque fuese algo inferior.

-Sí, porque el asunto urje ¿no te parece? dijo Mariquita.

-Mucho, niña; pues ya estói viendo que nuestra belleza comenzará pronto a esconderse entre las arrugas de la vejez; i eso es mui lamentable.

-Ni por chanza digas tal cosa, Baciliza, repuso Inés: deja mas bien volar por el mundo la opinion de D. Sandalio que dice estarnos en la flor de la edad i cada dia mas hermosas.

-Yo no puedo comprender, añadiò Mariquita, como es que se rehusa Baciliza a convenir en que D. Sandalio vale un reino, al ménos por la sabiduría de sus opiniones.

-Puede ser exacta, repuso Baciliza esa opinion de D. Sandalio, i me inclino a creerla cuando me veo en el espejo i observo que el tiempo no corre para mi. Con todo, no puedo olvidarme de que ya se acerca el horrible guarismo de los veinte i cinco, que es nada ménos, un cuarto de siglo; el que segun dicen va a ser mí edad liquida, previas todas las deducciones posibles, al concluirse este año. Asi es que ya me veo precisada a decir que estói vieja, bien que cuando lo digo es como quien se burla, i deseando interiormente que los que me oyen se rían de mi aprehension, lo que casi siempre hacen efectivamente, dándome con ello un gran consuelo.

-Lo mismo exactamente me sucede a mi, dijo Inés, de modo que es lo mejor tratemos de fijarnos en alguno.

-¡ Pero sino parecen, esclamó Baciliza, los que han nacido para nosotras!

-Pues que se quejen de su tardanza, que demasiado los hemos aguardado, le repuso Mariquita. Mira, continó; cásate con Santiago, que segun me han dicho, es mui agraciado.

-Es cierto: no lo he visto mas de una vez, pero su fisonomía me agrado basta bastante; me gusta sin saber por qué, i con él me canaria sin repugnancia. Es rico, i aunque vive en el campo, no seria ene para mi, mui grave inconveniente. Sinembargo ¿no te parece bueno no romper abiertamente con los demas?

-Por supuesto, porque...no sabemos; i siempre es bueno tratar bien a todo el mundo.

Al llegar aquí, se oyeron las herraduras de unos caballos que venias: eran los de Ricardo i Ancelmo, dos amantes de Baciliza; es decir, el de baile i el de paseo, los cuales habiendo celebrarlo alianza, como ellos decían, tenían su clave de amor i de armonia Así es que presentándose mui alegres en el aposento de Baciliza, la saludaron con mucha galantería.

-¡ Qué linda esta U. hoi! le dijo Ricardo.

-Yo vengo, añadió Ancelmo, a reclamar el derecho de que U. me, regale la primera flor con que la obsequien en el camino.

-Ya esa flor está destinada, respondió Baciliza: le ofrezco mas bien la que me dé en cambio la persona a quien quiero regalársela.

-U. me permitirá, añadió Ricardo afectando ternura, que me lisonjee la esperanza de que esa persona sea yo mismo.

-¡ Qué satisfecho ha venido hoi B Ricardo ! repuso Mariquita.

-Si, dijo él; i esa satisfaccion es mui natural a la sinceridad i ternura de mi amor.

-Esta prohibido, dijo Ancelmo a Ricardo poniéndose mui sério, el que U. se tome la libertad de espresarse así delante del amante mas verdadero de la hermosa Baciliza, i que ella no ignora serlo yo únicamente. Por tanto, Baciliza; me atrevo a pedir a U. desde ahora la primera contradanza del primer baile en las fiestas.

-Ya está dada D. Sandalio, dijo esta inclinando la cabeza sobre el hombro; pero será para U. la segunda.

-I para mi, dijo Ricardo inclinando igualmente la cabeza, será la tercera ¿no es verdad?

-Ya está dada a Enrique, contestó ella poniéndose el sombrerito sobre la ceja izquierda; pero si U. lo quiere absolutamente, podré darle la cuarta.

-Bien, dijo Ricardo volviéndose a Mariquita, siempre que U. me de las primeras.

-Ya están dadas a Ancelmo, respondió ella; pero le darè a U. las segundas.

-Observo, dijo Ancelmo, que el número ordinal está ya mui elevado; i solo me acuerdo de que el dueño de la primera es D. Sandalio.

-De ahí infiero, dijo Ricardo, que debemos numerarnos.

-Sería eso :nui útil para nosotras, dijo Baciliza.

-Mucho, esclamó Mariquita ; que el amor con guarismos es ya otra cosa.

I sacando todos su respectiva cartera, se pusieron a escribir la lista de los nombres con su número correspondiente.

En eso estaban cuando llegó D. Sandalio.

-Yo creía, les dijo, que U U. ya no estarían aquí, porque han dado las doce; pero veo que aun no se han ido.

-Es mui gaznàpiro el n.º 1.º, dijo Ancelmo.

-I mui zumbon el 2.º, dijo Baciliza.

