INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO XIX
EL CAPELLAN

ASI QUE comieron, que fué demasiado tarde por las muchas ocupaciones de la mañana, Santiago ya mui bien vestido empezó a urjir a D. Juan para que lo acompañase a dar un paseo por la ciudad, pues no Babia que perder momento, siendo indudable, como lo era, que de alli a veinte i cuatro horas ya se habrían ido; i tenían ademas necesidad de emplear gran parte del tiempo en otros muchos negocios. D. Juan se vió precisado a condescender, i saliendo por último juntos, anduvieron algunas calles escusadas, a fin de ver si por casualidad encontraban indicios que los ilustraran sobre el paradero de la Cisne, no obstante la presuncion de que esta era vana dilijencia.

En la esquina de una de aquellas calles encontraron a D. Félix i a D. Sandalio, apoyados en sus respectivos bastones con actitud neglijente i desdeñosa, departiendo en perezosa plática, vostezando, suspirando i esperando.

-¿ Ya tiene U. preparado su caballo? dijo D. Juan a D. Félix luego que se saludaron. Ya sabe que mañana a las doce del día debemos partir todos juntos.

-Si, Sr; así es que por esa misma razon no he querido montar esta tarde, a fin de que el caballo no esté fatigado mañana.

-Yo soi de opinion, repuso D. Sandalio, que hace ya mucho tiempo que U. no monta.

-¿ Por qué?

-Porque yo lo he visto a pié.

-Ciertamente, dijo D. Félix sonriéndose: poco me gusta ya andar a caballo, i ahora ménos, desde que estói enamorado de Beatriz.

-¿Quién es Beatriz? preguntó Santiago.

-Una Señorita, contestó D. Félix, que vive aquí en esa casita de ventanas coloradas. -Por manera, dijo D. Sandalio, que esa Señorita tiene un pésimo gusto.

- ¡ Muchas gracias por la franqueza de U. i dijo D. Félix en tono de ironía.

-Quiero decir, añadió D. Sandalio, que tiene mui mal gusto cuando no le agrada ver a U. sobre ese castaño que da miedo.

-No es por eso, D. Sandalio, que he dejado de montar, sino porque Beatriz no tiene hora fija para dejarse ver; i entónces, ya consideraran UU. que seria imprudencia venir a verla a caballo. Imajínense qué papel seria el mio parado aquí todas las tardes, solo i a caballo durante tina o dos horas.

-Me parece que U. se contradice, dijo D. Sandalio. -¿En qué? -Es cosa clara: si U. estaba a caballo, mal podia estar solo; ántes bien así tendria en la esquina un compañero seguro. -No obstante, dijo D. Juan, me parece mas cómodo galantear a pié; i si el caballo es mui brioso, segun la opinion de D. Sandalio, tanto mas; porque se evitan así los peligros que con frecuencia acarrea el coqueteo ecuestre.

-¿ Coqueteo dice U? replicó D. Félix, pues se equivoca: ni ecuestre ni pedestre le gusta a Beatriz; así es que ni aun a mí siquiera me dirijo una mirada, des pues de que llevo ya dos meses mortales de significarle mi amor. I en verdad les aseguro que semejante cosa no me habia sucedido con ninguna mujer, i hallo en mí no sé qué ajeno de mi caràcter en esta bimestre constancia; porque siempre he sido de aquellos que creen poco en la sinceridad del amor, i solo pueden persuadirse de ella cuando en dos corazones nace i crece simultàneamente, como por un raro secreto de la naturaleza. Solo entónces puedo concebir que exista una inclinacion cierta; porque a la verdad ¿como creeria cualquiera de UU. a una mujer que solo le correspondiera, porque le Babia jurado mil i mil vezes una ciega pasion? ¿por que creerían UU. en ese amor que solo es agradecimiento; pero un agradecimiento frio, pues tal debe ser el que produce una lisonja amorosa, en un ser siempre demasiado vano para no haber creido merecerla antes que sele haya dicho? Quien es amado a fuerza de rendimiento e importunaciones, no lo será realmente, ni podrá contar con un afecto que es preciso se borre el dia que pierdan su fuego los humildes ruegos que lo hicieron nacer.

-¡ Corriente! esclamó Santiago mui satisfecho, acordándose de Baciliza : U. entiende bien la materia i la ha estudiado como corresponde.

-Pero observe U., repuso D. Juan dirijiéndose a D. Félix, que mientras piense así, será el juguete de las coquetas, que parece aman tan luego como se fija en ellas la atencion.

-Puede sostenerse, dijo D. Sandalio, que eso depende seguramente de otro raro secreto de la naturaleza.

