|
|
|
CAPITULO XVIII
EMILIO
SANTIAGO se quedó en la casa de D. Juan arreglando sus cosas
para irse al dia siguiente, mientras este se encaminó donde Emilio
con el objeto importante de instruirlo acerca de lo que Monterilla
le habia dicho, i cuyo conocimiento, habiendo sido tan útil para el
Dr. Témis, podia serlo del mismo modo para él, a quien mas
directamente se dirijian las amenazas.
Ese dia apénas habia salido Emilio un rato por la mañana
embozado en la capa, i se rabia vuelto a su casa sumamente triste,
pues ademas de serlo naturalmente por carácter, llevaba mucho
tiempo de estarlo tambien por la oscuridad de su nacimiento, por la
pasion que le inspiraba Adelaida, i últimamente por la inquietud
que le causaban la carta llevada por la Cisne, i la contestacion
del Dr. Témis. No habiendo podido, por tanto, tolerar la calle,
resolvió volverse a la casa, cuya mansion le era tan grata por
contener el objeto en que se cifraban sus mas dulces
esperanzas.
En un cuarto bajo que era la pieza de su oficina, se paseaba
desasosegado sin poder trabajar i pensando en que ese día no habia
saludado aun a Adelaida; mientras ésta por su parte se disponia ya
para salir con las otras Señoras a la calle. Ella estaba igualmente
mui triste, i habiendo sido la primera que acabó de vestirse, salió
del tocador con chal i gorra para esperar a sus compañeras en el
corredor, donde se quedó un rato pensativa i recostada sobre la
baranda con la cabeza apoyada en la mano. Consideraba tambien allí
que no habia visto a Emilio todavía, i que acaso no lo veria hasta
el día siguiente, pues debian regresar mui tarde.
En ese pensamiento se ocupaba, cuando Emilio, dejando su cuarto,
subía la escalera, desde la cual alcanzó a sorprenderla en su
actitud pensativa i melancólica. Adelaida sonrió con él, i se
dispuso a recibirlo componiéndose el chal i la gorra. Mas aquella
sonrisa, tanto en ella, como en Emilio al correspondérsela, tuvo
algo de languidez, i al encontrarse sus ojos se espresaron
recíprocamente tristeza i amargura: diéronse la mano, i
permanecieron en esa actitud algunos momentos, hasta que Adelaida
quitó la suya con pretesto de componerse el chal.
-Me parece que estaba U. aquí mui melancólica, le dijo
Emilio.
-Si Sr., contestó Adelaida, quien desde que veía a su amante tan
triste, sentía una gran propension a la afabilidad a la franqueza
respecto de él, no ignorando cuanto una palabra suya, una sonrisa o
una mirada erancapaces de consolarlo i aun de inspirarle una rara
alegria. Si, Sr.; estaba i estói todavía mui melancólica.
-¿ Por qué ?
-¿No ve U. qué cielo tan triste, te dijo, mostràndole los
nubarrones que ocultaban el Sol.
-Mui triste está ciertamente, repuso Emilio; pero nunca,
Adelaida, ha estado el cielo tan de acuerdo con mi alma. Esa luz
escasa i fría me gusta mas hoi, que si hiciera un día coma el de
ayer, en que la naturaleza pareció no hacer caso de mis penas.
-¿Querria pues U. mas bien que la naturaleza sola lo
compadeciese, o que se uniera con ella una alma triste tambien como
este día ?
-Querría que sintiera conmigo una alma compasiva, mas no oreo
que exista; pues todos se ocupen solo de sus goces i esperanzas, i
hasta temo que juzguen importuna mi presencia, porque les lleva un
semblante que va a contrastar el gozo ajeno con la espresion
impertinente del dolor.
-No; Emilio. ¿Cuántos hai quizá entre los que U. supone tan
contentos, que sufren en secreto i no les es licito atreverse a
prorrumpir siquiera en un suspiro; cuando U. puede hasta quejarse
tal vez con exageración? I así lo creo yo por lo menos, puesto que
en verdad ningun mal positivo lo aqueja hasta ahora ; i aun es
posible que tenga muchos placeres para eso que U. llama la vida
sentimental.
-¡Imposible, Adelaida! Mi corazon nunca puede gozar de ninguna
felicidad, ni esperimentar otra cosa que ese anhelo que hace tanto
lo consume con lentitud, de poseer una ilusiona esa sed que lo
devora de una gota de esperanza.