-¿ Por manera, añadió D. Sandalio, que UU. piensan llevar la cachimona a las fiestas?

-¿No vendrá Enrique por fin ? preguntó Baciliza.

-No, contestó Ancelmo, porque no puede ir hasta de aquí a dos dias.

-¡ Ai ! dijo entónces Baciliza suspirando al mismo tiempo que contemplaba con ternura uno de sus anillos.

-Por qué esa esclamacion, preguntó Ricardo finjiéndose celoso ?

-Es, respondió Baciliza, porque siento mucho que Enrique vaya a las fiestas, aunque sea de aquí a tres dias : mas querría que no fuese nunca, porque me disgusta mucho.

-No es por eso, Baciliza; replicó Ancelmo : hablemos la verdad; yo apostaria que ese anillo tiene la cifra de Enrique.

-No es bueno apostar, dijo D. Sandalio; esa es mi opinion cuando se trata de anillos i de cifras.

-Tiene cifra, gritó Ricardo, i sino vamos a verlo.

I los dos amantes se precipitaron para quitarle a Baciliza el anillo, a cuyo efecto se apoderaron de su mano, trabando una lucha harto desigual en apariencia, pero escesivamente animada i agradable en realidad; pues Baciliza defendía su anillo con gran tenacidad, siguiendo el parecer de D. Sandalio que riéndose a carcajadas i haciendo palmaditas, le gritaba:

-¡ Baciliza! ¡Baciliza! U. no debe entregarlo aun cuando no tenga cifra.

La risa i los gritos no permitieron oír el ruido de los caballos en que venian .D. Juan i Santiago; de manera que estos pulieran presentarse repentinamente sin ser sentidos. Santiago al ver aquel cuadro, pensó que Baciliza, teniendo tantos hermanos, iba a obsequiarlo con una cofradía de cuñados mas numerosa que la de San Isidro en su tierra. Ademas, yendo, como iba, con la imajinacion mui preparada por el amor; se turbó en estremo a la primera vista de Baciliza. Así que al saludar a sus supuestos cuñados, les dió mui distraido este título futuro que ellos no podían comprender respecto de un jóven aquien no habían numerado todavía. Alas como Santiago tenia una figura tan simpàtica, empezó por agradarles mui particularmente.

-U. debe ayudarnos, Sr. D. Juan, decía Ricardo alzando su sombrero que se le había caído en la lid, debe ayudarnos a quitar a Baciliza un anillo sospechoso que tiene puesto.

-Con mucho gasto, Ricardo, respondió D. Juan.

-Pero U., D. Santiago, dijo Baciliza, me ayudará como espero, a defenderlo. ¿No es verdad?

Inmenso fué el gozo de Santiago al oír unas palabras de tanta predileccion, i a las cuales respondió con lo mas escojido de su galantería.

-No creo, dijo Mariquita, que D. Juan i D, Santiago puedan ponerse ni en favor ni en contra de Baciliza; pues habiendo llegado a tiempo en que está en su desenlace la primera |escena de posada, tendrian que continuar para las siguientes con el mismo carácter.

-Si ha de ser así, dijo D. Juan, prefiero la neutralidad. Mas si ya no esperan a nadie, i la escena está desenlazada, parece que debemos marchar.

-A nadie esperarnos, contestò Baciliza, pues Enrique no va, segun ha manifestado Ancelmo.

-¿ No va Enrique a las fiestas ? preguntó D. Juan.

-Hasta pasados tres días, contestó Ricardo. Esta advertencia no dejó de alarmar un poco a .D. Juan; que con razon tenia tantas sospechas contra aquel jóven ; pero sin manifestarlas, procurò procediesen inmediatamente a disponer la salida, la que todavía se demoró no poco, hasta que por último a las tres de la tarde partieron todos en un grupo tan alegre i animado, como que cada cual llevaba esperanzas mui halagüeñas.

D. Juan era el único que penetrado de una tristeza profunda, no podia soportarla alegría que lo rodeaba ni alternar con aquella animacion. Frecuentemente se quedaba atras, pensando en que Enrique no iba allí, lo que era mui estraño i de mui mal agüero, en la suposicion de que estuviera coligado o tratase de coligarse con los perseguidores de Emilio un amigo se iba, un enemigo se quedaba; luego la venganza se estaba mostrando mas solícita filie la amistad. Apesar de estos pensamientos seguia alejándose sin que dejara cíe atormentarlo la vacilacion en que estaba sobre si debia volverse, o seguir i dejar abandonado a Emilio.

Una coincidencia mui interesante habia Cambien para Santiago, que lleno de gozo iba al lado de Baciliza sin acordarse de nada, sin prever los pesares a que corría, ni saber los que en pos de sí dejaba. En efecto, algunos ojos que lloraban estaban viendo alejarse entre un turbillon de polvo, aquel grupo feliz; i algun corazon mui leal estaba sintiendo que se disipaba el vano favor que en un instante de efímera compasion i labia prometido un hombre.

anterior | índice | siguiente