CAPITULO XX
LA PARTIDA
DESDE las once de la mañana, hora en que D. Juan i Santiago
anclaban por la callo del comercio haciendo sus compras, Baciliza
en su cuarto, se preparaba para partir, i vestida ya con su
elegante traje de montar, aguardaba la hora con impaciencia. Al
frente de un espejo que estaba sobre la mesa redonda, se sentó
despues con el objeto de entretener el tiempo probàndose
detenidamente el sombrerito de camino, para el cual D. Sandalio le
habla llevado la noche anterior un velillo mui hermoso.
Acompañabanla, igualmente vestidas, sus dos amiguitas Mariquita e
Inés, mientras Doña Leoncia i otras Señoras daban vueltas por la
casa, arreglando todas las cosas.
-¿Qué te parece, Mariquita, preguntó Baciliza sonriéndose, esta
dama de camino? ¿ Estòi adornada como corresponde? Mira que el
asunto importa; pues se un infiero, un gran número de nuestros
amantes va a congregarse hoi aquí para llevarnos.
-Estás tan bonita como siempre; i tengo esperanzas de que esta
jornada sea la última que hacemos sin marido.
-No seria malo eso; pues te aseguro francamente que me disgusta
mucho pensar que hemos hecho ya tantas jornadas solteras.
-Cierto, Baciliza. ¡Qué diràn esas nuestras contemporàneas tan
exijentes, i que como maldicion se van casando que es un
horror!
-Dirán sin duda, que no hemos querido casarnos.
-No lo creas, Baciliza: todas son unas brujas i no incurriràn
por nada en semejante error. Nosotras siempre decimos que una
muchacha está soltera, porque no ha habido un hijo de Adan que la
quiera verdaderamente.
-Con otras bien puede ser; pero no conmigo, que a todos les
consta que me aman cuantos me ven.
-I no ignoran tampoco, dijo, Mariquita con burla, que si D.
Sandalio pudiera...
-¡ Dale siempre con D. Sandalio! Te ruego, Mariquita, que no me
lo nombres nunca.
-Es que yo creía que èl podia gozar hoi de sus
|derechos de
velillo.
-Eso es mui justo, dijo Inès; mayormente cuando me ha dicho el
otro dia, que opinaba habían nacido los dos él uno para el
otro.
-Ya ves, añadió Mariquita, que esa opinion le da derecho a
esperar de su amada mas bondad.
-Pero su amada, dijo Baciliza, no opina semejante disparate ni
respecto de D. Sandalio, ni de ninguno de los otros que la
persignen.
-¿Ni aun de Enrique? preguntó Inés.
- De Enrique mènos, porque siempre me pospone a esa Adelaida; i
la tal Adelaida.... malhaya si le Trace caso ni piensa en otro que
en Emilio.
-¡ Simple! dijo Mariquita ¡ quién se fija en un solo hombre
!
-No, dijo Ines: Adelaida tiene razon. ¡ Qué dicha debe ser para
una mujer tener un amante como Emilio
-Tù siempre, Inés, has envidiado a Adelaida, dijó Baciliza i no
quieres confesar que estás apasionada de Emilio.
-No, Baciliza; Emilio me gusta, nada mas.
-A mi tambien, a pesar de ser tan sério.
-¿Qué hicieramos para tener un novio así?
-A guardar a que parezca el que ha nacido para cada una de
nosotras, dijo Mariquita.
-¿ I como opinas, preguntó Baciliza, sea el que nació para
ti?
-Jòven, bello i rico, ilustrado, elegante, ante, fino i
generoso, valiente, sensible.. . . dotado, en fin, de talento i de
virtud.
-Lo mismo opino respecto del mío, dijo Baciliza a un tiempo con
Inés; sinembargo, continuó Baciliza sola, puedo asegurar que me
contentaría con uno aunque fuese algo inferior.
-Sí, porque el asunto urje ¿no te parece? dijo Mariquita.
-Mucho, niña; pues ya estói viendo que nuestra belleza comenzará
pronto a esconderse entre las arrugas de la vejez; i eso es mui
lamentable.
-Ni por chanza digas tal cosa, Baciliza, repuso Inés: deja mas
bien volar por el mundo la opinion de D. Sandalio que dice estarnos
en la flor de la edad i cada dia mas hermosas.
-Yo no puedo comprender, añadiò Mariquita, como es que se rehusa
Baciliza a convenir en que D. Sandalio vale un reino, al ménos por
la sabiduría de sus opiniones.