-Acaso no, dijo Adelaida poniéndose colorada i a tiempo en que
se le desprendia una cinta que llevaba al cuello. U. le han
ofrecido esos hombres una gran recompensa, que en mi concepto no
puede ser de dinero, i que sinembargo sabrán quizá que tiene mucho
valor, pues tratan de estimularlo con ella ; entónces no puede
consistir sino en alguna de esas ilusiones de su anhelo; en alguna
de esas esperanzas de su sed.
-No son los malos, dijo Emilio, despues de haber alzado la cinta
que conservó en la mano, los que pueden ofrecerme una recompensa
digna de estimacion : no es de abajo que yo puedo aguardar la
felicidad; es de mui arriba, Adelaida; porque mi corazon arde en un
holocausto cuyo humo se eleva al cielo, i su única recompensa será
que el cielo lo acoja. De esos perversos no puede venirme sino lo
que ya me enviaron i la humillacion haciéndome recordar mi
oscuridad i reclamán dome como algo que creen pertenecer a su
esfera. De ellos no espero, sino ántes bien temo alguna desgracia
que, sinembargo, nada será para mi, sino me quita la estimacion de
lo que amo mas en el mundo... No, Adelaida, yo no tengo placeres;
solo tengo penas.... Siquiera compadézcame U.
-Mucho se ha exitado su imajinacion, Emilio; pues ve las cosas
tan abultadas ¡concibe temores tan rebuscados.
-No son rebuscados, Adelaida: recuerde U. que esa mujer me dijo
con horror que debia guardarme de Monterilla: este me persigue i yo
no sé que debo hacer para guardarme, porque apénas me atrevo a
conjeturar alguno de los muchos males que puede hacerme.
Si no fuera mas que la muerte .... pero el Dr. Témis ha dado
mucha importancia al papel de aquel hombre, hasta el estremo de
hacerme desafiar la desgracia, i cuando él la ha previsto, es sin
duda porque viene. Si, Adelaida: hace mucho tiempo que está i
convencido de que naci para ser solamente una de esos hombres
desgraciadas en quienes todos sus temores se realizan siempre . ..
. sus esperanzas nunca.
-No, Emilio, U. nada tiene que temer.
-Yo sé que si : i aun fuera de eso, ¿no hai tambien otras penas
actuales mui ciertas para mi corazon ?
-No lo creo.
-Eso es, Adelaida, porque U. no puede imajinarse cuanto me
atormenta mi condicion oscura; i basta que me la recuerden para
hacerme infeliz.
-No diga U. eso ¿qué importa sea U. oscuro si todos lo aman ? ¿
por qué se queja de brillar por si solo ? ¿ no es U. hijo de un
padre que, aunque pobre, es honrado ? ¿qué mas se necesita en esta
sociedad? U. conservará, pues, en todo caso la estimacion de las
personas que ama. I así, añadió viendo que ya salian las otras
Señoras, no debe estar triste i le ruego que no lo esté,
acordàndose de mi súplica, por esa cinta que le dejo.
-¡ Oh, Adelaida! esclamó Emilio: ¡qué buena i jenerosa es
U...!
No pudo continuar porque las Señoras reunidas ya en el corredor,
iban a bajar la escalera. Él las acompañó hasta la puerta, ¡se
quedó solo lleno de gozo, repitiendo:
¡ Adelaida! ¡Adelaida! ¡qué buena i jenerosa es Adelaida! Ha
hecho de este día el mas venturoso de mi vida: ha hecho mas; me ha
dado la felicidad para siempre con una accion cuyo recuerdo me
llenará de júbilo mientras viva.
Mas, como se dice, los días que el destino tiene marcados para
algunos hombres con el sello de la desgracia, no pueden ser
dichosos por mas que algun suceso tienda a hacerlos risueños. El
rapto de gozo que causaron en Emilio varias palabras i el obsequio
de Adelaida, voló para él como un sueño, pues inmediatamente entró
D. Juan que sin respetar su frívola alegría procedió a darle
gravemente cuenta fiel de lo que Monterilla había jurado contra él
i aun contra el Dr. Témis, de lo que este acababa de decir acerca
de esos juramentos, i hasta del interes estraordinario que la
portadora de la carta le habia inspirado. Todo esto, junto con el
estado en que antes se hallaba el corazon de Emilio, se conjuró
para arrebatarle sin demora la dicha que su alnada le Labia
acordado dándole una cinta, concediéndole una esperanza. El
misterio que lo envolvía, la escesiva humiallacion que le
anuciaban, i esa arma secreta con que se aprestaban a combatirlo,
peor todavia que la muerte i la desgracia; todo lo inclinaba mas i
mas a la creencia fatídica conque desde el principio había tratado
de aclarar sus dudas, persuadiéndose de que intentaban calumniarlo,
de que contra él iba a lanzarse en la sociedad alguno de esos
rumores que a veces vagan, haciendo circular el nombre de una
persona bien recibida junto con el de algun crimen, como un secreto
sabido por toda la poblacion, pero del cual, apesar de eso, se
ocupan todos en voz baja, como para que lo ignoren solamente la
justicia i la fama. Este horrible pensamiento lo sumid en la
consternacion mas profunda : la cinta de Adelaida fue colocada
encima de la mesa; i él sentado en el sofá, con aire de abatimiento
i al lado de D. Juan, no hacia mas que oirlo con atención i mirar
tristemente la cinta.