-Ademas, continuó D. Juan; podia U. alguna vez dejar de pretender a una mujer que quizá lo amase, solo porque su recato no le permitiera alucinarlo con ese amor simultáneo, pues la modestia a vetes se parece al desden.

-Exactamente, dijo D. Fèlix, esto creo sucede con Beatriz; i por tanto llevo dos meses meditando i analizando los caractères de la modestia i el desden. ¿Qué le parece a U. D. Juan? Beatriz nunca me dirijo una mirada ¿será porque no me quiere, o porque tiene de costumbre fijar los ojos en el suelo cuando está en presencia de algun hombre? A nadie le consiente siquiera un saludo cortes i respetuoso.

-Eso deja colejir, dijo D. Sandalio, que Beatriz no da esperanzas.

-Por lo ménos, añadió D. Juan, no las da para el mundo corrompido.

La conversacion se interrumpir porque en ese momento salió Beatriz con una criada a la puerta de la calle, que era el sitio en que mas bien usaba mostrarse, desdeñando la ventana, porque se la habia prohibido el Capellan. Al verla resolvió D. Juan acercàrsele con sus compañeros, para informarse sobre si se habia recibido alguna noticia acerca de la Cisne, puesto que toda la familia de D. Mateo debia tener sumo interes por una persona a quien este buscaba con tanta eficacia.

En efecto se acercaron; pero D. Juan tuvo que dirijir sus preguntas a la criada, porque D. Félix, aprovechando la ocasion, que era la primera que se le ofrecia, se dirijió desde luego a Beatriz

-¿ Cómo le fué a U. en la procesion, decia este mientras D. Juan interrogaba a la criada; pues estòi seguro de haberla visto en ella?

-Bien.

-¿ Mucho se divirtió U ?

-Mucho.

-¿Tal vez impediria su diversion la enfermedad de la Señora, que segun dicen, se ha agravado bastante?

-Bastante.

Mas al llegar aquí, Beatriz que habia levantado los ojos i mirado para la esquina, se sonrió i encendió un poco; i pasándose la mano por la frente, aliñó su cabello. No fué D. Félix quien causó este movimiento; i desde entónces por el contrario, Beatriz no volvió a hacerle caso. Era que se acercaba el Capellan, cuyos saludos i agasajos derrotaron en el acto a los cuatro seculares, sin que ninguno de ellos hubiese adelantado gran cosa en su objeto respectivo, pues la criada solo dijo a D. Juan. que las sospechas de haber muerto la Cisne iban debilitàndose, de modo que D. Mateo estaba seguro de que con la ayuda del Capellan, a quien al efecto habia mandado llamar, daria bien pronto con ella.

Entre tanto el Capellan que le habia tomado la mano a Beatriz, no solo no quería soltársela, sino que poniéndole la otra encima, le daba palmaditas i le sobaba la muñeca con un cariño tan edificante i místico, que era para alabar a Dios ver en los venturosos umbrales la santa escena. Beatriz que a nadie miraba, devoraba con los ojos al Capellan, i hallaba en él cierta poesìa que le recordaba las procesiones en que, entre el sonido de flautas i violines, lo habia visto tantas vezes desfilar en medio de ese coro de elegantes con sus blancas sobrepellizes i negros bonetes.

D. Juan i Santiago se despidieron de D. Sandalio i del amante de Beatriz, i se fueron conversando. -Beatriz, decía Santiago, se turbó mucho con la presencia del Capellan ¿ què podria ser eso?

-Es que entre los dos existen misterios mui secretos de conciencia i de consejo, respondió D. Juan.

-Lo cierto es, dijo Santiago, que la Señorita me parece mui dispuesta a dejarse poseer por hábitos de penitencia.

-Por eso la ama D. Félix, aunque no es mui seguro un buen resultado, lo que yo sentiré mucho, pues desearia esa conveniencia para D. Mateo; a lo ménos si no se encuentra por último a la Cisne.

-Pueden hallarla, repuso Santiago, si el Capellan les ayuda; porque me parece hombre eficaz para encontrar mujeres, i seguramente bastante interesado por esa pobre familia.

-Yo creo lo mismo, Santiago; pero no hablemos de esto, porque empiezo a sentirme con poca voluntad de que nos vayamos mañana, como lo hemos resuelto.

-Precisamente, D. Juan: a las doce del día estarémos en camino, a cuyo efecto es preciso madrugar para ir a comprar lo que debemos llevar, i sobre todo los guantes |de posada i el velillo |de camino para Baciliza.

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