-Puede ser exacta, repuso Baciliza esa opinion de D. Sandalio, i
me inclino a creerla cuando me veo en el espejo i observo que el
tiempo no corre para mi. Con todo, no puedo olvidarme de que ya se
acerca el horrible guarismo de los veinte i cinco, que es nada
ménos, un cuarto de siglo; el que segun dicen va a ser mí edad
liquida, previas todas las deducciones posibles, al concluirse este
año. Asi es que ya me veo precisada a decir que estói vieja, bien
que cuando lo digo es como quien se burla, i deseando interiormente
que los que me oyen se rían de mi aprehension, lo que casi siempre
hacen efectivamente, dándome con ello un gran consuelo.
-Lo mismo exactamente me sucede a mi, dijo Inés, de modo que es
lo mejor tratemos de fijarnos en alguno.
-¡ Pero sino parecen, esclamó Baciliza, los que han nacido para
nosotras!
-Pues que se quejen de su tardanza, que demasiado los hemos
aguardado, le repuso Mariquita. Mira, continó; cásate con Santiago,
que segun me han dicho, es mui agraciado.
-Es cierto: no lo he visto mas de una vez, pero su fisonomía me
agrado basta bastante; me gusta sin saber por qué, i con él me
canaria sin repugnancia. Es rico, i aunque vive en el campo, no
seria ene para mi, mui grave inconveniente. Sinembargo ¿no te
parece bueno no romper abiertamente con los demas?
-Por supuesto, porque...no sabemos; i siempre es bueno tratar
bien a todo el mundo.
Al llegar aquí, se oyeron las herraduras de unos caballos que
venias: eran los de Ricardo i Ancelmo, dos amantes de Baciliza; es
decir, el de baile i el de paseo, los cuales habiendo celebrarlo
alianza, como ellos decían, tenían su clave de amor i de armonia
Así es que presentándose mui alegres en el aposento de Baciliza, la
saludaron con mucha galantería.
-¡ Qué linda esta U. hoi! le dijo Ricardo.
-Yo vengo, añadió Ancelmo, a reclamar el derecho de que U. me,
regale la primera flor con que la obsequien en el camino.
-Ya esa flor está destinada, respondió Baciliza: le ofrezco mas
bien la que me dé en cambio la persona a quien quiero
regalársela.
-U. me permitirá, añadió Ricardo afectando ternura, que me
lisonjee la esperanza de que esa persona sea yo mismo.
-¡ Qué satisfecho ha venido hoi B Ricardo ! repuso
Mariquita.
-Si, dijo él; i esa satisfaccion es mui natural a la sinceridad
i ternura de mi amor.
-Esta prohibido, dijo Ancelmo a Ricardo poniéndose mui sério, el
que U. se tome la libertad de espresarse así delante del amante mas
verdadero de la hermosa Baciliza, i que ella no ignora serlo yo
únicamente. Por tanto, Baciliza; me atrevo a pedir a U. desde ahora
la primera contradanza del primer baile en las fiestas.
-Ya está dada D. Sandalio, dijo esta inclinando la cabeza sobre
el hombro; pero será para U. la segunda.
-I para mi, dijo Ricardo inclinando igualmente la cabeza, será
la tercera ¿no es verdad?
-Ya está dada a Enrique, contestó ella poniéndose el sombrerito
sobre la ceja izquierda; pero si U. lo quiere absolutamente, podré
darle la cuarta.
-Bien, dijo Ricardo volviéndose a Mariquita, siempre que U. me
de las primeras.
-Ya están dadas a Ancelmo, respondió ella; pero le darè a U. las
segundas.
-Observo, dijo Ancelmo, que el número ordinal está ya mui
elevado; i solo me acuerdo de que el dueño de la primera es D.
Sandalio.
-De ahí infiero, dijo Ricardo, que debemos numerarnos.
-Sería eso :nui útil para nosotras, dijo Baciliza.
-Mucho, esclamó Mariquita ; que el amor con guarismos es ya otra
cosa.
I sacando todos su respectiva cartera, se pusieron a escribir la
lista de los nombres con su número correspondiente.
En eso estaban cuando llegó D. Sandalio.
-Yo creía, les dijo, que U U. ya no estarían aquí, porque han
dado las doce; pero veo que aun no se han ido.
-Es mui gaznàpiro el n.º 1.º, dijo Ancelmo.
-I mui zumbon el 2.º, dijo Baciliza.
-¿ Por manera, añadió D. Sandalio, que UU. piensan llevar la
cachimona a las fiestas?
-¿No vendrá Enrique por fin ? preguntó Baciliza.
-No, contestó Ancelmo, porque no puede ir hasta de aquí a dos
dias.
-¡ Ai ! dijo entónces Baciliza suspirando al mismo tiempo que
contemplaba con ternura uno de sus anillos.
-Por qué esa esclamacion, preguntó Ricardo finjiéndose celoso
?