Entonces entró tambien el Dr. Témis, cuya presencia oportuna
celebró mucho D. Juan, esperando de tal visita algun consuelo para
Emilio, quien mostraba ya tanta aflicción que casi estaba aquel
arrepentido de haberle comunicado una noticia tan alarmante, a un
joven que no teniendo otra ambicion ni otra esperanza que las de
merecer el corazon de Adelaida, adornarndose para ello con los
timbres del honor i de la dignidad, se sentia ofendido por el lado
mas sensible, al anunciarle tan sériamente, i con tan misteriosas
circunstancias, cuanto se proponian envilecerlo i humillarlo esos
enemigos gratuitos que contra él se habian levantado tan
repentinamente.
-Vengo a con solarlo, Emilio, dijo el Dr. Témis sentàndosele al
lado. Sabia que U. debia recibir ahora anuncios que pueden
atormentarlo, i deseo que no se deje abatir por el sufrimiento.
-Agradezco como debo esta manifestacion de amistad, i la
agradezco, Sr., con un corazon que en el momento de descender a lo
mas profundo de sus penas, se siente sostenido i tranquilizado con
la sola presencia de U.
-Espero, entónces con razon, que su tranquilidad será
restablecida completamente, al recordarle que nada hai que temer, i
ménos para U. en quien la única pasion es el honor, i de puro valor
e impavidez están seguros todos sus amigos.
-No me acompaña, Sr., esa impavidez desde que se me ha dicho que
mis perseguidores amenazan tambien con una arma que no da la
muerte, pero que ofende con algo superior a la desgracia. D. Juan
acaba de advertirme que Monterilla declaró tener algo que arrojar
sobre mi frente: U. adivinará qué cosa puede ser eso.
-Nada, Emilio: es imposible si bien se considera. La desgracia i
la muerte son dos palabras que lo abrazan todo; son los dos únicos
nombres absolutos de la verdad: la desgracia es el nombre de la
vida, la muerte el de la destruccion; la desgracia, por decirlo
así, es el nombre del tiempo, como es la muerte el nombre de la
eternidad. Fuera de todo esto ¿ que mas hai que temer ?
-Hai por lo ménos un nombre mas odioso, que no sé si podré
sostener, o si comprendido en la desgracia, podré desafiarlo: ese
nombre, Sr., es la infamia.
-¿Infamia para U., Emilio? preguntó el Dr. Témis con una sonrisa
de admiracion. La infamia, continuó; nunca puede llegar hasta un
hombre de bien, ni subir de cierta altura que está limitada en el
mundo por la baja frente del hombre vicioso : la de U., Emilio, se
ve mucho mas arriba.
-¿ I si apesar de eso me hiere la calumnia....
-La calumnia como la infamia se disipa a cierta altura: i sus
tiros, partiendo en todo caso de un punto mui bajo i de los labios
inmundos de un ente rastrero; no pueden llegar mui: arriba i se van
por el suelo sin pasar de la esfera que mide la bajeza del vil
calumniador. Si alguna voz llegara a proferirse para manchar el
nombre de U., esa voz moriría en cualquier oído a que llegase,
porque una incontrastable conviccion de honradez la rechazaría
haciéndola recaer como un borron infame sobre el atrevido que osara
pronunciarla. Deje U. qué teman la calumnia los que teniendo solo
una reputacion dudosa, no necesitan mas que un murmullo aunque
vago, para quedar para siempre colocados por la sociedad en el
lugar que les toca.
-Esa justicia social, dijo Emilio serenándose un poco, es
ciertamente mui consoladora. Yo creo en ella i aun la espero.