-Es, respondió Baciliza, porque siento mucho que Enrique vaya a
las fiestas, aunque sea de aquí a tres dias : mas querría que no
fuese nunca, porque me disgusta mucho.
-No es por eso, Baciliza; replicó Ancelmo : hablemos la verdad;
yo apostaria que ese anillo tiene la cifra de Enrique.
-No es bueno apostar, dijo D. Sandalio; esa es mi opinion cuando
se trata de anillos i de cifras.
-Tiene cifra, gritó Ricardo, i sino vamos a verlo.
I los dos amantes se precipitaron para quitarle a Baciliza el
anillo, a cuyo efecto se apoderaron de su mano, trabando una lucha
harto desigual en apariencia, pero escesivamente animada i
agradable en realidad; pues Baciliza defendía su anillo con gran
tenacidad, siguiendo el parecer de D. Sandalio que riéndose a
carcajadas i haciendo palmaditas, le gritaba:
-¡ Baciliza! ¡Baciliza! U. no debe entregarlo aun cuando no
tenga cifra.
La risa i los gritos no permitieron oír el ruido de los caballos
en que venian .D. Juan i Santiago; de manera que estos pulieran
presentarse repentinamente sin ser sentidos. Santiago al ver aquel
cuadro, pensó que Baciliza, teniendo tantos hermanos, iba a
obsequiarlo con una cofradía de cuñados mas numerosa que la de San
Isidro en su tierra. Ademas, yendo, como iba, con la imajinacion
mui preparada por el amor; se turbó en estremo a la primera vista
de Baciliza. Así que al saludar a sus supuestos cuñados, les dió
mui distraido este título futuro que ellos no podían comprender
respecto de un jóven aquien no habían numerado todavía. Alas como
Santiago tenia una figura tan simpàtica, empezó por agradarles mui
particularmente.
-U. debe ayudarnos, Sr. D. Juan, decía Ricardo alzando su
sombrero que se le había caído en la lid, debe ayudarnos a quitar a
Baciliza un anillo sospechoso que tiene puesto.
-Con mucho gasto, Ricardo, respondió D. Juan.
-Pero U., D. Santiago, dijo Baciliza, me ayudará como espero, a
defenderlo. ¿No es verdad?
Inmenso fué el gozo de Santiago al oír unas palabras de tanta
predileccion, i a las cuales respondió con lo mas escojido de su
galantería.
-No creo, dijo Mariquita, que D. Juan i D, Santiago puedan
ponerse ni en favor ni en contra de Baciliza; pues habiendo llegado
a tiempo en que está en su desenlace la primera
|escena de
posada, tendrian que continuar para las siguientes con el
mismo carácter.
-Si ha de ser así, dijo D. Juan, prefiero la neutralidad. Mas si
ya no esperan a nadie, i la escena está desenlazada, parece que
debemos marchar.
-A nadie esperarnos, contestò Baciliza, pues Enrique no va,
segun ha manifestado Ancelmo.
-¿ No va Enrique a las fiestas ? preguntó D. Juan.
-Hasta pasados tres días, contestó Ricardo. Esta advertencia no
dejó de alarmar un poco a .D. Juan; que con razon tenia tantas
sospechas contra aquel jóven ; pero sin manifestarlas, procurò
procediesen inmediatamente a disponer la salida, la que todavía se
demoró no poco, hasta que por último a las tres de la tarde
partieron todos en un grupo tan alegre i animado, como que cada
cual llevaba esperanzas mui halagüeñas.
D. Juan era el único que penetrado de una tristeza profunda, no
podia soportarla alegría que lo rodeaba ni alternar con aquella
animacion. Frecuentemente se quedaba atras, pensando en que Enrique
no iba allí, lo que era mui estraño i de mui mal agüero, en la
suposicion de que estuviera coligado o tratase de coligarse con los
perseguidores de Emilio un amigo se iba, un enemigo se quedaba;
luego la venganza se estaba mostrando mas solícita filie la
amistad. Apesar de estos pensamientos seguia alejándose sin que
dejara cíe atormentarlo la vacilacion en que estaba sobre si debia
volverse, o seguir i dejar abandonado a Emilio.
Una coincidencia mui interesante habia Cambien para Santiago,
que lleno de gozo iba al lado de Baciliza sin acordarse de nada,
sin prever los pesares a que corría, ni saber los que en pos de sí
dejaba. En efecto, algunos ojos que lloraban estaban viendo
alejarse entre un turbillon de polvo, aquel grupo feliz; i algun
corazon mui leal estaba sintiendo que se disipaba el vano favor que
en un instante de efímera compasion i labia prometido un hombre.
|