-Hace U. mui bien; pues el hombre de honor debe tener confianza
de la sociedad en que vive, si no quiere ofenderla suponiéndola
néciamente tan inmoral o estólida; que se deje engañar con
facilidad por esos miembros indignos que ella conoce i aborrece, i
de cuya maledicencia no se hace jamàs el menor caso.
-Prescindiendo de eso, dijo Emilio, hai todavia una Cosa que me
aflije no poco.
-¿Cuàl es?
-Uno de los anuncios mas horribles de Monterilla contra mi, fué
el de que U. me abandonaría.
-I una de las cosas, Emilio, que vengo hoi a reclamar de U., es
la promesa de que jamas desconfiarà de mi.
-Jamas, Dr. Témis, desconfiaré de U.; i el día en que su favor
deje de protejerme; no me faltarla para quitarme la vida; sino
perder...
-No Emilio júreme que vivirá, ¡yo aceptaré ese juramento en
nombre de la persona que iba U. a nombrar.
-¿ Yo jurar eso... ? ¿ deshacerme del último recurso, en mi vida
peligrosa, i cuando todo me anuncia la desgracia? ¿Cubrir esa
bóveda donde podría esconderme cuando ya tenga mucho miedo de la
vida ? No, Dr. Témis : déjeme u. el derecho de morir, porque mi
corazon hace mucho tiempo me está anunciando que habré de
necesitarlo algun dia.
-¡ Emilio! No he podido consolar a U., pues prorumpe todavia en
las blasfemias de la desesperacion. ¡ Miedo de la vida ! Ese
lenguaje solo es propio del hombre sin valor indigno de la
felicidad; del cobarde que no merece las pruebas de la
fortaleza.
-Será así; pero yo no puedo ocultar que me siento débil para
padecer. Quizá cuando el mal llegue a cara descubierta, tendré mas
valor, i así lo espero.
-En esa confianza, pues, debe U. Prometerme vivir.
-Lo prometo gustoso, en tanto que no me desprecien los que se
han hecho duelos de mi estimacion.
-Ese caso no llegarà jamàs; i por ahora lo que U. debe hacer, es
vivir tranquilo i satisfecho de si mismo i de las personas que
ama.
-Las cuales, dijo D. Juan levantándose para despedirse, le
repiten que estarán a su lado cuando sea menester; pues ya he
resuelto por esta sola razon, no irme mañana como Babia
pensado.
-No, Sr. D. Juan, dijo Emilio: no quiero que U. difiera su
marcha, ni deje ir solo a su. huésped.
-Tanto mas, añadió el Dr. Témis, cuanto que no conviene hacer
aprestos contra una amenaza que bien puede ser no tenga otro objeto
que inspirar alarma i llenar de inquietud, por saciar alguna
antipatía proveniente quizá tan solo del desprecio con que Emilio
habrá mirado a Monterilla. Si U. no se fuera mañana, no se hablaría
de otra cosa que de esa detencion, considerándola todos como
indigna de nosotros, a la vez que gloriosa para nuestros
enemigos.
-Eso es verdad, dijo D. Juan : sinembargo....
-U. debe irse, interrumpiò Emilio. Los pensamientos del Dr.
Témis me han tranquilizado tanto, que U. puede estar seguro de que
ore quedo contento, deseándole un paseo mui agradable.
D. Juan se fue para su casa, indeciso sobre si convendría dejar
a Emilio, o mas bien quedarse para cumplir los deberes de la
amistad que respetaba en estremo.
Al volverla esquina se encontró con Dña. Leoncia i Baciliza, la
que parecia tan alegre coreo siempre. Apénas se detuvo D. Juan
empezaron a hablarle de la, fiestas, comprometiéndolo con eficacia
para que al día siguiente a las doce, no faltase por ningun
pretesto, pues no era conveniente partir mas tarde. D. Juan lo
ofreció así, porque habiendo sido la causa de que se aguardaran, la
amistad le imponía igualmente el deber respecto de ellas, de no
molestarlas embarazándoles su viaje. Tal encuentro no dejó de
provocar un poco las tendencias de D. Juan a irse con Santiago, las
cuales se aumentaron cuando llegando a su casa, hallò a este mui
contento haciendo sus preparativos i probàndose varias piezas de
ropa que habia mandado traer, no solo para salir esa tarde i el dia
siguiente , por la mañana con la debida decencia a conocerla Ciudad
en cuanto le permitiera la escasez del tiempo, sino tambien para
presentarse en las fiestas de modo que Baciliza no tuviera de que
quejarse por su personal.
|